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Psicoauditación - Beymar

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 08/03/2016

Sesión 21/03/2016

Sesión 06/03/2017

Sesión 27/07/2017

Sesión 14/09/2017

Sesión 17/05/2018


Sesión 08/03/2016
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

La entidad relata una vida en Umbro en que perdió a todos los suyos en un ataque de unas hordas. Quedó solo. Deseando encontrarse marchó y por el camino encontró a alguien que le ayudaría en su búsqueda.

Sesión en MP3 (2.475 KB)

 

Entidad: Llevaba dentro mío una tremenda carga en el pecho, en mi mente, en todo mi ser. Mi nombre era Grimán. Muchas veces me miraba en las aguas del arroyo para tratar de percibir qué pasaba dentro mío. Veía un hombre rubio de ojos acerados, cara afilada, barba recortada y me sentía impotente porque salvo mis ojos acerados, un gris impenetrable, no lograba ver nada dentro mío. Eso que me consumía a fuego lento, ¿era odio?, era deseos de venganza. Sé que en cada época, en cada mundo, en cada rol en el que encarnamos vivimos distintas situaciones acordes al momento, al lugar, y a veces se dice que nos acostumbramos, que nos adaptamos a la región, al mundo, a la época. No. ¿Quién se puede adaptar a las desgracias?

 

Cuando era adolescente, que no hace tanto tiempo atrás, salía con una joven de mi aldea, hija de Jarbuz, un vecino amable, atento. Ella se llamaba Lalia. Paseamos con nuestros hoyumans, fuimos hasta un pequeño valle, nos recostamos en la hierba, nos besamos.

En un momento mi olfato desarrollado se apartó de Lalia, olía humo. Me puse de pie y miré a lo lejos, en dirección a la aldea se veían columnas de humo. Corrimos rápido a nuestros hoyumans y galopamos hacia la aldea. A lo lejos vimos una horda de guerreros turanios que se alejaba aullando, gritando como bestias salvajes. Las casas de madera completamente quemadas, cuerpos calcinados o muertos a flechazos. Llego a nuestra casa, mis padres sin vida. Escuché el grito de Lalia, su padre, ese buen hombre yacía sin vida en la puerta, su mamá adentro calcinada por el fuego. Lalia se quebró, algo le pasó por dentro, me miraba, balbuceaba, trataba de hablar y no podía, decía frases incoherentes, señala al padre, la mano le temblaba. Cayó de rodillas, la levanté. Me miró a los ojos, me apartó, frunció el ceño.

-Soy yo, Grimán.

 

El pánico le invadió el rostro, no me reconocía, su mente se había quebrado.

Me doy vuelta rápidamente y había una docena de sobrevivientes, las mayoría mujeres mayores, dos o tres ancianos, un par de niños.

Me quedé en la aldea algunos amaneceres ayudando a enterrar los cuerpos, ayudando a los dos hombres medianamente fuertes que quedaban a reconstruir algunas casas.

Lalia se había quedado en lo de Inta, una señora mayor. Se abrazaba a ella, no quería salir de la vivienda de Inta. Las pocas veces que la fui a ver se escondía.

Me sentía mal, sentimientos encontrados, es como que hubiera perdido a Lalia. Por otro lado me sentía molesto porque me confundía quizás con un turanio, no había nada que hacer.

 

Algunos amaneceres más me alejé de la aldea. Anduve con mi hoyuman, con la alforja llena. Por suerte tenía bastantes metales plateados y cobreados, mi espada al costado y un puñal escondido en mi bota. Y marché. Estuve en distintos poblados siempre preguntándome cómo los turanios que están al norte podían haber llegado tan al sur, cómo no los detuvieron en otras regiones. Inta me había dicho que no eran más de treinta. Seguramente eran renegados pero mi mente reactiva, para la cual todo es igual a todo tenía odio contra todos los turanios y si alguno se cruzaba en mi camino le atravesaría el pecho con mi espada.

Sentía como que no tenía un lugar de pertenencia, como que la vida era ingrata, como que las situaciones se te hacen cuesta arriba, como que es fácil bajar cuando caes a un precipicio pero cuando trepas hacia la felicidad es como un camino pedregoso donde hay rocas sueltas y te caes, y no llegas nunca a esa cima anhelada.

 

Estuve en varias posadas. Mi padre me había enseñado de herrería, en uno de los poblados estuve muchos amaneceres, cerca de treinta, ayudando a un herrero. El hombre estaba entusiasmado, me decía:

-Grimán, quédate, te pagaré bastantes metales.

 

Pero algo dentro mío me quemaba, yo mismo no quería encontrar un lugar de pertenencia. ¿Qué era un lugar de pertenencia?: Donde tienes la familia, el amor, los amigos. Había perdido a Lalia, estaba su cuerpo pero no su mente. ¿Amigos?, desconfiaba de todos, no podía hacer amigos.

El hombre me pagó bien y me dijo:

-Grimán, la herrería estará abierta para ti si vuelves.

Nos estrechamos la mano fuertemente.

 

Retiré del corral a mi hoyuman, le di bastantes metales al encargado. Le dije gracias, mi hoyuman era como mi hermano. Monté y seguí viaje al paso.

De la misma manera que mi olfato era agudo, mi oído lo era más, escuchaba como choque de metales más adelante. Apresuré mi cabalgadura y a lo lejos, abajo, en una hondonada, veo a un joven, tres asaltantes lo estaban rodeando. Era bueno con la espada pero no tanto como para vencer a tres. Me acerqué, saqué mi espada, ataqué a uno sin decir nada, le corté la cabeza. Cuando el otro se dio vuelta ya tenía mi acero clavado en su pecho. El joven dio cuenta del tercer bandido. Le miré el rostro, era muy joven, de mirada noble, agradable.

-Gracias -me dijo-. Mi nombre es Icono. -Nos estrechamos la mano.

-Soy Grimán, vengo del sur.

-Yo vengo del norte, de bastante lejos del norte -me dijo Icono.

-¿Le escapas a algo?

-Icono me dijo:

-A la vida, supongo. He pasado por situaciones bastante, bastante difíciles. ¿Y tú?

-Algo parecido. Una horda quemó mi aldea, murió mi gente. No tengo más nada para contar.

-Agradezco el haberme salvado la vida -dijo Icono.

 

Me invitó a tomar unas bebidas espumantes. Fuimos al paso hasta el próximo poblado, llegamos casi al anochecer, comimos en la posada, dejamos nuestras cabalgaduras en el corral. Hablamos con Icono de mil cosas; de la vida, de las injusticias, de las traiciones. Yo no entraba en detalles con mi vida, él tampoco en la suya pero por lo que relataba había pasado por situaciones difíciles. No puedo decir que las mías eran peores porque a cada uno le aprieta más la bota que al otro, porque es uno el que la siente, entonces sería prejuzgar decir "lo mío fue peor que lo tuyo". Cada uno sabe de su historia, de su vida, sus situaciones, sus angustias, sus pesares... ¿por qué no sus alegrías?

