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Psicoauditación - César C.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 22/09/2022

Sesión del 27/09/2022


Sesión 22/09/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetan de César C.

La entidad relata una vida en Gaela. Comenta que era poco sociable y que era objeto de bromas desagradables por compañeros de trabajo. En un evento conoció a Jorge Clayton. Hablaron de temas generales, y le dio una pauta a seguir. Pero seguía perplejo.

Sesión en MP3 (3.428 KB)

 

Entidad: Todavía recuerdo cuando festejamos en familia el año nuevo. Estaba con mi esposa, mis dos hijas y había bastantes familiares:

-Ponte contento César, vamos. Arriba ese ánimo, empezó 1986.

 

Mi nombre era César Lodueña, vivía en Defernes, que prácticamente era un país continente en el sur en Gaela.

 

Habían pasado siete meses desde ese festejo y ahora había otro festejo. Las autoridades habían dejado, no digo abandonado, pero prácticamente con poca ayuda económica al hospital central de Defernes.

 

Y salió una noticia en los diarios, que venía el conocido Clayton, de Plena. Hace poco había cumplido cuarenta años.

Me entró curiosidad y leí el currículum del tal Clayton: Su familia era de Plena, sus ancestros eran del viejo continente, al norte de Defernes, y eran nobles. Pero, obviamente, en el nuevo continente, al igual que en Defernes no había títulos de nobleza.

Pero Clayton tenía una gran fortuna. En un momento habré pensado, "Y bueno, ayuda a hospitales, fundaciones en su país"... Pero no. Cuando se enteró de que en el hospital de Defernes tenía pocos aparatos viajó en un avión particular trayendo aparatos nuevos para donarlos, sin ningún interés. El gobierno le ofreció un premio y él lo rechazó.

 

Yo estaba tan, cómo diríamos, tan desconfiado de la gente que no, no sé, no veía buenas intenciones en este tal Clayton.

Soy una persona que no me gustan las burlas. Recuerdo que en el trabajo anterior me decían: "¿Cómo estás, César Lodueña, la que vino a visitarte es tu mujer o es tu dueña?", y todos los compañeros se reían.

Yo me sentía hosco y me encerraba en mi caparazón, no me gustaban las burlas, y es como que esa misma emoción negativa me hacía mal, me hacía muy muy mal. Me hacía mal al extremo de que se me trababa la lengua y hasta me afectaba la pronunciación, pero no se atrevían a burlarse de eso, es como que fuera demasiado.

 

Siempre fui una persona muy bondadosa, pero no, no, no es que quiera hacerme propaganda a mí mismo porque al fin y al cabo lo estoy exteriorizando para descargar toda esa emoción negativa que llevo dentro. Sin embargo la gente desconoce eso de mí porque al estar tan encerrado, como una ostra, es como que escondo mis sentimientos, no, no los demuestro, y yo pienso que mis compañeros a veces me hacen burlas porque no...no, no se encuentran a gusto conmigo. Y aclaro que yo no me meto con nadie, no molesto a nadie, hago mi trabajo y después pienso, "¿Qué les pasa conmigo?".

 

Recuerdo que vino un visitador médico al trabajo y nos trajo una invitación. Yo ni siquiera la quería coger, pero me intrigó: "Gran inauguración, el potentado Clayton". Ya no me gustaba la palabra potentado, pero no tenía responsabilidad de él, era cosa del hospital. ¿Potentado?, ¿potentado de qué? Iban a inaugurar un nuevo ecógrafo, era segunda generación de ecógrafos. Cogí la invitación la guardé en mi saco y la llamé por teléfono a mi esposa y le dije que iba a ir. Mi esposa se puso contenta:

-Muy bien, César. Fíjate si puedes hablar con este señor Clayton.

-¿Para qué, tú también lo admiras? Con plata cualquiera hace todo. El tema es hacer las cosas cuando no tienes tanta plata. -Cuando mi señora me veía de mal humor no me discutía, nunca me discutía.

Sí me dijo:

-César, conocemos muchas personas aquí con dinero, incluso aquí en Defernes, y no gastan un solo crédito en ayudar a nadie. No es así y tú lo sabes muy bien. -Me encogí de hombros.

 

Luego de cortar la comunicación, cuando terminó la tarde me fui a la inauguración de un nuevo pabellón del hospital que también había solventado Jorge Clayton, y estaban todas las fotos en murales del nuevo ecógrafo de segunda generación.

