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Psicoauditación - Denis S.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 30/09/2015
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Denis S.

Injusticias y pérdida de seres queridos por edad o violencia es la causa de muchos engramas en una vida. Quedamos dolidos y con falta de cariño y soporte. Pero aunque no sea sencillo debemos ser analíticos y seguir adelante con la convicción de que somos valiosos, somos importantes.

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Entidad: Mi impresión es que hay un común denominador no solamente en mis distintas vidas como ser espiritual en los distintos roles, como en el actual de Denis, sino con otras entidades espirituales que han encarnado en Sol 3 o en otros mundos. ¿A que quiero llegar? A las vivencias, que son mas sufridas que de placer.

 

Reconozco que muchas veces como entidades espirituales somos egoístas o egocéntricos. Pensamos en nosotros, en encarnar para disfrutar de los cinco sentidos. Pero como ya dijo el excelso maestro "No siempre lo que planificamos es lo que se da", por distintas circunstancias de nuestros propios padres, abuelos, tutores. Encarnamos en determinada región creyendo que quizá podemos ser útiles y, como se dice vulgarmente hoy, la situación se nos escapa de las manos.

 

Encarné para el siglo XIII en el reino de Nápoles. Ni siquiera era un adolescente cuando ya la aldea donde me crié estaba sumergida en una guerra entre Sicilia y Francia, el reino prácticamente ocupaba desde Sicilia hasta un poco más allá de la mitad de Italia. La guerra fue tremenda, cambió muchas veces de bando victorioso, se podría decir. Sicilia tuvo muchos enemigos, el mismo Aragón, también fue un gran enemigo. Pero el problema éramos nosotros, los pobres habitantes del sur.

 

Yo vivía en Elorum, una aldea bien al sur. Teníamos en aquella época mucho conocimiento del latín, estábamos a orillas de lo que es el Curriculum Mare. ¿De qué otra cosa podíamos trabajar que de pescadores? ¿Que la guerra no nos alcanzaba? Sí, claro que nos alcanzaba, se saqueó la aldea, tuvimos que marchar al norte, a Siracusa, de ahí fuimos tierra adentro hasta Leontini y subimos otra vez a orillas del mar hasta Catana. En Catana, con nuestra familia, estuvimos casi un año, yo ya cumplí dieciocho.

 

Mi nombre era Renato, Renato Yaquero. Vi morir a mi hermano, a mi hermano Hugo, mis padres no lo pudieron soportar. Mamá falleció a los pocos meses, y papá se abandonó a la bebida. Con el poco dinero que me quedaba marché a lo de un tío, al norte de Sicilia, en Tindaris.

 

Me sentí sólo, como que migraba de un lado a otro. Diréis: "Era una época inestable". Sí. Y os responderé: "Uno se acostumbra".

Y no soy el único thetán que lo digo, uno se acostumbra a lo que es, a lo que tiene, a su entorno, a lo que lo rodea, a los sacrificios, a las muertes, a la guerra. ¿De verdad nos acostumbramos a la guerra? ¿De verdad nos volvemos insensibles? No, yo no lo creo. Es como que por dentro una brasa nos va ardiendo, nos quema, nos profundiza, nos daña, nos lastima.

 

El tío era una persona muy huraña. Había quedado viudo, había perdido un hijo. Uno, lo primero que piensa, "Bueno, su sobrino va a ser como una especie de apoyo". No, nada que ver. Me trataba como si fuera un sirviente.

Soporté pocos meses. Con unos pescadores me fui al continente hasta llegar a un puerto, Temesa. Subí unos kilómetros al norte y anclé en Clampetia, y me quede ahí. Ahí conocí a Doménica. Doménica era una joven cuyo padre era pescador también y su madre había muerto cuando ella era pequeña. No le hacía asco al trabajo, trabajaba a la par de un hombre. Estaba siempre vestida con ropas sueltas, con el cabello recogido. Con un paño en la cabeza, evitaba ser atractiva a los pescadores para que no le molestaran. Nos hicimos amigos, ella podía leer los ojos del otro y veía en mis ojos que yo no me fijaba en su aspecto físico, sino en su interior, en su bondad, en su franqueza en su lealtad. Y cuando tenía que decir algo, lo decía.

