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Psicoauditación - Jaquelin

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 12/08/2019

Sesión 11/09/2019


Sesión 12/08/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Jaquelin

La entidad relata la dureza de cuando vivió en Aerandor III, en un poblado cerca de castillo de un rey. Como thetán, le alivió repasar incidentes dolorosos, engramas que le produjo esta vida.

Sesión en MP3 (2.460 KB)

 

Entidad: Es risueño cómo nos aferramos a cada encarnación, podemos sentir angustias, abandonos, traiciones, dolores físicos, malestares, pero jamás se va a cruzar en nuestro pensamiento el no aferrarnos a cada vida como si fuera la única. Y me pasó eso en la vida de Josela.

 

Fabricaba jarrones en la feria feudal. A lo lejos, porque la feria era bastante extensa, se veía el castillo del rey Morden.

Murmurando, susurrando en voz lo más baja posible, todos decían que era un autoritario, un tirano, un déspota. Había gente que desaparecía de un día para el otro porque se les escuchó hablar mal de él. Los soldados no se metían con nosotras, yo por lo menos trabajaba y pagaba mis impuestos, tampoco trataba de ser obsecuente como otras que regalaban a los soldados su mercadería tratando de quedar bien, y era para peor porque luego los soldados cuando no "había" esos regalos les pedían más impuestos o bien les pedían favores.

 

No siempre trabajé con jarrones, de pequeña ayudaba a padre con su negocio de hortalizas, cargaba bolsas como si fuera una adulta. Hasta la adolescencia. Y luego una señora me enseñó el arte de poder moldear esos jarrones y terminé trabajando mejor que ella, que luego la pobre falleció.

 

No me iba mal, no puedo decir que me iba muy bien, pero mi físico había pagado el precio de haber cargado fardos, bolsas de legumbres... Mi espalda me molestaba y era una mujer medianamente joven, tenía treinta y cinco de vuestros años, pero a veces por la noche me recostaba en mi camastro y me costaba dormir, calentaba un saco con un poco de arena, me lo podía debajo del cuello para ver si el calor me aliviaba el dolor. Y no sólo eso, también me dolían los oídos y escuchaba menos y sentía como ira por dentro porque digo "¿Será posible?, conocía gente del doble de mi edad con un oído agudísimo", y yo escuchaba menos.

 

Recuerdo que mi amiga Eusebia era muy, cómo diría la palabra, muy protestona, protestaba por todo. Yo le tenía mucho afecto y le decía:

-Habla en voz baja.

-¡Por qué, esto es injusto lo que estamos pagando!

Trataba de hacerla razonar.

-Los impuestos son para mantener no solamente el palacio, también la misma feria.

 

Pero hablaba en voz muy alta incluso cuando estaban los soldados recaudando, hasta que uno de ellos la escuchó y la tonta no se calló, le contestó mal, de mal modo. Le tenía mucho afecto a mi amiga, era regordeta pero simpática a pesar de protestar por todo.

En una de las esquinas de la feria había un establo donde guardaban algunos caballos, la arrastraron. Intenté acercarme y uno de los soldados me miró, solamente me miró, agaché la cabeza y seguí haciendo mi trabajo. Pero se escuchaban los gritos, no la castigaban, la estaban ultrajando. Recuerdo que los soldados se fueron y ella no apareció, pensé "La habrán matado". Cuando vi que no había más nadie de seguridad del palacio me acerqué, estaba tirada en el heno con la ropa desgarrada, la cara lastimada. Calenté agua y la limpié. Estuvo tres días sin trabajar, luego volvió y no hablaba, su mente estaba como ida.

 

Luego comenzó a hacer sus labores, pero seguía sin hablar. Y, honestamente, hubiera preferido eso, porque al mes siguiente cuando vinieron a recaudar los impuestos no solamente protestaba, lo menos que les decía a los soldados era gusanos, alimañas. La golpearon, la desmayaron, la subieron a un carro, la tiraron como si fuera un fardo y la llevaron a palacio. Se dieron vuelta para mirar hacia mi lado, yo bajé la vista y seguí haciendo mi labor.

