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Psicoauditación - Marcela

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 03/12/2021

Sesión del 25/04/2022

 


Sesión 03/12/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcela (Unda-El)

La entidad vivió en Gaela situaciones de maltrato y humillaciones, y por esa causa somatizó distintos males físicos. A edad avanzada buscó revertir los síntomas que tenía desde décadas con un analista: Lo primero que debía hacer era aumentar su autoestima.

 

Sesión en MP3 (3.537 KB)

 

 

Entidad: Mi nombre es Unda-El, estoy en el plano 3, subnivel 3. En distintas vidas he sufrido mucho. Y no exagero. Como Unda-El he encarnado en distintos mundos.

 

Recuerdo en Gaela. Vivía en Zapata y me dijeron que vaya a Beta, que había médicos que podían tratar mis síntomas. Pero no fui, Beta es un país muy caro y no quise viajar. Finalmente me dijeron que en un país remoto del sur, en Plena, cuya calidad de vida era similar a Zapata, podían atenderme. Y por fin, ya grande, viajé a Ciudad del Plata.

 

No conocía a nadie. Pero bueno, fui al hospital Central y me atendió un médico llamado Gálvez.

-Me dijo:

-Mire, reconozco que tiene bastantes síntomas, pero muchos son psicosomáticos. -Le pedí que, por favor, me explique-. Entiendo que ha pasado por mucho pero no es a mí a quien tiene que contármelo si no a un profesional con el que pueda abrirse y comentar sus problemas.

Me sentí como molesta. Le dije:

-Yo no preciso psiquiatra.

-No -me dijo el doctor Gálvez-, no estoy hablando de psiquiatra, estoy hablando de un analista, un analista muy conocido, llamado Octavio. -Me pasó la dirección del Instituto.

 

Cuando llegué al Instituto me asusté, tremendo edificio de más de treinta pisos, un vestíbulo de entrada enorme, también había médicos y gente muy bien vestida, elegante. Había un hombre grande, de barba, conversando con un joven. Me acerqué a ellos:

-Buenos días, mi nombre es Sara, soy oriunda de Zapata, y lo fui a ver al doctor Gálvez por un montón de síntomas y me recomendó que viniera aquí, a este Instituto, a ver al analista Octavio.

El señor tenía lentes, barba blanca y de muy buena presencia. Me dio la mano:

-Encantado, señora Sara, yo soy el analista Octavio.

Lo miré al joven:

-¿El joven es su hijo?

-No. El joven es un mecenas, él se llama Jorge Clayton, y ayudó a inaugurar este edificio hace dos años atrás.

Me quedé helada, no sabía qué decir. No quise hacer hincapié y no dije más nada. Sólo:

-Bueno, felicitaciones. Nada más quería saber a cuánto sale su consulta. Me siento más cómoda hablando directamente con usted, analista Octavio, no sabía a qué mesa de entrada dirigirme, hay como veinte mesas de entrada para atención al público.

Habló el joven:

-Señora Sara, no se preocupe, el analista Octavio la va a atender sin cargo.

-¿Cómo?

-Está diciendo que viene de Zapata y que la envió Gálvez. El doctor Gálvez es muy amigo mío -dijo el joven Clayton.

-¿Cuándo podría venir?

-¿Tiene tiempo ahora? -preguntó Octavio.

-¡Sí, totalmente! -El joven se despidió.

 

Subí por un elevador al piso doce. Un consultorio pequeño, pero todo con vidrio transparente, entraba el sol por la ventana.

-Póngase cómoda -Me senté en un sillón mullido-, tranquila. ¿Qué le comentó Gálvez?, por favor.

-Bueno...

-Tranquila, tranquila, no hay apuro. -Me encogí de hombros.

-Yo tengo múltiples enfermedades, pero dijo que muchos de mis síntomas son psicosomáticos. Pero no entiendo...

-Claro. El doctor Gálvez dijo que a veces la persona sufre por distintas razones y hay síntomas que surgen. Cuénteme de su vida.

