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Psicoauditación - Lenna

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 08/03/2026 Gaela, Léna Dubois


Sesión 08/03/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lenna.

La entidad relata que el Gaela presentaba sus obras en una galería de arte. Un empresario las miraba y dialogaba con ella acerca de los motivos y la forma en que pintaba. Se encontraron de nuevo, eran tan distintos...

 

El ambiente en la galería de Arte de Costa Norte era un murmullo denso de copas de vino y conversaciones cruzadas. Léna Dubois, con la mirada aún fija en sus propios lienzos como si intentara descifrar un secreto que ella misma había pintado, se sentía extrañamente desubicada. Amarís se sentía a un mundo de distancia y la humedad porteña se le pegaba a la piel de una forma que no lograba comprender del todo.

 

Entonces, el flujo de gente se abrió, y apareció Constantino Olazábal.

No caminaba como alguien que está allí por compromiso, tenía la postura de quien conoce cada rincón del salón, pero su atención se detuvo, casi magnética, frente al cuadro que Léna consideraba el más personal de la colección. Era un óleo cargado de textura que jugaba con los grises y los ocres, una abstracción que ella había titulado L'Attente (La Espera).

 

Constantino se acercó, ajustándose ligeramente el saco. No dijo nada durante un largo minuto, observando la técnica con un ojo que parecía buscar más que solo estética. Léna, sintiendo el peso de su mirada, copió una copa de una mesa cercana y se acercó, rompiendo la barrera invisible que los separaba.

Léna lo observó, encontrándose con un hombre que vestía el éxito como una armadura a medida. A sus 48 años, Olazábal tenía esa seguridad de quien es dueño de una gran empresa, pero sus ojos delataban una curiosidad que el dinero no suele saciar.

-Espero que el cuadro no le esté diciendo algo que no quería saber -dijo ella, con un tono en el que la curiosidad se mezclaba con la precaución de quien no conoce el terreno.

 

Constantino giró la cabeza, esbozando una sonrisa que era mitad cortesía y mitad genuina intriga.

 

-Al contrario -respondió él, con la seguridad de quien rara vez duda-. Me está recordando que, a veces, la espera es el acto más activo de nuestra vida. Bienvenida a Ciudad del Plata, mademoiselle.

La luz de las seis de la tarde entraba oblicua por los ventanales de la galería, iluminando las texturas espesas de los óleos de Léna. Ella, con la fatiga del jet lag, todavía pesándole en los párpados, observaba a la fauna porteña mezclarse con el aroma a vino blanco y barniz fresco.

Constantino Olazábal no miraba los cuadros; miraba la forma en que ella sostenía la copa, como si analizara la estructura ósea de su mano antes que su talento.

-El uso del azul cobalto en esa pieza central... -dijo Constantino, señalando una marina abstracta-, tiene una violencia que no coincide con la calma que usted proyecta, Mademoiselle Dubois.

-El arte es el único lugar donde me permito no ser educada -respondió ella-. ¿Es usted un entusiasta o sólo un comprador, Monsieur Olazábal?

Él sonrió, una expresión mínima que rara vez llegaba a sus negocios. -Soy alguien que sabe reconocer una inversión que cambiará el paisaje. Y no hablo sólo de la pared de mi estudio.

 

Una hora después, se volvieron a encontrar en otro salón de la galería.
Constantino observaba los cuadros con la misma precisión con la que analiza un informe de riesgos. Léna, en cambio, estaba dibujando garabatos en una servilleta de tela con un carboncillo que sacó de su bolso.

-Es fascinante -dice Constantino, rompiendo el silencio-, que dediques meses a una obra sin saber si el mercado la va a validar. En mi mundo, eso se llama especulación suicida.

Léna levantó la vista, sonriendo con una pizca de ironía.

-En mi mundo, Constantino, lo que tú haces se llama miedo al vacío. Necesitas que todo tenga un precio antes de nacer para sentir que tienes el control. Pero el arte no es una transacción; es una necesidad biológica.