Nunca más volví a ver a mi amiga. O directamente la ejecutaron los mismos soldados, aunque en realidad nunca ni siquiera estornudaban sin una orden del rey Morden.

 

Pero había uno que sí se paseaba por el poblado. ¡Oooh, el viejo Adolas! Era el jefe religioso. Él decía que se comunicaba con Dios y que castigaba a todos aquellos que no cumplan con las órdenes del rey. A veces llevaba dos guardias de seguridad con él, con espadas y látigos. Iba con un atuendo muy claro, casi blanco, impecable con hilos dorados. Cara perversa, cabello canoso. Y si algún feriante, sin querer, al levantar alguna legumbre, alguna papa (patata) lo ensuciaba o manchaba con una mota de polvo su atuendo, recibía diez latigazos como mínimo. Miraba con su mirada perversa y yo pensaba "Este Adolas es quien asesora al rey Morden. En lugar de moderar lo que hace es incentivar más la perversión del rey". La gente lo respetaba. No, en realidad no lo respetaba, le temía. Aparte, muchos eran irracionales en la feria porque le creían.

A veces se paraba en la plaza:

-Dejad de trabajar y venid a escucharme. -Era al único que obedecían fuera de las órdenes del rey Morden, todos dejaban lo que estaban haciendo y se agrupaban-. Mirad, mirad el cielo nublado, Dios está enojado, estáis produciendo menos. El castigo de Dios, porque me lo dice a mí en secreto, en secreto, es que va a haber que aumentar los impuestos para que trabajéis más.

 Alguno imploraba:

-¡No, por favor! -El viejo Adolas lo miraba sin piedad.

-¿Quién ha hablado? -El pobre hombre levantaba la mano tímidamente-. Esa mano que has levantado, ¿quieres que te la corte?

-No, señor.

-No soy señor, soy el ministro de Dios. Y no, no te la voy a cortar, si no, ¿con qué trabajarías? ¡Acércate! -El hombre intentó besarle la mano a Adolas, al ministro-. ¿Qué haces, piensas que con tu boca sucia rozarás mis manos? No. ¡Arrodíllate y mírame! ¿Sabes que podría sacarte los ojos?, pero tampoco servirías para trabajar. ¿Te gusta lo que haces?

El hombre dijo:

-Sí, ministro.

-Bien. Entonces cállate cuando yo hablo o irás a trabajar a las minas con los esclavos y no cobrarás nada y comerás una comida que será una bazofia. ¿Volverás a hablar? -Negó con la cabeza-. ¡Dilo en voz alta!

-No, ministro, no volveré a hablar, no volveré a quejarme y pagaré mis impuestos puntualmente.

-¡Ahora retírate!, pero no me des la espalda, retírate caminando hacia atrás. -Con tan mala suerte que se tropezó y cayó en el barro-. ¡Ja, ja, ja! -Adolas se reía burlándose. El hombre se levantó tímidamente y siguió retrocediendo hasta llegar a su puesto. Me miró a mí, bajé la vista-. ¡Tú, mujer! -Vi que se dirigía a mí. Hice una reverencia.

-Ministro de Dios, estoy aquí para servirle.

-Bien, sigue con lo que estás haciendo. Es bueno que no llames la atención, así tienen que hacer todos. ¡Ahora dispersaros, volveos a vuestros trabajos!

 

Cada uno volvió a lo suyo y el ministro Adolas dio una vuelta por la feria y volvió a palacio. Daba la impresión como que le gustaba exhibirse, mostrar sus ropas pulcras, limpias, perfumadas. Dentro de todo yo vestía decentemente, lavaba semanalmente mi ropa. Trataba de estar pulcra, me cortaba las uñas, me arreglaba el cabello... Pero cada día me costaba más el vestirme, solamente con estirar los brazos para ponerme el vestido no podía del dolor de cuello, ese tremendo dolor. ¡Aaah!

 

Ahora hablo como thetán, el thetán de Josela.

