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Psicoauditación - José Luís F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 07/10/2019

Sesión 07/04/2020


Sesión 07/10/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

En Aerandor. La entidad relata que la vida ya le empezó difícil y sus padres y el entorno se cebaban en él. Huir del pasado no era solución, levantaría su interior.

Sesión en MP3 (2.189 KB)

 

Entidad: De pequeño me crié en una aldea, fui un segundo hermano y no fui bien recibido, nací con tres años de diferencia con mi hermano mayor que era el favorito tanto de padre como de madre.

Como thetán podría decir que a mi rol, que se llamaba Dursey, en Aerandor, le implantaron infinidad de engramas: de sometimiento, de menosprecio, de dudas, de baja estima, es como que le descalificaban en todo lo que hacía. Mi rol lo va a relatar en primera persona. Dursey.

 

Madre siempre me decía:

-Dursey, por qué no serás como tu hermano, mira como trabaja. -Yo trabajaba a la par, me lastimaba las manos con el arado.

Lo único que padre me decía:

-No sabes manejar el arado. No manejas el arado, no manejas la azada, no sabes coger una pala, eres torpe. -Sí, verdaderamente era una fábrica de engramas.

 

Me divertía jugando con otros niños -como hacen todos en cualquier región que me digáis-, practicar a ser guerreros con espadas de madera. Pero hasta en eso era torpe, hasta en los juegos perdía, y a veces me enojaba y peleaba con mis amigos, me vencían. A veces llegaba con la cara golpeada o con la boca morada de los golpes.

Mi hermano que era tres años mayor en lugar de defenderme se reía. Por otro lado yo no quería que me defienda, que me enseñe. Y se lo decía.

Me respondía:

-¡Ja, ja, ja! Para qué, Dursey, por más que te enseñe siempre serás un fracasado.

 

Sentía como desprecio por mi hermano. Él lo sentía por mí, decía que yo era un inútil. Yo sentía desprecio por él por ser tan mala persona, copiaba las palabras de padre al pie de la letra. Ambos me trataban igual.

Madre no, madre me sometía más. ¿Cómo? Me tomaba entre sus brazos, me abrazaba, me acariciaba...

-¡Ay! Dursey, Dursey, tú no tienes la culpa de ser así, Dios te trajo así y vas a vivir así y vas a morir así, siempre sin lograr nada. ¡Pobre hijo!

 

Y esas palabras de lástima me dolían más que las palabras de desprecio de mi padre y de mi hermano porque madre me manipulaba de otra manera.

Siendo adolescente me decía:

-No sales con ninguna joven. Mira a tu hermano, sale con varias chicas, pero claro, bueno, él es un hombre. Tú, ¡je, je, je! Tú apenas eres un proyecto, pero quédate tranquilo, tú no tienes la culpa de ser así, Dios te hizo así, ignorante.

 

Vivíamos, obviamente, en un mundo en época medieval, desconocíamos lo que vosotros llamáis la genética, pero sí sabíamos que existía una especie de herencia mediante la sangre y que de la misma manera que podíamos heredar rasgos, a veces podíamos heredar obesidad, delgadez, altura... Y a veces pensaba que mi hermano no era mi hermano porque era distinto.

Por mi misma baja estima me dediqué a hacer ejercicios de pequeño, logré musculatura, me sentía fuerte, es más, en musculatura había pasado a mi hermano. Los únicos que no lo veían eran mis padres.

Recuerdo que una vez discutimos por algo que me dijo, pero me lo dijo de muy mala manera. Me llevaba tres años pero yo ya era fuerte, ya había cumplido diecisiete y él tenía veinte. Yo era casi tan diestro como él con la espada, pero obviamente no íbamos a pelear con espada, peleamos a golpes de puño. Y luchando en la tierra nos golpeamos ambos.

 

Recuerdo que lo golpeé tanto tanto tanto que lo dejé inconsciente y muy lastimado. Padre y madre escucharon nuestra conversación y sabían que yo tenía razón, pero jamás me la iban a dar. Cuando me di vuelta padre estaba encima mío y me golpeó en el rostro con el filo de su espada dejándome un tajo desde la frente recorriéndome todo el rostro por la mejilla.

