| Índice |
Psicoauditación - Ana S. |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
|
Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
|
Sesión del 06/04/2024 Sargón, Saurana Dor Sesión del 11/09/2025 Sargón, Saurana Dor Sesión del 18/06/2026 Sargón, Saurana Dor Sesión 06/04/2024 Era comandante de la flota del imperio donde vivía, de cientos de sistemas estelares, y era la consejera de la reina. Su misión era defender al imperio de atacantes y conquistar otros mundos para aprovecharse de la riqueza y del trabajo de sus moradores. Conocía otros dos imperios en guerra, miraría cómo podría aprovecharlo.
Entidad: Puedo decir que nunca he tenido inconvenientes, dicen que las personas se adaptan. Pues yo no tuve que adaptarme.
Mi nombre era Saurana Dor comandante estrella que sólo recibía órdenes de la noble reina Meurana, la de mayor linaje en la corte. Mis padres eran de excelente linaje, pero yo había nacido con algo que ellos no tenían: ambición. Y la ambición hizo que me aplicara en los estudios en todo el sistema galáctico dentro de veinte años luz a la redonda.
Estudié historia, me recordaba de cuando nuestro imperio tenía solamente treinta sistemas estelares. La historia dice que éramos expansionistas. Yo no estoy de acuerdo con quienes han escrito esta historia, somos lo que somos, somos un imperio y renacimos de las cenizas.
Aprendí tanto que luego me alisté en la flota. Mandaba a los Kurana o regentes de cada mundo dentro de los trescientos sistemas estelares que teníamos en nuestro imperio. Aprendí muchísimas cosas, pero era inteligente, más inteligente que su majestad Meurana, nunca iba a cometer el error de adularla en demasía pues sabía que la reina era enemiga de los halagos y las críticas, simplemente señalaba sus aciertos y omitía sus errores. ¿Pero cómo? Muy sencillo, esos errores que yo encontraba en su estrategia de nueva expansión, los modificaba haciéndolos ver como tácticas mías: -Mi apreciada reina Meurana, ¿qué os parece si fortificamos los navíos en la parte de armamento, que es la parte más débil cuando asoman y pueden ser perfectamente detectados por supuestas naves enemigas?
Recuerdo que la última vez la reina Meurana se puso de pie, me tomó de los hombros mirándome a los ojos, y me dijo: -Saurana Dor, por algo te nombré mi comandante estrella, tienes total y absoluta autonomía para conquistar mundos que nos sean útiles, mundos agrícolas, mundos mineros, pero por sobretodo preservar a nuestro imperio. Así que escucho tus opiniones. -Las cuales obviamente ya tenía en mente. Y le dije a la reina: -Si bien es cierto que debemos conquistar mundos evitando eliminar a sus habitantes para que sean esclavos en las minas o trabajen en la parte agrícola para nuestro beneficio, que es el beneficio del imperio, mi idea también es eliminar posibles riesgos La reina frunció el ceño y me dijo: -Explícate, por favor, Saurana. -Por supuesto, mi reina. Hay mundos que deben ser destruidos directamente, por la sencilla razón de que pueden ser futuros riesgos para nuestros trescientos sistemas estelares que en este momento conforman nuestro imperio. Tenemos diez veces la cantidad de sistemas estelares que teníamos milenios atrás. Me siento agradecida a esa esencia creadora del universo por haberme hecho nacer en esta época tan gloriosa. -La reina me abrazó. -Tu forma de pensar es mi forma de pensar y si bien yo nací veinte años antes que tú, de este mundo, considero que nadie acuerda conmigo como acuerdas tú. Además he visto que muchos de la corte real miran con ambición mi reinado. Tú, mi querida Saurana, no lo haces, pero sí tienes ambición, pero ambición que a mí también me conviene, que se llama conquista. -Mi reina -le respondí-, a mí no me interesa un cargo que es el más elevado del imperio, me interesa este tipo de aventura donde, como tú me has dicho, tengo libertad total de elección, y mi idea me dice acabar con los riesgos. En este momento tenemos mundos en guerra que directamente desconocen nuestro imperio o bien se han olvidado del mismo. Mi idea es salir con seiscientos navíos de última generación y con el mejor armamento. Mi idea es atacar al imperio que tenemos más cercano. No atacaré su sistema principal, pero voy a atacar un mundo clave, un mundo de la periferia donde tienen los mejores observatorios para evitar que nos perciban, si bien, mi reina, tenemos capas de invisibilidad y también invisibilidad infrarroja y ultravioleta e incluso los técnicos de los holoordenadores designados por mí han creado un método para que ni siquiera nuestras armas sean detectadas cuando se desplieguen. -Me siento orgullosa -dijo la reina-, de tener a alguien tan brillante bajo mis órdenes. Y lo digo abiertamente porque sé que tú no eres presa de los halagos, sabes muy bien quién eres. Por eso, Saurana, mañana mismo al amanecer ya puedes partir. -He dado las órdenes, mi reina, que de los seis sistemas estelares salgan cien cruceros de cada uno, así que saldrán seiscientos cruceros. El mío será el crucero insignia y el que iniciará el ataque contra ese mundo.