Cuando entré había varios médicos exaltados, contentos: "Recién estamos en Julio de 1986 y ya tenemos un ecógrafo de segunda generación, ¡vaya!".

Se me acercó un señor:

-Hola, ¿cómo estás?

-Bien...

-¿Eres médico?

-No, no, me dieron una entrada y vina a ver.

-Te veo como... como cerrado en ti mismo, como que te cuesta aceptar todo lo que está pasando aquí. -Me sentí molesto, como que vi en esta persona un exceso de confianza. No me conocía. Levanté la vista, lo miré y tosí de la sorpresa: era el mismo Jorge Clayton. Era más o menos de mi altura, un metro setenta y ocho, andaba por los cuarenta años. Por reflejo le tendí la mano.

-Un gusto conocerlo, mi nombre es César Lodueña. -Me tendió la mano y me la apretó de manera firme.

-Qué raro, generalmente son médicos los que vienen. Cuéntame.

-No, no, vinieron a mi trabajo y nos dieron invitaciones.

Clayton dijo.

-Me parece perfecto, Lodueña, porque al fin y al cabo es importante que vengan personas de otras ramas como arquitectos, ingenieros, electricistas, periodistas. ¿Por qué no? Esto es un gran evento. ¿No te incomoda, Lodueña, alejarte un poquito del ruido?, en el primer piso está lo mejor del sanatorio. -Fruncí en ceño.

-¿Que hay algún quirófano o algo?

-No, no, no, ¡je, je! ¡No hablemos de quirófanos, por favor! Hay un bar. -Yo lo miré a Clayton y digo ¿estará hablando en serio?

Y se lo dije porque no me callaba nada:

-¿De verdad que el bar te parece lo mejor del hospital?

-Mira, tienes que aprender. ¡Je! Disculpa el abuso de confianza, Lodueña, tienes que aprender a no tomarte todo tan en serio. Cuando tenía veinticuatro años, hace dieciséis años atrás, en el setenta, falleció mi padre. Yo estoy convencido  que en estos poco más de tres lustros hemos avanzado un poquito en todo lo que es la parte médica, y quizá hoy se le hubiera podido salvar. Entonces lo mejor que hay en un hospital no es el bar ni los quirófanos sino los profesionales médicos, y los profesionales de enfermería. Y por qué no, los que se ocupan de la comida. Pero como no quiero hablar de cosas dramáticas sigo insistiendo que lo mejor del hospital es el bar, así que te invito a tomar un café. ¿Por qué esa cara, Lodueña?

-¡Uf! -Me costaba expresarme. No es que fuera tímido, es que no sabía cómo comportarme con una persona que recién conocía o... a ver, no sabía cómo reaccionar ante algo tan sencillo como una invitación a tomar un café. Pero estamos hablando de Clayton que venía de Plena, el que en las tarjetas decía 'el potentado'.

Y se lo dije:

-Yo soy una persona sencilla y debe de haber cientos de personalidades, ¿por qué invitarme a mí? Disculpa mi curiosidad pero...

-¿Puedo llamarte César?

-Sí.

-Bueno. Por favor, dime Jorge. Desde que llegué al evento, no digo ciento, pero decenas de personalidades se han acercado a mí a preguntarme cómo era Plena, a preguntarme las obras que hago allí, si estaba casado, si tenía hijos, cómo manejaba la fortuna, si había comprado el avión particular con el que traje el ecógrafo y otros aparatos... Y en realidad no querían saber nada de mí, querían saber de lo que yo represento, no les importaba el humano, les importaba ese potentado que muestran en las tarjetas, algo en lo que yo no me identifico para nada. Y soy una persona capaz de conversar con personas como tú, César, que no... Obviamente que vas a estar curioso de saber el por qué dono ecógrafos de segunda generación en Defernes, un país prácticamente, un continente que no tiene nada que ver con Plena, porque yo creo que Gaela no tendría que tener fronteras, por ejemplo ¿tú eres religioso? -Lo miré a Clayton.

Le dije:

-¿Por qué, tú eres fanático de la Orden del Rombo?

-No, no, para nada. Yo creo que... A ver, todo depende cómo uno maneje una creencia. El tema es no ser bueno por el más allá recibir un premio, o por temor a un castigo divino. -Lo miré.

Y dije:

-En eso coincido, yo tampoco soy fanático de nada.

 

Y nos pusimos a conversar. Y pasó el tiempo, en el bar había solamente dos o tres personas, y eso que era un bar de más de treinta mesas. Pero estaban todos en el salón principal en el aula magna.

