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Psicoauditación - Lupita

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 26/08/2015

Sesión del 10/09/2015


Sesión 26/08/2015
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lupita

Aunque la vida y las personas la respetaron pudo ser feliz a pesar de no tener descendencia. Quedó con engramas de soledad por no poder canalizar su amor pero lo encaminó a la enseñanza de niños dedicando todos sus bienes a una escuela.

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Entidad: Es muy difícil no tener engramas, es muy difícil no tener roles del ego en el plano físico por apegos, por sufrimiento.

 

Mi nombre era Juana Manuela pero me llamaban por el segundo nombre, Manuela. Había nacido en la naciente Argentina, que antes era el Virreinato del Río de la Plata, en la provincia que hoy se conoce Santa Fe. Papá trabajaba en la tierra, tenía un hermano, Domingo, le decían Dominguito. Había muerto en una de tantas batallas posteriores a la Independencia, porque allá no eran batallas contra el reino, eran batallas intestinas entre unitarios y federales donde también intervenía la República Oriental, lo que hoy se conoce directamente Uruguay.

 

Mi hermano había muerto. Mamá estaba muy inestable de la cabeza, lo que hoy se conoce como problema psiquiátrico. Y papá ausente de la vida real labrando la tierra, ganando miserias.

De joven ya sabía leer y escribir, algo raro en la mujer de esa época, muchos niños venían a casa y yo les enseñaba. Recuerdo que una señora, Isabel, adinerada me decía:

-Vos tienes futuro, mi hija. Vente para los Buenos Aires. Yo le decía:

-¿Y papá?

-Tu padre no te registra, mi hija.

-¿Cómo no me registra? No entiendo.

-Tu padre está en su mundo, mi hija.

 

Por gratitud o por lo que sea quería quedarme con padre pero a los pocos meses Dios se lo llevó y aproveché y me fui con la familia de la señora Isabel para los Buenos Aires.

Cuando llegué vi qué grande era esto, la Plaza Mayor. Vi que en el centro eran todas las calles empedradas, todas de adoquines, no había calles de tierra. Me quedé absorta, asombrada de ver la enorme mansión que tenía la familia de Isabel, Isabel del Pilar. Un barrio donde estaba el cementerio de los Recoletos. Había leyendas pero yo no era de las jóvenes asustadizas y empecé a enseñar a niños de los Buenos Aires a leer y a escribir pero a diferencia de donde nací, me pagaban.

La señora Isabel tenía un altillo donde me daba vivienda. Su esposo era algo así como abogado y tenían un hijo, lo habían tenido de grandes, el niño tenía 15 para 16, muy respetuoso el mocito. Y tenían dos mucamas, o sea, no me permitían que yo hiciera nada pero no sabía cómo agradecerles. Me sentía incómoda.

 

Cuando lo conocí a Manuel, Manuel del Valle Quintana, también era de familia rica, quizá más que los del Pilar, abogado como el señor, el esposo de la señora Isabel. Y empezamos a vernos, a relacionarnos.

Y le decía:

-Pero, usted siendo tan mocito, abogado.

-Estudié de joven, Juana.

-No, no, me dicen Manuela.

-Pero resulta raro porque yo me llamo Manuel.

Y nos reíamos.

 

A diferencia de otras familias era muy abierta mentalmente la familia de Manuel. Yo era pobre y no se opusieron a nuestra relación y empezamos a salir.

A los veintiún años me casé, la señora Isabel y el señor salieron de testigos. Me sentí dichosa, él era un hombre amoroso. Habían pasado dos años de nuestra boda y me sentía como rara porque aún no le había podido dar hijos. Yo veía que él a veces en pleno Junio, Julio, Agosto, que hacía un frío tremendo y una humedad tremenda en los Buenos Aires, tosía, tosía. Un día le veo el pañuelo con sangre. Los médicos le dijeron que no, que no era tuberculosis ni nada de eso pero lo veía como débil, como endeble. Había perdido muchos clientes porque faltaba bastante a su despacho que tenía cerca de la Plaza Mayor. Incluso yo ya casi no enseñaba a los niños porque vivía pendiente de Manuel cuidándolo. Sentía como que era un castigo divino por haber dejado a padre, pero a padre en realidad no lo dejé, a él se lo llevo Diosito y yo por eso me vine para los Buenos Aires pero en mi mente estaba la idea de venirme igual. A mí misma no me podía engañar y a Diosito tampoco, pero si era un castigo de Diosito tenía que ser conmigo no con el Manuel, el Manuel era casi un Santo.

 

Un año más tarde Diosito se lo llevó, los médicos impotentes porque no sabían. A la medicina del siglo XIX le faltaba todavía como para poder ayudar a un cristiano a salir adelante de sus problemas de salud. Y quedé viuda jovencita y sin hijos.

Teníamos una casa linda. Mi suegra me dice:

-Tuya, mi hija, haz lo que quieras.

