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Psicoauditación - Johnatan L.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 24/07/2018 Sigma II, Lerner

Sesión 30/07/2018 Sigma II, Lerner

Sesión 13/08/2018 Sigma II, Lerner

Sesión 19/10/2018 Sigma II, Lerner

Sesión 23/05/2019 Aldebarán IV, Figaret

Sesión 26/01/2026 Gaela, Jean Lebreté

Sesión 27/01/2026 Gaela, Jean Lebreté

Sesión 28/01/2026 Gaela, Jean Lebreté

 


Sesión 24/07/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

En Sigma II. Relata que fue amigo y consejero del rey, habían compartido de todo. Cuando hubo reina el carácter del rey cambió.

Sesión en MP3 (3.262 KB)

 

Entidad: Puedo relatar infinidad de vivencias, puedo vivenciar las situaciones más inverosímiles, pero vosotros mismos tenéis un refrán que dice que la realidad supera a la ficción. Y a veces pasamos por situaciones que luego las rememoramos pasado un tiempo y nos preguntamos ¿cómo puedo haber vivido esto? ¿Cómo me pudo haber pasado aquello? ¿Cómo dejé pasar tal oportunidad?

 

¡Ah! ¡Qué bueno sería poder dar marcha atrás en el tiempo como cuando das marcha atrás en un carro y poder repetir ciertas escenas para enmendarlas, modificarlas, vivirlas de nuevo! Pero eso no se puede hacer. Entonces, como dicen aquellos grandes Maestros, esas grandes entidades de Luz, no puedes modificar el pasado, pero de acuerdo a como hagas, a como actúes en éste presente podrás trazar tu futuro. No puedes enmendar tu pasado, pero -y modificando el lenguaje un poquito, me atrevo a modificarlo un poquito-, puedes enmendar tu futuro. Y por eso digo modificar el lenguaje porque el futuro no está hecho todavía, entonces no hay nada que enmendar, pero sí lo puedes escribir con tus acciones, con tus proyectos, con tu intención, con tu anhelo.

Pero claro, en esta vida que voy a relatar tenía anhelos, tenía proyectos; sólo me faltaba llevarlos a cabo. Pero era tal mi introversión, mi timidez..., cosa que a veces lo disfrazaba mostrándome ocurrente, y no mucho, y no mucho.

 

Mi nombre era Lerner. Vivía en la zona meridional del continente Atrio. Mi padre era nada más ni nada menos que consejero del rey.

El rey era una persona, ¡oh!, muy intolerante. A veces iba con mi padre a acompañarlo por alguna razón al salón principal y me quedaba duro como una de las estatuas que había allí -y no tenía por qué, ya que el rey me ignoraba-, y admiraba la flema de mi padre de hablarle de igual a igual: "Tú, rey, lo que necesitas es esto, aquello, lo otro. Necesitas modificar tal proyecto. Tendrías que hacer tal cosa". El rey era intolerante, pero a padre lo escuchaba.

Mis mejores momentos eran cuando salía con el hijo del rey, con Esper. Nos divertíamos. A un costado del patio de armas espadeábamos con espadas de madera fingiendo que éramos grandes guerreros. El jefe de la guardia y los soldados no se metían con nosotros porque no se podía estar ahí, pero claro, estamos hablando del príncipe, nadie se podía meter con el príncipe, ni siquiera el jefe de la guardia. Y yo aprovechaba, era su mejor amigo. A veces escoltados por una seguridad de diez soldados salíamos de palacio y salíamos de fuera de los muros incluso del patio feudal. Galopábamos, a veces nos bañábamos en el arroyo en pleno verano.

 

Una vez, al atardecer nos escapamos, y se había hecho casi de noche, las dos lunas iluminaban nuestra silueta.

-Esper -le decía yo-, a ti tu padre te va a azotar, pero a mí me van a colgar.

-Lerner, quédate tranquilo -decía el príncipe-, no pasa nada.

 

Se escucharon unos galopes. Llegaron los soldados con el jefe de la guardia y atrás el consejero. ¡Ay! El jefe de la guardia se enfrentó con el príncipe, pensé que lo iba a retar.

-Alteza, vuestro padre os solicita. -¡Qué delicadeza!

No pasó lo mismo conmigo. Mi padre, el consejero, me dijo:

-¡Lerner! ¿Dónde tienes la cabeza?

-¡Pero padre, no puedo desobedecer al príncipe, él me mandó, él me dijo que salgamos! -Ahí utilicé mi astucia porque en realidad los dos planificamos eso. Bueno, más Esper que yo. Pero padre tuvo que callarse y volvimos.

Me imaginé al rey dándole una reprimenda a Esper. Le dijo:

-Tienes la comida servida en la cocina, comerás en la cocina.

Estaba a punto de seguir a Esper cuando sentí una mano fuerte en mi brazo, era mi padre:

-¡Ven para aquí, no digas nada! -Y me sacó del salón principal.

 

 Cené una cena rápida y me acosté. Pero no fue la única noche que nos escapamos, fueron varias. ¡Cómo lo disfrutaba! ¡Cómo disfrutaba las tardes en el arroyo, en invierno subiendo las cumbres! ¡Era ¡extraordinario! ¡Era extraordinario!

Pero fuimos creciendo y a medida que íbamos creciendo -¿cómo lo puedo explicar para qué se entienda?-, crecía mi responsabilidad. ¿Pero qué sucede cuando no estás preparado? Crecía también mi inseguridad, mi timidez.

Y siendo adolescente falleció madre. Sentí como un abismo que se abría a mis pies. Una mujer tan cariñosa, tan especial. Padre estuvo un tiempo que no hablaba. El mismo rey que siempre era intolerante no objetó que se mantuviera en silencio. Eso no significa que no le diera nuevos consejos al monarca, pero le permitió esos días de luto.

 

Con el príncipe Esper ya éramos adolescentes, las salidas eran otras. Incluso una tarde llevó a la guardia al bosque, eran doce, catorce soldados, los soldados no podían hacer otra cosa que obedecer -le ordenó al jefe de la guardia que se quedara en palacio- y llevamos espadas de verdad y Esper se puso a espadear con cada uno de los soldados. Lo admiraba porque era muy difícil que le, no que lo vencieran sino que ni siquiera lo llegaran a tocar. Algunos no se atrevían a tocarlo y Esper les dijo:

-Si no se juegan a fondo, les mandare azotar. -Y se jugaron a fondo, pero era imposible tocarlo-. ¿Quieres probar tú?

-¿Eh?

-Lerner, te hablo, ¿quieres probar tú?

-No soy tan bueno como tú.

-¿Cómo no? Desde que teníamos cinco, seis años has practicado conmigo. ¿Cómo no? -En realidad, sí, tenía mucha habilidad con la espada, pero ¿y si llegaba a lastimar a un soldado y éste tomaba represalias y me cortaba el cuello?

El príncipe me sacudió de los hombros: -¿Por qué no te despiertas de una vez?

-¡Pero Esper, estoy despierto!

-Quiero decir ¿por qué no sales de ese aturdimiento que tienes? ¡No va a pasar nada! Aparte, te lo ordeno como tu príncipe. -Me encogí de hombres. Saqué mi espada y cambié golpes con tres o cuatro de los soldados. Eran buenos, pero yo era mejor todavía. Menos con uno que era muy ágil, me llegó a herir en el antebrazo derecho. Solté mi espada y me tomé con la mano izquierda la parte herida del brazo derecho.

-¿Qué haces? -me dijo el príncipe Esper.

-¡Estoy herido!

-¿O sea, que si estuvieras en una batalla y te cortan, sueltas la espada?

-¡Pero emano sangre!

-Y sueltas la espada. ¿Tienes también la mano lastimada?

-No, Esper, la mano no.

-Entonces ¿por qué has soltado la espada?

-¡Eeeh!, ¡por un reflejo!, porque sentí el dolor e inmediatamente abrí la mano.

-¡Y en una pelea te hubieran matado!

-Pero esto es una práctica.

-Sí, ¿y para qué piensas que son las prácticas?

 

Pensé que Esper, mi amigo, me iba a consolar con la herida, al fin y al cabo fue él el que me ordenó que combatiera aunque sea en una práctica y en lugar de eso me retó. Me sentí molesto, me sentí dolido.

-¿Ahora te ofendes?

-¿Alteza?

-¡No me digas alteza!

-Esper, ¿cómo ofendido?

-Claro, te encierras en ti mismo.

-Es que me duele y tú, encima, no me tratas bien.

-Si no fuéramos amigos -me dijo Esper- no me interesaría.

Fui irónico y después me arrepentí:

-¡Vaya! ¡Cómo te interesas! ¡Retándome!

-Me preocupo por ti, por eso me ocupo. ¡Ven! -Fuimos al patio de armas, había una enfermería-. ¡Véanle la herida!

-Pero tenemos…

-¡Véanle la herida, ahora! -Me vieron la herida.

-Hay que darle un par de puntos. Bueno, tenemos un jugo de planta que le puede dormir un poco la herida para que no sienta el dolor.

-No, cósanlo así.

-¡Pero Esper! -dije.

-¿Tampoco te vas a aguantar el dolor de una aguja? ¿Pero qué pasa contigo? -Dejé que me cosieran, me dolía mucho menos de lo que yo pensaba. Y después se lo dije a Esper.

Exclamó: -¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta cómo exageras las cosas y después no pasa nada? Iremos a practicar más seguido con los soldados, y si llegas a tener otra herida nunca sueltes tu espada.

-Está bien.

 

Y así lo hicimos. Durante días y días y días fuimos a practicar.

-Ahora tú y yo -dijo Esper.

-Pero...

-Y te digo lo mismo que a los soldados, si no te empleas a fondo...

-¿Me azotarás a mí también, a tu amigo? -Me enojé.

-No, te daré puntapiés donde termina la espada. -Y largó una carcajada

 

Y sí, me empleé a fondo. Pero Esper era un consumado artista de la espada, era imposible entrarle de ninguna manera. Más de una vez me abalanzaba y él me ponía el pie y caía de bruces en el barro y se reía. La última vez lo vi muy enojado porque uno de los soldados también se rió cuando caí contra el barro.

-¿De qué te ríes? -El hombre se puso serio-. ¿Te ríes de mi amigo, del hijo del consejero de mi padre?

-No, alteza.

-¿Entonces de qué te ríes? ¿O eres tonto?

-Soy tonto, su Alteza.

-¡Ya veo! ¡Al próximo que se ría, porque nos estamos divirtiendo, lo va a pasar mal! -Nunca lo había visto tan enojado. Se había molestado porque se burlaban de mí.

 

Y finalmente pasó lo que tenía que pasar, su majestad era demasiado obeso, comía comida con grasa, su corazón no estaba bien, y bueno, falleció.

Hubo tres días de luto y luego vino la coronación. Esper era el nuevo rey, un rey joven aparentemente inexperto. Y al poco tiempo, como por causalidad, fallece mi padre, y el nuevo rey, mi amigo, me nombra su consejero. Yo consejero del rey. Pero era el rey, su vestimenta era otra, la corona en la cabeza…

-Mi señor, me permito.

-¿Cómo, mi señor?, ¡llámame Esper!

-No puedo, mi señor, ¡eres el rey!

-Y tú eres mi consejero.

-Lo sé señor, pero eres el rey..., somos amigos, pero, eres..., eres Su Majestad, ya no puedo llamarte por el nombre.

 

Y me ordenaba y me ordenaba, pero no me salía, me costaba muchísimo llamarlo por el nombre. Ahora, mi amigo de la infancia era el rey, y yo, Lerner, su consejero. No éramos iguales, el rey tenía algunos amoríos en palacio y fuera de palacio. Me acuerdo cuando todavía era príncipe, una vez fuimos a una posada acompañados por la guardia, pero la guardia se quedó afuera, y había unas jóvenes mujeres muy agraciadas que vendían su amor. El rey me dijo -en ese momento príncipe, ¿no?-:

-¡Ven!, ¡ven Lerner!

-No, no, no, no; me quedare tomando alguna bebida aquí.

-¡Pero ven, hay varias jóvenes en las habitaciones, arriba!

-No, no, no, no.

Era como tímido, pero no tímido, ¡pánico tenía! Y no, me quedé tomando algo, no había manera de que me convenciera. Y todas las veces que lo acompañé me quedé tomando una bebida.

 

Y hasta el presente no tenía pareja. Había una noble muy, muy bonita, Dara, que se fijaba en el rey. Su mirada me inquietaba porque cuando me veía es como que me leyera el pensamiento. Yo bajaba la vista y la levantaba y veía que me seguía mirando y se sonreía, pero como una sonrisa como diciendo "Sé lo que piensas, sé que estás temblando", y luego caminaba hacia el rey Esper. Y comenzaron a salir.

Y tiempo después pasó lo que tenía que pasar, contrajeron enlace. La noble Dara era la nueva reina, que siempre me seguía mirando con esa mirada de picardía, con esa mirada, ¡uff!, como provocativa, pero cuando me acercaba a hablar con ellos como consejero, me inclinaba. La reina me decía:

-Tú eres Lerner?

-Así es, mi reina.

-A ver, mírame. -Me tomó del mentón y me levantó la cara-. No bajes la mirada, mírame a los ojos.

-Sí, mi reina.

-¿Eres leal a mi esposo?

-Absolutamente mi reina. El rey, aparte de ser yo su consejero, es mi amigo, le soy leal hasta la muerte.

-¿Morirías por él?

-¡Absolutamente!

-¿Y por mí?

-Por supuesto mi reina, eres su esposa, eres la reina, por supuesto.

-¡Bien! ¿Y me obedeces de la misma manera que lo obedeces a él?

-¡Claro que sí!, ¡eres mi reina!

-¡Bien, así me gusta! Puedes marcharte. -Hice una inclinación.

-Permiso, mi reina.

Pero tenía una mirada tan inquietante, tan inquietante...

 

Y pasaron los días y los días y los días y los días y al rey Esper no se lo veía contento, pero no me comentaba nada, no me comentaba nada. En el palacio todo normal; los soldados bien entrenados, los vigías en el segundo muro pasando al patio feudal sin novedades. La económica era buena, es más, todo había mejorado desde la muerte del viejo rey, sin embargo a Esper lo veía como muy introvertido, pero no introvertido como yo por timidez, es como que una tristeza le agobiaba y no sabía por qué, no sabía de dónde venía. Y me preocupaba porque al fin y al cabo mi afecto estaba con él.

 

Es todo por ahora. Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 30/07/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

Comenta que en el rol de consejero del rey se sentía asediado por la reina. Se lo comentó a su amigo, el rey, esperando un desenlace. Y lo hubo.

Sesión en MP3 (2.130 KB)

 

Entidad: A veces me contradigo a mí mismo, a veces es como que quiero lograr un proyecto, lograr algo y luego me desanimo sin haberlo intentado.

 

Mi amigo de siempre, el ahora rey Esper, me decía:

-Tienes que fortalecer tu carácter, tienes que fortalecer tu carácter.

 

Lo que pasa que a veces es difícil llevar a cabo algo cuando no sabes las consecuencias por determinada acción. Varias veces cuando el rey Esper se iba a practicar al patio de armas donde ningún soldado lo podía vencer con la espada, la reina Dara se acercaba me tocaba con sus dedos el rostro y me decía:

-Lerner, por fuera pareces débil, tímido, introvertido... ¡Acompáñame una tarde a montar en hoyuman! Hay un arroyo cercano y podré despertar tus instintos.

