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Psicoauditación - Marcelo

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 12/07/2021 Ran II, Mirel

Sesión del 14/08/2021 Gaela, Alfred Danish

Sesión del 17/08/2021 Gaela, Alfred Danish


Sesión 12/07/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcelo (Soral-El)

La entidad relata que en una vida, en Ran II, sufría por causa de que su elección afectivo-sexual no era la comúnmente aceptada, y aparte, su imagen física no le ayudaba en nada en cuanto a relacionarse. Una amistad le sugirió visitar a un conocido asesor espiritual. Salió con mucho trabajo por delante, tenía que aprender a quererse, a aceptarse.

 

Sesión en MP3 (3.559 KB)

 

Entidad: A veces repetimos situaciones y queremos poner esa fuerza de voluntad para modificar circunstancias. Algunas son externas, otras son, ¡uf!, provocadas por nosotros mismos aunque no queramos. Es como que estuviéramos hechos de determinada manera y no pudiéramos modificar nuestro propio ser.

 

Ya había cumplido treinta y dos años, mi nombre es Mirel, Mirel Ocayo.

Siempre me costó tener relaciones, ya sea de pareja, ya sea de amistad. ¿Y si tenía complejos? ¡Ja, ja, ja! ¡Uf!, los podría contar de a cientos. Me miraba al espejo y sentía que estaba un poco obeso. Hacía lo imposible por verme mejor, pero me sentía cien por ciento inseguro.

Mamá era una persona que siempre me consintió en todo: "Dejen al nene tranquilo". "Cuidado con el nene". El nene, el nene, el nene. Ya había cumplido dieciséis años y seguía siendo el nene, el nene, el nene. Me sobreprotegió. Y obviamente, eso no me fortaleció, eso me debilitó, me debilitó mucho.

Con ella no podía hacer rol de víctima:

-Mamá, no sabéis lo que me pasa.

-¡Ay! Mirel, Mirel, Mirel, siempre quejándote, siempre quejándote. ¿Por qué no te fijas en tu madre? Mira lo enferma que estoy, apenas puedo moverme.

-Pero madre, simplemente te estoy diciendo como...

-No, no me digas nada. ¡Qué egoísta que eres!, siempre piensas en ti.

-Pero madre, yo no estoy...

-¡No! -Y no me dejaba hablar. No me dejaba hablar, era todo ella, ella, ella.

Sí, me quería, a su manera, casi tanto como se quería ella misma.

 

Papá... ¡Je, je, je! Papá era una figura ausente, de la cual no, no, no voy a hablar.

 

Tenía una amiga, Bety. Tenía muy poca visión, usaba unos lentes gruesísimos.

Le decía:

-Bety, pero en las clínicas en este momento te operan en un instante.

Pero ella tenía miedo:

-Me van a dejar ciega.

 

Era una chica poco atractiva pero tan dulce, tan... tan dada, y sin embargo era casi tan insegura como yo. Prefería usar unos lentes tipo telescopio a operarse, que le dejaban los ojos como nuevos. Apenas veía.

Una vez me dijo:

-Mirel, hay un profesor que no... no cobra tanto.

-¿Para qué?

-Es una especie de asesor espiritual. Te convendría ir a verlo.

-¿Pero por qué, Bety?

-¡Vamos, Mirel! -Era mi única amiga, era la única que conocía casi todas mis debilidades. Aclaro que con ella nunca nada ¿eh?, porque nos llevábamos como hermanos. Pero ni ella me atraía ni yo la atraía.

-¿Y quién ese profesor?

-Raúl Iruti se llama. Mirel.

-¿De dónde es? Porque al único Iruti que conozco es al genetista.

-Es este.

-Pero Bety, ¿te estás burlando?

-No, Mirel, no, es un asesor espiritual muy bueno.

-¡Debe cobrar carísimo!

-Para nada, para nada. He enviado a dos amigos, una amiga...

-¿Y?

-Y bueno... No sé. No es que me cuentan, me dicen que les fue bien pero no me dan detalles. -Bety me pasó su número de holocelular y llamé, me dio turno para dentro de dos días.

 

Cuando fui me encontré con una persona de edad media, atento, seguro de sí mismo.

-Hola, ¿cómo estás?, tú eres Mirel Ocayo.

-Sí, profesor.

-Adelante, toma asiento. Cuéntame.

-No sé por dónde empezar.

-Por el comienzo, por donde tú quieras.

-Bueno. Mire, mi aspecto obeso, inseguro de mí mismo.

-¿Qué cosas te gustaría cambiar?

-Primero mi aspecto físico.

-Bueno, tú sabes que eso no se hace de un día para el otro, tienes que hacer dieta, ejercicios y sobre todo tener paciencia y voluntad porque no es que de un día para el otro modifiques tu aspecto, eso lleva tiempo. Por momentos podrás caer en la desesperación y comer, y otra vez engordar. Todo cuesta.

-No es eso solamente, profesor.

-¿Qué otras cosas te gustaría modificar?

-¡Uf! Nunca tuve suerte con las mujeres.

-¿Has salido con alguna joven?