Hacía tan poco que conocía a Icono y me caía bien. No es que fuera transparente, se guardaba cosas, no contaba todo pero yo sabía visualizar rostros. Miraba a los ojos... no, no sabía mentir. Al contrario, era quizá demasiado transparente.

 

Nos quedamos en el poblado seis, siete amaneceres, cada uno pagó un cuarto en la posada. Por la mañana galopábamos, llegábamos hasta un arroyo. Yo no perdía la costumbre de mirarme, Icono se sorprendía.

-Por qué te miras tanto en las aguas.

-¿Qué te puedo decir? -le respondí con una pregunta-, trato de encontrarme a mí mismo.

-No entiendo.

-Yo tampoco me entiendo, es cómo que guardo dentro mío un fuego y tontamente trato de ver si en las aguas se refleja algo.

Icono me dijo sabiamente:

-Entiendo lo que quieres decir, pero ese tipo de ardor, de llama, es invisible. Supongo que es mental y te afecta a la parte física y te daña.

 

Y me puse a pensar. Esa horda de turanios me dañó matando a los míos. El fuego que me consumía me seguía dañando. ¿Pero cómo lo controlaba? ¿Cómo se puede controlar lo inconsciente? ¿Cómo se puede controlar algo que llevas adentro como grabado a fuego, cómo? Todavía no tenía la respuesta pero la encontraría, estoy seguro que la encontraría.

 

Gracias. Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 21/03/2016
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

Dos conocidos comparten sus ideas, sus pensamientos, sus penas y descubren que son antagónicos. Tras una breve pelea descubren que son muy parecidos.  Llegan a entenderse. Lo relata la entidad en una vida en Aldebarán IV.

Sesión en MP3 (2.563 KB)

 

Entidad: A veces sientes como que el rencor por ser permisivo ante situaciones que uno no se atreve a decir "No" te va consumiendo por dentro y nuestros roles del ego, que se transmutan permanentemente segundo a segundo, buscan un culpable, uno mismo. Lo irónico es que esos roles del ego son quienes nos empujan, ante nuestra vulnerabilidad, a ser permisivos ante necesidades, ante temores, ante temores de perder cosas o el afecto de personas o la amistad de seres que les tenemos afecto, y eso nos vuelve vulnerables.

 

Recuerdo la vida como Grimán, los deseos de venganza recordando la orden turania que había saqueado nuestra aldea matando a mis padres, el odio me consumía por dentro. Fue como un bálsamo, como el respirar aire fresco el haber conocido al joven Ícono. Él me comentó que al haber ido con su hermano mellizo a un poblado, al volver había encontrados muertos a sus padres.

Le pregunté:

-¿Nunca los vengaron?

-No, y no creo que lo hagamos.

-¿Y qué sucedió con tu hermano? -Ícono sonrió con un gesto que en realidad era mitad era sonrisa y mitad pena.

-Mi hermano murió, y estando contigo me acuerdo permanentemente de él.

-Me asombré y le pregunté:

-¿Era parecido a mí?

-No, no en el aspecto físico, se llamaba como tú.

Volví a asombrarme y le dije:

-Grimán no es un nombre muy común, y menos en esta región.

-Lo sé, éramos... -De repente rompió en llanto.

Le digo:

-Termina, por favor, lo que me estabas diciendo.

Ícono continuó:

-Éramos tan iguales y a la vez tan distintos... Practicábamos siempre con la espada. Él me veía como frágil, débil, demasiado estructurado, quizás. Me criticaban porque me gustaba mucho la lectura, era pacífico en una tierra donde lo hostil va delante, pero me quería como yo a él. Cuando nuestros padres murieron salimos a buscar justica a tontas y a locas.

-Explícate.

-Claro, ¿a quién íbamos a buscar? Teníamos sospechas pero nunca dimos con los verdaderos culpables. Grimán cambió, se volvió más hosco, más reactivo, más difícil de razonar, llegó a buscar pleitos. Era muy bueno combatiendo pero un día fue al poblado solo y había cuatro hombres bebiendo y él ya estaba un poco alcoholizado y los desafió diciendo: "Ustedes saquearon mi casa". Los hombres evitaron la pelea hasta que él volcó la mesa, golpeó a uno y dentro mismo del recinto acabaron con él. Me enteré al amanecer siguiente. Supe quién eran los cuatro.

Vinieron a hablarme, me dijeron:

-Disculpe joven, tenemos un montón de testigos de que no había manera de frenarlo.

-No los culpo -les dije.

Pero fue peor, porque matan a tu hermano, tú quieres acabar con quien lo hizo o morir en el intento, pero en este caso los hombres eran inocentes, él los había provocado y si no se hubieran defendido los hubiera herido o matado. Y el hecho de que tú te llames como él me hace sentir mal.

Le dije:

-Quizá sea el momento de que nuestros caminos se separen.

-Se quedó pensativo. De repente me dijo:

-Tus padres también murieron. ¿Cómo fue?

-Te lo he contado -le dije-, te lo he contado. Una horda saqueó mi aldea, una horda turania.

Ícono se puso pálido.

-¿Qué sucede?, -inquirí.

-Los padres de mi abuelo paterno eran turanios, o sea, mi descendencia es turania. -Aunque yo nunca conocí esa región mi mente se nubló, tenía enfrente mío un joven de descendencia turania, odiaba a todos los turanios. Es como que Ícono hubiera leído mi mente. -Si quieres matarme, mátame, me defenderé, pero matarme, en el caso que lo logres, no te dará consuelo.

-¿Tú qué sabes?

-Sólo sé que eres un tonto.

 

Ícono a propósito me provocaba quizá para sacar lo peor de mí. Desenfundé mi espada, el sacó la suya, intercambiamos golpes. En un momento dado le pegué con el codo en su mentón y cayó sentado al piso y le apoyé mi espada en su hombro. Soltó su espada, tomó el metal de la mía con sus manos y la corrió hacia el centro del pecho.

-Ahora empuja, empuja Grimán, sácate el gusto, mátame, venga a tus padres ya que yo no pude vengar a los míos.

 

En ese momento mi mente analítica triunfó sobre mi mente reactiva: guardé mi espada, tendí la mano para que se levante, cogió mi mano derecha y con la izquierda tomó su espada. Luego la guardó.

