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Psicoauditación - Juan S. |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión del 26/05/2026 Gaela, Juan Sesión 26/05/2026 La entidad estaba en Gaela y conoció a Clayton, quien le propuso construir una fundación orientada al desarrollo humano. En su vida había pasado por todo y esto le parecía un sueño.
Sesión de Valentina para el Espíritu de su abuelo Juan.
Entidad: Mi nombre es Jomael, estoy en el plano 3, subnivel 9. Anhelo relatar una sesión en Gaela, a cien mil años atrás. Recuerdo perfectamente, mi nombre era Juan Salvador.
El invierno de 1974 en Ciudad del Plata era frío, muy frío, pero a mí lo que más me congelaba era el rugido de la Segunda avenida.
A mis 60 años, con las manos agrietadas por la tierra de mi natal Children, recordaba que había llegado con una sola maleta de cartón sintiéndome como un fantasma flotando en un mar de asfalto. Había cruzado la cordillera escapando de la miseria, buscando un futuro que en Arrebedo se me había negado. Y decidí establecerme en Ciudad del Plata, la capital de Plena.
A principios de los años 40 el destino me fue muy esquivo, he dormido en pensiones de mala muerte, he trabajado de lo que viniera, de peón de obra, de verdulero, de sereno. Sin embargo, como campesino de Arrebedo llevaba conmigo una terquedad idéntica a la de los árboles nativos de mi tierra, se doblan pero no se rompen.
Pasaron 10 años. A fines de los años 50, con unos ahorros rústicos que guardaba bajo el colchón, tomé una decisión arriesgada. Primero, compré un pequeño terreno en el conurbano del sur, en una zona que todos la daban por perdida. Instalé un taller de reciclaje de chatarra y metales. Yo conocía el valor que los otros tiraban, trabajaba 14 horas al día, los siete días de la semana, pero para mediados de los años 60, ese taller se había transformado en una distribuidora de materiales de construcción de mediana escala.
La inflación de Plena devoraba billetes, pero yo, desconfiado por naturaleza invertía cada peso en ladrillos y terrenos. Para los años 70, me había convertido técnicamente en un hombre rico. Era dueño de tres propiedades bien cotizadas en la capital, una cuenta bancaria con números sólidos y una camioneta alta de último modelo que apenas sabía manejar.
El aroma del café con leche todavía flotaba en mi memoria cuando una semana después, el teléfono de línea de mi Casa de las Flores rompió el silencio de la siesta está. Al atender, una voz pausada con un acento porteño, culto, y una vibración que transmitía una extraña mezcla de autoridad y calidez. Se presentó del otro lado: -¿El señor Juan Salvador? -Sí. ¿Quién habla? -Habla Jorge Clayton. -Arrugué la frente, sosteniendo del tubo de baquelita negra con la desconfianza de siempre.
Yo no conocía ningún Clayton, pero el joven no sonaba como los cobradores ni los vendedores que intentaban meterme planes de ahorro, pero le escuché. Clayton me explicó que andaba buscando el dueño de la distribuidora de materiales, pero no al empresario de los papeles, sino al hombre que entendía el valor real del hierro y el ladrillo. Me propuso en encuentro.
Intrigado por el tono respetuoso y directo del joven, acepté recibirlo en la oficina de mi galpón, el único lugar donde me sentía verdaderamente seguro.
Al día siguiente Jorge Clayton llegó puntual, era un joven que irradiaba una serenidad profunda, el tipo de persona que parece mirar más allá de la superficie de las cosas. No traía la soberbia de los grandes constructores con los que a veces lidiaba, al contrario, vestía con sencillez y sus ojos reflejaban una comprensión atenta.
Nos sentamos a una mesa de madera gastada, rodeados por el olor a óxido, cemento y el eco de los camiones. Clayton me pidió permiso y desplegó unos planos sobre la mesa. -Juan, yo sé que usted no toma obras grandes y que prefiere el manejo de los materiales -comenzó Clayton mirándome a los ojos-, pero lo busqué a usted por una razón específica. Resulta que estoy dándole forma a un proyecto en la zona sur del cono urbano, una fundación orientada al desarrollo humano, a la educación, al crecimiento personal de la gente del barrio. -¿Y entonces? -pregunté. -Juan, un espacio para que la gente, quienes arrancan desde abajo, encuentren un eje, una guía. -Miré los planos de reojo, manteniendo los brazos cruzados sobre el pecho, la defensiva era mi armadura natural.
-La zona sur es dura, Clayton, ahí el barrio no es muy bueno, el fango se traga los cimientos si uno no sabe dónde pisa. Y los materiales están caros, la plata hoy no vale nada. -Juan, por los recursos no se preocupe. Los fondos para la estructura están -respondió Clayton con una sonrisa mansa-, lo que me interesa es el alma de la construcción, no quiero contratistas que vean esto como un negocio de costo por metro cuadrado, necesito a alguien que sepa lo que cuesta levantar una pared cuando no se tiene nada. Alguien que entienda que esas instalaciones van a sostener los sueños de personas que hoy se sienten invisibles. Supe de su historia, Juan, sé cómo empezó. Soy joven, tengo 28 años pero empecé desde temprano a conocer a la gente, a la gente buena, a la gente mezquina, a la gente cruel, a la gente indiferente, que es la peor. Por eso sé de personas que se sienten invisibles.
La palabra invisible me golpeó justo en el centro de mi viejo orgullo herido. La propuesta de Clayton no apelaba a mi billetera sino a mi memoria. Como viejo campesino sentí que el joven de traje sencillo estaba leyendo la pobreza que aún guardaba en mis huesos, no para juzgarla sino para darle un propósito. Guardé silencio durante el largo rato, acariciando la superficie rugosa de los planos con mis dedos agrietados. Por primera vez en décadas no pensé en el costo de la tonelada de hierro ni el riesgo de la inflación, pensé en el frío del sur en el 74, en el barro del cono urbano que yo mismo había pisado cavando zanjas a los 40 años, sintiéndome un guacho en tierra ajena.
-Zona sur -murmuré, clavando la vista en un sector del plano destinado a los talleres de oficio y las aulas. Ahí, Clayton, ahí hace falta una buena aislación para el invierno. Si el techo es frío la gente no se concentra para aprender. -Clayton asiente en silencio, sabiendo que el puente estaba tendido-. No piense, Clayton, que le voy a hacer la obra entero, ya no tengo el lomo para andar y esquivando vigas, pero yo mismo voy a seleccionar el hierro, el ladrillo, el cemento. Le voy a dar el costo de costo, sin mi ganancia. Y voy a ir a la obra a mirar a esos muchachos para que peguen los ladrillos derechos. Si vamos a levantar un lugar para que la gente aprenda a ser fuerte, las paredes tienen que ser casi eternas.
Jorge Clayton se levantó y me extendió la mano. Al estrecharla no sentí la distancia entre el empresario rico y el pensador. No, sentí después de 40 años de acumular por miedo que mi fortuna finalmente iba a servir para construir algo que el viento no se pudiera llevar.
Clayton se despidió diciéndome: -Yo lo voy a apoyar en todo. Parte de mi fortuna va a estar a su disposición. Sé que usted tiene bastante dinero pero va a hacer falta 4 o 5 veces más. Cuente conmigo. Lo mire: -¿A cambio de qué? -A cambio de la satisfacción que vamos a tener ambos por ver a gente que va a prosperar. -Me asombró el joven. Me asombró y me puse contento. -Mañana mismo empezamos, Clayton. Palabra de Juan Salvador.
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