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Psicoauditación - Ángel C.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 06/09/2021

Sesión del 09/09/2021


Sesión 06/09/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Ángel C.

En Gaela se encontraba bien sin compañías esporádicas, se sentía bien solo. Su socio y amigo le animó a conocer cómo se divierte la gente, y fue. Volvió acompañado a su apartamento. Sólo sabía su nombre.

 

Sesión en MP3 (2.596 KB)

 

Entidad: Por un lado me sentía satisfecho: Arquitecto, cuarenta y dos años. Con mi socio habíamos hecho una obra que era el edificio más alto de Ciudad del Plata, la capital de Plena.

-¡Ángel! -Y me sentía orgulloso por eso-. ¡Ángel! -Absolutamente orgulloso-. ¡Ángel Pereyra!

-¿Qué? -Me di vuelta.

-Te estoy llamando hace rato. -Era mi socio, Rogelio Ripel. Lo opuesto a lo que era yo. Rogelio era desinhibido, audaz, bromista, totalmente desenvuelto. Yo era lo opuesto.

 

Salíamos juntos a veces. No es que fuéramos amigos pero éramos compañeros, estábamos todo el día juntos en el estudio. Pero él tenía sus amistades y yo, ¡je, je, je!, yo podría decir que tenía las mías.

Pero en realidad no tenía amistades, me costaba hacer amistades, me costaba salir de mi zona de confort, de mi apartamento. Un apartamento bien amueblado, con televisión, tenía un tocadiscos estéreo. Para los años setenta del siglo veinte, ¡vaya!, estaba bien montado mi apartamento. Y me sentía cómodo sin salir.

 

Ahora que habíamos logrado terminar la torre de Ciudad del Plata, de cincuenta pisos, salimos en todos los periódicos: "Ángel Pereyra y Rogelio Ripel, los arquitectos del año". Llevó tiempo hacer esa obra impecable con columnas y vigas fortificadas como para resistir dos veces el tamaño de ese edificio. Por sobre toda la seguridad. Cincuenta pisos y seis subsuelos, algo maravilloso.

¿Si habíamos ganado plata? Bastante dinero, bastante dinero.

 

Lo primero que hizo Rogelio fue anotarnos en el club hípico.

-¡Para qué, Ripel, para qué!

-¡Ay, Ángel, Ángel, Ángel! Hay que codearse con gente, siempre los mismos amigos no no no, hay que ampliar horizontes, Ángel.

 

Él quería ampliar horizontes, yo no quería salir de mi apartamento, me sentía cómodo, tranquilo, tenía mi freezer, tenía mi cocina. Abajo, de un lado tenía un bar, del otro lado un restaurant, podía comprarme comida y comer tranquilo en mi apartamento sin que nadie me molestara.

 

Pero, a ver, no es que yo me dejaba arrastrar o llevar de las narices por mi socio, Rogelio Ripel, pero no sé, a veces es como que ganaba la curiosidad.

 

Y decía:

-Bueno, a ver, a dónde vamos. -Me invitó en la avenida Quinta, había un lugar donde se tomaba copas y también se bailaba.

-¡Rogelio, esto es para jóvenes!

-¿De qué me estás hablando Ángel, de qué me estás hablando? Esto es para gente de cuarenta para arriba, como nosotros. -Me encogí de hombros.

-Bueno.

-Vamos a sentarnos en los taburetes de la barra.

-No, no, Rogelio, no, no, vamos a una mesa, yo me siento incómodo en la barra, parece que nos miraran todos. Aparte, es incómodo en un taburete. Vamos a una mesa, nos sentamos tranquilos y nos pedimos algo.

-¡Ay, Ángel, Ángel, Ángel! Le pides permiso a un pie para mover el otro, ¡por favor!

-Te dije que sí de salir pero vamos, por favor, a una mesa. -Y nos sentamos en una mesa.

-¡Ah, qué tranquilidad, qué bueno! ¡Mira esas mujeres, mira, mira, están fichando!

-¿Perdón?

-¿Dónde vives, en una burbuja, Ángel?, fichar significa como que te están mirando.

-Usas palabras coloquiales que no se te entiende.

-¿Pero no sales nunca a ningún lado, Ángel?

-Sí, me gusta ir a los cines de la calle peatonal.

