Índice

Psicoauditación - Liliana

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 11/05/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Liliana

La entidad relata una vida en Ran II. Por alguna fuerza desconocida pasó a otro mundo que también era Ran II, pero era distinto. Encontró dobles de familiares, dobles de conocidos que tampoco la reconocían. No sabía dónde estaba ni de dónde era.

Sesión en MP3 (3.287 KB)

 

Entidad: Años y años que dura la batalla. Siempre se suma gente a la resistencia, pero son más los que mueren.

 

Teníamos un mundo próspero, avanzado, con una medicina tan espectacular, una informática tan avanzada, con una comunicación inimaginable. Pero el mismo ser humano, ese ser humano con apetitos de poder creyendo que va a vivir miles de años... ¡Poder! ¡Poder! ¡Poder! ¿Para qué?

Me duelen permanentemente las esquirlas, tengo tres esquirlas de tres explosiones distintas en las piernas, en el cuerpo y me molestan, me molestan para vivir. ¡Je, je, je! Los dolores más grandes son las pérdidas; perdí mi esposo, perdí mi hijo.

Me escapé y me sentí culpable, cobarde, pero después razoné: ya estaban muertos. ¿Qué ganaba con enfrentarme a los soldados, a sus tanques?, ¿morir yo también? Entonces ¿para qué vivir, para vengarme? Tonterías.

Cada vez somos menos. Es la verdad. Hay que reconocerlo. Ya prácticamente no hay resistencia que se oponga a esta tiranía tan grande.

 

Recuerdo cuando empezó la batalla. Había países que se oponían, por momentos estuvieron a punto de vencer.

Yo era una niña en aquel entonces, prácticamente me crié en un mundo en guerra. Nos habíamos trasladado al campo para estar tranquilos, conocí a mi esposo, al poco tiempo tuve al niño.

Pero la guerra se extendió más allá de las ciudades, decomisaban todo. Dijimos que éramos leales, pero a mi esposo lo vieron con gente ya reconocida de la resistencia: quemaron nuestra propiedad, nuestras fotos, nuestros recuerdos. Me fui con lo justo.

Andando de aquí para allá y en los viejos subterráneos, que ya no funcionan, nos escondemos unos cuantos, allí no bajan los soldados opresores, está lleno de ratas, de inmundicia, para qué van a bajar.

¿Si tuve temor de que me mataran? No, no tengo apego, no. No tengo apego, no, no, no. Siento ira porque es injusto. Supongamos que acaban con toda la resistencia, ¿qué queda?, un mundo destruido, las ciudades bombardeadas, un régimen totalitario... ¿pero para mandar a quién?, ¿a quién? si ya no hay pueblo.

 

He visto conocidos pisar minas y explotar en el aire. ¿Si lloraba? No, no me quedan lágrimas. Mi cabello parece paja, mi ropa sucia, pero está bien, así no llamo la atención. Mi cara tiznada toda de hollín, parezco mucho más grande de lo que soy. Todas las noches me acuerdo de mi esposo y de mi hijo.

Pero de lo que más tengo miedo es de esas luces en el cielo, que es como si fuera una aurora boreal, hay como una especie de magnetismo raro.

La vez pasada, una de las cuevas del subte, abandonada por supuesto, se escuchaba como un chirrido, como si fuera una interferencia de una radio, pero era electroestática, y a lo lejos había una luz; todos corrieron para el otro lado, mujeres y niños, aquellos que comían las sobras de la comida porque no teníamos ni para comer, competíamos con las ratas por la comida. Y cuando fui para el lado de la luz se desvaneció, pero siempre por ese lado del túnel hay como electroestática y no se puede pasar porque hubo como un derrumbe.

 

Recuerdo que esa noche me estaba por ir ya para el otro lado porque esa electroestática me erizaba los cabellos del brazo, y apareció la luz, se veía como... no era como un círculo, como un portal. Había algunos conmigo que se fueron corriendo de pánico.

¿Qué tengo que perder, la vida? Yo creo que tenemos un alma que nos guía y que tuvimos varias vidas.

Entonces fui para esa luz. Me gritaba "Oriana, Oriana, no vayas". ¿Por qué no voy a ir?, ¿por qué? Y fui. Y fui.

Sentía como una electricidad en mis manos, pero avancé. Sentí como un tremendo vértigo, todo me daba vueltas, caí como desvanecida. Después abrí los ojos. ¿Qué es esto? Parece un parque. ¿Dónde están los tanques?

Estaba nublado. ¿Cómo el cielo estrellado? Olor a perfume, a plantas. No hay ruido de aviones. ¿Qué pasó?

Me desmayé y me llevaron. Pero esto no es un campo de concentración.

 

Ya estaba casi amaneciendo y venía un señor muy bien vestido. Tenía un aparato en la mano.

-¡Señor! -Me mira.

-¿Qué te ha pasado?

-¡La guerra, me ha pasado!

-¿Qué guerra? ¿De dónde vienes?

-¿Cómo de dónde vengo?, no hay un lugar que no se conozca la guerra.

-Insisto, ¿qué guerra? -El hombre me miró y yo me acerqué a él.

-¡Elmo! -El hombre se asombró:

-¿Cómo sabe mi nombre?

-¡Cómo te escapaste!

-¿Escaparme de dónde? -dijo el hombre.

-Pensé que estabas muerto, te habían atrapado en un campo de concentración. Eres mi vecino. Soy Oriana. -El hombre retrocedió.

-No, no, no, tú estás muerta.