 

Volvía a tocarme el rostro, el cuello acariciándome, acercando su rostro al mío. Yo temblaba pero, a ver, no de miedo, era la esposa de mi amigo, casi mi hermano, era la reina. No sé cuál era su intención porque Esper era apuesto, valiente, honesto. Cuál era su idea ¿engañarlo o burlarse de mí?, ¿a ver qué decía yo? Y yo jamás iba a traicionar a mi rey, a mi amigo, a mi casi hermano. Pero la situación era cada día más incómoda, buscaba en el rostro de la reina Dara como un atisbo de burla. No, no la tenía pero podía fingir y se burlaba de mí.

En una de las conversaciones que tuve con Esper le decía:

-¿Estás muy seguro de tus hombres? -El rey se encogió de hombros.

-Absolutamente, cien por ciento seguro de su lealtad.

-¿No temes que enemigos los sobornen y te traicionen? Porque puede haber otros reinos que puedan de alguna manera querer apoderarse de la zona meridional.

-¡Je, je, je!

-¿Por qué te ríes, mi rey?

-Por una sencilla razón, en todo el continente Atrio, mi reinado es el más próspero pero también el mejor armado, el mejor pertrechado, el de mayor gentería de hombres y los que cobran un mejor salario. Tenemos una feria feudal rica, nadie pasa hambre, ¿por qué me habrían de traicionar? ¿Tú pensabas que eran leales por amor? ¡No, Lerner, no seas infantil! -el rey continuó-, son leales porque comen todos los días, porque los mismos soldados pueden tener familia, porque pueden hacer su vida normal, porque hacen con ganas su entrenamiento, porque no les exijo demasiado, les exijo lo justo. Sí es cierto que castigo a aquel que no cumple las ordenes pero saben que si hay que poner el pecho yo soy el primero que lo pongo. Yo doy el ejemplo, no mando. Que me imiten.

-Entiendo -respondí.

-¿Seguro que entiendes? ¿Qué significa "No mando"?

-Bueno, mi rey, significa que ante una adversidad tú muestras cómo se deben hacer las cosas y los soldados te imitan. O sea, no eres un jefe, eres un líder.

-¡Bien, bien! -Se sorprendió el rey-. Así es, Lerner. ¿Ves que eres inteligente?

-Mi rey, nunca dije que no lo fuera; puedo ser algo introvertido pero guardo mi lugar.

-¡Tu lugar! Tu lugar es ser mi consejero además de mi amigo. Y eres caprichoso, empecinado como una mulena, ¡je, je, je!

-¿De qué te ríes, mi rey?

-Que no me llamas más Esper, ahora me llamas señor, mi señor, mi rey.

-Bueno, es tu cargo, ¿no? -Pero el rey no era ningún tonto, el rey hacía amaneceres que veía mi rostro preocupado.

-¿Me cuentas qué te sucede? ¿Te gusta alguien? ¿Te interesa alguna joven?

-No, no, mi rey, pero salgamos a cabalgar y te puedo contar.

-Está bien.

Llamó a Brunei, el jefe de la guardia, que a veces me seguía molestando y le dijo que ensille dos caballos y salimos con diez soldados atrás. El rey vio que yo estaba cohibido y les dijo que se mantengan a treinta líneas de distancia.

- A ver, cuéntame.

-Mi rey, voy a hacerte una pregunta como consejero y amigo que fuimos desde pequeños.

-No des tantas vueltas, Lerner. ¿Qué pasa?

-¿Cómo te llevas con la reina, cómo están? -Todo mi cuerpo se sacudió cuando vi el rostro de Esper. Yo, Lerner, sentía como que me daban vuelta como un guante, la mirada del rey Esper me atravesaba.

-¿Porqué preguntas eso?

-Mi rey, no me contestes si no lo deseas, es tu voluntad y no la mía.

-No, no, no; ¿por qué me preguntas eso?

-¡Ay, por favor! Bueno hace amaneceres y amaneceres y amaneceres que la reina Dara se acerca a mí y es como que se burlara.

-¡Explícate! -Ordenó Esper.

-Bueno...

-¡Explícate!

-Bueno, a veces acaricia mi rostro y dice que no cree que yo sea así como soy.

-Así como eres, ¿cómo?

-Tímido, introvertido, dice que ella podría sacar de mi persona ese fuego que guardo adentro, que yo adentro tengo un fuego y no lo sé sacar y que podríamos ir a montar a caballo y estaríamos a solas. -El rey hizo un ademán, yo digo "Saca la espada y me corta el cuello", pero lanzó una carcajada.

-¡Ay, Lerner, Lerner, Lerner! Si hace rato que pasabas eso por qué no me lo contabas, ¡pensabas traicionarme!

-¡Mi rey, no!

-No, te digo en chiste. Te conozco, te conozco más de lo que te conoces tú. Tú incomodidad era por dos cosas, porque si me lo contabas no sabías como yo reaccionaría. Bueno, algo te voy a responder: No. No nos llevamos bien con Dara, no nos llevamos bien para nada, no sé en qué le fallo. Hay cosas que no te puedo contar por respeto a la reina pero no le fallo en nada, y más detalles no te puedo dar por respeto a ella. No sé qué quiere, no sé qué busca, pero me voy a tomar unos días de descanso y tú me acompañarás.

-Pero, pero mi rey, ¿a dónde iremos?

-A algún lado.

-¿Con la guardia que nos sigue?

-No, nosotros dos.

-¿Y quién protegerá tu castillo?

-Brunei, el jefe de la guardia. Él gana más que los demás, es hora de que se gane su salario.

-¿Pero no corres, no corres peligro de que lo intenten comprar o sobornar?

-¿Qué te he dicho antes?, nadie paga los sueldos que yo pago, nadie gana en toda la zona meridional del continente Atrio lo que gana mi gente. Si otros me derrotaran y me vencieran ¿te piensas que con ellos estarían mejor que conmigo?, no son tontos. Aparte, esto que hablo contigo lo hablé cien veces con Brunei. Brunei tiene un defecto que también es una virtud, dice las cosas como son: "Mi lealtad está en mi comodidad". "Mi rey, ¿contigo estoy bien?, doy mi vida por ti". También sé porque te molesta a ti.

-Eso me intriga, ¿por qué me molesta?

-Porque te ha tomado de tonto. Y te preguntarás por qué yo como rey no lo impido: Porque yo no soy quien tiene que impedirlo, eres tú.

-¿Pero cómo lo voy a enfrentar?, es mucho mejor que yo con la espada.

-A veces no hace falta la espada para enfrentar a alguien, a veces hace falta carácter, confrontar, porque el confrontar, el tener carácter no es con una persona únicamente, es con la vida, porque a veces la vida te pasa por arriba y tú te crees que estás bien, te engañas a ti mismo, y no es así. Y de repente incluso logrando cosas te sientes insatisfecho, te sientes que esto que logras es algo vano porque en realidad lo que haces es matar el tiempo y el tiempo no se mata, el tiempo se disfruta con las cosas que verdaderamente valen el esfuerzo. Hasta que tú no aprendas eso seguirás siempre a la deriva, como una nave sin timón. ¿Me entiendes?

-¡Ah! Sí, mi rey, un poco lo entiendo, un poco. Entiendo las palabras pero de aplicarlas, de llevarlas a cabo es tan difícil.

-Todo es difícil en la vida, pero mientras no se comience a hacer algo, ese algo solo no se va a hacer. -Lo miré, ya íbamos de regreso para el castillo y le pregunté:

¿Cuándo piensas hacer ese respirar aire fresco, ese salir un poco de las obligaciones?

-Esta noche o mañana mismo, a la mañana. Así que carga tus alforjas con una segunda ropa de recambio, que cuando te aviso nos vamos.

-¿Y qué van a decir?

-Lerner, qué me preguntas, soy el rey.

-¿Y la reina Dara?

-Bien, gracias. Es la que menos me tiene que preguntar, porque es la que menos se ocupa de mí. Volvamos, vamos.

Espoleamos los caballos y fuimos al trote largo de regreso al castillo.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión 13/08/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

La entidad relata que en el viaje con su amigo, el rey, aprendía cómo funcionaba el mundo y cómo debía aprender de él. Y su amigo le empujaba a ello.

Sesión en MP3 (3.176 KB)

 

Entidad: Como thetán voy a continuar el relato de un rol que he tenido infinidad dudas, inseguridades, diría que más bien no sabía cómo encarar su vida porque al fin y al cabo la vida está hecha de proyectos, de trato, de contacto con los demás y generalmente el camino que uno recorre debería estar marcado por voluntad, pero ¿de qué depende la voluntad?, porque a veces no sabemos bien lo que queremos, lo que deseamos o tal vez somos poco maduros, infantes, logramos algo y al poco tiempo buscamos otra cosa porque nos desencantamos de lo que hasta hace poco nos ilusionaba, nos deslumbraba. Y eso provoca desaliento, pero no hay excusa, no hay excusas para nuestro ego que como niño eterno busca echar culpas a los demás porque somos nosotros los que nos encandilamos en un proyecto, los que nos deslumbramos con una idea o con una persona. Y a veces no nos desencantamos en el caso de otra persona porque no era lo que esperábamos o porque no cumple nuestras expectativas, si no que somos nosotros los que tenemos expectativas mayores, expectativas infundadas que no tienen nada que ver con la realidad. Entonces, somos nosotros los que vivimos fuera de la realidad, vivimos en un eterno sueño y la realidad nos da una cachetada, una tremenda bofetada que nos sacude la cara.

 

Vivíamos en la zona meridional del continente Atrio. Nuestro mundo se llamaba Sigma, a doce años luz de vuestro Sol. Orbitábamos a ciento diez millones de kilómetros y nuestro mundo tenía dos lunas, una casi tan grande como la de Sol III y otra de la mitad de tamaño.

 

Mi padre había sido consejero del rey y yo de pequeño jugaba con el príncipe. Sí, el príncipe era un niño normal, su padre lo tenía como con un puño de hierro, pero el niño, Esper, hacía de las suyas. Me acuerdo que me decía:

-¡Vamos, Lerner, escapémonos a la campiña a cazar aves!

 

Pero el tiempo pasó, crecimos. El viejo rey murió y el que era mi amigo fue rey. Murió mi padre, el consejero y yo ocupé su puesto, así que de ser amigo de Esper pasé a ser su consejero. Y todo fue para mal, no con Esper que siempre fue una persona humilde pero recta. Se casó con Dara la que luego fue reina, pero era una mujer muy, muy, muy manipuladora. Me quiso seducir a mí seguramente por capricho, obviamente intenté por todos los medios y sin intentar ofender a la reina, de escaparme de su tela de araña. Una porque era un amigo leal, dos porque era la reina y si cedía a sus caprichos luego podía mandarme ejecutar inventando que intenté propasarme. Y tres porque era enemigo de los problemas.

Obviamente se lo dije a mi amigo el rey, pensé que iba a tomar medidas contra mí y me dijo:

-No, conozco a la reina, tú la ves como una araña seductora y en realidad es un témpano de frialdad. -Y ahí fue cuando me propuso escaparnos por unos amaneceres.

 

Se enojaba porque yo le decía señor, quería que le dijera Esper. Le decía:

-Señor, ¿quién se va a quedar a cargo? -Me dijo:

-Brunei, el jefe de la guardia.

 

 Y me explicó, como lo dije en el relato anterior "Nadie me va a traicionar, no te preocupes, Lerner, porque con lo que yo pago en metales nadie pasa hambre, los soldados pueden vivir con sus familias, los que son solteros les permito tomarse un día para que vayan a la posada o los distintos burdeles de la feria feudal, y bueno, el palacio estará bien custodiado cuando yo no esté".

-¿Qué le dirás, señor, a la reina? -El rey Esper se encogió de hombros.

-Nada, sin explicaciones.

 

Y nos fuimos sin la guardia, sin nada. Lo que más me... -sí, voy a decir la palabra-, lo que más me acobardaba es que fuimos solamente nosotros dos vestidos como aldeanos, obviamente no como aldeanos, teníamos ropa de cuero, botas de cuero pero es como que de alguna manera por primera vez me sentía desprotegido fuera de la fortaleza del palacio, bastante desprotegido.

Me dijo el rey:

-Vamos a cambiar de nombre.

-¡Pero señor, te conocen en las aldeas cercanas!

-¿Te parece que me conocen?, si nunca han ido a palacio, ni siquiera han entrado a la feria feudal.

-¿Y cómo piensas llamarme? Mi nombre es Lerner.

-No, ahora te llamaras Beno y yo seré Duane.

 

Y así fue que recorrimos comarcas y comarcas y comarcas. ¡Qué contraste entre los dos! Mientras el rey, ahora Duane, respiraba armonía, tranquilidad, paz, se sentía como libre de cadenas, de obligaciones, yo mientras tanto me sentía desamparado, desprotegido, acostumbrado a la vida de palacio, dentro de las murallas protegido por los soldados. Pero bueno, era lo que era. ¿Y a qué voy? En una posada conocí a una joven, Istina, jovencita, de ojos delicados. Me miraba de una manera cariñosa.

Lo miraba a Duane y le decía:

-Con todo respeto, señor.

-Nada de señor, ahora soy Duane.

-Con todo respeto, Duane, pero es la primera vez que me miran más a mí que a ti. -Duane se encogió de hombros.

-Bueno, Beno, aprovecha. Si quieres nos quedamos un día. Toma, ve. -Me dio unos metales.- Ve a la cuadra y dile que cuide nuestros hoyumans y los alimente, les dé bastante forraje y vuelve enseguida. Fui casi corriendo, con el corazón acelerado como un niño.

Cuando vuelvo la joven me dice:

-Me dijo tu amigo que te llamas Beno.

-Sí, así es.

-Qué bonito que eres.

 

Y me tocó la cara, me tomó de la mano y me llevó al piso superior, a una habitación. Ella me desvistió, ella me acarició e intimamos. Hizo todo ella, yo me sentía como en ese cielo donde habita aquel que está más allá de las estrellas, ¡ah! Pasado mediodía bajamos, ella me saludó y se despidió. Me sentía como distinto, como nuevo y no paraba de hablar. Duane me escuchaba, le contaba que para mí era como que había encontrado a una diosa de la naturaleza que no sabía si era de verdad lo que me pasó, parecía mentira. Y Duane se reía.

-Tómalo como una experiencia, no como otra cosa.

-¡Cómo una experiencia! Estoy como enamorado.

-No exageres, Beno, no exageres, has tenido una relación, nada más que eso, antes de hoy no la conocías.

 

A la nochecita volvimos a comer a la posada y entró un hombre desgarbado, barbudo, desarreglado llevando de la mano a la que supuestamente era mi amada y fueron a la habitación del primer piso. Me paré (levanté) para increparla y una mano de hierro me tomó de mi muleca y me hizo sentar:

-¡Quédate aquí!

-¡Pero Duane, está con otro hombre!

-¿Y qué pensabas?

-No entiendo.

-Cuando tú te fuiste a que el encargado le diera de comer a los hoyumans yo le di los metales a la joven para que te atienda. -Me quedé pálido, molesto-. Y a pesar de que Duane era mi rey le dije:

-¡Cómo te has atrevido a hacer eso! O sea, que no fue amor, fue una compra, le compré su cuerpo por minutos.