-Todo es una transacción, Léna. Incluso tu rebeldía -respondió él, cruzando las manos-. Si la economía de este país colapsa mañana, tu cuadro no dará de comer a nadie. El oro, las divisas, la infraestructura... eso sostiene la realidad. El arte es el decorado de la civilización, no los cimientos.

Léna le explicó que una obra de arte no es "acumulación de capital", sino un objeto que detiene el tiempo. "Tú compras el lienzo, pero no puedes comprar la mirada que lo creó".

 

Pasaron quince días y se encontraron por la tarde en la cafetería del Club Náutico.

La belleza de la joven artista brillaba ante el cielo nublado. Su rostro, con su cabello rubio recogido en un rodete, resaltaba entre el fondo de los yates.

Constantino había venido con ropa informal, mientras ella llevaba un vestido sin mangas.
Conversaron sobre distintos temas, pero siempre con frases irónicas, teñidas de humor sutil.

Luego, la joven venida de Amarís, lo invitó a su Taller en la zona sur de Capital, donde se verían al día siguiente.

 

Constantino llegó al nuevo taller de Léna, un espacio de techos altos y paredes descascaradas que ella ha llenado de lienzos a medio terminar y olor a aguarrás. Afuera, la lluvia de Ciudad del Plata golpeaba los cristales reforzados.

El empresario estaba de pie, con el saco del traje sobre una silla de madera vieja, observando un cuadro donde los rojos y negros parecen pelearse por el centro de la tela.

Constantino rompió el silencio sin apartar la vista de la obra. Su voz, usualmente firme en las juntas de directorio, sonaba extrañamente hueca.

-Sabes, Léna... paso diez horas al día analizando flujos de capital, tasas de interés y el movimiento de los mercados globales. La economía es el sistema nervioso del mundo. Si falla, la gente no come, las ciudades se detienen. Es real, es tangible. O eso me digo a mí mismo.

Léna dejó el pincel de lado y lo miró. Él se giró hacia ella, con las manos en los bolsillos.

-Pero al final del día -continuó él-, cuando cierro la oficina y el silencio de mi casa me envuelve, me siento como un contable de la nada. He acumulado números, he ganado posiciones, pero no he dejado una sola huella que no pueda ser borrada por una crisis financiera o un cambio de algoritmo. Me siento... vacío. Como si hubiera construido un rascacielos sobre arena.

Léna se acercó, limpiándose las manos manchadas de pigmento en un trapo viejo.

-La economía es una ficción que todos acordamos creer para no entrar en pánico, Constantino -dijo ella suavemente-. Pero tú no estás vacío, estás anestesiado.

-Quizás. Pero te miro a ti -él señaló el desorden del taller, las manchas en el suelo, la precariedad de su vida nómada-No tienes estabilidad. No sabes si el mes que viene alguien querrá comprar lo que sale de tu cabeza. Y, sin embargo, estás viva. Tienes una urgencia que yo no comprendo. Hay una chispa de... algo eléctrico en tu forma de moverte, como si estuvieras conectada a una fuente de energía que a mí me cortaron hace años.

Constantino se acercó un paso más, bajando la voz.

-Te envidio, Léna. Envidio que prefieras quemarte a ser de mármol. Yo muevo el mundo, pero tú... tú pareces ser la única que realmente lo habita.

 

Léna lo observó en silencio durante un momento que pareció suspenderse en el aire cargado de trementina. No había burla en sus ojos, solo una comprensión profunda, casi clínica, de la grieta que acababa de abrirse en la armadura del empresario.

Ella dejó el trapo sobre la mesa de mezclas y acortó la distancia. Sus pasos, ligeros y descalzos sobre el cemento frío del taller, contrastaban con la fijeza estatutaria de Constantino. Cuando estuvo frente a él, la diferencia de altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, pero fue ella quien tomó la iniciativa.

Léna levantó una mano -aún con rastros de azul cobalto en los nudillos-y la apoyó con suavidad sobre el pecho de Constantino, justo a un costado del nudo impecable de su corbata de seda.

-Sientes el vacío porque intentas medir el océano con una regla de treinta centímetros, Constantino -susurró ella, sintiendo el latido rítmico y acelerado del corazón del hombre bajo la tela fina-La economía es el mapa, pero esto... -presionó levemente su mano contra su pecho-esto es el territorio.

