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Psicoauditación - José C.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 18/03/2022

Sesión del 11/04/2022


Sesión 18/03/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Entidad que fue José C.

La entidad recuerda una vida en Gaela, en la que por una sobreprotección por parte de su madre no desarrolló la autoestima. Y esto, de adolescente, le causaba dificultad para relacionarse con los demás.

Sesión en MP3 (3.935 KB)

 

Entidad: ¿A quién no le ha pasado que en el barrio o en la escuela tenía un compañero muy tímido que todos lo ignoraban y ese compañero tímido te terminaba ignorando a ti porque eras tan o más tímido que él? Y cuando te ignoran no lo hacen de maldad, simplemente porque no te registran, como si fueras invisible. ¡Je, je!

 

Mi nombre era José, José Dosale, nacido en Gaela. Vivía con mis padres en la calle Bodacá, 2920, en un barrio comercial de la capital de Plena. Es cierto, Ciudad del Plata era enorme y el barrio comercial quedaba a unas treinta calles aproximadamente del centro, vivíamos a una, dos, tres, cuatro cuadras del subte de la Segunda avenida. Barrio tranquilo.

Padre trabaja de carpintero y yo iba a una escuela del estado, una escuela que quedaba a cuatro calles. ¿Que si tenía amigos? Sí, cómo no iba a tener amigos; jugábamos a todo, a que éramos soldados, a que éramos guerreros.

Madre era muy... cómo decirlo, una persona que me consentía todo. Pero me sobreprotegía. ¿Y qué lograba con eso?, crearme baja estima, timidez.

 

Recuerdo que me costó ir a la escuela, era como que me arrancaran de los brazos de ella. Y no es que fuera una madre de esas que amaban a su hijo.

¿Diréis que me contradigo? No, no, no, porque vosotros pensáis que una madre sobreprotectora es una madre amorosa. ¡Je, je, je! ¡Una madre sobreprotectora es una madre controladora! Eso es lo que no entendéis.

 

En el barrio había una niña, Monie, que verdaderamente me agradaba, me agradaba muchísimo. ¿Pero cómo me iba a animar a decirle algo? Imposible, imposible.

 

Papá era una persona buena pero él estaba todo el día en la carpintería y era de poco hablar. Sí, sonreía, me hablaba:

-Y José, ¿cómo estás?

-Bien pa. -Y luego se ponía a leer el diario. Y estaba en la suya.

 

¿Lo bueno? A ver, a mí no me gustaba la escuela pero no era un alumno de esos que hacían travesuras ni nada, por mi timidez. ¿Entonces cómo lo hacía para pasarla bien? Estudiaba, me sacaba buenas notas. Y si bien era una escuela del estado, y es cierto que en Plena no prosperaba tanto la religión como en el viejo continente, una hora por semana nos daban clases de la Orden del Rombo.

 

Venía otra maestra:

-A ver, alumnos, les voy a explicar: "Estamos en mitad del siglo XX, exactamente en 1955". -Yo ya tenía nueve años-. "Hace casi dos mil años, Axxón, el adalid del amor, en Nebrón fue apresado, torturado y clavado en un rombo hasta morir. Pero él dejó un mensaje, niños, un mensaje de amor: «Todo aquel que crea en su amor se salvará»".

 

Yo era un niño que creía en Dios y entendía que Axxón era una representación de él en Gaela. Pero me molestaba la religión, me molestaba muchísimo, más habiendo empezado a estudiar historia. Y sabía el gran atraso que fue la religión en la historia.

 

Recuerdo que una vez le pregunté a mamá:

-¿Nuestro planeta tiene dos mil años?

-¿Qué estás diciendo? Millones de años tiene.

-¿Y por qué el calendario dice 1955?

-¡Ah! Porque el calendario se empezó a contar a partir de Axxón. -Y no entendía por qué, no entendía por qué. Honestamente, no entendía por qué.

 

Cuando era chico odiaba a lo que era la vieja Lizia, que ahora era la capital de Liziana. Porque Lizia era como un imperio y Nebrón molestaba. Si hubiera un agitador como Axxón, un agitador que decía que el verdadero reino era el reino del Padre... Y claro, el emperador, en su estúpido orgullo no iba a soportar eso. Por eso los soldados de Lizia, que ocupaban todo Nebrón, lo atraparon y lo clavaron en un madero en forma de rombo. Y de ahí se creó la Orden del Rombo.

