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Psicoauditación - Carlos S.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 23/01/2018

Sesión 11/04/2018

 


Sesión del 23/01/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Carlos S.

En Gaela, de pequeño soñaba, vivía para sus sueños. Pero en casa se encargaban de destruírselos. La entidad comenta que quedó con multitud de engramas que gracias al contacto con el plano físico a través del médium canalizador ha podido solucionar una cantidad de ellos.

Sesión en MP3 (2.820 KB)

 

Entidad: Trataré de hacer catarsis. Y agradezco al receptáculo que se preste para la psicoauditación, aprovecharé para recordar mi vida más lejana, quizá donde tuve mi primer o primeros engramas.

 

Mi nombre era Alberto Tavares, de Bosh, un pequeño pueblo de las afueras de la capital de Plena, que a su vez era un país en el nuevo continente de Gaela.

De pequeño me crié mejor que los de la capital. Jugábamos a la pelota en la calle, prácticamente no pasaban coches. Nací en 1950 ya finalizando la primera parte del siglo XX de Gaela. Mi padre era panadero, no sólo tenía la panadería sino también en la parte de atrás fabricaba pan y masas, tortas, pasteles, no le iba mal. Y bueno, su idea era que el día de mañana yo trabaje en ello.

Pero de pequeño era un soñador. Iba a la escuela primaria y soñaba con conocer el espacio, conocer otros mundos. Nadie me criticaba, nadie me decía nada porque un niño es soñador por naturaleza. Y me llevaba bien con los compañeritos de primaria, pero por dentro tenía una angustia que me comía, una angustia que me abrasaba, por eso me refugiaba en mi fantasía. Soñaba que era piloto de naves, soñaba que era un gran guerrero que manejaba bien la espada. Soñaba.

Y mi angustia fue creciendo cuando llegué a la secundaria. Mi padre decía:

-Bueno, Alberto, es hora de que estudies algo para que te nutras de conocimiento.

Pero la mecánica no me interesaba. Mi padre me decía medio en broma medio en serio: -Bueno, si el día de mañana quieres ser piloto de naves tienes que aprender mecánica.

 

Lo que pasa es que ya mis sueños se habían ido, ya con trece años ya es como que la realidad me había empapado y me había agobiado más aún. Trataba de conversar con padre, con madre, con mis hermanos, pero como decís vosotros en Sol III cada uno estaba en lo suyo y es como que me prestaban atención, ¡je!, cinco minutos, nada más que cinco minutos.

La secundaria fue distinta que la primaria porque los compañeros eran más difíciles, eran todos vanidosos, creídos. Y el que se portaba peor era el líder. El que no hacía ningún problema era el tonto en la división.

Pero bueno, por suerte conocí a dos amigos, Armando Rémora y Arturo Rosen. ¿Si eran parecidos en mí? En nada, en nada de nada de nada. Armando era adusto, osco, contestaba a todo con monosílabas y Arturo era totalmente tímido. Pero lo mismo que ellos veían en mí yo veía en ellos, la lealtad. Yo les he contado de mis problemas, de mis angustias, ellos me contaban de las suyas.

Quizás Armando era el que peor la pasara porque sus padres eran directivos de una filial de la Orden de Amarís y eran ultra ultrareligiosos, cosa que Armando no, pero tenía que fingir ante los padres.

Y de Arturo qué puedo decir, Arturo era un joven que de pequeño había tenido amigos, Luís un chico sordomudo...

Su padre era carpintero, en el barrio los tenían por pobres, como si ser pobre fuera una mancha. En realidad no era así, el papá de Arturo siendo carpintero traía tanto dinero a casa como papá con la panadería. Pero los vecinos decían "Mira, es carpintero. Yo soy médico". "Mi primo es abogado, mi primo legisla". Como si ser carpintero fuera un pecado.

 

Y eso nos mantenía unidos, que cada uno tenía una forma distinta de angustia. La mía era que mis padres no me prestaban atención. ¿La de Arturo?... Arturo se encerraba en sí mismo, él se encerraba en sí mismo y bueno, es como que no quería entender, captar la realidad.