-No, no, me dieron por muerta, no estoy muerta. Mi esposo mi hijo están muertos.

-Tu esposo y tu hijo están bien. Tú te enfermaste, tenías una enfermedad terminal, no hubo nada que hacer. Acércate a la luz. -Ya estaba amaneciendo, pero todavía estaban los faroles encendidos-. ¿Qué te pasó?, estás toda tiznada de oscuro. -Había una pequeña fuente que salía agua, me enjuagué la cara.

-Soy yo.

-No, estás muerta.

-No estoy muerta. ¡Pero cómo dices...! ¡Estás bien vestido! ¡Te has pasado con los traidores, te has pasado a ellos! ¡Eres un soplón, nos has vendido a todos! ¡No tengo ningún arma conmigo si no acababa contigo!

-¿Qué arma?, ¿de qué hablas? No hay guerra.

-¿Dónde estamos?

-Dónde vamos a estar, en Ciudad Central.

-Pero fuera del parque está lleno de edificios, Ciudad Central fue bombardeada. Me estoy volviendo loca. Me dieron una droga, me hacen ver cosas, ¿no?

-No, Oriana. Algo está pasando contigo, de verdad que creía que estabas muerta.

-Nunca estuve enferma, lo que tengo son esquirlas en las piernas.

-¿Te llevo al sanatorio central?

-Fue bombardeado.

-Tienes un problema, mujer, queda a pocas calles de aquí.

 

Qué tenía que perder. Lo acompañé. Apenas los médicos me vieron me acostaron en una camilla, me pusieron unos cinturones de seguridad -"Esto es una trampa, me atan"-, y me durmieron. Me durmieron, me dieron una inyección y me durmieron. Cuando abrí los ojos estaba en una habitación inmaculada, pintada de un color verde claro, el techo blanco. Un holovisor.

En ese momento entró Elmo.

-¿Qué me han hecho?

-Te han operado.

-¿Operado?

-Te han sacado las esquirlas, te han cerrado las heridas con el microláser.

-No siento ningún dolor.

-Te han reparado tejidos, parte del hueso de la rodilla izquierda. Te han puesto algo sintético. Mañana ya vas a poder estar de pie.

-Tengo puesto un suero, este suero me hace imaginar cosas.

-No mujer. Han investigado tus huellas dactilares, eres Oriana. Pero no puede ser, Oriana está muerta. Ya avisaron a tu esposo y a tu hijo.

-¡No juegues conmigo!, ¡no juegues conmigo! Los mataron los soldados... ¡No juegues conmigo!

-No sé, mujer, de qué soldados hablas.

-¿Esto es Cuidad Central? ¿Estamos en Ran II?

-Sí, dónde vamos a estar. Pero ¿cómo apareciste en ese parque?

-Estábamos escondidos en un viejo túnel que antes había sido un subterráneo y de repente había una electroestática, que ya hace mucho tiempo que en el cielo se veía como auroras boreales, y atravesé como una especie de luz. ¿Estoy en otro mundo? ¿No hay guerra?

-No, mujer, no hay guerra, no hay nada. Hace muchos muchos años atrás hubo una amenaza, pero no, no hay guerra. -Se abrió la puerta de la habitación.

-¡Mamá! -Mi esposo y mi hijo. Mi hijo se acercó a abrazarme, mi esposo no. Me miraba de lejos, me miraba con una cara de sorpresa o miedo o rechazo.

-¿Quién eres?

-Oriana.

-Mi mujer murió. -Elmo habló con él, le dijo:

-Las huellas dicen que es ella. Pero contó una cosa extraña, que atravesó una luz, que estaba en un mundo en guerra. -Mi hijo me miró, secándose las lágrimas.

-Entonces tú eres mi mamá, pero no eres mi mamá. -Me encogí de hombros.

-Mi mundo estaba en guerra, aparentemente ahora estoy en otro mundo. No entiendo, no me cabe en la cabeza, no entiendo. O sea, que aquí en este mundo yo estoy muerta y vosotros en mi mundo estáis muertos. -El que supuestamente era el doble de mi esposo estaba muy reacio.

-Esto lo tengo que asimilar. -Mi hijo se acercó a él y le dijo:

-Que venga a casa con nosotros.

-No, no la conocemos.

-¡Pero es igual a mamá, es mamá!

-No, tiene otra vivencia, otras cosas. Viene de algún lado que ya nos van a explicar, las autoridades nos lo van a explicar. -Me sentía dolida, me sentía como molesta por el rechazo del que era el doble de mi esposo. Al fin y al cabo yo era una víctima.

 

Me trajeron un espejo y me miré: Impecable. Me habían higienizado, me habían bañado. Me olía las manos, tenía las manos con un olor a jabón perfumado. Ya no me dolían las piernas, ya no me dolía el cuerpo. Pero tenía mucho para asimilar. ¿Si sentía alegría? No era mi hijo, no era mi esposo, pero eran ellos. El que supuestamente era el doble de mi hijo me aceptaba, mi esposo es como que... En el fondo tenía razón, yo no conocía la vida de ellos, no se habían criado en ninguna guerra, no sabían lo que era. Y en realidad no me conocían a mí, su Oriana estaba muerta por una enfermedad terminal.

 

Este Elmo era un hombre de bien, el otro quizá murió en un campo de concentración.

Se me había ido el dolor de las piernas y del costado, pero tenía otro dolor más intenso, el dolor de no tener un lugar de pertenencia, el dolor de no saber... el dolor de no saber qué hacer.

 

Gracias por ahora por escucharme.