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Psicoauditación - Johnatan L.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 24/07/2018

Sesión 30/07/2018

Sesión 13/08/2018

 


Sesión 24/07/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

En Sigma II. Relata que fue amigo y consejero del rey, habían compartido de todo. Cuando hubo reina el carácter del rey cambió.

Sesión en MP3 (3.262 KB)

 

Entidad: Puedo relatar infinidad de vivencias, puedo vivenciar las situaciones más inverosímiles, pero vosotros mismos tenéis un refrán que dice que la realidad supera a la ficción. Y a veces pasamos por situaciones que luego las rememoramos pasado un tiempo y nos preguntamos ¿cómo puedo haber vivido esto? ¿Cómo me pudo haber pasado aquello? ¿Cómo dejé pasar tal oportunidad?

 

¡Ah! ¡Qué bueno sería poder dar marcha atrás en el tiempo como cuando das marcha atrás en un carro y poder repetir ciertas escenas para enmendarlas, modificarlas, vivirlas de nuevo! Pero eso no se puede hacer. Entonces, como dicen aquellos grandes Maestros, esas grandes entidades de Luz, no puedes modificar el pasado, pero de acuerdo a como hagas, a como actúes en éste presente podrás trazar tu futuro. No puedes enmendar tu pasado, pero -y modificando el lenguaje un poquito, me atrevo a modificarlo un poquito-, puedes enmendar tu futuro. Y por eso digo modificar el lenguaje porque el futuro no está hecho todavía, entonces no hay nada que enmendar, pero sí lo puedes escribir con tus acciones, con tus proyectos, con tu intención, con tu anhelo.

Pero claro, en esta vida que voy a relatar tenía anhelos, tenía proyectos; sólo me faltaba llevarlos a cabo. Pero era tal mi introversión, mi timidez..., cosa que a veces lo disfrazaba mostrándome ocurrente, y no mucho, y no mucho.

 

Mi nombre era Lerner. Vivía en la zona meridional del continente Atrio. Mi padre era nada más ni nada menos que consejero del rey.

El rey era una persona, ¡oh!, muy intolerante. A veces iba con mi padre a acompañarlo por alguna razón al salón principal y me quedaba duro como una de las estatuas que había allí -y no tenía por qué, ya que el rey me ignoraba-, y admiraba la flema de mi padre de hablarle de igual a igual: "Tú, rey, lo que necesitas es esto, aquello, lo otro. Necesitas modificar tal proyecto. Tendrías que hacer tal cosa". El rey era intolerante, pero a padre lo escuchaba.

Mis mejores momentos eran cuando salía con el hijo del rey, con Esper. Nos divertíamos. A un costado del patio de armas espadeábamos con espadas de madera fingiendo que éramos grandes guerreros. El jefe de la guardia y los soldados no se metían con nosotros porque no se podía estar ahí, pero claro, estamos hablando del príncipe, nadie se podía meter con el príncipe, ni siquiera el jefe de la guardia. Y yo aprovechaba, era su mejor amigo. A veces escoltados por una seguridad de diez soldados salíamos de palacio y salíamos de fuera de los muros incluso del patio feudal. Galopábamos, a veces nos bañábamos en el arroyo en pleno verano.

 

Una vez, al atardecer nos escapamos, y se había hecho casi de noche, las dos lunas iluminaban nuestra silueta.

-Esper -le decía yo-, a ti tu padre te va a azotar, pero a mí me van a colgar.

-Lerner, quédate tranquilo -decía el príncipe-, no pasa nada.

 

Se escucharon unos galopes. Llegaron los soldados con el jefe de la guardia y atrás el consejero. ¡Ay! El jefe de la guardia se enfrentó con el príncipe, pensé que lo iba a retar.

-Alteza, vuestro padre os solicita. -¡Qué delicadeza!

No pasó lo mismo conmigo. Mi padre, el consejero, me dijo:

-¡Lerner! ¿Dónde tienes la cabeza?

-¡Pero padre, no puedo desobedecer al príncipe, él me mandó, él me dijo que salgamos! -Ahí utilicé mi astucia porque en realidad los dos planificamos eso. Bueno, más Esper que yo. Pero padre tuvo que callarse y volvimos.

Me imaginé al rey dándole una reprimenda a Esper. Le dijo:

-Tienes la comida servida en la cocina, comerás en la cocina.

Estaba a punto de seguir a Esper cuando sentí una mano fuerte en mi brazo, era mi padre:

-¡Ven para aquí, no digas nada! -Y me sacó del salón principal.

 

 Cené una cena rápida y me acosté. Pero no fue la única noche que nos escapamos, fueron varias. ¡Cómo lo disfrutaba! ¡Cómo disfrutaba las tardes en el arroyo, en invierno subiendo las cumbres! ¡Era ¡extraordinario! ¡Era extraordinario!

Pero fuimos creciendo y a medida que íbamos creciendo -¿cómo lo puedo explicar para qué se entienda?-, crecía mi responsabilidad. ¿Pero qué sucede cuando no estás preparado? Crecía también mi inseguridad, mi timidez.

