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Psicoauditación - Gustavo

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 28/05/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Interlocutor: Karina González
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Gustavo

La entidad comenta una vida en Gaela, en que de joven sus padres le infundieron una gran inseguridad que le afectó en otras vidas y en la presente. Kar-El conduce a la entidad para que pueda repasar incidentes, engramas que le ayuden a superarlos.

Sesión en MP3 (2.366 KB)

 

Entidad: Me estoy comunicando con vosotros.

Recuerdo una vida pasada en Plena, la capital de Gaela. Mi nombre era igual que el de ahora, Gustavo. De apellido, Trejo.

De pequeño fui tímido. Recuerdo que en la escuela tenía buenas notas pero no me atrevía a hablar con otros compañeros o bien me dejaban a un lado.

Mi padre era una persona callada y mi madre me consentía, y eso hizo que me criara muy muy muy inseguro.

En Plena, ya cumpliendo veinticinco años, llegábamos a la década de 1970 y me hice de muchos amigos, pero me costaba muchísimo tener relaciones, no solamente afectivas sino también laborales, de amistades, todo me costaba mucho. Y de alguna manera, yo, como thetán, es como que absorbía esos engramas. Y los he tenido en distintas vidas, al punto tal que me afecta a la vida actual, donde también mi nombre es Gustavo.

 

Interlocutor: Y dime, Gustavo, ¿tú eres consciente del origen de alguno de esos engramas en esta vida que estás relatando?

 

Entidad: Como thetán soy consciente de que esos engramas me han condicionado. A ver, te lo voy a explicar, estimada entidad angélica, Kar-El, de una manera muy sencilla. Tú sabes qué es la retroalimentación.

 

Interlocutor: Así es.

 

Entidad: Bien. El engrama viene por algo inconsciente que me afecta, de alguna manera eso me condiciona. Los condicionamientos a su vez me provocan nuevos engramas por no atreverme. Y cuando de alguna manera me acuerdo... En la escuela superior, la que vosotros llamáis secundaria, tenía que exponer una materia llegaba casi al punto de desmayarme, traspiraba, de mi frente caían gotas, mi cuerpo se mojaba de sudor del tremendo ataque de pánico. Por momentos sentía como una sensación de muerte. Pero te digo que no estoy exagerando, no estoy exagerando. No estoy exagerando, para nada.

 

Interlocutor: Sin embargo en la década del 70 tú relatas que has podido establecer algunas relaciones. ¿Qué fue lo que te hizo hacer ese cambio?

 

Entidad: En realidad no fue un cambio. Me enteré -porque a mí me gustaba mucho la informática, era algo nuevo en los setenta. Si bien habría mejorado quizás con otras materias me gustaba muchísimo la informática, y aparte había leído que en los años cincuenta había enormes computadores-, y leí que un tal Clayton, incluso un año menos que yo pero que tenía un poder adquisitivo tremendo para montar una tremenda fábrica para hacer computadores personales. Y me arriesgué, me comuniqué con ese joven.

Me presenté. Le digo:

-Mi nombre es Eduardo Trejo, tengo conocimientos de informática.

Muy atentamente, este joven, Clayton, me dijo:

-Mira, gente siempre nos falta porque se trata de crecer para poder ayudar más a la comunidad, que de aquí a diez años, todo el mundo pueda tener en sus casas computadoras personales.

Estaba tan extrañado de lo que me comentaba, porque yo digo:

-Eso yo lo veo recién para el año 2000.

-No, no, Gustavo -me dijo-, lo vamos a tener antes de los años ochenta.

-¡Vaya!

 

Interlocutor: Dime, Gustavo, ¿Eduardo era tu segundo nombre?

 

Entidad: Así es. ¿Cómo lo has deducido en esa vida?

 

Interlocutor: Bien, es que un acto fallido tuyo acaba de decir, hace unos momentos, Eduardo.

 

Entidad: Claro, mi nombre completo en Plena era Gustavo Eduardo Trejo. Sí.

 

Interlocutor: ¿Tus amigo te llamaban así, Eduardo?

 

Entidad: La mayoría me llamaba por mi segundo nombre. La mayoría me llamaba por mi segundo nombre. Es más...

 

Interlocutor: Gustavo tal vez lo usaban tus familiares.