-Cines, cines, cines. En la tele tienes películas viejas para ver. Cine, cine, cine. ¿Qué haces en un cine, mascas chicle y qué más? Después sales, te comes un sándwich y te vuelves a tu departamento. No, esto es vida. Escucha esta música, qué buena. Voy a ir a la mesa de una de las chicas. -Yo me reía, les decía chicas y eran grandes como nosotros, cuarenta o más años.

Como si me adivinara el pensamiento Rogelio se da vuelta:

-¿Ángel, te sientes viejo?

-No soy un pibe, tengo cuarenta y dos años.

-Cuarenta y dos años, estás en la mitad de la vida. Por favor, por favor.

 

Y desenvuelto y desinhibido fue a la mesa de las chicas y se puso a hablar descaradamente con ellas, y ellas se reían. ¡Cómo...! La verdad que lo miraba y me sorprendía cómo lograba hacerlas reír. Yo me imaginaba yendo yo y que miraban para otro lado, como que era el hombre invisible.

 

Me señaló y me llama. Me daba vergüenza decir que no, obviamente me paré.

-Hola -Y me presenté-, me llamo Ángel.

-Te conocemos -dijeron las mujeres-. Ustedes son los que hicieron la torre del Plata. Deben estar forrados. -Lo miré a Rogelio, le hice un gesto disimulado como diciendo "¿De qué hablan?".

Me abraza riendo:

-¡Ja, ja, ja! -Y al oído me dice-, forrados significa como que tenemos plata.

-Pero entonces qué, ¿aceptan por interés?

-Sígueme la corriente, deja de pensar. ¿Nos podemos sentar con ustedes?

-Por favor.

-A ver mozo, otra ronda, y para nosotros también.

El mozo, estirado, dice:

-¿Van a dejar la mesa que están ustedes?

-¿Y no ves que estamos acá? Agrégame a la cuenta lo que consumimos allá y lo que toman las chicas también. -Le habló en un tono despectivo al mozo, yo no me hubiera animado.

El mozo agachó la cabeza y dijo:

-Sí, señor.

-¿Qué están tomando?

-Lo que tomamos siempre nosotras, champán, por supuesto. -¡Champán, con lo caro que era!

 

Y Sergio me fulminaba con la mirada. Menos mal que yo no hablé, él daba a entender que con lo que ganábamos nos podíamos comprar diez bares como éste donde estábamos. Quizá era yo el que no asumía mi nueva vida.

Y nos pusimos a bailar.

-Rogelio, yo no estoy acostumbrado a bailar, no sé.

-¿Por qué no te fijas en los demás? ¿Los ves hacer pasos raros así, esos de la tele?

-No, hacen pasos comunes.

-Y bueno, haz lo mismo. Por Dios, Ángel, por favor, baila normal, muévete normal, haz que te diviertes.

-Sí, me cuesta.

-Ángel, Ángel, Ángel, háblale a la chica al oído.

-¿Y qué le digo?

-No sé, pregúntale de qué trabaja, dónde vive. No... no me hagas perder tiempo, que voy a ver si logro algo con la mía. -¡Con la mía!, dice, cómo si fuera de su propiedad. ¡Ay!, este Rogelio, este Rogelio.

La mujer me preguntó:

-¿De dónde eres?

-Estoy en la zona del centro, tengo el apartamento a pocas calles de nuestro estudio.

-¡Pero qué interesante! ¿Y van a hacer otro proyecto?

-Tenemos un proyecto excelente, vamos a hacer un puente en provincia, sobre uno de los ríos más importantes, el río Guapará.

-¡Vaya! Va a tener que ser un puente bastante alto, pasan barcazas altas ahí, incluso barcos de carga.

-Sí, sí, sí, ya tenemos los croquis y todo.

-¡Pero qué bien! Se ve que ganas bastante. -Me encogí de hombros.

-Bueno, es mi trabajo, es lo que hago.

-¡Qué maravilla! Y debes tener un departamento muy bueno, ¿no?

-Sí, cómodo, de tres ambientes.

-¿Y vives solo?

-Sí.

-¡Ah!, ¿vives solo y tienes tres ambientes?

-Sí.

-Debes recibir muchos invitados e invitadas, ¿no?

-¡Ja, ja, ja! -Yo me reí y no le contesté. Si supiera que no venía nadie a mi apartamento...

