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Psicoauditación - Jorge E.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 05/03/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Jorge E.

La entidad relata una vida en Umbro donde era feliz. Y el secreto era saber separar los sueños de la realidad.

Sesión en MP3 (2.616 KB)

 

Entidad: A veces... a veces el relato de una vivencia puede ser una paradoja. No puedo decir que me haya ido mal en la vida si bien soy consciente de que me entiende apenas un 10% de las personas sobre mi manera de ser, de pensar, de actuar.

 

Mis padres, cien por ciento materialistas, ambos trabajan en la feria feudal, en el castillo del rey Anán. De pequeño los ayudé, tuve la suerte de que aprendí a leer y a escribir, también a hacer cuentas. Jugaba con los niños de mi edad, como todos, a la guerra. Peleábamos con espadas de madera, pero no era lo que me atraía. Cogía un filo de grafito, un lápiz y un papel en blanco y en casa escribía tácticas de batalla a los seis de vuestros años, cuando apenas sabía leer y escribir, es como que en mi mente veía el campo de batalla con las tropas de ambos bandos y podía planificar tácticas, estrategias de cómo poder vencer al otro bando.

 

Y fui creciendo. Mi amigo Quinterno, cuyo padre era uno de los altos cargos en la tropa del rey Anán, me regaló una flauta, para mí fue como un descubrimiento porque componía música como si fuera que la hubiera extraído de otra vida. Y esas eran mis dos pasiones: tocar la flauta y dibujar planos.

 

Mi amigo Quinterno venía a casa y me decía:

-Lírico, ¿qué es eso que dibujas?

Y le explicaba con detalle:

-Mira, Quinterno, los soldados pasan por aquí, acá hay un pequeño paso, es una encerrona, tienen que atacar desde arriba.

 

Y día tras día, tarde tras tarde soñaba con estrategias de batalla. Intenté comentarle a padre varias veces, pero padre estaba en lo suyo, lo cual está bien porque trabajaban todo el día desde el amanecer hasta el atardecer. Por suerte teníamos un rey justo que sus impuestos eran bajos, mis padres no se podían quejar trabajaban, pero tenían bastantes metales.

Tuve una infancia feliz, no con muchos amigos, pero Quinterno entendía mi manera de pensar. Ayudando a padre ganaba propinas cuando llevaba mercadería a distintas casas y me pude comprar un lute, que vosotros lo conocéis como laúd, un instrumento de cuerdas con resonancia abombada, sonaba de una manera que aun en espacios abiertos parecía como que producía eco propio. Y dejé de lado la flauta, empecé a tocar el lute.

 

De adolescente conocí a Trenda. Trenda era una noble, aparentemente yo le caía en gracia y bueno, qué puedo decir, ella era maravillosa por donde la mires. Y no era solamente la parte externa, conociéndola tenía un gran corazón, un gran espíritu.

Nunca tuve el complejo de ser hijo de feriantes, para nada, no tenía baja estima. Tampoco tenía una estima vanidosa, no nunca, nunca, siempre me comporté humilde con perfil bajo, pero no sé si era un defecto o virtud el ser soñador.

Perfeccioné mis dibujos de estrategia y mi amigo Quinterno, gracias a su padre que tenía contactos, me consiguió un puesto en estrategia de batalla dentro del castillo del rey Anán. Hace poco había terminado una feroz batalla en la fortaleza de Villa Real donde un hombre que se decía señor de todas las cosas fue, afortunadamente, vencido. Lamentaba no haber estado antes en este puesto, podía haber trazado una estrategia de batalla para que hubiera menos bajas de parte de lo que el rey Anán llamaba la resistencia. Pero bueno, el jefe de guardia vio mis trazados y me elogió. No había envidia, no había rencores. Yo no era una persona de lucha a nivel físico, si bien sabía manejar la espada mi fuerte estaba en mi mente, en poder planificar estrategias de batalla, y ganaba más metales que mis padres, los cuales estaban contentos de que Quinterno me hubiera conseguido ese trabajo.

 

En menos de uno de vuestros años pude adquirir una pequeña vivienda dentro de la fortificación del castillo. Me dieron permiso, obviamente, de que padre y madre me visitaran y eran tratados decorosamente a pesar de ser feriantes.

Al poco tiempo contraía enlace con Trenda. Honestamente, nos amábamos y éramos leales el uno al otro; a ella le encantaba lo que yo hacía: mis trazados en los planos, las distintas estrategias.

¿Si era feliz? Sí, era feliz, pero tenía el defecto que me cuestionaba mucho.

Mi sueño era, ¡je!, es una tontería, quizá ser un trovador, sabía de los teatros ecuatoriales de gente que se ganaba la vida tocando música en los teatros.