-Sí, pero a veces me sentía tan inseguro que no podía.... que no podía concretar la... la intimidad.

-Bueno, no eres al único que le pasa, hay muchos varones que les pasa eso. No significa que sea algo normal pero a veces los nervios juegan un papel en contra de la relación. Y en una relación uno se tiene que dejar fluir. ¿Qué más?

-Siento dudas en cuanto a... ¡Uf!

-Explícate, explícate, lo que cuentes no sale de aquí.

-En cuanto a mi sexualidad.

-A ver, ¿por qué dices eso?

-Bueno, a veces me sentía como más seguro si algún joven me... ¡je, je! me buscaba. Yo sé que eso es censurable, ¿no?

-¿Por qué dices eso, Mirel?

-¿Para usted no es censurable?

-Mira, tu elección sexual, tu elección en cuanto a qué género te atrae es ejercer tu libre albedrío, no veo que eso sea algo condenable.

-¿Y entonces por qué después me siento mal? Como que... como que no quiero, como que deseo que me atraiga una chica.

-¿Y entonces?

-Y entonces no sé...

-A ver, Mirel. Levanta la vista, mírame. -Lo miré al profesor-. No hay un no sé, hay una... una manera de disfrutar. ¿Cómo disfrutas más? -Me encogí de hombros.

-No sabría explicarlo. Quizá disfruto con algún joven que se me cruza, y después es como que siento como culpa.

-¿Por qué?

-Porque siento que no... siento que no corresponde, como que no es para mí eso.

-A ver, Mirel, ¿lo dices por ti o por lo que pensarán los demás de ti? Porque se trata de tu propia aprobación.

-¡Je, je! Disculpe que me ría, ¿pero de qué aprobación hablamos? Me miro al espejo y veo que mi figura es cero atractiva.

-No no no, me refiero a... a las dudas en cuanto a tu sexualidad. Si depende de ti es una cosa, si depende de la aprobación de los demás es otra.

-Pero profesor, vivimos en una sociedad donde hay empleos, hay estudios donde... donde te discriminan si tú tienes una elección sexual distinta a la normalidad.

-Te comento, Mirel. ¿Qué es la normalidad?, ¿has estado alguna vez enamorado o has sentido algo por alguien?

-Cuando tenía dieciséis años mi madre todavía me decía el nene y salí durante un tiempo con una niña de quince, no pasaron de besos pero me sentía muy atraído. Y cuando cumplí dieciocho me relacioné con un joven al que yo admiraba, y tenía como un sentimiento muy muy profundo. Y me daba... me daba como impotencia.

-¿Por qué?

-Profesor, ¿cómo por qué?

-Sí, ¿por qué, Mirel?

-Porque era un varón, y uno tiene que tener amor por... por el otro sexo, por el otro género.

-¿Por qué?

-Porque es lo... es lo que dice la sociedad.

-¿Tú no tienes hermanos?

-No.

-¿Pero conoces amigos o por lo menos conocidos que sí los tienen?

-Sí, obvio.

-Y se aman.

-Bueno son hermanos... Pero es distinto. Este joven no era hermano, este joven era un... un más que amigo, y yo tenía como una especie de sentimiento.

-¿Y qué pasó?

-Yo lo fui alejando.

-¿Por qué?

-Porque sentía como que él venía para una satisfacción personal y después se iba. No sentía él nada y entonces yo me sentía como un objeto que era usado y luego la persona se marchaba. Yo quería que correspondiera a mi sentimiento y no correspondía a mi sentimiento, y eso me hacía sufrir.

-Entiendo. A ver. Mira, la obesidad es un detalle físico.

-Sí, como muchos otros. Yo lo veo como un defecto.

-No es un defecto.

-Entonces una enfermedad.

-Está bien, aceptémoslo así. Pero es tratable.

-Sí me lo dijo: dieta, ejercicio, voluntad, paciencia...

-Bueno, si lo sabes pon manos a la obra.

-Pero profesor...

-Espera, espera. Hagamos una hipótesis. Supón que pasan varios meses y tú te esfuerzas y cambias esa actitud en cuanto a la inseguridad, porque te miras al espejo y te ves más delgado, te ves mejor. ¿Hasta ahí me sigues?

-Sí, profesor, pero lo que me está diciendo es algo que puede pasar o algo que no.

-Mirel, ¿por qué no habría de pasar? Si tú te empeñas en hacerlo, ¿qué te lo impediría?, ¿qué te impediría que te vayas sintiendo mejor?

-Porque no tengo incentivo.

-¡Ahí está la cosa!

-No entiendo, profesor.

-Claro. Tú empiezas a hacer dieta, empiezas a hacer ejercicio de a poco, de a poco. Tú vas a ver que en diez, veinte días vas a tener una pequeña mejoría. No pienses en grande al comienzo pero vas a tener una pequeña mejoría, y vas a decir: "¡Vaya, he bajado un par de kilos!".

-¿Qué es un par de kilos? Nada.

-No, pero quizá en dos meses sean cinco, en tres meses podrían ser ocho kilos.

-Pero me voy a debilitar.