Prácticamente se invitó sola:

-¿Me invitas a conocer tu apartamento?

-Sí... -Ella se presentó, se llamaba Nelly.

Le dije a Rogelio:

-Me voy con Nelly. -Me miró y se sorprendió. Le habló a su compañera al oído y me abrazó, y disimuladamente dice:

-Mira que eres rápido; te hacías el tímido, te hacías el que le costaba hacer nuevas amistades y ya te la llevas al departamento. ¡Ah, vamos, todavía, Ángel, vamos! -Si supiera que se había invitado ella.

-¿Te doy la plata del gasto?

-No, no, nada. Anda tranquilo, yo me encargo de todo. Mañana nos vemos en el estudio y me vas a contar todo, con detalles. -Y yo pensaba entre mí "¿Qué le voy a contar?". Por suerte en casa tenía bebidas de todos tipo, tenía champán, coñac, whisky, cafés, tés.

 

Habíamos venido en el coche de Rogelio, así que tomamos un taxi. Llegamos a mi apartamento. Ella, desinhibida, se sacó el tapado y lo colgó sobre un diván.

Me dice:

-¿Qué tienes para convidarme?

-Lo que quieras.

-Un coñac.

-Cómo no. Tengo varias marcas.

-¡Ah, vaya! -Le convidé a un coñac añejo de Saeta y lo tomó con gusto.

-¿Tienes música?

-Por supuesto, tengo tocadiscos. -Puse mi tocadiscos, una música lenta, nos pusimos a bailar. Y se apretaba contra mí y me empezó a besar el cuello, la boca, todo. Yo me sentía duro como una estatua de mármol, ¿qué hago, la abrazo?

Al final me dice:

-¿Qué pasa, no te atraigo, no te gusto?

-Cómo no -le dije-, me gustas mucho.

-Y entonces, ¿por qué no me abrazas, por qué no me besas?

 

Entonces la cogí en mis brazos y la besé una y varias veces, y es como que me puse incómodo porque sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo. Y me hice la cabeza pensando "Me imagino lo que va a venir a continuación y no sé si podré, no sé si me sentiré..., no sé si me sentiré preparado". Finalmente ella me tomó de la corbata y me llevó arrastrando al dormitorio, me sacó la corbata, me fue desprendiendo la camisa...

Bueno, al fin y al cabo tenía cuarenta y dos años, no era ningún niño, sabía lo que era la vida y ya tenía experiencia amorosa. Obviamente intimamos una, dos veces.

A la mañana, cuando suena el reloj nos despertamos. Ella mira la hora.

-¡Uy!, siete y media, me tengo que ir al trabajo.

-Disculpa, Nelly, no te he preguntado de qué trabajas.

-Soy secretaria, no en el centro pero en un barrio importante, en la Segunda avenida, casi cerca de donde termina el subte.

-¿Te invito a desayunar?

-No, no, no, no hago a tiempo. -Se vistió rápidamente.

Yo todavía estaba en paños menores. Le digo:

-¿La has pasado bien?

-Claro, cómo no la voy a pasar bien. ¿Abajo está abierto o tienes que bajar a abrirme?

-No, no, no, de adentro tienes un portero eléctrico, tocas y te abro.

-Ciao, ciao, ciao. -Bajó. 'Tuut'-. Sí, soy yo. -Presioné, abrió la puerta, escuché el ruido-. ¡Ciao!

 

Me quedé como... ¿le habré gustado? No me pidió el teléfono, tampoco me dio el teléfono de ella. A mí me pareció que se sintió ben, ¿pero por qué no me dio el teléfono? Y me sentí perseguido..., no se fue satisfecha.

En realidad me podía preguntar a mí mismo: "¿Cuánto hace que no traigo a una joven a mi departamento"? En realidad nunca. Siempre tuve relaciones esporádicas pero siempre fuera de mi apartamento.

¿Cómo no le pedí el teléfono?, era bastante interesante. Yo la pasé bien. ¿Querría más caricias? No sé. ¡Uf!

 

Bueno, no quiero prepararme nada en casa. Me duché tranquilo, me cambié de ropa, dejé la otra ropa para el lavadero. Fui al bar de abajo, desayuné rápidamente y me marché para el estudio.