-Te dije que lo tomes como una experiencia.

-¡Pero no me aclaraste, no me aclaraste! -Me sentí molesto con Duane-. ¿Y las caricias y todo lo que me dio? ¿Cómo puede tener estómago para entrar con ese hombre desgarbado, sucio, maloliente?

-Es su trabajo.

-¿Y cómo lo permitiste que lo haga conmigo?

-¿Disculpa?, hasta hace poco te gustaba.

-Porque no sabía cómo era.

-O sea, te molesta que hayas estado con una persona que trabaja por dinero.

-Sí, me molesta, me molesta porque yo busco el amor, busco lo lírico, busco lo especial. ¿Cómo puedo confiar en ti?

-Está bien -dijo Duane-. Primero, no te he mentido, simplemente no le di importancia al tema, por eso no te lo conté, quería que tuvieras una experiencia.

-¿Y por qué no pagas tú una de estas jóvenes para ir tú también? -Duane se encogió de hombros.

-Porque he visto una joven que me gusta mucho.

-¿Una como la que fue conmigo?

-No, pienso que no, pienso que no. Es una joven que la he visto disparar con el arco y es muy, muy buena. Y por la forma de ser parece que tiene mucho carácter.

-¿Y piensas conquistarla?

-¡Ah! no, no, no soy como tú, Beno, no tengo proyectos, si se tiene que dar se dará.

-¡Pero estás casado!

-Estoy casado. ¿Qué es el casamiento? Una unión de palabra si en la cama no siente nada por mí y por transferencia yo no siento nada por ella. O sea, la unión con Dara es algo ficticio, tengo derecho a buscar el amor.

-Yo también, Duane, tengo derecho -argumenté-, y me has pagado una, una...

-Sí, está bien. Trata de buscar entonces alguna aldeana del poblado, a ver si te gusta. -Lo miré y le dije:

-Y ésta que te gusta a ti ¿cómo se llama?

-Averigüé que se llama Una, que es hija de labradores y que monta excelentemente bien y que también es experta en esgrima. -Lo miré. Me olvidé de mí y le dije:

-Es la primera vez que te veo interesado por una mujer. De verdad. -Duane se encogió de hombros y me dijo:

-Nunca deposito todas mis esperanzas, eso es lo que tienes que aprender, Beno. ¿Viste cómo en el juego de fichas?

-Sí.

-Bueno, nunca apuestes todas las fichas porque si pierdes te quedas sin nada.

-No entiendo, Duane, explícame mejor.

-Claro, conoces a alguien, tienes expectativas por ese alguien: no juegues todas tus expectativas, no deposites toda tu ilusión porque luego te quedas vacío.

-Entiendo lo que quieres decir.

-A ver, explícamelo, explícamelo, Beno.

-Claro -le dije-, es como si de repente yo atolondradamente cojo una jarra con un líquido caliente y me quemo, la próxima vez voy a tener cuidado y voy a coger la jarra despacito.

-Una cosa así, una cosa así -dijo Duane.

 

Y bueno, sería cuestión de no depositar todas las expectativas en alguien que conoces, en un proyecto; en el camino de vida va dando la persona paso por paso y si das un paso en falso retrocedes, pero has perdido un paso no has perdido todo el camino. De eso se trata, de no perder todo el camino.

 

Así que nosotros, del rey Esper y su consejero Lerner ahora éramos Duane y Beno, dos desconocidos- Lo último que le dije en este relato a mi rey es:

-¿No estamos jugando con la expectativa de los demás al hacernos pasar por otros?

Duane se encogió de hombros y dijo:

-Yo no quiero estafar a nadie ni engañar a nadie, si me diera a conocer como rey podrían pasar dos entre muchas más cosas, una que nos intenten asaltar por ser nobles o pedir rescate por nosotros, dos porque no nos crean porque nos tomen por mentirosos. Entonces no tenemos nada que perder cambiando de identidad y nadie nos molesta. ¿Alguien te ha molestado en la posada?

-¡Tú me has molestado! -le dije todavía enojado-, me has hecho creer que había encontrado el amor. -Duane me respondió:

-¡Ay, Beno, por Dios! ¿La conocías antes?

-No.

-¿No te pareció raro que te llevara directamente de la mano a su habitación? ¿Quién hace eso?

-¿Y entonces por qué me lo creí?

-Por tu falta de experiencia, porque no conoces el mundo.

-¿Entonces hemos salido del castillo para que yo conozca el mundo?

-No, la verdad que no, lo hice de egoísmo lo hice por mí, quería respirar un poco de aire, adentro me encontraba agobiado. Y de paso conoces mundo.

-¡Qué cínico que eres!

 

Después me arrepentí de las palabras pero Duane, el ex rey Esper, lanzó una carcajada.

-¡Je, je, je! es la primera vez que me dices una palabrota.

-Cínico no es una palabrota, cínico es una verdad. Pero bueno si después de tantos años, tantos años de amistad que hemos tenido de pequeños no se me permite que te diga cínico, entonces no seríamos amigos.

-Eso es otra cosa.

-No entiendo -le dije.

-Claro, con la proximidad de Esper y tú fueras mi consejero nunca me dirías cínico. Ahora, como tenemos otros roles, ambos somos viajeros, aldeanos, lo que fuera, ahora me tratas de igual a igual.

-Espero que no lo tomes como una descortesía -argumenté.

-No, para nada, para nada, me hace sentir más cómodo.

 

Por hoy termino este relato. Solamente quiero decir que aún me sentía con timidez, aún me sentía con falta de arrojo, con falta de seguridad, no sé cómo explicarlo mejor, pero era un trabajo que estaba haciendo conmigo mismo, era un trabajo que debía hacer. Mi amigo Duane o rey Esper, como queráis llamarle, me daba el empujón pero el camino lo tenía que hacer yo, nadie podía experimentar mi vivencia por mí. Una cosa es escuchar lo que le pasa al otro, otra cosa es vivirlo en carne propia.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión 19/10/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

En el mundo Sigma II la entidad relata que tenía engramas de autoestima que le impedían manifestarse con libertad. Ocurrió una situación que propició sacar a relucir una nueva actitud ante el entorno. Y prestó ayuda a otros.

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Entidad: Este bendito ego, un ego infantil, un ego que te vulnera, te debilita, te incapacita para confrontar algunos temas que pueden incomodarte y no sabes cómo resolverlos o bien no te atreves a resolverlos por no saber cuál será el desenlace. Entonces te quedas en tu lugar de confort, en esa zona de confort en la cual te enmoheces, en la cual te oxidas por dentro y por fuera porque no te atreves al cambio, porque piensas "Bueno, así estoy bien, ¿para qué lo voy a modificar?". ¿Que podría estar mejor?, seguramente. Pero ¿y si no es así? ¿Por qué arriesgarme si así me siento protegido, en esta supuesta seguridad, en esta falsa sensación de contención que no es tal?

 

Mi amigo Esper -cuyo padre había fallecido y él de repente había recibido una corona que quizá le pesaba por diversas circunstancias- me confesó que se sentía agobiado.

Por momentos me invadía como una sensación de rencor. Aclaro que yo sentía un afecto enorme por mi amigo, pero es como que me molestaba o me incomodaba su queja. Yo decía ¡pero será posible!, ¡es rey!, ¡tiene todos los soldados a su disposición!, ¡en una época salvaje puede meterse en una tina con agua tibia y perfumada mientras los demás no tenemos esa comodidad! Aclaro que él luego que fue rey me siguió tratando como su mejor amigo, y al revés, se enojaba conmigo porque yo le decía mi rey o mi señor; él quería que le llamara Esper, a secas, salvo en alguna ceremonia donde por diplomacia tenía que referirme como su majestad.

Pero ¿por qué me molestaba su queja? Porque comparado con su problema el mío era cien veces peor, como que mi carácter era quebradizo, vulnerable, débil. No me atrevía a enfrentarme a Brunei, el jefe de la guardia del castillo que a veces me hacia chanzas, bromas pesadas, y por timidez en lugar de enojarme sonreía y seguía de largo.

 

Hasta que en uno de sus -llamémosle- caprichos, mi amigo el rey decidió que nos fuéramos unos días del castillo dejando al jefe de la guardia, Brunei, a cargo.

Y allí es donde él conoció a Una. Era hija única de sus padres Asde y Utah, ambos labradores. Su tío Alino, hermano de Asde, le enseñó de pequeña el tiro con arco, montar a caballo y también esgrima.

Y claro, mi amigo Esper me dice:

-Quiero, quiero respirar esa libertad. Tú me llamarás Duane y yo te llamaré Beno. No seremos Esper y tú mi consejero Lerner. -Me encogí de hombros y le dije:

-Está bien, es lo que tú desees, mi rey.

-Lerner, ahora eres Beno y yo soy Duane, nada de mi rey, nada de mi señor.

 

Y conoció a Una, que había ganado el torneo local de tiro al arco montado a caballo. Y me confesó que por Una sentía algo intenso. Yo decía "No podía ser, en tan poco tiempo...". Además, él estaba casado con la reina Dara, pero me confesó -como amigo íntimo algo que yo guardaría en mi corazón y no lo soltaría nunca bajo diez candados-, que la reina era fría con él en todos los aspectos. Y obviamente no me dio más detalles por respeto a la reina Dara.

Pero cuando volvíamos de ese poblado, donde Una había quedado atrás, mi amigo Esper me confesó que iba a divorciarse de la reina, que no se sentía pleno, que no se sentía completo, que se sentía, al revés, vacío y no confiaba en nadie, sólo en mí.

Y eso se lo agradecía. Obviamente yo le era leal, por naturaleza, por mi naturaleza obviamente, por afecto hacia él, porque respetaba la amistad, porque para mí la amistad era un tesoro gigantesco, no había lingote de oro que pesara más que mi amistad. Y Esper lo entendía, pero me retaba:

-Lerner debes desarrollar tu carácter. Yo no, no debo hablar con Brunei para decirle que te respete porque te estaría rebajando a la altura de un niño. Está bien, soy el rey, puedo defenderte, pero te estaría haciendo mal, eres tú el que debes defenderte.

 

Es más, le confesé que más de una vez la reina Dara se me aproximó y -como haciéndose la simpática, algo que yo no creía que lo fuera-, me acariciaba. Y una vez me abrazó porque decía que era un pasillo estrecho y no podíamos pasar los dos. Obviamente se lo comenté a Esper, con miedo de que se molestara, pero al contrario, me agradeció mi sinceridad.

 

Cuando llegamos al castillo estuvo encerrado con la reina y bajó de la alcoba con un rostro sombrío:

-¿Qué sucedió, Esper?

-Dara está embarazada.

-¡Pero qué maravilla, Esper, Esper!

-¿Te acuerdas en el camino de regreso que te decía que me iba a divorciar?

-Claro... Pero bueno, un niño, un niño es una maravilla, ¿no?

-Sí, pero mi mente es un torbellino; por un lado estoy agradecido a Dios de que me brinde un hijo pero por otro lado, a ese mismo Dios le pregunto ¿por qué, por qué ahora?, ¿por qué ahora justo que había decidido divorciarme?

Le pregunté:

-¿Cuál era tu idea, divorciarte para ver si podías lograr una unión con Una, la joven que conociste en ese poblado, la arquera?

El rey me respondió:

-Lerner, aunque no hubiera conocido a Una mi vida ya estaba vacía. Creo que mis conversaciones contigo son las únicas que alegran mi vida. ¿Qué puedo decirte? -Lo dejé solo.

 

Hasta dudaba de que yo fuese un buen consejero porque no sabía qué o cómo aconsejarlo. ¿Si yo tenía engramas?, ¿engramas de no poder confrontar mis vulnerabilidades? Sí, tenía un ego infantil.

Lo que pasa es que muchos malentienden la palabra ego infantil, piensan que uno se comporta como un niño. No, no, no, no; no es tan fácil, no es tan estricto, ego infantil significa que no terminamos de madurar, de moldear el carácter, de templarnos por dentro de la misma manera que el herrero templa una espada, pero a veces uno no se atreve a templarse porque ¿y si uno no es un buen metal? ¿Qué pasa con una espada que no tiene buen metal? Se quiebra en lugar de templarse o se dobla cual si fuera un plomo blando. Pero ¿cómo sabes si eres buen metal o no, si no intentas ese temple? La espada se sumerge en hierro candente, después en agua helada, el herrero la va trabajando y uno debe ser herrero de sí mismo; las adversidades, las alegrías son el hierro candente y el agua helada. Y el atrevernos a confrontar.

Cuántas veces le dije a Esper "¿Cómo me voy a enfrentar a Brunei? Es el jefe de la guardia, es un maestro con la espada. ¿Y si me desafía?".

Y el rey me decía:

-¿Cuántas veces hemos practicado? ¿Cuántas veces te he enseñado las posiciones, la defensa, el ataque con la espada? ¡Y yo soy mucho mejor que Brunei!

Es cierto que había aprendido con mi amigo el rey, entonces ¿por qué me frenaba? ¿Por miedo a que Brunei me lastime? ¿Por temor a que me mate? Esa era la palabra: confrontar.

 

Y me daba pena mi amigo de que la reina fuera tan fría con él. Y me dediqué a observarme a mí mismo y a observar a los demás: el comportamiento de los soldados, el comportamiento de la gente en la feria feudal, los que pedían limosna, los soldados poseídos por el ego con su garbo, con su uniforme... ¡Pse! Apariencia, apariencia, apariencia, ¡todo apariencia!

Pero me sirvió observar. A veces veía que Dara salía del castillo e iba para el patio de armas. Una cosa que había aprendido era camuflarme en la oscuridad o en los rincones. Y vi que la reina Dara se encontraba con Brunei, el jefe de la guardia y conversaban. Traté de ocultarme más porque miraban hacia todos lados y de repente sin que nadie los vea, nadie excepto yo, entraron en la habitación de Brunei. Y no me fui, sé que el rey Esper me estaría buscando, pero no me fui. Y pasó un tiempo, un tiempo, hasta casi oscureció, y vi en la oscuridad que se abría la puerta de la habitación del jefe de la guardia y la reina embozada en una caperuza salía disimuladamente entre las sombras e iba para el castillo. Me apresuré, tomé un atajo entre las torres y llegué a la sala del castillo.

 

Mi amigo el rey me increpó:

-¿Dónde estabas?

-Esper, me dijiste que podía meditar.

-¿Pero, tan tarde?

-Estaba meditando sobre mi manera de ser.

-Está bien, quédate aquí. Estoy esperando a mi esposa, que no sé donde se ha metido.

En ese momento apareció Dara, llevaba otra ropa, se ve que se había cambiado en su alcoba. -¿Dónde has estado? -preguntó el rey.

-Estuve con una amiga, una amiga noble que hacía rato que no conversábamos -exclamó la reina. -Y me di cuenta de que mentía.

 

Y ahora estaba en una encrucijada. Al único que yo le era leal por amistad, por consejero y porque era el rey era a Esper, pero otra vez me invadía el miedo y la inseguridad. ¿Y si le decía y él increpaba a la reina y la reina me desmentía? ¿Y si la reina decía que yo intenté algo con ella y por despecho inventaba eso? Pero me acordaba de la espada templada y tenía que templar mi interior.