-Mirel, yo no digo que no comas, digo que comas alimentos más saludables, que aporten vitaminas y que aporten menos calorías. ¿Hasta ahí me entiendes?

-Sí.

-Bien. Ahora mira a ese Mirel Ocayo del futuro de aquí a seis meses, ¿seguirías estando cien por ciento inseguro?

-No, si me veo con mejor aspecto no. Pero mi timidez no es solamente por mi aspecto, es como que de repente si tuviera una intimidad con una joven me sentiría como que...

-Continúa.

-Me da como pudor.

-Acordamos en que soy un profesional, queda entre nosotros.

-Bueno, como que no la conformo. Y eso quizá no me pasa con un joven.

-Entonces es como que para ti, para ti, sientes como que te cuesta más complacer a una mujer que a un varón. -Me encogí de hombros.

-Sí, pero la diferencia es que me incomoda estar con un varón.

-Nadie te obliga.

-¿Y el sentimiento que alguna vez tuve?

-No tienes que dar explicaciones por tus sentimientos. Y los sentimientos son independientes del género; puedes tener un sentimiento por una mujer, puedes tener un sentimiento por un varón. Está en ti, porque el sentimiento es tuyo y el sentimiento es puro. Sentir amor, sentir compasión, sentir afecto, sentir piedad, ¿cómo podría avergonzarte? Es lo más puro que hay.

-¡Sí, je, je!, ¿Y el deseo?

-¿Y el deseo?... Eres un ser humano, cómo no vas a tener deseos.

-¿Y mis complejos?, porque siento que no puedo complacer a la otra persona.

-Mirel, pero en una relación no estás jugando una competencia contra nadie.

-Yo creo que sí, contra mí mismo.

-Ni siquiera. Déjate llevar, déjate llevar.

-¿Y si me dejo llevar es como que todas las personas me aceptarán íntimamente?

-No necesariamente.

-¡Ah! Qué apoyo que me da, qué aliento que me da.

-Pero Mirel, eso nos pasa a todos. Nadie le puede agradar a todas las personas, pero va a haber personas a las que sí le agrades.

-Entiendo. De la misma manera que a mí no me agrada todo el mundo exteriormente.

-Exacto. Pero también te puede pasar que no te agrade una persona exteriormente y cuando la conoces, conoces su manera, su forma y te das cuenta que es mucho más de lo que esperabas. Lo mismo le puede pasar a otra persona contigo, que quizá tú no le atraigas a la persona, y la persona una vez que te conoce, que ve tu interior...

-Claro. Usted, profesor, lo hace muy fácil, porque de repente una persona no tiene un buen físico pero tiene carisma, simpatía... Yo no tengo eso.

-Pero tú mismo te lo cortas eso, porque tienes esos complejos. Quedamos en que vas a ocuparte de ti mismo porque no puedes pensar en agradar a otra persona si primero no te agradas a ti mismo. ¿Te gustas?

-Eso es una pregunta tonta, uno siempre gusta del otro.

-No no no no, uno también gusta de sí mismo.

-¿Pero esto no es ego, eso no es vanidad?

-No, eso es autoestima, vanidad es otra cosa. Estamos hablando de aceptarte, de quererte, porque si tú sientes que no vales nada, ¿cómo vas a hacer que otra persona vea que vales? Todo pasa por ti, todo empieza por ti. Pero tienes que poner manos a la obra, Mirel. -Miré mi holomóvil y vi que ya había pasado el tiempo.

-¿Si tengo dudas puedo volver a consultarlo?

-Mirel, las veces que lo desees. Me mandas un holomensaje y ya está.

-¿Cómo le abono?

-Digitalmente. Me envías créditos por el holomóvil.

 

Mi amiga Bety tenía razón, el profesor Iruti no cobraba de manera desmedida, su consulta era muy accesible.

Pero me había dado a entender que él no iba a hacer el trabajo por mí. Tenía que empezar por mí mismo a aceptarme, a quererme, pero con eso sólo no bastaba si no me ocupaba de mi parte física. Había cosas que no podía modificar. Hay gente que es calva y salvo que se haga un implante capilar el cabello no le va a crecer. Tenía complejo incluso con mis partes genitales.

 

Se trataba de aceptarme. Y vaya que era un trabajo enorme, pero como dijo el profesor Iruti, tenía que empezar por mí, por quererme yo, por aceptarme yo.

 

 


Sesión 14/08/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcelo (Soral-El)

La entidad delata una vida en Gaela, donde era un reconocido escritor. En una conferencia coincidió con alguien que sin serlo manejaba la palabra como él la pluma. Después de varios encuentros hablaron de las elecciones que tomamos en la vida, elecciones a las que la sociedad siempre les pone peros.

 

Sesión en MP3 (3.254 KB)

 

Entidad: La gente me aplaudía, me vitoreaban. Había hecho una breve conferencia sobre mi último libro, que había vendido cien mil ejemplares, la venta más importante de los últimos años en Gran Metrópolis, la ciudad más grande de Beta. Las paredes de las salas llenas de posters con mi rostro: Alfred Danish, escritor. Escritor contemporáneo de ensayo.