Su vida ha sido una fábrica de engramas, de roles del ego, engramas que han ido reactivándose vida tras vida hasta la vida actual, afectándole de la misma manera toda la parte cervical y parte de la espalda, y con el tiempo esos mismos engramas también le pueden afectar la parte del oído, como le afectaba al rol de Josela.

Me siento un poco más descargado, como thetán, del hecho de haber repasado esa vida, una vida que tiene mucho más para contar, una vida de una mujer de treinta y cinco años que su trabajo era fabricar jarrones en la feria y adoptando un perfil bajo, y durmiendo con una tortura por las noches con ese dolor de cuello y de espalda, y esos zumbidos en los oídos que la volvían loca.

Lo importante es que pude descargar, ¡Aaah!, porque me sentía ahogado, como thetán, por esa vida.

 

Gracias por permitirme haberme expresado a través de este receptáculo.

Gracias.

 


Sesión 11/09/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Jaquelin

La vida en Aerandor III, en el reino de Morden se vivía con temor, miedo, pánico. Y para ella, dolor.

Sesión en MP3 (2.460 KB)

 

Entidad: Siempre sucede que cuando nos sentimos un poco mejor, tanto en lo físico como en lo anímico como en lo personal, algo sucede.

 

En Aerandor vivíamos en una época oscura, vosotros la llamaríais medieval. Mi nombre era Josela, fabricaba jarrones en la feria feudal, pero no me quejaba de la vida.

De pequeña había tenido trabajos bastante fuertes, siendo muy chiquilla y actualmente sufría de dolores cervicales que apenas podía moverme, pero si pensáis que eso fue todo mi dolor..., ¿conocéis el dolor del miedo, el dolor del pánico?

 

Recuerdo que un día en la feria se armó un tremendo tumulto, había soldados abriéndose paso a empujones de manera tan brutal que volcaban incluso puestos que estaban a los costados del camino, y en un pequeño carro de dos ruedas tirado por un caballo, Adolas. La gente a Adolas le tenía más temor que al propio rey Morden. Era su consejero y a la vez el jefe religioso. Él decía que era el representante de Dios en todo Aerandor. Un rostro afilado, nariz prominente, una mirada como de depredador.

De repente me miró y le hizo una seña a los soldados y frenó su carro, bajó él en persona, Adolas, el consejero del rey y me miraba y se acercaba a mí. Me incliné con extrema cortesía bajando la vista.

-Mírame, mírame, puedes mirarme. -Levanté la vista y vi sus ojos acerados, por momentos negros por momentos grises, seguramente era el pánico que tenía que no enfocaba bien mi propia vista-. ¿Cómo te llamas?

-Josela, su señoría.

-Josela, ¡je, je!, te hacía más joven. Me han hablado de ti.

-Su señoría no... ¿cómo pueden hablarle de mí?, fabrico jarrones nada más en la feria.

-¿Qué recuerdas de tu infancia?

-Hacía trabajos de campo, una vulgar labriega... Y de pequeña levantaba grandes pesos al punto tal de que hoy apenas puedo sostenerme del dolor de cuello, de cervical y de espalda.

-¿Te recuerdas de algún palacio? ¿Te recuerdas de que en algún momento dado te criaste en escaleras de mármol, en barandas doradas?

-No, su señoría -respondí-, no, mis padres muy humildes, vivía siempre... y discúlpeme, su señoría, por nombrarlo, vivía siempre con las uñas sucias de tierra.

-¡Ajá!

-Pero no entiendo la pregunta... -Me tocó el rostro y no me resistí. Me levantó el mentón, me miró el cuello, me miró todo.

-Bien, quería ver si tenías un lunar grande al costado del lóbulo de la oreja derecha. No lo tienes. ¿De pequeña has tenido algún lunar que se te ha ido? -Me encogí de hombros.

-No sé, señoría... ¿Qué pasa?

-No te incumbe. Sigue haciendo tus tareas. -Hice una reverencia, me incliné y seguí con mis quehaceres.

 

Adolas no se iba, seguía observándome. Luego dio media vuelta y se marchó.