¡Pero qué paradoja! No fue en Liziana donde prosperó sino en Amarís, un país vecino a Liziana del viejo continente, por eso la Orden del Rombo también se conocía como Orden de Amarís.

Vaya si estudié historia. La inquisición de Amarís, a aquellos que no profesaban esa religión, los mataban o los hacían desaparecer.

 

En casa no éramos creyentes, pero padre y madre me decían:

-Tú sigue la corriente.

-¿Qué es seguir la corriente?

-¡Ay, José, José! Sigue la corriente significa como si te dicen "¿No es cierto que la Orden del Rombo es buena? Claro", les dices tú.

-¿Pero eso no es mentir?

-No, hijo, eso es llevarte bien con la gente.

 

¡Je, je, je! Honestamente, de pequeño era... no débil pero muy delgadito, tenía algún problema en los pulmones y vivía tosiendo. Recuerdo que madre me daba un jarabe y con eso se me pasaba la tos.

 

Había otro compañero en la escuela, Arturo Rosen, era como un calco de mi persona, tímido, le costaba expresarse. Y al igual que yo también era buen alumno, pero no por ser, como decís vosotros, un traga libros, sino justamente para pasarla bien. Es cierto, él tenía más amigos que yo en el barrio, mi barrio era más comercial, había más tiendas, más negocios. Mis amigos eran pocos,

Sí, tenía un amigo llamado Juan. Juan era directo, más conversador, más... más él.

 

Recuerdo que una vez dos chicos de otra cuadra nos provocaron. Y yo era tímido, recuerdo que uno de ellos me golpeó en la cara y me agaché y me puse a llorar, y Juan se peleó con los dos y los hizo correr y se fueron.

-¿Qué pasó, José, por qué no me ayudaste?

Llorando le digo:

-Pero mira, me han lastimado aquí en la cara.

-No seas tonto, eso no es nada.

 

Entonces es como que Juan era mi amigo y a su vez es como que me defendía. Pero no sé, no me hacía sentir bien porque él decía: "Hoy vamos a jugar a esto, mañana vamos a jugar a aquello". Pero no iba a salir a la calle sin Juan.

Papá me decía: "No uses el teléfono, que sale caro", entonces me caminaba la cuadra y me iba a la casa de Juan a buscarlo. A veces hacíamos las tareas juntos.

 

Recuerdo que conocimos a un chico que sus padres eran joyeros y nos invitó a los dos a su casa, tenía una habitación grande para él y tenía un tren eléctrico gigantesco, como de tres metros de largo, lleno de vías, puentes.

-¡Esto cuesta una fortuna!

-¡Bah! No es nada. Y ya me aburrí, le dije a mi padre que me compren otro juego. -¡Je, je, je! Y yo en casa con soldaditos jugando, era más mi imaginación que la realidad.

 

Y a veces me refugiaba en mi imaginación, en mi fantasía. Y eso me causaba engramas, ¿no?, engramas de baja estima, engramas de no ser aceptado. Entonces me refugiaba en esa imaginación y en esa imaginación yo era un héroe del siglo XVIII, era el capitán en un barco a vela...

Y luego volvía a la realidad.

-José, te preparé la leche.

-Voy, ma, voy.

 

Y sí, recuerdo que el día que Juan se peleó con esos dos chicos y uno de ellos me había pegado a mí.

¡Ay! Encima los retos de mamá:

-¿Por qué no me llamaste?

-Cómo te voy a llamar, me daba vergüenza llamarte.

-¡Pero te llegan a tocar, sabes cómo los corro! -Pero no me enseñaba a defenderme.

 

Recuerdo que una vez me encontré con Arturo Rosen. Íbamos al mismo grado.

Me preguntó:

-¿Dónde vives? -le digo:

-En Bodacá, al 2900.

-¡Ah! Estás cerca, estás del otro lado de la Segunda avenida.