 

Entidad: No, no, en casa me decían Gus. Pero mis amigos me decían Edu, por mi segundo nombre. Y no... No lo tomes en chanza o como broma, ¿no?, soy incapaz de burlarme de nadie, pero es como que al llamarme Edu en lugar de Gus...

 

Interlocutor: ¿Te sentías un poco más seguro?

 

Entidad: Sí, sí. ¿Sabes que sí? Pero obviamente tú me lees el núcleo conceptual de mi thetán. Claro, me hacía sentir más seguro.

 

Interlocutor: ¿Era como un borrón y cuenta nueva?

 

Entidad: No, no diría tanto, no diría tanto. Me recordaba de todas las cosas en que había fracasado, me recordaba todas las cosas...

 

Interlocutor: ¿Podrías comentarme algunas de las cosas en las que te has sentido pleno?

 

Entidad: ¡Ja, ja! Bueno, en la primaria era tímido hasta las lágrimas. En la secundaria, lo que en Plena se llama el estudio superior, los jóvenes bromeaban, hacían chistes, éramos una escuela exclusivamente de varones. Y a dos calles de allí, con una diferencia horaria de diez minutos, salían las chicas y se ponían a conversar o iban a tomar algo en un bar de la avenida. Y yo es como que sentía como pudor. Digo ¿Qué... qué papel voy a hacer allí?

Y recuerdo que una joven se acercó a mí, me llamó por mi primer nombre.

Me dijo:

-Gustavo, necesito hablar contigo.

-¿Te conozco?

Me dice:

-Me llamo Débora.

-¡Débora! -Había escuchado hablar de Débora, era una de las más bonitas de la división de las chicas. Yo digo "Pero se está fijando en mí".

-¿Vienes a tomar algo?

-Sí. -Yo contento, muy contento. -Cuando vamos al lugar... ¡Ay, mi ego, mi ego, mi ego, mi tremendo ego! Eso es lo que me trae baja estima, eso es lo que me trae inseguridad, eso es lo que me trae el ataque de pánico: el ego, el ego, el bendito ego.

 

Interlocutor: ¿Y qué paso?

 

Entidad: ¿Qué pasó? ¡Je, je, je! Pasó lo peor: el ego hizo que me inflara, que me jactara. No lo dije pero miraba a todos con aire de suficiencia: "Mirad con quien llego, con Débora, la más bonita". Nos sentamos a la mesa, se acerca a mí y me habla al oído. Yo digo "¿Qué me va a proponer?".

Y me dice:

-¿Ves aquel joven de la punta de la mesa?

-Sí.

-Es Alfredo, el rubio. Bueno, te llamé porque quiero que me lo presentes porque me gusta mucho. -Por dentro me sentí como un... esos vidrios que se quiebran en mil pedazos. Pero por fuera fingí seguridad:

-¡Pero cómo no, Débora! Ven, ven conmigo. ¡Alfredo!...

-¡Qué!...  -Y de repente la vio a ella-. ¡Opa, mira con quien vienes acompañado!

-Te presento a Débora. Alfredo. -Se puso a conversar con Alfredo y se olvidó de mí. Yo me quedé un rato parado porque ella se sentó al lado, ¿y parado qué iba a hacer? Me miraban todos o eso yo pensaba. Despacito, despacito, despacito me fui a mi asiento.

 

Viene otro compañero, Juano:

-Edu, ¿qué pasó?

-¿En qué sentido?

-¿No estaba con vos esta chica?

-No, no, para nada, para nada, la conocí ahora y es como que me pareció aburrida y entonces se la presenté a Alfredo

-¡Ah, ah!...

- No, no, así aburrida.

-Pero está muy buena -dijo Juano.

-Sí, pero no no, no es alguien que me gustara en realidad. No, no me convencía.

Tenía mucha capacidad de inventar pero por dentro me sentía humillado. Alfredo no tenía nada que ver, Alfredo era un tipo creído que se las sabía todas, salía con muchas chicas y después las dejaba. O sea, yo no conozco de chicas pero yo sé que entre ellas se hablan, y si todas saben que Alfredo es un tipo que prácticamente las usa y las descarta, ¿para qué quieren salir con él? O de curiosidad; "Si ella salió yo también voy a salir". ¿Es satisfacer qué? ¿Entonces es como que las chicas tenían más ego que yo?

