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Psicoauditación - Carlos S.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 23/01/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Carlos S.

En Gaela, de pequeño soñaba, vivía para sus sueños. Pero en casa se encargaban de destruírselos. La entidad comenta que quedó con multitud de engramas que gracias al contacto con el plano físico a través del médium canalizador ha podido solucionar una cantidad de ellos.

Sesión en MP3 (2.820 KB)

 

Entidad: Trataré de hacer catarsis. Y agradezco al receptáculo que se preste para la psicoauditación, aprovecharé para recordar mi vida más lejana, quizá donde tuve mi primer o primeros engramas.

 

Mi nombre era Alberto Tavares, de Bosh, un pequeño pueblo de las afueras de la capital de Plena, que a su vez era un país en el nuevo continente de Gaela.

De pequeño me crié mejor que los de la capital. Jugábamos a la pelota en la calle, prácticamente no pasaban coches. Nací en 1950 ya finalizando la primera parte del siglo XX de Gaela. Mi padre era panadero, no sólo tenía la panadería sino también en la parte de atrás fabricaba pan y masas, tortas, pasteles, no le iba mal. Y bueno, su idea era que el día de mañana yo trabaje en ello.

Pero de pequeño era un soñador. Iba a la escuela primaria y soñaba con conocer el espacio, conocer otros mundos. Nadie me criticaba, nadie me decía nada porque un niño es soñador por naturaleza. Y me llevaba bien con los compañeritos de primaria, pero por dentro tenía una angustia que me comía, una angustia que me abrasaba, por eso me refugiaba en mi fantasía. Soñaba que era piloto de naves, soñaba que era un gran guerrero que manejaba bien la espada. Soñaba.

Y mi angustia fue creciendo cuando llegué a la secundaria. Mi padre decía:

-Bueno, Alberto, es hora de que estudies algo para que te nutras de conocimiento.

Pero la mecánica no me interesaba. Mi padre me decía medio en broma medio en serio: -Bueno, si el día de mañana quieres ser piloto de naves tienes que aprender mecánica.

 

Lo que pasa es que ya mis sueños se habían ido, ya con trece años ya es como que la realidad me había empapado y me había agobiado más aún. Trataba de conversar con padre, con madre, con mis hermanos, pero como decís vosotros en Sol 3 cada uno estaba en lo suyo y es como que me prestaban atención, ¡je!, cinco minutos, nada más que cinco minutos.

La secundaria fue distinta que la primaria porque los compañeros eran más difíciles, eran todos vanidosos, creídos. Y el que se portaba peor era el líder. El que no hacía ningún problema era el tonto en la división.

Pero bueno, por suerte conocí a dos amigos, Armando Rémora y Arturo Rosen. ¿Si eran parecidos en mí? En nada, en nada de nada de nada. Armando era adusto, osco, contestaba a todo con monosílabas y Arturo era totalmente tímido. Pero lo mismo que ellos veían en mí yo veía en ellos, la lealtad. Yo les he contado de mis problemas, de mis angustias, ellos me contaban de las suyas.

Quizás Armando era el que peor la pasara porque sus padres eran directivos de una filial de la Orden de Amarís y eran ultra ultrareligiosos, cosa que Armando no, pero tenía que fingir ante los padres.

Y de Arturo qué puedo decir, Arturo era un joven que de pequeño había tenido amigos, Luís un chico sordomudo...

Su padre era carpintero, en el barrio los tenían por pobres, como si ser pobre fuera una mancha. En realidad no era así, el papá de Arturo siendo carpintero traía tanto dinero a casa como papá con la panadería. Pero los vecinos decían "Mira, es carpintero. Yo soy médico". "Mi primo es abogado, mi primo legisla". Como si ser carpintero fuera un pecado.

 

Y eso nos mantenía unidos, que cada uno tenía una forma distinta de angustia. La mía era que mis padres no me prestaban atención. ¿La de Arturo?... Arturo se encerraba en sí mismo, él se encerraba en sí mismo y bueno, es como que no quería entender, captar la realidad.