¿Por qué me dedique a hacer ensayos? ¡Je! Porque es la forma más sencilla de relatar vidas. Y principalmente la mía.

 

Recuerdo cuando era niño. Pobre, despreciado, inseguro, quizá por ser un poco obeso y no tener clara mi identidad de género. ¡Hipócritas! Se ve cómo el dinero tapa todo, el dinero tapa todo.

 

Me llevé una sorpresa cuando a los cuatro días fui a otra conferencia de un joven que no era escritor, no era filósofo, no era médico. Daba conferencias sobre autoayuda. ¿Era terapeuta? No, tampoco.

En la entrada al salón daban un pequeño programa con la biografía de este joven: Jorge Clayton, de Plena. Millonario. Ayudaba en distintas obras, hospitales, sanatorios, clínicas, fundaciones.

 

Pero me interesó. Conversaba sobre el cómo brindar, por qué brindar, cómo no caer en depresión si las cosas no salen como uno lo desea.

Yo no tenía el atrevimiento de encarar a alguien que no conocía pero me devoraba la curiosidad, y cuando Jorge Clayton terminó su conferencia me crucé con él en una de las salas y me presenté.

Me sorprendió que me dijo:

-¡Tú eres Danish, Alfred Danish!

-Sí.

-He estado en tu conferencia y he leído tu último ejemplar. Te pido por favor que me lo autografíes.

-¡Pero por favor, es un honor!

 

Y conversamos varias veces. No voy a decir que nos hicimos amigos pero contamos varias cosas sobre la vida, su punto de vista, mi punto de vista. No coincidíamos en muchas cosas y Clayton me decía:

-Lo que pasa, Alfred, que tú eres muy pesimista en la forma de mirar, regodéate en tu triunfo, has vendido cien mil ejemplares de tu libro.

-¿Pero eso no es vanidad?

-No, no es vanidad. No es vanidad, es empuje para que puedas escribir el próximo. -Empecé a ganar confianza y le conté parte de mi historia.

 

Mi padre una persona sin carácter y mi madre una mujer sobre protectora, demasiado protectora, siempre me veía como un niño. Y es como que yo adoptaba ese papel.

No éramos personas de dinero pero mi madre, mientras mi padre trabajaba, me llevaba a comer afuera, a cualquier restaurant, y me compraba revistas de historietas, de dibujos.

Recuerdo que el diariero se burlaba de mí: "¿Sabes el dinero que dan si un muchacho queda embarazado?

 

Yo era muy niño, no entendía la ironía. La entendí de grande y en silencio. Mil veces, le reproché a mi madre el no haberme defendido. Ella lo tomaba como un chiste o quizá su cabeza no le daba, o quizá su inteligencia no era la de una persona normal, porque cualquier madre sale en defensa de su hijo por más inocente que sea la broma, y en este caso no lo era. Y nunca me defendió. Es decir, me defendía cuando otro chico trataba de pegarme: "¡Déjalo tranquilo a Alfred!". Me criaba como un mojigato, un protegido, no me dejaba ser yo, era como una continuidad de ella y eso no era lo correcto.

Jugaba con otros chicos a la lucha, y otros chicos es como que me rozaban. Hasta que llegó un momento que la relación con ese otro amiguito pasaba de un roce, y yo me sentía cómodo que ese amiguito me rozara.

Y ahora es como que de grande me siento frustrado porque tengo como una especie de..., primero de rencor por la sobreprotección de mi madre cuando era chico, hasta incluso cuando era adolescente. Y luego porque sentía como una especie de vergüenza de sentir esa atracción por otro joven.

 

Jorge Clayton me miró y me dijo:

-Mira, Alfred, yo no soy un terapeuta y lo que conozco de la vida es poco, al fin y al cabo yo también soy joven. Pero tú, ¿qué es lo que te atrae cuando ves a una chica? -Me encogí de hombros.

-Nada.

-¿Y cuando ves un joven?

-¡Uf! Mucho. Pero yo no puedo encarar a un joven, porque por ahí reacciona mal y me da un puñetazo. Pero tuve de chico y de adolescente amigos que se aprovechaban de mí.

Clayton me miró y me dijo:

-¿Por qué dices se aprovechaban?

-Pero Jorge. es obvio, en el medio de esa supuesta lucha que hacíamos, de juego, el rozar nos pasaba más allá del roce y llegaban a consumar una relación conmigo.

-¿Y a ti te molestaba?

-No.

-Entonces no entiendo la palabra aprovecharse. Aprovecharse es cuando uno no quiere y lo fuerzan.

-Pero quizás en el fondo yo no quería.

-¿O te engañas a ti mismo? -inquirió Jorge.

-Hay muchas cosas, hay muchas cosas. A veces es como que todavía me siento como un niño a pesar de ser un escritor famoso en Beta y habiendo conquistado Gran Metrópolis. Me siento muy inseguro. Y alguna que otra vez tengo una aventura en secreto, obviamente no llevo a nadie a mi apartamento porque tengo temor de que me asalten o que me golpeen, y vamos a un hotel con otro joven y cuando me posee siento como una especie de protección.

-Pero a ver, Alfred, ¿a ti te incomoda?