 

Gracias por escucharme.

 

 


 Sesión 09/09/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Ángel C.

Le costaba dejarse fluir, temía la exposición a la gente. Pero entre su amigo arquitecto y eventuales amistades femeninas lo iba consiguiendo.

Sesión en MP3 (4.176 KB)

 

Entidad:

-¡Vamos Ángel, hace media hora que te estoy esperando!

Le respondí a Rogelio:

-Es que no sé qué ropa... no sé qué ropa ponerme, ¡es el club hípico!

-¿Pero desde cuando ese complejo de inferioridad?, hicimos una torre de cincuenta pisos, la Torre del Plata, es la más alta de la ciudad. Tenemos prestigio, en el club hípico nos aceptaron como si fuéramos magnates y te preocupas a ver qué ropa te pones. Informal, ¿o vas a ir a un club hípico de etiqueta?, no es una ópera. Ahí está, mira, con esa camisa blanca te pones el saco azul. Ya está. Zapatos deportivos, no hace falta negros con cordones. Ahí está, esos mocasines ponte. -Lo miré a Rogelio Ripel, a mi socio.

Le digo:

-Qué fácil es todo para ti.

-¿Fácil no será al revés, querido Ángel Pereyra?, ¿no será que tú complicas las cosas? A propósito, antes de salir, ¿qué pasó con esa tal Nelly?

-Fuimos a mi apartamento.

-¡Ah, bien, bien! O sea, que me has hecho caso. ¿Ves que tienes labia?

-¿Qué labia? No tengo labia, prácticamente se invitó ella sola.

-Y tomaron unas copas. Obvio. -Me encogí de hombros.

-Se quedó hasta el día siguiente.

-¡Ah! Bueno, Ángel, bien, bien.

-Sí, pero...

-Pero qué, Ángel.

-No me pasó el teléfono.

-¡Ay, Ángel, que lerdo que eres! ¿Por qué no se lo has pedido?

-Pensé que tenía que salir de ella. Quizá no seré tan..., cómo decirlo, tan desinhibido, tan audaz como tú pero algo entiendo. Sé que si le doy mi teléfono a los cinco minutos quizá lo rompe y lo tira en un cesto de basura.

-A ver, a ver, ¿acaso es la única mujer? De todos modos no te fue mal. ¿Era linda o no?

-Y sí -le respondí.

-Y por supuesto has estado toda la noche.

-Sí, pero no me dejó el teléfono.

-Son detalles, son detalles. ¿Te piensas que conoces una mujer que va a tu departamento y que ya al día siguiente están comprometidos? ¿En qué mundo vives, en qué mundo vives? Eres un arquitecto famoso, tienes cuarenta y dos años, salimos en todos los diarios, ¿sabes a cuánto se venden los apartamentos de dos y tres ambientes en la torre? No te quieras imaginar.

-¡Buf! Entiendo. Pero una noche no me cambia la vida, me sigue costando hacer amistades, me sigue costando desenvolverme en sociedad. ¿Qué hay en el club hípico?

-¿Qué piensas que puede haber? Sé que no te gusta el polo, pero bueno, hay un bar inmenso donde te sirves los combinados que quieras. Aparte hay gente con la que puedes conversar, tener un poco más de roce social. Y te vas a ir adaptando a ese mundo, es un mundo nuevo. Aclaro, ¿eh?, para mí también, para mí también. Es cierto que siempre fui bromista, desenvuelto, pero antes de hacer la Torre del Plata yo también era un arquitecto más del montón.

-Está bien. ¿Cómo estoy?

-Sí, así, perfecto, informal. Coge las llaves, cierra el apartamento y vamos. -Y fuimos al club hípico.

 

Había muchos jóvenes en el bar.

-No hay personas grandes.

-¡Cómo no!, mira al fondo, mira esas damas.

-Sí, pero parecen nuestras tías, son mayores.

-Ángel, ¿qué pasa por tu cabeza? El hecho de conocer a una mujer, tenga treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta es experiencia.

-¡Je! Eres demasiado mundano.

-Eso es un elogio.

-Eres demasiado sinvergüenza.

