| Índice |
Psicoauditación - Jorge Clayton |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
|
Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
|
|
Sesión del 24/03/2026 Gaela, Jorge Clayton Sesión 24/03/2026 Coincidió con un amigo y la conversación fue hacia cómo es cada uno, si depende de la riqueza y de la situación. Jorge habló de cómo veía la vida después que heredara de su abuelo una gran fortuna.
Entidad: Una tarde nos cruzamos con Luís Alberto Démez, me dijo: -Vamos a tomar algo, Jorge, pero no al Náutico, quiero comentarte algunas cosas. -Acepté. Le digo: -Vamos al norte de Capital hay un bar que se llama La Perla, pero que no frecuentas nuestros conocidos, y es tranquilo.
Nos sentamos, pedimos una bebida caliente. Y me comentó: -Hay algo que me sorprende, hay gente que te conoce de hace años, por ejemplo yo, pero cuando te ven con ese traje ajustado, esa corbata, los zapatos brillantes es como que te miran con... con respeto. -Sonreí. Y le respondí: -¡Je! ¿Por qué?, hablo igual con todos. Con Constantino e incluso con el guardia de seguridad o con Ernesto, el barman. No..., no trato de distinta manera a la persona por lo que tenga o por lo que sea o por lo que crea ser, ¡je, je! -Lo entiendo, pero es como que irradias algo y más cuando se te ve serio. -Sí... Pero Luís, cuando estoy serio no es porque esté enojado, estoy preocupado por algo, algo que pasó en la empresa o de repente inauguré un pabellón, paré un hospital y no se termina a tiempo, trato de apurar al constructor. Bueno, ese tipo de cosas. -¿Siempre fue así? -¡Je, je! No, no Luís Alberto no, no. Mira, ya llega 1975. -Correcto. -Te voy a comentar algo que pasó hace nueve años atrás, nueve años atrás, en 1965, yo tenía diecinueve años. Mi padre, una persona bondadosa, pero era ¡uf!, cómo decirlo, desconfiaba de mi juventud. El abuelo nos había dejado la misma cantidad de dinero a los dos y él se quejaba con mi madre: -¿Te parece? Apenas el muchacho termina la facultad y ya... ya quiere montar empresas, hacer cosas. Yo te digo que en cinco años se gasta todo el dinero. Me acerqué y le dije a mi padre: -Yo te puedo asegurar que en cinco años tengo un 30% más de dinero que tú, sé invertirlo. Démez me preguntó: -¿Pero cómo a los diecinueve terminaste la facultad? -Estuve en una facultad privada y mi padre era amigo del decano. -O sea, que fuiste acomodado. -Para nada, para nada, Luís Alberto. Le probé que estudiando a fondo podía dar dos años en uno. Y así fue. Es más, a mis diecisiete, en el 63, viajé a oriente a practicar artes marciales. -¿Y cómo te fue? -¡Uf! Mira, no tenía tiempo para nada. Los jóvenes y algunos mayores iban tres horas al día, yo iba de mañana y a la tarde casi noche. Prácticamente estaba en el Dōjō, lo que allí llaman gimnasio, un promedio de ocho horas por día, al punto tal que en menos de un año logré el cinturón negro. Pero es más, mi profesor era una persona grande, sabía muchísimo, pero estaba ansioso por conocer Plena. Por supuesto le pagué el viaje, lo quise instalar en un hotel de lujo. Me dijo: -No, no, no. -Entonces permíteme comprarte un apartamento modesto. -No, no me gusta departamento. -Entonces hagamos una cosa, compro un local, planta baja, planta alta; en la planta baja armamos un Dōjō, ponemos un cartel y yo distribuyo la noticia en toda Ciudad del Plata y el primer piso será tu vivienda privada. Y aceptó. Murió cuatro años después, Jigoro se llamaba. En ese lapso, en cuatro años llegué a 5º Dan. -¿Tan joven? -Sí, tan joven. Pero estaba viviendo prácticamente en el gimnasio. Monté una pequeña empresa, contraté a los mejores colaboradores economistas, economistas que sabían de economía internacional, economistas que podían predecir el costo de la moneda... En fin no voy a dar detalles. Pero me vestía con una remera con un pequeño cuello, manga