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Psicoauditación - Jessica F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 16/03/2018

Sesión 19/04/2018

Sesión 11/05/2018

Sesión 10/09/2018

 


Sesión del 16/03/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Jessica F.

Fue adoptada por quien mató a su padre y aprendió la hipocresía como supervivencia. Creció y aprendió hasta que decidió poner las cosas en claro. Después marchó del poblado. Quedó con engramas en aquella vida.

Sesión en MP3 (3.014 KB)

 

Entidad: Muchas veces pensamos que el cielo se pone en contra nuestra porque todo lo que planificamos se corta, se frena, vemos obstáculos en el camino o percibimos que nos ponen dichos obstáculos para que caigamos de bruces una y otra y otra y otra vez. Sé que una debe ser fuerte para levantarse. Y sí, en mi caso lo soy, pero a veces tantos obstáculos, situaciones llegan a desanimarte, y eso es lo peor que puede pasar porque el desánimo es un enemigo más grande que cualquier adversario externo.

 

Había encarnado como Axara, de la región de Lumaria. Era una niña morena. Lumaria quedaba al otro lado del desierto, una zona alejada y poco transitada a diferencia de muchas ciudades en Umbro.

De pequeña fui feliz. El jefe del poblado, Lobamba, era un hombre ágil, muy bueno con la lanza, con la espada y nos sentíamos protegidos porque era muy atento con nosotros.

Era hija única. Mi madre, Ankara, era una belleza. Yo soñaba que el día de mañana alcanzara la belleza de ella. Ribanda era un excelente papá, trabajador, cariñoso y ellos no me provocaron engramas porque se llevaban muy bien -cuando uno es pequeño a veces las discusiones de los mayores te crean engramas-. No, ellos se llevaban bien.

Y a medida que fui creciendo vi que Lobamba, el jefe del poblado, le exigía mucho a papá Ribanda, mucho en el sentido de que lo enviaba a otro poblado a buscar provisiones, le hacía estar más tiempo en los entrenamientos con armas.

 

Y un día, yo era pequeña, pero no sé porque vino la discusión, que se fue de tono la misma, y entonces el jefe del poblado Lobamba lo desafió a duelo a papá Ribanda. Papá era bueno pero el jefe Lobamba era extraordinario combatiendo y papá terminó con una espada clavada en el pecho que le quitó la vida. Y ninguno del poblado dijo nada porque era ¡je!, llamémosle legal, era costumbre los desafíos. Yo misma sufrí por papá pero no odié en ese momento a Lobamba porque de pequeña me habían criado aceptando esa costumbre. Nunca entendí por qué la discusión, pero fue.

Luego de la muerte de papá estuvimos mejor porque quedamos bajo la protección de Lobamba, quien me educó. Y a medida que fui creciendo, a pesar de ser niña, me entrenó con armas.

 

Cuando fui adolescente se me hizo la luz en mi mente, mamá Ankara convivía con Lobamba, el jefe del poblado. Y me acordaba que de pequeña siempre nos obsequiaba cosas, pero a papá le exigía. Esa luz fue aumentando, una luz llamada comprensión, y entendí que Lobamba había buscado una excusa para desafiar a papá Ribanda porque estaba deslumbrado con mamá. O sea, que si bien los desafíos eran normales, no solamente en nuestra tribu sino en todo Umbro, esto había sido preparado, esto había sido programado; Lobamba estaba o encaprichado o deslumbrado con mamá. Y me molestó tanto o más que mamá Ankara se sintiera tan bien con Lobamba.

Y yo siendo adolescente me decía "Axara, no sabes lo feliz que soy". ¿Y qué hice, le reclamé algo? No, aprendí a ser hipócrita. Sí, aprendí a ser hipócrita y sonreía y le acariciaba a mamá Ankara la mejilla. No era hipócrita al extremo de fingir cariño por Lobamba pero nunca le ponía mal gesto, nunca le ponía mala cara, sonreía, me dolía el estómago y el pecho de fingir, de impostar, de mantener esa hipocresía. Pero al fin y al cabo era una manera de sobrevivir, era una manera de lograr la supervivencia. Y sí, sí, aceptaba no solamente la educación porque Lobamba me enseñó a leer, a escribir, a sumar, a restar, a luchar con lanza, a pelear con espada y me asombraba que siendo adolescente, tendría aproximadamente quince o dieciséis años equivalentes a los de Sol 3 y ya era una excelente guerrera. A los dieciséis de vuestros años ya había pasado la altura de mamá y era más musculosa, tan musculosa como cualquiera de los guerreros varones.

 

Pero de la misma manera que fingía, que impostaba esa simpatía me dolía ser hipócrita ¿pero qué hubiera pasado si le reclamaba a Lobamba siendo niña o jovencita que en realidad no fue una disputa sino un asesinato premeditado lo de papá Ribanda?, lo mejor que hubiera pasado que no me hubiera prestado más atención, que no me hubiera educado, que no me hubiera entrenado con armas. Lo segundo, que me hubieran expulsado a merced de las bestias de los bosques. Lo tercero, que Lobamba me hubiera matado, porque de pequeña era indefensa.

 

Y a medida que iba creciendo, ya a los dieciocho diecinueve de vuestros años tenía un físico envidiable, unos reflejos envidiables y una fuerza a la par de cualquier varón de la tribu. Es más, hablábamos con otras tribus y en la región de Lumaria ya sabían que Axara, la morena, era muy buena en combate.

Y una tarde le dije a mamá: Ankara me escuchó.

-¿Lo amas a Lobamba?

-Con todo mi corazón.

-¿Y qué pasó con papá Ribanda?

-Axara -Mamá me tomó por los hombros-, a tu padre lo amé pero fue hace mucho tiempo, tú eras muy pequeña. ¿Te acuerdas que él murió en el desafío con Lobamba?

-Madre, tú no eres tonta -exclamé-, tú sabes que ese desafío fue a propósito porque el jefe del poblado estaba encaprichado contigo.

-¡Hija, pero qué dices! -me reprochó madre.

-Digo la verdad.

-Tú eras pequeña cuando pasó eso, cómo puedes prejuzgar.

-Madre, pero es sumar uno más uno dos.

-Pero Lobamba siempre nos protegió. A ti te educó, a ti te entrenó... ¿De qué te quejas?