Lo comenté con Trenda y me decía:

-Respeto tu sueño, pero sabes que te darían unos metales en una gorra, no ganaría ni la centésima parte de lo que ganas aquí como jefe de estrategia. -Y Trenda tenía razón.

Quinterno me decía:

-Lírico, tienes algo que no soñabas, pero honestamente te lo mereces.

Mil veces le dije a Quinterno:

-Te agradezco el que me hayas conseguido por medio de tu padre este puesto como jefe de estrategia.

-Nada que agradecer, Lírico -me decía Quinterno-, eres capaz; jamás en mi corta edad había visto quien trace en un papel lo que es un campo de batalla. La suerte no es tuya, es nuestra por tenerte. Pero me comentas que por la tarde cuando ya no trabajas, en compañía de tu esposa, tocas el lute. -Y lo invité, lo invité a Quinterno y salió extasiado.

Me comentó:

-Lírico, esa música que tocas está viva, es una música que está totalmente viva, te transporta, te lleva con la imaginación a cientos de lugares. Pero por otro lado me dices que te gustaría vivir de la música.

-Así es -admití. Y como mi esposa Trenda tenía confianza con Quinterno habló delante de él.

-Coincido con tu amigo, mi amor, pero una cosa es tocarlo como hobby, para llenar las tardes de alegría con esa música tan espléndida, pero cuántas noches te he escuchado decir "Si pudiera vivir de esto únicamente...". No podríamos mantenernos, no podríamos tener la vida que tenemos.

En determinado momento me reactivé y tanto a mi esposa como a Quinterno les dije:

-Mis padres siempre me acusaban de soñador y para mí ellos eran demasiado materialistas. Coincido que hay que tener los pies en la tierra, pero tener los pies en la tierra no es lo mismo que enraizarse en la tierra, como los árboles que no pueden marchar, y a veces me siento como enraizado.

-¿Acaso no te hago feliz? -inquirió Trenda. La abracé.

-Claro que sí, ¡cómo no!, me considero el hombre más feliz del mundo, ¡cómo no! Tú eres, y disculpa mi manera de expresarme pero no sé cómo expresarme mejor, tú eres como un adicional en mi vida, lo tenía todo y tú eres más allá. ¿Cómo no voy a ser feliz?

-¿Entonces?... -Me encogí de hombros.

-Entonces no quita que sueñe -interrumpió Quinterno.

-Mi amigo, soñar no está mal, soñar nos levanta el ánimo el peligro. Está en plasmar a veces sueños impracticables y querer llevarlos a la realidad porque el secreto de estar estable es justamente separar la realidad de los sueños, tiene que haber un límite, una línea bien marcada.

-Lo entiendo perfectamente, amigo. Si me lo hubiera dicho otro las palabras me molestarían, pero entiendo que me lo dices con ese aprecio, con ese afecto, con ese cariño que sientes por mí, y que es recíproco, y que es recíproco, amigo. Y a propósito, te felicito que te has puesto de novio con una joven seguramente tan bella como mi esposa.

-Gracias -comentó Quinterno-, espero pronto también estar casado, como vosotros.

-Y lo harás, y serás feliz.

 

Quinterno ayudaba a su padre en lo que se llama el letal cuidando las armas de los soldados. Cuando se marchó me quedé solo con mi esposa. Ella me acarició y me dijo:

-Lírico, tu nombre está puesto por tus padres sin saber qué iba a ser de ti el día de mañana, porque eres un lírico. Sé que también compones melodías y te he escuchado cantar en voz baja esas melodías que has compuesto con tu lute. Verdaderamente, y esto no lo digo para que aumentes esos sueños y mires más allá del horizonte, pero han venido artistas a tocar al castillo y ninguno es tan bueno como tú. -Iba a hablar y ella me hizo un gesto-. Espera. Ninguno es tan bueno como tú, pero eres el jefe de estrategia del castillo del rey Anán y eso no tiene precio, lo demás es un sueño.

 

Bajé la cabeza y pensé sí, es un sueño y no puedo dividirme en dos, no puedo dividirme en dos. Entonces me pregunto qué es la felicidad, porque me gusta lo que hago, me encanta hacer trazados, amo a mis padres, amo a mi esposa Trenda, me llevo bien con la tropa, sigo manteniendo un perfil bajo, me molesta la vanidad, jamás sería vanidoso. Entonces, viéndolo a la distancia, nada me impediría ser feliz y sin embargo tengo un sueño inconcluso, por lo menos por ahora, pero también es que tengo temor de dejar esta estabilidad. ¿Cuántos me han dicho "A veces uno tiene que arriesgar para ganar"? Pero tampoco sirve tirarse al agua de un acantilado de sesenta líneas de altura, pues no sabes si debajo del agua hay rocas que no se pueden percibir y te matas. Uno debe ser coherente y saber qué riesgos puede asumir y qué riesgos no puede asumir.

 

Es todo por ahora. Gracias por escucharme.