Y Armando era parecido a yo. -Disculpad la traducción, quizá la forma de hablar de aquella Gaela no era igual en las expresiones a las de Sol III actual-. No es que a Armando no le dieran importancia, al contrario; de la misma manera que papá quería que yo fuera panadero como él, los padres de Armando querían que él el día de mañana fuera no directivo, encima más, directivo general de la Orden de Amarís. ¡Por Dios! Si Axxón resucitara... Cuando lo clavaron en el rombo nació una religión, la Orden del Rombo conocida como Orden de Amarís, porque fue en el país del viejo continente donde surgió.

 

Y los tres estábamos de acuerdo en que la historia era muy ingrata. La inquisición de Amarís dejó a lo largo de la historia miles y miles y miles de muertos. Y era algo que no había marcha atrás, para nada, era imposible que hubiera marcha atrás, lo que fue escrito, fue escrito y no había manera de modificarlo.

En el curso se burlaban de nosotros: las tres "A", por Alberto, por Armando, por Arturo. A veces Armando no me tenía paciencia porque yo vivía haciendo bromas. Éramos chicos los tres, trece años. Ellos no se daban cuenta de que mis bromas eran para tapar la angustia que tenía, las ganas de llorar. Quería ser otra cosa. Me gustaba el dibujo, me gustaban los juegos mentales. Había un juego de estrategia muy, muy conocido, milenario y yo había salido en primer año subcampeón de la escuela.

Capaz que mis sueños fueron remplazados por otros, de ser piloto de naves a participar en grandes torneos con ese juego mental donde las piezas blancas y las piezas oscuras forman una especie de combate.

 

No es excusa, pero la misma edad nos hacía cometer tonterías y... Y a veces me sentía resentido porque incluso mis dos grandes amigos, Arturo y Armando -yo sabía que Arturo iba a la casa de Armando y a mí no me invitaban-, me decían:

-No es por nada, pregúntale a Arturo si quieres, Alberto, pero tú vives en Bosh, tienes que tomar un bus hasta el centro y otro bus hasta Bosh, tienes más de una hora y si te tomas el tren tienes que hacer larga fila y viajar parado (de pie). En parte tenía razón, Arturo y Armando vivían a menos de media hora de distancia en bus, yo tenía una hora y media entre colectivo y tren o entre dos colectivos y llegaba a casa.

 

Cuando cumplí quince años papá compró una tele -Arturo y Armando hacía poquito que la tenían-, una tele en blanco y negro, pero para mí era una maravilla, podíamos ver tres canales, no precisábamos ir al cine. Y bueno, eso era mi entretenimiento.

Madre a veces me gritaba: "¡Alberto, ¿qué pasa con la tarea?, te apago la tele hasta que no termines la tarea!". Entonces inteligentemente llegaba del cole, tomaba mi leche con masas y rápidamente hacía la tarea.

 

Los chicos del barrio con los que me había criado ya no eran los mismos, algunos iban a la casa de los primos, otros ya tenían una noviecita.

A veces padre me empujaba, me decía: -¿Qué pasa, Alberto, que no tienes una noviecita? -Yo no era tímido como Arturo Rosen, pero me sentía más cómodo mirando tele en el sofá, tranquilo, comiendo alguna fruta.

 

Pero tenía bastantes engramas, la misma angustia me provocaba esos engramas. Cuando era chico mis padres -en broma, nunca en serio-, me apoyaban con eso de piloto de naves, pero ya a los catorce, a los quince ya era un adolescente o preadolescente, y les hablaba en serio:

-Cómprenme un juego mental, en la escuela salí subcampeón. Quiero practicar para el día de maña jugar con grandes maestros o poner un instituto.

-Déjate de tonterías, deja de pensar tonterías -me repetía mi padre-, la plata la vas a ganar trabajando, amasando, haciendo pan, haciendo masas, haciendo pasteles en las proporciones exactas, tenemos las maquinaria... ¡Qué andar pensando en juegos mentales! Aparte, no eres tan listo.