Luego me dijo:

-Sé que en los turanios hubo problemas, llamémosle políticos, donde hubo enfrentamientos entre distintos factores y hubo rebeldes que estaban en contra

del gobierno turanio y con la excusa de esa rebelión muchas hordas salían a saquear pero no fue nunca el gobierno turanio, no los culpes a todos por veinte o treinta asesinos, y no me culpes a mí, soy descendiente pero no me identifico con ellos.

Lo miré, vi su mirada limpia, su rostro trasparente y le dije:

-¿Y por qué me has provocado?

-Para que saques eso reactivo y momentáneamente lo elimines.

-Pero te podía haber matado.

-Confié que no, confié que iba a triunfar tu sentido común.

-Nunca seas tan confiado, Ícono.

-Será porque te llamas Grimán, como mi hermano. Obviamente eres mayor que él, apenas mil amaneceres más, pero en el poco tiempo que te conozco siento afecto, y lo que te ha pasado a ti, me ha pasado a mí. Tú has perdido a tus padres, yo perdí a mis padres, y a mi hermano indirectamente, porque él nunca hubiera sido un provocador en tabernas si nuestros padres hubieran vivido. Quizá por mi manera de ser, mi temperamento, ser más estructurado me permitió seguir analítico mientras que él perdió la cordura haciéndose matar.

 

Mis ojos acerados miraron al horizonte, las palabras de Ícono me hacían bien, era inteligente. Le dije:

-Quizá me pase como a ti y nunca encuentre a quienes mataron a mis padres. Quizá haya más hordas turanias, quizá combata contra algunos pero seguramente no serán aquellos que fueron responsables de la muerte de mis seres queridos. Tengo que buscarle otro sentido a mi vida porque si alimento con odio mi interior es como aquellos que alimentan su interior con  miedo, con dudas, con temores, con incertidumbres y vuelven su vida vacía, porque una vida llena de incertidumbres, de inseguridades, de rencores, de dudas, de celos no es vida, como tampoco es vida ceder ante demandas, como tampoco es vida vivir inseguro de si te aceptan, de si te aman, de si vale el esfuerzo luchar por algo. Y me doy cuenta de que sí, que vale el esfuerzo aunque la recompensa sea pequeña porque luego te seguirás esforzando en otras cosas y en otras, en afectos, en tareas, en amistades pero no alimentado tu interior con basura.

 

Ícono me miraba callado hasta que finalmente dijo:

-Pienso como tú.

 

De la misma manera que yo me alimentaba sanamente con las palabras de las palabras del joven, Ícono se alimentada sanamente de mi razonamiento. Por el momento seguíamos cabalgando juntos poblado tras poblado, luego aquel que está más allá de la estrellas nos macaría el rumbo.

Sé que uno elige pero sé que a veces las circunstancias nos hacen torcer del camino elegido y ni siquiera nos hacen optar por otro camino, las circunstancias nos empujan. A veces somos como esas barcazas en el rio que están a la merced de la corriente de agua, parece una comparación tonta pero es lo que pienso y es mi opinión y es tan válida como cualquier otra.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 06/03/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

Era astrónomo en Helio III y descubrió un planeta gemelo oculto detrás de su sol. Pasó por diversas dificultades familiares, profesionales. La entidad se desespera por la sinrazón de los habitantes de Helio III, que en lugar de evolucionar por dentro involucionan por fuera enriqueciéndose, explotando y generando guerras. Cataloga al ser humano de aquellos tiempos como al de ahora.

Sesión en MP3 (2.649 KB)

 

Entidad: Es extremadamente difícil tratar de diluir el egocentrismo humano. Tenemos, y hablo en plural, la noción de bondad, el voluntariado de poder ayudar en grupos a gente que carece de medios para poder subsistir, tenemos la noción de lo que es la misericordia, el altruismo, la grandeza interior. En mi caso, quizá la palabra fanático suene un despropósito pero era fanático ecologista y fanático pacifista.

 

Mi nombre era Wilder, Wilder Marti, informático cuántico. Vivía en Idona, región fronteriza al gran país de Australis. Idona era un país pequeño, su pueblo se consideraba nacionalista. De mi parte era enemigo de las fronteras si bien amaba mi región, pero vivimos en una zona caliente, y lo explico: Estaba en un país fronterizo a Australis, una de las dos potencias más importantes del planeta. La otra estaba al norte, Borelia, un país expansionista, también con un enorme arsenal. ¿Que gastaban todo el dinero en armamento? No. Teníamos astronaves, habíamos llegado a nuestro satélite, habíamos llegado al cuarto planeta pero como habíamos captado ondas matemáticas de otros mundos en otros sistemas estelares evitábamos dejar huellas, evitábamos dejar huellas en otros mundos.

 

Nuestras naves estaban bien equipadas pero me sentía ajeno a todo ese crecimiento, absolutamente ajeno.

 

 

Con vosotros Johnakan Ur-El haciendo un breve prólogo. Envío vibración, lo que vosotros llamáis Luz, vibración suprafísica azul para de alguna manera moderar la parte emocional del thetán de Beymar, para que pueda profundizar el relato de su vivencia de una vida pasada de manera que la emoción no supere su concepto y pueda relatar claramente. Gracias

 

Entidad: Nunca me jacté hablando de que yo era mejor por los demás, de que yo tenía un panorama más amplio en cuanto a conceptos. También me invadía la vanidad, era un buen informático cuántico en Idona, seguramente el mejor de Idona. En el país fronterizo, Australis, que era una de las dos potencias, había informáticos mejor pagos pero no significa mejores en cuanto a conocimiento. Aparte, durante bastantes años estuve trabajando en Australis, creciendo, formándome, poniendo los enormes ordenadores, ordenadores que cada nave tenía un petabyte de capacidad. El próximo paso era llegar a leer con los ordenadores cuánticamente las bramas o grietas espaciales para poder llegar a otros sistemas estelares. Además tenía una teoría que los astrónomos no avalaban y se burlaban: Nuestro mundo Helio III tenía una especie de balanceo en su órbita y mi hipótesis era que del otro lado del Sol teníamos un planeta gemelo. Me dijeron -creo que visionario fue la palabra más suave-, excéntrico, que vivía fuera de la realidad.

 

Con naves robot habíamos llegado a los confines de nuestro sistema estelar y si hubiera habido un planeta gemelo a Helio III al otro lado lo hubiéramos descubierto.

Yo debatía:

-¿Cómo, si avanzamos en el mismo sentido? Llegamos con naves robot al primer planeta, al segundo que tenía una atmósfera basada en ácido, el cuarto planeta que era más pequeño y luego los planetas gigantes gaseosos. Pero nunca enviamos una nave robot al otro lado del Sol, y orbitábamos a la misma distancia, a la misma velocidad.