-¡Ah, no, no, eso ya no es un elogio! ¿Pero por qué no?, lo tomaría como un elogio, no es malo ser sinvergüenza. Vivimos en una sociedad estructurada, Ángel, cuando a alguien le dicen sinvergüenza lo toman por alguien que es maleducado, por alguien que es desfachatado. ¿Por qué no desglosas la palabra? Sin vergüenza, sin pudores. Eso no significa que pierdas la cortesía. -Lo pensé.

 

Y Rogelio Ripel tenía razón. Si uno desglosa la palabra sinvergüenza no significa desfachatado, significa alguien que no tiene pudor por tonterías. Pero claro, hay límites para todo. El límite está en medir las palabras sin agraviar, sin insultar, sin ofender.

Y se lo dije a Rogelio.

-Detalles, detalles, detalles. Miren esa mesa, los dos jóvenes. Mira aquel que está tomando ese combinado.

-Sí, pero son jóvenes.

-¿No lo ubicas?

-No.

-¿En qué mundo vives?... Jorge Clayton.

-Sí, es un... es un joven.

-A ver, el 80% de la inversión para que podamos hacer la Torre del Plata es de ese joven que ves ahí.

-Perdón, pero en la firma decía "Inversión de Sociedad del Plata".

-Y sí, pertenece a este joven, Jorge Clayton.

-¡Vaya! Lo solventan sus padres.

-Aparentemente no, Ángel, aparentemente no, tiene fortuna propia. Y no solamente hace inversiones sino que ayuda a hogares, a fundaciones.

-Pero qué es, ¿un mecenas?

-No sé, no sé, pero aquí lo respetan todos. Lo menos que tenemos que hacer es agradecerle.

-¿Cómo sabes de la Sociedad del Plata?

-A ver, cuando alguien invierte desde el post "Próximamente gran torre. En dos años, cincuenta pisos", obviamente averiguan nuestros antecedentes. Hemos hecho cosas importantes, no como esta enorme torre pero hemos hecho cosas importantes. Y este joven se jugó. Aparte vio nuestros trazados y vio que valía el esfuerzo. ¡Ven, ven!

-No, pero...

-Ángel, ven.

 

-Hola... -Los jóvenes nos miraron. Clayton sonrió.

-A ti te conozco. -A pesar de que Rogelio tenía dos años más que yo, cuarenta y cuatro, el joven lo trataba de tú.

-¿Me conoces?

-Sí, eres Ripel, Rogelio Ripel. -Y me miró a mí-. Y tú debes ser Ángel Pereyra. Sentaos, por favor. ¿Qué queréis tomar?

-Un gin-tonic.

-Lo mismo para mí.

-Les presento a mi amigo Pocho. -Pocho nos saludó, era como más quedado.

Pero estaba interesado a hablar con Clayton. Y le dije:

-Verdaderamente te agradecemos, con Ripel, lo que has hecho por nosotros.

El joven, desenvuelto, me respondió:

-En realidad lo hice por la gente. El barrio se merecía una torre así y vosotros habéis hecho un excelente trabajo. Miré vuestros trazados.

Rogelio, de una manera más audaz dijo:

-Disculpa que te pregunte, ¿Has puesto otro arquitecto?

-No.

-Porque he visto algunas correcciones.

-Las hice yo. Me pareció que la sala de los cuatro ambientes era demasiado grande y la reduje y amplié la cocina, y en la columna central puse la cocina embutida.

-¡Vaya, vaya, vaya, vaya! -Rara vez lo vi a Rogelio Ripel asombrado-. ¿Pero tú tienes conocimientos de arquitectura?

-Nociones, nociones, pero obviamente tengo ayudantes en la firma. Además, mis ayudantes cuando llevan un nuevo proyecto vosotros lo habéis aprobado.

-No, sí sí sí -dijo Rogelio-, nos pareció bien, nos pareció bien. Ha quedado perfecta la torre, el frente una fachada preciosa. Pero te ha costado una fortuna.

-En absoluto. Con la venta de los apartamentos ganaré el cien por ciento, aún contando con lo que he pagado a vosotros.

-Bueno, de verdad te agradecemos.

 

El joven vio que yo era más quedado, que no hablaba:

-Cuéntame de ti.

-¿De mí? -asintió con la cabeza sin hablar-. Bueno, hace muchos años que trabajo de arquitecto, ahora tengo cuarenta y dos, y me encanta lo que hago. Tenemos un estudio iluminado, me llevo bien con Ripel... Somos distintos.