 

Y eso me molestaba, que mi propio padre me dijera "No eres tan listo". Al fin y al cabo él no era un científico, él era un panadero. Y cuidado, no me malentiendan, yo no desprecio ningún oficio, para mí un oficio es tan noble como la mejor profesión. Está bien, un doctor salva vidas, pero el doctor también necesita comer y papá fabricaba para que ese doctor pudiera comer. Pero sí, por otro lado me causaba angustia de que me dijera que no era tan listo.

 

Había muchísimas divisiones, cada división o curso tenía treinta alumnos y había salido segundo en el colegio, en el juego mental. Y no es casualidad, nos habíamos anotado sesenta y cuatro, como los cuadrados del tablero del juego mental. Luego quedaron treinta y dos, luego dieciséis, luego ocho, luego cuatro y luego dos y un tal Grasoki me ganó la final por un descuido mío. Pero bueno...

 

No sabía, honestamente, no sabía lo que quería para el día de mañana. Cuando en tu propia casa te dicen "¿Qué vas a hacer de tu vida?, trabaja conmigo porque otra cosa no sabes hacer". ¿Cómo saben que yo no sé hacer otra cosa? - valga la redundancia de palabras-, ¿con qué vara me miden?, ¿cómo pueden prejuzgarme?

Mamá pensaba lo mismo pero no se metía. Y mis hermanos... cada uno en su mundo. La ventaja es que tampoco les interesaba la tele, así que por la tarde la tenía para mí. A la noche papá veía programas de música ciudadana y ya me iba a acostar temprano. Tenía una pequeña luz al costado de la cama y leía algo similar a lo que vosotros llamáis comics, las revistas de historietas de superhéroes y cosas así.

Hasta que un día pude juntar algo de plata y me compré un libro con las jugadas posibles de ese juego mental. ¡Ay, cómo me atrapó!

Hasta que me lo vio papá. Aclaro: nunca me ha cortado mi libertad, simplemente su gesto de sorna, de ironía, de sarcasmo:

-¡Ja, ja, ja! Te doy plata para que salgas y la gastas en un libro. -¡Vaya, qué familia! ¿Cuántos padres deseaban que sus hijos leyeran?-. ¿Para qué lees? ¿De verdad piensas que el día de mañana vas a ser un gran maestro? ¡Tú un gran maestro! Confórmate con ser panadero.

 

Papá mismo me implantaba engramas: "No vas a hacer más que esto. No puedes hacer aquello. No eres inteligente. No eres listo". Un engrama tras otro, tras otro, un día, otro día y otro día. Entonces tú te vas formando con ese impedimento y hasta tienes dudas de ti mismo diciendo "¿Y si es cierto que no puedo? ¿Y si padre tiene razón? ¿Y si mi destino es...?". Claro, yo no sabía en aquel entonces que el destino no es algo fijo, es algo que nosotros vamos formando en el día a día, pero cuando el engrama no te permite porque te condiciona, y esa angustia que te perforaba la garganta y esa ansiedad que te perforaba el pecho..., que se la estoy transmitiendo a este receptáculo, este pobre receptáculo que está hablando a través de su decodificador y decodifica mi concepto abstracto al lenguaje hablado. Pero como también siente lo que yo siento durante el relato le duele tremendamente el pecho.

 

¿Si hice catarsis? Por supuesto que la hice, por supuesto que la hice. Para mí es, como dirías vosotros en Sol III, una bendición el haberme podido contactar con el plano físico.

 

Sí, Alberto Tabares fue mi rol más antiguo y no tuvo un engrama, tuvo decenas de engramas: los amigos, los compañeros de la secundaria, mis hermanos, mi padre.

Nada. Dejo descansar al receptáculo.

 


Sesión del 11/04/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Carlos S.

Acabó los estudios y su padre quería que trabajara con él, pero a él no le gustaba, aunque daba seguridad económica. De camino a la capital pensaba en sus amigos de juventud, a los que hacía tiempo que no veía. Recuerda a uno de ellos, que iba apurado por la vida pero era libre y en cambio él la tenía asegurada pero debía dedicarse. Los dos se envidiaban uno al otro.