Me refutaban los científicos diciendo:

-¿Y por qué no tiene un gemelo el cuarto planeta o el quinto o el segundo?

 

Mi hipótesis quedó en la nada porque había amenazas de confrontación entre Australis, nuestro país vecino, y Borelia, el país del norte, ambos estaban equipados con las más grandes armas nucleares, amén que tenían bombas de vacío que podían absorber hasta una ciudad pequeña. Era ilógico que guerrearan puesto que hubieran acabado con la raza si así lo hicieran, y yo ya sabía de pérdidas.

Siendo joven había perdido a mis padres en un accidente en una autovía, papá no se llevaba bien con mamá y se había vuelto adicto al juego y a los polvos alucinógenos, unos polvos especiales que no eran detectados por la policía de caminos. Por la noche me enteré que se habían estrellado y tuve como una especie de trauma de manejar un vehículo volador pequeño, si bien los autos voladores magnéticos eran muchísimo más seguros que los aviones, yo les tenía idea.

Y al poco tiempo sufrí otra pérdida, de otro calibre, de otra especie, de otra manera, mi esposa se alejó y me llegó una carta de divorcio, una citación. No me pidió bienes gananciales, había conocido a un hombre en Australis de fortuna que trabajaba justamente con naves espaciales. Yo lo hubiera aceptado porque al fin y al cabo cada ser humano es libre de elegir pero el hombre era muy pedante, muy pagado de sí mismo, consideraba inferior a todos los demás, medía al ser humano por lo que tenía no por lo que era, opuesto a mi manera de pensar. Sé que la vida es sagrada pero por fortuna no habíamos tenido hijos, un conflicto menos.

 

Mi trabajo en Idona era inferior al que había tenido en Australis con los super ordenadores de 1 petabyte, de 1.2, 4 petabytes. Ex compañeros me decían "No te sientas humillado, Wilder, por trabajar en ordenadores caseros habiendo logrado lo que lograste". Tenía una pequeña fortuna, había ahorrado, no había dilapidado el dinero y era dueño de mi vida. Bogaba por la paz, bogaba por la ecología e ingenuamente seguía creyendo en el altruismo, en la compasión, como dije al comienzo en la misericordia, en la piedad y no me daba cuenta que las dos potencias, Borelia y Australis, estaban al borde de la guerra por situaciones que no tenían nada que ver. No había conflictos territoriales, pues estaban a trece mil kilómetros de distancia Borelia y Australis, no había conflictos de posesión de terceras tierras, era simplemente que sus gobernantes tenían una política distinta, ambos eran expansionistas pero mientras Australis bogaba falsamente por el pueblo mientras sus gobernantes se enriquecían, Borelia se sentía el campeón de la democracia de todo Helio III cuando el proteccionismo era mentira, explotaban a pueblos de la misma manera que Australis. Y me daba cuenta de que el ser humano era, cómo decirlo, incorregible.

 

Leía excelsos escritores hablando de nobleza, había recorrido toda la historia de Helio III desde viejas épocas. Prácticamente, actualmente habíamos vencido todas las enfermedades, avanzábamos técnicamente, exponencialmente.

Teníamos unos pequeños pendrive de hasta un terabyte de capacidad, una capacidad absolutamente superior a los primeros ordenadores que llevaron nuestras primeras naves al satélite pero no crecíamos en lo otro, en lo interior.

Teníamos música excelsa, poesía, éramos una mezcla de romance y violencia.

¿Quién, quién, quién en su sano juicio, quién en su sano juicio se puede adaptar a eso? ¿Quién en su sano juicio se puede adaptar a eso, a sufrir pérdidas, a tener dolor y encima no sabes si tu planeta va a sobrevivir? ¿Por qué el hombre es tan estúpido? ¿Por qué el hombre es tan egoísta?

 

 

 


Sesión 27/07/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

La entidad comenta que las siguientes generaciones de humanos sobrevivientes intentaban reevolucionar en Gaela, donde en miles de años otra raza había evolucionado desde seres de menor conceptualidad y que ya poseían tecnología. Se amistó con uno de ellos.

Sesión en MP3 (3.466 KB)

 

Entidad: Hay situaciones que pueden humillar tu persona, hay circunstancias que pueden humillar una raza.

En la actualidad, en mi rol, siento que la sociedad está cambiando, algunos pocos para mejor, logrando descubrimientos que ayudan a la humanidad, y una gran mayoría sumidos en la indiferencia viendo como se depreda al planeta, cómo se pelean entre hermanos. Y uno se siente desbastado interiormente.

Pero si tenemos que pensar en los primeros engramas voy a repasar una vida antiquísima.

 

Mi nombre era Román. Vivíamos en un mundo donde éramos seres de segunda clase. No quedábamos muchos humanos en el planeta, las ciudades estaban destruidas, estábamos todos dispersos y había nuevas metrópolis habitadas por seres similares a nosotros pero con bastante pelo en el cuerpo, les decíamos los peludos.

Ellos nos miraban con desprecio -diríamos-, seguramente. Nos consideraban bárbaros con instinto destructor. Y seguramente lo habíamos sido porque en las ciudades destruidas hacíamos incursiones para ver si encontrábamos materiales, comida, algo que sirviera, pero no; y había cosas que directamente desconocíamos para qué eran. Pero sí había fotos, afiches, posters quizá de miles de años pero con un material que desconocíamos. Y elucubré hasta qué punto habíamos avanzado y qué fue lo que sucedió que nos destruimos.

 

La generación anterior a la mía fue más perseguida, incluso si tratábamos de incursionar en la metrópolis de los peludos nos encerraban como si fuéramos animales. Incluso en los primero contactos, generaciones atrás, se sorprendían de que pudiéramos hablar, de que pudiéramos comprender. En la generación actual los peludos nos explicaron que nuestra civilización fue muchísimo más avanzada que la de ellos.

No lo podía comprender porque no teníamos nada, vivíamos en los bosques, en los desiertos, en las estepas, en las sabanas, en las montañas. En la generación anterior recién habían empezado a construir casas de madera, antes dormíamos en carpas o en cuevas o a la intemperie, debajo de los árboles y veíamos la metrópolis de los peludos que tenían vehículos, aparatos voladores y un montón de cosas que no comprendíamos. Sin embargo, nos decían que nosotros habíamos tenido una civilización mucho más avanzada. Y seguramente habremos creado algo que nos destruyó, un arma o algo. No lo sabemos, no conocemos nuestra historia.