-No, no, para nada, siento como que estoy a gusto.

-Entonces, ¿dónde está el problema?

-El problema es que la sociedad ignora mi..., mi elección de género, llamémosle así. A veces firmo ejemplares y hay chicas muy bonitas, porque el hecho de que no me atraigan no significa que no sepa la belleza femenina, y me miran con un gesto como pensando "Me gustaría estar contigo", y yo sonrío y enciendo un cigarrillo y fumo y me tomo una copa de coñac, y me hago el que conozco mundo.

-Bueno, Alfred, pero ahora conoces mundo, el hecho de que seas escritor te contacta con otros escritores y con otro tipo de artistas.

-Eso es cierto -admití-. Me invitaron a conciertos de rock, me invitaron a ver obras de arte, pinturas.

-¿Y te atrae?

-La música sí, el arte no tanto, pero voy porque por ahí pesco algo.

-¿Te refieres, Alfred, a que puedes conocer a alguien que te guste y pases a la siguiente etapa?

-Exacto. Y a veces me pongo incómodo cuando se acerca una joven, una joven atractiva que me pregunta si soy soltero, si tengo novia. Y a veces invento "Sí, estoy prometido", para sacármela de encima.

-¿Es como que te da vergüenza revelar tu elección sexual?

-¡Buf! A ver, Clayton, yo no lo llamaría elección sexual, a veces es como que me siento incómodo de ser como soy, no me termino de definir.

-¿Pero has tenido intimidad con alguna joven?

-No, no. A lo mejor de niño, ¡je, je!, algún beso con una niña, pero nada, nada. No, no, no. Amigos tenía muchos, y amigos buenos. Cuando éramos chicos, hasta los diez, doce o más años, no teníamos..., cómo decirlo, no me sale la palabra, no teníamos cómo el catalogar a alguien.

-¿Te refieres a que cuando eras niño, los juegos llamémosle sexuales, de tocarse, era una cosa común en vuestra comunidad?

-Llamémosle así -expliqué-. Y no era el único que jugaba a eso, había otros chicos que también jugaban.

-Explícate.

-Claro. Hacían que luchaban y se apoyaban y luego intercambiaban roles. Pero era solamente jugar. En cambio conmigo nos molestaba el tener la ropa puesta y jugábamos, como se dice comúnmente, como Dios nos trajo al mundo. Y yo siempre la parte pasiva, era.

-Está bien, pero me dices que no te sentías incómodo.

-No, pero es que no me gusta ser así.

-Mira, Alfred, tú no te pones de acuerdo contigo mismo, no te pones de acuerdo contigo mismo porque en el fondo es como que tienes una especie de complejo de culpa.

-¿Y por qué habría de tener culpa?, yo no lastimo a nadie.

-No, culpa contigo mismo por ser así.

-Entonces tengo razón yo de molestarme como soy.

-No, al contrario, estás equivocado, porque debes aceptar tu manera de ser. Tú no estás lastimando a nadie, tú no estás perjudicando a nadie, eres como eres y punto. Se trata de aceptarte a ti mismo, aceptar esa condición, disfrutar de esa condición.

-Pero me hace menos hombre.

-No hablemos de hombre, no hablemos de género, hablemos de ser humano. ¿Piensas que porque eres así te hace menos ser humano? -Me encogí de hombros.

-No, entiendo que no. Entiendo absolutamente que no.

-Exactamente, no te hace menos ser humano. No te hace menos ser humano porque ayudas a mucha gente con los ensayos que escribes. En algunas cosas nos parecemos -dijo Clayton.

Y le pregunté:

-Disculpa que me inmiscuya, ¿pero tú tienes alguna tendencia parecida a la mía?

-No, no, no, yo soy heterosexual. Estuve prometido con una joven y por un hecho trágico nos separamos, pero mentalmente estoy abierto a todas las elecciones de género. Y condeno a aquellas personas que señalan al que para ellos es distinto.

Lo miré a Clayton y le dije:

-Ojalá fueran todos como tú en esa amplitud de pensamiento, ojalá fueran todos como tú.

-¿Sabes lo que pasa, Alfred? -me dijo Clayton-, el amor, el sentir, la pasión no tienen que ver con el género. El disfrutar de un abrazo tampoco no tiene que ver con el género.

-¡Je, je, je! ¡Ay! Pero Jorge, pero no es lo mismo un abrazo que un... que una intimidad.

-La intimidad también es un abrazo; un abrazo erótico, un abrazo sexual. Al fin y al cabo no deja de ser un acto fisiológico. El secreto está en no lastimar a nadie y que nadie te lastime a ti.

-No, no me lastiman.

-Entiendo. Pero ten en cuenta una cosa -explicó Clayton-, por tu manera de pensar es como que te lastimas a ti mismo reprochándote, reprobándote, censurándote. Libérate, déjate fluir y disfruta.

-Está bien, Clayton. Pero si el día de mañana, ahora que soy un escritor afamado, conocido diera a conocer, cómo explicarlo, mi manera de disfrutar la sexualidad, ¿cuántos me censurarían? No me digas que no.

