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Psicoauditación - Charlie

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 30/11/2020


Sesión 30/11/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Charlie

La entidad relata una vida en Gaela. Era abogado pero en lo familiar era despreciado ya desde pequeño. La sociedad se dividía entre millonarios, chaqueteros y los demás. Él pertenecía a esos últimos. Pero sabía algún día podría independizarse.

 

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Entidad: Mi nombre es Sema-El, plano 3, subnivel 6.

Hay engramas que se arrastran de milenios, y a veces son más emocionales que físicos y las huellas son más profundas, más difíciles de cicatrizar, más fáciles de reactivar.

 

Mi nombre era Carlos Domingo Segradi, trabajaba con mi padre, Bautista, en un bufet. Y mi hermano mayor, Aníbal, mamá Elena, ayudaba en las tareas de la casa.

Estábamos en zona céntrica de Ciudad del Plata, las veces que he soñado con un bufet propio. Padre no era socio mío era mi patrón. En cambio, a mi hermano mayor, Aníbal, prácticamente lo trataba como un socio menor.

Aníbal me ayudaba en los casos legales, el último había sido una violación a una menor. Yo quería una condena ejemplar y él arregló con la parte contraria un juicio de tracto abreviado con una condena en suspenso, y el violador quedó libre. Pero Aníbal ganó en popularidad.

El caso era mío, pero él me ayudó y lo resolvió de la manera más imprudente, pero papá Bautista lo felicitó. Cobró un cheque.

Recuerdo que mi hermano me dijo: "Te daré algo", como si yo fuera un cadete y lo mío fuera una propina.

 

Yo tenía amigos, amigos buenos, amigos humildes, no todos eran abogados, ¿eh?, había ingenieros, filósofos... A estos últimos papá no los quería: "Los filósofos no sirven para nada, son inútiles".

Lo que pasa que en Cuidad del Plata la filosofía estaba reemplazando a otro tipo de terapia y daba resultado, pero para papá eran parásitos de la sociedad. A mí no me lo parecía, y menos mis amigos leales, honestos, trabajadores. A muchos les costaba llegar a fin de mes, al igual que a mí. Por eso me extrañaba de mi hermano Aníbal que siendo de nuestra misma familia se daba gustos de ir al club hípico, que un almuerzo costaba una semana de mi trabajo. Nunca le decía nada, al contrario.

 

Padre me decía:

-¡Je, je, je! Fíjate, Carlos, cómo ahorra tu hermano que se puede dar el gusto de mezclarse con gente de sociedad. -Gente que a mí me parecía ficticia. Con sus coches último modelo, vestidos de gala para desayudar, estar de etiqueta para aparentar. Parecían maniquíes de una vidriera.

 

Y de repente me enojaba conmigo mismo porque pensaba si no era subjetivo, si no tenía prejuicios o si directamente si lo mío no era envidia. Pero aparte de leyes yo había estudiado también Experticia Contable y sabía que dos más dos son cuatro -de manera irónica lo digo-, no había manera que a Aníbal le alcanzara la plata para ir todas las semanas al club hípico.

 

Recuerdo que un fin de semana me invitó y fui. Me puse mi mejor traje.

El portero dijo:

-¿El señor?

-Está conmigo, él también es un Segradi.

-Disculpe señor. -Me molestó como lo trató al portero, casi maltratándolo de palabra, con altanería, como si fuera uno de ellos, como si fuera uno de estos millonarios.

 

Y conocí gente que hablaban de decenas de cosas sin decir nada.

-Mañana hay partido de hockey. Tenés que ver a nuestro equipo. El cuarteto tiene cuarenta de hándicap. Qué pena que en otros países no hay competición porque somos los mejores del mundo. Y ni hablar del polo, exactamente lo mismo.

 

Una de las chicas me miró.

-¿Y él quién es?

-¡Ah! Es mi hermano, Carlos Domingo.