-¿No te llamarán para -Lo traté de tú-, no te llamarán para hacer una conferencia o algo?

--Les dije que no quería -me respondió Clayton-. ¿Y tú qué haces? -Lo miré.

-Estoy bien en mi trabajo, hace bastante que me ascendieron, no tengo problemas económicos, tengo una esposa que amo y tengo dos niñas. Pero...

-Habla, lo que me comentes no va a salir de mí.

-¿Y por qué quieres saber de mí?, no me conoces.

-¿Te das cuenta -me dijo Clayton- que tus palabras tienen un contra sentido?: "Por qué quieres saber de mí, no me conoces". Si te conociera no querría saber de ti porque ya estaría enterado.

-Lo voy a explicar de otra manera -le dije-. No soy nadie para que tengas curiosidad en mi persona. -Clayton me miró.

-¿Otro café?

-Sí, cortado con leche. -Lo llamé al camarero.

Clayton dijo:

-No, no, dos cortados en jarra grande, con edulcorante. -Me miró y me dijo-: ¿Tú te sientes una persona simple?

-No, no quise decir eso -respondí-, simple en el sentido de que no soy una de esas personalidades, esos profesionales médicos, jefes de planta, no soy médico siquiera, soy un invitado.

-Mira, es así, César: de la misma manera que me escapo de las personalidades porque no quieren saber de mi persona sino de en qué puedo ayudarles, o sea, es como que no necesitan un contacto cálido sino alguna ayuda de alguna manera, y no significa que no se la vaya a dar, pero es como que a veces todo ser humano se cansa de que lo vivan demandando.

-¡Ja, ja! Lo entiendo perfectamente, lo entiendo perfectamente. Pero hay algo peor que la demanda, las burlas.

-¿Por ejemplo? -preguntó Clayton.

-Y... En el trabajo me dicen... Me fue a buscar mi mujer porque teníamos que llevar a las niñas a una fiestita y los compañeros me decían: "César Lodueña, ¿esta mujer que vino es tu esposa o es tu dueña? Un juego de palabras. Me molestó horrores.

-¿Por qué?

-¿Por qué? ¿Y por qué voy a soportar que se burlen?

-¿Y por qué no te has reído con ellos?

-¿Y por qué me iba a reír, Clayton, de algo que se están burlando?

-Porque justamente si tú te ríes de esa burla ya se les acabó el juego.

-No entiendo.

-¿Tienes apuro?

-No -respondí-, mi señora sabe donde estoy.

-Bien. Ya te voy a explicar cómo aprender a reírse de uno mismo.

-¿Me estás diciendo que yo aprenda a burlarme de mí mismo?, eso es una incoherencia.

-No, yo no dije burlarte de ti mismo, dije aprender a reírte de ti mismo.

-Honestamente, no entiendo, honestamente... -Lo miré a Clayton como si fuera una encrucijada, como si fuera un laberinto del que no pudiera salir-. Obviamente ahora me entra una curiosidad tremenda.

-César, me puedes hacer las preguntas que quieras.

 

Y la primera pregunta era: ¿Qué diferencia habría entre burlarse de uno mismo o reírse de uno mismo?

 

Trajeron los cafés en jarra, cortados con leche. Hicimos una pausa, tomamos la bebida y disfrutábamos del silencio que había en el bar porque estaban todos en el aula magna.

 

 


Sesión 27/09/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetan de César C.

Su amigo trató de explicarle con detalle la diferencia que hay entre burlarse de sí mismo y reírse de sí mismo. Expuso ejemplos de cómo tratar las ofensas de otros.

Sesión en MP3 (3.547 KB)

 

Entidad: Aproveché que Jorge Clayton se quedaba un tiempo en Defernes, y como él mismo me había confesado, no se sentía a gusto con personas que solamente buscaban colgarse de su fama.

 

Recuerdo que me decía:

-Mira, César, ¿a qué le llamamos famoso? Famoso puede ser un actor de película, famoso puede ser un deportista que brille en la actividad que desarrolla, un ingeniero, un arquitecto, alguien que invente una vacuna para salvar a miles o millones de personas. Yo no soy una persona famosa, yo soy una persona conocida, porque me gusta el poder ayudar, el poder tender manos, pero no me cabe la palabra famoso. Y es cierto que mucha gente busca sacarse fotos conmigo para decir, "Mira, soy amigo de Clayton".

Lo miré y le pregunté:

-Quizá me tomes atrevido, pero ¿a mí me consideras amigo? -Clayton me miró.