Sesión en MP3 (3.709 KB)

 

Jorge Raúl Olguín: En 1997 entendí de que las técnicas practicadas hasta ese momento por distintos institutos podían erradicar algunos engramas de esta vida, ni siquiera todos, algunos, porque los auditores tenían una capacitación de tres meses cuanto mucho. Por eso creé Psicoauditación, donde no solamente se revierten engramas de la vida actual, causados, obviamente, por engramas de vidas anteriores.

¿Cómo es eso? Claro. Hay dos tipos de engramas en esta vida: Los que se reactivan, que estaban latentes y se reactivan por situaciones que pasamos y que nuestro thetán -o yo superior- recuerda que en distintas vidas pasó por situaciones similares y quedaron engramas no resueltos que se reactivan en esta vida. Y los otros son engramas directos de esta vida, situaciones con el entorno, indiferencia, situaciones límite, fracasos..., que condicionan, obviamente. Sumado a eso los roles del ego. Y he constatado, podría decir en cien oportunidades por decir una cifra, pero fueron muchísimos más en veintiún años de trabajo, de que la persona revierte las situaciones. Y no es efecto placebo, esto es, sugestión, etc.

 

¿Cómo lo he comprobado? Muy sencillo. A un joven llamado Pérez Trullos, de Pamplona, hace muchos años atrás, se encontraba muy nervioso, muy ansioso porque al día siguiente tenía que hablar con el jefe por un aumento. Y a las cero horas de Buenos Aires le envié Luz, directamente energía Crística, que en este momento soy el único que la canalizo.

Me escribe al día siguiente que le fue perfectamente con el jefe. Que fue con un ánimo tremendo, muy bien dispuesto, y que se sintió raro porque cerca de las cinco de la mañana sintió como una Luz y como una sensación de bienestar en el pecho.

Le dije:

-Fíjate que a las cinco a.m. de Pamplona son las cero de Buenos Aires porque nos llevamos cinco horas. Bueno, en ese momento yo te envié Luz, y constato que te llegó.

Me respondió preguntándome:

-¿Y por qué no me avisó que me iba a enviar Luz?

-Porque quería constatar que no era efecto placebo. -Al no saber que yo le enviaba Luz es la prueba cabal, la prueba tangible de que no era efecto placebo, de que le llegaba de verdad sin que yo le hubiera advertido.

 

Y ahora sí, pasamos a la sesión para José Carlos.

 

Entidad: Me encontraba viajando en el tren para capital, la capital federal de Plena, un país en el sur del nuevo continente donde también imperaba, como en los demás países, la Orden de Amarís u Orden del Rombo, creada en Amarís en el viejo continente con la excusa de respetar, adorar los valores de Axxón, el mesías muerto hace dos mil años clavado en un madero en forma de rombo.

 

No vivía cerca de capital, eran aproximadamente cuarenta, cuarenta y cinco minutos de tren, y de allí, encima un bus o bien el subte que era más rápido, hasta zona céntrica.

 

Había pasado más de una década desde que estaba en la secundaria. Recuerdo que se burlaban de nosotros "El trío A"; Alberto Tavares yo, Armando Rémora y Arturo Rosen. ¡Je, je! Los tres éramos distintos; Arturo era tímido, pero tímido mal, era incapaz de tener una relación afectiva, es como que veía una persona del sexo opuesto y se paralizaba. Armando se encontraba en una disyuntiva porque él no era muy creyente, no era muy religioso y ambos padres eran directivos de una filial de la Orden del Rombo en la capital de Plena. ¡Je! Imaginaos. Y bueno, yo habiendo terminado mis estudios terciarios.

Padre me decía:

-Está bien que hayas estudiado, está perfecto, eso te sirve como cultura. Pero en realidad, si quieres ganar dinero trabaja en la panadería. -Yo me sentía como prisionero, porque incluso todos los años que estudié en la secundaria y luego en la facultad, en el momento que no estudiaba padre me decía:

-Ven, ven ayudar. Ayuda en el mostrador, en el despacho. O si no ve atrás, limpia las máquinas. -Y al costado teníamos la vivienda.