-No, Alfred, no te digo que no, seguramente que muchos te darían la espalda, se decepcionarían, pero habrá muchos que te aplaudirían por tu valentía, por tu coraje de mostrarte como eres.

-Mi madre no se sentiría orgullosa.

-Mira, lo que me has contado, de que ella ha sido sobreprotectora, no tiene mucho para reprocharte. Vive tu vida, disfruta tu vida. No permitas que ese pudor te cause un trauma, porque al fin y al cabo es un pudor, y el pudor no es por lo que haces, el pudor no es por tu gusto sexual, el pudor no es porque eres pasivo sexualmente, el pudor es por el que dirán. -Asentí con la cabeza.

 

-¿Cómo es que has venido aquí?

Clayton frunció el ceño:

-¿A qué le llamas aquí?

-A Gran Metrópolis, a Beta.

-¡Ah! Tuve una pequeña decepción en Plena y me tomé un mes de respiro para descansar un poco mi mente.

-Pero te ha mandado Dios, sino nunca hubiera tenido una conversación como esta. ¿O es una casualidad?

-No -dijo Clayton-, es una causalidad. -Nos estrechamos la mano y le digo:

-Espero verte, Clayton, antes de que vuelvas a Plena.

-Sí, nos veremos. Compartiremos otro café o alguna bebida. ¿O por qué no un almuerzo?

-Me siento bien hablando contigo. Pero no me lo malinterpretes, por favor.

-No tienes que darme explicaciones -dijo Clayton-, te entiendo perfectamente, Alfred. Déjate fluir.

-Te haré caso.

-No, no, no; no se trata de que me hagas caso, haz lo que tú sientas. Y no busques la aprobación de la sociedad, la sociedad hagas lo que hagas siempre va a buscar algún pero.

-Eso es cierto -admití-, eso es cien por ciento cierto.

 

Nos saludamos y me marché bastante bastante más aliviado.

 


Sesión 17/08/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcelo (Soral-El)

Entendió y se atrevió a lanzarse a encontrar la libertad de expresión. Pero sólo con eso no se libraría de su soledad, debía acompañar la libertad con trato, relación, afecto. Aunque antes debía aceptarse sí mismo.

 

Sesión en MP3 (3.370 KB)

 

Entidad: Mi nombre es Sora-El, plano 3 subnivel 6. Me interesa mucho la vivencia en el rol de Alfred Danish porque si bien tiene muchas diferencias con mi vida actual como el rol de Marcelo, también hay unas similitudes.

 

No veía la hora de encontrarme con Jorge Clayton para contarle las buenas nuevas. Quedamos en encontrarnos a las dieciocho horas en el bar de la Sexta avenida de Gran Metrópolis. Cuando llegué ya estaba tomando un café.

-¡Alfred Danish, has venido!

-Te he hecho caso.

-Toma asiento. -Se acercó la camarera.

-Un café, por favor. -Me sirvió una jarra con agua y me llenó una taza con café y se marchó.

-Cuéntame las buenas nuevas -pidió Clayton.

-Desde que nos conocimos hemos tenido tres, cuatro conversaciones que me han hecho muy bien, es como que me han liberado.

-Continúa.

-Bueno, tuve cuatro experiencias en estas dos semanas que pasaron.

-Explícame lo de experiencias -pidió Clayton.

-¡Je, je, je! Experiencias. O sea, conocí cuatro personas con las cuales tuve relaciones. Me siento libre, me siento distinto. Ahora por fin siento la libertad sexual. Me sentía como cohibido, como encerrado, como encadenado y rompí las cadenas, deshice los eslabones. Entonces soy otra persona, ¿te parece bien?

Clayton me miró y me dijo:

-A ver, si no escuché mal me has hablado de libertad sexual, lo cual no está mal, siempre hablamos de no lastimar a terceros ni lastimarnos a nosotros mismos.

-No no no no no, eso lo tengo claro, Clayton, lo tengo muy muy claro.

-De todos modos no recuerdo haber hablado de libertad sexual.

-¡Vamos, Clayton, vamos, cuántas veces me lo has dicho!

Clayton me miró y exclamó:

-Yo he hablado de libertad de opciones, no estar enclaustrados en un género masculino, femenino u otros.

-Perdón... ¡Ja, ja, ja!, me parece que... me parece que no entiendo, ¿qué significa otros?

-Tal vez esté adelantado a la época, estamos en los años setenta del siglo XX, pero hay muchas maneras de interpretar los géneros.

-Clayton, si te escucha la Orden del Rombo te clava en un rombo en la plaza pública.

-Lo estoy hablando contigo, no estoy hablando por altavoces.

-Siento como que... como que me estás diciendo que me equivoqué

-No no no no no -negó Clayton-, no estoy diciendo eso. Tú te sentías como reprimido, ¿de acuerdo?

-Sí, acuerdo con eso.

-Hemos conversado y te has, de alguna manera, liberado. ¿Está bien?

-Sí, también acuerdo con eso.

-¿Pero a qué le llamas liberado? ¿Has comentado con seguidores de tu último libro tu preferencia sexual?

-No.

-¿Pero has tenido aventuras?

-Sí.

-¿O sea, que has tenido libertad sexual?