-Eres un bastardo, no eres nuestro hijo, ¡mira lo qué has hecho con tu hermano! -La sangre me manaba por el rostro, me manaba bastante por el rostro, la cara me ardía horrores de la herida, pero más me dolían sus palabras.

-Sabéis que él me provocó, sabéis que yo no lo ataqué, acordamos pelearnos.

Y madre dijo:

-¡Dursey, Dursey!, ¿por qué eres tan mala persona? -¡Ja, ja! Era irónico, me decía mala persona con tono dulce.

 

Hablé con un hombre mayor, el anciano del poblado, y le decía que odiaba a mis padres. Y me decía "Los mayores siempre tienen razón, tú eres un niño".

Recuerdo que la última vez que fui le mostré mi rostro. "¡Ay! Dursey -me dijo el anciano-, ¿qué habrás hecho para que tu padre te corte el rostro?". Se me tensó la mano derecha, tenía deseos de abofetearlo, me prejuzgó sin preguntarme qué había pasado. "Algo habrás hecho", qué frase más tremenda.

 

Recuerdo que padre me dijo:

-Haznos un favor, no te podemos echar porque eres nuestro hijo, pero de verdad que no eres bienvenido aquí. Cuando puedas marcharte hazlo, por favor.

 

Cogí mis dos alforjas, mi caballo, que hace tres años que tenía, le puse la montura, le colgué las alforjas y algunas monedas que había ganado haciendo tareas en el poblado. Los miré y les dije a los tres:

-No me voy para siempre, pero voy a tomar un poco de distancia.

 

La herida del rostro se me había cerrado, pero me quedaría la cicatriz de por vida, me dejé crecer un poco la barba para tapar la cicatriz, pero había zonas, en la frente y cerca del ojo que no había manera de cubrirla la cicatriz. Y por alguna razón es como que la gente me... me temía: "Esa cicatriz, debe ser algún asaltante de caminos".

Me quise emplear en varios sitios y no me tomaban. Finalmente estuve en una tribu del norte, me permitieron formar parte, practicaba con ellos lucha a mano limpia, practicaba con armas. Mejoré muchísimo. No eran buena gente, a veces iban a poblados y saqueaban, obviamente yo no participaba pero no... no me gustaba estar con ellos, pero por ahora no había otra cosa.

 

Quedé marcado interiormente por mis padres, por mi hermano, tenía altibajos emocionales, muchísimos. Quería emprender algo nuevo y lo desechaba enseguida. Había muchos herreros que precisaban gente joven y yo pensaba "No, ¿para qué?, ¿para que me digan que no por mi aspecto, por mi manera de ser?".

Pero me atreví, me atreví. Al tercer intento un herrero de un poblado, ya a varias jornadas de distancia, me tomó. Aprendí herrería, me sentía bien, me pagaba bastante. Hasta que tiempo después mis excompañeros, los que yo había estado un tiempo, fueron al pueblo y cometieron vandalismo, manoseaban a las jóvenes, hasta que finalmente no pude más y me metí.

Hablé con el que mandaba, me dijo:

-Dursey, qué te metes.

-Estoy trabajando aquí, ahora.

-¡Así que ahora trabajas! Ahora te crees importante porque trabajas. ¿Cuánto ganas? Nosotros podemos saquear los grandes almacenes y lo que tú ganas en treinta días, lo ganamos en cinco minutos.

-No voy a permitirlo. -El hombre era alto como yo, corpulento como yo. Se bajó del caballo, sacó su espada. Yo ya tenía la mía en la mano.

-¿Puedes disuadirme? -me dijo.

-Sí que puedo.

 

Combatimos algunos minutos, tuve una pequeña herida en el hombro izquierdo, hasta que le hundí mi metal en su cuerpo hiriéndolo mortalmente. Los demás guerreros me miraron con desprecio y se marcharon. Había salvado al poblado.

Los dos hombres cobardes, que eran las autoridades del poblado, recién se asomaron y hablaron con el herrero:

-Tu empleado es un asesino. -Lo dijeron delante mío. Escuché.

Por supuesto me defendí:

-¿Cómo asesino? Acabo de salvar al poblado, quizá hubieran ultrajado mujeres. Cuéntales -le dije a mi patrón-, pensaban asaltar los grandes almacenes. -Mi patrón se encogió de hombros y no dijo nada-. ¡Pero cuéntales! -Y no, no dijo nada.