-No estoy hablando de quejas, estoy hablando de que fue injusto. Está bien que tú te hayas enamorado, ha pasado mucho tiempo, pero yo no olvido. Papá fue asesinado.

-Hija, Axara, no me hagas enojar -dijo mamá-. Asesinato es cuando te atacan a traición o te matan entre varios o estás desarmada y te atacan, pero aquello fue una pelea legal.

-Madre, papá Ribanda no tenía ninguna posibilidad, Lobamba es de lejos el mejor.

-No quiero seguir hablando. No quiero seguir hablando. Y si estás incómoda ya eres mayor, hay muchas chozas disponibles en la cual puedes estar. Y a propósito, te han educado, te han enseñado y así le respondes a Lobamba, eres una ingrata. Voy a hablar con él para que vivas sola. A propósito, has ayudado mucho a otros ancianos y te han pagado con metales cobreados y metales plateados. Sé que tienes una pequeña bolsa con metales pero nunca has vivido sola, ahora te va a tocar trabajar de verdad.

 

Me corrió en el estómago como una especie de miedo, las pulsaciones de mi corazón se aceleraron pero no por miedo, ni por inseguridad porque presentía lo que podía pasar.

Mamá estaba reactiva y habló con Lobamba. Ese día no pasó nada pero al amanecer siguiente, al mediodía, me sitúa delante de todo el poblado y dijo en voz alta que yo lo estaba acusando de haber asesinado a su padre.

Hablé en voz alta también.

-Claro que fue un asesinato, papá Ribanda no tenía ninguna posibilidad contigo. Fue un desafío legal sí, pero cuando no hay posibilidad es un asesinato.

-Eres una ingrata. Te he educado, te he tratado como una hija.

-No, lo has hecho por madre, no por mí. Incluso he visto que ahora que crecí me miras con otros ojos. La vez pasada estuve en el arroyo y cuando salí del mismo con el agua chorreando de mis cabellos me mirabas con otros ojos, como mucho tiempo atrás mirabas a madre.

-¿Acaso piensas que yo me fijo en ti?

-Es lo que yo veo.

-Di que eres mujer, si no te desafiaba.

-Entonces te salvas Lobamba, que soy mujer, porque si me desafiabas te mataba. -Se escuchó un murmullo en todos los morenos de la población, Lobamba había quedado expuesto. Tomó su espada y dijo:

-A ver si eres tan buena.

-Jefe Lobamba, si tomo mi espada no va a ser para entrenamiento, te lo advierto. -Madre miraba asombrada.

-Tómala -dijo Lobamba.

 

Tomé mi espada. Mi mente estuvo unos segundos calmando mi rencor, mis ideas. Mi mente quedó en blanco, neutra. Y comenzamos a cruzar los metales. Lobamba se asombraba, pensaba que enseguida me clavaría su espada en mi pecho. Lo lastimé en un brazo, lo lastimé en la pierna, lo lastimé en un hombro y sonreí. Se puso furioso pero fue para beneficio mío porque al estar furioso no pensaba, pero no porque tuviera la mente neutra sino porque estaba reactivo y lanzaba golpes a diestra, siniestra sin mirar el objetivo. Hasta que le cercené la garganta, manó un chorro de sangre y cayó sin vida.

Madre se puso a gritar contra mí:

-¡Asesina!

-¿Por qué asesina, madre? ¿No fue una lucha legal? -Levanté la voz a todos los del poblado-: ¿No fue una lucha legal? -Todos asintieron con la cabeza.

Uno de los ancianos dijo:

-Ahora tú eres la nueva jefa del poblado, Axara.

-No, no me interesa. No me interesa porque nunca tendré de vuelta el amor de madre. Madre prefería las atenciones en su choza de Lobamba y se las quité y nunca me va a perdonar. Porque yo seguramente me comporté como una hipócrita, pero madre directamente es hipócrita. -Madre lloraba y me miraba con ojos de odio porque le había matado a su amante.

 

Y me quedé con muchos engramas, engramas de haber perdido a padre Ribanda y haber perdido al mismo tiempo a mamá Ankara. Estoy convencida que nunca sintió la muerte de papá Ribanda de la misma manera que ahora sentía la muerte de Lobamba.

 

-Busquen un jefe entre vuestros guerreros, yo me marcho.

Preparé un buen hoyuman, llené mis alforjas una a cada lado del hoyuman, me llevé mi bolsa de metales y tomé de la ropa del cadáver de Lobamba otra bolsa de metales. Los miré a todos.

-¿Alguna objeción? -todos negaron.

-¿Volverás? -preguntó el anciano. Me encogí de hombros.

-Seguramente, pero voy a conocer el mundo, porque nunca salí de la región de Lumaria. Voy a ir del otro lado del desierto. Tendré que cruzar un bosque con muchos peligros, pero es mi elección.

-Mira que el bosque es muy peligroso, hay animales que no conoces.

-Querido anciano, insisto, es mi elección. Soy responsable de mi destino, de mi vida y de mi muerte.

 

Me alejé. Una vez sola me di vuelta, se me hizo un nudo en la garganta de angustia cuando vi que madre no me miraba, estaba con la mirada fija en el cadáver de Lobamba. ¡Je! ¿Lazos de sangre? ¡Qué mentira tan grande!, los verdaderos lazos son lazos invisibles, lazos fraternos de una hermandad tan difícil de entender para las mentes pequeñas...

 

Y sí, crucé el desierto, llegué al bosque... Pero esa es otra historia.

 

 

 


Sesión del 19/04/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Jessica F.

En Umbro, por el camino, tuvo que retirar a un par de viajeros que la miraron mal. Siguiendo el viaje se encontró con alguien que montaba un felino. Hablaron. Había sintonía.

Sesión en MP3 (3.378 KB)

 

Entidad: Iba sumida en mis pensamientos montando mi hoyuman, no me fue fácil, atravesé las montañas. Mi hoyuman se había lastimado una de las patas delanteras, desmonté y lo revisé, tenía muy buenas herraduras pero se ve que una roca muy afilada le había lastimado la base donde pisaba y al hacer un movimiento se había lastimado también la parte de arriba y rengueaba, por lo que tuve que ir a pie y llevarlo de las riendas.