-Sí.

-Pero no te has dado a conocer como, llamémosle, una opción de identidad de género.

-No, es como que todavía tengo como cierto pudor, incluso la familia...

-Mira. Alfred, mírame.

-Sí.

-Quien te quiere te va a aceptar como eres, quien no te quiere no es tu problema. ¿Te recuerdas de mis palabras?

-Me has dicho tantas...

-Todo pasa por quererte a ti mismo, por aceptarte a ti mismo, por ver lo importante que eres.

-¿Tú dices importante porque vendí cien mil ejemplares de mi último ensayo?

-A ver. Sí, eso te da importancia al público... Yo hablo de importancia ante tu propio ser, independientemente de que seas escritor, importancia porque eres único.

-Bueno, yo me miraba al espejo y no me veía atractivo.

-Mira, hace muchos años atrás viajé a Porísido.

-No sabía.

-Sí, fuimos con un amigo. Conocimos un grupo de chicas de una universidad. Y había una joven, de sobrenombre Tati, que no era atractiva de cara, usaba anteojos de mucho aumento, tenía correctores en los dientes... pero tenía tal carisma, tal carisma, tal carisma que durante casi un año nos estuvimos escribiendo una carta tras otra hasta que por distintas circunstancias dejamos de escribirnos. Pero me quedó su imagen, no en mi memoria, en mi corazón. Era tan tan carismática, tan simpática en su manera de hablar...

-Pero me dices que no era atractiva.

-No desde el patrón, no desde el común denominador de los hombres, porque los hombres a veces somos como monos que imitamos. Nos dicen "Este es un sinónimo de belleza" y tenemos que seguir ese sinónimo, ya sea una mujer, ya sea un varón.

-¿Y no es así?

-No, no, Alfred, no es así. Y pasaron los años y la recuerdo a esa chica, Tati, como... como un bello espíritu que pasó por mi vida.

-¿Pero nunca nada?

-¡Je, je! ¿Te refieres, Alfred, a si nos besamos o tuvimos intimidad? -Me encogí de hombros.

-Bueno, sí.

-No, no, fuimos buenos amigos.

-¿Y si se hubiera dado?

-Y si se hubiera dado, qué, se hubiera dado. Punto.

-Pero luego te hubieras ido. ¿Eso no hubiera sido un engaño?

-A ver, Alfred, vamos a repasar lo que es una relación, lo que es el amor, lo que es la verdad, lo que es la mentira. Si tú, si yo, si cualquiera tiene una relación con alguien pero no promete nada, no está engañando.

-Entonces una relación esporádica está bien. Lo que yo hice está bien en estas dos semanas.

-A ver, no es que uno conoce a una persona, tiene una intimidad y a la semana se compromete y convive con esa persona, se case o no se case. Pero una relación no es sólo sexo.

-Ahora te estás refiriendo a lo que yo hice.

-Claro. O sea, de repente te liberaste. Supuestamente, porque liberarse es darse a conocer ante los demás su preferencia sexual. Y eso no lo has hecho. Te has liberado contigo mismo y de repente has tenido cuatro relaciones en dos semanas.

-Sin compromiso.

-Sí, por supuesto, sin compromiso. ¿Has sentido algo?

-Sí, placer. Me sentía contenido.

-¿Pero algún afecto?

-Me vi una vez solamente con cada uno de ellos. ¡Je! Qué afecto voy a sentir.

-Bueno, has dado un paso. Tal vez era un paso que no debería ser el primer paso.

-Yo creo que ahí, Clayton, que te equivocas, y discúlpame si disiento contigo. Me estás diciendo que primero viene un afecto y después una relación. Pero con ese criterio, entonces...

-No no no no no no, no pasemos de cero a infinito.

-¡Je! Clayton, ¿me puedes hablar en un idioma más sencillo?

-No quiero decir que ames a todo aquel con que tengas una intimidad, pero tampoco es como que seas un objeto de deseo, que conoces a alguien y ya tienes una intimidad por una necesidad fisiológica.

-¿Y acaso no lo hacen los varones con toda mujer que se le cruza?

-Algunos sí.

-¿Tú no lo haces, Clayton?

-No.

-¿No tienes oportunidades?

-Tengo cientos de oportunidades. Tengo fortuna, en mi país me conocen, voy a un club hípico y estoy seguro de que no tendría problemas en salir con ninguna de las jóvenes de allí. Pero a ver... Si te acostumbras a tener una intimidad porque sí después te sientes vacío, y el efecto que logras es el opuesto. Cuantas más relaciones tengas sin comprometer tus afectos, más vacío te vas a sentir.

-No, ¡je, je, je! Perdón, Clayton, pero también disiento ahí. Yo de repente conozco diez amigos y tengo intimidad con ellos, yo no me voy a sentir solo.

-¿Ah, no?

-No.

-Porque te van a invitar a una reunión personal, porque te van a presentar a sus amigos...

-No, ¡qué me van a presentar!, si ni siquiera a veces me dicen su nombre.

-Y entonces cuando terminan la relación, ¿qué hacen?

-Salimos de su habitación o del hotel donde vayamos y cada uno por su lado.