-Tendría que venir a conocer nuestro haras, tenemos un equipo impresionante con nuestros caballos, tenemos un equipo con treinta y ocho de hándicap.

 

Yo no entendía de qué hablaban, el tema hándicap, el polo era más de fútbol pero tampoco me interesaba ver partidos. Me gustaba mucho el cine, las películas de mucho suspenso, no la de terror sangriento, ese tipo de cosas me parecían películas clase B'. Esas películas no las terminarías de ver ni siquiera una vez, pero las de buen suspenso o una buena ciencia ficción inteligente...

Cuando le contaba a mi hermano Aníbal me decía:

-Vives en el cine lo que te gustaría vivir en la vida real.

-No es así -Y me enojaba. Le digo-: Por lo menos mis amigos no son ficticios, que hablan de polo, qué haras tiene un equipo de treinta y ocho de hándicap.

Me decía:

-Si no entedés por lo menos no critiques. Son los del Carril, una de las mejores familias.

Le digo:

-Habré visto su apellido en los diarios pero no las conozco.

-Bueno, ahora has conocido a la hija. Obviamente la has conocido de vista porque si no entras conmigo no te dejan entrar.

-A eso me refiero, Aníbal, ¿cómo entras, de dónde sacas el dinero?

-Tengo contactos. Tengo tratos con fiscales, con otros abogados, conozco jueces. -La manera que lo contaba era como un círculo que no me cerraba. Pero con papá no hablaba del tema porque lo idealizaba.

-¡Este es mi hijo! ¡Cómo resuelve casos! Y encima conoce jueces que ni siquiera yo con veinte y ocho años de antigüedad conozco. Aprendé, Carlos, aprendé de tu hermano mayor.

 

Yo tenía amigos abogados, pero eran como yo, remaban semana a semana para llegar a fin de mes. Nuestros casos eran casos sencillos.

Recuerdo hace meses atrás el juicio del alcalde, un juicio de divorcio porque un fotógrafo lo vio en un lugar impropio con una mujer.

Tomé el caso, fui la parte acusadora, pero había tantos argumentos sólidos del otro lado diciendo que era reunión de negocios... Pero claro, cuándo no.

Aníbal conoció a un juez y en menos de una semana solucionó el tema, no lo condenaron pero lo destituyeron ad aeternum. Esa noche en casa hubo una cena importante, vinieron abogados de otros despachos.

Papá Bautista dijo:

-¡Je, je, je! ¿Vieron el tema del alcalde? Mi hijo lo solucionó. -Yo sonreí pensando que se dirigía a mí, pero toda la gente lo miraba a mi hermano, que dijo:

-Fue fácil, fue sencillo. ¡Oh!, pero en honor a la verdad debo aclarar que mi hermano Carlos me ayudó bastante, pero obviamente yo fui el que dio la puntada final. ¡Ja, ja! -Estuve a punto de levantarme de la mesa pero hubiera sido mala educación.

 

Recuerdo que de pequeño padre no me trataba bien, yo era más inteligente que mi hermano Aníbal. Cuando yo iba a primer grado él ya iba a cuarto, pero yo aprendía rápidamente. Pero cuando padre estaba detrás mío, a mis espaldas, mientras yo hacía las tareas, me dice:

-¿Cuándo vas a terminar los deberes, por qué tardas tanto?

-Porque soy prolijo, papá. -Me acuerdo que en aquella época no escribíamos con bolígrafo sino con lapicero de tinta, y justo delante de papá se me manchó el cuaderno. Quise borrar apresuradamente, la goma se me llenó de tinta, le puse un papel secante, volví a borrar de vuelta y lo que hice fue agujerear la hoja.

Padre me abofeteó.

-¡Inútil, ni para eso sirves! -Yo tenía seis años y no era la primera vez que me maltrataba, me sentía como una persona de segunda categoría.

 

No me permitían arrancar la hoja. Le conté a la maestra que me puse nervioso y que hubo un manchón, y evidentemente la maestra era una persona... (no voy a decir sus defectos porque no quiero pasar por maleducado), pero me puso un uno.