 

Se me encendió una luz de alarma cuando en el camino me encuentro con dos hombres bastante mayores pero corpulentos, su vestimenta roída, sucia daba a entender que no bajaban a los pueblos, seguramente se alimentarían de la caza.

Me vieron, vi sus ojos, su mirada me recorrían de arriba a abajo, ya había visto esa mirada en algunos hombres de mi poblado. Seguí andando. Hablaron entre ellos y me cortaron el paso, vi que tenían amarrados un hoyuman y una mulena en bastante mal estado.

-¿Te podemos ayudar? -exclamó el más corpulento.

-No, está bien. Atravieso las montañas hasta llegar al próximo poblado.

-Quizá sea mejor que te quedes una noche con nosotros, te daríamos comida y afecto. -Fueron muy directos, lo cual era lógico en personas tan básicas.

Pasé las riendas de mi hoyuman a la mano izquierda y empuñé mi espada.

-De verdad, voy a seguir camino, así que les pido que me dejen pasar.

El que tenía la voz cantante agregó:

-Lamentablemente nos vamos a negar a tu pedido. -Y se adelantó.

 

No tenía tiempo para esperar ni para gastar energías, hice un movimiento con mi espada, un solo movimiento con mi espada y le rebané la garganta. El otro montó en cólera y se acercó a la punta de mi espada, que le atravesó el pecho.

No tenían comida, no tenían nada. Me acerqué a la mulena, podía defenderse en las montañas.

No podía llevar tantos animales. Me fijé en el hoyuman, estaba un poco desnutrido pero sano, sin bichos que le comieran la piel ni nada, no estaba lastimado. Lo monté, tomé de las riendas a mi hoyuman y fui con los dos animales dejando la mulena en las montañas y a los cadáveres.

Fue una odisea, una tremenda odisea atravesar el desierto, el hoyuman estaba bastante debilitado, me arrepentí de no haber montado a la mulena. Aminoré el paso.

En el camino me topé con un viajero, un hombre bastante grande de pelo blanco largo y barba larga. Me miró, no me prestó atención, pero al pasar me dijo:

-Quinientas líneas hacia el costado izquierdo encontraras un pequeño manantial.

-Gracias -le dije. No me prestó más atención.

 

Llegué al manantial, probé el agua, vi que era buena. Los hoyumans bebieron, los dejé descansar un rato. Cargué las dos cantimploras que llevaba, vi que no había nadie, me aligeré de ropas y me sumergí en las aguas solamente unos instantes para refrescarme. Volví a vestirme poniéndome la ropa encima de mi cuerpo mojado. Me puse el calzado y volví a montar. De verdad, el hoyuman estaba bastante debilitado pero no podía caminar llevando los dos hoyumans.

Por la noche até a una roca a los dos hoyumans, hice de encender fuego, me puse otro abrigo que tenía en la alforja y dormí. Mi oído era finísimo pero no escuché nada.

Por la mañana seguí viaje, muchos viajeros recomiendan atravesar el desierto de noche para evitar el calor pero era muy difícil con un hoyuman herido y otro prácticamente debilitado. Antes de que anocheciera, el día siguiente, alcancé a ver unos árboles, estaba llegando a un bosque. Bien, los hoyumans podrían comer.

Esa noche dormí en el bosque, prácticamente dormitaba no dormía, mis oídos finísimos escuchaban todo tipo de sonidos, los habitantes del bosque, pero todo estuvo tranquilo. Por lo menos los hoyumans se alimentaron.

 

Al día siguiente temprano volví a avanzar, estaba más alerta que en el desierto. De repente me pareció escuchar el rugido de un felino e inmediatamente una lanza que tenía a un costado, prácticamente en la espalda, la lancé hacía donde venía el ruido. Lo que vi a continuación me sorprendió, una joven montando una tumera con mi lanza en la mano. Era la primera vez que veía una joven montando una tumera negra. La joven me dijo:

-¿Qué te hizo mi animal?

-Fue mi instinto -le dije-, no me gustaría ser atacada por un felino.

-Pero le tiraste una lanza sin que te haya hecho nada.

-Me anticipé...

-Ahora podría lanzarte la lanza a ti. -Me encogí de hombros.

-No sabía que era una tumera amaestrada. -La joven rió irónicamente.

-No está amaestrada, es tan salvaje como cualquiera. -Fruncí el ceño. La joven siguió hablando-, simplemente que yo me contacto con los animales.

Me tiró la lanza pero no con fuerza, para que la sujete. La sujeté, la amarré a mi espalda con un lazo flojo y le pedí disculpas.

¿Cómo te llamas? -me preguntó.

-Axara. Vengo de la región de Lumaria, al otro lado del desierto. ¿Y tú?

-Mi nombre es Elefa.

-¿Eres un poco elfa?

-Sí -dijo-, mi padre era humano y mi madre elfa. Pero me alejé de mi poblado, no encajaba. ¿Y tú?

-¡Je! Bueno, el jefe de mi poblado mató a mi padre en un desafío, pero fue como una excusa porque le gustaba mi madre.

-¿Y tú qué has hecho?

-Yo era una niña, muy niña. Quedamos con mi madre bajo la protección del jefe, que tuvo el error de entrenarme, y cuando fui más grande lo desafié y le di muerte.

-¿Y tu madre?

-Mi madre se puso en mi contra. Es más, me odió.

-Suele pasar -dijo Elefa-. ¿Quieres comer algo?

-Acepto -le dije.

-Veo que tienes uno de los hoyumans cojo.

-Sí, se lastimó en las montañas.

-¿Has atravesado las montañas y el desierto?

-Sí.

-Lumaria está bastante, bastante lejos. Hay un poblado aquí, a medio día de distancia, pueden atender al hoyuman. Y el otro veo que está bastante debilitado.

-No es mío, era de unos hombres que me quisieron ultrajar en las montañas. Lamentablemente los tuve que matar.

-¡Vaya, te defiendes bien!

-Tengo buenos reflejos -le dije-, pero veo que los tuyos son excelentes, has podido atrapar mi lanza, y eso que la lancé a una tremenda fuerza y velocidad.

-Me entrenaba en mi poblado haciendo eso, atrapando lanzas. Aparte, la lanzo seguramente mejor que tú. -Me encogí de hombros.

