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Psicoauditación - Lito S.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 17/10/2017

Sesión 12/12/2017

Sesión 26/04/2018

 


Sesión del 17/10/2017

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

La entidad relata que en Umbro era el consejero del rey, un rey indolente que tenía descuidados sus deberes. Todo estaba dejado, desde el palacio hasta la guardia, y decidió poner orden. Pero tenía inseguridades.

Sesión en MP3 (3.012 KB)

 

Entidad: A veces no te explicas cómo -en un idioma sencillo se dice sin comerla y sin beberla-, te encuentras con un problema que no esperabas. O no, o a veces te encuentras con algo majestuoso, algo impensado.

 

Mi nombre era Demetrio. Era un noble en la zona de Umbro, una zona rodeada de distintos palacios, castillos, fortificaciones y ahora me encontraba nada menos que comandando el castillo Alcázar, ¡je! un castillo que tenía una gigantesca feria feudal, muros interiores y muros externos, con muchísimas torres de vigilancia para evitar ataques de bárbaros.

Yo era de origen humilde, esto de noble, de tener títulos, jerarquía, fue todo una argucia, una licencia que me dieron. De chico me había criado con Faustino, pero Faustino no era alguien más, Faustino era el príncipe, el heredero de la corona, y de adolescente ya fue rey. Yo lo pasaba bien, incluso me jerarquizó mi título nobiliario por ser amigo del rey. Su amada Alisa se me quejaba. Yo la espantaba, ¡ja, ja!

Le decía:

-Mira, no me vengas con problemas porque Faustino es mi amigo, mi hermano.

Alisa me decía:

-No lo estoy criticando como pareja, sé que me ama, yo tengo un afecto tremendo por él, pero lo veo tan inactivo, tan pasivo, tan... nada.

 

Quizá yo estaba cegado por el afecto que sentía por mi amigo, mi hermano el rey, pero es cierto, la tropa estaba en el patio de armas bebiendo, como decís vosotros "criando panza", no había guardias en las torres, estoy seguro que llegaba a venir una horda de afuera y tiraban sus armas y salían corriendo los soldados. El propio Faustino se sentaba en su trono bebiendo bebida espumante de mañana, de tarde, de noche. Claro, hasta la propia Alisa le decía "Vamos a los aposentos" y cuando llegaba al salón del trono lo encontraba dormido en el trono con la corona caída a un costado.

Quizá mi error fue ser demasiado condescendiente, ¿no? A ver, cómo lo explico. No me atrevía a decirle nada. Mi conducta era levantarme al amanecer, ir al patio de armas y entrenar, entrenar, entrenar, movimiento de espada, de cuerpo, de piernas y luego trotaba por el mismo patio de armas. Terminaba de hacer el ejercicio recién, algunos soldados se levantaban y me decían:

-Señor Demetrio, ¿cómo levantado tan temprano?

Yo no me metía con los soldados, bromeaba con ellos.

-Si fuera holgazán como vosotros ya me habrían comido los bichos.

 

No se enojaban conmigo por dos razones: primero porque no tenían carácter para enojarse y sabían que yo bromeaba, y segundo porque alguna vez algún soldado se retobó, se puso mal conmigo y le pegué en la frente con mi espada de plano y lo dejé medio día dormido, y nadie más se atrevía a discutirme.

¿Quién era el consejero del rey? Yo. Me preguntaba cosas. Pensaréis "Bien, ¿por qué no has aprovechado en ese momento para decirle lo que estaba bien y lo que estaba mal?". En realidad lo que estaba bien no era nada, todo estaba mal, hasta el propio castillo estaba mal. Los castillos no son como los que escucháis en vuestros cuentos infantiles; también se precisan albañiles, constructores, había paredes que se caían a pedazos.

Sí alguna vez le dije a Faustino:

-Mi miedo es que se caiga parte del techo de esta galería sobre tu cabeza.

-¡Ah! Ya lo repararan -me respondía-. Eres muy meticuloso Demetrio, muy meticuloso.

 

Pero pasó el tiempo. Pasó el tiempo, la cosa seguía mal. Los soldados iban a la taberna a beber, algunos se desafiaban, alguno terminaba herido o muerto.