-Querido César, Lodueña, amigo es una palabra muy importante. Sí te puedo decir que tú no buscas el tratar de figurar, entonces es como que sí, hay cierta afinidad.

-¿A pesar de ser tan distintos? -le dije directamente-, porque ten en cuenta que a veces no sé cómo comportarme o cómo reaccionar ante situaciones imprevisibles. Y yo sé que tú sí. Tú eres una persona segura, yo a veces me siento inseguro. Tú eres una persona que exteriorizas tus sentimientos, a mí me cuesta exteriorizarlos. Y no es que no los sienta, a veces me desespero por dentro de demostrar lo que siento. Pero me cuesta. Y cómo dijimos la última vez que hablamos, no soporto que se burlen de mi persona.

Clayton me respondió:

-Tienes que aprender a reírte de ti mismo. Cuando te dicen algo que ofende a tu ego aprende a reírte de eso.

Lo miré y le comenté:

-Recuerdo que la última vez me dijiste que había una diferencia entre burlarse de sí mismo y reírse de sí mismo. Yo no veo la diferencia.

-Te la voy a explicar muy sencillamente, César. La burla es una risa malsana, la burla es el creerse superior al otro.

Lo interrumpí y le dije:

-Ya sé lo que me vas a decir, que es un problema del otro.

-Dejando de lado eso, César, dejando de lado eso, aunque fuera un problema del otro si tú estás susceptible te vas a sentir herido, lastimado, dolido, aunque la otra persona sea un cretino.

-¿No es muy fuerte lo que dices respecto de la otra persona?

-No, no, César, no es fuerte. Lo que pasa que la sociedad califica las palabras y las pone en un diccionario: Esto significa tal cosa, punto. Esto significa tal otra, punto. Yo soy más elástico. Y aparte no soy profesor de lengua, entonces puedo equivocarme en una calificación. Lo importante es que se entienda la intención de lo que quiero decir con respecto a la persona que se burla.

-Volvamos al tema Clayton -le dije-. Quedaba pendiente la diferencia entre burlarse de uno mismo y reírse de uno mismo.

-Reírse de uno mismo es cuando vas a una pista de atletismo contra un atleta de dieciocho años y al cabo de los cien metros libres te sacó diez de ventaja y te dice: "César, ya no estás para estas cosas". Entonces tú te burlas y le dices: "Espera, espera que le pida a mi amigo el bastón con el que ando y te pego en la cabeza".

-Eso es un absurdo.

-No, eso es reírte de ti mismo.

-Pero yo no soy cojo, yo no estoy rengo.

-César, es una manera de expresar la risa del otro diciendo: "Tú a la edad que tienes es imposible que puedas vencerme". Puede incluso llamarte viejo y sin embargo tú estás en la mitad de la vida, ¡je, je!, pero si tu ego se ofende pierdes. Entonces te ríes de ti mismo, aceptas que estás viejo y dices: "Por haberme dicho eso te pegaré con mi bastón"

Me encogí de hombros y le digo:

-Sí, ¿te piensas que con eso el otro no se va a burlar más de mí?

-Por lo menos no se va a reír porque se va a dar cuenta que sus burlas no tienen eco contigo.

-Eso sería reírme de mi mismo. ¿Y qué sería burlarme de mí mismo? ¿No es lo mismo una burla que una risa?

-No, la burla es despreciativa. La burla es una especie de humor ácido donde en el fondo haces rol de víctima.

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, César, que quieres ver en qué condición físicas estás y el joven atleta te ganó por diez metros en los cien y se burla. Entonces tú queriéndote burlar de ti mismo dices: "Claro, si tuviera una silla de ruedas a motor te vencería". Ahí no te estás riendo de ti mismo, ahí te estás humillando, la burla es humillación, la risa no. Una vez un joven de nuestra edad -porque somos jóvenes, yo a los cuarenta años me siento joven-, le dijo a una señora que andaría por los setenta y ocho años casi ochenta, y le tenía confianza, le tenía mucha confianza pero no era para decirle tal frase. La señora se resbaló y casi se cae. Obviamente él la ayudó y la tomó del brazo, pero después con una frase soez la dijo: "Estás vieja, ¿eh?". La señora podría haber respondido con una frase de esas de reírse de sí misma, en cambio le dijo: "Por lo menos yo llegué, hay que ver si tú llegas a mi edad".

-Es una contestación perfecta -le dije yo.