 

Todavía me seguía viendo con Arturo y con Armando, cada uno tenía su vida. También me veía con Héctor Alexander. Héctor era uno de los más inteligentes, le gustaba la medicina, pero justamente tuvo un problema delicado en los pulmones y se retrasó mucho en los estudios.

 

Y Tonio. Tonio era un caso... un caso distinto. Tonio era un excelente alumno. Estuve muchos años sin verlo. I incluso estudiamos en distintas facultades. Él se especializó en leyes, ahora estaba trabajando como abogado.

Recuerdo que nos encontramos en un café de la zona céntrica, un café elegido por él porque era un café más bien familiar, no había mucha gente y podíamos conversar tranquilos, lejos del ruido. Me contaba que no se sentía bien.

Le pregunté:

-La última vez que nos vimos me dijiste que habías estudiado con tu amigo José.

-Sí, así es, él también se recibió de abogado...

-Te quedaste pensando -le dije.

-No... Sí, en realidad sí, pensaba en José. Siempre me saqué mejores notas en todos los años en la facultad, nunca me... nunca debí materias, o sea, di todas las materias por año, lo cual es muy difícil.

Le dije:

-¡Bueno, tus padres te habrán felicitado! -Me miró.

-No. No. Padre, al igual que tu padre quería que trabajara en su comercio y yo quería ser independiente. Me atosigó años y años diciéndome "¿Para qué vas a estudiar?, eres tímido, no eres locuaz, no vas a resolver ningún caso".

 

Lo miré a Tonio Cervante y me di cuenta de que el mismo padre le estaba implantando engramas; engramas de incapacidad, engramas de baja estima, engramas de no poder lograr cosas. ¡Je! Y yo me quejaba de mi padre.

Me contó que su madre, cuando él era pequeño era sobreprotectora; se peleaba con un niño y de repente salía lastimado y su madre lo retaba al otro chico, y él, de pequeño se sentía sostenido, contento, protegido. Pero claro, era niño, no se daba cuenta que su madre le estaba haciendo daño al sobreprotegerlo. No lo templaba, lo hacía blando como manteca, no le pulía el carácter. Y su padre terminaba de rematarlo diciéndole que era un inútil que no iba a triunfar.

 

Y me decía Tonio:

-Y tú te quejas, Alberto, porque quieres trabajar en la panadería.

Le dije:

-En realidad me siento como encerrado, y eso que tenemos una propiedad grandísima entre el despacho de pan, la parte de atrás donde hacemos el pan, las facturas, todo. Más la casa que tenemos a un costado, son trescientos cuarenta metros cuadrados... ¿De qué te ríes?

Tonio me respondió:

-Mi risa es una risa en contra mía, no tuya. Yo no soportaba más a padre, y aunque me endeudé alquilé un apartamento de un ambiente de treinta y dos metros cuadrados. O sea, la propiedad donde tú vives con tu familia es un poco más de diez veces más grande que mi apartamento. Así y todo apenas me alcanza para vivir.

-Bueno, pero le puedes pedir a tu padre, que me dices que le va bien en el comercio.

-No, no. Muchas veces me ofreció y alguna vez le acepté.

-¿Y qué pasó, Tonio?

-¿Qué pasó? Que luego me lo echó en cara: "Te tengo que prestar dinero, tú trabajo no rinde". Y para colmo de males -agregó Tonio-, José, que había estudiado conmigo y se sacaba peores notas, entró en otro bufet distinto al mío y le daban casos importantes y los sacaba adelante, a mí me daban casos descartables y a veces perdía en algunos. Pero no es eso lo que me molestaba, me molestaba que José era soberbio, pedante, engreído, se creía el mejor.

-Bueno -le comenté-, pero tú mismo dices que José saca casos adelante.