 

Recuerdo cuando conocía a Nieve, una joven morena de cabello oscuro, de mucho carácter, seguramente más carácter que yo, incluso. Le molestaba la palabra resistencia porque su madre le había inculcado que no éramos ninguna resistencia. Al contrario, su madre había logrado cambiar la forma de pensar de otros humanos que trataban de enfrentarse con los peludos hasta que se dieron cuenta de que los peludos no buscaban atacar a los humanos, simplemente se defendían de los ataques humanos y decían que nosotros éramos los perniciosos, los salvajes, y no salvajes porque estuviéramos desaseados, sucios, deambulando, sino por nuestro ADN.

 

Le pregunté a Nieve qué significaba eso.

Dice que su madre, Runa, había conversado con algunos peludos y le dijeron que el ADN era nuestra genética, lo que componía nuestro ser, y que en esa composición ya llevábamos el instinto depredador y nos peleábamos entre nosotros en el pasado.

Le respondía a Nieve:

-¿Cómo puede ser esto si el instinto nuestro es tratar de ayudarnos, de protegernos, de mancomunar esfuerzos?

Y Nieve me decía:

-A madre le dijeron que no era así.

Le comenté:

-Pero ahora tenemos mejor trato que la generación pasada con los peludos, ¿por qué no nos brindan sus comodidades?

La joven me respondió:

-Román, aún tienen desconfianza, y va a pasar muchísimo tiempo para que confíen de nuevo en nosotros. Ellos poseen armas, jamás nos darían una porque a los dos días la estaríamos usando contra ellos tratando de dominarlos.

-No es cierto -negué-, no somos así.

-Mira atrás -me dijo Nieve-, mira lo que hemos logrado.

 

Y pensé ¿quién dijo que fuimos nosotros los que destruimos nuestras ciudades? ¿Cómo sabemos que no nos han atacado los peludos y nos creían exterminados y al ver que sobrevivimos nos hicieron creer que nosotros mismos acabamos con nuestra raza? Pero aquí estamos.

 

Nieve me dijo:

-Madre averiguó mucho, madre fue una especie de adalid mostrando el camino a los pocos que quedamos sobre este planeta. ¿No has conocido a mi madre?

-No -negué-, pero mis padres me hablaron de una tal Runa que gracias a ella se empezaron a sembrar tierras que eran estériles, se empezaron a cosechar verduras, cereales y ya no teníamos que ir mendigando comida sino que teníamos nuestra propia comida y evitábamos cazar mamíferos. También mis padres me dijeron que antes de Runa muy pocos tenías casas sólidas de madera para guarecerse de la lluvia, del viento o en las zonas muy boreales o muy astrales guarecerse de la nieve en invierno. Si la Runa de la cual me han hablado es tu madre, honestamente la felicito. ¿Y tú?

Nieve me dijo:

-¿Y yo qué? Yo soy un diez por ciento de lo que es mi madre, tengo fuerza, aprendí a trabajar el campo, pero me siento... insignificante. Si es cierto que nuestra raza fue tan gloriosa, ¿qué nos pasó?, ¿por qué permitimos caer tan bajo?

-Si tú sabes bastante de historia, por tu madre, ¿dónde estaban los peludos cuando nosotros éramos la gran civilización?

Nieve me respondió:

-Según mi madre ellos eran seres menos evolucionados y han evolucionado rápido, dicen que su historia es inferior a cien mil años, que hace cien mil años ni siquiera sabían hablar y ahora nos remplazaron en el planeta.

-No, no nos remplazaron, nosotros somos la raza humana, ellos son la raza de los peludos, convivimos las dos razas.

Nieve sonrió con sarcasmo e irónicamente me dijo:

-Román, ¿convivimos? ¿A dónde convivimos? Convivir es compartir, convivir es dialogar de igual a igual. Ellos viven en la metrópolis, nosotros vivimos en las afueras. No, no somos sus iguales para ellos, compartimos el planeta. No compartimos nada, nos dan los mendrugos de pan, figurativamente hablando.

Lo bueno -agregó Nieve-, que no se meten con nosotros, nos dejan cultivar la tierra, nos dejan edificar. En la primera época de mi madre, Runa, se empezaron a hacer viviendas de madera, ahora ya hay pequeñas aldeas en distintas zonas.

Le pregunté:

-¿Y por qué no aprovechar las ciudades desgastadas para edificar edificios nuevos? O sea, vivir más protegidos.

La joven respondió:

-Porque la mayoría de la gente no quiere. Piensa que trae mala suerte vivir en las ciudades, allí fue donde el ser humano casi desaparece de la faz de este mundo.

 

Me sentí vacío por dentro. Pensar que me sentía orgulloso porque mis padres me enseñaron a leer, a escribir, sabía sumar y restar, dividir y multiplicar y me creía muy sabio. Y luego al ver, no aparatos en la metrópolis de los peludos, sino en nuestras propias ciudades que habían habitado nuestros antepasados y veía utensilios que no sabía ni para qué se usaban, y ahí me di cuenta de lo ignorante que era, de lo poco que sabía. Y sí, hay circunstancias que humillan a un ser humano y hay episodios mayores que humillan a toda una raza. Yo sentía que toda nuestra raza, lo que quedaba de ella, había sido humillada, pero no me mal interpretéis, no por los peludos que fueron evolucionando mientras nosotros nos destruíamos, humillados por nosotros mismos. Sí. La fraternidad se transformó en miseria, egoísmo; cada uno pensaba en sí mismo, y por gracia de Dios es que no nos destruimos por completo. La primera vez que un peludo vio a un ser humano se sorprendió, pensó que estábamos extinguidos, comentó que había otros continentes más al norte. Nosotros habitábamos la zona austral, era el continente más austral del planeta.

 

Nieve me preguntó por mis padres, le dije que eran bastante grandes, me tuvieron ya de grandes, tendrían como treinta años, ahora pasaban los cincuenta.

Porque hay una cosa que me faltó aclarar, la expectativa de vida de nuestra especie apenas pasaría los cincuenta, cincuenta y cinco años, mientras que los peludos tenían una expectativa de vida de más de cien años. Incluso uno de ellos comentó a la mamá de Nieve, a Runa, a quien aún no he tenido el gusto de conocer, que nosotros hace miles y miles y miles de años atrás teníamos una expectativa de vida de más de ciento treinta años.

Nos faltaba medicación, un equilibrio de alimentación, teníamos muchos parásitos en el cuerpo. Y a medida que fui aprendiendo todo eso me di cuenta que éramos endebles, vulnerables.

En esa época, como Román, desconocía la palabra engramas, pero entendía que al estar desguarnecido esto me condicionaba, me hacía sentir poca cosa porque me comparaba con esos seres de la metrópolis que vivían cómodos, en edificios altos con calefacción o refrigeración en verano, andaban en sus vehículos voladores... Y nosotros a la deriva.

 

Era la primera generación que se había establecido. Y así como un engrama afecta a una humanidad, el famoso inconsciente colectivo donde todos nos sentimos menos.