A la mañana siguiente bien temprano me enfrenté a Brunei:

-¡Otra vez tú! ¿Qué haces por aquí, por qué no estás adentro en la sala hablando con tu amo?

-Primero que no es mi amo, es mi amigo.

-¡Ja, ja! ¡Es el rey!

-Es mi amigo, Brunei, algo que no eres tú.

-¿No te parece... No te parece, Lerner, que te estás extralimitando de hablarme así?

-¿A ti? ¿No te parece que tú eres un sinvergüenza, un malnacido? -Tomó su espada.

-Dices una palabra más, ¡saco mi espada y te atravieso el corazón!

-¿Ah, sí? ¿Antes de que te diga de que te vi con la reina? ¿De qué estuvieron en tu habitación? ¿Qué más tengo que saber, qué tú eres el padre de la criatura? -Brunei se puso pálido.

-¿Y se lo has contado al rey?

-No, aún no, primero quería saberlo de tus labios.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ay, ay, Lerner, qué torpe que eres! ¿Quien más sabe que me viste?

-Nadie.

Sacó su espada: -O sea, que te mato y el secreto morirá contigo.

Saqué mi espada: -Está bien, mátame si puedes.

 

Me atacó, me defendí. Me defendí mucho mejor de lo que él pensaba y lo desconcerté, y al desconcertarlo lo desarmé mentalmente y lo pude herir en una, en dos partes, en la pierna, en parte del cuerpo, en su mano derecha. Cayó su espada al piso y él cayó herido. Nos rodearon los soldados.

-¡Llamen inmediatamente al rey! -Los soldados no se movían. Los miré-. ¡Llamen inmediatamente al rey, acá hay un traidor! -Dos de los soldados salieron corriendo.

Al rato vino mi amigo, el rey:

-¿Qué pasó?

-Necesito que se vayan los soldados, debo confesarte algo muy difícil.

Esper me miró: -¿Por qué me miras así? -dijo el rey.

-¿Te preguntas porque te miro con este rostro? Porque es un rostro compungido por todo lo que he averiguado.

-¡Coméntamelo, Lerner -dijo Esper-, pero adelante de todos los soldados, si es algo grave, que todos lo sepan!

 

¡Uf!, resoplé. Tenía mi espada apuntada en el pecho de Brunei:

-Anoche la reina estuvo con Brunei, y no es la primera vez que está con él. Es más -apreté la punta de la espada contra el pecho de Brunei-, ¡y el hijo que esperan no es tuyo! -Mi amigo el rey se puso pálido, sacó su espada y la puso en la garganta de Brunei:

-¡Confiesa!

Brunei asintió con la cabeza: -El hijo que espera es mío.

Esper preguntó:

-¿Por qué? ¿Por qué la traición?

-La reina me buscó y yo acepté. Lo siento, pero es así.

-También lo buscó a Lerner y él vino y me lo contó. ¿Por qué tú has aceptado? -Brunei en el piso se encogió de hombros.

-Mátame, no quiero la vergüenza delante de los soldados. Mátame.

-No, no te mataré, te expulsaré a ti y a la reina. -Lo mire al rey Esper, miré a todos los soldados y vi que lo miraban con un tremendo desprecio a Brunei y a mí me miraban con respeto, eso me hizo sentir bien.

Le atendieron las heridas a Brunei. Esper me tomó de los hombros:

-Gracias, gracias Lerner. Has madurado y mira lo que has logrado, has logrado descubrir la traición de dos seres, uno más vil que el otro.

 

Nos reunimos con los nobles y con los soldados en el inmenso salón y el rey leyó el decreto: Dara no sólo dejaba de ser reina, dejaba de ser noble y junto con Brunei eran expulsados del reino.

Dara, fría, sin señal de arrepentimiento, lo único que dijo fue:

-¡Nunca me interesaste, sólo me interesaba la corona!

 

 Los nobles bajaban la cabeza de vergüenza, de vergüenza ajena, de haber tenido una reina tan fría, por no decir otra palabra más injuriosa pero real, y así fueron expulsados.

El rey nombró otro jefe de la guardia y yo fui más consejero que nunca. Había madurado, me había enfrentado a Brunei y había descubierto la traición de él con la reina.

Mi amigo Esper me dijo:

-Siento dolor, pero no por afecto a Dara porque de verdad no tenía ningún afecto, dolor porque aunque la persona no te signifique nada la traición duele igual.

-Lo entiendo. Lo entiendo mi amigo, lo entiendo mi rey, lo entiendo Esper porque a veces te duele la manera aunque la persona no te signifique nada. Y es cierto.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 23/05/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

En Umbro. La entidad relata su primera edad y cómo fue aprendiendo de la vida gracias a buenos y malos ejemplos. Pero ya tenía un talento, una disposición natural para aprovechar las oportunidades sin causar daño.

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Entidad: Entidad: Generalmente cuando vosotros veis a alguien o bien vestido de una manera que para vosotros no es convencional, o prejuzgáis sus actitudes sin conocer los cómo, los por qué tiendo a sonreírme, tiendo a miraros de una manera irónica porque es muy fácil ver lo aparente, es muy muy fácil.

 

Mi nombre es Figaret. Fui criado en una ciudad del oeste, cerca de Turania. Y y uno se acostumbra, se adapta al entorno. Es cierto que tenemos nuestro propio carácter, nuestra personalidad, pero tendemos a adaptarnos a que todo nos parezca natural.

Mamá trabajaba de posadera. Aclaro que se hacía respetar, porque los lugareños que iban a beber a la posada eran bastante bastante mano inquieta. Mi madre les daba una zurra en la cabeza a aquel que alargaba la mano un poquito de más.

Estáis pensando en padre, padre qué hacía, dónde estaba. Padre estaba en algún tugurio oscuro bebiendo alguna bebida fuerte. Debo reconocer que era alcohólico. ¿Si me trataba mal? No, no, a mí no, a madre le levantaba la voz. Y no estaba conforme siendo que la única que llevaba dinero al hogar porque no solamente cobraba el sueldo cada siete amaneceres del dueño de la posada si no también propinas que lugareños decentes le daban.

 

Y a medida que fui creciendo -aclaro que no era tan grande, tenía seis de vuestros años-, padre me llevaba a eses tugurios oscuros donde se jugaba a las cartas por dinero. Ponían bastantes metales cobreados, plateados y hasta llegué a ver metales dorados sobre la mesa. Pensaréis "¿Y el padre de Figaret de dónde sacaba metales para jugar a las barajas?". Sabía dónde madre tenía los ahorros. Pero era pícaro, le sacaba uno o dos metales nada más, cosa que madre no se diera cuenta porque no es que le tuviera miedo a madre, hubiera buscado otro escondite y se acababa el juego de cartas. Entonces es como que sacaba de a poquito.

Fumaban una especie de tabaco que te hacía trizas los pulmones adentro de ese oscuro tugurio, adentro se olía tabaco, un perfume muy barato de flores marchitas, olor a bebida y a vómitos. Y la mayoría de las velas estaban en las mesas de juego porque era el lugar de más importancia porque la casa cobraba comisión, un uno por ciento nada más, pero era... era dinero.

 

Y a medida que fui creciendo no sólo aprendí el arte del juego. Me agarraba mentalmente la cabeza, me tomaba la cabeza ¡ay! cuando veía lo mal que jugaba padre porque aclaro que no ganaba. Y a veces cuando volvíamos a casa le decía "Padre tenías que haber hecho tal cosa". Rara vez me censuraba pero sí se molestaba.

-Pero cállate mocoso, apenas te sabes limpiar las posaderas y me vienes a decir a mí cómo jugar. Qué te has creído.

-Te digo nada más padre, porque nunca vas a casa de vuelta con más metales.

 

Y pasaba el tiempo. Yo ya tenía catorce de vuestros años y un día me dijo padre:

-Ya que sabes tanto porque no te sientas al lado mío. -Le dije:

-Al lado no porque van a pensar que uno está arreglado. Enfrente tampoco porque es una mesa redonda y van a pensar que nos hacemos señas. Me pongo a un hombre de por medio y así nadie piensa que estamos arreglados o que hacemos trampa. -Me tiró un par de metales cobreados. ¡Vaya generosidad!

 

Y jugué. Y mientras padre apostaba de mucho yo apostaba de a uno o de dos metales y ganaba y ganaba, ¡eh! Era raro que alguna mano perdiera y éramos ocho jugando. Me llegaron a mirar de una manera tan sospechosa que a propósito un par de manos perdí.

-¡Ja, ja, ja! -Se reían todos-. Mira el niño, se cree que sabe, mira como ha perdido.

 

Y yo fingía cara de ofuscado y me levantaba de la mesa furioso, pero era una actuación. A la noche siguiente volvíamos y volvía a ganar. Obviamente también me dejaba ganar, pero siempre volvía con varios metales. Padre me decía caminando:

-Sé que ganaste.

-Sí.

-¿Y?

-¿Y qué? ¿Y qué pasa?

-¿Y qué pasa, qué?

-Y qué esperas para darme los metales.

-No, no, no. Me acuerdo que me has dicho "¿Ya que sabes tanto por qué no te sientas a jugar?". Y no te he visto ganar desde que era pequeño. Yo gano.

-¿Piensas que no te puedo dar una paliza y sacarte los metales?

-Está bien, te los entrego todos, pero no voy más. -Seguimos caminando y padre se quedó pensando.

-Está bien, dame aunque sea un par de metales y así... y así cada noche. No dejes a tu padre en ruinas.

-Yo sé que le sacas a madre de su escondite, no le saques más. Antes de ir a jugar te daré un par de metales. ¡Aaah!, pero como sé que los perderás a la salida te daré otro par de metales.

-¿De qué te ríes, Figaret? -me preguntó mi padre.

-¡Je! Que sería mejor que te quedaras en casa y yo te diera metales y... -Se paró y me dijo:

-¿Te crees que voy por los metales?, voy para tomar algo.

-Vas porque tu juego es una adicción, eres adicto al juego.

-¿Y acaso sabes por qué? -Se hacía el ofendido.

-¿A ver?

-Porque con tu madre no soy feliz. Yo sé que eres chico para que te cuente esto, pero quiero abrazarla y me rechaza.

-¿Y no te has preguntado por qué? -Me miró.

-A ver, dímelo tú.

-Tienes olor a bebida y olor a vómito. ¿Quien se te va a acercar? ¡Paf! -Me sangró el labio de la cachetada que me dio, una bofetada que hasta me hizo hasta obnubilar el cerebro. Lo miré.

-¿Tienes algo que decir?

-No, no.

 

Y jugábamos seguido.

Cuando cumplí dieciséis de vuestros años ya tenía un físico importante. No os imaginéis una persona corpulenta, fuerte, no; era más bien estilizado, ágil, y todavía no tenía toda mi estatura.

Pero recuerdo que otra vez discutimos con padre con respecto por qué madre no era cariñosa con él, y intentó abofetearme. Ya tuve la fuerza suficiente como para pararle la mano. Le paré la mano en el aire, me quiso abofetear con la otra mano y se la paré en el aire: lo tomé de las dos muñecas.

-No me vas a abofetear más.

-¡Qué te has creído!

-Simplemente que no quiero que me abofetees más, tenlo en cuenta.

 

Padre bajó la vista y se quedó en silencio. Le tendí los dos metales que le daba cada noche porque nunca ganaba y yo ganaba cada vez más.

 

Pero a la gente le atraía como jugaba yo porque, como siempre, a veces me dejaba ganar cuando veía que la cosa se ponía muy difícil.

Al poco tiempo me crucé con un hombre que venía de la ciudad de Turania, llevaba un pequeño espadín. Lo miré y le dije:

-¿Qué es eso? Parece una espada pero más pequeña, no es un sable.

-No, es un espadín, más pequeño.

-Vaya, se parece a la espada que usan los nobles, esa que se dobla para todos los lados.

-No, no, no, esto es un espadín hecho de muy buen metal.

-Vaya. ¿Y qué ventajas tiene?

-Depende de la persona. A mí me es útil. En la ciudad donde yo vivo hay muchos que te provocan porque sí o para sacarte metales. ¿Y tú qué haces? -Me encogí de hombros.

-Juego con las baraja y gano.

-¿Me enseñas?

-¡Ah! Podría enseñarte. ¿Cómo te llamas?

-Terso.

-Mi nombre es Figaret. Podría enseñarte, pero tiene que ver también con la intuición, con mirar a los demás, ver sus rostros.

-No te preocupes, tú enséñame.

-¿Y tú me enseñarías con el espadín?

-Trato hecho. -Me tendió la mano.

-El problema que no tengo espadín. -Buscó su alforja, vi que tenía otro espadín, me lo tendió. Le tomé el peso. Ideal para mí-. Vaya, debe tener como siete décimas de línea.

-Aproximadamente -me dijo.

-Pero lo veo en mejor estado que el tuyo.

-Tú no sabes qué edad tengo y cómo lo he usado.

-¿Y este para qué lo tenías?

-¡Mmm! Lo tenía, pienso que algún día se lo daría a alguien. Y bueno, has aparecido tú.

 

Por la mañana tomaba algo en la posada mientras madre trabajaba acomodando las mesas, fregando los pisos, atendiendo los clientes, frenando algunos manolarga. Pero yo no tenía todavía el coraje como para frenar algunos manos larga, podía golpearlos con mi puño seco, noqueaba muy fuerte, pero si sacaban su espada me daba por muerto, no tenía sentido. Y padre, mientras tuviera una botella de bebida no le importaba otra cosa.

 

Y aprendí con este hombre, con este turanio. Me enseñó algunos trucos.

-¿Tú no tienes nada que hacer? -le preguntaba.

-Tengo mis buenos metales, hago algunos comercios con cosas indebidas.

-No te voy a preguntar -le dije.

-Mejor, cuanto menos sepas, mejor.

 

Por la tarde descansaba en casa y a la noche iba a los tugurios oscuros con mi padre, pero ya con otro ánimo.

Y pasaron amaneceres y amaneceres y amaneceres. Y desde vuestros dieciséis hasta vuestros dieciocho años, en esos dos de vuestros años, ya me consideraba un excelente maestro con el espadín al punto tal que el hombre turanio ya no podía hacer ningún movimiento, que lo anticipaba permanentemente.

-He cumplido con mi tarea. -Le pregunté:

-¿Y yo he cumplido con la mía?

-Mira, conozco las cartas como si hubieran nacido conmigo -me dijo el hombre-. Pero tienes razón, yo sé que tienes problemas con tu padre y las veces que he ido a ese tugurio me he sentado en la mesa impasible y nadie sabe que te conozco y tú has visto que he ganado y he perdido. Por supuesto que soy mejor que tu padre jugando, pero tú eres, tú eres lo máximo. Y tienes razón, la intuición no se puede enseñar, los gestos, el ver el rostro del otro, su inseguridad... yo no la puedo captar como tú, Figaret. Pero de todas maneras gracias, tú eres buen maestro con las cartas, yo no soy buen alumno. En cambio tú eres muy buen alumno con el espadín al punto tal de ahora ser mejor maestro que yo y yo me consideraba muy bueno. Lo que no entiendo es esa ropa, una ropa incómoda, rara, pantalones ajustados, tienes una especie de botas con punta... ¿Qué es eso? El hecho de que juegues a las cartas no te convendría tener un perfil bajo, así llamas la atención con ese gorro de colores, esa ropa llamativa. -Me encogí de hombros.