 

Y me contó de su vida, era como un calco de la mía pero tenía más amigos, tenía más amigos. Le dije que había conocido a un chico, hijo de un millonario.

-Entonces has venido a mi calle.

-¿Por qué?

Arturo me dijo:

-Porque vive a media cuadra de donde yo estoy. ¿No se llama Ripel?

-Sí, es él.

-Y bueno, estamos en el mismo barrio prácticamente. Y así crecí. ¿Sabes que tiene televisión?

-¡Cómo televisión!

-Sí, es como una pantalla que puedes mirar como en el cine.

-¡Je, je! Yo tengo la radio de papá y a la tarde escucho las radionovelas.

-¡Ah! Yo también -dijo Arturo.

-No, televisión yo no, no tenemos tanta plata para eso. Y pensar que Ripel se aburre... -Nos encogimos los dos de hombros.

-Bueno, me voy para casa. -Y nos despedimos con Arturo.

 

Tiempo después nos volvimos a ver. Tiempo después nos volvimos a ver, y crecimos. Recuerdo que cuando cumplí quince años me hicieron una enorme fiesta. Vino toda la familia. En casa prácticamente no cabíamos, algunos se sentaban en el sofá porque no teníamos tantas sillas, pero dentro de todo era feliz.

Tenía un primo que siempre se burlaba de mí:

-¡Je, je! ¡Ay, José, ya cumpliste quince y todavía sin novia! Yo es la tercera novia que salgo y la tercera novia que dejo.

 

Y a mí me daba por un lado celos de verlo tan desinhibido, pero por otro lado me daba bronca de verlo tan fanfarrón. En lenguaje coloquial de Plena fanfarrón era la persona mandaparte, la persona creía, la persona que se creía más que los demás. Pero tenía razón, tenía razón.

 

Un día me invitaron al cumpleaños de una chica, Gisela, y conversaba conmigo todo el tiempo en el cumpleaños y yo respondía con monosílabos.

Y salimos al balcón, vivía en un primer piso.

-¿Nunca besaste a una chica?

-Eeeh...

 -Veo que no.

-No, lo que pasa es que...

-Mira es así. -Gisela me tomó del cuello y acercó sus labios a los míos. Y nos quedamos en el balcón y estuvimos como una hora besándonos.

Y ella estaba molesta conmigo:

-No hagas ruido.

-¿Cómo ruido?

-Claro, me besas y haces 'chuic chuic', como cuando besas a una tía.

-¿Y cómo es el beso?

-Silencioso, sin hacer 'chuic'. Junta los labios pero no hagas 'chuic'. -Y era el colmo que Gisela, que era casi un año más chica que yo, me ensañaba cómo se besaba.

 

Pero no me sentí importante, me enamoré, me re-enamoré. Y al día siguiente, al mediodía, me invita, porque venían sus amigas, y mi baja estima ya no existía, yo tenía novia, me había besado con Gisela. Y adelante de sus amigas, que me conocían como un joven tímido presumí y adelante de todos la tomé de la mano a Gisela y la quise besar.

-¡Qué haces, qué haces! Esto era una cosa entre nosotros.

-¿Por qué? Les quiero mostrar a los demás que nosotros nos besamos.

-¡No! -Entonces cometí el error de querer forzarla y me empujó-. ¡No me hables más! -Las amigas me miraron y se burlaron.

Una me dijo:

-¿Qué pasa, José, eres tan torpe que no sabes conquistar a una chica?

-¿Qué yo no sé conquistar? Yo te puedo contar que... -Y veía la mirada de Gisela y me callé la boca.

 

Porque en realidad no había conquistado a nadie, en realidad era ella la que me había besado y me había enseñado a cómo besar. Y obviamente no le conté a mi primo, se hubiera reído más de mí todavía.

 

Y no sabía cómo sacarme esa timidez, porque si yo pensaba que había vencido mi baja estima, ¡nada que ver!, tenía peor baja estima que antes. Y era tan tonto, tan torpe, porque esta chica, Gisela, me había besado y yo me había deslumbrado, enamorado de repente y no dejaba de pensar en ella. Cuando nos cruzábamos por la cuadra miraba para otro lado, ¡y guay de que me atreva a hablarle!