-¿En qué sentido? -preguntó Clayton.

-¡Je! Bueno, esto ya es personal.

-Podéis contarlo o no, no hay problema, lo importante es el trabajo. Simplemente para conoceros, porque hay nuevas obras para invertir.

Se metió Rogelio:

-¡Ah, bueno! ¿Para hacer más torres?

-No, en las afuera de Ciudad del Plata, para hacer directamente casas en country.

-Bien, bien. ¿Hablamos de countrys privados?

-Sí. Con la firma del Plata más contando con vosotros, los arquitectos Ripel y Pereyra, no va haber ningún problema con las ventas, va haber una demanda tremenda.

-Bien.

-Por eso quiero saber de vosotros.

-Bueno, ambos somos solteros -dijo Rogelio.

Me miró a mí:

-Pero sois distintos. ¿Por ejemplo?...

Yo dije:

-Bueno, Ripel es más desenvuelto, yo soy más... ¿como diría?..., me cuesta salir de mi zona de confort.

-¿Cuál es tu zona de confort -preguntó Clayton-, tu estudio?

-Sí, pero más mi apartamento. Me siento seguro.

El joven preguntó:

-¿Seguro de qué, en qué sentido?

-Que no me siento expuesto.

-¿A qué le llamas sentirte expuesto?

-Bueno, estando acá estamos los cuatro y miro a los costados y veo que la gente grande que está allá en el fondo nos mira, los chicos que están cerca del jardín también nos miran.

-Es muy sencillo -dijo Clayton-, ¿cuántas veces habéis venido?

Ripel dijo:

-Yo es la tercera vez que vengo, pero a él, a Ángel, es la primera vez que lo traigo.

-Por eso os miran. La gente es curiosa, preguntan "¿Con quién estará Clayton?".

-Entiendo.

El joven me miró:

-O sea, ¿te sientes incómodo por las miradas? -Me encogí de hombros.

-Digamos que sí.

-¿Por qué?

-Como dije antes, porque me siento expuesto.

-¿Expuesto en qué sentido? Te miran porque son curiosos, es problema de ellos. O sea, no estamos en un campo de batalla, estamos en un club, un club privado, gente selecta y curiosa.

-Lo que pasa que me cuesta desenvolverme en sociedad, también me cuesta hacer nuevas amistades -confesé.

-O sea, que eres tímido. -Me encogí de hombros otra vez.

-Supongo que sí.

-Y sin embargo en todos los diarios está la foto de la Torre del Plata y vuestros nombres. Así que ahora sois famosos. Y cuando comencemos el country privado, más famosos todavía.

-Eso es cierto -admití.

 

Se acercó una joven de unos veintiséis, veintisiete años.

-Hola, Jorge, ¿quiénes son los señores?

-Ángel Pereyra y Rogelio Ripel, arquitectos.

-Ajá.

-Pero no arquitectos comunes, ellos son los que hicieron la Torre del Plata.

-¡No!

-¡Sí!

La chica se sentó al lado mío:

-Permiso, ¿eh?

Le dije:

-¿Quieres tomar un jugo?

-No no no no, un gin.

Clayton se apresuró y le dijo al camarero:

-Un gin para Myrna. -La chica me miraba, yo me sentía... No sé, cuarenta y dos años, demasiado joven. Clayton sonreía. Nos quedamos conversando hasta que ya era casi de noche.

Ripel dijo:

-¿Vamos a cenar?

Clayton dijo:

-No, tengo mucha tarea que hacer. -Su compañero, Pocho, también puso una excusa.

La joven Myrna me miró y me dijo:

-¿Me invitas a cenar? -Rogelio iba a hablar y Myrna lo cortó-. Disculpa, pero me interesa conversar con él.

-¡Oh! Sí, sí, por supuesto. Yo me hago cargo de la cuenta. -Llamó al camarero y el camarero dijo:

-Ya está todo pago, pagó Clayton. -Rogelio le dejó una propina y nos marchamos.

-Nos vemos mañana -me dijo.

 

Y fui a cenar con la joven. Era la primera vez que cenaba con una chica tan joven, pero era muy desenvuelta, muy desinhibida.

-¿Qué es de tu vida?

-Me encanta lo que hago.