Constantino no se movió, pero sus hombros, siempre tensos como si sostuvieran el peso del índice bursátil, cedieron un poco. La calidez de la palma de Léna era un ancla extraña en medio de su tormenta interna.

-No necesitas "construir" algo que perdure para estar justificado -continuó Léna, dando un paso más, eliminando el espacio que dictaba la prudencia-. Estás vivo ahora. En este taller, con este olor a pintura y la lluvia afuera. No eres un balance de situación, eres un hombre que ha olvidado cómo respirar sin calcular el coste del aire.

Ella no retiró la mano manchada; por el contrario, dejó que el pigmento marcara levemente la camisa blanca de él, una mancha de arte sobre la perfección del capital. Fue un gesto de propiedad, pero también de refugio.

Constantino bajó la mirada hacia ella, y por primera vez en años, no estaba pensando en la próxima jugada. Simplemente estaba allí, sintiendo el peso de una mano pequeña que intentaba recordarle que su humanidad no era un activo depreciable.

Ese momento de silencio en el taller, cargado de la electricidad de lo no dicho, finalmente se rompió. Constantino, el hombre que siempre calculaba el riesgo antes de dar un paso, decidió en ese instante que algunas inversiones no se miden en rentabilidad, sino en supervivencia emocional.

Constantino se fijó la mano de Léna, que seguía presionando su pecho, marcando su camisa blanca con un rastro de azul cobalto. Era una profanación de su uniforme de negocios, pero no le importó. Al contrario, se sintió como una marca de vida.

Él no retrocedió ante la vulnerabilidad. En lugar de eso, rodeó la cintura de Léna con una mano, atrayéndola hacia él con una urgencia que no tenía nada que ver con sus protocolos habituales. La otra mano subió con lentitud hasta la nuca de la pintora, enredando sus dedos en el cabello desordenado que olía a aguarrás y a lluvia.

-Entonces enséñame a respirar, Léna -susurró él, apenas a un milímetro de sus labios-. Enséñame a habitar el territorio y a olvidar el mapa.

Y la besó.

No fue el beso contenido de un empresario que cierra un trato, sino un beso hambriento, casi desesperado, de alguien que ha pasado demasiado tiempo en un desierto de números y acaba de encontrar un oasis. Fue un beso que mezcló el sabor del vino tinto que habían compartido con la intensidad de sus discusiones intelectuales.

Léna respondió con la misma fuerza, enredando sus brazos alrededor de su cuello, sin importarle que sus manos manchadas de pintura ensuciaran el cabello cano de las sienes de Constantino. En ese choque de labios, la economía y el arte dejaron de ser teorías opuestas para convertirse en una sola pulsión física.

El pacto estaba sellado: él le daría la estructura para que su genio no se perdiera en el caos, y ella le daría el fuego para que su fortuna no fuera un mausoleo.

 

La mañana siguiente en la torre de cristal de Olazábal en zona céntrica de Capital no fue una mañana cualquiera. El aire acondicionado, siempre a dieciocho grados, se sentía más gélido que nunca para Constantino, quien aún conservaba en la memoria el calor del taller de Léna.

 

Sentado tras su escritorio de madera de ébano, Constantino observaba un informe de proyecciones financieras para el tercer trimestre. Los números, que antes le hablaban en un lenguaje claro y reconfortante, hoy le parecían simples hormigas negras sobre un desierto blanco.

Lo que realmente capturaba su atención no era el Excel en la pantalla, sino la mancha de azul cobalto que aún permanecía, rebelde, en la base de su pulgar. Se había lavado las manos tres veces, pero el pigmento de Léna era tenaz; se había filtrado en los poros, como si el arte quisiera reclamar una parte de su cuerpo.

 

A las diez de la mañana, sus analistas estaban reunidos. El tema era la adquisición de una cadena logística en crisis.

El Analista Senior dijo: -Señor Olazábal, si liquidamos los activos fijos y reestructuramos la deuda, el margen de beneficio neto subirá un 4% en dieciocho meses. Es una operación limpia, sin riesgos emocionales.

