Índice

Psicoauditación - Miriam

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 02/07/2019

 


Sesión 02/07/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Miriam

Era una niña. Con su hermano estaban solos. A su corta edad trataba de subsistir, buscar el sustento donde fuera.

Sesión en MP3 (2.797 KB)

 

Entidad: Hay situaciones que se repiten una y otra y otra y otra vez, entonces lo que buscas es resurgir, salir adelante, aprender de las experiencias. Pero confías y vuelves a confiar y vuelves a zozobrar, pero no te ahogas porque tienes esa fuerza interna que te hace llegar a la orilla y vuelves a salir adelante. Pero dentro tuyo... dentro tuyo tienes ese... ese creer, esa fe, el pensar que porque tú eres así los demás van a ser iguales, y no, no, no lo son. ¡Je, je! Y no es sólo en esta vida.

 

Hay un calco en una vida de Irina en Aerandor, junto con mi hermano Marcus, mi hermano mellizo. Éramos huérfanos, no conocimos a nuestros padres.

Nos criamos en una aldea, los vecinos siempre nos trataban bien, pero cuidado de que no nos pasemos con la confianza, de que intentemos quedarnos.

Nos decían:

-¡Ya está, niños!, pueden marcharse. -Entonces dormíamos en un corral, el dueño nos dejaba porque no le molestábamos, nos hacíamos amigos de los caballos.

 

Y había varias aldeas cercanas. Teníamos una inocencia tan pronunciada que no nos molestaba, no nos ofendía que otros aldeanos de otros lados nos dijeran: "Mirad, mirad, allí van Irina y Marcus, los niños mendigos".

Yo no creo en ese "No hay mal que por bien no venga", el mal es mal y punto. Sí, aprendes lecciones, sí, pero ¿a costa de qué? a costa de dolores, de abandonos, de traiciones, de desprecios. ¡Je, je!

No, no, no, no, no. A veces pensamos "¿Y no sería preferible tener una vida de color de rosa -como decís vosotros-, y no importa si no aprendemos?". No, no, no, porque allí seréis más vulnerables. De repente viene un viento de contra y te vuelca. ¿Entonces, qué? Entonces la Creación está hecha para que uno aprenda sufriendo. ¡Oh, qué maravilla, qué maravilla! Disculpad mi ironía pero estoy rozando el sarcasmo. ¡Je! ¡Qué maravilla de vida!, ¿no?

 

Habíamos cumplido seis años y Marcus a veces se juntaba con sus amigos y me dejaba de lado. Los amigos le decían:

-Irina es una niña, ¿qué tiene que hacer con nosotros una niña?

 

Ambos teníamos a la cintura atados un puñal, y a veces por un orgullo -el orgullo nunca es sano-, es decir, hay orgullos que de repente si tienes un ser querido que hace algo bueno te sientes orgullosa de ese niño o de ese ser, pero generalmente el orgullo es negativo, no hay sano orgullo, a mí que no me vengan con ese cuento, a mí no. No sé si soy tan lista, si fuera tan lista podría ver con más ojos, escuchar con más oídos, abrir más la mente para ver quién es quién, para saber las intenciones con la gente que trato. O de la gente que trata conmigo, estaría mejor dicho.

 

Pero bueno, una es como es y tampoco sé si eso es cierto, porque hipotéticamente en cada vida tendríamos que tener más experiencia. Bueno, el thetán, nuestro ser espiritual, que tiene memoria de todas las vidas, tiene el aprendizaje de todas las vidas, pero también tiene los roles del ego de todas las vidas y te ponen como un velo sobre los ojos, sobre la mente conceptual.

 

Entonces, en el rol de Irina evitaba, a veces, ir a pedir comida porque odiaba que me miraran con lástima, porque mucha gente, mucha gente se confunde la lástima con la piedad, con la compasión. La compasión y la piedad son de Dios, la lástima es como que viene del ego "Pobre, mira, mira en el estado que está. Lo abandonaron, pobre". ¿Pero por qué no se callan?, ¿porque me miran de esa manera? Entonces prefiero ir al bosque a cazar conejos, sé encender fogatas, sé cocinar un animal... O si no, puedo tomar frutas de los árboles. No preciso nada de nadie. Diréis "¡Ah, bueno!, pero eso es encerrarse en una misma, eso también es ego, eso también es orgullo".

 

Pero bueno, falta algo más. A veces había pequeñas granjas que habían desollado animales y... o tenían tortillas cocinadas, y yo iba furtivamente y les robaba la comida. O de repente, como era pequeñita, seis años, ¿no?, entraba en una taberna y sobre el mostrador veía una moneda y disimuladamente me la guardaba en el bolsillo y me iba y después iba al almacén y me compraba algo. A veces discutía con Marcus.