Pero claro, según la madre de Nieve, el inconsciente colectivo de la raza hace miles y miles y miles de años atrás era de prepotencia, de soberbia, de creerse más de lo que era. Y así nos fue. Hubiera querido averiguar qué fue lo que acabó con la mayoría de nosotros, algún arma que no pudimos controlar. No había información sobre ello.

Una gran sorpresa fue días después. Nieve dijo que me iba a presentar a su madre. Me sentía excitado por conocer a la famosa Runa.

 

Pero antes tuve una tremenda experiencia. Fuera de la metrópolis me encontré frente a frente con un peludo joven, se llamaba Lemos. No me tenía temor, yo tampoco a él.

Me preguntó mi nombre: Román.

Él se presentó como Lemos.

Le dije que mi anhelo era conocer mi propia civilización pero había aparatos que no sabía si podían funcionar. Él estudió arqueología, se había recibido de profesor de historia. A pesar de que yo no sabía distinguir la edad de los peludos me di cuenta de que era una persona joven. Me dijo que tenía veinte y seis años -Igual que yo, le dije-, y que su idea era ir a conocer una de nuestras ciudades desbastadas para saber lo que fue lo que acabó con nosotros.

Le dije:

-Me gustaría acompañarte.

-Pero mis padres no me dejan, las autoridades no me dejan, me sancionarían si supieran que fui a las ciudades desbastadas vuestras.

-¿Y qué piensas hacer?

-No lo sé. No lo sé, todavía.

-¿Dónde vives? -me preguntó.

Le señalé el camino, una casa grande donde vivía con mis padres.

Él me dijo que había una entrada desde el norte y que todas las semanas salía a despejar un poco su mente. Combinamos un punto de encuentro para vernos cada siete días, él seguía con la idea de ir a una ciudad desbastada nuestra.

Y yo le dije:

-Mi deseo, mi anhelo es acompañarte. No hay peligro, no hay nada, no hay nadie, los nuestros no viven en las ciudades, dicen que trae mala suerte.

Lemos me dijo:

-No existe la mala suerte, debe haber un trauma colectivo por el cual no quieren ir a sus propias ciudades.

No entendí bien la palabra trauma colectivo, me la explicó a su manera.

Nos dimos la mano. Sentí raro el contacto de mi mano lampiña con su mano peluda, éramos casi de la misma estatura.

 

Y al día siguiente conocería a Runa, que ya prácticamente era una leyenda en este mundo, en Gaela.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión 14/09/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

Ante los que hoy poblaban Gaela, él y otros como él pasaban por seres de limitado concepto. Sabían que eran los antiguos pobladores de este mundo que habían caído en la barbarie, y les dejaban estar. Pero se podían comunicar, la entidad, en su rol, se comunicaba con aquella raza.

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Entidad: Es complicado cuando conocemos nuestra historia, nuestra historia como raza, creaciones, obras de arte, guerras, catástrofes, luchas entre el bien y el mal. Y uno a veces piensa qué feliz es siendo ignorante, ignorar tu historia, tu pasado, el pasado de tu raza. Pero pasa en lo cotidiano, a veces tu mente obliga a tu cerebro, inconscientemente, a olvidar episodios que te han marcado, que te han vulnerado. Es como una especie de autodefensa automática, ¿no? valga la redundancia. Sin embargo, ¡qué difícil es no saber tu historia!

 

Estaba con la mirada perdida, y en medio del bosque pongo mi mirada en la figura femenina y me doy cuenta lo atractiva que era, pero estaba tan abstraído en mis pensamientos que no me di cuenta que a su vez Nieve me miraba.

Y me increpó mal.

-¡Qué miras, Román! ¿Qué te pasa conmigo?

En ese momento salí de mi estado de éxtasis. Le digo:

-Disculpa, estaba pensando.

-¿Pensando? Mirándome a mí, mirando mi cuerpo. Ten cuidado con tus pensamientos.

Me defendí:

-No estaba pensando nada, no por lo menos con respecto a ti.

-No te creo.

-¡Ahhh! Estaba pensando que no conozco el pasado de nuestra raza, qué fue lo que pasó. Y sí, de repente, automáticamente puse la vista en ti y me agradó tu figura.

-Entonces tenía razón; ten cuidado Román, hay varios varones en la aldea que me han mirado y a más de uno le puse mi daga en el cuello. -Me molesté. Me molesté mucho y mal.

-¿Tú te piensas que soy una bestia, como dicen los peludos, y te forzaría a hacer algo que tú no quieras? Mira, hagamos una cosa, me acerqué a Lemos, el peludo joven de mi misma edad, me voy con él a explorar una de las ciudades desbastadas. Tú quédate con tu madre, Runa. -Nieve aflojó la mirada.

-Está bien. Lo que pasa que una de repente ve la mirada de los varones de la aldea y se siente incómoda.

-No eres joven, te llevo cuatro años, yo tengo veintiséis, tú tienes veinte y dos. Hay jóvenes que ya está en pareja, hay jóvenes que ya tienen hijos.

-Es su problema -dijo Nieve.

-Ahí viene tu madre. -Traía consigo una alforja con provisiones.

-¿Cargaron provisiones? -dijo Runa.

-No.

-¿Y qué esperan?

 

Lemos, el peludo, llevaba a su vez provisiones y aparatos que yo no entendía para que servían. Me explicó de uno.

-Esto seguramente está en vuestras ciudades, es un aparato rudimentario. Se llama brújula, apunta al norte.

-¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué fuerza lo hace impulsar?

-Algo que se llama campo magnético.

-¿Qué significa?

-Ya te explicaré con tiempo -me dijo Lemos.

 

Verdaderamente estaba asombrado por las clases de material que había en la ciudad de los peludos, la única que conocíamos, pero sabíamos que en el planeta había cientos y cientos de ciudades, incluso tenían vehículos.

Lemos me decía: Román, te lo había repetido anteriormente, ustedes estaban mucho más adelantados que nosotros pero algo pasó hace miles de años, pero miles y miles y miles, incluso nuestros antropólogos los tomaban como una raza extinguida y de repente, al descubrir que en los alrededores, en los bosques, cerca de las ciudades todavía quedaban algunos de ustedes fue el mayor descubrimiento de nuestra época.

 

Antes de que Runa se enojara fui corriendo a buscar una mochila y provisiones.

Cuando volví le dije a Runa:

-Señora, iremos caminando.

Me miró con unos ojos de hielo y me dijo:

-Dime de vuelta señora y mi hacha se enterrará en tu cabeza.

-¿Pero cómo le digo?

-Trátame de tú y me llamas Runa. Y deja de mirar a Nieve de esa manera.