-¿Por qué no? Siempre hay alguien mejor.

 

Comimos y luego conversamos. Me contó su historia, le conté la mía. Se asombró de que no le tuviera miedo a la tumera, generalmente la gente no se acerca. Estábamos sentadas cuando sentí una respiración detrás mío, me di vuelta y era la tumera. Seguí hablando mientras la tumera me olfateaba el cuello.

Elefa me dijo:

-Tienes un excelente control sobre tu persona, sobre tu voluntad pero no sobre tu instinto, se te erizan los vellos así como a los grandes animales se les erizan los pelos. De todas maneras, mi tumera olfatea el miedo y tú no lo tienes. Bravo por ello.

-Uno no sabe cuánto va a vivir -le dije-, me puede morder un reptil venenoso y al día siguiente ya no estoy más en ese mundo.

-Se trata de estar alerta pero también de no tener miedo a todo lo que se mueve. Así que has matado a dos hombres...

-Eran dos pobres, dos pobres diablos. No eran guerreros, eran dos personas grandes que pensaban que yo era una mujer indefensa.

-Pero debes ser buena con la espada al momento que venciste al jefe, al que fue tu protector.

-Sí, sí. Lobamba era muy bueno, no sólo me educó sino que me enseñó cómo defenderme. No sé si alguna vez me quiso, tal vez se encaprichó de mi madre y bueno, yo venía de regalo. Muchas veces, durante el viaje, cuando me fui de la región de Lumaria me culpaba, al fin y al cabo él me educó, me crió pero no podía olvidar que él desafío a mi padre, Ribanda. Había sido por capricho o por querer a mi madre. Mi madre fue su pareja, yo fui un accesorio. Yo estaba de más, a él le daba lo mismo si yo estuviera o no, pero ya que estaba me educó y me enseñó, quizá lo hizo por distraerse un poco de la rutina diaria. Lo que no tuvo en cuenta que yo era muy rápida de reflejos y muy buena.

-¡Bien! ¿No te molesta -dijo Elefa- si practicamos? -Primero la miré.

-No entiendo, ¿cuál es tu intención?

-¡Oh! No, no, ninguna, simplemente hace tiempo que estoy aquí, por los bosques, y no practico con nadie.

-¿Cómo reaccionará la tumera si te ve cambiando espadas con alguien?

-Le hablo, le hago un gesto que se quede tranquila y va a entender que es algo amistoso -Achiqué mis ojos, la miré bien.

-Está bien, hagámoslo.

Desenfundé mi espada, tiré un golpe lentamente.

Elefa me dijo:

-Axara, así no, vamos a darle un poquito más de vida a la cosa. ¿Acaso tienes miedo de lastimarme?

-¡Podría ser!

-O que yo te lastime a ti también -dijo.

-También podría ser -agregué-. Pero bueno, un entrenamiento nunca viene mal.

Cambiamos espadas, nos dimos bastante tiempo hasta terminar agotadas.

-Eres buena -le dije.

-¡Vaya! Y tú también.

-Obviamente -le dije-, no te has puesto a fondo.

-No, quedamos en que era algo amistoso. Debo reconocer que me cansé.

-A mí me duele el cuerpo -confesé- y me duelen los brazos. Un rato más y ya no podía más. -Elefa rió.

-Te habrá cansado el recorrer las montañas, el desierto. ¿Cuánto hacia que no comías como ahora?

-Un tiempo. Prácticamente toda la travesía desde que salí de Lumaria. Llevaba un poco de carne seca y un poco de fruta en las alforjas, pero no me duró nada.

 

Y seguimos conversando. No puedo decir que hice una amiga, no la conocía bien a Elefa, la cruce de humano y elfa, que tenía afinidad con los grandes felinos y montaba una tumera negra. No, no podría decir que era una nueva amiga, recién la conocía, pero parecía confiable. Seguramente en Lumaria todos me miraban con desconfianza, con recelo y eso me causaba engramas, como decís vosotros en Sol 3, engramas de sentirte distinta, ni inferior ni superior, distinta.

 

Se lo comenté de alguna manera a Elefa, que me respondió:

-¿Y a mí me lo dices? A mí me lo dices que los elfos no me consideran como ellos y los humanos tampoco, el hecho de ser una mezcla no satisface a nadie.

 

Teníamos algunas similitudes, ambas sabíamos manejar la espada, el arco y flechas y la lanza. Sí, me asombraba el reflejo y la rapidez que tenía Elefa, no se cansaba tanto como yo, con el ejercicio ya había terminado agotada, ella estaba fresca. No se lo hice notar pero me lo dijo:

-Tienes que practicar más, quizás ese jefe tuyo, ese protector Lobamba no era tan bueno. -Tal vez me tocó mi ego porque le dije:

-Bueno, tampoco creo ser tan mala, habría que verme en un combate de verdad.

 

Lo que pronto acontecería, tanto para Elefa como para mí, porque había un peligro que se acercaba.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión del 11/05/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Jessica F.

Era buena con las armas pero había otras mejores. No dominaba sus impulsos reactivos y eso hacía que perdiera. La entidad lo recuerda y comenta que tenemos que aprender a vencer la reactividad, en muchos aspectos.

Sesión en MP3 (3.775 KB)

 

Entidad: Ninguna vida es sencilla. Sentía como un vacío dentro mío porque no tenía un lugar de pertenencia.

 

Cuando era niña, el jefe del poblado Lobamba estaba encaprichado con mi madre, Ancara. Buscó una excusa para desafiar a papá Ribanda y lo mató. Como fue un combate limpio no hubo acusaciones, pero sé que fue buscado por Lobamba. Yo era niña y quedé con mamá bajo la protección de este asesino. Es cierto, me educó, me entrenó con armas pero nunca había olvidado que él mató a padre. Cuando fui ya grande, aun siendo mujer, lo desafié y le di muerte. Mamá se puso en contra, no me quiso hablar. Dejé el poblado, fui en dirección a las montañas.

 

Bastante más tarde conocí a Elefa, que era una cruza de humano y de elfa. Al comienzo es como que estuvimos a punto de pelear y matarnos una a la otra, porque ella montaba un enorme felino y mi instinto hizo que le lanzara mi arma, que Elefa tomó con unos rápidos reflejos. No puedo decir que nos hicimos amigas pero éramos bastante compatibles. Ella también había tenido problemas, en su tribu no la aceptaban porque eran todos elfos y ella una cruza con humano, y también se marchó. O sea, que ambas éramos errantes.