Hasta que finalmente me cansé y puse orden. Fui a la taberna y les dije:

-Necesito que vayan al patio de armas. -No se levantó ninguno.

Corté por lo sano:

-¿Quién es el mandamás aquí?

Un soldado bastante grande, me llevaba incluso a mí media cabeza, que yo me considero alto:

-Yo -dijo.

Le chorreaba por la barba bebida espumante. Me acerqué a él, le di una bofetada de revés tan grande que lo tambaleé pero no cayó y me miró desafiante. Lo siguiente fue un puntapié en su entrepierna, se agachó del dolor. Un rodillazo en el rostro, prácticamente le partí la nariz, chorreaba sangre por su rostro. Me miraron todos.

-¡Afuera, al patio de armas! -Si vencía al más grande todos sabían lo que les esperaba. Algunos tambaleantes, ebrios se fueron al patio de armas.

Algunos se quejaron:

-Está lloviendo fuerte.

-Perfecto, perfecto. -Lo levanté al grandote de los pelos.

Había una tal Herminia.

-Sé que tú sabes de enfermería, venda a éste, cúralo, no sé, párale la hemorragia.

 

Lo cargaron entre cuatro y lo llevaron. No había enfermería, había un cuarto detrás del patio de armas. Quedaros tranquilos, sobrevivió y nunca más discutió conmigo. El resto de los soldados, que no eran tantos, los dejé en el patio bajo la lluvia. Se quejaban.

Qué hacemos, ¿ejercicio?

-¿Ejercicio? Apenas podéis levantar vuestra espada, Os quedaréis ahí hasta cuando el sol baje.

-¿Pero no vamos a almorzar?

-No. -Yo sí fui a almorzar.

El rey Faustino me preguntó:

-¿Qué hacen ahí parados?

-Los estoy entrenando.

-¿A qué, a ser estatuas? -y lanzó una carcajada. No me reí. No era obsecuente, no tenía porque festejar los chistes estúpidos del rey.

 

Al día siguiente ya no llovía, pero los levanté apenas amaneció y los dejé parados a todos en el patio de armas, incluso al grandote que ya estaba recuperado, pero no me miró con resentimiento. Los puse alineados, que miraran para mi lado y me puse a hacer ejercicios con mi espada, con mi cuerpo, movimientos defensivos, ofensivos. Al tercer día lo mismo, al cuarto, al quinto, al sexto. Ya no iban más a beber a la cantina. Un día llovió más fuerte todavía que el primer día, parados bajo la lluvia, yo adelante haciendo ejercicios. Hasta que uno de los soldados dijo:

-¿Podemos hacer lo que hace tú? -Me paré(levanté).

-Y los demás, ¿qué decís? -asintieron con la cabeza-. Bien.

 

Les puse a todos a hacer ejercicios. Les costaba horrores, apenas podían levantar su pesada espada. Y así diez días, veinte, treinta, cuarenta. Hasta que pasaron ciento ochenta días y ya podía decir que estaban medianamente entrenados, medianamente entrenados.

Le fui a contar al rey la buena nueva. Estaba dormido, había un vómito a su costado y del otro lado una jarra vacía de bebida espumante. La busqué a Alisa, su pareja, estaba en la cocina con la obesa jefa de cocina, llorando.

-Sé que hay cosas que no puedo contarte, Demetrio -me dijo Alisa-, pero desde hace prácticamente un verano entero que Faustino no viene a mi alcoba.

-Alisa, eso son cosas que no tengo por qué saberlas, Faustino es mi amigo, mi hermano.

 

¡Qué amigo, qué hermano!, la ruina de lo que queda. Hasta que finalmente presionado -no por Alisa, no por los soldados, jamás se atreverían a decirme nada-, presionado por las circunstancias de que verdaderamente podía venir una horda a atacarnos y los soldados aún no estaban preparados. Aparte, ¿quién era yo?, el jefe instructor.

Le dije al rey:

-Mira, estás descuidando tu cuerpo, tu interior, tu alma. ¿Quieres destruirte? Allá tú, pero estás descuidando el palacio, la tropa.