-¡Uf! Soy una persona grande, ya tengo sesenta y cinco años y es la primera vez que viajo a Ciudad del plata, en Plena. Para mí es todo un descubrimiento, estoy lejos de la gente que conozco, de mi entorno familiar, y eso también me crea mucha angustia.

-Pero coménteme, coménteme, por favor.

-Vivo en constante depresión, fueron muchos años de abuso.

-Explíquese, por favor -pidió Octavio.

-Mi esposo me maltrataba. Me maltrataba de hecho, me maltrataba de palabra.

-Siga, por favor. Quédese cómoda, yo soy analista. Yo no prejuzgo, simplemente escucho y la puedo orientar.

-¡Ah! -Suspiré y me recosté más en el sillón mullido-. Lo que pasa que me da como cierto pudor comentar mi vida.

-Pero Sara, para eso estoy.

-Cuando digo maltrato de palabra hablo de desprecios, de insultos, de ignorarme, de hacerme sentir poca cosa, como que yo no valía nada, como que yo no era útil, como que yo no servía, como que... como que era una cosa, un objeto. Dejé hace mucho tiempo de sentirme una mujer. Y también el maltrato de hecho. Y luego vinieron los síntomas, siempre malestares estomacales. Una vez en Zapata había un gastroenterólogo, no me encontró nada, pero yo tenía una gastritis recurrente y se lo decía al gastroenterólogo. Me hicieron análisis, endoscopia. Un gastroenterólogo, una vez en el distrito principal de Zapata, dijo: "Seguramente es por nervios", pero me hizo una receta: "Usted lo que tiene es esofagitis". Y me dio unas pastillas. Me aliviaron, pero el problema era que yo no quería que me aliviaran un síntoma, yo quería que me curaran la causa.

El analista Octavio me miró y me dijo:

-A ver, Sara, de cuándo hablamos de maltratos, de hacerla sentir poca cosa.

-¡Je, je! De hace cuarenta años o más.

-¿Y nunca vio en Zapata a un analista?

-No, ¿por qué habría de verlo?, mis problemas eran de salud, no eran un problema mental.

-Pero, Sara, ¿usted piensa que yo atiendo problemas mentales? No. Atiendo problemas relacionados con la angustia, la depresión, la ansiedad, la baja estima, el sentirse mal. Atiendo personas que de repente tienen un nudo en la garganta y no pueden tragar la comida o personas que se les hace un nudo en el estómago y no puede digerir el alimento, personas que apenas pueden caminar, se desestabilizan. Y los médicos no les encuentran nada, porque está todo acá. -Y se tocó la frente-, y acá, -y se tocó el pecho, del lado del corazón.

Lo miré al analista Octavio y le digo:

-Me agrada como atiende, pero sea más claro, más específico. ¿Qué es acá?

-La frente.

-¿Qué es acá?

-El corazón. Que toda esa constante depresión causada por abusos a través de tanto tiempo lo hizo carne. La depresión es mental, la angustia es mental, la ansiedad es mental. Física también, porque el aparato nervioso es físico. ¿Le recetó algo el doctor Gálvez?

-Me dijo de tomar un ansiolítico, pero me dijo que primero lo vea a usted.

-Está bien. ¿Qué ansiolítico le dio? -Le mostré la receta-. Está bien. Yo no soy médico, soy analista, pero eso que le dio está bien. Nunca tome cosas por su cuenta si no se lo receta un médico, como en el caso de Gálvez, que es un excelente profesional médico.

-¿Eso es todo?

-No, Sara, no es todo, ahora vamos a su tema. Es obvio que cualquier mujer puede tener angustia por malos tratos, por abusos de hecho, de palabra, por desprecios, pero depende de la persona que eso no le afecte la parte física.

-Analista Octavio, deme la fórmula mágica. Disculpe, disculpe, no quise faltarle al respeto.

-No, Sara, por favor, aquí tiene que hablar tranquila, confiada, y no se preocupe en decir lo que siente. Suéltese, relájese.

-Pero no lo quise ofender cuando dije lo de la fórmula mágica.