-¿Te dejan un número de teléfono?

-Uno me dejó, y después llamé y era un número equivocado. O sea, me mintió.

-¿Y los otros tres?

-No. Directamente no me dejaron.

-Entonces vamos a lo que yo digo, Alfred, te sientes solo.

-Entonces, como me has dicho tú una vez, ¿qué tengo que tener, un amigovio?, ¿comprometerme con alguien?

-No, pero puedes salir con una persona más de una vez, dos, tres, cuatro. No significa que tengas que comprometerte. Y eso lo hablas: Tenemos que conocernos, tenemos que conocer nuestros gustos, si somos compatibles, si somos afines, si te gusta la lectura, si te gusta la pintura, si te gusta la música, lo que fuera. Pero si ni siquiera te dan el nombre.

-O sea, tú hablas de que yo me tengo que comprometer.

-Nunca dije eso, simplemente digo que... A ver, voy a dar un ejemplo inventado: Estoy en Plena, en Ciudad del Plata, conozco una chica, salgo, me doy a conocer, y lo primero que le pregunto es su nombre. Podemos llegar a algo más o no, pero no es que de entrada "Hola, cómo te va, vamos a acostarnos". Hablaré de música, hablaré de literatura, hablaré de mil cosas y podré quedar o no con la persona. Podré intimar o no con la persona, pero va a ser algo mucho más profundo que una relación íntima aunque después no siga nada.

-Entiendo, entiendo, entiendo, entiendo. O sea, que mi liberación fue ficticia.

-No, Alfred, no fue ficticia, está bien, todos los seres humanos tenemos una necesidad fisiológica pero también importa el trato. No es el acto e irse, no es el acto y quizá te vea quizá no. Va más allá. Eso se llama ser civilizado.

-No, ahora lo entiendo, ahora lo entiendo. Mira que conversamos varias veces y ese punto no lo tenía en claro. Entonces me siento mal por haber hecho esto de salir con desconocidos y...

-No, Alfred, no, está bien, está bien, pero va más allá. Esto te lo comento porque mañana a la mañana vuelvo a mi país y quiero que entiendas a qué me refiero. Y no te acobardes en darte a conocer, no sólo con tus seguidores de tu última obra, de tu último ensayo, también con tu entorno familiar y de amigos. Habrá quien te dará la espalda, habrá quien te aceptará. Habrá quien te dirá ¡qué valiente que eres!, pero no tengas miedo de ser quien eres, no te anules a ti mismo, no borres tu importancia.

-Pero, Clayton, no todo el mundo va a aceptarme.

-Eso es lo de menos. Coge un espejo, mírate. Y cuando te mires, a esa imagen le dices: "Yo te acepto".

-Entiendo, debo aceptarme a mí mismo. Y si los demás me aceptan o no, ya no es mi problema.

-Exactamente, exactamente, Alfred Danish.

-¡Je, je! Me encanta que me llames por el nombre completo.

-Es una manera de decir.

 

Tomamos el café y le pregunte:

-¿Y tú cómo estás emocionalmente?

-Reponiéndome. Hace poco y ya te lo he contado, ¿no?, perdí a mi padre, tuve una ruptura afectiva. Ambas tienen relación. Pero vine a despejar un poquito la mente aquí, a Gran Metrópolis, en Beta.

-¿Y qué has hecho este tiempo?

-Bueno, ¿has visto el museo de la calle Séptima?

-Sí.

-Bueno, he invertido para hacer una ampliación porque hay muchos cuadros antiguos que los tenían en archivo, algunos incluso va a haber que restaurarlos. Pero esa ampliación va a servir para colgar esos cuadros, para que la gente pueda extasiarse con ellos.

-Pero eso no es plata invertida, es plata gastada.

-¡Je, je! ¿Por qué gastada? Seguramente el año que viene regreso a Gran Metrópolis y voy a disfrutar de aquello.

-¿Pondrán una placa con tu nombre?

-No. Les dije que no. No me interesa figurar, basta que yo sepa que lo hice.

-Ya lo comentaré con mis amigos.

Clayton se encogió de hombros y levantó los brazos, como diciendo:

-No puedo prohibírtelo, coméntalo. Pero mi satisfacción es esa, poder hacer. Porque puedo.

-Es un mérito.

-¿Un mérito? No, no es mérito, hay gente que tiene mucho menos y también da. Eso es mérito.

-¿No es falsa humildad, no es hipocresía, Clayton, lo que me dices?

-No no no, porque lo siento de verdad. Hay muchísima gente que tiene mucho menos y sin embargo da.

 

Nos estrechamos la mano, intercambiamos nuestros teléfonos y me marché.

Me marché con una nueva manera de pensar. La libertad no pasa por una intimidad sin prejuicios, pasa por un destape, un darse a conocer quién eres, en gustos, en elecciones, en ideas, en identidad de género. Y en no tener pudor porque sepan quién eres, cómo eres, qué te gusta y qué no te gusta, porque si no vives esclavo de la opinión de los demás. Y eso no debo permitirlo, ni ahora ni nunca.

 

Gracias por escucharme.