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Psicoauditación - Crumbly

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 28/05/2026 Gaela, Crumbly

Sesión del 29/05/2026 Gaela, Crumbly


Sesión 28/05/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Crumbly

No recordaba, Jorge Clayton, que cerca había un lugar donde elaboraban pan, bollería y repostería. Probó algún ejemplar y quedó sorprendido, pensó que en el Club Náutico serían muy apreciados.

 

Relatado en tercera persona, gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de ambos thetanes.

 

La mañana en Costa Norte tenía ese aire fresco y limpio que sólo se encuentra a las siete de la mañana. Jorge Clayton, de apenas 28 años y con una fortuna que la mayoría no vería en tres vidas, caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo de diseño. Vivía bajo una regla estricta: los domingos no se usaba chofer, ni asistentes. Si quería facturas, iba él mismo.

 

Cruzó la esquina de la avenida y se topó con un pequeño local que no estaba en su radar: Crumbly’s Bakery. El aroma a manteca y azúcar quemado que salía por la puerta era un argumento de venta imbatible.

 

Al entrar, el tintineo de una campana anunció su llegada. Detrás del mostrador, acomodando una bandeja de 'vigilantes' recién horneados, estaba un chico con el delantal manchado de harina y una sonrisa cansada pero brillante.

 

-¡Buenas! -saludó el panadero, limpiándose las manos en un trapo-. Soy Crumbly. ¿Qué te llevamos hoy?

 

Jorge lo observó un segundo. Crumbly no debía tener más de 22 años, pero se notaba que manejaba el lugar con la destreza de un veterano.

 

-Hola, Crumbly. Sorpréndeme -dijo Jorge, apoyándose en el mostrador-. Media docena. Dame lo mejor que tengas.

 

Crumbly asintió con entusiasmo. Con las pinzas en la mano, empezó a armar la bolsa como quien selecciona joyas: dos medialunas de grasa perfectamente crocantes, dos de manteca brillantes por el almíbar, y dos 'cañoncitos' de dulce de leche espolvoreados con azúcar impalpable.

 

-Las de grasa tienen el punto justo de sal, y el dulce de leche de los 'cañoncitos' lo traigo de un tambo chico de Navarro. No vas a encontrar otro igual -dijo Crumbly con un orgullo legítimo, casi magnético.

 

Jorge pagó, se despidió y salió. No llegó a caminar dos cuadras; la curiosidad y el aroma lo vencieron. Sacó una medialuna de manteca y mordió.

 

La masa se deshizo en capas perfectas, aireadas, con el equilibrio exacto de dulzura y la untuosidad de la manteca de primera calidad. Jorge, que había desayunado en los hoteles más lujosos de Amarís y Beta, se detuvo en seco en medio de la vereda. Era, sin exagerar, la mejor factura que había probado en su vida.

 

Dio media vuelta y regresó a la panadería. La campana volvió a sonar con fuerza. Crumbly, que estaba limpiando el mostrador, levantó la vista, sorprendido.

 

-¿Pasó algo? ¿Estaban frías? -preguntó el joven, preocupado.

 

Jorge se acercó, sacó una tarjeta personal de su billetera y la deslizó sobre la madera del mostrador. El logo en relieve de El Club Náutico -el centro de negocios y redes más exclusivo del país, donde se cerraban los contratos multimillonarios de la región- brilló bajo la luz del local.

 

-Estaban perfectas. De hecho, demasiado perfectas -dijo Jorge, mirándolo fijamente-. Crumbly, tengo 28 años y soy el dueño de ese club. Mañana a la mañana tengo una reunión de directorio con doce de los empresarios más exigentes de este continente.

 

Crumbly miró la tarjeta y luego a Jorge, procesando la información.

 

-¿Y qué tiene que ver mi panadería con tus empresarios? -preguntó, arqueando una ceja.

 

-Quiero que dejes de renegar con el menudeo de barrio. Quiero que seas el proveedor exclusivo de pastelería y panificación de El Club Náutico -propuso Jorge con una sonrisa ejecutiva, pero genuina-. Te compro toda la producción que puedas darme. Nosotros ponemos la logística, vos ponés las manos y la receta. ¿Qué decís?

 

Crumbly miró las bandejas doradas, luego la tarjeta de Jorge y, finalmente, extendió su mano derecha, aún con un leve rastro de harina.