 Y me sentí tonto, pequeño, inútil, pero sabía que algo tenía que hacer para... para vencer esa baja estima. No sabía cómo hacer.

 

Un día padre me dice:

-¿Por qué no me ayudas? -Yo ya había cumplido dieciséis años-, hay un trabajo de carpintería enorme, voy a tener que contratar gente, en el club hípico en la Sexta avenida.

-¡No!

-Sí, sí, hay que hacer estanterías... Pero mucho, hay un trabajo para meses.

 

Cuando llegué, cómo me deslumbré lo que era eso, el lujo, el lujo.

Y había un muchacho de mi edad. Padre me dijo:

-No hables con la gente de aquí y menos con ese muchacho, que parece que es hijo de duques.

-¿De duques, qué duques? -le digo-, papá si acá no hay monarquía, acá hay presidente.

-No sé. Su familia por ahí es oriunda del viejo continente y tienen títulos de nobleza.

-¡Padre, acá no hay títulos de nobleza!

-No sé, pero si no te habla, no le hables.

-Padre yo voy a trabajar contigo, te ayudo en lo que pueda.

 

A la tarde cuando terminé le digo:

-Padre, lo pago, ¿me puedo pedir un café y leche?

-Sí. -Me senté a una mesa, y el muchacho ese, bien vestido de traje, sonriendo se acercó.

-¿Te molesta si me siento contigo?

-No, ¿cómo me va a molestar?

-¿Tú eres el hijo de Rafael Dosale, el carpintero?

-Sí.

-Te felicito, trabaja muy bien tu padre.

-Me llamo José.

-Un gusto. Jorge Clayton.

-¿Tú eres al que le dicen el duque de Wynot?

-¡Ah! No, es una costumbre familiar. Me molesta usar ese título, que aparte aquí en Plena no se usa. Me voy a pedir lo mismo. -Lo llamó al camarero y el camarero vino.

-Sí...

-Como el joven, un café con leche y algo para comer.

-¿Unos tostados?

-No, no, ¡qué tostados! ¿Qué estás comiendo?

Le dije:

-Unas medias lunas.

-Lo mismo.

 

Me habían contado que ese Jorge Clayton era supermillonario pero no como Ripel, cien veces más que Ripel, el de los trenes eléctricos de cuando éramos chicos. Y hablaba conmigo con toda confianza. Daría lo que fuera por tener la seguridad que tenía Jorge Clayton. Pero él iba a cambiar mi vida.

 

Pero eso es otra historia.

 

 

 


Sesión 11/04/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Entidad que fue José C.

Se sentía de clase inferior y valoraba a la gente por su imagen externa, por lo que aparentaba más que por lo que era en realidad. Un amigo le propuso ensayar un rol de adinerado para comprobar si la timidez tiene relación con el dinero.

Sesión en MP3 (3.645 KB)

 

Entidad: Siempre me acordaba de pequeño de Bodacá 2920, en un barrio comercial de Plena. Ahí me crié.

 

A los quince años hubo como una, ¡je, je!, transformación, una niña, Gisela, me enseñó a besar. Yo era como quedado, como cuando tenía cinco años y besaba a mis tías 'chuic, chuic', y Gisela me decía "No, no tienes que hacer ruido".

 

A mis dieciséis años papá Rafael me llevó a hacer un trabajo grande de carpintería en el club hípico, me sentí como acobardado porque era lujoso, inmenso. Y había otro chico que tanto los camareros como los porteros en la entrada lo trataban con una deferencia tremenda, elegante pero deportivo a la vez, se llamaba Jorge Clayton, y hablaba conmigo como si yo fuera un socio de allí.

Y le expliqué. Le digo:

-Yo soy el hijo del carpintero.

-¿Cuál es tu nombre?

-José Dosale.

-Mi nombre es Jorge Clayton.

-Mire, Clayton.

-¡No!, Jorge. -Nos sentamos. Le dije que me costaba estudiar, él me dijo que estaba estudiando humanismo.

Le digo:

-Entiendo que eso tiene que ver con el ser humano.