-Es como me gusta vestirme.

-Y también he visto que, te aclaro que me gustan mucho las jóvenes. -Me reí.

-No entiendo por qué me lo dices.

-Porque me estuve fijando que no es que tengas un atractivo en especial, esto te lo digo para que veas que me gustan las mujeres, pero también sé ver cuando un varón tiene un atractivo especial, y tú no lo tienes, sin embargo veo que algunas mujeres que trabajan en ese tugurio te favorecen con... con sus encantos, entiendo que te deben salir algunos metales.

-¡Ja, ja! ¡No! -le dije-, estás equivocado, ellas me enseñan su sensualidad, a cambio no les doy ningún metal, habrase visto. -El turanio se quedó asombrado.

-O sea, que eres un mocito al que las mujeres de este tugurio lo llevan a su habitación... Ellas son las que salen complacidas. Vaya, vaya. -Me encogí de hombros.

-No, no entiendo, ¿pagarle a una camarera? ¿Porque hay gente que le paga?

-Todo el mundo les paga. -Me quedé asombrado.

-¡Vaya, vaya! Eso, la verdad que no lo entiendo, la verdad que no lo entiendo.

-De la misma manera -me dijo el turanio- que tienes facilidad para jugar a las cartas tienes como una especie de ascendencia sobre las mujeres. Pero lástima en este ambiente, en este ambiente vas a empezar a perder esa inocencia.

-No me creo inocente.

-¡Ah! Claro, porque no sabes cómo es la otra cara. Ya la conocerás. -Me rasqué la cabeza porque no lo entendía.

 

A mis dieciocho de vuestros años había aprendido muchísimas cosas, la voluptuosidad de algunas jóvenes, los gestos de inseguridad de quienes jugaban a las barajas, la incontrolable ebriedad de mi padre. Y mi madre, su resignación a vivir una vida sin alegría. Creo que lo único que la mantenía fuerte era mis abrazos, porque a mamá la amaba, ella era la que mantenía todo. Aclaro que desde que empecé a jugar le daba a madre algunas monedas y jamás le oculté que iba a jugar a las barajas, ella lo sabía y lo hubiera sabido aunque no le hubiera contado. Discutí con ella muchas veces porque no me quería aceptar los metales.

-Tenlos, madre, por lo menos para que prepares una buena comida y te compres mejores botas para estar en la posada, es lo menos que puedo hacer.

 

Me abrazaba. Yo era su sostén de vida, no hablo de lo económico, hablo del afecto. Me preguntaréis si lo que sentía por padre, ¿amor?, no. ¿Compasión?, no. Honestamente no. ¿Odio por verlo tan dejado y que le arruinara la vida a madre?, no, tampoco, no lo odiaba. Creo que lo que sentía por él era algo peor: indiferencia, una total y absoluta indiferencia.

 

 


Sesión 26/01/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

Jean vio un yate entrando al muelle del Club, no conocía a quien lo comandaba, pero le encontraba preciosa. No trató, se acercó a ofrecerle su compañía y sus servicios. Pero ella estaba avisada, conocía las técnicas que usaba, y no le dejó progresar.

 

Sesión de Johnatan L. (Jean Lebreté)

 

HAZTE LA FAMA 1

Relatado en tercera persona gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de los thetanes.

 

El Club Náutico de Costa Norte no era simplemente un edificio, era un mecanismo de relojería suizo diseñado para que el tiempo no pasara, o al menos para que lo hiciera con una elegancia que no dejara arrugas. En Plena, el sol siempre parecía ponerse con el ángulo exacto para hacer brillar los herrajes de bronce de los yates, y el viento nunca soplaba tan fuerte como para despeinar a las señoras que tomaban el té en la galería este.

 

Aquella tarde Jean Lebreté ocupaba su puesto habitual en la terraza principal, era una posición estratégica: desde allí podía ver quién llegaba por el muelle de cortesía y quién entraba por el vestíbulo de mármol.

 

La Fachada de Jean.

Jean sostenía una copa de vino blanco que condensaba el frío en el cristal. Su traje de lino color arena no tenía un solo pliegue fuera de lugar. A su lado, Andrés Olazábal gesticulaba con entusiasmo sobre una nueva inversión en el puerto pero Jean solo escuchaba a medias. Su verdadera atención estaba en el "teatro" del club.

-Míralas, Andrés -dijo Jean, interrumpiendo el monólogo de su amigo con una sonrisa perezosa-, Axona del Rombo lleva veinte minutos fingiendo que lee ese catálogo de subastas pero no ha pasado una sola página. Está esperando a que Cuca del Carril llegue con el chisme de la semana para poder escandalizarse con el tono de voz adecuado.

 

-Eres un cínico, Jean -Rió Andrés, dándole una palmada en el hombro-, pero un cínico con buen gusto. Por eso todos te perdonan.

 

Jean soltó una risa breve, hueca. Sabía que no le perdonaban por bondad sino porque él era el combustible de la mitología del club. Él era el hombre que siempre tenía la frase justa, la anécdota de viaje impecable y el romance en puerta. Era, en esencia, el habitante más distinguido de esa pecera de cristal.

 

El Círculo del Mecenas.

En ese momento, Jorge Clayton, el dueño del club y mecenas de medio Plena, se acercó a la mesa. Clayton siempre caminaba como si el suelo le perteneciera pero con una amabilidad que evitaba cualquier resentimiento.

 

-Jean, Andrés... -Saludó Clayton, tomando asiento sin preguntar-. El aire está demasiado tranquilo hoy, ¿no creen? Me temo que la calma está a punto de romperse. Acaba de registrarse una nueva socia. Viene de Lizia.

 

-¿Lizia? -Luis Alberto Démez, que acababa de unirse al grupo tras una mañana en su clínica veterinaria, arqueó una ceja-. Ese es un lugar de gente seria, Jorge. Viñedos, tradiciones y poca paciencia para la frivolidad de Costa Norte. -Jean sintió una punzada de curiosidad, esa vieja chispa que siempre se encendía ante lo desconocido, pero la cubrió rápidamente con su capa de indiferencia.

 

-Lizia suena a tardes de domingo y campanas de iglesia -comentó Jean, mirando el horizonte-. Probablemente sea una viuda buscando paz o una heredera buscando donde gastar el aburrimiento.

-No lo creo, Jean -respondió Clayton, con una mirada enigmática-, su nombre es Ginna Vaccaro. Y a juzgar por el velero que trae sospecho que es ella quien nos va a dar una lección de navegación a todos nosotros.

 

La Sombra en el Cristal.

Jean bebió el último sorbo de su copa. Por un instante, la imagen de sí mismo reflejada en el ventanal de la terraza le pareció extraña, como si estuviera viendo a un desconocido. Se ajustó los puños de la camisa y se puso de pie, recuperando el control de su personaje.

-Bueno -dijo Jean, ajustándose las gafas de sol-, si la señora Vaccaro busca un comité de bienvenida, supongo que el club no podría ofrecerle a nadie más experimentado que yo.

 

Caminó hacia la barandilla ignorando que bajo el lino de su traje, el corazón le latía con una inquietud que no podía explicar. El escenario de cristal estaba impecable, pero el primer soplo de aire real acababa de cruzar la bahía.

 

El Catálogo de Errores.

El Lizia III no era un velero grande, era una declaración de principios. Mientras los yates de los socios del club relucían con fibra de vidrio blanca y nombres pretenciosos, el velero de Ginna Vaccaro tenía la sobriedad del acero y la madera oscura, diseñado para resistir mares que en Plena sólo se veían en las películas de aventuras.

 

Jean Lebreté lo observaba desde el muelle, con las manos en los bolsillos y esa pose de descuido estudiado que le había servido para ganar mil batallas sociales. Había esperado el momento oportuno: cuando el sol comenzaba a bajar y la luz era lo suficientemente favorecedora como para suavizar los ángulos de su rostro.

 

El Primer Movimiento.

Vio a Ginna sobre la cubierta y se asombró, nunca había visto una chica tan bonita. No vestía el atuendo de náutica de diseño que Cuca del Carril luciría para ir a por un gin-tonic, llevaba una camiseta de algodón desgastada y el cabello recogido en un nudo que no buscaba la simetría. Estaba concentrada en el ajuste de un winche.

 

Jean decidió que la entrada triunfal requería una pizca de humor protector:

-Es un mecanismo caprichoso, ¿verdad? -dijo Jean, deteniéndose en el borde del muelle con una sonrisa impecable-, a veces, en Costa Norte, los barcos deciden ponerse difíciles sólo para obligarnos a quedarnos un rato más en tierra firme. Soy Jean Lebreté, por cierto.

 

Ginna no levantó la cabeza de inmediato. Siguió ajustando la pieza metálica con una llave inglesa hasta que escuchó el clic metálico de la precisión. Sólo entonces se puso en pie, limpiándose las manos en un trapo de aceite. Sus ojos, del color de un mar profundo antes de la tormenta, recorrieron a Jean de arriba abajo.

-No, es el mecanismo el que es caprichoso, Sr. Lebreté -respondió ella. Y su voz tenía una cadencia firme, desprovista de la coquetería que Jean esperaba-, es el mantenimiento descuidado. Y sospecho que aquí, el mantenimiento se confunde con el abrillantado.

 

El Impacto.

Jean parpadeó, manteniendo la sonrisa por pura inercia:

-Una observación afilada. Veo que en Lizia no pierden el tiempo con las formalidades del puerto. Me han dicho que vienes buscando nuevos horizontes, y me gustaría ofrecerme como tu guía personal. Este club puede ser... laberíntico para quien no conoce sus corrientes internas.

 

Ginna dio un paso hacia la borda, acortando la distancia física, pero aumentando la distancia emocional:

-Ya me han entregado el mapa de sus "corrientes", Sr. Lebreté -dijo ella, apoyando un brazo en el guardamancebo-, Cuca del Carril me dio una descripción bastante detallada de sus talentos mientras me mostraba los vestuarios. Según ella, usted es el mayor experto en... "relaciones de temporada".

 

Jean sintió que la máscara de lino se le empezaba a derretir. La mención de Cuca no era lo que le dolía, sino el tono de Ginna: no era de desprecio, era de absoluto desinterés. Era la mirada de un capitán viendo un trozo de madera a la deriva.

-Cuca tiene una lengua que navega más rápido que su sentido de la realidad -Trató de defenderse Jean, aunque su tono ya no era tan seguro-. No todo lo que brilla en el club es tan superficial como ella sugiere.

-Espero que tenga razón -replicó Ginna, volviéndose hacia su winche-, porque de momento, todo lo que he visto de usted -señaló su traje impecable y su copa abandonada en una mesa cercana-, confirma punto por punto el catálogo de advertencias que me dieron.

 

La Retirada.

Jean se quedó allí, con la frase de despedida atascada en la garganta. Por primera vez en su vida adulta se sintió ridículo. Sus zapatos de cubierta, que le habían costado una fortuna, parecían de juguete frente a la funcionalidad del Lizia III.

-Mañana habrá una fiesta en la terraza... -Empezó a decir, casi por costumbre.
-Mañana estaré limpiando el casco, Sr. Lebreté. Es una tarea solitaria pero muy honesta. Se la recomiendo alguna vez. -Ginna volvió a sus herramientas, dándole la espalda de manera definitiva.

 

Jean regresó al salón principal del club, donde la música suave y las risas de siempre lo esperaban. Pero mientras caminaba, el mármol del suelo le pareció de pronto demasiado resbaladizo, y su propio reflejo en los espejos, una imagen borrosa de alguien que ya no sabía quién era.

El golpe de Ginna no fue una bofetada, fue una descompresión. Jean no regresó a la barra del club como un conquistador herido sino como un buzo que ha subido a la superficie demasiado rápido.

La situación de Jean Lebreté era la del clásico dilema del cazador que termina cazado por sus propios antecedentes.

 

La Fama vs. La Realidad.

La mente de Jean era una turbulencia. No sólo tenía que conquistar a Ginna Vaccaro sino que debía desmantelar la imagen que el club había construido de él. En un entorno cerrado como Costa Norte, los rumores son la moneda de cambio.

El contraste entre la sofisticación del Club Náutico y la desesperación interna de un joven que siempre la tuvo fácil con las mujeres, pero que ahora se encontraba con un "no" rotundo, era el motor perfecto para una comedia dramática o una novela romántica de redención.

 

Esa noche el Club Náutico celebraba su habitual "Viernes de Gala", pero para Jean, las luces de la terraza tenían un brillo artificial que le lastimaba los ojos. Se encontró sentado en una mesa apartada, rodeado por la risa estridente de Cuca del Carril y los comentarios pomposos de Andrés Olazábal sobre el precio del combustible.

 

-¿Te sucede algo, Jean? -preguntó Cuca, abanicándose con una mano cargada de anillos-, estás más callado que un polizón. ¿Es por la "extranjera"?, he oído que te dio una lección de mecánica en el muelle 4. -La mesa estalló en una carcajada colectiva.

Jean forzó una sonrisa, la misma que usaba para las fotos de la revista social de Plena, pero por dentro sentía una náusea creciente:

-Sólo es una mujer con mal genio y herramientas oxidadas -respondió Jean, pero sus propias palabras le sonaron a mentira-. Nada que un poco de tiempo no cure. Además, no todas son cariñosas como lo has sido conmigo. -Apenas terminó de decir esa última frase y se mordió la lengua, cerrando los ojos. Él podría ser tildado de mujeriego, pero jamás le respondería tan groseramente a una chica.

 

El Despertar de la Conciencia.

Se excusó temprano, algo inaudito en él. En lugar de ir a su apartamento caminó hacia la escollera, donde el sonido del mar abierto ahogaba la música de la orquesta. Se miró las manos: estaban suaves, impecables, sin una sola marca. Las manos de un hombre que nunca había tenido que luchar por nada.

 

Recordó la mirada de Ginna. No lo había visto a él, había visto el "catálogo". Se dio cuenta de que su reputación, que antes era su mayor orgullo, ahora era una barrera infranqueable. Si intentaba cualquier otro truco -flores, invitaciones a cenar, cumplidos poéticos- sólo estaría confirmando el diagnóstico de ella: Jean Lebreté era espuma, y la espuma desaparece cuando el mar se pone serio.

 

La Decisión Radical.

Regresó a su estudio antes de la madrugada. La luz de la luna entraba por el ventanal iluminando la caja de madera donde guardaba su mayor secreto: Un manuscrito de su puño y letra sobre los faros. Lo abrió y pasó las páginas. Los dibujos estaban allí, llenos de fuerza y de verdad, pero estaban escondidos, como si fueran una vergüenza.

-Si quiero que ella me vea -susurró Jean para sí mismo-, primero tengo que empezar a verme yo.

 

Al día siguiente, Jean no apareció en el club para el almuerzo. No llamó a Cuca para disculparse por su desubicada respuesta ni aceptó la invitación de Jorge Clayton para jugar al tenis. En su lugar, buscó en el fondo de su armario unos pantalones técnicos viejos y un suéter de lana que no usaba desde hacía años.

 

El Nuevo Tablero.