 

-Trato hecho, Jorge. Pero con una condición -dijo el panadero de 22 años, con una chispa de audacia en los ojos.

 

-¿Cuál?

 

-Las medialunas de grasa se comen calientes. Si tu logística se retrasa diez minutos, se cancela el contrato.

 

Jorge soltó una carcajada y estrechó su mano con fuerza.

 

-Me gusta cómo negociás, Crumbly. Nos vemos mañana a las ocho de la mañana.

 


Sesión 29/05/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Crumbly

Crumby estaba supercontento de tener al Club Náutico como cliente, pero Clayton le hizo notar que el lugar pedía una vestimenta más a tono, más de acuerdo con el lugar.

 

Relatado en tercera persona, gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de ambos thetanes.

 

Entidad: El lunes por la mañana, el Club Náutico amaneció con el río impecable y el sol reflejándose en los yates de lujo amarrados en el muelle. Entre socios vestidos de lino y perfumes importados, la figura de Crumbly destacaba como un cable pelado, llevaba unos pantalones deportivos viejos con restos de harina, una remera azul que había visto mejores épocas y, en la mano izquierda, un 'cañoncito' de dulce de leche, como si fuera un amuleto.

 

Jorge Clayton, que controlaba el movimiento desde la terraza del bar mientras tomaba un café, lo divisó de inmediato. Lejos de incomodarse, sonrió de lado, bajó a paso firme y le hizo una seña.

-Crumbly, por acá -le dijo en voz baja, esquivando la mirada de un par de socios curiosos. Lo tomó del hombro y lo guió rápidamente a través de los pasillos de madera lustrada hasta su despacho privado, una oficina imponente con vista al río.

 

Una vez adentro, Jorge cerró la puerta y miró al panadero de arriba abajo, deteniéndose en el cañoncito que todavía sostenía.

-¿Esos tatuajes son de verdad?

-No, me los hice con tinta china.

-Por favor, sácatelos -le pidió Jorge-, te quedan horribles. -Agregó sonriendo.

-Lo haré, de verdad -respondió el joven.

-Mir, Crumbly, tu producto es un diez, ya te lo dije, pero acá la estética es el cincuenta por ciento del negocio -explicó Jorge sin anestesia, pero con tono amigable. Abrió el cajón de su escritorio de roble, sacó un sobre de cuero y extrajo un fajo de billetes grandes, de curso legal impecable.

-Un proveedor del Club tiene que verse como parte del club. Toma, esto es un adelanto de la primera entrega. Quiero que vayas ahora mismo y te compres ropa informal, pero de primera calidad. Camisas de tonos oscuros, buenos pantalones, un par de remeras azul marino, zapatos limpios y zapatillas deportivas blancas. Nada de trajes, mantener tu onda, pero sube el nivel.

Crumbly miró el fajo de billetes. Era más plata de la que facturaba en un mes entero en el barrio. Sintió un nudo en la garganta y, por un segundo, la soberbia de la juventud se le desmoronó. Guardó el dinero en el bolsillo y miró a Jorge a los ojos, bajando la guardia.

-Gracias, Jorge. De verdad -dijo con la voz un poco más rasposa de lo habitual-. Es que... para mí esto es un universo totalmente nuevo. Te lo cuento en confianza que yo me crié en un hogar de acogida. No tuve herencias, ni contactos, ni ropa de marca. La panadería la levanté remándola solo, durmiendo tres horas por día en el piso del local para pagar las máquinas. Estar acá adentro me marea un poco.

 

Jorge lo escuchó en silencio, apoyado contra el borde de su escritorio. La confesión no le generó lástima, sino un profundo respeto. Se acomodó el reloj y le dio una palmada firme en el hombro.

-Escúchame una cosa, Crumbly -le dijo con voz firme y tranquilizadora-, a mí no me importa de dónde venís, me importa a dónde vas. El pasado, pisado. Si estás en este despacho hoy, es porque tu talento te trajo hasta acá. Ahora cómprate esa ropa, vuelve a la panadería y demuéstrame que no me equivoqué con tus facturas. El resto es cotillón. Paso la reunión para mañana a las ocho.

 

Crumbly asintió, esta vez con una sonrisa de pura confianza. Le dio un mordisco al 'cañoncito' de dulce de leche, le guiñó un ojo a su nuevo socio y salió del despacho listo para comerse el mundo.