Constantino guardaba silencio, frotando inconscientemente la mancha azul en su mano.

-¿Constantino? ¿Estás de acuerdo con el cierre?

Él levantó la vista. Por primera vez en años, vio a sus analistas, no como mentes brillantes, sino como hombres de mármol, asustados de cualquier variable que no pudiera ser cuantificada.

-Es una operación eficiente, sí -dijo Constantino, su voz resonando con una profundidad nueva-, pero es una operación sin alma. Estamos comprando una estructura muerta para hacerla un poco más rentable. ¿Dónde está el valor real? ¿Qué estamos construyendo que alguien quiera recordar dentro de veinte años?

El silencio que siguió fue sepulcral. En el mundo de las finanzas de alto vuelo, la palabra "alma" era una falta de etiqueta, casi una obscenidad.

 

Al finalizar la reunión, Constantino no se quedó a socializar. Se acercó al gran ventanal trasero que daba al Puerto de Ciudad del Plata. Miró las grúas amarillas, los contenedores de colores y el río color león.

Antes habría visto logística, exportaciones y aranceles.
Ahora veía texturas, contrastes de luz y la melancolía de un paisaje que Léna seguramente querría pintar con grises y ocres.

Sacó su teléfono personal. Dudó un segundo y luego grabó un mensaje corto, algo que el "viejo" Constantino jamás habría enviado en horario laboral:

"Sigo teniendo rastros de tu azul en mis manos. He intentado quitármelo, pero creo que prefiero que se quede ahí. Nos vemos a las ocho."

Léna recibió el mensaje mientras intentaba, sin éxito, retomar el cuadro de la noche anterior. El taller estaba sumido en ese silencio pesado que sigue a una tormenta, tanto climática como emocional. El olor a café fuerte se mezclaba con el de la pintura fresca, y ella, envuelta en una bata vieja manchada de mil batallas cromáticas, buscaba el ritmo perdido.

Cuando el teléfono vibró sobre la mesa de madera, Léna lo miró con cierta desconfianza. En su mundo, las notificaciones solían ser deudas, galeristas impacientes o recordatorios de una realidad que prefería ignorar. Pero al leer el nombre de Constantino y escuchar sus palabras sobre el azul en sus manos, una sonrisa lenta y genuina le iluminó el rostro.

 

Léna se sentó en el taburete, dejando colgar sus piernas largas. Escuchó el mensaje tres veces.

"Sigo teniendo rastros de tu azul en mis manos. He intentado quitármelo, pero creo que prefiero que se quede ahí..."

No era solo un mensaje romántico; era una capitulación. Léna sabía que, para un hombre como él, admitir que algo "sucio" y "externo" como la pintura era preferible a su pulcritud habitual, equivalía a una declaración de guerra contra su propia estructura.

Léna dejó el teléfono y miró sus propias manos. Estaban manchadas de negro y ocre ahora. Pensó en la ironía: ella vivía sumergida en el color y buscaba desesperadamente un poco de la solidez de Constantino, mientras él, rodeado de acero y cristal, mendigaba un poco de su pigmento.

 

La respuesta no fue inmediata en texto, sino en acción. Léna se levantó con una energía nueva. Tomó una espátula y, en lugar de intentar corregir el cuadro anterior, atacó una tela en blanco que descansaba en el rincón.

No buscó la forma, sino la sensación. Usó ese mismo azul cobalto que él mencionaba, pero esta vez lo mezcló con un gris plomo, el color de los edificios de oficinas donde él trabajaba.

Estaba pintando la colisión. El encuentro entre la fluidez del agua y la rigidez del metal.

 

Finalmente, dos horas después, cuando la luz del mediodía entraba cenital y cruda en el taller, le respondió. No quería ser condescendiente, pero sí quería mantener el desafío intelectual que los unía.

 

"El azul te queda bien, Constantino. Te hace parecer menos una estatua y más un hombre. No te lo quites del todo; a las ocho quiero ver cuánto ha sobrevivido a tus reuniones de directorio. Trae vino, yo pongo el desorden."