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Psicoauditación - Francisco O. |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión del 07/05/2026 Psicoauditación Fetal Sesión 07/05/2026 El thetán decidió relatar una vida anterior de un rol nacido hace 110 años, en 1916.
Sesión para Aurora Francisca de 35 semanas de embarazo. Esta es una Psicoauditación fetal, su thetán decidió relatar una vida anterior de un rol nacido hace 110 años, en 1916.
Entidad: Mi nombre es Sarita, tengo ocho años, vivo en Santiago y corre el año 1924. El aire la de la mañana todavía huele a brasero y al hollín de las chimeneas que se aferran a las faldas del Cerro Blanco. Estoy caminando rápido porque el frío de mayo no perdona y mis botines de suelo gastado ya tienen la suela delgada.
¡Ay! Me acuerdo del taller de papá y el pan de mamá. Mi papá dice que el hierro es como la gente, si se le trata con frialdad se quiebra, pero con calor se dobla y toma la forma que uno quiera. Papá trabaja en Maestranza metalúrgica y cuando llega a casa sus manos huelen a grasa y a metal viejo, son manos duras con líneas negras que el jabón de gres no alcanza a sacar. ¡Ay!, pero cuando me acaricia el cabello son las manos más suaves del mundo. -Sarita -me dice siempre-, estudia para que tu palabra pese más que un riel de tren. -¡Je, je!, yo no entendí lo que me estaba diciendo.
Mamá huele a harina y a lavanda, ella es la reina del hogar, la veo desde temprano peleando con la tina de lavado o remendando mis calcetines a la luz de una vela. Cuando hay suerte y el sueldo de papá rinde, hace un rico pan amasado que perfuma toda la cuadra. El mejor momento del día es cuando nos sentamos a la mesa, y en la mesa ella reparte el té repartiendo también las noticias de las vecinas, ¡ja, ja!, como si fueran tesoros.
¡Ay!, la escuela y el tintero. En la escuela de niñas la señorita Elvira es muy estricta, nos hace sentar derechitas con las manos sobre el pupitre. Yo tengo un cuaderno de caligrafía donde trato que las letras con guatita no se salgan de la línea. Lo que más me gusta es el olor de los libros nuevos, ¡je, je!, y el sonido de la campana al recreo. Y lo que menos me gusta es cuando se me manchan los dedos con tinta china y la profe me mira feo.
Mis amiguitas, la Rosa y la Carmela, son mis cómplices, en el recreo jugamos a la payaya con piedras que recogemos del patio o saltamos a la cuerda cantando canciones que nos sabemos de memoria. La Rosa dice que cuando grande quiere ser enfermera para usar delantal blanco y limpio. Yo le digo que quiero escribir cuentos en una máquina de escribir, de esas que hacen 'clac, clac, clac'. ¡Je, je, je!
¡Ay, ay, ay! Pasó el tiempo, llegamos a 1824, el mundo va cambiando. A veces cuando caminamos por la alameda veo los tranvías eléctricos pasar echando chispas, me da un poco de miedo. Pero papá dice que eso es el progreso. Santiago está lleno de gente corriendo, de hombres con sobreros de paño y de niños que gritan "¡El Mercurio, el diario ilustrado!".
A mis ochos años el mundo me parece inmenso, pero mi lugar favorito sigue siendo casa, allí mientras mi papá canta una tonada bajita y mi papá descansa sus pies cansado, yo cierro los ojos y sueño con el futuro, un futuro que como dice mi papá, todavía estamos forjando golpe a golpe, con esperanza.
Yo era chiquita, yo no sabía que en 1924 en Chile se vivía un clima de gran agitación social y política incluido el famoso ruido de sables. Pero yo no entendía qué quería decir eso, para una niña de mi edad la vida la vida se definía por la calidez del hogar, la disciplina de educación pública que empezaba a expandirse. Después llegó el invierno de 1928, con un frío que calaba los huesos. Pero en casa el ambiente era distinto, yo ya tenía doce años. Mis trenzas habían dado paso a una melena más ordenaba y mis ojos reflejaban esa mezcla de timidez y madurez, propia de las hijas de familias obreras que han aprendido el valor del sacrificio.
El festejo del cumple fue como decía mi mamá, 'Poquito, pero con mucha dignidad'. Había preparativos en la cocina pero no hubo banquetes comprados ni decoraciones pomposas, mamá pasó dos días ahorrando harina y manteca, el centro de mesa no era un arreglo de frutería sino un bizcocho casero relleno de manjar blanco decorado con merengue batido a mano hasta que los brazos, pobre mami, le dolían. Para beber preparó una gran olla de té con canela y consiguió unas cuantas naranjas para hacer refresco natural. El lujo no estaba en los ingredientes sino en el tiempo que mamá le había dedicado a ello.
A las cuatro de la tarde golpearon la puerta de madera, eran mis seis amiguitas incondicionales. Todas con sus mejores vestidos de domingo aunque algunas se les notaba el ruedo bajado para ocultar que ya les quedaban cortos. Rosa y Carmela, amiguitas de la infancia que seguían a mi lado desde los ocho años. Elena y Juana compañeritas de la escuela secundaria que compartían el sueño de ser profesoras, ¡ja, ja! Y después Marta y Sofía, vecinas de la misma cuadra, expertas en bordado, ¡ja, ja, ja! y chismes inocentes. Nos amontonamos en el pequeño comedor.
Papá ese día llegó temprano de la Maestranza y se lavó las manos con un esmero especial, se quedó en un rincón observando con orgullo cómo su niña se convertía en una jovencita. -Miren -susurró Rosa. ¿Qué era esto? había un paquete envuelto en papel de diario limpio-. Lo compramos entre todas en el Persa. -¡Wow! -Era un peine de carey y una cinta azul para el pelo. Sentí un nudo en la garganta, sabía que para ellas reunir esos pocos pesos había sido un enorme esfuerzo.
Y bueno, con las compañeritas hablamos de los galanes de las películas mudas que veíamos en el teatro del barrio y de las estrictas monjas de la escuela. Pusimos un viejo disco en el gramófono prestado de un vecino, la música llenó el espacio entre las paredes de adobe. Al apagar las velitas, unas velitas sencillas puestas sobre el bizcocho, no pedí juguetes, pedí que mi padre siempre tuviera trabajo en el metal, que pudiera seguir siempre metalúrgico, y que ella, mamá, fuera feliz y que yo pudiera seguir estudiando.
Y al final de la tarde, cuando las amiguitas se despedían papá se me acercó y me entregó un pequeño objeto de metal brillante. ¡Wow!, era un dije en forma de estrellas pulido, que parecía de plata, hecho por el propio papito con restos de acero fino de la Maestranza. Y me dijo: -Para que nunca dejes te brillar, mi querida Sarita. -No entendía muy bien lo que me quería decir, pero sé que era lindo.
Pero sí, a los doce años comprendí que la verdadera riqueza no era un peso más, no, no, no eran los pesos que faltaban en el bolsillo sino la lealtad de mis seis compañeritas y el amor forjado en hierro de mi familia. Santiago, afuera seguía gris y convulso, pero dentro de casa el sol había salido sólo para mí.
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