-No, Sara, no, no, no, está todo bien, está todo bien. Es cierto que no hay fórmulas mágicas, se trata de que usted se sienta importante de la misma manera que no se ha sentido cuando la despreciaban, de la misma manera que no se ha sentido cuando la maltrataban o cuando la ignoraban o cuando decían que era poca cosa. Usted no es poca cosa, usted se animó a viajar sola desde Zapata, usted es una persona de sesenta y cinco años, no todas se atreven. Estamos en los años setenta, y en los años setenta no toda mujer viaja sola. Usted es valiosa. ¿Ha trabajado?

-Sé hacer muchas cosas. Puedo ser una buena emprendedora, sé trabajar con telas, puedo preparar infinidad de platos de comida, también puedo trabajar con ropa en la parte de modista. Me considero una persona que sé hacer cosas.

-Y entonces, explíqueme, estimada Sara, ¿cómo puede sentirse menos una persona que trabaja con ropa, que sabe hacer exquisitos platos porque un hombre la haya despreciado, la haya maltratado?

-Señor Octavio... Perdón, analista Octavio.

-No pida perdón. ¿De qué se siente culpable para pedir perdón?

-Bueno, es algo que me sale instintivamente.

-No, no pida perdón, y no pida disculpas.

-Es una costumbre.

-Quítesela, estimada Sara, quítesela, porque alguien la trató mal, porque la hicieron sentir menos. No se lo crea, usted no es menos que nadie. ¿Tiene hijos?

-Sí.

-¿La quieren?

-Me aman.

-¿Se da cuenta? Es una excelente mamá.

-Pero no puedo olvidarme de todos esos años que me causan tanta depresión y tengo como un calor en el estómago.

-¿Algo más le dio Gálvez?

-Sí. Aparte del ansiolítico me dio algo para el estómago, pero me dijo que primero hable con usted.

-¿Qué le dio? -Le pasé la receta-. Eso está bien, es para la gastritis. Pero quiero que sepa una cosa, ya sea el ansiolítico o la medicación para la gastritis van a hacer un efecto medio mientras su persona no se dé cuenta de lo importante que es para consigo misma y para su entorno. Entiendo lo que me contó, años de malos tratos, años de abusos; esa gastritis recurrente vino por eso.

-¿Usted me dice, señor Octavio, que me los provoqué yo?

-A ver. No a propósito, por supuesto que no, pero fue tanto su dolor, su baja estima, el sentirse mal, ignorada, odiada, maltratada que sin darse cuenta le vinieron todos esos síntomas.

-¿Y usted piensa, señor Octavio, que sintiéndome mejor se me van a ir?

-No no no, yo no la voy a engañar, yo no le voy a mentir, todo lleva un proceso de tiempo.

-¿Cómo?

-Claro. Usted tiene que aceptar que es una persona querida como madre, que es una persona querida incluso por amistades y que entonces es una persona valiosa y única.

-¿Única? Je, je, je, yo me siento poquita cosa.

-No, nadie es poquita cosa, nadie, Sara, todos somos únicos de alguna manera.

-Señor Octavio, eso es un consuelo nada más, pero eso le cabe a todas las personas.

-Seguramente que sí, seguramente, Sara. Pero usted no es poca cosa, usted es una persona valiosa. A medida que usted vaya aceptando eso los síntomas van a ir desapareciendo. Obviamente va a tener que seguir tomando provisoriamente esa medicación, porque tampoco tiene que tomarlo para siempre, porque un ansiolítico crea dependencia. Y la gastritis, de a poco, a medida que esa ansiedad se le vaya, va a ir desapareciendo.

-¿Así como así?

-No, estimada Sara, así como así, no. Como dije antes todo lleva un proceso, un proceso que necesita de su aceptación como ser humano.

-Quisiera volver a verlo pero me da vergüenza no abonarle la consulta.