Estuvimos bastante tiempo entrenándonos y me di cuenta de que a pesar de mi gran agilidad y mi gran experiencia, Elefa era muy, pero muy muy buena.

Y me decía:

-Axara, no te desmerezcas.

 

Cuando me fui de la aldea de Lobamba tenía unos pequeños ahorros, pero no eran tantos. Decidimos ir a un poblado.

-¿Qué vas a hacer con el animal? -Elefa se rió y dijo:

-Tengo una tumera negra, tengo un turión amarillo, dos gigantes felinos pero cuando digo tengo no significa que sean míos, son de la naturaleza, están a mi disposición y yo estoy a disposición de los felinos. No me considero superior, quedan sueltos, y si entro a la zona boscosa utilizarán su olfato para encontrarme. Y si no, no hay problema.

 

Vimos que había un torneo, un torneo de espadas a primera sangre. Esto significa la más leve herida ya le daban ganador al otro. La inscripción no era barata, tres metales plateados. Faltaban seis amaneceres para el comienzo.

Le dije a Elefa:

-¿Nos inscribimos? -Elefa se encogió de hombros.

-No.

-¿Tienes muchos metales?

-No, pero no me interesa que otros sepan de mis habilidades. Pero si quieres te entreno. -Saltó mi ego.

-¡Tú me entrenas! No eres mejor que yo.

-¿Quieres inscribirte?

-Sí -le dije, algo ofuscada.

 

Me anoté, me dieron un papel con un sello que guardé entre mis ropas. El hombre me miraba de forma socarrona como diciendo "¡Qué puede hacer una mujer entre tantos espadachines!".

 

Regresamos a un claro del bosque, un poco apartado del poblado y me dice:

-Bueno, a ver Axara, muéstrame tus habilidades.

-¡Pero ya las has visto, hemos practicado muchas veces!

-Claro, pero ahora es en serio. Si quieres lo hacemos como un torneo a primera herida.

-No -negué-, te llego a herir... me voy a sentir pero muy mal, eres la primera amiga que tengo que realmente es leal.

-No te preocupes -dijo Elefa-, no, no te preocupes, lo hacemos así para que veas cómo es.

-Te digo que soy buena -ratifiqué.

-Está bien, pero es tu palabra, vamos a los hechos.

-Bien.

 

Cruzamos espadas. Me era imposible entrarle, me era imposible todo, me paraba todos los golpes y por momentos quedaba desguarnecida pero veía que ella se frenaba. Y le dije:

-¿Te estás controlando?

-Sigue, sigue.

Avancé con todo y de repente me puso un pie y me hizo tropezar y de refilón me hirió levemente el brazo.

-¿Ves?, te has distraído, has trastabillado y aproveché para ponerte el pie y hacerte tropezar, y al mismo tiempo que caías te corté levemente. Ahí ya te daban por perdida.

Sacó de su alforja un polvo que me puso. Luego me puso una hoja, era una hoja de un árbol raro y me ató con una pequeña liana.

-Tenlo medio día, verás que cuando te lo saques apenas te quedará una pequeña cicatriz.

-¿Qué es ese polvo?

-¡Ah! Es de unos hongos que tienen propiedades sanadoras y cicatrizantes. Es más, si se ponen en agua caliente se cocinan y se pueden comer.

-¿Cómo reconoces los que son venenosos o no?

-Bueno, de tanto vivir en el bosque, sé.

 

Finalmente estuvimos seis amaneceres practicando. Me enseñó qué no debía hacer: no debía precipitarme, no debería pensar lo que va a hacer el otro sino actuar instintivamente, no mirarlo directamente a los ojos al rival sino que tener la vista fija en un centro y de esa manera podía ver su expresión, sus manos, sus piernas y podía de alguna manera presentir su próximo movimiento y anticiparlo.

Y me di cuenta que estaba con un pudor tremendo por haber sido tan orgullosa y no querer que Elefa me entrene. Finalmente marchamos para el poblado. Ya iba a empezar el torneo y le dije:

-Si tú te anotaras nadie podría vencerte.

Repitió:

-No me interesa que sepan mis habilidades.

 

Había sesenta y cuatro participantes. Hacían a propósito de poner un número justo, luchaban treinta y dos contra treinta y dos, quedaban treinta y dos. Al día siguiente quedaban dieciséis, al tercer día ocho, al cuarto día cuatro y al quinto día dos, el sexto día la final.

Elefa me dijo:

-No te dejes impresionar si ves hombres grandes, musculosos, rudos porque muchos son los más torpes. Van a tratar de atropellarte como si fueran paquidermos enfurecidos, pero tú eres ágil.

-¿Y que debería hacer?

-¡Simple! Te corres a un costado y ya los cortas en el brazo o una leve incisión en el abdomen y ya has ganado, te va llevar segundos nada más. No te dejes impresionar por su tamaño, por su estatura, por su rudeza.

 

Vimos un joven casi un adolescente. Le dije a Elefa:

-Mira ese, parece carne para los carroñeros, lo van a despachar enseguida. Encima mira su aire de suficiencia.

Elefa me dijo:

-Axara, de la misma manera que no te dejes impresionar por los grandotes rudos no menosprecies al jovencito, lo ves delgado, quizá débil, quizá con mirada de insuficiencia, es cierto, pero tiene una pequeña sonrisa y da la impresión como que está lleno de confianza.

Le respondí:

-Conozco muchos llenos de confianza. Lobamba, el que fue la pareja de mi madre, se pensaba invencible.

-Está bien, invencible en tu poblado natal, pero Umbro es muy muy grande.

 

Y me tocó contra uno de los grandotes, me llevaba más de una cabeza. Hice lo que dijo Elefa. Se lanzó contra mí a toda velocidad, me corrí casi arrodillándome y lo herí en un muslo. Automáticamente me dieron ganada la batalla.

El hombre se enfureció:

-Esto para mí es un rasguño, en una pelea de verdad le arranco la cabeza.

