Índice

Psicoauditación - Marcela

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 03/12/2021

 


Sesión 03/12/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Marcela (Unda-El)

La entidad vivió en Gaela situaciones de maltrato y humillaciones, y por esa causa somatizó distintos males físicos. A edad avanzada buscó revertir los síntomas que tenía desde décadas con un analista: Lo primero que debía hacer era aumentar su autoestima.

 

Sesión en MP3 (3.537 KB)

 

 

Entidad: Mi nombre es Unda-El, estoy en el plano 3, subnivel 3. En distintas vidas he sufrido mucho. Y no exagero. Como Unda-El he encarnado en distintos mundos.

 

Recuerdo en Gaela. Vivía en Zapata y me dijeron que vaya a Beta, que había médicos que podían tratar mis síntomas. Pero no fui, Beta es un país muy caro y no quise viajar. Finalmente me dijeron que en un país remoto del sur, en Plena, cuya calidad de vida era similar a Zapata, podían atenderme. Y por fin, ya grande, viajé a Ciudad del Plata.

 

No conocía a nadie. Pero bueno, fui al hospital Central y me atendió un médico llamado Gálvez.

-Me dijo:

-Mire, reconozco que tiene bastantes síntomas, pero muchos son psicosomáticos. -Le pedí que, por favor, me explique-. Entiendo que ha pasado por mucho pero no es a mí a quien tiene que contármelo si no a un profesional con el que pueda abrirse y comentar sus problemas.

Me sentí como molesta. Le dije:

-Yo no preciso psiquiatra.

-No -me dijo el doctor Gálvez-, no estoy hablando de psiquiatra, estoy hablando de un analista, un analista muy conocido, llamado Octavio. -Me pasó la dirección del Instituto.

 

Cuando llegué al Instituto me asusté, tremendo edificio de más de treinta pisos, un vestíbulo de entrada enorme, también había médicos y gente muy bien vestida, elegante. Había un hombre grande, de barba, conversando con un joven. Me acerqué a ellos:

-Buenos días, mi nombre es Sara, soy oriunda de Zapata, y lo fui a ver al doctor Gálvez por un montón de síntomas y me recomendó que viniera aquí, a este Instituto, a ver al analista Octavio.

El señor tenía lentes, barba blanca y de muy buena presencia. Me dio la mano:

-Encantado, señora Sara, yo soy el analista Octavio.

Lo miré al joven:

-¿El joven es su hijo?

-No. El joven es un mecenas, él se llama Jorge Clayton, y ayudó a inaugurar este edificio hace dos años atrás.

Me quedé helada, no sabía qué decir. No quise hacer hincapié y no dije más nada. Sólo:

-Bueno, felicitaciones. Nada más quería saber a cuánto sale su consulta. Me siento más cómoda hablando directamente con usted, analista Octavio, no sabía a qué mesa de entrada dirigirme, hay como veinte mesas de entrada para atención al público.

Habló el joven:

-Señora Sara, no se preocupe, el analista Octavio la va a atender sin cargo.

-¿Cómo?

-Está diciendo que viene de Zapata y que la envió Gálvez. El doctor Gálvez es muy amigo mío -dijo el joven Clayton.

-¿Cuándo podría venir?

-¿Tiene tiempo ahora? -preguntó Octavio.

-¡Sí, totalmente! -El joven se despidió.

 

Subí por un elevador al piso doce. Un consultorio pequeño, pero todo con vidrio transparente, entraba el sol por la ventana.

-Póngase cómoda -Me senté en un sillón mullido-, tranquila. ¿Qué le comentó Gálvez?, por favor.

-Bueno...

-Tranquila, tranquila, no hay apuro. -Me encogí de hombros.

-Yo tengo múltiples enfermedades, pero dijo que muchos de mis síntomas son psicosomáticos. Pero no entiendo...

-Claro. El doctor Gálvez dijo que a veces la persona sufre por distintas razones y hay síntomas que surgen. Cuénteme de su vida.

-¡Uf! Soy una persona grande, ya tengo sesenta y cinco años y es la primera vez que viajo a Ciudad del plata, en Plena. Para mí es todo un descubrimiento, estoy lejos de la gente que conozco, de mi entorno familiar, y eso también me crea mucha angustia.