-No, César, no, no es una contestación perfecta, eso es una contestación de una persona herida, de una persona lastimada. ¿En qué quedamos de reírse de uno mismo? Al decir así es como que fuera una persona resentida, como queriendo que la otra persona se muera antes, la que se burló de ella. No tenemos que guardar basura dentro nuestro; el rencor, la ira, los deseos de revancha nos aniquilan por dentro, nos aniquilan por dentro.

-O sea, que según tú, Clayton, nos tenemos que reír de todas las estupideces que nos dicen.

-No no no, espera espera espera. Hay algo, César, que se llama dignidad, aprender a decir no cuando es no. O sea, ¿tienes compañeros que se burlan de ti? Bueno, tú les sigues el juego. Va a llegar un momento que se van a cansar y van a decir, "Este César es inmune a nuestras burlas, nos cansamos". Pero supongamos que hay un idiota que sigue y sigue y sigue, bueno lo frenas.

-Sí, pero es para pelear eso.

-Será para pelea, pero lo frenas.

-Me desconciertas, Clayton, porque hay un hilo muy finito entre burlarse y reírse de uno mismo y tener dignidad. ¿Cuándo la aplico la dignidad?, ¿por qué no la puedo aplicar con el atleta que me dice, "¡Uy!, ya estás viejo, te gané por diez metros"?

-Porque te está diciendo la verdad, César. Porque tiene dieciocho y es un atleta y tú tienes más del doble de edad. Y aparte no se está burlando groseramente, te está diciendo la verdad. Es distinto que la burla de un compañero de trabajo que sigue y sigue y sigue y sigue machacando con tonterías. O sea, tienes que elucubrar en tu mente la diferencia entre un chiste inofensivo, porque este es un chiste inofensivo.

-Y el de ese conocido tuyo, de cuarenta, que le dice a la mujer de setenta y ocho, "Ya estás vieja", ¿esto es inofensivo?

-No. No es inofensivo, es un chiste grosero. Es un chiste muy estúpido que indica que la persona es muy estúpida. Pero la mujer podía haberse reído y sin embargo le contestó, "Hay que ver si tú llegas a la edad que yo tengo". O sea, cayó en las redes de la araña del de cuarenta, su ego cayó.

-No, no lo comparto, no lo comparto. Yo estoy de acuerdo con la señora, el de cuarenta es un estúpido.

-Sí, seguramente. ¿Pero porqué tenga setenta y ocho no se va a reír de sí misma? Entonces se está sintiendo vieja.

-¿Y no es vieja?

-No, viejos son los trapos. Es una persona mayor y puede perfectamente reírse de sí misma. Se supone que no va a competir en una actividad corporal como atletismo, como natación pero no significa que no pueda caminar, no significa que no pueda nadar y bien a los setenta y ocho. Porque si piensas que una persona de setenta y ocho no puede hacer nada... Bueno, ahí el equivocado eres tú, César.

-Está bien. Pero no tiene que ver con mi problema, yo siento que hay muchas personas que no están a gusto conmigo. ¿Cómo lo mejoro eso?

-Lo hablamos la vez pasada, lo hablamos, César, es como que tú buscaras la aprobación de los demás. Tú tienes que aprobarte a ti mismo, tienes que respetarte a ti mismo, tienes que quererte a ti mismo, tienes que aceptarte a ti mismo. ¿Te aceptas? -Me encogí de hombros.

-¡Uf! Sí, a veces sí. Lo que pasa que yo reconozco que a veces tengo mal genio, a veces es como que pierdo el control si mi familia no me hace caso en algo.

-Bueno, eso es un trabajo que tienes que hacer contigo mismo, eso es un trabajo que depende de tu persona, César.

-¿Y cómo lo hago, cómo me controlo?

-Es que te tomas todo demasiado... como que el mundo estuviera contra ti. Y no es así.

-¡Ja, ja! Qué fácil que lo ves todo, Clayton, qué fácil. A ti todo el mundo te aplaude. A mí, yo soy transparente, ni siquiera me ven.

-Eso que estás diciendo es buscar la aprobación de los demás. ¿Quieres hacer una prueba? Hoy a la tarde hay una convención, estoy invitado. Puedo llevar a los invitados que quiera. Ven conmigo.

-¿Qué hago, qué haría, de qué hablaría?

-¿Y por qué tienes que hablar? Te presento: "Mi amigo, César Lodueña".

-Te contradices.

-¿Por qué?

-Porque antes te pregunté: "¿Y a mí me consideras tu amigo?", y me respondiste: "Somos afines".

