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Psicoauditación - Guadalupe |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión 13/06/2026 Gaela, Aurora Campos
Sesión 13/06/2026 La entidad relata los inicios de su vida en Gaela y cómo abandonó la casa de su madre para buscar a su padre, que también se había marchado años atrás.
Relatado en tercera persona, gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de los espíritus.
Entidad: Me presento. Mi nombre como espíritu es Amadel, plano 3.9, sub nivel 9.
Nací en Gaela en 1925, mi nombre era Aurora Campos Reyes. Mi país natal era Zavala. De niña era muy apegada a mi madre, Natividad. Mi padre, Jacinto Campos, era muy severo y poco apegado a la familia. Él detestaba a la Orden del Rombo y mamá era una ferviente creyente. Por eso papá se fue alejando de nosotras y mi madre se aferró más a la religión llevándome todas las semanas al Templo de ciudad Carmesí, población que quedaba en el centro de Zavala.
El quiebre fue a mis 15 años, en 1940, cuando comencé a estudiar historia y me enteré de las atrocidades que había cometido y seguía cometiendo la Orden del Rombo. Supe que papá se había mudado a Plena, en el sur del continente, pero como yo era menor no podía viajar y mamá no me iba a dar permiso. Por supuesto que no le iba a decir, pero cuando cumpliera 18 años, juntando peso a peso de los recados que hacía en la vecindad tendría bastante dinero, que iba ocultando en una cueva para que nadie se entere. E iría a Plena a buscar a papá.
Recién en 1945, cuando cumplí 20 años puede viajar. Lo lamenté por mamá, pero se pasaba en día entero hablando de la Orden del Rombo. No aceptaba tocar otro tema. Y ahora, gracias al Maestro Johnakan Ur-El, tendré ayuda para que el relato se realice en tercera persona.
La humedad del puerto de Ciudad del Plata se le pegó a la piel no bien bajó del barco. Era el invierno de 1945 y Aurora Campos acababa de cumplir veinte años; veinte años guardando un rencor silencioso y un mapa arrugado en el fondo de su maleta de cuero gastado. Atrás quedaba el pueblo natal, las campanas de la iglesia repicando a deshora y el olor penetrante a vela de sebo que inundaba su casa. Aurora no huyó de la pobreza, huyó del fanatismo asfixiante de su madre. Para doña Mercedes, cada desgracia era un castigo divino y cada bocado de pan un milagro que requería horas de rodillas sobre el suelo de tierra. La gota que colmó el vaso fue cuando su madre quemó los viejos libros de geografía de Aurora, alegando que "el único mapa que un alma buena necesita es el camino al calvario". Esa misma noche, Aurora desenterró el único secreto que su madre no había logrado santificar: una carta amarillenta, enviada quince años atrás desde la gran capital del sur del nuevo continente. Estaba firmada por su padre, Jacinto Campos, un hombre que se había marchado "en busca de trabajo" cuando ella era una niña, aunque Aurora sospechaba que, en realidad, se había escapado de la misma prisión mística de la que ella acababa de huir.
La Gran Metrópoli del Sur
Ciudad del Plata en 1945 era un torbellino de tranvías ruidosos, faroles de gas que empezaban a convivir con la luz eléctrica y avenidas anchas que subían desde el río. Para una chica de provincia, el contraste era abrumador, pero extrañamente liberador. Nadie la miraba para juzgar si llevaba el velo bien puesto o si se persignaba al pasar frente a una parroquia. Con los pocos ahorros que había logrado esconder de los recados hechos a la vecindad de Carmesí, una ciudad de Zabala, su país natal, Aurora alquiló una modesta habitación en una pensión de Avenida del Sur y comenzó su búsqueda. La única pista era la dirección de un viejo taller de imprenta en la calle Defensores. "Busco a Jacinto Campos", repetía Aurora en cada esquina, mostrando la caligrafía gastada de la carta. "Es tipógrafo. O al menos lo era."
El Encuentro
Pasaron tres semanas de suelas gastadas y rechazos. En la oficina de registros de la ciudad le dijeron que había decenas de "Jacinto Campos". Pero Aurora no se rindió, el instinto la llevó a los cafés frecuentados por los sindicatos de gráficos y obreros, un mundo completamente laico, ruidoso y lleno de discusiones políticas que a su madre le habrían parecido el mismísimo infierno. Una tarde lluviosa, en la trastienda de una pequeña imprenta anarquista cerca del puerto, un hombre de cabello canoso y delantal manchado de tinta negra se detuvo en seco al escuchar su nombre. Tenía los mismos ojos almendrados que Aurora veía cada mañana en el espejo. Los dedos manchados de tinta y nicotina, rodeado de periódicos y café amargo. El hombre se limpió las manos en un trapo y la miró, incrédulo: -¿Aurora? -La voz de Jacinto tembló, perdiendo toda la firmeza del viejo obrero-. Tu madre me dijo en su última carta que habías tomado los hábitos... que te habías entregado a la Iglesia de la Orden del Rombo.
Aurora esbozó una sonrisa amarga, pero firme. Se quitó el abrigo húmedo y dio un paso al frente. -Madre ve milagros donde sólo hay deseos, papá. Yo elegí cruzar medio continente. No vine a buscar a Dios, vine a buscarte a ti, y a empezar a vivir. En el humo de esa imprenta de Ciudad del Plata, lejos de los altares y las penitencias, Aurora Campos entendió que su viaje no había sido sólo para encontrar a un padre perdido, sino para reclamar la propiedad de su propio destino.
Gracias al Maestro Johnakan por permitirme relatar conceptualmente las primeras vivencias de ese rol como Aurora Campos. Me despido, enviándoles todo mi afecto: Amadel, plano 3.9, sub nivel 9.
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