 

Empezamos a salir, tuvimos una relación de noviazgo. Quizá da un poco de pudor decirlo pero era ella, era ella la que llevaba las riendas de la pareja. Tenía mucho carácter y si bien yo no era ni apocado ni tímido pero no sabía confrontar. Entonces las pocas veces que chocábamos nos enfrentábamos en vez de confrontar. Cuando estaba reactiva no dialogábamos o yo guardaba silencio y dejaba que ella se desahogue o chocábamos gritando los dos. Nunca una agresión de hecho, por supuesto, pero nos dañábamos a veces con palabras muy fuertes que lastimaban más que una bofetada, más que un golpe.

 

Duramos, si se puede decir la palabra, más de un año. Ella fue la que forzó intimar, quedó embarazada. Su carácter se agrió aún más. Es como que mi amor, mi afecto, mi cariño estaba congelado. No me gustaba el maltrato de ella ni de nadie. Lamentablemente, porque para mí toda vida es sagrada, a los tres meses perdió el embarazo y como toda persona reactiva me echó la culpa a mí, al trabajo, al propio Dios. Y mi responsabilidad había acabado con el embarazo, así que marche para el norte. Me fui para Laus.

 

Estuve trabajando en otros muelles, seguí recorriendo la costa hasta llegar a Posidonia y ahí me quedé. Me quede años curtiendo mi piel, mis manos, mi alma, juntando dinero, teniendo conducta, relacionándome con gente pero sin abrir mi pecho, mi corazón.

 

Recién a los veintisiete me establecí en Nápoles. Ahí conocí a Lucía. Lucía era callada, sufrida. Había estado casada, habían matado a su marido, tenía un niño de dos años. Comenzamos una relación. Al poco tiempo murió su papá y ella se quedó con una tienda de ropa. La ayudé.

 

Al poco tiempo nos casamos, mi vida cambió. Lucia era dócil, amable, pero no dócil desde el sentido de darme la razón en todo sino que no levantaba la voz. Por supuesto que defendía su forma de pensar, sus derechos, no os imaginéis una tonta, todo lo contrario, era muy inteligente. La gente se piensa que quien es callado, quien se guarda las cosas es tonto. No es así.

Le conté mi vida, me contó la suya, le conté que venía de Sicilia, me contó que había perdido casi toda su familia en dos batallas, que ahora Nápoles estaba tranquilo, que mientras uno trabajara y no opinara de política, nadie se metería con uno.

 

Tuvimos un hermanito. Quiero decir nuestro hijo fue hermanito del hijo de ella, a quien quería tanto como a mi propio hijo. A partir de ese embarazo tuvo un problema y no pudo tener más hijos pero fuimos felices trabajando en la tienda. Aporté mi poco dinero para agrandar el lugar y fuimos felices.

 

Me quedaron engramas, muchísimos. No me gusta la violencia, la guerra, el ver muertes, el perder seres queridos. A lo largo de ese recorrido he tenido amigos que en desgracias me dieron la espalda, mi propio tío que me trataba como un sirviente. Esas cosas te marcan a fuego y tú sientes que no vales nada. Pero cuando estás analítico sabes que no es así, que eres importante por lo menos para los que te quieren y eso es lo valioso. Es imposible que todo el mundo nos acepte como es imposible que aceptemos a todo el mundo. ¿Es un pensamiento egoísta? Quizá. Tal vez. No lo sé. Sólo puedo decir que a lo largo de las distintas encarnaciones, porque hubo más encarnaciones hasta la actual, tuve vivencias sufridas también pero quería destacar esa, la del que fuera el reino de Nápoles.

 

Gracias.