A las cinco de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar, Jean no caminó hacia el Lizia III con una copa en la mano sino con un termo de café negro, un par de guantes de trabajo y una determinación que no tenía nada que ver con la seducción.

Se detuvo frente al velero de Ginna. Ella estaba arriba, luchando con una vela mayor que se negaba a plegarse correctamente debido a una driza atascada. Esta vez, Jean no hizo un comentario ingenioso. Simplemente saltó a bordo, se colocó frente a ella y puso sus manos sobre el cabo.

 

-Tira de ese lado cuando yo diga -ordenó Jean, sin mirarla a los ojos-, el nudo está mordido en la polea superior. Necesitas contrapeso, no más fuerza.

 

Ginna se quedó estupefacta, el Jean de traje de lino había desaparecido. Frente a ella había un hombre que sudaba, que sabía dónde poner el peso del cuerpo y que no estaba sonriendo para la cámara.

-¡Ahora! -gritó Jean.

 

La vela cedió con un chasquido seco y cayó sobre la botavara de forma perfecta. Jean se tomó un momento para recuperar el aliento, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y por primera vez miró a Ginna, no como un objetivo, sino como una igual.

-El café está en el muelle -dijo simplemente-. Es fuerte y sabe a puerto, no a salón de té. Si quieres te sirvo una taza mientras terminamos de estibar.

 

Ginna lo observó durante un largo silencio. La grieta en el cristal se había convertido en una puerta abierta.

Ella no soltó la driza de inmediato, sus manos expertas y endurecidas por el clima de Lizia permanecieron en tensión, como si temiera que el gesto de Jean fuera sólo una coreografía más de su vasto repertorio de seducción. En Plena, la amabilidad siempre tenía un precio oculto, y ella lo sabía.

 

La Tregua del Café.

Ginna miró el termo sobre el muelle y luego regresó la vista a Jean. Él seguía allí, con una mancha de grasa en el antebrazo y la respiración acompasada. No había intentado acercarse más de lo necesario ni había lanzado esa mirada de "perro apaleado" que los hombres suelen usar cuando quieren dar lástima.

 

-Es un truco interesante, Lebreté -dijo ella, finalmente soltando el cabo, pero manteniendo una distancia prudencial-. El disfraz de "hombre rudo y trabajador" es nuevo, ¿lo tenías guardado para las ocasiones especiales o es que Cuca se olvidó de mencionarlo en su catálogo?

 

Jean sintió la punzada del sarcasmo, pero no retrocedió. Sabía que se lo había ganado a pulso durante años de frivolidad:

-No es un disfraz, Ginna, es sólo algo que no necesitaba usar aquí -respondió él, bajando del barco hacia el muelle para alcanzar el termo-. En este club, si demuestras que sabes ensuciarte las manos, la gente deja de invitarte a sus fiestas porque les recuerdas que las cosas se rompen. Y aquí nadie quiere recordar que nada es eterno.

 

El muro de Lizia.

Sirvió el café en dos tazas de acero inoxidable. El aroma era potente, casi violento frente a la brisa perfumada de la terraza principal.

Ginna bajó del Lizia III con cautela y aceptó la taza, pero no bebió. Se limitó a observar el vapor que subía:

-He conocido a muchos como tú en los viñedos de mi familia -sentenció ella con una voz gélida-, hombres que creen que la persistencia es una forma de virtud. Creen que si cambian de táctica las veces suficientes, eventualmente encontrarán la grieta en el muro. Pero mi muro no está hecho de orgullo, Lebreté, está hecho de experiencia.

 

-No busco una grieta -dijo Jean, apoyándose en un noray de amarre, mirando hacia el horizonte donde el sol ya se hundía-, busco un momento de verdad. Sólo uno. Sin audiencias, sin amigos observando, sin etiquetas.

 

Ginna dio un sorbo al café. Sus ojos se entrecerraron, el sabor era exactamente lo que él había prometido: café de puerto, sin pretensiones.

-Tu "fama" dice que eres un experto en momentos de verdad... que duran una noche -replicó ella, dejando la taza sobre una caja de herramientas-, mañana volverás a ponerte el lino, volverás a la terraza de Clayton y contarás cómo ayudaste a la "insoportable de Lizia" a recoger sus velas. Y todos reirán mientras tú te llevas el mérito de tu paciencia.

 

La Semilla de la Duda.

Jean guardó silencio. No intentó defenderse porque entendió que Ginna no estaba atacándolo a él sino al fantasma que él mismo había alimentado durante años.

-Tienes razón en dudar -admitió Jean, recogiendo el termo-, si yo fuera tú, tampoco me creería. Pero mañana no estaré en la terraza de Clayton, mañana saldré a navegar temprano, antes de que el club despierte. No para que me vean sino para recordar por qué me gusta el mar. -Ginna lo miró fijamente. Por primera vez hubo una sombra de duda en su expresión, no sobre la fama de Jean, sino sobre la posibilidad de que hubiera algo más debajo de la espuma.

-Entonces -dijo ella, retomando su aire distante-, espero que disfrutes de tu soledad, Lebreté, porque en este muelle la fama llega antes que el hombre, y la tuya tiene el paso muy pesado. -Se dio la vuelta y regresó al interior de su velero, cerrando la escotilla tras de sí. Jean se quedó solo en el muelle, con el sabor amargo del café en la boca y la certeza de que, aunque no le había dado "cabida", al menos le había obligado a mirar más allá del lino.

 

Habían pasado dos días.

La atmósfera en la terraza del Club Náutico de Costa Norte estaba cargada de ese olor a salitre, jazmines de noche y el tintineo constante de los hielos contra el cristal. Jean Lebreté, impecable en su lino azul, observaba desde la barra.

 

Ginna Vaccaro estaba apoyada en la barandilla de mármol, mirando hacia los mástiles que se mecían en la oscuridad de Plena. Estaba sola, un milagro efímero en ese club.

 

El Primer Asalto.

Jean decidió que la sutileza sería su mejor aliada, aunque su reputación gritara lo contrario. Se acercó con paso medido, evitando su habitual sonrisa de suficiencia.

 

-El viento de Lizia es más seco, ¿verdad? -dijo Jean, deteniéndose a un metro de ella, respetando el espacio-, aquí, en Plena, la humedad te envuelve antes de que te des cuenta.

 

Ginna no se tensó, pero tampoco giró la cabeza. Sólo apretó un poco más su copa de prosecco.

-Y las lenguas también envuelven rápido aquí, Sr. Lebreté -respondió ella con una voz tan fresca como el mar-. Me habían advertido que no tardaría más de dos noches en intentar comparar mi origen con el clima local. -Jean sintió el golpe. No fue un rechazo rudo, sino una estocada elegante.

-Cuca del Carril, supongo -murmuró Jean con una mueca de derrota divertida-, o quizás alguna de sus amigas. Tienen un catálogo de mis frases de apertura. Aunque debo decir que esa no estaba en el libreto. -Ginna se giró entonces. Sus ojos eran más inteligentes de lo que Jean había previsto. No había rastro de la fascinación que él solía encontrar en las nuevas socias.

-No necesito un catálogo para reconocer a un hombre que confunde la conquista con un deporte de temporada -dijo ella, fijando su mirada en él-. Me han dicho que usted es la sensación del club, aunque el dueño sea Jorge Clayton.

-Sólo soy un asiduo visitante que se toma demasiado en serio el descanso -respondió él, tratando de recuperar terreno-. Mira, Ginna... entiendo el muro, de verdad, pero si me permites sólo cinco minutos de conversación sin que intente "conquistarte", descubrirás que también sé hablar de barcos, de la soledad de Lizia y de lo aburrido que puede ser este club cuando todos fingen ser lo que no son. Además, por favor, trátame de tú.

 

Ginna esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

-Tienes cuatro minutos -dijo ella, consultando su reloj de pulsera-. El primero lo acabas de gastar defendiéndote.

 

Lo que Jean no sabe.

Mientras Jean intenta ser "el hombre renovado", en una mesa cercana, Andrés Olazábal y Luis Alberto Démez observaban la escena. Luis Alberto, con su ojo clínico, comentó: -"Ese es el problema de Jean; cree que está operando a corazón abierto cuando Ginna solo está mirando el microscopio".

 

 


Sesión 27/01/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

Estaba interesado, algo le impulsaba a seguir en contacto con ella aunque fuera sin ser él quien mantenía el control de la situación, aunque no fuera lo habitual trataría de no conducirse como era conocido en Plena, mostrándose como nunca se había mostrado ni había sido conocido.

 

Sesión de Johnatan L. (Jean Lebreté)

 

HAZTE LA FAMA 2

Relatado en tercera persona gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de los thetanes.

 

Jean comprendía que, si lanzaba un cumplido sobre su vestido o su mirada, el cronómetro de Ginna se detendría en el acto. Necesitaba cambiar el tablero. Se olvidó de su postura de galán y se apoyó en la barandilla, imitando la dirección de la mirada de ella, hacia el horizonte oscuro donde las luces de las boyas parpadeaban rítmicamente.

 

El Desmarque de Lebreté

-Olvida al Jean del catálogo -dijo en voz baja, casi para sí mismo-, hablemos de esa luz roja que parpadea a tres millas. Es la boya del arrecife de las Sirenas. Los marineros de aquí dicen que si la miras demasiado tiempo, empiezas a escuchar lo que realmente piensas y no lo que el resto del club quiere que pienses. -Ginna arqueó una ceja, pero no miró su reloj. Jean continuó-. Tú vienes de Lizia. Allí el mar es profundo, oscuro y respetado. Aquí, en Costa Norte, la gente trata al río como una alfombra azul para sus yates de un millón de créditos. Tú tienes esa expresión... -Hizo una pausa buscando la palabra justa-, de quien extraña la gravedad de un lugar donde las cosas importan. Aquí todo es espuma, Ginna. Incluyéndome a mí, según la versión oficial.

 

Ginna suavizó el agarre de su copa. Por primera vez, no parecía estar defendiéndose de un ataque.

-Es una observación astuta -admitió ella-, pero la espuma también desaparece rápido. ¿Qué queda de Jean Lebreté cuando baja la marea y no hay público en la terraza?

 

Jean se giró para mirarla de frente, esta vez sin el filtro del seductor:

-Queda alguien que está bastante cansado de ser el protagonista de las historias de Cuca del Carril. Alguien que, por primera vez en años, ha encontrado a una chica que no le sonríe por compromiso, y eso... eso me asusta más de lo que cualquier desplante podría hacerlo.

 

El Veredicto del Reloj.

Ginna bajó la mirada hacia su reloj. El silencio se prolongó unos segundos que a Jean le parecieron horas. El murmullo de la risa de Cuca llegó desde el salón principal como un recordatorio del mundo al que pertenecían.

-Se te acabó el tiempo, Jean -dijo ella, pero el tono no era cortante, era casi un desafío-, pero ha sido el uso más eficiente de tres minutos que he visto en este puerto.

-¿Eso significa que habrá un segundo tiempo? -preguntó él, sintiendo un pulso de adrenalina que no experimentaba desde su juventud.

Ginna se separó de la barandilla y comenzó a caminar hacia la salida de la terraza, deteniéndose justo al pasar a su lado:

-Mañana saldré a navegar temprano, antes de que el club se llene de "espuma". Si realmente sabes de barcos y no sólo de cócteles, quizás te vea en el muelle. Pero trae tu propia brújula, Lebreté. La mía no acepta interferencias. -Jean se quedó solo en la terraza, con el aroma del perfume de Ginna aún flotando en el aire húmedo. Sabía que había ganado una batalla, pero la guerra por su redención apenas comenzaba.

 

El amanecer en Plena no tenía nada de la sofisticación dorada de las noches del club. A las seis de la mañana, el Club Náutico de Costa Norte era un esqueleto de madera y metal envuelto en una bruma grisácea que apenas dejaba ver la punta de los mástiles.

Jean Lebreté llegó al muelle 4 vistiendo un suéter de lana vieja y unos pantalones técnicos gastados. No había rastro del lino ni de la loción cara; olía a café cargado y a la determinación de quien se juega el honor.

 

El Encuentro en el Muelle.

Ginna ya estaba allí, sobre la cubierta de un velero de líneas clásicas y casco oscuro, el Lizia III. Estaba terminando de revisar los cabos de vida. Al verlo llegar no detuvo su tarea pero lanzó una mirada rápida a su vestimenta.

 

-Puntual. Y parece que has dejado el disfraz de galán en el ropero -dijo ella, soltando una amarra con una destreza que delataba años de mar-. Sube, Jean. El viento del este no va a esperarte.

 

Jean saltó a bordo con la agilidad de quien, a pesar de su fama de vividor, realmente conocía la madera bajo sus pies.

-Este barco es una belleza, Ginna. Un diseño de quilla corrida, poco común en estas aguas de recreo. -Observó Jean, pasando la mano por el barniz del pasamanos-. ¿Lo trajiste desde allá?

 

-En un carguero hasta el puerto principal, y navegando hasta aquí -respondió ella-. ¿Sabes manejar el velero o prefieres quedarte en el timón, sintiéndote el capitán?

-Dame las escotas -contestó Jean con una sonrisa breve-, prefiero el trabajo sucio.

 

La Prueba de Fuego.

Salieron de la dársena a motor, en un silencio tenso pero productivo. Una vez que superaron el rompeolas y el mar abierto empezó a picarse, Ginna apagó la máquina:

-¡Arriba la mayor! -ordenó ella.

 

Jean trabajó con rapidez. Sus manos, que Cuca del Carril sólo imaginaba sosteniendo copas de cristal, se movieron con fuerza y precisión entre cabos y poleas. El viento golpeó la vela con un estallido seco y el Lizia III se escoró violentamente hacia estribor.

Ginna, firme al timón, observaba cómo Jean se movía por la cubierta. No cometió ni un solo error de novato. Cuando el barco tomó velocidad, cortando las olas con una elegancia que el club rara vez presenciaba, la tensión entre ellos cambió. Ya no eran el mujeriego y la recién llegada, eran dos marinos enfrentando el mismo elemento.

 

-¡Caza la escota! -gritó ella por encima del rugido del viento. -Jean obedeció, ajustando la vela para aprovechar cada ráfaga. El velero volaba sobre el agua. Por un momento, Jean se olvidó de que quería conquistarla, sólo sentía el salitre en la cara y la potencia del barco.

 

El Reconocimiento.

Tras una hora de maniobras exigentes, Ginna viró hacia aguas más tranquilas, cerca de los acantilados de la costa norte. El sol ya empezaba a calentar el ambiente, disolviendo la bruma.

-Debo admitirlo -dijo Ginna, soltando un poco de tensión en el timón mientras lo miraba de reojo-, cocinas mejor de lo que dice tu receta. Tus amigos en la terraza nunca creerían que sabes hacer un nudo de ocho con los ojos cerrados.

 

Jean se sentó en el banco opuesto, recuperando el aliento, con los nudillos ligeramente enrojecidos por el roce de los cabos:

-En este club, Ginna, la gente se inventa talentos para parecer interesante. Yo pasé años ocultando los míos para no parecer... demasiado serio -Jean la miró fijamente-, navegar es lo único que me hace sentir que no estoy fingiendo.

 

Ginna mantuvo el rumbo en silencio durante un largo minuto. Por primera vez, no había sarcasmo en su voz cuando volvió a hablar.