No hablé con nadie durante toda la mañana hasta que finalmente la feria feudal quedó libre de soldados. Les pregunté a otras compañeras qué pasaba.

-Fue terrible, terrible.

-¡Pero cuéntame!

-¡Ay!, Josela, tú no eres de impresionarte.

-¡Cuéntame, por favor, Mariela, cuéntame!

-Parece que Adolas conversó con muchas mujeres, la mayoría más jóvenes que tú, les buscaba un lunar a un costado del cuello o del lóbulo de la oreja. Y otra amiga escuchó que le preguntó si se había criado en algún palacio. -Yo me encogí de hombros.

Le dije a Mariela:

-A mí me preguntó lo mismo y le dije la verdad, dije que entre la tierra. Y mira, mira, no tengo ningún lunar.

-Pues te has salvado -dijo Mariela.

-¿Por qué?

-Porque había una joven de cabello negro oscuro, bastante más joven que tú y que tenía una especie de lunar, no al costado de la oreja, un poquito más abajo, pero se la llevaron. La joven no tenía padre, tenía a su madre. La madre gritó, lloró de que no se la lleven, y la atravesaron con una espada en el pecho.

-¡No! ¿Pero por qué?

-Por meterse. Los feriantes la están llevando para enterrarla. El puesto queda vacío y uno de los soldados dijo: "Hagan lo que quiera con la mercadería", y varios de nuestros compañeros, buitres, se abalanzaron y se llevaron todo lo que había en el puesto. Ni un gramo de compasión por la mujer muerta ni por la hija a la que secuestraron.

-Pero no entiendo, Mariela, qué buscaban, ¿una princesa, buscaban algo, alguien criada en un palacio? Y de ser así, ¿quién? Que yo sepa el rey no tiene otra familia.

-Lo que puedo decir es que si mataron a la madre de la joven para que no se entrometa, la joven seguramente la van a torturar para que confiese algo, vaya a saber qué. No me interesa averiguar, cuanto menos averiguas en menos problemas te metes. A Adolas seguramente lo habrá mandado el rey, el rey Morden.

Pregunté:

-¿Sería esa la joven que buscaban?

-Sé lo mismo que tú. De todas maneras no lo, creo porque razona esto, Josela, están buscando una joven que se crió en palacio, a la madre esta que mataron yo, particularmente, la conozco desde que era niñita, lo mismo que a la joven que se llevaron, la conozco desde pequeña. Pero claro le vieron un lunar como esa supuesta noble de palacio que están buscando y se la llevaron. Pero de la manera que se la llevaron no creo que sea para reconocerle ningún título de nobleza.

-Me imagino que no, pero me sorprende la violencia de los soldados. ¡Pobre mujer y pobre joven!

-¿Sabes lo que me duele más, Josela? -dijo Mariela-, estos vecinos nuestros, que venden como nosotros, los que estaban más cerca del puesto de la mujer se abalanzaron a robarle todo para consumir o para vender. Como dije antes, ni un gramo de compasión para la muerte.

 

Esos días estuve con unos nervios tremendos. Honestamente, no se me iban los nervios para nada. La ansiedad, la angustia, todo mezclado un coctel tremendo, y eso hacía que me doliera más. ¡Ay!, tremendamente más, la cervical. ¡Ay! De verdad que no podía más. Los mismos nervios, la misma ansiedad, la misma angustia potenciaba mi dolor de espalda, mi dolor de cintura y, obviamente, lo que más me dolía, mi parte de la cervical. Me frotaba con un ungüento mentolado pero no me calmaba nada o casi nada. Por las noches me recostaba en el catre y me ponía un poco de heno como almohada y apoyaba la cabeza, trataba de dormir boca arriba, trataba de dormir boca arriba pero no podía, no podía más de dolor, de verdad que no podía más, era tremendo.

 

Y me quedé pensando. Me quedé pensando en esa joven que desapareció, que supuestamente había sido criada en palacio, lo cual no creo. Simplemente porque tenía un lunar como la joven buscada la iban a ejecutar. Así era la vida en la feria feudal en el reinado de Morden, en Aerandor III.

 

Gracias por escucharme.