-Tiene que ver con el ser humano y tiene que ver con muchas cosas más. Hay corrientes intelectuales que hablan de una imagen teológica de Dios, pero Dios está en todos nosotros. -Le dije que sí, que lo entendía que la gente está acostumbrada a decir "Dios mío" y mirar al cielo-. Y bueno, tengo algún conocimiento pequeño de astronomía y sé que el cielo es tracto, lo que existe es el espacio exterior. Entonces mirar hacia arriba ese famoso cielo celeste, las nubes blancas o grises están a menos de diez mil metros de altura. Más allá está el espacio oscuro, donde se ven pequeños puntos que son soles. -Lo entendí perfectamente todo eso.

Le digo:

-Mi problema quizá sea mi baja estima, mi timidez.

-¿En qué sentido?, me dijo Jorge.

-Bueno aquí me siento intimidado, ninguna chica de aquí me va a dar importancia.

-A ver, quiero que me expliques algo, José. ¿Cuál es la diferencia de una chica de aquí y una chica de tu calle, de Bodacá?

-¡Je, je! ¿Es una broma? La clase social, acá te ignoran.

-José, no hablemos de la clase social hablemos del humano, ¿en qué se diferencian? -Me encogí de hombros.

-A las chicas de aquí las veo más frías, más creídas.

-¿Y te interesa, José, ese tipo de chicas?

-No, no me gustan creídas.

-¿Entonces cuál es la importancia de que te presten atención o no, lucirse? Entiendo que en el barrio donde te criaste debe haber chicas tan o más bellas.

-¡Ah! Sí, pero es muy difícil de entender. En el caso tuyo vienes de fortuna, eres...

-Continúa.

-Eres una persona que las puede tener a todas a su disposición.

-A ver si entiendo, José -me dijo Jorge-, ¿te piensas de que yo aceptaría que una chica esté conmigo por interés?

-No, no digo eso, pero puedes chasquear los dedos y tener las chicas que quieras.

-Y supongamos que la que quiero no está aquí y supongamos que la que quiero estuviera en tu calle, en Bodacá, y supieran que soy una persona de fortuna, lo primero que pensarían "Este joven es millonario, yo sería para él un objeto descartable". Y discúlpame la expresión, se usa y se tira.

Lo miré y le dije:

-Mira, Jorge, no te ofendas.

-No, el ego se ofende. Coméntame.

-La mayoría de la gente de plata se comporta así, incluso muchos tienen malos tratos. Una vez quise trabajar por mi cuenta en una oficina y un chico que tendría tres, cuatro años más que yo me trataba como si yo fuera insignificante. En mi idioma que hablan en la capital de Plena, "A ver, ché, tráeme café. A ver, vos, alcánzame esas hojas. A ver, José, ¿viniste cansado que andas tan lento?". No alcancé a durar una semana. Gente basura. ¿Me equivoco?

Jorge me miró y me dijo:

-No es que te equivocas. Y creo cien por cien lo que me cuentas el problema es que estás generalizando, no todas ni todos son así. Aparte también depende de tu persona de darte la importancia que te mereces.

-¿Y qué importancia me puedo dar?, soy de familia humilde, mi padre es carpintero. Cuando dijo que iba a venir a trabajar acá no lo creía. ¡Club hípico! ¡Nada menos que club hípico!

-Te voy a contar una cosa, José. Tengo amigos de todo tipo.

-No entiendo.

-Amigos cuyos padres son plomeros, electricistas. Y salimos, vamos a comer afuera. Las veces que me invitaron a la fonda. -Me asombré.

-¿Vos vas a comer a una fonda?

-¿Por qué no?

-¿Sabes lo que es una fonda? Van todos los pintores, albañiles, plomeros, te sirven así, no más.

-¿Por qué, por qué, José, vos vas con tu padre a la fonda?

-Sí.

-¿Y no te gusta la comida?

-¿Qué?, ¡me encanta!

-¿Has visto los platos que sirven acá?

-Sí.

-Los cobran diez veces más que en la fonda. Ahora, ¿te comerías un plato de esos?

-Y la verdad que la presentación está excelente -confesé-, pero honestamente con esas porcioncitas me muero de hambre.

-¿Entendés ahora por qué voy a la fonda?