-Pero coménteme, coménteme, por favor.

-Vivo en constante depresión, fueron muchos años de abuso.

-Explíquese, por favor -pidió Octavio.

-Mi esposo me maltrataba. Me maltrataba de hecho, me maltrataba de palabra.

-Siga, por favor. Quédese cómoda, yo soy analista. Yo no prejuzgo, simplemente escucho y la puedo orientar.

-¡Ah! -Suspiré y me recosté más en el sillón mullido-. Lo que pasa que me da como cierto pudor comentar mi vida.

-Pero Sara, para eso estoy.

-Cuando digo maltrato de palabra hablo de desprecios, de insultos, de ignorarme, de hacerme sentir poca cosa, como que yo no valía nada, como que yo no era útil, como que yo no servía, como que... como que era una cosa, un objeto. Dejé hace mucho tiempo de sentirme una mujer. Y también el maltrato de hecho. Y luego vinieron los síntomas, siempre malestares estomacales. Una vez en Zapata había un gastroenterólogo, no me encontró nada, pero yo tenía una gastritis recurrente y se lo decía al gastroenterólogo. Me hicieron análisis, endoscopia. Un gastroenterólogo, una vez en el distrito principal de Zapata, dijo: "Seguramente es por nervios", pero me hizo una receta: "Usted lo que tiene es esofagitis". Y me dio unas pastillas. Me aliviaron, pero el problema era que yo no quería que me aliviaran un síntoma, yo quería que me curaran la causa.

El analista Octavio me miró y me dijo:

-A ver, Sara, de cuándo hablamos de maltratos, de hacerla sentir poca cosa.

-¡Je, je! De hace cuarenta años o más.

-¿Y nunca vio en Zapata a un analista?

-No, ¿por qué habría de verlo?, mis problemas eran de salud, no eran un problema mental.

-Pero, Sara, ¿usted piensa que yo atiendo problemas mentales? No. Atiendo problemas relacionados con la angustia, la depresión, la ansiedad, la baja estima, el sentirse mal. Atiendo personas que de repente tienen un nudo en la garganta y no pueden tragar la comida o personas que se les hace un nudo en el estómago y no puede digerir el alimento, personas que apenas pueden caminar, se desestabilizan. Y los médicos no les encuentran nada, porque está todo acá. -Y se tocó la frente-, y acá, -y se tocó el pecho, del lado del corazón.

Lo miré al analista Octavio y le digo:

-Me agrada como atiende, pero sea más claro, más específico. ¿Qué es acá?

-La frente.

-¿Qué es acá?

-El corazón. Que toda esa constante depresión causada por abusos a través de tanto tiempo lo hizo carne. La depresión es mental, la angustia es mental, la ansiedad es mental. Física también, porque el aparato nervioso es físico. ¿Le recetó algo el doctor Gálvez?

-Me dijo de tomar un ansiolítico, pero me dijo que primero lo vea a usted.

-Está bien. ¿Qué ansiolítico le dio? -Le mostré la receta-. Está bien. Yo no soy médico, soy analista, pero eso que le dio está bien. Nunca tome cosas por su cuenta si no se lo receta un médico, como en el caso de Gálvez, que es un excelente profesional médico.

-¿Eso es todo?

-No, Sara, no es todo, ahora vamos a su tema. Es obvio que cualquier mujer puede tener angustia por malos tratos, por abusos de hecho, de palabra, por desprecios, pero depende de la persona que eso no le afecte la parte física.

-Analista Octavio, deme la fórmula mágica. Disculpe, disculpe, no quise faltarle al respeto.

-No, Sara, por favor, aquí tiene que hablar tranquila, confiada, y no se preocupe en decir lo que siente. Suéltese, relájese.

-Pero no lo quise ofender cuando dije lo de la fórmula mágica.

-No, Sara, no, no, no, está todo bien, está todo bien. Es cierto que no hay fórmulas mágicas, se trata de que usted se sienta importante de la misma manera que no se ha sentido cuando la despreciaban, de la misma manera que no se ha sentido cuando la maltrataban o cuando la ignoraban o cuando decían que era poca cosa. Usted no es poca cosa, usted se animó a viajar sola desde Zapata, usted es una persona de sesenta y cinco años, no todas se atreven. Estamos en los años setenta, y en los años setenta no toda mujer viaja sola. Usted es valiosa. ¿Ha trabajado?