Me contestó entre balbuceos incoherentes.

-No pasa nada, está todo bien, hay paz, hay prosperidad, tienen comida.

 

La propia feria feudal era una anarquía, algunos cobraban de más, se aprovechaban de algunos más pobres hasta que finalmente mandé la tropa y puse orden en la feria feudal. Hacía muchísimo tiempo, pero muchísimo tiempo que no pagaban sus impuestos, les hice pagar sus impuestos. Me enteré que de atrás me decían tirano, sin embargo estaban mucho más prósperos que la temporada pasada porque si bien pagaban sus impuestos mandé albañiles a que remodelaran la feria, sus puestos. Pero era inútil, el propio rey contagiaba su desidia porque lo veían. Un día fui con cien soldados de excursión por los alrededores porque se sospechaba que podía venir un ataque, pero no, era infundado, pero a muchísimas, muchísimas líneas de distancia había una especie de monte, estaba más o menos a mil metros, mil líneas sobre el nivel del mar y vimos una fortificación. Entramos, estaba vacía.

Uno de los soldados me dice:

-Jefe Demetrio.

-¿Qué sucede?

-¿Sabe qué es este lugar?, está encantado, hay una maldición sobre él, el que entre morirá.

-¿Crees en estas estupideces?

-Creo en aquel que está más allá de las estrellas.

-Está bien -dije-, ¿y eso qué tiene que ver con maldiciones?, eso son leyendas, estupideces.

-Pero señor, es el castillo Alcázar, está endemoniado.

-¿Crees en demonios?

-Pero señor, ¿acaso no hay vampirs en la zona noroeste?

-No son demonios, los demonios no existen -argumenté.

 

Me gustó el castillo. Estaba abandonado, pero en excelentes condiciones, incluso hasta la paredes pintadas con revoque nuevo. Habían pasado las temporadas y estaba incólume, impecable.

Volvimos. Le dije al rey Faustino:

-No puedes seguir así.

-Te dejo al mando, haz lo que desees con la tropa, con el castillo, con lo que quieras -me dijo Faustino.

-Pero no pasa por ahí, tú eres el rey, tú eres el monarca. A veces los soldados se me quejan:

-Para qué nos haces entrenar si nuestro rey está abandonado a sí mismo.

Los retaba, les decía:

-Ustedes son los soldados, el rey no tiene obligación.

Me respondían:

-Con todo respeto, señor Demetrio, pero el rey tiene obligación de mostrarse como un monarca.

 

No es que la tropa se me rebelara pero quejas, quejas, quejas día tras día. Lo mismo que en la zona feudal.

Les decía a los comerciantes:

-Están mejor que nunca. ¿Qué quieren?

-Sentimos que la monarquía es débil, que puede caer en cualquier momento.

-¿Y quién va a dar un golpe? Nadie tiene más poder que yo, y yo lo respeto a Faustino. -Pero no estaban conformes.

 

Por segunda vez fui a visitar el castillo Alcázar con la tropa y nos acompañaron cerca de cincuenta comerciantes que quedaron deslumbrados por el patio feudal que tenía, los muros externos, los muros internos. Y uno me dijo:

-¡Esto es un paraíso!

Y se corrió la voz en el castillo, y me pidieron por favor si podían trasladarse al castillo Alcázar. Se lo dije a Faustino.

-Me están dejando, me están traicionando, me dejan solo, ¡cuervos! -Se puso a gritar, a vociferar hasta que cayó rendido a los pies del trono, ebrio.

 

Y preparé para el día siguiente la marcha. Los soldados con sus hoyumans, la feria feudal se desmontó, llevaron en más de un centenar de mulenas, carretas toda la mercadería y marchamos en más de medio día de marcha hacia el castillo Alcázar.

Al día siguiente volví. Estaba Faustino, no había nadie ni en la cocina, ni en ningún lado.

-Ven, mi rey, ven con nosotros.

-Me han traicionado. Tú, tú, hermano, me has clavado un puñal por la espalda.

-Ven con nosotros.