-La tarea está bien, pero una hoja arruinada desmerece todo lo que has hecho. ¿En tu casa no te enseñan? ¡Ah! Si yo fuera tu padre cómo te tendría. -Si supiera la bruja que mi padre me tenía peor de lo que ella pensaba, pero lo que hacía era encogerme sobre mí mismo y encerrarme-. Encima no respondes, ¿acaso eres autista? -Estuve a punto de contestarle qué tenía en contra los autistas. Tenía un amigo íntimo cuyo hermano tenía cuatro años, era autista, y era tan cariñoso, tan cariñoso. La mujer era una solterona, ¿quién la iba a querer con ese carácter? Y de la misma manera que regañaba a los alumnos más buenos, cuando padre venía al aula, porque a veces venía a hacerse notar, la mujer se desvivía en elogios.

-¡Ay, señor Segradi!

-¡Cómo señor, doctor Segradi!

-Disculpe, doctor Segradi, estoy haciendo lo que puedo con su hijo. Mi compañera, la maestra de cuarto, está orgullosa de su otro hijo, de Aníbal.

 

Y así fue mi infancia y así fue mi adolescencia. Y me crié tímido.

Recuerdo que tuve una novia que me decía que me adoraba, que me quería. No pasamos más allá de unos besos.

Recuerdo que un fin de semana papá se fue con mamá Elena al campo, la casa quedó sola. Yo había ido a tomar algo con unos amigos y cuando vuelvo, la casa vacía. Escucho unos ruidos en la habitación de Aníbal. Le quería preguntar. Abro la puerta y estaban los dos acostados, mi hermano con mi novia, con la que yo no había pasado de un par de besos porque cuando la abrazaba demasiado fuerte ella me sacaba la mano y me decía: "Vas muy apurado, muy apurado". Y después la veo acostada con mi hermano. Me dio asco, bronca, rabia. Me caían las lágrimas. Y mi hermano, en vez de pedirme disculpas, escuchaba las carcajadas.

La volví a ver a la que era, a la que había sido mi novia, y le dije:

-Pensé que eras una buena chica y resultaste ser una cualquiera. -Levantó la mano para abofetearme. Le cogí la mano de la muñeca y la apreté.

-Lo único que falta es que me golpees. Mi familia también es de abogados, sabes el juicio que te puedo hacer por golpear a una mujer.

-Primero que yo no te voy a golpear, jamás lo haría, jamás, pero no voy a dejar que me abofetees. Es más, puedo correr el rumor de que te has acostado con mi hermano.

-Y él lo va a negar. Y es diez veces mejor que tú en cuestiones legales, así que más vale que te calles la boca. -Estuve a punto de escupirle en el rostro, pero le dije:

-Eres linda, pareces buena persona, tienes engañada a tu familia, te tiene por buena gente. No saben que eres una cualquiera. -Me quiso abofetear de nuevo y otra vez le tomé la mano. No se la retorcí pero se la apreté para que le doliera.

-Si mañana no puedo escribir te aseguro que te denuncio.

-Hazlo, hazlo, sé lo qué responder. No soy tan tonto, y no creo que mi hermano sea mejor que yo. La mayoría de los casos que ha ganado eran casos míos. -Y seguí de largo. Me quiso parar y accidentalmente la golpeé con mi hombro y la hice trastabillar, ni me di vuelta. Me sentía amargado, muy amargado.

 

Evidente en la sociedad de Ciudad del Plata no triunfa el mejor, triunfa el que tiene mejores contactos, triunfa el que se codea con jueces corruptos, incluso el que tiene amigos políticos que no son mejores que los jueces. Algo andaba mal en la sociedad, algo andaba muy muy mal. Si bien en el club hípico la gente era artificial también había otro tipo de gente, la gente que trabajaba con lo justo, pero como tenía amigos en los sindicatos se acomodaban con un buen empleo y simplemente por atender a la gente en los sindicatos al final del mes cobraban más que yo con todo el estudio que yo tenía sobre mis hombros. Y si tenías que ir a un sindicato para resolver un caso esa gente que ganaba más que uno te atendía con aliento a vino. No desprecio a ninguna clase, quiero dar mi punto de vista. No estoy buscando justificarme. ¿Ante quién me tengo que justificar?