 

Y adelante. Como era tan grande puse una escuela y ya que no tenía hijos, enseñaba a los hijos ajenos. Veía permanentemente a la señora Isabel y tenía algunas amigas pero vaya a saber por qué razón tenía ese engrama de soledad, ese engrama de que no todo el mundo me entendía mi forma de ser. Yo iba a la Iglesia, la señora Isabel era muy pero muy católica. Pero no me confesaba, yo no tenía pensamientos malos, ¿de qué me iba a confesar? Aparte, era como un poco reacia, como que mucho... ¿Por qué al Padrecito Joaquín yo le tenía que contar mis cosas?

 

Y pasaba tiempo con los niños, les enseñaba. Con algo de plata me compraba algunos libros y leía bastante la historia europea.

Y seguía habiendo conflictos tanto en los Buenos Aires como en las provincias, luchas internas, muertes, era algo que te dejaba mal, mal. No sé si tenía lo que hoy llaman roles del ego porque no era mezquina, no era pedante, tampoco era tímida, no quería acaparar, tampoco llamar la atención, tampoco pasar desapercibida. Era un término medio, lo que se dice, ¿no? Pero por las noches, por las tardecitas, cuando ya empezaba a oscurecer, más en las noches de invierno, las noches de julio, las lluvias de agosto, ¡oh!, me carcomía por dentro las entrañas esa soledad, esa angustia. Ya no salía a la calle, ya me quedaba dentro. Prendía un par de faroles para iluminar la casa y me comía un potaje de lentejas, un guiso de arveja y ya con eso me dormía hasta el día siguiente. Antes de tener los ojos abiertos me levantaba, me aseaba, calentaba agua caliente la ponía en la palangana y me aseaba bien, luego tiraba el agua sucia de la palangana en la parte de atrás. Como tenía un pequeño terrenito atrás, me había comprado unas gallinas, no dejaba de ser una compañía.

 

¡Ah, la soledad! Eso fue lo que más me marcó adentro, como desgarrándome las entrañas, el engrama de no encontrarme a mí misma pero seguí dándole todo el amor a los niños. ¡Ah! Eso era algo hermoso, lo mejor de mi vida. Y luego sí, mi mente como que empezó a soñar, a cambiar, extrañaba una pareja. Tenía pensamientos distintos, por así llamarlo, y bueno, pero no.

 

Alguna vez, la que era mi suegra me dijo:

-Vamos mi hija, eres joven todavía, has sido una buena esposa. Eres viuda, nadie te va a decir nada. La que hable que se cosa la boca. Hay mujeres amargadas que se fijan en los demás.

 

Había tenido suerte. La que era mi suegra, María, tenía una mente tan amplia como la de la señora Isabel. Comprensiva. No puedo quejarme de eso.

 

Y no eran solamente las noches, a la tardecita, cuando los chicos se iban, que el sol iba bajando. Y en verano no era mejor. A veces salía, había un pequeño teatro. Las amigas de cuando yo era joven estaban todas casadas, o sea, cada una con sus niños. No me llamaban tampoco para sus reuniones.

 

Una vez escuché a una que se llamaba Mariquita que decía:

-A ver si esta Manuelita nos quita el marido.

 

Me sentí como traicionada, ¿cómo iba a hacer eso? Jamás me iba a fijar con un hombre ocupado. ¡Qué mala gente! Pensar que de chicas éramos tan amigas, tan recibidas. Tan bien recibidas cuando llegué a los Buenos Aires y ahora se hacían las pitucas, las que no te miraban, las que no te hacían caso.

 

Esa fue mi vida en los Buenos Aires. Feliz porque cientos y cientos de chicos fueron luego grandes doctores, grandes ingenieros, hombres de fe, leales porque no solamente les había enseñado a leer y a escribir sino a ser mejores personas. Hice buenas obras, no transcendí, fui simplemente Juana Manuela pero muchas familias de esos chicos que después fueron hombres dijeron:

-Estos hombres de hoy están bien educados por esa señora.

 

Viví bastante para la época, fallecí a los sesenta y cinco años. Hice un testamento en el notario dejando todos mis bienes y que toda la casa sea una gran escuela que hasta el día de hoy es tal.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 10/09/2015
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lupita

En tiempos del imperio romano fue vendida varias veces y su condición llegó a ser como menos que esclava, como objeto. Quedó con engramas, condicionamientos y complejos. La psicointegración y la fortaleza de la entidad le han permitido descargar mucho de lo sufrido en esa vida donde no encontró quien la apreciara por ella misma.

Sesión en MP3 (2.171 KB)

 

Entidad: Creo que muchas veces intenté tomar decisiones, equivocadas o no, pero que me han ocasionado lo que hoy llamáis complejo de culpa. Pero en cada vida es como que mi rol se sintió empujado al error, a los problemas, a los obstáculos, a las indecisiones, a los malos resultados.