-Quédese tranquila. Ese joven que vio en planta baja es un joven de fortuna que ayuda a personas que no pueden abonar una consulta. Le dejo mi tarjeta. También tiene mi número de teléfono. Puede llamarme cuando quiera. Y si necesita otra conversación la podemos tener. Pero acuérdese de esto, necesita primero, antes que nada, de su aceptación como ser humano, porque usted no es un objeto, usted no es una cosa, usted es una mujer con todas las palabras de la ley, y por sobre todas las cosas, madre. Tiene que sentir orgullo por usted misma, sano orgullo.

 

El analista Octavio me hizo sentir bien. Bajé en el elevador confortada.

Ya sé que era grande, con sesenta y cinco años, pero para mí era un nuevo comienzo. Porque hay una cosa que es importante: no hay edad para un nuevo comienzo.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 25/04/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcela (Unda-El)

Difícil sesión de Psicointegración del terapeuta Octavio, en la que tiene que modificar los puntos de vista de una persona afectada por una baja estima y que se siente culpable de los males que le aquejan, producidos por su hijo.

 

Sesión en MP3 (3.167 KB)

 

 

Entidad: Mi nombre como thetán es Unda-El, y voy a repasar las vivencias de Sara, en Gaela.

 

He vivido, como dije en relatos anteriores, situación de maltratos, humillaciones, y somaticé distintos males físicos.

Recuerdo que visité a un analista, lo primero que tenía que hacer era aumentar mi autoestima. Como thetán estoy en el plano 3 subnivel 3.

 

Me gustaba Zapata, donde yo vivía, pero me dijeron que vaya a Beta que había médicos que podían tratar mis síntomas. Pero ¡je, je! Beta, el país del norte, carísimo, carísimo. Entonces me dijeron que vaya muy muy al sur, cuya calidad de vida era muy parecida a Zapata. Y viajé a Ciudad del Plata, la capital de Plena.

 

Recuerdo que fui al hospital Central y me atendió un médico llamado Gálvez. No me gustó, me dijo que mis problemas no eran físicos, que eran psicosomáticos.

-A ver, ¿qué es psicosomáticos?

-Señora Sara, pasó por muchos problemas, pero hay cosas que se provoca sola por su baja estima, por su angustia, por sus nervios, entonces tiene que ir a un psicoanalista.

Le dije:

-¿Usted me está mandando a un loquero?

-No, no no no no, un analista. Es un señor llamado Octavio, que es muy bueno. -En resumen, Octavio me atendió muy muy muy bien. Es más, yo creo que salí reconfortada.

 

Pero después tuve que volver.

-Señora Sara, ¿otra vez por aquí? Me acuerdo que se había ido bien de la consulta.

-Nunca me voy a ir bien, nunca, nunca, nunca. Reconozco que usted, Octavio, me hizo sentir bien, cuando me fui de su consulta me fui muy reconfortada.

 

Yo era una persona grande de sesenta y cinco años, pero para mí era un nuevo comienzo, porque no hay edad para un nuevo comienzo.

Recuerdo que me dijo "Acuérdese que necesita, antes que nada, su aceptación como ser humano porque usted no es un objeto, usted no es una cosa, usted es una mujer, y por sobre todas las cosas madre"

 

Cuando volví le repetí lo que me dijo:

-Analista Octavio, usted me hizo sentir bien, me dijo por sobre todas las cosas madre.

-Bueno, ¿entonces?

-Entonces... mi hijo Gualdino...

-No me había contado de Gualdino.

-Él está en Zapata. Él hace tareas de limpieza, es esmerado, atento.

-¿Entonces?

-Entonces cuando toma falta al trabajo y lo amonestan. Entonces por una semana se porta bien, limpia mejor que otros, está en maestranza muy bien conceptuado, pero vuelve a tomar y vuelve a faltar hasta que a la tercera vez lo despiden. Y claro, llega a la casa de mal humor y es insoportable. ¿Usted cree en Dios, licenciado Octavio?

-Claro que creo. No soy fanático de la Orden del Rombo pero creo.

-Bueno, ¿sabe lo que yo pienso? Yo pienso que mi hijo Gualdino es un castigo de Dios para mí.

-Me tomo la licencia de no estar de acuerdo.