Y siendo adolescente falleció madre. Sentí como un abismo que se abría a mis pies. Una mujer tan cariñosa, tan especial. Padre estuvo un tiempo que no hablaba. El mismo rey que siempre era intolerante no objetó que se mantuviera en silencio. Eso no significa que no le diera nuevos consejos al monarca, pero le permitió esos días de luto.

 

Con el príncipe Esper ya éramos adolescentes, las salidas eran otras. Incluso una tarde llevó a la guardia al bosque, eran doce, catorce soldados, los soldados no podían hacer otra cosa que obedecer -le ordenó al jefe de la guardia que se quedara en palacio- y llevamos espadas de verdad y Esper se puso a espadear con cada uno de los soldados. Lo admiraba porque era muy difícil que le, no que lo vencieran sino que ni siquiera lo llegaran a tocar. Algunos no se atrevían a tocarlo y Esper les dijo:

-Si no se juegan a fondo, les mandare azotar. -Y se jugaron a fondo, pero era imposible tocarlo-. ¿Quieres probar tú?

-¿Eh?

-Lerner, te hablo, ¿quieres probar tú?

-No soy tan bueno como tú.

-¿Cómo no? Desde que teníamos cinco, seis años has practicado conmigo. ¿Cómo no? -En realidad, sí, tenía mucha habilidad con la espada, pero ¿y si llegaba a lastimar a un soldado y éste tomaba represalias y me cortaba el cuello?

El príncipe me sacudió de los hombros: -¿Por qué no te despiertas de una vez?

-¡Pero Esper, estoy despierto!

-Quiero decir ¿por qué no sales de ese aturdimiento que tienes? ¡No va a pasar nada! Aparte, te lo ordeno como tu príncipe. -Me encogí de hombres. Saqué mi espada y cambié golpes con tres o cuatro de los soldados. Eran buenos, pero yo era mejor todavía. Menos con uno que era muy ágil, me llegó a herir en el antebrazo derecho. Solté mi espada y me tomé con la mano izquierda la parte herida del brazo derecho.

-¿Qué haces? -me dijo el príncipe Esper.

-¡Estoy herido!

-¿O sea, que si estuvieras en una batalla y te cortan, sueltas la espada?

-¡Pero emano sangre!

-Y sueltas la espada. ¿Tienes también la mano lastimada?

-No, Esper, la mano no.

-Entonces ¿por qué has soltado la espada?

-¡Eeeh!, ¡por un reflejo!, porque sentí el dolor e inmediatamente abrí la mano.

-¡Y en una pelea te hubieran matado!

-Pero esto es una práctica.

-Sí, ¿y para qué piensas que son las prácticas?

 

Pensé que Esper, mi amigo, me iba a consolar con la herida, al fin y al cabo fue él el que me ordenó que combatiera aunque sea en una práctica y en lugar de eso me retó. Me sentí molesto, me sentí dolido.

-¿Ahora te ofendes?

-¿Alteza?

-¡No me digas alteza!

-Esper, ¿cómo ofendido?

-Claro, te encierras en ti mismo.

-Es que me duele y tú, encima, no me tratas bien.

-Si no fuéramos amigos -me dijo Esper- no me interesaría.

Fui irónico y después me arrepentí:

-¡Vaya! ¡Cómo te interesas! ¡Retándome!

-Me preocupo por ti, por eso me ocupo. ¡Ven! -Fuimos al patio de armas, había una enfermería-. ¡Véanle la herida!

-Pero tenemos…

-¡Véanle la herida, ahora! -Me vieron la herida.

-Hay que darle un par de puntos. Bueno, tenemos un jugo de planta que le puede dormir un poco la herida para que no sienta el dolor.

-No, cósanlo así.

-¡Pero Esper! -dije.

-¿Tampoco te vas a aguantar el dolor de una aguja? ¿Pero qué pasa contigo? -Dejé que me cosieran, me dolía mucho menos de lo que yo pensaba. Y después se lo dije a Esper.

Exclamó: -¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta cómo exageras las cosas y después no pasa nada? Iremos a practicar más seguido con los soldados, y si llegas a tener otra herida nunca sueltes tu espada.

-Está bien.

 

Y así lo hicimos. Durante días y días y días fuimos a practicar.

-Ahora tú y yo -dijo Esper.

-Pero...

-Y te digo lo mismo que a los soldados, si no te empleas a fondo...

-¿Me azotarás a mí también, a tu amigo? -Me enojé.

-No, te daré puntapiés donde termina la espada. -Y largó una carcajada

 

Y sí, me empleé a fondo. Pero Esper era un consumado artista de la espada, era imposible entrarle de ninguna manera. Más de una vez me abalanzaba y él me ponía el pie y caía de bruces en el barro y se reía. La última vez lo vi muy enojado porque uno de los soldados también se rió cuando caí contra el barro.