Al día siguiente partimos, yo en el crucero principal con los máximos adelantos. Y me podía comunicar por ultravisor lumínico con todos los demás cruceros, incluso con la base donde estaba la noble reina. Fue una travesía en absoluto silencio hasta que por fin mi nave y otras más llegamos al sistema periférico de ese imperio. El mundo estaba protegido por capa energética, los rodeamos con veinte naves en los trescientos sesenta grados y apuntamos rayos indetectables de una gama azul de multivibración perforando con microagujeros la capa protectora en por lo menos doscientos lugares. Y milimétricamente, con los ordenadores, se lanzaron misiles nucleares pequeños, pero uno para cada brecha. No me remordió la conciencia destruir ese mundo con todos sus habitantes, morirían casi instantáneamente con toda la fauna y flora de dicho mundo. Cada misil entró milimétricamente por cada brecha que dejaba el ultrarayo de distintas vibraciones azules. Hubo explosiones nucleares en todas las partes del planeta. Y nos alejamos, no por nada, porque nuestra capa triple protectora era inmune a la mayor explosión nuclear, simplemente para ver el panorama a distancia. El mundo no colapsó y tampoco estalló debido a su gravedad, pero emitió una luz que seguramente se podía percibir hasta a semanas luz de distancia. Mi ingenio había logrado eliminar el mundo periférico donde estaban los mayores observatorios de ese imperio que no podría competir con el nuestro. Hay comandantes que se ceban como se pueden cebar con una comida, que quieren más y más; no, yo era prudente.
Nos alejamos a un par de meses luz de dicho mundo evitando atacar otros mundos. Crearíamos interrogantes. Acordaros que ese imperio estaba en guerra con otras dos razas. Y no tengo ninguna duda que ese imperio haría responsable a los mundos con los que estaba en guerra. Y eso nos daba la ventaja de seguir exterminando mundos, ya no solamente de ese imperio sino de los otros sistemas enemigos, seríamos el imperio más poderoso de este cuadrante de la galaxia. Y mi nombre Saurana Dor, pasaría a la historia como la más grande estratega de todo nuestro imperio.
Obviamente, jamás me atrevería a eclipsar a la reina. Transmití a todos nuestros sistemas que la estrategia de la reina había dado resultado, ella se llevaba la gloria y yo me llevaba mi parte, pero evitaba todo tipo de conflictos y celos. No solamente era inteligente, la inteligencia para que sea útil tiene que ser aplicada. Y ese era mi caso. Y así seguiría, y así seguiría la conquista.
Sesión 11/09/2025 La entidad recuerda una situación comprometida en la que comandando una flota de naves a vigilar el espacio del Imperio de su Reina desaparecieron dos naves sin saber cómo pudo ser. De vuelta, la Reina le ordenó investigar cómo pasó y mejorar el armamento de las naves.