Condenaba a la clase alta por su superficialidad, por su manera artificiosa de ser, y no sé qué me caía más... qué me caía más como un golpe al hígado, si esa clase artificial del club hípico o esa gente con aliento a vino acomodada en los sindicatos. Pensaréis "¿Carlos Domingo no tendrá envidia?". No, no tenía envidia, simplemente me parecía que la vida era injusta y que valía más el acomodo, el tener contactos sucios que ser una persona decente.

Sólo me daba satisfacción el estar con mis amigos, los verdaderos, los que estudiaban como yo, los que trabajaban como yo y que también tenían problemas con su familia. ¡Je! Es tragicómico, ¿no? Pero creo que tragicómica es la vida.

De todas maneras hay una cosa que ellos no podían hacer y yo sí, estar con la frente alta. No tenía que rendir cuentas a nadie. Alguna vez lo discutí con mi hermano Aníbal.

Le digo:

-¿Tú puedes estar con la frente alta?

-¡Je! Por supuesto que sí. ¡Je, je, je! Con la frente alta y con el bolsillo lleno -Tocándose el bolsillo-. Tú estás con la frente alta y con ropa vieja, ¡ja, ja, ja! ¡Ay, hermanito, hermanito, hermanito, qué inocente que eres!

 

Y sí, para mi hermano y para mi padre a los honestos les decían inocentes, a los que teníamos valores les decía ingenuos, a los que mirábamos de frente les decían tontos. Y ellos pensaban que había una línea muy finita entre la bondad y la tontería. Pero no iba a cambiar mi manera de ser,

Y tenía infinidad de complejos por ser así porque en el fondo, muy en el fondo, porque no me lo admitía ni a mí mismo, ¿eh?, me sentía como un fracasado a veces. Lo de mi exnovia, que no se dejaba abrazar un poquito más allá de la cintura y de repente se entregaba, pero 'clic', así, en un instante, a mi hermano. ¿Que estaba enamorada de él? Para nada, para nada. Yo estaba convencido que se había acostado con él porque sabía o ella creía que él era importante y que le podía conseguir contactos. O sea, que no se había acostado por amor sino por interés.

 

Y la despreciaba. Y sentía como un dolor en la garganta tremendo que me provocaba la angustia. De la misma manera que los nervios me provocaban dolor en el estómago la angustia me provocaba dolor al tragar y a veces por eso no quería ni comer.

Y padre me miraba con desprecio.

-Lo único que falta, que por no comer te debilites y no vengas a trabajar. ¿Te piensas que voy aguantar que estés tres días en cama y te debilites? Sabes cómo contrato otro enseguida. -Y yo soñaba con mi despacho propio. Algún día tendría mi bufet y no me verían más el pelo.

 

De mamá... De mamá Elena, ¿qué puedo decir? Ella le decía a todo que sí a padre, no sé si lo admiraba o lo soportaba, ella también era una sometida. Pero no podía despreciarla, sentía que era una pobre víctima también. Pero por otro lado apoyaba todo lo que decía padre, y eso me daba bronca.

Era víctima pero a la vez cómplice. Y cuando eres cómplice del mal no te diferencias del mal.

Y eso no lo aprendí en la escuela de leyes, eso lo aprendí en la escuela de la vida, que es la más complicada, la más difícil y la que cada uno tiene que aprender por su cuenta porque nadie te la va a enseñar. Maestros en la vida tienes a montones, desde el vago de la esquina hasta el más encumbrado. ¡Je!

La escuela de la vida, la escuela que te enseña cómo sobrevivir.

 

Por ahora es todo.