corta, pantalones de jean y deportivas, las zapatillas para tenis. Y obviamente, apenas peinado, aparentaba, no humilde sino que era de clase pobre. -¿Y no te incomodaba que te vean como pobre? -Daría vergüenza de mi propia persona si me incomodara eso. La plata es un medio, a mí me fue útil para ayudar a muchísima gente, pero a mis diecinueve, en el 65, no me interesaba aparentar nada. El problema era en casa: -Vienes hecho una piltrafa del gimnasio. -¿Piltrafa por qué?, el gimnasio tiene duchas, llevo un cambio de ropa. -Sí, pero siempre la misma ropa. -Me incomoda estar de traje todo el santo día. Y así era con mi padre. Y un día voy al bar deportivo, al de tenis La Raqueta. Había mesas afuera y al lado mío había una mesa con ocho o diez chicos. Y se me acercó uno: -¿Es la primera vez que vienes? -Sí. -¿Quieres sentarte con nosotros? -Me encogí de hombros. -No, no quiero incomodar, no conozco a nadie. -Permiso... -Se sentó al lado mío y me extendió la mano-. Un gusto. Me llamo Pocho Olazábal. -Luís Alberto me dijo: -¿Estamos hablando de Pocho el hijo de Constantino? -Sí. -¿Lo conociste en el 65, hace nueve años? -Sí, ¡je, je! Y me invitó a su mesa y nos pusimos a conversar. Se acercó una chica rubia muy muy bonita, se presentó como Alejandra Sarratea, modales muy delicados, muchos impostados. Y me di cuenta que la mayoría impostaba, menos dos jóvenes, uno Roberto Echagüe burlón, mujeriego, no se vestía de manera delicada como hijos de millonarios, se vestía parecido a mí, cómodo. Y había otro que estaba siempre con el ceño fruncido bastante musculoso, de ese no me voy a olvidar, Eduardo Echeguren. -¿Por qué? -¡Ah, je, je! Te cuento Luís Alberto. Eduardo Echeguren era campeón de Plena de artes marciales mixtas, conocido más que nada porque su padre tenía un montón de empresas. Decían que tenía muchísimo dinero, al igual que Alejandra. -¿La Sarratea? -Esa. Alejandra me acaparó. Me decía: -¿Cómo te llamas? -Jorge. -¿Apellido? -¡Ah! Es lo de menos. -¿Eres de los nuestros? -No entiendo. -O sea, ¿tú familia es de dinero? -Me encogí de hombros. -No. -¿De qué trabajas? -En una empresa. -¡Ah, bien! O sea, ganas bien. -Sí, gano mil doscientos al mes. -¡Je, je! Es un chiste. -No, no. -¿Qué haces? -Bueno llevo papeles de una empresa a la otra, formularios. -¡Ah! Eres un cadete. -Sí, supongo que sí -le respondí. -Pero cadetes a los quince, dieciséis... ¿Qué edad tienes? -Diecinueve. -Mira, tienes un año más que yo, cuando salgo con mi familia gastamos mil prácticamente en una cena. -Vaya -le respondí-, evidentemente tienen dinero. -No es para impresionarte, pero la empresa de mi padre maneja más de cincuenta millones. -Me hice el asombrado. Habló Eduardo, el de las artes marciales: -¡Ja, ja, cincuenta millones, mi padre tiene casi el doble! -Y empezaron a debatir a ver quien tenía más dinero. Había una chica callada, morena, Michelle Dupré. Le pregunte: -¿Y tú? -Sí, mi padre también tiene empresas, pero no, no me interesa, no, no soy de jactarme, el día de mañana me gustaría encontrar un chico. No importa su posición social, pero que sea bueno. -Y pensé, 'ojalá todas las millonarias pensaran como Michelle Dupré'. Me cayó muy muy bien. Roberto Echagüe, el burlón, se reía de todo. Dijo: -Para mí la plata es un medio, no visto bien porque no quiero, pero tranquilamente puedo comprar cien cafeterías como esta, como este bar deportivo. -Y pensé, 'otro arrogante más, burlón, mujeriego y arrogante. Pero Alejandra Sarratea me seguía acaparando: -Es una pena que seas pobre. -No entiendo, ¿por qué? -Porque me gustas mucho. -Y claro, Eduardo Echeguren pegaba el oído y se metió en la conversación: -¿Cómo te puede gustar este rotoso? -Es cuestión de gustos. -yo ni abrí la boca. Nos despedimos y Pocho Olazábal me dijo: -¿Nos vemos el fin de semana en el Náutico de costa norte?