Entidad: Llegué a un sistema planetario que pertenecía a "nuestro Imperio" y hablé con el Kurana, el regente planetario: -¿Qué ha pasado aquí, las tropas desorganizadas, las armas, la cubierta planetaria? -Mi consejera, mi consejera Saurana Dor, lo que pasa que ha habido muchos cambios. -Ese no es mi problema -le respondí-, tú eres un Kurana, el regente de todo este mundo, pero yo soy la consejera de la reina Meurana, de los trescientos sistemas estelares de nuestro Imperio, pero seré benigna porque esto es la primera vez que sucede. -Sí, mi consejera Saurana Dor. -Pero la próxima morirás. -Mi... mi querida consejera, ¿en la cámara de desintegración? -¡Je, je, je! No, eso no es una muerte, desapareces y listo... No, morirás como los viejos tiempos de milenios atrás, en una horca. ¿Por qué quitarte el dolor?, el dolor enseña. -¡No habrá más errores! -Muy bien. Volveré en treinta de vuestros días. -Volví a mi nave imperial, con quinientas súbditas a bordo, todas leales, por respeto o por miedo. No lo sé ni me importaba.
En mi tiempo de vida útil, en menos de veinte años había conquistado veinte sistemas estelares para el Imperio, de doscientos noventa pasamos a trescientos diez. Pero claro, no le iba a decir eso a la reina Meurana.
Cuando llegué... -¿Novedades? -Mi reina, hablé con el Kurana y le dije que tú eras una reina benevolente pero que no perdonabas los errores, y le dije de parte tuya que la próxima vez muerte, no por desintegración, así no sufre; horca. Me miró y me dijo: -Me alegro que sigas siendo humilde conmigo. -Mi reina, mi reina Meurana, yo no tengo apetitos de poder, quiero que seas mi reina por toda mi vida y por toda tu vida. Sí tengo apetitos de conquista, pero para ti. No soy hipócrita, los gozo, los disfruto, disfruto este Imperio, tú Imperio, al que yo pertenezco humildemente.
En ese momento se acercaron los dos jefes creyentes de la Orden de la reina Meurana, Lukarno y Ergondo. Lukarno era delgado con una nariz prominente, mirada cruel, sonrisa cruel, mueca fingida, pero adelante de la reina se inclinaba como sirviente que era. Ergondo era un poco más obeso, parecía un poco menos lúcido, pero no confiaba porque si te descuidabas te podía clavar un puñal en la espalda. Éramos muy adelantados con armas que otros mundos desconocían, pero nunca habíamos dejado de usar el puñal y la espada, eran armas que disfrutábamos, que gozábamos.
Se acercó un varón del ejército: -Mi reina... -Se inclinó ante Meurana-. Mi consejera... -Se inclinó ante mí. Hablé yo: -¿Qué sucede, Cletón? Cletón respondió: -Hemos avistado con el ultratelescopio que está en órbita una nave. -¿A qué distancia? -No muy cerca, a quince horas luz. -Vaya, es cerca, es cerca. ¿No la han visto antes? -No, mi consejera. -Porque hay orden de nuestra reina, aquí presente, que toda nave desconocida que esté dentro del radio de una semana luz ya es una intrusa. La reina dijo: -Enviaré varias naves. -Mi reina, pido tu gratitud para que me dejes ir a mí al frente de quince naves, si vemos que no es una nave de nuestro imperio ni siquiera me molestaré en preguntar, la destruiremos. -Sentía una energía dentro de mi cuerpo tremenda. -Puedes ir, querida Saurana Dor, eres mi consejera fiel. Y vosotros dos, Ergondo y Lukarno, los dos sacerdotes de mi orden, no seáis tan lacayos, no me gustan tan serviles, me parecen falsos. Lukarno dijo: -Mi reina, damos la vida por ti. -¿De verdad? -Me miró a mí-: ¿Tienes tu puñal? -Mi reina, por supuesto. -Se lo entregué por el mango. -Córtate la garganta. -Mi reina, tengo que adoctrinar a la gente, a los que aún no creen en este imperio, degollado no sirvo. -Qué listo que eres. -La reina me devolvió el puñal. Les dije: -Por supuesto, con permiso de la reina pueden marcharse, pero antes agradezcan lo magnánima que es la reina Meurana. -Reina... -No así no, ¡arrodillaos! -Reina, estamos arrodillados, no nos tomes por serviles, somos serviciales. -Hice un gesto con la mano y se retiraron de inmediato.