-En Lizia decimos que no conoces a un hombre hasta que no lo ves bajo presión y con el viento en contra. Hoy, Lebreté, el viento ha soplado a tu favor.

 

El regreso al puerto sería distinto. La jerarquía del club los esperaba con sus chismes, pero algo había cambiado en la cubierta del velero.

 

 

El Lizia III se deslizaba ahora con suavidad, aprovechando una brisa residual, mientras se acercaban a la protección de la bahía. Jean estaba enrollando los cabos con una parsimonia que delataba sus ganas de prolongar aquel momento, la barrera de hierro de Ginna parecía haberse derretido un poco bajo el sol de la mañana.

 

-Es curioso -dijo Jean, rompiendo el silencio-, en el club dicen que viniste a Plena buscando "nuevos horizontes", esa frase elegante que usan las mujeres de sociedad para decir que están aburridas. Pero después de verte llevar este barco... no me encaja. Tú no pareces alguien que huya del aburrimiento.

 

Ginna soltó un suspiro y dejó que el timón se mantuviera firme bajo su brazo. Miró hacia la estela de espuma que dejaban atrás:

-No huyo del aburrimiento, Jean. Huyo de una estatua -respondió ella con una media sonrisa melancólica-. En Lizia, mi familia decidió que yo debía ser la "perfecta heredera" de los viñedos Vaccaro. Mi destino estaba escrito en mármol: casarme con un hombre que no distingue un velero de un bote de remos, sentarme en cenas benéficas y sonreír mientras otros deciden mi vida. -Jean dejó de trabajar y la escuchó con atención. Ella continuó-. Me tenían preparado un compromiso con un primo lejano, un hombre excelente pero tan previsible como el calendario. No hubo drama, ni peleas a gritos, simplemente, una mañana me desperté y me di cuenta de que, si no me iba en ese momento, me convertiría en un mueble caro de la mansión Vaccaro. Así que tomé el Lizia III, transferí mis ahorros y me vine para aquí.

 

Jean arqueó una ceja, sorprendido por la sencillez de la historia:

-¿Viniste a Plena para ser libre? -preguntó Jean con una pizca de ironía-, es el último lugar del mundo que elegiría para eso. Aquí todos somos esclavos de lo que dicen los demás.

-Esa es la diferencia -dijo Ginna, mirándolo a los ojos-. En Lizia todos esperaban que yo fuera una santa. Aquí, en cambio, nadie espera nada de mí. Bueno, excepto tú, que pareces esperar una conquista más para tu colección. Pero en Plena puedo ser la "misteriosa mujer de Lizia" y nadie me pide cuentas de mis viñedos ni de mis compromisos. -Jean sintió una punzada de respeto. No era una tragedia oscura, ni un pasado turbio, era simplemente una mujer reclamando su derecho a no ser el decorado de nadie.

-Entonces -murmuró Jean-, los dos estamos en el mismo barco, en más de un sentido. Yo trato de escapar de una reputación que yo mismo construí, y tú, de una que construyeron para ti.

 

Ginna asintió suavemente mientras el muelle del club empezaba a aparecer en el horizonte, con sus sombrillas blancas ya desplegadas:

-La diferencia, Lebreté, es que yo ya sé quién soy. Tú todavía tienes que demostrar quién queda cuando se apagan las luces de la terraza.

 

El barco estaba a punto de atracar. A lo lejos, se divisaba la figura de Andrés Olazábal caminando por el muelle con su ropa de tenis, deteniéndose al reconocer el velero de Ginna... y la silueta de Jean a bordo.

 

Mientras el Lizia III terminaba de encajar en su amarra la figura imponente de Jorge Clayton apareció al final del muelle. No traía la mirada inquisidora de los demás socios, sino su habitual aire de benevolencia. Clayton, un hombre que prefería coleccionar buenos momentos antes que trofeos, levantó su sombrero de paja toquilla al verlos desembarcar:

-¡Vaya pareja de navegantes! -exclamó Jorge con una sonrisa genuina-,  Jean, me habían dicho que habías olvidado cómo se sentía el salitre en la cara. Y Ginna, veo que ha logrado lo que nadie en Plena: poner a este hombre a trabajar antes del mediodía.

 

Jean saltó al muelle para asegurar la amarra, algo más serio de lo habitual:

-Sólo estábamos aprovechando el viento, Jorge -respondió Jean, tratando de mantener la compostura mientras se limpiaba el resto de sal de la frente.

-Mejor que eso -dijo Clayton, acercándose-, esta noche daré una cena pequeña en mi terraza privada, nada de la algarabía del salón principal, sólo unos pocos amigos. Andrés y Luis Alberto estarán allí y me encantaría que ustedes dos nos acompañaran. Ginna, sería un honor conocer más sobre esas tierras de Lizia de las que tanto se habla. Estuve en Liziana tres veces, pero fueron viajes de trabajo y no de esparcimiento.

 

Ginna miró a Jean por un breve segundo. El velo de desconfianza no había desaparecido del todo pero la invitación de un hombre como Clayton, que siempre actuaba con la transparencia del agua cristalina, era difícil de rechazar. Además, bajo la tutela de Jorge, Jean solía ser su mejor versión.

-Será un placer, Clayton -aceptó Ginna con cortesía-. Siempre que Jean prometa no intentar darnos una lección de navegación durante la cena.

 

Jorge soltó una carcajada sonora que resonó en el muelle vacío:

-¡Oh, te aseguro que hoy el único tema prohibido será el ego de Lebreté! -bromeó el mecenas-. Los espero a las nueve.

 

 

 

CAPÍTULO CUATRO

La cena en la terraza de Clayton

 

La noche era perfecta. La terraza privada de Jorge estaba apartada del bullicio, decorada con luces tenues y el sonido de los grillos. Andrés Olazábal y Luis Alberto Démez ya estaban allí, conversando sobre negocios y medicina.

 

Al llegar Jean y Ginna, el ambiente se volvió eléctrico. Andrés, con su habitual perspicacia, observó cómo Jean le acercaba la silla a Ginna con una delicadeza que no tenía nada de teatral. Era una cortesía real, casi tímida.

 

-Debo decir, Jean -comentó Luis Alberto, el veterinario, mientras servía el vino-, que tienes un aspecto diferente hoy, parece que el aire del amanecer te ha sentado mejor que el champán de medianoche.

-Es el efecto de Lizia, supongo -intervino Andrés con una sonrisa, aunque sin malicia-, Ginna, nos tiene a todos intrigados. Ha logrado que el mayor asiduo del club prefiera los muelles a las mesas de juego.

 

Jean, en lugar de responder con una de sus frases ingeniosas para desviar la atención, miró a Ginna:

-A veces -dijo Lebreté con voz tranquila-, hace falta que alguien venga de fuera para recordarnos que este club tiene un mar alrededor y no sólo paredes de cristal.

 

Jorge Clayton observaba la escena desde la cabecera, satisfecho. Sabía que Jean estaba atravesando un terreno nuevo y peligroso para él: el de la sinceridad. Por su parte, Ginna parecía disfrutar de la velada, bajando la guardia al ver que, en ese pequeño círculo, Jean no era tratado como un trofeo sino como un amigo al que todos querían ver mejorar.

 

Sin embargo, el equilibrio era frágil. En medio de la cena, Luis Alberto mencionó casualmente:

-Por cierto, Jean, Cuca del Carril me preguntó hoy si era cierto que estabas planeando vender tu participación en el club para mudarte. Dice que ha notado un "aire de despedida" en tus ojos.

 

Ginna dejó los cubiertos sobre el plato. La mención de Cuca y la posibilidad de que Jean estuviera planeando otro de sus clásicos movimientos de distracción hicieron que la tensión regresara a su mirada.

 

El silencio que siguió a la mención de Cuca del Carril fue denso, como la calma que precede a un cambio de viento en alta mar. Andrés y Luis Alberto intercambiaron una mirada de complicidad, esperando que Jean lanzara uno de sus habituales comentarios mordaces para desarticular el cotilleo. Sin embargo, Jean dejó su copa de vino sobre la mesa con una parsimonia inusual. Miró a Jorge Clayton, quien le devolvió una sonrisa alentadora, y luego giró el rostro hacia Ginna. La luz de las velas se reflejaba en los ojos de ella, que volvían a mostrar esa chispa de escepticismo que él tanto temía.

 

El Gesto de Jean

-Cuca siempre ha tenido una imaginación más rápida que su discreción -comenzó Jean, con una voz que carecía de su habitual tono de barítono impostado-, pero por una vez no se equivoca del todo. He sentido ese aire de despedida.

 

Andrés arqueó las cejas, sorprendido por la confesión. Jean continuó, dirigiéndose directamente a Ginna, ignorando por un momento al resto de la mesa:

-He pasado tanto tiempo siendo el "asiduo del club", el hombre que conoce a todo el mundo pero no conoce a nadie de verdad, que Plena se me ha vuelto pequeña. O quizá yo me he vuelto demasiado previsible para mis propios zapatos. Pero esta mañana, en el Lizia III, vi algo diferente. -Hizo una pausa, y el murmullo de las olas rompiendo suavemente bajo la terraza de Clayton pareció enfatizar sus palabras-. Ginna, tú has venido aquí huyendo de una vida prefabricada para encontrar libertad. Yo llevo años aquí viviendo una vida que yo mismo fabriqué y que ahora me asfixia. Así que, delante de Jorge y de mis amigos, quiero pedirte algo que no está en ningún catálogo de conquista. -Ginna mantenía la espalda recta, pero sus labios se entreabrieron apenas un milímetro-. Ayúdame a ver este lugar como lo ves tú -dijo Jean con una humildad que dejó a Luis Alberto con la copa a medio camino-, ayúdame a redescubrir Plena bajo una nueva luz. Enséñame a navegar estas aguas sin necesidad de ser el centro de atención de la terraza. Si tú estás dispuesta a ver quién soy cuando baja la marea, yo estoy dispuesto a aprender a ser ese hombre.

 

La Reacción en la Mesa

Jorge Clayton dio un suave golpe en la mesa, visiblemente emocionado por la madurez de su amigo:

-¡Bravo, Jean! -exclamó Jorge-, esa es la mejor declaración de intenciones que he oído en este club en décadas.

 

Luis Alberto y Andrés asintieron con respeto. Habían visto a Jean seducir a decenas de mujeres con mentiras elegantes, pero nunca lo habían visto arriesgar su orgullo con una verdad tan desnuda.

 

Ginna guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos recorrieron el rostro de Jean, buscando cualquier rastro de actuación. No lo encontró.

-Es una petición arriesgada, Jean -respondió ella finalmente, con una voz suave, pero firme-, redescubrir un lugar implica dejar atrás lo que creías saber de él. Y dejar atrás a la gente que te prefiere como eras. -Ella extendió su mano sobre la mesa, no para tomar la de él de forma romántica, sino como quien sella un pacto de caballeros-. Si de verdad estás dispuesto a cambiar el champán de la noche por el café del amanecer... acepto el desafío. Pero te advierto: no soy una maestra paciente. -Jean sintió un alivio que no recordaba haber sentido jamás. Había ganado algo mucho más valioso que una conquista: una oportunidad de redención bajo la mirada de la única persona que no le debía nada a su pasado.

 

A la mañana siguiente de la cena con Clayton, Ginna no citó a Jean en los muelles de lujo sino en el extremo opuesto de la bahía de Plena. Allí donde el mármol del Club Náutico se convertía en madera astillada y el olor a perfume caro era reemplazado por el de redes de pesca secándose al sol.

Jean llegó en su coche deportivo, sintiéndose fuera de lugar entre las furgonetas de reparto y las bicicletas de los estibadores. Ginna lo esperaba sentada en un taburete de madera frente a "La Taberna de Roque", un local con las paredes desconchadas por el salitre y un toldo de lona que había visto mejores décadas.

 

El Desafío de la Sencillez

-¿Aquí? -preguntó Jean, bajando del coche y mirando con recelo una mancha de aceite en el suelo-, Ginna, este lugar es... bueno, es donde vienen los marineros cuando no quieren que nadie los encuentre. Siempre he pensado que el café de aquí sabe a agua de sentina.

 

Ginna se limitó a señalar el taburete vacío a su lado:

-Ese es tu problema, Jean. Juzgas el café por la vajilla. Siéntate. -Jean obedeció, sintiendo cómo el taburete cojeaba levemente. Un hombre de manos callosas y rostro curtido, el propio Roque, puso frente a ellos dos tazas de barro humeantes y un plato con pan casero recién horneado-. Aquí no hay listas de espera, ni etiquetas, ni nadie está mirando qué marca de reloj llevas -dijo Ginna, observando cómo Jean intentaba acomodarse-, en este rincón de Plena, eres sólo un hombre desayunando. Si no puedes disfrutar de esto nunca podrás ver la ciudad como algo más que un escenario para tus actuaciones.

 

El Cambio de Perspectiva

Jean tomó la taza, estaba caliente y no tenía el aroma sofisticado del club, pero el primer sorbo lo sorprendió: era un café honesto, fuerte y real. Observó a su alrededor. Vio a dos pescadores discutiendo sobre las mareas con una pasión que rara vez veía en las juntas del club. Vio a una mujer remendando una red con una paciencia casi hipnótica.

-¿Sabes qué es lo que siempre me molestó de estos lugares? -confesó Jean en voz baja, bajando la guardia-, que aquí no tengo ventajas. En el club, mi apellido y mi cuenta de gastos me dan un guion. Aquí... aquí soy invisible. Y eso me aterra.

 

Ginna sonrió, esta vez con una ternura genuina que Jean no había visto antes:

-La invisibilidad es la forma más pura de libertad, Jean. Si nadie te mira, puedes empezar a decidir quién quieres ser cuando nadie aplaude.

 

Una Nueva Complicidad

Se quedaron allí casi una hora hablando de cosas que no tenían nada que ver con la sociedad de Plena. Jean le contó historias de su infancia que nunca había compartido en las cenas de Jorge Clayton y Ginna le habló de los libros que leía cuando se escapaba a los viñedos de Lizia para estar sola.

 

Por primera vez, Jean no sintió la necesidad de impresionar. No hubo frases estudiadas ni gestos calculados. Sólo dos personas compartiendo un desayuno en el rincón más sencillo del puerto.

Al levantarse, Jean dejó una propina generosa, pero Roque se la devolvió con un gesto firme:

-Aquí el precio es el que dice la pizarra, caballero -dijo el tabernero-, guarde eso para el club. -Jean guardó el billete, sintiéndose extrañamente respetado por el rechazo.

 

-¿Cuál es el siguiente paso de mi entrenamiento? -preguntó Jean mientras caminaban de regreso hacia el coche, sintiéndose más ligero que nunca.

Ginna se detuvo y lo miró con curiosidad:

-¿Qué tal si me muestras ese proyecto secreto del que Jorge Clayton me dio una pista anoche? -dijo ella con una mirada astuta-, ese "borrador" que guardas en tu despacho y que nadie ha tenido el honor de leer. -Jean se quedó helado. No esperaba que Clayton hubiera mencionado su faceta oculta.