-¡Pero cómo la miro!

-La miras de una manera como que la deseas.

-Pero la respeto, me molesta que piense que soy una bestia más.

-Está bien. ¿Ya estás, Nieve?

-Sí, madre.

-Bien, Lemos y Román van adelante. A propósito -Lemos se dio vuelta-, ¿qué dicen tus padres a todo esto, saben que te has contactado con humanos?

-Sí, les he dicho. Me han dicho que me cuide. Me han dado esto. -Mostró un aparato metálico.

-¿Qué es eso?

-Un arma.

-¿Cómo funciona? -pregunté.

-Dispara a distancia. Tiene una especie de campo magnético y dispara proyectiles sin sonido. Tenemos otras armas más poderosas en base a pólvora, pero son muy ruidosas.

-¿Y qué te han dicho -preguntó Runa-, que si te tratamos mal o intentamos algo contra ti nos dispares?

El joven peludo dijo:

-Jamás haría eso. -Y también se sintió molesto con la pregunta.

Nieve dijo:

-Pero llevas un arma.

-No sabemos lo que encontraremos en el camino, ¿ustedes sí?

 

Y anduvimos. Pasamos por una zona de bosques, prácticamente una zona selvática con plantas incluso desconocidas.

-Estoy perdido -dije-, no sé cómo volver.

-Tengo el aparato -dijo Lemos.

-¡Aja! Eso que llamas brújula.

-Sí, apunta siempre al norte.

-¿Pero y si no vamos al norte?

-Es que no vamos al norte pero el aparato me guía. Mira lo que tengo aquí. -Sacó de la mochila una especie de espejo, que en realidad no era un espejo, se iba abriendo en forma de tubo.

-¿Qué es eso?

-Un catalejo plegable. Mira con un solo ojo, el que tú quieras. Apunta hacía allí.

-¡Madre! -exclamé.

-¿Qué ves?

-Una ciudad enorme, mucho más grande que las vuestras. -Me saqué el catalejo de mi vista y no veía nada, solamente plantas y a lo lejos montañas-. ¿Qué es esto, es magia?

-No es magia, te acerca la imagen mil veces, por darte un ejemplo, también tenemos binoculares para ver con los dos ojos.

-¡Wow! ¿Y tú dices que nosotros utilizábamos esa técnica?

-Técnicas mucho mayores.

-¿De noche veis la luna?

-Bueno. en nuestra ciudad tenemos telescopios que son como este catalejo pero muy superiores, podemos ver detalles de nuestro satélite.

-¡Pero está muy lejos!

-A cientos de miles de kilómetros. Y alguna vez, estoy convencido que ustedes fueron.

-¿Cómo nosotros? ¡Ah! Tú dices nosotros como raza. Todavía no entiendo qué pasó.

 

Seguimos andando, paramos varias veces a comer, a beber, a hacer nuestras necesidades.

-Hoy no llegaremos -exclamó Runa-. Descansaremos.

-Pero no tenemos ninguna carpa, ninguna tienda.

-No parece que hubiera animales peligrosos. Traje una especie de aceite para untar el cuerpo.

-¿Por qué?

-Porque así no hay ningún bicho que nos pique. A ti, Lemos, no creo que te haga falta. -El peludo sonrió, o por lo menos parecía que sonrió, mostraba los dientes-. Lemos, no te molestes, no te ofendas, ¿pero cómo sé cuándo te sonríes o haces una mueca de agresión?

-Porque cuando sonrío, mis labios, en las puntas, se tuercen hacia arriba, y aparte lo ves en mis ojos. No mires la mueca de mi boca, mira mis ojos, te darás cuenta cuando estoy alegre, los ojos no mienten, por lo menos no los míos.

 

Lemos era un peludo, entre ellos se llamaban lémures, pero su mirada me agradaba. Dijo que estudiaba, que estudiaba todo lo que es la historia antigua.

-¿Cómo le llamáis a este mundo?

-Lemuria.

-¡Aja! Entiendo, porque vosotros sois lémures. ¿Cómo le llamaríamos nosotros? -Hay expertos en idiomas y han visto restos de carteles de un material que incluso desconocemos nosotros, que ha perdurado siglos, milenios. Aparentemente a vuestro mundo lo llamabais Gaela.

-¡Gaela! Suena bien.

-Y estabais esparcidos en varios continentes.

-¿En regiones?

-No, continentes. Los continentes son extensiones de tierra separadas unas de otras por el océano.

-¡Pero eso son islas!

-No, las islas son pequeñas, un continente puede tener miles de kilómetros de extensión.

-Entiendo. ¿Y esa ciudad que vi con el catalejo, tú dices que en Gaela, o Lemuria, hay muchas?

-Seguramente. Insisto creíamos que éramos los únicos seres inteligentes que quedaba en Lemuria.

-Bueno, ahora me siento halagado, porque no nos dejaban acercar a vuestras ciudades, éramos salvajes, brutos.

-No los conocíamos -dijo Lemos-. Puedo conversar contigo de igual a igual, no sabrás cosas técnicas, ni matemática...

-¿Qué es matemática? -pregunté.

-La ciencia de los números.

-Entiendo. Tú te refieres a si tienes en una mano cinco unidades y en otra mano cinco unidades, entre las dos manos tienes diez unidades.

-Bueno, eso es aritmética básica. Matemática es aritmética y geometría, va mucho más allá. Álgebra también, pero ahora no tiene sentido que te explique todo eso porque sería dar una paso demasiado largo y no lo entenderías.

-Ya me tratas como bruto -me defendí.

-No, no, para nada. Cuando yo era pequeño me enojaba cuando me decían ignorante, y significa no saber algo. Hay muchas cosas que no sé y no por eso voy a enojarme. -Sacó una especie de..., lo que él llamaba spray, un rociador, y se roció todo el cuerpo.

Runa preguntó:

-¿Qué es eso?

-Lo mismo que usáis vosotros para la piel, como ese aceite para los bichos. Yo uso este rociador.

-¿Pero cómo te van a picar con el pelo que tienes?

-Igual pican y chupan sangre.

Me asusté.

-¿Pero te dejan sin sangre?

-No, son bichitos que tienen apenas milímetros, pero te chupan sangre, viven de eso. El rociador los espanta, como vuestro aceite.

 

Y descansamos.

-Mañana, seguramente -dijo Runa-, llegaremos a esa ciudad que habéis visto con el catalejo ese. Y ahora a dormir.

-¿Hace falta que alguno vigile?

-Mi oído es muy fino -dijo Runa.

-El mío también -dijo Nieve, su hija-, y también mi vista, así que manteneos lejos de nosotros.