 

Tenía que resolver mi problema de reactividad. De verdad, mi mente reactiva me traicionaba porque estuve a punto de decir "¿Quieres hacerlo en serio, a muerte?". Luego que me anunciaran ganadora, Elefa me tomó del brazo y me corrió del cuadrilátero.

-¿Qué haces?

-Me imagino que te saqué de un problema porque ya te ponías a hablar. Vi tu rostro que querías responderle a esa bestia.

-Y en un combate real, a muerte, le gano igual.

-Seguramente. Lo que pasa que es un hombre muy grande, muy corpulento, pesa el doble que tú, puedes incluso hasta herirlo, hasta clavarle tu espada a fondo y así y todo tiene tiempo de apretarte el cuello hasta destrozarte las vértebras. En un combate real es otra la estrategia, esto es a primera sangre.

-¿Y cómo haría en un combate real Elefa?

-Lo vas desgastando de a poco. Una persona tan grande, salvo que esté muy bien entrenada no tiene tanta resistencia, pero no te tienes que dejar atrapar. En un combate real vale todo, te puede hasta tirar tierra a los ojos y luego cortarte el cuello. Ahí no le puedes decir "No, pero eso no es reglamentario", en los combates reales no hay reglamentos.

 

Al día siguiente combatí contra un rubio del norte muy muy ágil, casi casi me raspa el brazo. Y de contra le corté en la parte baja de la espalda, en la cintura.

Me fui contenta, ya quedábamos dieciséis. Elefa me dijo:

-No estés contenta, este rubio del norte era un poco torpe, sin embargo te puso en apuros.

-¡Torpe! Se movía para todos lados.

-Axara, manejaba la espada como aspas de molino, en cualquier dirección, viendo de qué manera te podía cortar, y esos golpes no los puedes parar porque lanza para cualquier lado.

-¿Y cómo hago en ese caso?

-Como hiciste. Ganaste de casualidad porque estuvo tres veces a punto de cortarte. Ahí sí, tienes que alejarte y vigilar tus reflejos; en el momento que ves que él va a lanzar un golpe le cortas en el brazo. Lo que hiciste, que pasó, y tú lo cortaste en la parte de atrás es casualidad.

 

El tercer día me tocó un hombre muy ágil, moreno, pero es como que por momentos se quedaba como duro. Su misma pasión por la lucha lo hacía lento y lo pude cortar en un brazo. Ya quedábamos ocho.

 

Al día siguiente contra otro hombre grande, rudo, más ágil que el que me tocó el primer día. Utilicé la estrategia que me dijo Elefa dejé que se cansara y lo pude cortar en el pecho.

Le dije a Elefa.

-¿Aquí actué bien?

-¡Eh!, depende, esta no era una batalla real, quizá no se cansara tan rápidamente. Utiliza tus reflejos, tus reflejos.

 

Haré corto el relato. Pude llegar a la final y me asombré cuando mi contrincante era el joven, casi adolescente, que había llegado fresco como un brote.

Elefa me dijo:

-¿Te sorprendes?

-La verdad que sí.

-¿Te das cuenta, Axara, que no se puede menospreciar a nadie? Había momentos en que tú te ibas a recostar a la tienda, yo me quedaba viendo los otros combates -comentó Elefa-. Y lo vi, lo vi al joven. Es una pena que no haya un premio en metales para el segundo puesto.

-Entiendo porque lo dices -respondí-, porque el joven también apostó tres monedas plateadas y te da pena que las pierda.

Elefa me miró.

-Sí, me da pena que el segundo no gane nada porque también sería merecedor por haber llegado a la final.

 

El premio era la recaudación completa, un cincuenta por ciento para los organizadores y un cincuenta para quien ganara.

Y comenzó el combate. A diferencia de todos los demás no arremetió contra mí, me miraba con su mirada sonriente. Sentí como una sensación en el estómago y en el pecho, como que estaba reactiva. Lancé un par de estocadas contra él y me las frenó pero casi sin moverse. Y me hablaba, nunca nadie me había hablado en un combate.

-Vamos, tú puedes más que eso.

Y claro, me sacó y me enganché en la conversación.

-Por supuesto que puedo más, ya verás cuando te haga sangrar.

-Vamos, vamos -decía el joven-, ¿qué esperas?

Lancé uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez golpes, los frenaba, desviaba, frenaba, desviaba, pero me molestaba porque apenas se movía ni gastaba energías.

En un momento me dijo: -Bueno, vamos a jugar un poco. -Empezó a lanzarme un golpe tras otro, tras otro que yo apenas frenaba. Estaba como desconcertada, estoy convencida que me pudo cortar por lo menos como seis veces-. Podría hacer una cosa -me dijo-, arreglar contigo que cuando te haga una señal nos cortemos los dos a la vez y cobramos la mitad del premio cada uno. Pero no quiero hacerlo porque, honestamente, soy el mejor de Umbro con la espada y por tenerte pena no voy a dejarme cortar.

Y ahí me reactive del todo.

-¿Por tenerme pena? ¡Eres un niño insolente!

 

Arremetí con todo y sentí un dolor punzante en el mismo brazo donde portaba la espada y vi que me manaba sangre. Ni me di cuenta cómo me cortó ni con qué postura lo hizo. Me tendió la mano, estuve a punto de negársela. Finalmente cambié de mano la espada y le tendí mi mano.

 

Y bajé apesadumbrada. La miré a Elefa y le dije:

-¿Cuando tú dijiste "Me da pena que el segundo no pueda tener parte del premio", lo decías por mí?

Elefa asintió:

-Sí, lo decía por ti.

Lo vitorearon al joven y luego se acercó a nosotros.

-Toma. -Me tiró una pequeña bolsa que por acto reflejo la agarré. La abrí, había tres monedas de plata-. Para que no pierdas lo que has invertido. El resto a mi alforja.

-¿Quién eres?

-Alguien que no tiene un rumbo determinado. ¿Y vosotras?

-Me llamo Axara, soy una morena de la región de Lumaria, al otro lado del desierto.

-¿Y tú? -le preguntó a mi compañera.

-Mi nombre es Elefa.

-Escuché hablar de ti -dijo el joven-, tú eres la elfa que monta felinos.

-Soy media elfa. Pero sí, monto felinos.

-Y eres muy buena con todo tipo de armas.