Y Armando era parecido a yo. -Disculpad la traducción, quizá la forma de hablar de aquella Gaela no era igual en las expresiones a las de Sol 3 actual-. No es que a Armando no le dieran importancia, al contrario; de la misma manera que papá quería que yo fuera panadero como él, los padres de Armando querían que él el día de mañana fuera no directivo, encima más, directivo general de la Orden de Amarís. ¡Por Dios! Si Axxón resucitara... Cuando lo clavaron en el rombo nació una religión, la Orden del Rombo conocida como Orden de Amarís, porque fue en el país del viejo continente donde surgió.

 

Y los tres estábamos de acuerdo en que la historia era muy ingrata. La inquisición de Amarís dejó a lo largo de la historia miles y miles y miles de muertos. Y era algo que no había marcha atrás, para nada, era imposible que hubiera marcha atrás, lo que fue escrito, fue escrito y no había manera de modificarlo.

En el curso se burlaban de nosotros: las tres "A", por Alberto, por Armando, por Arturo. A veces Armando no me tenía paciencia porque yo vivía haciendo bromas. Éramos chicos los tres, trece años. Ellos no se daban cuenta de que mis bromas eran para tapar la angustia que tenía, las ganas de llorar. Quería ser otra cosa. Me gustaba el dibujo, me gustaban los juegos mentales. Había un juego de estrategia muy, muy conocido, milenario y yo había salido en primer año subcampeón de la escuela.

Capaz que mis sueños fueron remplazados por otros, de ser piloto de naves a participar en grandes torneos con ese juego mental donde las piezas blancas y las piezas oscuras forman una especie de combate.

 

No es excusa, pero la misma edad nos hacía cometer tonterías y... Y a veces me sentía resentido porque incluso mis dos grandes amigos, Arturo y Armando -yo sabía que Arturo iba a la casa de Armando y a mí no me invitaban-, me decían:

-No es por nada, pregúntale a Arturo si quieres, Alberto, pero tú vives en Bosh, tienes que tomar un bus hasta el centro y otro bus hasta Bosh, tienes más de una hora y si te tomas el tren tienes que hacer larga fila y viajar parado (de pie). En parte tenía razón, Arturo y Armando vivían a menos de media hora de distancia en bus, yo tenía una hora y media entre colectivo y tren o entre dos colectivos y llegaba a casa.

 

Cuando cumplí quince años papá compró una tele -Arturo y Armando hacía poquito que la tenían-, una tele en blanco y negro, pero para mí era una maravilla, podíamos ver tres canales, no precisábamos ir al cine. Y bueno, eso era mi entretenimiento.

Madre a veces me gritaba: "¡Alberto, ¿qué pasa con la tarea?, te apago la tele hasta que no termines la tarea!". Entonces inteligentemente llegaba del cole, tomaba mi leche con masas y rápidamente hacía la tarea.

 

Los chicos del barrio con los que me había criado ya no eran los mismos, algunos iban a la casa de los primos, otros ya tenían una noviecita.

A veces padre me empujaba, me decía: -¿Qué pasa, Alberto, que no tienes una noviecita? -Yo no era tímido como Arturo Rosen, pero me sentía más cómodo mirando tele en el sofá, tranquilo, comiendo alguna fruta.

 

Pero tenía bastantes engramas, la misma angustia me provocaba esos engramas. Cuando era chico mis padres -en broma, nunca en serio-, me apoyaban con eso de piloto de naves, pero ya a los catorce, a los quince ya era un adolescente o preadolescente, y les hablaba en serio:

-Cómprenme un juego mental, en la escuela salí subcampeón. Quiero practicar para el día de maña jugar con grandes maestros o poner un instituto.