-Sí, es verdad -me dice-. No quiero caer en la crítica porque sería una crítica envidiosa. Recuerdo que una vez me encontré con él y le llevé un caso. Lo miró con desgana y me dijo: "Pero este es sencillo; tienes que argumentar esto y esto y esto". Lo hice como me dijo y gané ese caso. Ni me felicitaron, lo tomaron como algo normal en mi bufet. Y para colmo le conté a padre. "¿Has visto?, ¿has visto que tu amigo puede? Pero no puedes vivir pidiéndole consejo cada vez que tienes un caso, deja lo que estás haciendo, ven a trabajar conmigo y te doy una oportunidad más, así te mato el hambre". Claro, eso me reactivó más -exclamó Tonio-. Prefiero morir de hambre antes de volver con él. ¿Que los iba a visitar?, sí, los iba a visitar; Madre seguía siendo protectora y me seguía haciendo daño:

-¡Ay!, hijo, que demacrado que se te ve, mira cómo estás, ¿comes dos veces por día por lo menos?

-Bueno, madre, a veces hay que sacar trabajo y bajo y me pido un sándwich, lo como y subo otra vez.

-¡Ay! En ese trabajo te matan de de hambre, déjame ir a hablar con tu jefe.

-No, no, no, ¡por Axxón, no!

Yo quería evitar reírme pero le pregunté:

-Obviamente no ibas a permitir que tu madre fuera a hablar con tu jefe, te haría quedar como un infante.

-Es que ya lo hizo un montón de veces. Cuando estaba en la secundaria y había alguna acción en mi contra, por algo que yo no tenía nada que ver, mi madre se iba a quejar. Mis propios compañeros quince, dieciséis años, diecisiete, decían que era un nene de mamá. Imagínate que fuera al bufet donde estoy trabajando a hablar. Yo ya no soy un niño.

-¿Tienes alguna relación? -le pregunté.

-No, no, aún no. Salgo así, de vez en cuando, con alguna joven, pero apenas puedo pagar mi renta. ¿Cómo haría para mantener una mujer? No. ¿Cómo haría para mantener una familia si el día de mañana tuviera hijos? No. En este momento es imposible. Pero cuéntame de tú, cuéntame de tu historia, de tus temas...

Le dije:

-Bueno, qué puedo contarte de mí, a ver... Me sigo viendo con mis dos amigos con los que cursé la secundaria, Arturo sigue siendo tímido, Armando introvertido: los padres, directivos de la Orden del Rombo.

-¡No!

-Sí, Tonio. Imagínate como lo bombardean. Lo bombardean.

-Pero ya no estamos en la época de la inquisición.

-¡Ja, ja! Eso te crees tú, Tonio, eso te crees tú. He estudiado historia, Tonio. Los seres humanos son tan malvados..., quizá no aquí en Plena pero en el viejo continente por ejemplo en Amarís o abajo en Saeta, un vecino se enojaba con otro vecino, iban al clero y le decían "Lo he visto discutir en contra de Amarís, en contra de Axxón, en contra de la Orden del Rombo", y las autoridades religiosas no le preguntaban al denunciado si era cierto, directamente lo llevaban a prisión y lo interrogaban como si fuera un terrorista. Ahora, en el siglo XX no era así, pero igual había que cuidarse, igual había que cuidarse bastante.

-Bueno -dijo Tonio-, ¿qué piensas hacer de tu vida?

-Te había contado la vez pasada que padre me dijo: "Cuando te decidas a trabajar de pleno de pleno aquí, voy a poner un cartel luminoso que diga 'Tavares e hijo'". Y yo le dije muy sutilmente: "¡Ay Padre, me honras! ¡Qué bueno!". Padre era un poco básico, no se daba cuenta de que lo mío era como una burla sutil. Pero de la última charla que tuvimos pasó bastante tiempo.

Y de verdad lo pensé bien. Vivimos a cuarenta y cinco minutos de capital en tren, estamos a una cuadra y media, una calle y media de la estación, se vende bastante, estamos abiertos casi hasta ocho, ocho y media de la noche, y las siete de la mañana ya estamos preparados para abrir, vienen y compran las facturas, croissants o se llevan pan temprano para tomar con una buena infusión caliente... Y sí, se trabaja. Y padre dijo que si soy capaz no me va a pagar como si fuera un empleado más, me va a hacer su socio.

Tonio se sorprendió:

-O sea, ¿que de entrada no te haría su socio, te pagaría como si fueras un empleado desconocido?

-Y sí, quiere probarme a ver cómo me ando.