 

El rostro de Jean mudó de color. La mención de su manuscrito fue como si Ginna hubiera encontrado la llave de una habitación que él había mantenido cerrada con doble cerrojo, incluso para sus amigos más cercanos:

-Jorge habla demasiado cuando el vino es bueno -respondió Jean, intentando recuperar su máscara de indiferencia, aunque sin éxito-. Sin embargo, al ver la mirada expectante de Ginna, comprendió que, si quería redescubrir Plena bajo una nueva luz, debía empezar por mostrar su propia sombra. La llevó hasta su apartamento, una propiedad minimalista frente al mar, muy distinta a la ostentación del Club.

 

El Manuscrito en el Estudio

En un rincón de su estudio, Jean sacó de una caja de madera un fajo de hojas amarillentas, escritas a mano y llenas de tachaduras. No era una novela de romance ni una crónica social, eran dibujos detallados acompañados de textos breves, casi poéticos.

-No es lo que esperabas, ¿verdad? -dijo él, entregándole el borrador con cierta timidez-. No es la historia de un galán, es un estudio sobre los faros antiguos de la costa y las vidas de quienes los cuidaban antes de la automatización.

 

Ginna comenzó a pasar las páginas en silencio. Se quedó fascinada con los dibujos: trazos firmes a tinta negra que capturaban la soledad de las torres de piedra y la furia del mar de Plena.

-Jean... esto es precioso -murmuró ella deteniéndose en una ilustración de un faro azotado por una tormenta-. Hay una melancolía aquí que nunca dejas ver en la terraza del club. ¿Por qué lo ocultas?

 

-En el Club Náutico de Costa Norte se espera que yo sea un consumidor de belleza, no un creador de ella -confesó Jean, sentándose en el borde de su escritorio-, escribir sobre fareros y soledad no encaja con la imagen de Jean Lebreté. Tenía prejuicios de que, si lo mostraba, la gente pensara que sólo era otro "pasatiempo" de rico.

 

 


Sesión 28/01/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

En el exclusivo entorno del Club Náutico de Costa Norte, Jean Lebreté es el epicentro de este mundo: un hombre sofisticado, asiduo visitante y el mayor seductor del club, cuya identidad se ha construido sobre una base de conquistas efímeras y una fachada de dandi despreocupado. Sin embargo, tras su máscara de galán, Jean oculta una pasión solitaria por el dibujo y una profunda fatiga hacia la vacuidad de su propia existencia.

 

Sesión de Johnatan L. (Jean Lebreté)

 

HAZTE LA FAMA 3

Relatado en tercera persona gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de los thetanes.

 

 

Una Conexión más Profunda.

Ginna levantó la vista del papel. Por primera vez, Jean no vio en ella a la jueza de Lizia sino a una compañera de viaje.

 

-Lo que tienes aquí es verdad, Jean. Es tan real como el café de Roque o el viento en el Lizia III. Es lo único que no es espuma -le dijo ella, cerrando el borrador con suavidad, pero manteniéndolo entre sus manos-. No deberías publicarlo por fama, sino por ti mismo, para que Plena sepa que su "asiduo visitante" tiene raíces mucho más profundas de lo que todos creen.

 

Jean sintió que un peso invisible se levantaba de sus hombros. Al mostrarle su obra le había entregado a Ginna el mapa de su verdadera identidad.

-¿Me ayudarías a terminarlo? -preguntó Jean-, hay un faro abandonado en la Punta del Diablo que no he podido dibujar bien porque nunca he tenido a nadie que maneje el bote mientras yo tomo los bocetos.

 

Ginna sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos:

-Tengo el barco, Lebreté. Y ahora sé que tú tienes la historia. -La complicidad entre ambos ya no era un pacto de amistad, sino algo mucho más íntimo y creativo.

 

El viaje hacia la Punta del Diablo no se parecía en nada a la plácida navegación de la primera mañana. A medida que el Lizia III se alejaba de la protección de la bahía de Costa Norte, el cielo de Plena se tornaba de un color gris plomo, denso y amenazante.

Ginna mantenía el timón con firmeza mientras Jean, sentado en la proa con su cuaderno protegido por una funda de cuero observaba cómo la silueta del faro abandonado emergía entre la bruma como un colmillo de piedra.

 

El Imprevisto: La Niebla de San Telmo

De repente la temperatura bajó drásticamente, una niebla espesa, conocida por los pescadores locales como "la manta de San Telmo", descendió sobre ellos en cuestión de minutos. La visibilidad se redujo a menos de tres metros.

 

-¡Jean, pierde el viento! -gritó Ginna, su voz amortiguada por la densidad del aire-, no veo la entrada del canal y este sector está lleno de agujas de piedra.

 

Jean reaccionó al instante. Guardó su manuscrito en el compartimento estanco y se movió hacia el mástil. El mar no estaba embravecido, pero el peligro era más sutil: el silencio absoluto y la ceguera total. El Lizia III avanzaba a ciegas hacia una de las zonas más peligrosas de la costa.

 

-¡Escucha! -le pidió Jean, acercándose a ella en la bañera del barco-, olvida el GPS, el magnetismo de las rocas aquí abajo lo vuelve loco. Si el faro tiene su sirena de niebla, el viento nos traerá el sonido.

 

Un Trabajo en Equipo.

Se quedaron en silencio, suspendidos en un mundo blanco. Jean cerró los ojos, afinando el oído, una habilidad que había desarrollado durante sus noches de insomnio dibujando en la costa. De pronto, un sonido acústico de baja frecuencia vibró en el aire: Uuuuh... Uuuuh...

 

-A estribor, treinta grados -susurró Jean-, el sonido rebota en el acantilado. Si mantenemos este rumbo pasaremos a diez metros de la piedra grande.

 

Ginna confió ciegamente en la intuición de Jean. Él se colocó en la proa, convirtiéndose en sus ojos, indicando con gestos manuales cada pequeño ajuste necesario. Por un momento el miedo desapareció, reemplazado por una sincronización perfecta. Eran dos piezas de una misma máquina enfrentándose a la naturaleza.

 

El Refugio.

Finalmente, la base del faro apareció entre la niebla. Ginna maniobró con una precisión quirúrgica hasta llevar el velero al pequeño abrigo de piedra natural debajo de la torre. Cuando por fin aseguraron las amarras a las viejas anillas de hierro, ambos exhalaron un suspiro que no sabían que contenían.

El imprevisto los había dejado empapados por la humedad, pero extrañamente eufóricos. Se refugiaron en la pequeña cabina del velero mientras esperaban que la niebla despejara para poder subir al faro.

 

-Casi nos convertimos en otro capítulo de tu libro -dijo Ginna, secándose el rostro con una toalla mientras miraba a Jean con una mezcla de respeto y adrenalina.

-Tienes buen oído, Lebreté. Me salvaste de un buen rasguño en el casco.

 

Jean, que ya estaba sacando de nuevo su cuaderno, la miró con una sonrisa tranquila:

-No te salvé yo. Nos salvó el faro. Sólo había que saber escucharlo.

 

La niebla comenzó a ralear, revelando la majestuosidad decadente de la Punta del Diablo. Estaban solos, lejos de las miradas de Andrés Olazábal y los lujos del club.

 

La niebla se disipó con la misma rapidez con la que había llegado, dejando tras de sí un aire cristalino y una luz plateada que bañaba la Punta del Diablo. El faro, una torre de piedra que parecía brotar directamente de las entrañas de la tierra, se alzaba imponente sobre ellos.

Subieron por el sendero escarpado hasta la base de la torre. Mientras Jean buscaba el ángulo perfecto entre las rocas, Ginna se adelantó y se detuvo en el borde del acantilado, de espaldas a él. El viento agitaba su cabello y su casaca térmica, mientras ella observaba con sus binoculares la inmensidad del río, que contrastaba con su antigua vida en Lizia.

 

El Trazo Definitivo.

Jean abrió su cuaderno, no buscó el grafito suave sino la tinta china, la que no permite errores. Empezó a dibujar, pero esta vez su mano no se centró sólo en la arquitectura del faro, sus ojos iban y venían entre la piedra inerte de la torre y la figura vibrante de Ginna.

Entendió entonces que el dibujo que le faltaba a su libro no era el de una estructura solitaria sino el de alguien encontrando su lugar frente al abismo.

-No te muevas -susurró Jean, aunque ella apenas podía oírlo-, quédate así.

 

Ginna no se giró, pero sus hombros se relajaron. Jean trabajó con una intensidad febril. Sus trazos capturaron la verticalidad del faro en contraste con la curva orgánica de Ginna; la fuerza del pasado frente a la valentía del presente. En ese papel, el "mayor mujeriego del club" desapareció por completo, dejando paso al artista que siempre había habitado en él.

 

El Resultado.

Después de veinte minutos de silencio absoluto, sólo interrumpido por el grito de las gaviotas, Jean cerró el tintero.

-Ya puedes mirar -dijo con la voz un poco ronca.

 

Ginna se acercó y se asomó al cuaderno. Se quedó sin palabras. No era un retrato convencional, era una imagen poderosa donde ella parecía ser el alma del faro, la luz que le devolvía el propósito a la piedra vieja.

-Me has dibujado como si fuera parte de este lugar -dijo ella, pasando las yemas de los dedos muy cerca del papel, con cuidado de no correr la tinta-, nunca nadie me había visto así. En Lizia era una estatua decorativa, en el Club soy un misterio por resolver, pero aquí... aquí parezco real.

-Es que eres real, Ginna -respondió Jean, cerrando el cuaderno y mirándola con una sinceridad que no necesitaba de océanos ni de nieblas para ser probada-. Y gracias a ti, por primera vez, mi trabajo también lo es.

 

El sol empezaba a caer, pintando el cielo de tonos púrpuras y naranjas. El regreso a Plena sería bajo la luz de las estrellas, llevando consigo un manuscrito que ya no era sólo de Jean, sino de ambos.

Las luces distantes del club, que solían ser el centro del universo para Jean, ahora parecían apenas un parpadeo insignificante comparado con la inmensidad del cielo sobre la Punta del Diablo.

 

-¿Y si no volvemos? -propuso Jean, mientras ayudaba a Ginna a bajar de nuevo hacia el muelle de piedra-, Jorge sabe que somos buenos navegantes, no enviará patrullas de rescate a menos que pasen tres días.

 

Ginna lo miró, evaluando la propuesta con esa mezcla de audacia y prudencia que la caracterizaba. Luego, miró el mar, que ahora se mecía como un manto de seda oscura:

-Tengo vino, queso de Lizia y mantas suficientes -respondió ella con una sonrisa-, y creo que el Lizia III prefiere la compañía de los peces a la de los yates de lujo por una noche.

 

La Velada bajo el Firmamento.

Fondearon en una cala protegida, donde el agua era tan calma que las estrellas se reflejaban en la superficie sin distorsión. Jean encendió una pequeña lámpara de aceite en la bañera del velero, creando una burbuja de luz cálida en medio de la oscuridad.

Cenaron en cubierta, compartiendo el vino y hablando sin las interrupciones del círculo social de Plena. Ya no había necesidad de "desafíos" ni de "pruebas". La tensión del inicio se había transformado en una complicidad serena, como si se conocieran de toda la vida.

 

-Sabes -dijo Jean, apoyando la cabeza en el respaldo y mirando la Vía Láctea-, si Cuca o alguna de sus amigas nos vieran ahora, no lo entenderían. Pensarían que estoy aplicando alguna estrategia sofisticada de seducción a largo plazo. -Ginna soltó una risa suave y se acomodó a su lado, compartiendo la manta.

-Que piensen lo que quieran, Jean. Lo que ellos no entienden es que la mejor parte de esta "conquista" es que tú también te has conquistado a ti mismo. Has dejado de ser un personaje para ser una persona.

 

Un Sello de Verdad.

Jean se giró hacia ella. El brillo de la lámpara de aceite bailaba en los ojos de Ginna. Sin decir una palabra él tomó su mano, pero esta vez no fue el gesto de un galán experimentado, fue el apretón firme de alguien que ha encontrado un puerto seguro.

 

Se acercaron lentamente y sellaron su nueva relación con un beso que sabía a sal, a vino y a libertad. No hubo aplausos, ni música de orquesta, ni el tintineo de copas de cristal del club. Sólo el suave golpeteo del agua contra el casco del barco y el silencio cómplice de la noche.

-Mañana -susurró Ginna contra sus labios- volveremos a Plena. Pero ya no seremos los mismos que salieron de allí esta mañana.

-Mañana -asintió Jean-, seremos los dueños de nuestra propia historia.

 

El Lizia III se meció suavemente durante toda la noche, guardando el secreto de dos almas que, buscando escapar de sus etiquetas, terminaron encontrándose en el único lugar donde nadie podía juzgarlos: el mar abierto.

 

Al final del día, el Club Náutico de Costa Norte seguirá allí, con sus brisas de estatus y sus círculos sociales, pero para Jean Lebreté, las paredes de cristal ya no serán un límite.

Ese Jean auténtico, que ahora lleva un manuscrito bajo el brazo y la mirada de una mujer que lo conoce de verdad, es el mayor cambio que Plena ha visto en años. Ya no será el hombre que busca llamar la atención sino el hombre que habita su propia piel, encontrando en la sencillez de una charla o en la técnica de un dibujo la satisfacción que antes buscaba en la conquista.

 

Ginna, por su parte, ha encontrado en ese rincón del mundo el refugio que Lizia le negaba: un lugar donde ser ella misma, sin guiones preestablecidos, junto a alguien que aprendió a escuchar el sonido de la sirena entre la niebla.

 

Espuma y Raíz. Crónica de un naufragio y una redención en el Club Náutico de Costa Norte

 

Sinopsis.

En el exclusivo entorno del Club Náutico de Costa Norte, en la idílica localidad de Plena, la vida transcurre entre regatas, cócteles y una jerarquía social inamovible. Jean Lebreté es el epicentro de este mundo: un hombre sofisticado, asiduo visitante y el mayor seductor del club, cuya identidad se ha construido sobre una base de conquistas efímeras y una fachada de dandi despreocupado. Sin embargo, tras su máscara de galán, Jean oculta una pasión solitaria por el dibujo y una profunda fatiga hacia la vacuidad de su propia existencia.

 

El equilibrio de Jean se altera con la llegada de Ginna Vaccaro, una nueva socia proveniente de la austera y profunda Lizia. Ginna no es sólo una mujer de una belleza serena, es una navegante experimentada que huye de un destino prefabricado y de las expectativas de una familia aristocrática. Advertida sobre la reputación de Lebreté, Ginna lo evita con una elegancia cortante, convirtiéndose en el primer desafío real en la vida del seductor.

 

Lo que comienza como un intento de conquista tradicional se transforma en un viaje de descubrimiento mutuo. A través de una serie de desafíos impuestos por Ginna -desde desayunos en tabernas de pescadores hasta peligrosas travesías bajo la niebla hacia el abandonado faro de la Punta del Diablo-, Jean se ve obligado a desmantelar su personaje público.

 

Bajo la mirada protectora del mecenas Jorge Clayton y la observación cínica del círculo íntimo del club, Jean y Ginna descubrirán que ambos comparten el mismo anhelo: ser vistos por lo que son y no por lo que representan. Entre cuadernos de bocetos secretos y maniobras a vela al amanecer, la historia explora si es posible encontrar la autenticidad en un mundo de apariencias y si el amor puede sobrevivir cuando se apagan las luces de la terraza y sólo queda la inmensidad del río.