-Está bien, ¿pero qué es de tu vida, qué te gusta: el baile, la música, salir? Supongo que te gustan las chicas.

Tuve como una especie de coraje y dije:

-Me gusta una chica. Tú.

No se echo atrás, me dijo:

-Tú también me gustas, Ángel. -Fuimos a cenar.

 

Cuando salimos:

-¿Qué planes tienes ahora?

-No tengo planes. -Y le pregunté-: ¿Qué planes tienes tú?

-Ninguno, soy independiente. Vivo sola, mis padres viven en las afueras, así que no tengo problema de horario.

-¿Trabajas?

-Sí, tengo un pequeño despacho jurídico, pero tengo gente.

-Te felicito, siendo tan joven...

-No soy tan joven, tengo veintisiete años.

-Bueno, para mí, que tengo cuarenta y dos, eres joven.

-¡Ah! Me gustan los hombres más grandes. -Me cogió de la mejilla y me besó-. ¿Continuamos la noche?

-Me encantaría -le dije-. ¿Vamos a mi apartamento? -La joven aceptó.

 

Fue distinto a... a la relación con Nelly. La joven Myrna era una pólvora, miraba todo, abría el refrigerador, se servía un trago de algo, paseaba, se sentaba.

-¡Ah!, pero qué hermoso baño, voy a aprovechar para darme una ducha. -Si yo pensaba que Rogelio Ripel era desinhibido, comparado con Myrna nada que ver. Cuanto más desinhibida se comportaba ella más cerrado era yo-. Vamos, Ángel, ¿qué te pasa?, aún estás con toda la ropa puesta. Haz de cuenta que estás en tu casa, ¡ja, ja, ja! -Y se rió. Estaba en mi casa y me sentía como un invitado. ¡Pero por dios, qué tonto! Colgué el saco lo acomodé-. No seas tan estructurado, Ángel, acomodas todo. Pero tíralo por ahí, ya tendrás tiempo. ¿O no quieres bañarte conmigo?

-Sí, por supuesto.

 

Tenía pudor, un pudor tremendo. Con Nelly no tenía ese pudor, no sé por qué. A lo mejor era... Una chica tan joven, me sentía tan expuesto...

Terminó desabrochándome la camisa ella y prácticamente de la mano me arrastró al baño. Llenó la bañera con agua tibia.

-¿Qué esperas para meterte? ¡Ah, pero qué bueno, tienes hidromasaje! -Apretó unos botones y el agua empezó a correr. Y empezó a besarme.

 

Se quedó hasta el día siguiente, al igual que Nelly. Pero antes de irse me dijo:

-¿Quieres anotar mi teléfono?

-Pero con todo gusto. Te dejo el mío. -Me dio un beso y se marchó. Me sentía como en las nubes.

 

¿Cómo fue la relación? Distinta. Por supuesto que hicimos el amor, pero ella me hacía el amor y hablaba y me contaba cosas, y yo estructurado decía "Pero para intimar hay que concentrarse".

Ella me sacudía de los hombros "Deja de pensar, déjate fluir". Le llevaba quince años y ella me daba lecciones a mí.

 

Llegué tarde al estudio. Rogelio me dijo:

-¿Cómo te fue con la niña?

-Una pólvora. Y me dejó el teléfono.

-¿Te das cuenta que fue un acierto ir al club hípico? Y ahora tenemos otro trabajo en un country gracias a Jorge Clayton. Eso sí... -Lo miré.

-¿Qué?

-La joven te dejó el teléfono. No te enamores, espera, deja que ella vaya dando los pasos, no la espantes.

-¿Por qué habría de espantarla?

-¿Por qué? Porque te conozco, porque te agarra el metejón y capaz que en dos o tres días le dices "Me enamoré de ti", y ya veo que la chica huye. Déjate fluir.

-¡Ja, ja, ja!

-¿De qué te ríes, Ángel?

-Eso me lo dijo ella.

-¡Je, je! ¡Ay, Ángel, Ángel, Ángel! Tienes todo servido en bandeja. Déjate fluir en serio, tómate las cosas con tranquilidad.

 

Sí, voy a tener que hacer eso, aprender a salir de mi zona de confort. O mejor dicho, que mi zona de confort sea el mundo entero.

 

Gracias por escucharme.