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Sesión con Ares

Grupo Elron

 

Sesión del 26/06/2026

 


 

Médium: Jorge Olguín.

Entidades que se presentaron a dialogar: Ares.

 

Ares eligió una corporización sutil. No nació, se manifestó en una ciudad de Sol III en 1950. Cuando sus zapatos pisaron el asfalto frío de la metrópolis gris, lo hizo bajo la forma de un hombre de unos 45 años. Él era un pacificador del pensamiento.

 

 

 

Los AES son Entidades altísimas suprafísicas que vibran en el plano 10° para formar una cadena de equilibrio y evitar que el universo colapse.

Y en realidad, no es así, estas Entidades envían Serenidad al Cuerpo de Ideas de los seres encarnados para evitar que sus mentes entren en conflicto. Además, pueden corporizarse.

 

El silencio en el Cuerpo de Ideas de los humanos de Sol III era, en el mejor de los casos, un rumor caótico; en el peor, una tormenta ensordecedora.

Para Ares, un ‘A’ —uno de aquellos seres suprafísicos que habitan los planos suprafísicos de la vibración pura—, descender a la densidad de la materia siempre requería un acto de voluntad supremo. Los de su especie no se corporizaban en los distintos mundos por placer, sino por urgencia. Su propósito era sutil pero vital: sintonizar las mentes humanas, proyectar ondas de serenidad directa en el plano de las ideas y evitar que el tejido mental colectivo colapsara bajo el peso de sus propios impulsos.

Esta vez, el panorama era crítico, los apetitos primarios del mundo estaban desbocados.

 

El Descenso

 

Ares eligió una corporización sutil. No nació, se manifestó en una ciudad de Sol III en 1950. Cuando sus zapatos pisaron el asfalto frío de la metrópolis gris, lo hizo bajo la forma de un hombre de unos 45 años.

 

Portaba una lanza en su mano derecha y apoyaba su mano izquierda en una espada. Sobre un banco, había dejado un casco guerrero.

Tenía barba y bigote marrones, una cicatriz en el rostro, fruto del combate con un demonio, manos curtidas por un trabajo invisible y unos ojos que cargaban el peso de un universo viejo. Esa edad humana no era casual: le otorgaba la mezcla perfecta de invisibilidad social y una madurez que infundía respeto sin levantar sospechas. Vestía un traje oscuro, elegante, y una capa roja. Al respirar por primera vez el aire contaminado de la ciudad, una punzada de dolor físico —esa burda interfaz humana— le recorrió el pecho.

Inmediatamente hizo desaparecer el casco y las armas, y la visión de las mismas en la memoria de la gente que se había dado vuelta para verlo.

Miró a su alrededor. La gente caminaba rápido, pegada a sus pantallas, pero Ares no veía solo cuerpos; veía sus auras ideológicas. El aire estaba saturado de hilos rojos y negros:

•          El apetito de Poder: Ambiciones ciegas que devoraban la empatía de los líderes y los ciudadanos por igual.

•          El apetito de Guerra: Una chispa constante de violencia latente, el deseo de aplastar al otro para sentirse seguro.

•          La peor de las plagas: Los dueños de la Verdad. Mentes rígidas, encapsuladas en un ego cristalizado que no permitía la menor contradicción. Seres que preferían destruir su entorno antes de admitir un error.

Ares sonrió con una mueca de ironía. ¡Qué paradoja que en la Tierra lo hubieran recordado históricamente, a través de mitos distorsionados, como el dios de la guerra! Nada más alejado de la realidad de los AES. Él era un pacificador del pensamiento.

"La mente humana es un espejo roto que intenta convencer al sol de que su reflejo es el único verdadero", pensó Ares, ajustándose el abrigo.

 

La Misión Casi Imposible

 

Sentado en el banco de una plaza concurrida, Ares cerró los ojos y comenzó su trabajo. No iba a dar discursos, no iba a escribir libros. Su labor era magnética.

Expandió su conciencia suprafísica, conectando su mente encarnada con el Cuerpo de Ideas de las mentes humanas que flotaban sobre la ciudad. Empezó a irradiar una frecuencia azulada, densa, una vibración de serenidad pura. Buscaba los nodos más conflictivos: un político preparando un discurso divisivo, un fanático discutiendo en una red social, un general evaluando mapas.

Intentaba suavizar las aristas de sus mentes, disolver los nudos de intransigencia para que el sentido común y la paz tuvieran, al menos, una oportunidad de filtrarse.

Pero la resistencia fue brutal. Al rozar la mente de un influyente líder de opinión, Ares sintió un latigazo de soberbia. El hombre estaba tan convencido de tener la verdad absoluta que la energía de serenidad rebotó como si chocara contra un muro de piedra. El apetito de control de los humanos era un agujero negro que lo absorbía todo.

Ares abrió los ojos, exhausto. Una gota de sudor frío corrió por su frente de cincuenta años. Sintió el peso del cansancio biológico, pero también el desaliento espiritual. Se sentó en un banco de piedra. Los humanos se aferraban a sus conflictos con el mismo fervor con el que un náufrago se aferra a un madero ardiendo.

Sabiendo que su misión era casi imposible, que tal vez solo lograría retrasar el colapso mental de unos pocos antes de que sus energías se agotaran, Ares no se rindió. Miró a una joven que pasaba discutiendo furiosamente con su pareja; se concentró en ella y le envió un destello de calma sutil. La joven se detuvo, parpadeó confusa, bajó la voz y, por un instante, respiró hondo.

Una pequeña victoria en un océano de caos. Ares se levantó del banco, metió las manos en los bolsillos y siguió caminando. La batalla por la cordura del mundo acababa de empezar.