-No queremos un asesino en el pueblo -dijo el mayor de los dos que representaban a la autoridad.

Tomé mi espada y retrocedieron.

-No tengáis miedo, solamente la quiero guardar.

 

El herrero me dio toda la paga, me permitió dormir esa noche en el taller y por la mañana me marché.

 

¡Je! Engrama tras engrama, iba acumulando en mi interior esos engramas y como una ira oculta. Me sentía mal porque todo me salía mal. Pero eso tendría que cambiar, eso tendría que cambiar porque con... con recordar el pasado y retorcer mis tripas de ira no iba a resolver nada. No podía permitir, no podía permitir en absoluto que el pasado me lastimara, no podía permitir que el recuerdo de las palabras de mis padres me lastimaran. La herida del rostro no me la iba a sacar, pero las heridas internas sí, esas me las podía sacar, esas me las tenía que sacar.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 07/04/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

No tenía falta de autoestima, para nada, eran los demás que le creaban problemas. Incluso cuando ayudó a alguien que estaba siendo atacado los demás le tomaron por el atacante.

Sesión en MP3 (2.932 KB)

 

Entidad: He perdido la cuenta de las veces que quise bajar los brazos. ¡Je! Quizá algo dentro mío me daba el aliento de seguir, como que había una vana esperanza de que las cosas cambiaran, porque me costaba aceptar que toda la gente fuese igual, vil, cobarde. Si se encontraban en un apuro trataban de salvar su propio pellejo. Total, qué importaba.

¿Si me quedaron engramas? ¡Buf! ¡Je, je, je! Es como que es bueno tener memoria, pero a veces esa memoria es como un puñal clavado en el pecho, ¿no?

 

-¡Dursey, Dursey, qué has hecho! -En casa hasta tenía que pedir permiso para estornudar. Antes de irme salía una especie de rebeldía dentro mío y me atrevía a responderle, no a discutirle, a responderle a madre:

-¿Pero por qué siempre yo, por qué siempre yo?

Y madre tenía dos maneras, la de inquisidora...

-¿Acaso me estás reprochando algo? ¿Por qué no te haces cargo de los errores que tienes, por qué no aprendes de tu hermano? ¡Qué culpa tenemos nosotros si eres tan inútil en todo! -Claro, me ponía peor.

Y si no, había días que tenía otra táctica:

-Claro, levantas la voz porque no está padre, yo ya soy una mujer grande. ¡Ay! Tu padre y tu hermano fueron a hacer una diligencia, entonces me ves a mí, aquí indefensa y levantas la voz, gritas.

-Madre, yo no grito, simplemente que me acusaron de algo en lo que yo no tenía nada que ver.

-Claro, ahora me llamas mentirosa, nos llamas mentirosos a todos. Te criamos, te alimentamos... ¡Qué injusto que eres! ¡A veces me arrepiento de haberte tenido! Mira cómo me haces sufrir, mira cómo me haces sufrir.

 

Y yo salía de casa con un dolor tremendo de pecho, con un dolor tremendo de estómago, con bronca, con una sensación de impotencia tremenda porque yo sé que tanto madre, como padre, como hermano eran inteligentes. Entonces es como que eran negacionistas, o me tomaban de tonto o no veían lo obvio. Yo sabía que era inteligente pero no tanto como para poder descifrar  la mente de ellos, esa mente tan retorcida, porque todo lo que estaba mal... ¡Ah! Sí, pero la culpa era de Dursey.

Padre era distinto, padre jamás hacia el rol de víctima. Para padre, si había un problema, el problema lo ocasionó Dursey. Como la pelea con mi hermano, como cuando me pegó con la espada en el rostro y me quedó la cicatriz. Me dolió durante bastante tiempo hasta que cicatrizó. ¿Pero cómo explicarlo, cómo? ¿Cómo explicarlo que está el otro dolor, no el del rostro no, no, no, el otro dolor, el dolor interno?

¿Y qué pasaba con mi amor? ¿Sentía amor por ellos después de todos los malos tratos? Generalmente siempre fueron de palabra: desvalorización, desprecio, burlas, ironías, sarcasmos.