Me miró a mí con una sonrisa que pareció una mueca. Mucho no me gustaba, me daba la impresión como que no confiaba del todo en mí. Pero era de verdad lo que yo decía, no me interesaba ser reina, yo quería estar en el espacio, destruir naves, y se lo dije mil veces. En palacio me hubiera muerto de aburrimiento, pero la reina Meurana lo sabía, yo le era útil.
Y marchamos con una de las naves imperiales y quince naves secundarias. Había un navío gigantesco, enorme, enorme, diría como que diez veces más grande que nuestra nave mayor imperial, pero no era nuestra. -Vaya, capto que tiene una capa energética. ¡Ja, ja, ja, ja! No importa, disparémosle un carga de protones, ¡ahora! -Y salieron de nuestra nave una salva de protones. Y le ordené a las otras quince naves de apoyo que le lancen rayos violeta bien condensados. Mi sorpresa fue que no hicieron mella. Esto no puede ser, no puede ser porque experimentamos, no hay ninguna capa energética que pueda con nuestros rayos protónicos, ninguna.
Se acercó una teniente. -¿Qué? -Mi consejera, quizá tengan otras capas que no vemos. -No me digas lo obvio.
En ese momento vi que estaban armando: -Disparen rayos protónicos, ¡no proyectiles!, rayos protónicos condensados a donde cargan las armas. ¡Ahora! -Y nada.
En ese momento salió como una luz, pero era un proyectil a una velocidad que nunca habíamos visto y impactó en la nave más lejana de las quince. Esperaba ver por el ultravídeo una explosión: Nada.
Se acercó la teniente: -¿No le hizo mella? -¡Teniente, mire bien la pantalla! No hay nada, la nave desapareció. -¡Eso no existe! La miré con desprecio: -¿Y entonces qué estamos viendo? -Lo ignoro. Esa nave gigantesca de repente desapareció. -Vaya, tienen algo que nosotros en siglos no logramos, capa de invisibilidad. -¿Puede ser que hayan envuelto a nuestra nave de las quince con capa de invisibilidad? -No, porque ni siquiera se capta el calor de los motores, nada de nada. Ha desaparecido. -¿Y cómo? -No lo sé.
Y en ese momento en el otro extremo desapareció de la nada otra de las quince naves, evitaron apuntar a la nave principal tal vez como advertencia. -¿Qué hacemos? -Damos media vuelta y nos vamos. -¿Vamos a huir, mi consejera? La tomé del cuello y con la otra mano le presioné la garganta: -¿Quieres que te ahorque aquí mismo y me quede con parte de tus huesos con mis garras? -No... -Entonces no digas "vamos a huir", nos estamos alejando "por precaución". Nunca huimos, esto es un "alejamiento" por precaución. Y a toda marcha. -Y regresamos.
Lo más difícil fue explicarle a la reina Meurana. -¿Qué pasó, has conquistado veinte sistemas estelares y una nave insignificante os ha derrotado? -Mi reina, sabes que soy la única que puedo explicarte con claridad sin dar vueltas, en forma directa. Primero, aparte de la capa energética tienen otras capas que resisten perfectamente rayos protónicos, proyectiles protónicos, proyectiles de luz condensada azul. Pero eso no es todo, tienen una especie de bomba que directamente hace desaparecer a dos naves. Evidentemente fue un aviso porque podía haber acabado con nuestra flota. -¿Y qué pasó con esas dos naves auxiliares? -Mi reina, desaparecieron. -¿Quedaron trozos, quedaron pedazos de las naves? -Nada, nada, mi reina. Es como que, ¿cómo decirlo?, se hubieran transformado en nada, desaparecieron en el vacío. Y entonces planifiqué una retirada por táctica. -Está bien, yo diría una huida. -A la reina no la podía coger de la garganta. -Mi reina, a veces hay que usar estrategias y ver el poder del enemigo, ellos no atacaron hasta que yo decidí atacar. Mi reina, si tú lo deseas puedes ordenar que todos los telescopios ultralumínicos vigilen en un ángulo de 360º todo nuestro planeta, y si tú también lo deseas da orden a los otros sistemas que también vigilen sus espacios.