-Déjate de tonterías, deja de pensar tonterías -me repetía mi padre-, la plata la vas a ganar trabajando, amasando, haciendo pan, haciendo masas, haciendo pasteles en las proporciones exactas, tenemos las maquinaria... ¡Qué andar pensando en juegos mentales! Aparte, no eres tan listo.

 

Y eso me molestaba, que mi propio padre me dijera "No eres tan listo". Al fin y al cabo él no era un científico, él era un panadero. Y cuidado, no me malentiendan, yo no desprecio ningún oficio, para mí un oficio es tan noble como la mejor profesión. Está bien, un doctor salva vidas, pero el doctor también necesita comer y papá fabricaba para que ese doctor pudiera comer. Pero sí, por otro lado me causaba angustia de que me dijera que no era tan listo.

 

Había muchísimas divisiones, cada división o curso tenía treinta alumnos y había salido segundo en el colegio, en el juego mental. Y no es casualidad, nos habíamos anotado sesenta y cuatro, como los cuadrados del tablero del juego mental. Luego quedaron treinta y dos, luego dieciséis, luego ocho, luego cuatro y luego dos y un tal Grasoki me ganó la final por un descuido mío. Pero bueno...

 

No sabía, honestamente, no sabía lo que quería para el día de mañana. Cuando en tu propia casa te dicen "¿Qué vas a hacer de tu vida?, trabaja conmigo porque otra cosa no sabes hacer". ¿Cómo saben que yo no sé hacer otra cosa? - valga la redundancia de palabras-, ¿con qué vara me miden?, ¿cómo pueden prejuzgarme?

Mamá pensaba lo mismo pero no se metía. Y mis hermanos... cada uno en su mundo. La ventaja es que tampoco les interesaba la tele, así que por la tarde la tenía para mí. A la noche papá veía programas de música ciudadana y ya me iba a acostar temprano. Tenía una pequeña luz al costado de la cama y leía algo similar a lo que vosotros llamáis comics, las revistas de historietas de superhéroes y cosas así.

Hasta que un día pude juntar algo de plata y me compré un libro con las jugadas posibles de ese juego mental. ¡Ay, cómo me atrapó!

Hasta que me lo vio papá. Aclaro: nunca me ha cortado mi libertad, simplemente su gesto de sorna, de ironía, de sarcasmo:

-¡Ja, ja, ja! Te doy plata para que salgas y la gastas en un libro. -¡Vaya, qué familia! ¿Cuántos padres deseaban que sus hijos leyeran?-. ¿Para qué lees? ¿De verdad piensas que el día de mañana vas a ser un gran maestro? ¡Tú un gran maestro! Confórmate con ser panadero.

 

Papá mismo me implantaba engramas: "No vas a hacer más que esto. No puedes hacer aquello. No eres inteligente. No eres listo". Un engrama tras otro, tras otro, un día, otro día y otro día. Entonces tú te vas formando con ese impedimento y hasta tienes dudas de ti mismo diciendo "¿Y si es cierto que no puedo? ¿Y si padre tiene razón? ¿Y si mi destino es...?". Claro, yo no sabía en aquel entonces que el destino no es algo fijo, es algo que nosotros vamos formando en el día a día, pero cuando el engrama no te permite porque te condiciona, y esa angustia que te perforaba la garganta y esa ansiedad que te perforaba el pecho..., que se la estoy transmitiendo a este receptáculo, este pobre receptáculo que está hablando a través de su decodificador y decodifica mi concepto abstracto al lenguaje hablado. Pero como también siente lo que yo siento durante el relato le duele tremendamente el pecho.

 

¿Si hice catarsis? Por supuesto que la hice, por supuesto que la hice. Para mí es, como dirías vosotros en Sol 3, una bendición el haberme podido contactar con el plano físico.

 

Sí, Alberto Tabares fue mi rol más antiguo y no tuvo un engrama, tuvo decenas de engramas: los amigos, los compañeros de la secundaria, mis hermanos, mi padre.

Nada. Dejo descansar al receptáculo.