-¡Uf! Cada familia es un mundo -dijo Tonio-, cada familia es un mundo.

-Bueno -le respondí-, tú el día de mañana también podrás ascender.

-Mira -me dijo Tonio-, estudié oratoria, artes gestuales, cómo argumentar, me compré distintos libros de leyes...

-¿Qué parte estás?

-Estoy en lo que es civil y comercial.

-Bueno, no parece difícil, no es tan delicado como lo penal.

-Sí, pero visto de afuera parece fácil pero no es fácil, no es fácil. A veces los abogados tenemos fama de tramposos pero te aseguro que no es fácil. Y encima, dentro de poco, a este pedante, este vanidoso de José lo van a nombrar socio adjunto.

-¡Wow! -exclamé-. ¿Qué antigüedad tiene?

-Un año.

-¡Y ya socio adjunto! Capaz que en tres o cuatro años lo hacen socio sénior y gana lo mismo que los grandes. ¡Wow! ¿Y tú?

-Agradezco que me den carpetas para trabajar. Está difícil el tema. Es como que te envidio.

-¿A mí? -exclamé-, yo te envidio a ti, que tienes toda la libertad, vives solo, nadie te controla.

-Sí, y a veces tengo que contar las monedas para comprar la comida. Porque lo de la renta es sagrado, eso no lo toco, a fin de mes pago permanentemente. No es fácil; tú me envidias a mí porque quieres libertad, yo te envidio a ti porque tienes esta habilidad. -Y sí, Tonio Cervante me dejó pensando.

 

Al fin y al cabo mis padres me querían, el día de mañana estaría a cargo de la panadería..., porque no es para despreciar. A ver, para mí cualquier oficio es tan importante como la mayor de las profesiones. Justamente a una calle de la panadería hay un excelente cliente, Atilio, albañil; se pudo hacer su casa desde cero, tiene todas las comodidades, esposa, dos hijos y gana bien. Y seguramente otros pensaran "¡Ah, pero es un albañil!". Y bueno, allá ellos, allá ellos los ignorantes. Se supone que un médico cirujano debería ganar más, pero bueno...

 

Lo miraba a Tonio y veía... tiene todas las cualidades, fue el mejor estudiante, es una excelente persona. Y le falta esa capacidad para rematar un caso. Estudió oratoria pero no lo veo locuaz en su trabajo, como que cuando tiene que encarar un juicio se acobarda, seguramente por engramas de la sobreprotección que le dio su madre cuando era pequeño. Así que mirad cómo los engramas te arruinan la vida.

 

Y en mi caso qué puedo decir... Mis engramas eran que no tenía un lugar de pertenencia, no me sentía identificado con mi familia. Trabajar en un mostrador o trabajar atrás haciendo la masa para el pan, para los croissants... No quería ser un vendedor de mostrador, pero me quejaba de lleno. El hecho de que padre me pagara como una persona más al comienzo era no por desprecio a mí persona, era como un incentivo para que luche, para que yo le muestre mi capacidad. Por ahí yo era prejuicioso y prejuzgaba mal.

Pedimos la cuenta y no le dejé pagar los cafés a Tonio. Nos abrazamos y le dije:

-No nos perdamos, no perdamos el contacto. -Le dejé el teléfono de casa, me dejó su teléfono del departamento.

Me dijo:

-No te doy el del despacho porque por ahí me llaman a la orden si me llaman a mi trabajo, solamente mi padre y mi madre me llaman, y encima les molesta.

-Está bien, está bien, quédate tranquilo -le dije.

 

Salí a la calle, ya estaba atardeciendo, para casi oscurecer, y me tomé el subte para ir a la estación de tren y regresar a casa. ¿A la rutina? No, ya no lo consideraba una rutina, capaz que tendría que enfocar mi vida de otra manera, de una manera más optimista, porque el día de mañana, yo, Carlos Tavares, sería un prestigioso ser humano. Pensaréis "Alguien con mucho dinero". No, alguien con mucho corazón para poder tender una mano a otros. Por ahora no podría, pero en un futuro sí.

 

Gracias por escucharme.