-Tienes algo en la cabeza que no te deja vivir -me defendí-. ¿Piensas que de noche me voy a acercar a ti? No te molestes, no me interesas. -Nieve largó una carcajada.

-Eres un niño todavía.

-No soy ningún niño, tengo veintiséis años. Tú eres una niña.

-A dormir, ¡hala! -dijo Runa.

-A dormir -dije yo-. Mañana será otro día.

 

 

 


Sesión 17/05/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Beymar

En Umbro, Aldebarán, se rumoreaba que un gran señor pretendía anexionarse distintos reinos para eventualmente protegerlos de las hordas del norte. La entidad relata que estaba en uno de esos reinos y no estaba de acuerdo cómo iban las cosas. Comenta el alivio que siente al descargar engramas pero lamenta traspasarle el dolor al canalizador.

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Entidad: No es nada nuevo lo que voy a decir, cada vida puede ser distinta por región, por tiempo, por situaciones, por entorno que te rodea, por costumbres. Pero siempre hay enlaces, enlaces que logran que haya situaciones similares aunque el entorno fuera distinto, aunque la región fuera distinta, aunque las costumbres fueran distintas, aunque los tiempos fueran distintos, aunque la civilización fuera distinta. Pero vas a encontrar ingratitud, egoísmo, indiferencia.

 

Mi nombre era Conte, trabaja en un puesto de la feria feudal en el castillo del rey Jurano, en Umbro. Siempre fui próspero, heredé el puesto de mis padres pero ahora la cosa iba mal, escaseaban los alimentos, había gente que se quejaba, soldados que reprimían a quienes se quejaban, les decían que todo escaseaba pues el rey Jurano se preparaba para una guerra.

Tenía un amigo, un amigo muy bueno que se llamaba Ricar, él trabajaba dentro del palacio y me explicaba que el rey Jurano junto con su colega el rey Sigmur, que quedaba a medio día de distancia su palacio, se habían unido a muchos reyes más para apoyar al señor de Villa Real, Andahazi, a cambio les daba protección y seguridad contra las hordas del norte que podían acabar perfectamente  con miles de guerreros, con cualquier castillo que se le opusiera.

 

-¿Entonces por qué la guerra? -me explicaba Ricar-, porque había otros reinados que consideraban a Andahazi, el señor de Villa Real, como un tirano que sumaba reinos para ejercer su poder en toda la zona Ecuatorial de Umbro. Por suerte -me explicaba Ricar-, quienes se oponían eran solamente cuatro o cinco reinados contra veinte de los cuales nosotros formábamos parte, o sea, que era una guerra ganada,

Le explicaba a mi amigo Ricar:

-Los alimentos escasean porque todo el dinero que se recaudaba en la feria feudal, un porcentaje altísimo, iba para las tropas, para reforzarlas, para tener más armamentos, el que se enriquecía era el herrero.

-No, no tanto -me decía Ricar-, el herrero tenía que colaborar no gratuitamente pero cobrando apenas unos metales cobreados.

 

O sea, como pasa en el castillo del rey Jurano también estaba pasando en el castillo del rey Sigmur, y como pasa en toda historia las desigualdades, la indiferencia del poder para quienes nosotros, los puesteros, los feriantes éramos números, no representábamos nada. Prácticamente todo lo que había ganado en cinco ciclos, lo había perdido en pocos amaneceres.

Yo trabajaba con vegetales, con cereales y hasta con carnes y lo que no vendí me lo incautaron no dándome siquiera las gracias. Apenas nos alcanzaba para comer pero tenía la prudencia de no quejarme pero me retorcía de impotencia al ver a niños famélicos.

Mis padres ya no estaban conmigo, habían partido y moraban con aquel que está más allá de las estrellas. Tuve a lo largo de mi corta vida de veinticinco ciclos, algunas relaciones esporádicas con mozas del lugar pero nunca un compromiso serio, el cual era muy oportuno en este momento. Había ahorrado algunos metales cobreados y plateados que no los dejaba en mi hogar, una pequeña pieza de tres líneas de largo donde cabía un catre, una mesa y dos bancos. La bolsa con los metales la llevaba bien oculta en mis prendas y tenía la cautela de no hacer ostentación, a veces iba a la cantina de la feria feudal donde todavía tenían para dar de comer y comía un humilde guisado y no pedía bebida espumante, tomaba agua del arroyo cercano.

 

Mi pensamiento era, salvo mi amigo Ricar no tenía nada que me atara al rey Jurano, y como podíamos ir fuera del castillo a recoger legumbres, hortalizas y me permitían salir con mi hoyuman, mi idea era montar mi equino y marcharme. Como siempre tenía en mis costados mis alforjas no se darían cuenta si le pondría un par de mudas de ropa, unas botas de repuesto y me marchaba, no veía futuro, no me interesaba la guerra. Si el señor de Villa Real aún ganando -pues éramos veinte reinos contra cuatro o cinco reinos que se oponían-, pasábamos a ser un componente más del protectorado mandado por Villa Real, de la misma manera que nosotros le pagábamos tributos al rey Jurano, él y otros reyes le pagarían tributo a Villa Real por una protección de mentira porque muy rara vez las hordas del norte se aventuraban a invadir tan lejos a otros reinados. Sí saqueaban aldeas, poblaciones desprotegidas pero no castillos. Era lo que yo pensaba, era lo que yo elucubraba.

 

Una vez le planteé a Ricar la posibilidad de dejar todo, él me dijo que no, que tenía familia y había una joven que le gustaba. No insistí porque si bien había una confianza muy elevada con Ricar, si le contaba mis planes de dejar todo, no sólo podían haber oídos indiscretos que escucharan nuestra conversación sino que el mismo Ricar lo podía comentar, no con maledicencia sino a otros a los que él les tenía confianza pero que yo no les tenía confianza, entonces prefería guardar silencio y a la brevedad me marcharía. Pero el futuro era incierto, mi plan montaba en una incertidumbre, no sabía para donde ir, no a otro reino pues estaría en la misma situación. Salir, hablar con otros viajeros.

 

¿Qué me afectaba más la incertidumbre de estar en una feria feudal que se caía a pedazos con niños que clamaban por alimento o la incertidumbre de ir a los caminos a una meta que no vislumbraba? Eso me provocaba lo que llamáis engramas, engramas de incertidumbre. La incertidumbre es tremenda, sentía como que me dolía el pecho de la ansiedad y se me retorcía el estómago de los nervios.

Eso le estaba provocando en este momento al receptáculo que me alberga, que gentilmente, muy gentilmente traduce mi concepto al lenguaje hablado. Como thetán descargo, hago catarsis al relatar todo esto y lamento que le provoco dolor en el pecho y retortijones en el estómago a este receptáculo.

 

Hasta pronto.