-Pero en la fonda quedas como fuera de lugar, tienes un saco deportivo que, a ver, yo tengo un par de trajes para salir y los dos trajes juntos valen la cuarta parte de lo que vale ese saco hecho a medida. -Clayton se encogió de hombros.

-¿Sabes cuál es tu problema, José Dosale? Que te fijas mucho en la apariencia de los demás.

-¿Y cómo no voy a fijarme? Nunca voy a llegar a ser así.

-¿Por qué no?... Estudiando.

-A ver, Clayton, quiero que seas honesto conmigo. No quiero sentirme frustrado, yo sé que soy bueno estudiando, yo sé que soy bueno trabajando, pero con lo que uno puede ganar... Mi papá trabajó toda la vida y sigue siendo un carpintero del montón.

-¿Te parece que tu padre es del montón?

-Bueno... No, es un excelente carpintero. Del montón quiero decir, es que no salió... Ni siquiera es clase media, a eso me refiero.

-¿Y te piensas que ser millonario te haría feliz?

-Tampoco la tontería, Jorge. ¿A quién no? Yo veo en esas películas, esos enormes yates tomando un jugo con alcohol en el Caribe, mientras uno apenas puede ir a la costa diez días de vacaciones. No sé si se entiende.

Clayton me miró y me dijo:

-Sí que se entiende, José, se entiende perfectamente. Pero a ver, ¿en la costa hay sol?

-Sí.

-¿Y una enorme playa marina, pero hermosa, una arena fina?

-Sí.

-No tendrás un yate pero puedes disfrutar.

-Y sí.

-¿Entonces? O sea, tienes como un razonamiento donde piensas que la persona que no tiene mucho dinero es infeliz.

-No -negué-, no digo que sea infeliz, pero no se puede dar todos los gustos.

-¿Y qué es "todos los gustos", pasear en yate, ir en avión privado? Mira, hay cosas que no se pueden comprar: la lealtad, el amor, la amistad, la felicidad en familia, tener un amigo de verdad, eso no lo compras por más dinero que tengas.

-¿Puedo hacerte una pregunta? -dije. Clayton se encogió de hombros.

-Sí.

-¿Por qué te juntas con gente como nosotros?

-¿Te das cuenta lo que estás diciendo?, "gente como nosotros". Nosotros y ustedes. Ya estás separando.

-Sí, nosotros los pobres, ustedes los ricos. ¿Por qué te juntas con gente pobre?

-A ver, José. Yo no elijo un amigo porque sea rico, porque sea pobre. Hay un tal Damián, muy creído, una vez lo llevé a la fonda:

-¡Pero qué es esta basura!

-¿Por qué no lo probás?

-Está exquisito pero mira la gente que nos rodea. -Y le dije a Damián:

-Yo no te traje a la fonda para que mires a la gente, para que comas. Fíjate los postres, mira ese flan con crema.

Pero no, a él no le importaba que la comida sea rica, no quería rozar sus ropas delicadas con las ropas manchadas de yeso de los albañiles. Y obviamente no lo llevé más. Y obviamente tengo muy poco trato con este Damián. Entonces me siento más a gusto con los otros chicos.

-Tengo una pregunta: ¿por qué estudias?

-Es como que yo te preguntara: ¿José, por qué respiras?

-No, no, no te burles de mí, respiro porque si no respiro me muero. Pero si no estudias no pasa nada.

-Claro, porque tengo millones y hago lo que quiero.

-Y sí.

-Supongamos que estudio porque me gusta saber, me gusta el humanismo porque me gusta ayudar a la gente. O te piensas que estaría en mi casa viendo tele todo el día.

-Yo estaría leyendo comics o mirando tele si me sobrara el dinero.

-¿Pero no te aburrirías, José?

-Seguramente que sí. Te agradezco por darme este tiempo, quizá te estoy quitando tu tiempo.

-No, al contrario, me aburría con la gente falsa que hay aquí. Entonces quería salir un poquito de ese sistema de gente creída.

-Qué raro que no seas así.

-¡Je! Porque vos te pensás que todos los millonarios son creídos. Entonces yo pensaría como que todos los pobres son pobrecitos mentalmente. Eso es una tontería gigantesca. Yo me siento cómodo con gente que trabaja, que se gana el pan de cada día. Y si puedo ayudarlos los ayudo.