-¿De qué te ríes? -El hombre se puso serio-. ¿Te ríes de mi amigo, del hijo del consejero de mi padre?

-No, alteza.

-¿Entonces de qué te ríes? ¿O eres tonto?

-Soy tonto, su Alteza.

-¡Ya veo! ¡Al próximo que se ría, porque nos estamos divirtiendo, lo va a pasar mal! -Nunca lo había visto tan enojado. Se había molestado porque se burlaban de mí.

 

Y finalmente pasó lo que tenía que pasar, su majestad era demasiado obeso, comía comida con grasa, su corazón no estaba bien, y bueno, falleció.

Hubo tres días de luto y luego vino la coronación. Esper era el nuevo rey, un rey joven aparentemente inexperto. Y al poco tiempo, como por causalidad, fallece mi padre, y el nuevo rey, mi amigo, me nombra su consejero. Yo consejero del rey. Pero era el Rey, su vestimenta era otra, la corona en la cabeza…

-Mi señor, me permito.

-¿Cómo, mi señor?, ¡llámame Esper!

-No puedo, mi señor, ¡eres el rey!

-Y tú eres mi consejero.

-Lo sé señor, pero eres el rey..., somos amigos, pero, eres..., eres Su Majestad, ya no puedo llamarte por el nombre.

 

Y me ordenaba y me ordenaba, pero no me salía, me costaba muchísimo llamarlo por el nombre. Ahora, mi amigo de la infancia era el rey, y yo, Lerner, su consejero. No éramos iguales, el rey tenía algunos amoríos en palacio y fuera de palacio. Me acuerdo cuando todavía era príncipe, una vez fuimos a una posada acompañados por la guardia, pero la guardia se quedó afuera, y había unas jóvenes mujeres muy agraciadas que vendían su amor. El rey me dijo -en ese momento príncipe, ¿no?-:

-¡Ven!, ¡ven Lerner!

-No, no, no, no; me quedare tomando alguna bebida aquí.

-¡Pero ven, hay varias jóvenes en las habitaciones, arriba!

-No, no, no, no.

Era como tímido, pero no tímido, ¡pánico tenía! Y no, me quedé tomando algo, no había manera de que me convenciera. Y todas las veces que lo acompañé me quedé tomando una bebida.

 

Y hasta el presente no tenía pareja. Había una noble muy, muy bonita, Dara, que se fijaba en el rey. Su mirada me inquietaba porque cuando me veía es como que me leyera el pensamiento. Yo bajaba la vista y la levantaba y veía que me seguía mirando y se sonreía, pero como una sonrisa como diciendo "Sé lo que piensas, sé que estás temblando", y luego caminaba hacia el rey Esper. Y comenzaron a salir.

Y tiempo después pasó lo que tenía que pasar, contrajeron enlace. La noble Dara era la nueva reina, que siempre me seguía mirando con esa mirada de picardía, con esa mirada, ¡uff!, como provocativa, pero cuando me acercaba a hablar con ellos como consejero, me inclinaba. La reina me decía:

-Tú eres Lerner?

-Así es, mi reina.

-A ver, mírame. -Me tomó del mentón y me levantó la cara-. No bajes la mirada, mírame a los ojos.

-Sí, mi Reina.

-¿Eres leal a mi esposo?

-Absolutamente mi reina. El rey, aparte de ser yo su consejero, es mi amigo, le soy leal hasta la muerte.

-¿Morirías por él?

-¡Absolutamente!

-¿Y por mí?

-Por supuesto mi reina, eres su esposa, eres la reina, por supuesto.

-¡Bien! ¿Y me obedeces de la misma manera que lo obedeces a él?

-¡Claro que sí!, ¡eres mi reina!

-¡Bien, así me gusta! Puedes marcharte. -Hice una inclinación.

-Permiso, mi reina.

Pero tenía una mirada tan inquietante, tan inquietante...

 

Y pasaron los días y los días y los días y los días y al rey Esper no se lo veía contento, pero no me comentaba nada, no me comentaba nada. En el palacio todo normal; los soldados bien entrenados, los vigías en el segundo muro pasando al patio feudal sin novedades. La económica era buena, es más, todo había mejorado desde la muerte del viejo rey, sin embargo a Esper lo veía como muy introvertido, pero no introvertido como yo por timidez, es como que una tristeza le agobiaba y no sabía por qué, no sabía de dónde venía. Y me preocupaba porque al fin y al cabo mi afecto estaba con él.

 

Es todo por ahora. Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 30/07/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

Comenta que en el rol de consejero del rey se sentía asediado por la reina. Se lo comentó a su amigo, el rey, esperando un desenlace. Y lo hubo.

Sesión en MP3 (2.130 KB)

 

 


Sesión 13/08/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Johnatan L.

La entidad relata que en el viaje con su amigo, el rey, aprendía cómo funcionaba el mundo y cómo debía aprender de él. Y su amigo le empujaba a ello.

Sesión en MP3 (3.176 KB)