 

Hace poco más de dos mil años nací en España, en la zona que se conoce como llerda, que hoy pertenece a Barcelona, una zona que en Roma se conocía como Tarraco. Mis padres siempre fueron sumisos, trataban de quedar bien con todos y con todo. Primero marchamos hacia la Galia, a la zona sur que en aquella época se conocía como Aquitania. Luego llegamos a la zona de los Alpes, a un pueblito perdido, cerca de un río, que se llamaba Lugdunum. No nos quedamos mucho tiempo allí, marchamos al este, a otro pueblo que se llama Mediolanum, que quedaba al norte de la tierra de Italia.

Recuerdo que nos quedamos allí, en Mediolanum. El poder de Roma se seguía extendiendo de un lado a otro.

 

Había un comendador, Lacio. Le preguntó a mi padre:

-Hombre, ¿cómo se llama tu hija?

-Noreiya.

-¡Ah!, Noreiya, igual que un pueblito en la ciudad de Norecum.

 

No entendía en ese momento que pasaba. Mi padre recibió dos monedas de plata y me empujó hacia el hombre, hacia el comendador, que me llevó con él. Miré hacia atrás con un gesto de piedad, padre y madre bajaron la vista. Me habían vendido no al mejor postor, como decís ahora, al único postor.

Salimos de Mediolanum, fuimos para Quileya. Yo sentía repulsión por ese hombre pero me poseía las veces que quería sin ninguna contemplación. Bajamos por el imperio romano hasta Florentia.

Me sentía como un objeto, no otra cosa. Cada vez el comendador me buscaba menos. Recuerdo que un trasiano, que vivía en la zona de Macedonia, habló con el comendador. Vaya a saber qué transacción hicieron pero me fui con el trasiano, Filippo.

 

Nunca me supe apreciar a mí misma. Supongo que el hombre me consideraría atractiva, interpreté que sí. Me llevó a la zona de Macedonia, a Épirus. Nunca estaba en un mismo lugar, nunca. Me sentía un objeto descartable.

En Épirus estuve un año con este hombre. Sentía deseos contradictorios, pasiones contradictorias, odios, atracción. Filippo no me obligaba, yo lo deseaba. Pero como todo, pasó un tiempo, y un romano, Marcelus, hizo una transacción y me fui con él. Cruzamos el mare ionion en una barca hasta llegar a Brondicium, una aldea tan pequeña, tan pequeña al sur de la península itálica.

 

Mi manera de pensar en ese rol era tan contradictoria, tan contradictoria... Los cambios de amo, de dueño porque no podría decir esposo. Me compraban, me incentivaban, es como que disfrutaba el estar sometida. Recuerdo que un aldeano muy grande pero que había hecho mucho dinero con la pesca, vivía en Caralis en Sardinia, hizo transacción con el romano. Pasamos el mare tirrénicus  y me llevó a Caralis. El hombre era muy mayor, se contentaba con acariciarme. Aquí el problema era yo porque el hombre me trataba muy bien, me alimentaba, me cuidaba pero sus caricias en lugar de calmarme me hacían sentir insatisfecha. Hasta que conocí a su sobrino Beninni, un hombre también pescador de treinta años, muy interesante que no tuvo ningún problema en convencerme de que yaciera con él.

 

Y eso fue mi vida, las caricias con el tío, la intimidad con el sobrino. Al comienzo sentía culpa, luego pensaba "La vida no me debe nada, yo no le debo nada a la vida. No sé si lo que hago está bien o está mal. ¿Acaso juzgo a los que me compraron, que me fueron cambiando como si fuera ganado?". Por momentos sentía odio por todo, por esa vida.

Sabía también que en Roma pasaban cosas más desagradables, los vicios en esa enorme ciudad eran multiplicados por cien comparados con la pequeña aldea de Caralis. Y me quedé viviendo allí hasta que el sobrino de mi amo se casó y se fue al continente. Se fue a vivir a Ancona, al noreste de Roma. Me sentí desamparada, insatisfecha.

 

Dos años más tarde, el que era mi amo murió pero dejó un testamento. Yo no sólo era libre sino dueña de todas las propiedades, que eran mucho más de lo que yo pensaba, era dueña de diez barcazas, patrona de todos los pescadores. No quería tentarme estando con ellos porque buscaba conservar mi lugar. Tal vez algún desconocido que venía de Corsica o de Baleares pero no con ellos.

 

Y así fue mi vida, donde tuve engramas de desamparo amoroso, donde no me contenía dando placeres a mi cuerpo pero no recibía gratificación a mi alma y ese engrama se pegó a mí como brasa ardiendo que me quemaba por dentro, que me provocaba un ardor absolutamente insoportable y un condicionamiento total y absoluto. Estaba en mí vencer esos engramas.

 

Y como esencia suprafísica, como thetán espero haber descargado bastante en este relato donde no encontré quien me apreciara por mi ser, por mi esencia, por mi persona, por quien era yo, por mí.

 

Gracias por escucharme.