-Y yo me tomo la licencia de no permitirle que no esté de acuerdo, porque usted no conoce a Gualdino.

-No, pero la conozco a usted.

-No entiendo donde quiere ir a parar. No entiendo, don Octavio, qué quiere decir.

-A ver, ¿es el único hijo?

-No, no, no. Tengo otro hijo, que se llama Marcelo. Es un amor; obediente, educado quizás un poco retraído, con baja estima pero me trata de consolar. ¿Pero cómo te pueden consolar en un infierno? Gualdino llega y tiene malos tratos verbales, mal humor, aparte no soporto su mal aliento cuando está alcoholizado. A veces lo enfrento y le digo "¡Ya perdiste otro trabajo!": "Es mi problema". Entonces aprendí a callarme la boca porque insulta, agrede, molesta. Es un infierno.

-Sara, mire, la vez pasada fue de maravilla, ¿y sabe por qué?, porque se trataba de su persona.

-Me comentó que tenía múltiples enfermedades, me comentó que muchos de mis síntomas son psicosomáticos, que a veces uno sufre por distintas razones. Y bueno, le comenté que vivo en constante depresión, que tuve años de abuso, que mi esposo me maltrataba de hecho. Y me dio orientación, orientación que me molestó porque le digo: ¿Cómo olvido que me haya maltratado de palabra, desprecios, insultos hasta llegar a ignorarme, hasta hacerme sentir una basura? Como que yo no valía nada, como que no era útil para nada, como que yo no servía, era un objeto que se usaba y se tiraba. Recuerdo que dejé de sentirme mujer. Y después los malestares estomacales, pero el gastroenterólogo no me encontraba nada. Recuerdo que en Zapata me dijeron: "No, no le haga caso, señora, es por nervios". No me encontró nada, y eso que me hicieron una buena endoscopia. "Es una simple esofagitis, no le haga caso". Y me dio unas pastillas.

Pero como le dije, don Octavio, la vez pasada, yo no quería que me aliviaran el síntoma, yo quería que me curaran la causa.

-Pero yo la atendí, la recomendé. Le hablé de la angustia, la depresión, la ansiedad, el sentirse mal, el tener baja estima. Le dije que a veces hay enfermedades psicosomáticas que hasta enferman a la persona al punto tal que no pueden ni levantarse de la cama ni caminar.

-Sí, sí. Y eso me pasa.

-Pero Sara, en aquella oportunidad le dije que la depresión era mental, que la angustia era mental, que la ansiedad era mental.

-Está bien. Pero ahora, ahora, en este momento, con Gualdino, con mi hijo mayor, volvieron los malos tratos, volvieron los desprecios, volvieron los abusos verbales, el hacerme sentir una basura como madre.

-¿Me permite hacerla razonar, Sara?

-¡Je! ¿Qué otra cosa me queda?

-No, en serio, tómeme en serio.

-Lo estoy tomando en serio, analista, o don, no sé cómo llamarlo.

-¡Je! Dígame directamente Octavio, Sara. Es obvio que todos pueden tener angustia por malos tratos, por abusos de hecho, de palabra, pero depende de que el temple de la persona que le afecte en la parte física.

-Octavio, no me hable en difícil, no me hable de idioma raro médico.

-Esto no es idioma médico. A lo que quiero decir es que no se permita a sí misma enfermarse por cosas de terceros.

-Don Octavio, para usted es fácil, porque yo puedo hacer un trabajo interno, como me dijo la vez pasada, sentirme mejor mujer, sentirme mejor madre, pero cuando tienes contigo a una persona que vive permanentemente alcoholizada, de mal humor, con malos tratos, ¿cómo haces?

-Bueno, volvamos a lo de antes, lo de mala madre: No lo es.

-A ver, ¿por qué, don Octavio, no lo soy?

-Con su otro hijo, Marcelo...

-Sí, me llevo mejor.

-Bien. ¿Le causa problemas?

-No, en general no. Me incomoda a veces que sea tan retraído y que le cueste tener amigos y que sea obsesivo compulsivo. Él no tuvo una buena niñez y entonces es como que le quedaron como traumas.