La reina me miró, se comunicó por interradio ultralumínica con todos los mundos avisando del peligro y explicándoles que no ataquen hasta tanto vean que son hostiles. Me volvió a mirar a mí: -Consejera Saurana Dor, me es más útil si te alimentas bien y descansas; en el día de mañana no, pasado mañana saldréis de vuelta a patrullar. Ahora tenemos sensores de los más modernos, sensores calóricos, sensores ultravioletas, sensores tipo sonar y tenemos sensores que aunque no vean imágenes puedes ver resplandores de naves, no puede ser que tengan una capa de invisibilidad completa. Y si podéis captar qué capa protectora tienen aparte de la capa energética sería bueno. Evidentemente, Saurana -completó la reina-, hay que trabajar mejorando nuestras armas, pero déjalo, a mí me sirves descansada y alimentada. Y esto no es un pedido, es una orden.
Sesión 18/06/2026 Estaban preocupados porque no entendían que sus ataques no hicieran mella a la nave desconocida, parecía como si no hubiera visto a las cuarenta naves. La nave desconocida, en un momento dado apuntó a la flota de la reina y las cuarenta naves desaparecieron en la Nada.
Relatado en tercera persona, gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de los distintos thetanes.
El Límite del Enjambre
El mapa holográfico del puente de mando brillaba con el fulgor de trescientos sistemas estelares. Trescientos mundos de rodillas ante el Imperio Owad. Durante siglos, la doctrina de la reina Meurana había sido infalible: expandirse, someter, consumir. Como su segunda al mando, la comandante Saurana Dor había guiado a las flotas de enjambre a través de galaxias enteras, convirtiendo la resistencia de especies milenarias en polvo cósmico. Su herencia Owad, una mezcla de fría lógica y ferocidad implacable, nunca había conocido la duda. Hasta ese día, en los confines del sector 301.
El Intruso Inmóvil
No era una flota invasora. Tampoco una línea de defensa planetaria. Era una sola nave. Un crucero de líneas angulosas y un fuselaje de un metal oscuro que parecía absorber la luz de las estrellas cercanas. No emitía señales de radio, no respondía a los ultimátums en los miles de lenguajes que los Owad controlaban, y ni siquiera alteraba su rumbo. Simplemente avanzaba en línea recta hacia el corazón del territorio conquistado. «Es la segunda vez que aparece esa nave desconocida, pero nosotras, las Owad, hemos mejorado nuestros torpedos de antimateria. Eliminen esa arrogancia del espacio», había ordenado Saurana Dor desde su trono de mando. Y el enjambre obedeció.
La Tormenta Inútil
Lo que siguió desafió todas las leyes de la física que los científicos Owad daban por sentadas: • Fuego de Plasma Concentrado: Cien acorazados dispararon en sincronía. El impacto debió haber vaporizado un planeta pequeño. El crucero desconocido absorbió la energía; su casco ni siquiera se calentó. • Torpedos de Antimateria: Diseñados para desgarrar el tejido del espacio-tiempo. Al hacer contacto, las detonaciones implosionaron limpiamente, dejando la superficie de la nave intacta, como si los proyectiles hubieran chocado contra una idea, no contra la materia. • Rayos de Disrupción Cuántica: La tecnología más letal del enjambre, capaz de desestabilizar los átomos de cualquier elemento conocido. El crucero simplemente continuó su marcha, imperturbable. La nave desconocida no devolvía el fuego. No lo necesitaba. Su mera existencia y su avance imperturbable eran el ataque psicológico más devastador que los Owad habían enfrentado jamás.