 

(Fuerte tos). El polvo del camino viajando a lomos de mi caballo, viajando días y días. ¡Aaahhh! El caballo se había detenido porque inconscientemente cerré la mano y tiré de las riendas, estaba tan absorto en mis pensamiento que ni me di cuenta que estaba montando a caballo y casi lo hago parar en dos patas y casi me tira, pero no; frenó. Saqué de la alforja un pañuelo y me lo puse en el rostro, como una especie de máscara para no respirar ese polvo del camino. Encima había una sequía, mis ojos me lagrimeaban. Casi no se veía de la ventisca que se había levantado. Y escuché unos gritos, escuché unos gritos.

 

A un recodo del camino había tres caballos, al costado dos hombres. Uno intentando desgarrarle las ropas a una joven, a una adolescente. Me acerqué.

Uno de ellos dijo:

-Sigue tu camino. -No me alejé-. No te metas en lo que no te importa.

El otro dijo:

-¡Ja, ja, ja!, ¿no querrá participar? -Pero lo dijo con ironía. La joven me miró como implorando "Por favor ayúdeme". Saqué mi espada.

-Dejad a la joven. -Uno de ellos le dio una tremenda bofetada, golpeó la nuca contra un árbol y quedó sin conocimiento. Los hombres sacaron sus armas.

-Nos ocuparemos de ti. Y si tienes monedas, mejor. Y luego nos saciaremos el gusto con la joven. -Estaba enfurecido, una furia tremenda. Pero había aprendido que pelear enfurecido es perder el combate. Traté de tener la mente lúcida, fría, atenta. Uno me llegó a herir en el brazo izquierdo, hasta que cayó muerto. El otro lo herí. Y le dije:

-Te llevaré al pueblo más próximo donde te encerrarán. -Se levantó hecho una furia y chocó su pecho contra mi espada, cayendo muerto al lado de su cómplice. En ese momento se escuchó un galopar de caballos, tres hombres aparentemente representantes de la ley. La vieron a la mujer inconsciente, a mí en la mano mi espada con sangre. Aparentemente los dos hombres muertos eran conocidos.

-Entrégate.

-Disculpad -les dije a los hombres-, yo recién llegaba. Ahora paró la tormenta, había mucho polvo, no se veía nada. Estos hombres que ves aquí estaban por ultrajar a la joven, que me pidió ayuda. Uno de ellos la abofeteó y la joven golpeó su cabeza y cayó inconsciente. Intentaron matarme, me defendí, pero salvé la vida de la joven.

Los hombres respondieron:

-Imposible. Ambos son hombres buenos, casados, con hijos. -Me quedé en silencio.

-Sigo respaldando lo que digo. Esperad que la joven recobre el conocimiento y veréis que tengo razón.

-Te quedarás aquí. -Esperé. La joven recobró el conocimiento, se puso a llorar desconsoladamente.

-Me quisieron ultrajar, me desgarraban la ropa.

-¿Quiénes fueron, éste que ves aquí? -La joven me miró, hizo un gesto como de terror.

-No sé, no sé, había dos o tres hombres... No sé...

La miré y le dije:

-¿Te acuerdas que me imploraste ayuda?, ¡estaban por ultrajar!

-Estoy conmocionada, no recuerdo nada, sé que se peleaban por ver quién me ultrajaba primero. -Los representantes de la ley me miraron.

-Ahora entendemos, fue una pelea entre los tres a ver quien se quedaba con ella.

-Esa es vuestra interpretación. No es así, yo le salvé la vida porque estoy seguro que luego de ultrajarla la hubieran matado. Mujer, recuerda, por favor. -La mujer lloraba y no me prestaba atención. Me hacía sentir mal, otra injusticia más en camino. ¡Válgame Dios, válgame Dios!

Los hombres desmontaros espada en mano.

-Suelta tu arma.

-No, no quiero otra injusticia. Mujer, recuerda. -La mujer seguía llorando, me acerqué y la zamarreé: ese fue mi error; uno de ellos me golpeó de atrás y caí de rodillas, me atontaron y me desarmaron-. ¿Ves que eres tú?, la estabas atacando. -Me estaban por amarrar los brazos a la espalda, di un cabezazo contra uno y le saqué su propia espada y se la clavé en el estómago, no lo maté pero quedó mal herido. Y enfrenté a los otros dos-: Por favor, no hagáis que los lastime o los mate, confiad en mi palabra.