-Tú, tú, hermano, me has traicionado, te has llevado mi tropa, a mi gente. ¿Dónde está Alisa?

-Alisa vino con nosotros.

-Hasta en eso me has traicionado, ahora te acuestas con mi mujer.

Me puse rojo de ira. Lo tomé del cuello.

-Ella vino porque tú, tú no representas nada para ella. Pero no, no tiene nada que ver conmigo, yo no caigo bajo ni soy presa de pasiones ni de vicios como tú.

-Sí, se lo dije, se lo tenía que decir-. ¿Sabes dónde queda el castillo Alcázar? Puedes venir, te esperamos.

 

Y me marché, monté mi hoyuman y me fui al paso dejando atrás a Faustino, su decadencia, su dejadez. No quería ese ejemplo para mi vida ni para los soldados ni para los comerciantes de la feria feudal. ¿Qué tenía mucho que aprender todavía? ¡Bufff! La infinidad de conflictos que tenía dentro mío era impresionante, los soldados me veían seguro, fuerte, firme, hábil, diestro con la espada, pero mis inseguridades estaban tan, tan, tan ocultas que ni el mejor observador se daría cuenta, sólo yo, y a veces combatir las inseguridades es más duro que combatir contra los bárbaros del norte. Y sé porque lo digo.

 

Gracias, por escucharme.

 

 

 


Sesión del 12/12/2017

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

Comandaba el ejército del rey y el castillo que había recuperado para él, pero el rey estaba dejado de sí mismo y convencido de que lo traicionaba. La entidad comenta que tendría que enfrentarse a su mejor amigo, casi hermano. A su rey.

Sesión en MP3 (1.676 KB)

 

Entidad: -¿Quieres algo más, Demetrio? -la miré a Alisa.

-No, no quiero nada más, puedes irte.

 

Estaba descontento, no me sentía bien, algo pasaba dentro mío que no me dejaba disfrutar de las cosas. La gente que me rodeaba me seguía incondicionalmente. Había organizado guardias, hacíamos orden cerrado, la mitad de la tropa practicaba por la mañana, la mitad por la tarde. A veces participaba de los entrenamientos.

Había varios que eran muy buenos con la espada, yo entrenaba a los más lentos, evitaba enfrentarme con los mejores por temor de que me vencieran. Y entre la gente salvaje, a pesar de que la gente que me rodeaba era un poquito instruida pero salvaje al fin, no mandaba el que tenía títulos de nobleza, mandaba el que mejor sabía combatir. Ante mi tropa tenía fama de ser muy bueno pero yo sabía que en el fondo había varios que eran mejores que yo. No demostraba temor ante nadie, mi rostro era impenetrable y evitaba que me leyeran el rostro, que me leyeran mis inseguridades, que me leyeran mis dudas.

 

Al comienzo me había hecho amigo de todos, brindábamos juntos por la noche, bebíamos. Con el tiempo fui tomando distancia mostrándome como monarca, como lo que era.

Una tarde la encontré, a Alisa, llorando.

-¿Qué sucede mujer?

-Estoy pensando en Faustino -me dijo la joven.

-Tú sabes lo que pasó, se empezó a dejar estar, se hundió en la bebida, no se ocupaba de nada, un castillo tan esplendoroso y lo dejó caer.

Muchas veces le dije -En la parte feudal hay gente que por poquitos metales arreglarían todo, acondicionarían paredes, ventanas-, pero no, y me fui dando cuenta que las arcas del castillo se iban quedando vacías. La feria feudal prácticamente estaba desapareciendo, no había quien pagara los tributos y no permitía que otros se metieran. Y tú sabes, Alisa, que por eso nos fuimos y la gente me siguió. Y tú sabes también que eso no es una traición, es sobrevivir. Ahí nos hubiéramos hundido todos, todos. Por eso vinimos aquí al casillo Alcázar. La gente está más organizada, los de la feria feudal se vinieron con nosotros, se instalaron aquí. Está todo más equitativo, me dan una parte de sus ventas pero los dejo trabajar tranquilos. Los soldados no se meten con la gente. Es verdad que a veces reciben mercadería gratis para que no les molesten, yo hago la vista gorda, los dejo hacer, lo que no quiero son episodios de violencia con la gente civil, y no la hay. Si lloras por la soledad en que quedó Faustino, es su culpa, no la nuestra.