Un Abismo de Ignorancia
En el puente de mando, el silencio era denso, casi asfixiante. Las pantallas reflejaban lecturas que los ordenadores de a bordo catalogaban como "imposibles". Saurana Dor apretó los puños, sintiendo por primera vez en sus ciclos de vida el frío aguijón de la impotencia. La reina Meurana exigía resultados; trescientos sistemas observaban el destino de esta vanguardia. Si el enjambre se detenía, el imperio se desmoronaría bajo el peso de su propia inercia. Saurana observó la silueta del crucero en la pantalla principal. No había escudos de energía visibles, no había firmas térmicas de motores convencionales. Era una técnica tan avanzada que ni siquiera sabían qué estaban intentando combatir. ¿Era manipulación dimensional? ¿Un blindaje basado en gravedad alterada? ¿O una tecnología viva que se alimentaba del propio castigo? Y a diferencia de la vez anterior, no respondían al fuego. Por primera vez en la historia de la raza Owad, una comandante no sabía cómo vencer. Y mientras el crucero desconocido se adentraba más y más en sus dominios, Saurana Dor comprendió que el universo no era suyo para gobernarlo; solo se les había permitido jugar en la orilla de un océano mucho más profundo y aterrador.
El Peso de la Corona de Insecto
El regreso al planeta capital fue el viaje más largo en la memoria de Saurana Dor. La opulencia de la corte de la reina Meurana, con sus paredes de quitina pulida y corrientes de feromonas reales, esta vez le resultó sofocante. Frente al trono, Saurana midió cada palabra con precisión quirúrgica. No podía hablar de derrota -eso habría sido una traición instantánea-, pero debía hacerle entender a la soberana la naturaleza de la anomalía. -Mi reina -dijo Saurana, inclinando sus cuatro brazos en señal de sumisión-. El intruso no desafía nuestras flotas; desafía nuestra comprensión de la materia. Sus defensas no mitigan el daño; parecen reescribir la física del impacto. No es un enemigo al que se pueda desgastar. Es una constante universal en movimiento. Meurana, cuya gigantesca silueta irradiaba una autoridad milenaria, guardó un silencio gélido. Los Owad no negociaban. Los Owad no rodeaban el peligro. Para una monarca que gobernaba trescientos sistemas estelares, la mera existencia de un límite a su poder era una afrenta directa a su divinidad. -Si la vanguardia duda -siseó la Reina, su voz resonando en la mente de todos los presentes-, la Corona misma demostrará cómo se quiebra la inmortalidad.
La Arrogancia de la Corona
Por primera vez desde la unificación de su mundo natal, la reina Meurana abandonó el nido real. No lo hizo sola: ordenó el despliegue del Acorazado Leviatán, la joya de la corona Owad, escoltado por cuarenta de las naves de línea más pesadas y letales del imperio. Un cortejo de destrucción pura, diseñado para borrar sistemas enteros. Saurana Dor se quedó en la base planetaria, observando el despliegue a través de los relés cuánticos de comunicación. Tenía un mal presentimiento que ninguna ecuación lógica lograba disipar. La pantalla táctica mostró el encuentro en los límites del sistema exterior. Las cuarenta y una naves Owad rodearon al crucero desconocido, que seguía avanzando con la misma parsimonia implacable. La orden de la Reina fue absoluta: fuego a discreción con los núcleos de colapso gravitatorio. Esta vez, el crucero desconocido reaccionó. Pero no hubo batalla. • El primer pulso: La nave desconocida parpadeó en un tono blanco azulado. Una onda de choque invisible barrió el espacio. • La aniquilación: No hubo explosiones ruidosas ni restos flotantes. En el instante en que la onda tocó a la flota Owad, las cuarenta naves de escolta y el Leviatán de la reina simplemente... desaparecieron en la nada, convirtiendo la mayor armada del imperio Owad en un tétrico vacío. La señal del relé cuántico se cortó. La pantalla quedó en negro.
El Verdadero Terror
En la sala de control de la base, el silencio que siguió fue absoluto. Los oficiales y analistas miraron a Saurana Dor, esperando una orden, un grito de guerra, un plan de contingencia. Pero Saurana no se movió. Un frío visceral, más denso que el vacío del espacio, se apoderó de sus sistemas biológicos. Las mandíbulas le temblaron sutilmente. Sin embargo, el pánico que la atenazaba no nacía del crucero desconocido, ni de la tecnología divina que acababa de presenciar. El horror que le congelaba la sangre era mucho más cercano, más inmediato y aplastante. La Reina había muerto. El vínculo neural real se había extinguido. Según la ley inmutable de los Owad, en ausencia de la monarca, el mando absoluto recaía de forma automática e inmediata en la segunda al mando. Las luces de la sala de control cambiaron de tono, parpadeando en un color púrpura imperial mientras los sistemas automatizados reconocían su nueva firma genética. Saurana Dor miró el mapa holográfico donde trescientos sistemas estelares parpadeaban, esperando sus órdenes. Millones de soldados, miles de flotas, billones de ciudadanos Owad ahora dependían de su mente. Y ella no tenía respuestas. No tenía defensas contra el intruso, no tenía forma de detener la marcha de la nave desconocida y, sobre todo, ya no tenía a quién obedecer. Estaba completamente sola en la cúspide de un imperio que se asomaba al abismo.