-¿Cómo podemos confiar?, mira lo que le has hecho a nuestro compañero.

-Me iban a atar, me iban a condenar. Esta niña no se acuerda de nada o quizá sí, en mi vida siempre me ha pasado eso, siempre soy el culpable de algo.

-No te conocemos, no sabemos cómo fue tu vida, pero entrégate, te va a convenir.

Estaba completamente enojado.

-Los voy a terminar matando -les dije-, este es un mundo hostil y no voy a permitir que me encierren.

 

Mi oído era fino, el hombre que estaba detrás mío, malherido, cogió la que era mi espada y me la quería clavar en la espalda. Me di vuelta y como acto reflejo le incrusté en su cuerpo la suya. En ese momento aprovecharon los otros para atacarme. Con la mano izquierda cogí mi espada, me costaba sostenerla porque ya tenía una herida de antes de los otros hombres, me costaba, y eran buenos con la espada. A uno le alcancé herir en el brazo, al otro en el hombro.

-Por favor, les digo que soy inocente.

En ese momento la joven dijo:

-¡Parad, parad! ¿Por qué atacáis a este hombre? -La miraron-. Él me salvó de estos dos. -La miraron asombrados.

-¿Y cómo no te recordabas?

-Estaba mareada, estaba confusa... ¿Por qué lo atacáis?

El que llevaba la voz de mando dijo:

-Tenías razón, eras inocente. Pero has herido a un compañero y está grave.

El otro se acercó.

-No, está muerto.

-Me quiso atacar por la espalda, me querían llevar preso.

-Ahora eres un homicida, porque nuestro compañero era un representante de la ley.

-¿Y qué podía hacer?, la joven estaba mareada, confundida, pensaban que yo era uno de los que iban a ultrajarla. No pienso responder por un homicidio, fue defensa propia. -La joven habló por primera vez a favor mío.

-Estaba confundida pero vi la pelea, él se defendió.

Los representantes de la ley, los dos que quedaban, reaccionaron mal.

-¿Y tú de dónde eres?

-De otro poblado, de un poblado donde me trataban mal. Me llamo Tania.

-¿Y cómo sabemos que no los has provocado?, porque los muertos eran padres de familia, gente de honor.

Me metí yo y dije:

-Porque yo vi la escena.

-¿Y cómo sabemos que no estás de acuerdo con ella?

-¡De acuerdo con ella! Si ella no se hubiera acordado de nada pensabais que yo era uno de los violadores.

-Acomodáis las palabras según vuestra conveniencia. No eres bien recibido en nuestro poblado -me dijeron-, y tú tienes que responder por nuestro compañero.

-No pienso responder, soy inocente, fue defensa propia. Tengo mis dos espadas.

-Estás herido.

-Vosotros también. Si queréis arriesgaros, aquí estoy. -Monté mi caballo, la joven montó el suyo.

-¿Puedo ir contigo?

-Está bien -le dije-, puedes venir conmigo. -Avancé a paso lento, los dos hombres estaban a pie, los iba mirando-. No nos sigan. -Avanzamos lentamente, dejaron de vernos y se ocuparon del cuerpo de su compañero. Entonces avanzamos al trote.

-¿Te llamas Tania?

-Sí.

-Mi nombre es Dursey.

-Gracias por salvarme.

-Es una odisea. Por un momento pensé que fingías confusión para meterme a mí también en un problema.

-Jamás haría eso, había quedado muy atontada del golpe en el cabeza contra la rama o el árbol o lo que fuera.

-Salgamos del camino, vayamos por el lado del bosque, quizá se levante polvareda de vuelta. Estuve tosiendo toda la mañana. -Torcimos hacia la izquierda y nos metimos en el bosque, y de paso no dejábamos rastro, por si querían seguirnos.

 

Pero así era mi vida, confusiones, donde yo, Dursey, siempre era el responsable para los demás. Con Tania era la primera vez en mi vida que alguien terminaba saliendo a favor mío. Esperaba que mi suerte cambie.

 

Gracias, por escucharme.