-Pero en general, Sara, ¿es un buen hijo?

-Sí.

-Y Gualdino, ¿no?

-No.

-Si usted fuera una mala madre, aunque tuviera diez hijos todos le saldrían malos.

-No entiendo.

-Claro. Si usted tiene mala crianza, los maltrató, todos le van a salir rebeldes. Pero usted no los maltrató.

-¡Pero claro que no!

-Usted los trató a los dos por igual.

-Absolutamente.

-Entonces no es su problema, es él el que salió torcido.

-¿Y qué hago?

-Yo sé que a veces, con una situación económica, uno no puede hacer lo que quiere, pero si usted quiere estar bien debería tomar distancia.

-En este momento tengo unas ganas de toser tremenda.

-Tosa. Espere, que le traigo un vaso de agua.

-Me estoy ahogando, quizá por angustia.

-Sírvase.

-Estoy un poco más relajada. ¿Pero cómo hago con Gualdino?

-Mire, a veces se puede y a veces no se puede. No es que uno directamente dice "Aquí molestas, vete de esta casa, no te aceptamos". Y yo sé que convivir con una persona así es muy difícil.

-¿Por qué, tiene personas así en su familia?

Octavio dijo:

-No estoy hablando de mí, estoy hablando en general. Es muy difícil. Y yo entiendo que a veces estando templado, que significa ser fuerte por dentro y tener esa fortaleza, cuando vives ese tipo de situaciones donde la persona viene alcoholizada, descompuesta y lo echaron de un trabajo y del otro y del otro, y no consigue trabajo porque su mismo aspecto da rechazo, obvio que se va a sentir depresiva, con angustia y se va a tirar en la cama. Pero tampoco es vida para usted eso, y uno tiene que pensar en su propia supervivencia.

-¿Y qué hago?

-A ver, ¿usted se buscó esta vida?

-No.

-¿Gualdino se buscó esa vida?

-No tengo dudas de que sí porque mil veces le aconsejé. Y nunca me dio importancia, nunca me prestó atención, hace lo que quiere, como quiere, donde quiere y después lo echan y se lamenta. Es más, nos acusa de que en la casa le hacemos la vida imposible, que en la casa le hacemos la vida un infierno porque le recriminamos. ¿Y cómo no le vamos a recriminar? Y cuando yo le digo que él es el culpable que me hace descomponer, se ríe, "Ahora no hagas rol de víctima conmigo, no te hagas la enferma conmigo, lo tuyo es teatro".

-¿Así le dice, Sara?

-Así me dice.

-Bueno. A ver, usted la vez pasada conoció de pasada a un joven llamado Jorge Clayton.

-Sí, me acuerdo. Muy formal, muy elegante.

-Bueno, él dice una frase: "A veces no podemos convivir con las personas equivocadas". Pero no siempre podemos alejarnos de esa persona porque tenemos una casa pequeña, porque no tenemos dinero para comprar otro lugar o para rentar otro lugar. Pero mi orientación, y el joven Clayton estaría de acuerdo conmigo, es que busque la manera, busque los medios que sea. Pero por todas las cosas, busque los medios que sea de que se aleje de ustedes, porque él, y discúlpeme, Sara, mi grosería, él es un cáncer.

-No hable así de mi hijo, en el fondo él es una víctima.

-No, no me venga con eso, Sara; no es una víctima, es un alcohólico. Las víctimas son los demás, los que conviven con él. ¿Se da cuenta cómo cambia cuando uno como terapeuta pone las cosas como son, pone las cartas sobre la mesa mostrando como es su Gualdino? Usted, "¡Ay! No, pero en realidad no es tan malo". Entonces si no es tan malo, ¿por qué está en cama?, ¿por qué no se puede ni levantar?, ¿por qué no tiene fuerzas?, ¿por qué dice que es una mala madre?, ¿por qué dice que es un castigo de Dios?... ¿Por qué se contradice?

-Don Octavio, yo no vine para que me rete.