-¿En qué sentido?

-Por ejemplo tu padre.

-¿Qué tiene mi padre? Consiguió este trabajo.

-Yo vi como trabajaba, como vi a otros. Y yo lo recomendé.

-¿Puedo hablarte como se habla en la jerga de la calle?

-Sí.

-Y a un chico como vos, ¿quién le va a dar bola?

-Seguramente nadie, porque los que mandan son gente de más de cuarenta. Lo que pasa que yo tengo fortuna independiente de mi padre, y con la corta edad que tengo tengo muchas acciones invertidas aquí en este club. Entonces te puedo asegurar que sí, que me pasan bola.

-¿O sea, que mi padre está trabajando por ti?

-No exactamente, pero ayudé.

-La verdad te lo agradezco -le dije-. El tema es como... No sé cómo sacarme la timidez.

-Mira, ¿tú te sientes seguro con dinero?

-Sí.

-Vamos a hacer una cosa te voy a regalar un par ropas, porque yo tengo, somos casi de la misma medida.

-No, no, no...

-José, es para hacer una prueba. Vamos a ir a un baile que queda aquí en Sexta avenida, el sábado a la noche vienes conmigo. Nadie sabe que eres hijo de carpintero, que eres clase media, que naciste en Bodacá. Te voy a presentar como... el nombre común, José, naciste en la Sexta avenida, tu padre tiene un haras, has viajado al país del norte...

-¡Pero eso es mentira! ¿Por qué harías eso?, ¿por qué yo tendría que fingir ser otra persona?

-Muy sencillo, José. Todos me conocen, a vos no te conoce nadie porque vivías en Beta, en el país del norte. Pero somos amigos desde los cinco años, y esas chicas creídas, finas, delicadas te van a tratar normalmente, como uno más. A ver cómo te desempeñas. Entonces lo que yo quiero ver es si tu timidez es porque te sientes menos por una cuestión económica.

-No me va a salir.

-Tradúceme "No me va a salir".

-Claro, no, no voy a saber fingir.

-¡je, je! José, no se trata de fingir, tampoco tienes que inventar nada. ¿Cuánto hace que estás acá?

-Unos pocos meses.

-No hables tanto, habla lo justo y hazte el interesante.

-¿Pero eso no es pedantería, no es creérsela?

-No, no con esta gente. Cuando viene alguien, incluso una persona mayor, a veces estoy tomando algo y viene un hombre de cuarenta y me dice:

-¡A ver, ché!

-¡Perdón! -Lo miro con cara de pocos amigos.

-Estás ocupando una mesa de cuatro y voy a necesitar sillas porque vienen amigos.

Como me habla de vos yo también lo trato de vos. Le digo:

-Disculpadme, vos, pero yo también espero a amigos.

-Ahora voy a hablar con el gerente, te va a sacar volando.

-Andá.

-Y no me trates de vos, insolente.

-Andá.

 

Yo lo miraba a Clayton y decía:

-Mira si te quería pegar.

-Primero, José, te digo una cosa; yo soy absolutamente enemigo de la violencia, pero desde mis catorce años que práctico arte oriental, y estoy practicando en un instituto que no te regalan los colores, recién soy cinto verde. Pero te puedo asegurar que me pones tres ladrillos y los pulverizo. De todas maneras quédate tranquilo, José, si ese supuesto hombre de cuarenta viniera a querer cogerme de la solapa o querer pegarme, no es que yo lo golpearía pero podría hacerle una palanca de brazo y torcerle el brazo y decirle "No, no, yo no lastimo a nadie y no practico un arte marcial para lastimar a nadie, yo soy una persona que ayudo a la gente". Y si me perdonas, José, voy a decir una frase que también es de la calle: Yo soy bueno, por lo menos me considero una persona buena, pero no soy un boludo, no me dejo atropellar por cualquier imbécil. Entonces el sábado, ¿estamos de acuerdo? Me dijiste Bodacá 2920, te paso a buscar a las nueve de la noche.

-¡Wow! -Me encogí de hombros-. Acepto, ¡je, je!, acepto.