-Así es, soy muy buena. Preséntate tú.

El joven dijo:

-Mi nombre es Rebel y hasta ahora nadie me ha podido ganar, y no creo que por mucho tiempo puedan vencerme.

Elefa dijo:

-Eres muy arrogante.

-Es mi manera de ser, pero no por eso dejo de ser simpático. -Elefa sonrió.

-Eres simpático.

En ese momento hablé yo:

-Mi compañera fue la que me entrenó, pero ella no quiso participar, creo que ella sí te puede vencer.

Rebel la miró.

-Lamentablemente terminó el torneo y combatir por combatir no tiene sentido. Y también veo que no quiere mostrar sus habilidades. -Me quedé asombrada porque eso era justamente lo que pensaba Elefa. El joven dijo-: Espero verlas en otra oportunidad.

 

Nos estrechamos la mano, un apretón firme, unos ojos directos que no ocultaba ninguna mentira. ¿Pedante? ¿Orgulloso? Sí, era su personalidad, pero bueno, a las personas se las acepta o no se las acepta. Hay cosas peores que ser pedante: ser desleal, vivir de la traición, abusarse de víctimas en inferioridad de condiciones. Este joven, Rebel, no era así, perecía una personal leal, al igual que mi compañera Elefa. Todavía tenía que aprender muchas cosas de ella, a ser menos reactiva, a no molestarme tanto con las palabras de los demás. O sea, que el aprendizaje no es solamente con armas, hay aprendizaje de conducta, de carácter, de tolerancia, que son cosas más difíciles que usar una espada, por lo menos para mí.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 

 


Sesión del 10/09/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Jessica F.

De camino incierto congenió con buena gente a la que avisaron que unos urgos vengativos iban tras ellos. Urdieron un plan para salvar sus vidas.

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Entidad: Me asombraba mi nueva compañera, montaba un enorme pantero, un felino totalmente negro. Hay gente que ni se atreve a tocar ese tipo de felinos, y Elefa lo montaba como si nada.

 

Recordaba mis comienzos, mis comienzos en la región de Lumária al otro lado del desierto. Recuerdo que el jefe del poblado, Lobamba, quería a toda costa estar con mi madre y buscó una excusa para desafiar a Ribanda, a mi padre, y lo mató.

Yo era pequeña y bueno, con mi madre quedamos bajo la protección de Lobamba. Es cierto que me educó, es cierto que me entrenó, pero también es cierto nunca olvidé que él mató a padre y cuando crecí lo desafié y le di muerte.

Mi madre, Ancara, me odió, evidentemente se había enamorado del asesino de mi padre. ¡Je, je!

Dejé el poblado y me fui en dirección a las montañas, atravesé el desierto y el espeso bosque donde me encontré con esta mujer tan extraña. Ella era humana pero tenía sangre elfa y una habilidad impresionante con su espada, con su arco y flechas. Yo era muy buena con la espada pero Elefa era el doble mejor que yo, lo reconozco. Es más, estuvimos practicando y me enseñó unos movimientos que yo desconocía. Y creyéndome invencible me anoté en un torneo donde llegué a la final y un joven llamado Rébel me venció fácilmente.

 

Me sentí molesta no porque haya perdido una final si no porque el joven Rébel era un engreído, una persona creída. Él se justificaba diciendo "No peleo porque quiero ganar, simplemente lo hago porque de alguna manera cobro los premios, y de eso vivo".

Le dije a mi compañera Elefa:

-Tú eres tan buena, ¿por qué no te has anotado? Tú hubieras podido vencer a Rébel.

Me respondió:

-Para qué, a mí no me interesa eso. Cuando yo peleo es una cosa de vida o muerte. Tiempo atrás vencí a una gran guerrera, una guerrera del norte que todos la consideraban invencible, Snowza. Pero ella, al igual que todos me subestimaron, ignoraron mis enormes reflejos y le di muerte.

Le pregunté:

-¿Se lo merecía?

-Sí, se lo merecía. Había lastimado a mucha gente.

 

Estuve muchas veces a punto de tomar mi camino y Elefa el suyo, pero me dijo:

-Axara, ¿tienes con quien conversar?

-No -negué.

-Yo tampoco, no hay problema que sigamos juntas.

Y seguimos.

 

Atravesamos algunos poblados y llegamos a un bosque, un bosque que tenía varios senderos. Recuerdo que le dije:

-Para el lado oeste he estado, donde yo vivía.

Y Elefa me respondió:

-Correcto. ¿A qué viene todo esto?

-Qué bueno que tomamos para el oeste, no me interesa volver a donde nací.

Me miró.

-¿Qué más?

-El joven engreído también vino para este lado. ¿Acaso lo estamos siguiendo?

-¡Yo no estoy siguiendo a nadie! -me dijo Elefa.

-No, no, no, simplemente lo comenté. -Y nos reímos ambas.

 

Varias veces el pantero me olfateó la mano y ¡oh!, se dejó acariciar, lanzó un pequeño rugido.

Le pregunté a Elefa:

-¿Qué significa?

-Confianza.

-Un rugido, ¿confianza?

-Sí.

-Y si no hubiera confianza, ¿qué?

-Y te hubiera devorado la mano.

-¡Ah, bueno, me quedo más tranquila entonces! -le dije irónicamente. De vuelta lanzamos una carcajada ambas.

 

Escucho un murmullo.

-Yo también -dijo Elefa-. Salgamos del camino.

Había seis... seis seres que parecían humanos pero eran más corpulentos, las orejas puntiagudas y tenían una pequeña cola, vestidos con ropa de cuero pero al final de la espalda tenían como una especie de agujero para que saliera la pequeña cola, que tendría un palmo la cola.

-Nunca había visto esos seres.

Elefa me dijo:

-Son urgos.

-¡Urgos! ¿Y eso que montan qué son?

-Son una especie de lagartos. Pasando la zona turania, yendo para el mar, cerca de donde están los dracons, que mucha gente piensa que son leyenda, bueno ahí están las tribus de urgos.

-¡Vaya!

-No hables, no quiero que nos escuchen.

-Bueno, son seis pero nosotras somos buenas con la espada.