-No, no la estoy retando, es mi manera de hablar, es mi manera de hablar. Usted vino a mi consulta y me dice: "Le agradezco todo lo que hizo la vez pasada por mí, me hizo sentir más mujer. Pero ahora, el tema de mi hijo, parezco que soy una mala madre y que soy un castigo del infierno". Pero cuando yo le digo las cosas como son, que él no es una buena persona, es una mala persona porque él sabe el daño que hace, ¿o piensa que no lo sabe? Claro que lo sabe y no le importa, no le importa. Y más que dice que usted hace teatro, que es mentira, que está enferma, que se hace la víctima para hacerlo sentir mal a él. ¿Pero usted es alcohólica?

-¡Pero qué me dice, don Octavio, por supuesto que no! ¡Él es el alcohólico!

-¡Ah! Entonces vamos a lo que yo digo: no pueden convivir juntos. Porque, y discúlpeme mi palabra, ¿eh?, discúlpeme, pero la va a terminar matando.

-No, no sea tan estricto y tan directo.

-¿Le miento? No, va a estar todo bien. Gualdino va a mejorar, usted va a salir a la calle a divertirse a un parque. No, no, no le voy a mentir, la va a terminar matando y no le va a importar nada. Lo lamento por su otro hijo más chico, por Marcelo. Pero Sara, entiéndame, no pueden estar juntos con Gualdino. No sé cómo hará, yo no estoy en su lugar, yo soy un terapeuta que lo único que hago es aconsejarla. Pero más no puedo hacer, más que decirle.

-¿Y cómo hago para que se aleje?

-No sé, busque los medios, consulte gente. Si tiene conocidos que sepan de leyes explíqueles que es una persona tóxica.

-¿Qué significa tóxica?

-Es una persona que carga un veneno psicológico y que se lo contagia a usted. Y sí, la va a terminar matando. Pero consulte con personas que sepan de leyes y plantéeles el problema, porque de verdad que así no puede seguir. Y usted no puede tomar pastillas ansiolíticas, ansiolíticas para la cabeza, por culpa de su hijo. No.

-¿Por qué? Pero yo en este momento tengo algunas enfermedades.

-Muchas pueden ser genéticas pero muchas fueron provocadas por su hijo. Lamento decírselo. Pero mi trabajo no es mentirle a la persona, mi trabajo no es adornar las cosas de la persona; mi trabajo es ser directo.

-Pero ser directo no es un buen psicólogo porque después yo me voy mal de acá.

-Señora Sara, yo no quiero que se vaya mal, pero si yo le adorno las cosas y usted se va bien, después cuando vuelva a Zapata y se encuentre con Gualdino va a decir "Viajé a Plena para que me mientan". No, no, no. Consulte, hable, pero sáquese de encima ese cáncer.

-¿Pero no hay manera de que él...

Octavio interrumpió:

-No, no hay manera. Él no le interesa curarse porque en realidad su hijo piensa que no tiene nada.

-¡Ah! Que tome un par de copas no es nada.

-¿Entonces por qué le despiden del trabajo si un par de copas no es nada? ¿Por qué viene de mal humor?, ¿por qué la trata mal? Entonces el problema es usted que no quiere reconocer. Porque cuando me viene a la consulta y me dice "Mi hijo es un castigo de Dios"... No, no es un castigo de Dios, el castigo de Dios es que usted sea permisiva con él. Y si usted no tiene la manera física de que él se aleje busque la manera, consulte con gente a nivel legal. Pero si no lo hace después no queje.

 

Esta vez no me fui bien de la consulta del licenciado Octavio, honestamente esta vez no me fui bien. Pero lo único que puedo decir es que todo lo que me dijo era cierto. No puedo reprocharle nada, nada, nada a Octavio, porque me dio a entender que el problema no era yo, me dio a entender que el problema no era que yo era mala madre, me dio a entender que él era un mal hijo y no por falla mía. A él directamente le gustaba esa vida, le importaba nada todo lo demás. Y bueno, entonces tenía razón en que era un cáncer para los demás, porque enfermaba a todos los demás de la casa. Y punto.