Ella me dijo:

-Lo entiendo perfectamente, Demetrio, pero sé que en algún momento se repondrá y querrá vengarse.

-¿Con qué gente?, quedó solo en un castillo en ruinas por su propia desidia hundido en el alcohol, con qué gente va a asaltar nuestra fortaleza.

-Y si viniera, ¿qué? -me dijo la joven.

-Le daría la oportunidad de pactar, pero si así no lo hiciese me vería obligado a... bueno, a frenarlo hiriéndolo o quitándole la vida.

-¿Y la amistad que había? -preguntó la joven.

-No fui yo el que la destruyó.

-Pero nosotros lo abandonamos -insistió la joven.

-No, Alisa él se abandonó, él dejó caer el castillo, la feria feudal, todo. Nosotros intentamos sobrevivir y nos instalamos aquí. ¿Que lo dejamos solo? No éramos esclavos. Tampoco le quitamos la gente, los soldados y los civiles de la feria feudal vinieron con nosotros porque había más expectativa de futuro. Nadie le quitó nada a nadie.

-¿Y si viene?

-Será bien recibido. Ahora, si su intención es la venganza será recibido de otra manera, no debemos ser permisivos con el error.

La joven me dijo con desdén:

-Acaso, Demetrio, ¿acaso tú nunca te has equivocado?

-Sí, miles de veces.

-Recuerdo cuando saliste con esa viuda, que le diste esperanzas y luego la abandonaste.

La miré y le dije:

-¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué querías que hiciera?, ella se ofreció a estar conmigo, nunca le di esperanzas, nunca le dije que éramos un compromiso estable, yo no me comprometo con nadie.

Alisa me preguntó:

-¿Y yo qué rol cumplo aquí?

-¿Rol? Estás aquí, eras la pareja de Faustino.

-Faustino debe pensar que eres mi amante.

-Y por las dudas te digo, mujer, que a mí no me interesan los compromisos, ya bastante se me ofrecen las mujeres de la feria feudal.

-Eres un cínico.

-Sí, pero no hago mal a nadie. Todos saben mi fin, qué es lo que busco. No prometo lo que no voy a cumplir. Si eso es ser cínico... Bueno, pero nadie puede levantar el dedo y señalarme, decirme "Me has mentido o me has prometido tal cosa y no has cumplido". Nadie. ¿O sí?

-No -negó la mujer-, es cierto. -Alisa dio media vuelta y se marchó.

Sentí un dolor en el pecho como... no de angustia, quizá de ansiedad. No me gustaba estar así.

 

Llamé al jefe de la guarnición.

-Demetrio...

-Mira, busca a los dos mejores exploradores, que vayan hasta el castillo en ruinas de Faustino, a ver qué novedades, qué pasó.

-No es demasiado esfuerzo, debe estar bebiendo y borracho como una cuba.

-Hazme caso.

-Lo haré.

 

Tres amaneceres después volvieron los dos espías, le dieron el parte al jefe de la guarnición que a su vez me lo dio a mí.

-No está solo, Faustino, está con unos bárbaros. Son más de cien.

-¡Aja! ¿Y qué hacen?

-Practican.

-¿Son peligrosos?

-No, Demetrio, son vagos, si se animaran a atacarnos los venceríamos en menos de medio amanecer.

-Está bien, puedes retirarte.

 

¡Ay! Faustino, Faustino, espero que no te atrevas a atacarme, no tendré piedad. No tengo piedad para la estupidez, no tengo piedad para el sentimentalismo, no tengo piedad con las estúpidas emociones. Espero que no vengas porque va a ser una masacre y no tendré piedad.

 

Gracias por escuchar.

 

 

 


Sesión del 26/04/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

Una inminente batalla se preparaba y visitó a su amigo, un rey hundido en sí mismo, por si quería unirse, como él, a un gran señor que en realidad era el invasor.

Sesión en MP3 (2.814 KB)