-No, no, Axara, tienen la piel muy dura y mucha resistencia, sé de gente que es muy buena espadeando, ha peleado con urgos y lo han clavado tres o cuatro veces y no morían, tiene que ser muy certero o cortarle la garganta o atravesarle el corazón, son muy resistentes.

El pantero estaba entrenado, no rugía ni nada, Elefa lo tocó de una manera para que haga silencio. Y yo tranquilicé a mi hoyuman. Los lagartos de los urgos olfateaban, estaban como intranquilos, seguramente habían olfateado nuestro olor, pero los urgos estaban en otra cosa, habían encontrado un cadáver de uno de su especie.

-Es Kazán, mataron a Kazán. -Al costado había un líquido azul verdoso, parecía la sangre de ese urgo. Uno de ellos dijo:

-Mirad los rastros, por lo menos había tres humanos. Y acá hay sangre roja, uno de los humanos heridos. Y hay rastros de un lagarto, se lo habrán llevado con ellos.

Otro de los urgos dijo:

-Se ven uno, dos, tres huellas de hoyuman pero también se ve dos líneas. Me imagino lo que pasó, el humano herido no debe poder moverse y habrán armado una especie de camilla atada al hoyuman y arrastrando al piso, de ahí la marca de los maderos. Pero no pueden ir muy rápido con el herido, vamos a seguirlos y vamos a darles caza para vengar a nuestro hermano Kazán.

 

Elefa me hizo una seña. En silencio le dije:

-¿Qué?

-Vamos.

 

Me dijo con la mano 'en silencio' y me hizo otro gesto, que nos adelantemos muy despacio, muy al paso. Hice retroceder a mi hoyuman y avanzamos en la espesura. Al pantero no lo iban a escuchar porque era un felino, que tenía que tener un oído muy finito alguien para escuchar su pisada, salvo que quiebre alguna rama, pero el felino sabía caminar en la espesura. No así mi hoyuman, ese era mi temor, si nos escuchaban los urgos tenía que salir urgente al galope y siempre rogando que los lagartos no vayan a tanta velocidad. Pero no hubo problema, retrocedimos y luego avanzamos en el camino.

Nos adelantamos por lo menos quinientas líneas y volvimos otra vez al camino y sí, estaban las huellas, estaban las huellas, cada vez las huellas más frescas, ya no había rastros de sangre humana.

 

Finalmente divisamos adelante dos jinetes en dos hoyumans y otro hoyuman portando una camilla. Uno de los jinetes era una mujer, el otro un varón, parecía un guerrero. Se dieron vuelta y nos vieron, se quedaron medianamente tranquilos al ver que éramos dos mujeres. Eso se llama prejuicio porque ambas éramos más peligrosas que la mayoría de los varones, quizá no tanto yo pero sí mi compañera. Miraron al pantero, Elefa se quedó atrás para que su pantero no espante a los hoyumans de la gente.

Me acerqué tendí la mano en señal de paz y les dije:

-Mi nombre es Axara.

El jinete se presentó:

-Me llamo Donk, ésta es la joven noble Mina, y el herido es Rébel.

-¡Rébel! -Los dos se sorprendieron.

-¿Lo conoces?

-Hace amaneceres atrás llegué a la final en un torneo y el joven me venció.

-Es muy bueno, yo también lo he visto en torneos y le ha ganado a uno de los mejores de todo Umbro, un tal Jonus.

-Qué le pasó, había un cadáver atrás, de un urgo.

-El urgo quería ultrajarme -dijo la joven Mina-, y mi compañero Donk sacó su espada y el urgo con su hacha se la partió en dos, por suerte en el camino apareció Rébel y espadeó con él.

Pregunté:

-¿Y el urgo lo venció?

-¡Ah! Es una manera de decir; Rébel por lo menos lo ensartó cinco veces con su espada, pero evidentemente no lo tocó en un punto sensible y el urgo con su hacha le abrió parte del estómago. Mi compañero me ayudó a coserlo pero perdió mucha sangre.

Se acercó Elefa.

-No tengan miedo de mi pantero. Escuché lo que decías, Axara, este es el joven que te venció.

-Si -asentí.

-Les cuento que atrás nuestro, a menos quinientas líneas hay seis urgos como el que mataron. A propósito ¿cómo lo mataron?

El joven Donk dijo:

-Aproveché que estaba por liquidar a Rébel salté de atrás y le hundí un puñal en la nuca, le atravesé el cerebro y murió.

-Bueno, no hay que perder tiempo, atrás hay seis urgos montados en lagarto que vienen para acá, ahora todos nosotros somos la presa de los urgos.

-Hagamos una cosa -dijo Elefa-, sacrifiquemos un hoyuman, no hay otra manera.

-No entiendo -dijo Mina.

-Claro. Es es así: yo me hago cargo del joven Rébel, lo monto en mi pantero que tiene el cuerpo más ancho y le ato las manos bajo el pecho de mi pantero, que quede recostado contra el cuello del pantero y yo monto detrás de él. El pantero no se sacude como un hoyuman. Y al hoyuman que lleva la camilla le pegan un pequeño latigazo y que salga galopando por el camino y nosotros cortamos por el bosque, todos. Ahí, más adelante hay un pequeño arroyo, el hoyuman con la camilla que siga, nosotros aprovechamos ese pequeño arroyo para desviarnos y de esa manera no va a haber huellas para seguir, van a seguir las líneas que deja la camilla. Es la única manera de salvar la vida porque lo que has contado de que el joven Rébel lo clavó cinco veces y ese urgo no moría, esta vez son seis, y me imagino que tú, joven Mina, no sabes combatir, así que quedamos nosotras dos y Donk y ellos son seis, es imposible ganarles. No es una vergüenza escapar cuando la victoria es imposible.

-Acuerdo con ello -dijo Donk. Yo asentí con la cabeza.

 

Hicimos lo que dijo Elefa. El pantero era un felino que apenas se sentía su movimiento, parecía como que flotara en el aire. Estaba tan acostumbrado a obedecer a Elefa que ni se mosqueó cuando se subió al herido sobre su cuerpo. Y de esa manera nos apartamos del camino y del peligro de los urgos.

Y de alguna manera es como que salvamos a estas personas porque los hubieran alcanzado y los hubieran matado.

 

Así que teníamos otro día para vivir gracias a aquel que está más allá de las estrellas.