-Sé hacer muchas cosas. Puedo ser una buena emprendedora, sé trabajar con telas, puedo preparar infinidad de platos de comida, también puedo trabajar con ropa en la parte de modista. Me considero una persona que sé hacer cosas.

-Y entonces, explíqueme, estimada Sara, ¿cómo puede sentirse menos una persona que trabaja con ropa, que sabe hacer exquisitos platos porque un hombre la haya despreciado, la haya maltratado?

-Señor Octavio... Perdón, analista Octavio.

-No pida perdón. ¿De qué se siente culpable para pedir perdón?

-Bueno, es algo que me sale instintivamente.

-No, no pida perdón, y no pida disculpas.

-Es una costumbre.

-Quítesela, estimada Sara, quítesela, porque alguien la trató mal, porque la hicieron sentir menos. No se lo crea, usted no es menos que nadie. ¿Tiene hijos?

-Sí.

-¿La quieren?

-Me aman.

-¿Se da cuenta? Es una excelente mamá.

-Pero no puedo olvidarme de todos esos años que me causan tanta depresión y tengo como un calor en el estómago.

-¿Algo más le dio Gálvez?

-Sí. Aparte del ansiolítico me dio algo para el estómago, pero me dijo que primero hable con usted.

-¿Qué le dio? -Le pasé la receta-. Eso está bien, es para la gastritis. Pero quiero que sepa una cosa, ya sea el ansiolítico o la medicación para la gastritis van a hacer un efecto medio mientras su persona no se dé cuenta de lo importante que es para consigo misma y para su entorno. Entiendo lo que me contó, años de malos tratos, años de abusos; esa gastritis recurrente vino por eso.

-¿Usted me dice, señor Octavio, que me los provoqué yo?

-A ver. No a propósito, por supuesto que no, pero fue tanto su dolor, su baja estima, el sentirse mal, ignorada, odiada, maltratada que sin darse cuenta le vinieron todos esos síntomas.

-¿Y usted piensa, señor Octavio, que sintiéndome mejor se me van a ir?

-No no no, yo no la voy a engañar, yo no le voy a mentir, todo lleva un proceso de tiempo.

-¿Cómo?

-Claro. Usted tiene que aceptar que es una persona querida como madre, que es una persona querida incluso por amistades y que entonces es una persona valiosa y única.

-¿Única? Je, je, je, yo me siento poquita cosa.

-No, nadie es poquita cosa, nadie, Sara, todos somos únicos de alguna manera.

-Señor Octavio, eso es un consuelo nada más, pero eso le cabe a todas las personas.

-Seguramente que sí, seguramente, Sara. Pero usted no es poca cosa, usted es una persona valiosa. A medida que usted vaya aceptando eso los síntomas van a ir desapareciendo. Obviamente va a tener que seguir tomando provisoriamente esa medicación, porque tampoco tiene que tomarlo para siempre, porque un ansiolítico crea dependencia. Y la gastritis, de a poco, a medida que esa ansiedad se le vaya, va a ir desapareciendo.

-¿Así como así?

-No, estimada Sara, así como así, no. Como dije antes todo lleva un proceso, un proceso que necesita de su aceptación como ser humano.

-Quisiera volver a verlo pero me da vergüenza no abonarle la consulta.

-Quédese tranquila. Ese joven que vio en planta baja es un joven de fortuna que ayuda a personas que no pueden abonar una consulta. Le dejo mi tarjeta. También tiene mi número de teléfono. Puede llamarme cuando quiera. Y si necesita otra conversación la podemos tener. Pero acuérdese de esto, necesita primero, antes que nada, de su aceptación como ser humano, porque usted no es un objeto, usted no es una cosa, usted es una mujer con todas las palabras de la ley, y por sobre todas las cosas, madre. Tiene que sentir orgullo por usted misma, sano orgullo.

 

El analista Octavio me hizo sentir bien. Bajé en el elevador confortada.

Ya sé que era grande, con sesenta y cinco años, pero para mí era un nuevo comienzo. Porque hay una cosa que es importante: no hay edad para un nuevo comienzo.

 

Gracias por escucharme.