Luís Alberto Démez me dijo: -¿Estamos hablando del Náutico del cual eres dueño? -Sí, pero en aquel entonces ni siquiera conocía el Hípico ¡je, je, je! son épocas.
Y a la semana siguiente nos juntamos en el Náutico. Y claro Eduardo Echeguren se enojó con Pocho, Pocho al igual que hoy, en ese momento tenía diecisiete años y cero carácter: -¿Cómo trajiste de vuelta a este rotoso, qué quieres arruinar el Náutico? Y bueno cometí el error de hablar y defenderlo: -Él lo hace de buena fe, no tienes porqué retarlo. Se paró, yo sentado, me dio una cachetada fuertísima, una enorme bofetada que me tiró para atrás y caí con silla y todo golpeándome la cabeza. Me levanté enojadísimo y me dijo: -¿Quieres que sigamos a fuera? No tengo problemas en romperte la crisma. -Lo frenó Alejandra Sarratea: -No te abuses, es un pobre muchacho y tú eres campeón de artes marciales mixtas. -Se me pasó el enojo y sonreí: -¿Quieres darte el gusto? -Por supuesto. ¿Quieres que salgamos ahora? -No no no, me contó Pocho que semana por medio hay un tatami para artes marciales mixtas, no tengo problemas en enfrentarme contigo. Roberto Echagüe el burlón dijo: -Sí, sí, sí, yo hablo con todos los amigos y te aseguro que van a venir como diez mil personas. -¡Ja, ja, ja! -Echeguren dijo-: Para qué, ¿van a pagar una entrada para un combate que va a durar veinte segundos? -Lo miré y le dije: -Quizás apuesto a que dura treinta segundos. -Bueno, te tienes fe, no creo que llegues a los veinte segundos.
Salí a tomar aire al muelle, me acompañó Alejandra. Me cogió de la nuca y me dio un beso larguísimo: -Me gustas muchísimo, hasta estoy segura que podría sentir algo por ti. Es una pena. -¿Qué cosa es una pena? -le pregunté. -Que seas pobre. -No entiendo, ¿cuál sería el problema? -Es que no entiendes, Jorge, ¿qué diría mi familia que lleve a un pobretón a casa? Mi familia maneja más de cincuenta millones. -¿Y eso te parece mucho? -Sí. -Supongamos que yo te dijera que en realidad no soy pobre, que tengo una empresa de diez mil millones. -Hizo un gesto como de burla y de decepción. -Apenas ganas mil doscientos al mes. Si tuvieras ese dinero serías no el más rico de Plena, el más rico del sur del continente, pero no te vestirías así. -Yo me siento cómodo. Es una pena. O sea, ¿tu avidez por el dinero le gana a lo que sientes? -Soy práctica. -Yo no sé si saldría con alguien como tú. -¿Por qué, no te gusto? -Muchísimo. Y de verdad, yo nunca voy a mentir nunca, pero no, no saldría. -Por qué, ¿te daría un falso orgullo estar conmigo? -No, te tendría compasión. -Me quiso dar un bofetón y lo frené. -¿Compasión un rotoso como tú? -Y se dio media vuelta, se marchó hacia dentro y me quedé solo en el muelle.
Luís Alberto Démez me dijo: -¿Y qué pasó? -Después te contaré, ahora quiero tomar algo antes de que se enfríe. -Señor -le dijo al camarero-, tráigame dos croissants.
Y pedimos dos croissants para cada uno.
|