-Y es cierto -me dijo Clayton-. Recién nos conocemos, hemos hablado poco, con el tiempo podemos entablar una gran amistad.

-¿Y entonces si me presentas como amigo no estarías siendo hipócrita?

-¡Ja, ja, ja! No no no, para nada. Lo haría a propósito para mostrarte que la gente también se colgaría de ti.

-No, no lo entiendo, Clayton, tradúcemelo.

-Claro. Hay gente que me halaga por sacarse una foto conmigo o porque le firme un autógrafo, "¡Oh! Vino Clayton, de Plena, el millonario Clayton, el que hace obras".

-No entiendo.

-Al estar tú conmigo, "¡Oh! Es César Lodueña, el amigo de Clayton", y entonces te mirarían de otra manera.

-No tiene sentido, Clayton -le confesé- porque no lo harían por mí, lo harían por ti. Porque yo sería como una especie de reflejo tuyo. Yo quisiera que lo hagan por mí, que me palmeen por mí.

-Insisto, César, eso es buscar la aprobación de los demás. Eso es buscar la aprobación de los demás. ¿Tú te aceptas?

-¡Más vale! Soy yo, ¿cómo no me voy a aceptar?

-¿Te sientes seguro?

-No. Te lo he dicho ya cinco o seis veces, que a veces no sé cómo comportarme ante cosas sencillas.

-Entonces no te sientes seguro. Por ende no te aceptas, por ende no te respetas.

-¿Qué tiene que ver, Clayton, respetarse con sentirse seguro? Yo puedo respetarme.

-¿A aquellos que se burlan les pones un stop, un basta?

-No, prefiero no confrontar.

-Bueno, entonces no te respetas.

-O si no, directamente pierdo el control.

-¿Ves?, y ahí pierdes. O sea, pones los dos extremos, César. Por un lado dejas que te machaque una y otra vez, y con tal de tener la aprobación de los otros te tragas la bronca, te comes la ira y te aguantas las burlas. Y de repente te tocan y ¡pum!, estallas con toda la furia. ¿Por qué no un término medio?, ¿por qué no un "Listo. Aquí se terminó", sin perder el control?

-¡Qué fácil lo haces hablando!

-No no no no, César, no lo hago fácil, es una cuestión de practicarlo, es una cuestión de llevarlo a cabo. ¿O te piensas que de un día para el otro vas a lograr todo lo que yo te estoy diciendo?

Lo miré y le dije:

-Igual te acompañaré a la convención. Quiero probar eso, a ver si me palmean igual que te palmean a ti.

-Lo van a hacer. Pero no te pases al otro extremo, que después te la creas.

-Eso no lo entiendo. Tradúcemelo.

-Claro. Que después no te creas que eres el importante, que eres la figura, que eres el famoso.

-¡Ah! ¿Y tú sí?

-Te dije que a mí no me gusta la palabra famoso; famoso es un actor de cine, famoso es un arquitecto que hizo una gran obra, yo soy simplemente un tipo que tiene plata y puede dar una mano.

-Pero sales en los diarios.

-Bueno, no por mí, los periodistas venden.

-¿Acaso te sientes incómodo?, ¿no te sientes orgulloso con esa fama?

-No, César, honestamente, no. Honestamente, no. Mira, cuando era más joven, en Plena había un club hípico donde eran todos creídos, todos orgullosos, pagados de sí mismos, que para mí eran insoportables. Y con mis amigos verdaderos íbamos a la Segunda avenida, una avenida llena de librerías, y nos íbamos a un bar de lo más sencillo que hubiera, porque sentía como que el club hípico era algo artificial. Te hablo de los años setenta.

-¿Y sigue siendo igual?

-¡Ja, ja! Igual o peor. En los años ochenta y seis sigue siendo igual o peor. Y a mí no me gusta lo artificial. Por eso te digo, no, no soy un tipo que se siente orgulloso de salir en la tapa de los diarios. Sí, si me invitan a un programa de televisión y puedo hablar de cómo ser útil.

-Sí, pero con dinero todo el mundo es útil.

-¡Je, je! No no no no. Mira, esa gente que yo conocía en el club hípico tenía una fortuna incalculable, nunca movieron un dedo para ayudar a nadie. Y conozco gente que no tiene dinero y tiende una mano. Ayuda a otros, a veces va a visitar a los hospitales de niños y hacen manualidades, juguetes para niños. Con nada. No precisan fortuna para eso.

-Interesante. Seguiremos conversando.

 

Gracias.