La Directiva del Silencio
El pánico interior de Saurana Dor no se filtró a su exterior. Como nueva monarca, su primera acción no fue una proclama de guerra ni un ápice de venganza; fue un acto de pura y fría supervivencia. Se conectó a la red de radio ultralumínica, uniendo en un solo canal hiperfrecuente a los trescientos Kurana, los regentes planetarios que gobernaban los sectores del imperio en nombre de la Corona. Trescientas proyecciones holográficas de los gobernantes Owad aparecieron en el perímetro del puente, sus rostros reflejando la confusión y el temor por la repentina pérdida de la señal de la Reina Meurana. -Escuchen con atención -comenzó Saurana Dor, su voz resonando con una autoridad impuesta por la pura necesidad-. La reina Meurana ha caído. El Leviatán y su cortejo ya no existen. He asumido el mando supremo del imperio. Un murmullo de siseos horrorizados recorrió las proyecciones. Antes de que la disidencia pudiera brotar, Saurana proyectó los datos técnicos y visuales de la nave desconocida directamente en las mentes de los regentes. -Esta es la Directiva Real Uno -sentenció Saurana-. Queda estrictamente prohibido hostigar, interceptar o realizar cualquier tipo de aproximación táctica a este tipo de navío. Si una de estas estructuras entra en sus sistemas, sus flotas deben replegarse a los sectores ocultos. No activen defensas planetarias. No fijen blancos. No existan para ella.
La Duda de los Conquistadores
Los Kurana, criados en la doctrina de la dominación absoluta, se agitaron incómodos en sus respectivos mundos. Para una raza que había aplastado a trescientas especies, la sumisión pasiva era un veneno indigerible. El Kurana del sector periférico más cercano al avance de la nave, un veterano de caparazón cicatrizado por mil batallas, dio un paso al frente en su holograma. Su voz llegó impregnada de una indignación desesperada: -¿Es esta la sabiduría de la nueva Corona? ¿Nos ordena escondernos en los túneles como larvas asustadas mientras un solo intruso profana nuestro espacio? ¡Majestad! ¿Dejaremos que nos pulvericen sin pelear? Saurana Dor lo miró fijamente. En sus ojos no había cobardía, sino la terrible claridad de quien ha visto el límite de la realidad. -Esa nave no vino a destruirnos, Kurana -respondió Saurana, con una calma que erizó las antenas de todos los presentes-. Pasó junto a mi vanguardia y nos ignoró. Solo atacó cuando la Reina intentó borrarla del espacio. No somos sus enemigos. Para ellos, somos el equivalente a los parásitos que flotan en el polvo cósmico de un asteroide. No gastan energía en exterminarnos, a menos que nos interpongamos en su curso. Hizo una pausa, dejando que el peso de la insignificancia Owad se asentara en el orgullo de sus gobernantes. -¿Que si dejaremos que nos pulvericen? -repitió la nueva Reina, mirando el vacío del mapa estelar- La primera vez que avistamos esa nave la ataqué con todo el poder de nuestro Imperio y como advertencia, borraron literalmente del espacio a dos de nuestras naves escolta. Tal vez, por la Gracia de la Gran Diosa, ahora no se fijen en nuestra existencia. Nuestra única esperanza ahora es que seamos demasiado pequeños para que decidan aplastarnos. Con un gesto de su mano superior, Saurana cortó la transmisión. El imperio de trescientos sistemas se sumió, por primera vez en su historia, en un silencio absoluto y absoluto terror, rezando a la oscuridad del espacio para seguir siendo invisibles.
|