 

Interlocutor: Tal vez.

 

Entidad: Sí, tal vez. Pero a mí no me servía eso porque ellas se daban el gusto, salir con Alfredo era salir con el mejor. Y bueno, para nosotros, los varones, salir con Débora era salir con la mejor.

Y había otra joven, Leticia, quizá un poco gordita, simpática, callada que me hablaba:

-¿Cómo estás, Gustavo?

-Bien, bien.

-¿Por qué te dicen Edu? -¡Buf! Encima le tengo que dar explicaciones.

-Bueno, porque mi segundo nombre es Eduardo y algunos de mis compañeros me llaman Edu.

-No, a mí me gusta más Gustavo. -¡Qué densa, qué plomo! Y no veía la manera de sacármela de encima a Leticia.

 

Interlocutor: ¿Podrías comentarme algún momento donde te hayas sentido satisfecho de vos mismo en esa vida?

 

Entidad: ¡Je, je! No. Te podría decir lo que pasó al día siguiente, que fue bravo, bravo pero simpático, de alguna manera.

 

Interlocutor: Te escucho.

 

Entidad: Este Clayton me ofreció un trabajo para armar partes de computadoras personales, incluso me presentó al líder del lugar y le caí muy bien.

Le dije:

-Mira que yo soy muy callado, muy tímido.

-Mira, mientras trabajes, mientras hagas las cosas bien aquí tendrás un gran futuro.

 

Y al mediodía le agradecí a Clayton, me invitó a comer.

Le digo:

-Mira que tengo una hora porque después tengo que volver al trabajo.

-¿Cómo estás en tu vida personal? -Le comenté que en el pasado, cuando estaba en la superior, en la secundaria, había conocido a una tal Débora que era autosuficiente y yo desprecié a una tal Leticia.

-¿Esto cuando pasó?

Le digo:

-Hace nueve años, tenía dieciséis.

-¿Te has dado cuenta de una cosa, Gustavo? -me dijo Clayton-, a ti te molestaba que te dejaran a un lado, ¿acaso tú no has hecho lo mismo con esa tal Leticia?

-¡Buf! Sí, la verdad que sí, lo reconozco, lo reconozco, la sentí como densa, como callada.

-¿Qué es para ti densa? -me preguntó Clayton.

Le digo:

-Para mí densa es como que te esta siempre encima, no te deja respirar.

Y él me dijo:

-¿Y si solamente quería ser tu amiga o gustaba de ti?

-¿De mí? La verdad, para mí ella pasó inadvertida.

-¿Pero te das cuenta que eso es lo que te pasa a ti con los demás?, ¿o tú crees que te pasa con los demás? -¡Buf! Y es como que me sentí como molesto.

-Le digo:

Es como que de alguna manera me estás corrigiendo. -Porque al fin y al cabo tenía mi edad.

Y me dice:

-No, no, Gustavo, no te estoy corrigiendo, jamás te corregiría. Estoy señalando lo que tú me has contado, y el hecho de que tú me lo cuentes me da pie a que yo te señale lo que tú has hecho mal, lo que tú no querías que hicieran contigo.

 

Interlocutor: ¿Y hubo un cambio a partir de ese día?

 

Entidad: No no no. Uno a veces piensa que los cambios se dan de un día para el otro, pero no, no se dan de un día para el otro, no se dan de un día para el otro.

Han pasado cosas peores después, han pasado cosas peores. Pero ya... ¡Ah! Le estoy transmitiendo un dolor en el pecho a mi receptáculo que me está albergando y una angustia tremenda en la garganta por lo que estoy contando, porque mi receptáculo que me alberga siente todo lo que yo estoy sintiendo. Entonces...

 

Interlocutor: Lo vamos a dejar descansar.

 

Entidad: Sí.

 

Interlocutor: Pero me gustaría que volvamos encontrarnos en otra ocasión.

 

Entidad: Pero me agradaría muchísimo, porque hice una gran catarsis.

 

Interlocutor: Especialmente porque estoy segura que si buscamos detenidamente vamos a encontrar muchas cosas muy valiosas y que tal vez y lo más probable es que puedas transmitir eso a tu receptáculo.

 

Entidad: Que así sea.

 

Interlocutor: Hasta todo momento.