-¡Irina! Te vi robando.

-Cállate. ¿Cuántas veces te visto sacar monedas a ti?, no me vengas ahora con eso. Aparte, ¿qué?, ¿porque eres varón piensas que me vas a cuidar? En el bosque cazo animales, el doble de lo que cazas tú. O te piensas que porque soy niña soy indefensa. No, no soy indefensa y cuando crezca tampoco voy a ser indefensa. Conozco varones grandes y mujeres grandes y los dos tienen errores. Las mujeres te miran con esa lástima que... que te da bronca, y los varones veo que a las niñas que ya están un poco crecidas las miran de una manera que me da escalofríos.

-No entiendo -me dijo Marcus.

-Sí que entiendes, tú tienes amigotes más grandes que tú, bastante más grandes que tú y vi en el campito que estaban con aquella niña grande, y estaban ahí.

-¿Y tú que sabes de eso? -me dijo Marcus.

-Por suerte nada, pero vi lo que hacen.

-La joven consentía -dijo mi hermano.

-La joven consentía con uno, pero después han ido todos y vi que la joven se molestaba y lloraba.

-Bueno, ella se lo buscó.

-No, Marcus, ella no se buscó nada, vosotros sois así.

-A mí no me compares con ellos.

-Eres niño como yo, todavía, pero tratas con ellos y vas a crecer y vas a ser igual que ellos.

-No me juzgues.

-¿Por qué?, ¿porque no te conozco? Crecimos juntos, pensamos casi igual. O pensábamos, ahora ya no.

-¡Mira! -Nos apartamos del camino. Venía un jinete, un hombre todo vestido de cuero, con apenas una barba crecida, apenas, una mirada oscura, un rostro oscuro, pero no oscuro de maldad, oscuro de secretos, oscuro de misterio. Llevaba una enorme espada. No me di cuenta que en ese momento que los amigos de Marcus se habían acercado a nosotros, uno de ellos el más grande dijo:

-¿Sabéis quien es ese jinete?

-No -dijo Marcus.

-Se llama Tago.

-¿Quién es Tago? -dije yo.

-El mejor espadachín de todo Aerandor.

-¡Vaya! -Me aparté de los niños y de los no tan niños y me fui para el poblado.

 

Ese hombre, Tago, llevaba su caballo al paso, parecía cansado dentro de su gesto adusto. Dejó su caballo en la cuadra, le dio unas monedas al corralero y se marchó para la taberna. Lo seguí. Parece que el hombre tuviera ojos en la nuca porque se dio vuelta y me miró, vio que era una niña y no me dio más importancia, siguió caminando. Seguí a diez pasos detrás de él y entré también a la taberna. El hombre, Tago, se pidió una cerveza y comió una hogaza de pan. Yo lo miraba desde el mostrador y me llamó con un gesto con la mano. Me acerqué tímidamente.

-¿Cómo te llamas?

-Irina -respondí.

-¿Me estabas siguiendo? -Me encogí de hombros. No tenía miedo. le respondí:

-Sí, tenía curiosidad.

-Soy un viajero, conozco cientos de poblados. ¿Quieres un vaso de leche? -Asentí con la cabeza sin hablar. Llamó a la mesera y le pidió una hogaza de pan y un vaso de leche-. No te quedes parada (levantada), siéntate. -Me senté-. ¿Con quién vives?

-Con mi hermano Marcus, en la cuadra.

-Vaya, ¿no tienes hogar?

-Estamos solos.

-Pues no te veo mal alimentada.

-Bueno, a veces cazo en el bosque y a veces... y a veces...

-Continúa -Me encogí de hombros.

-Y a veces veo alguna comida suelta en un rancho y me la llevo.

-¡Ja, ja, ja! -Lo vi reír, por lo menos en su boca. Sus ojos no reían. Y me dijo-: Pequeña Irina, no existe la comida suelta, dejan la comida ahí pero es del rancho. O sea, que tú robas.

-Y sí.

-¿Y qué pasa, pequeña, si te pescan? Te pueden castigar, te dejan la espalda desnuda y con una varilla te la marcan. Y hasta te pueden quebrar un hueso. Y nadie les va a decir nada porque así se trata a los ladrones.

-Bueno, eso hacen con los grandes, soy una niña.

-Pero si te acostumbras a eso, el día de mañana no vas a ser niña y cuando crezcas la gente no te va a tener lástima.

-¿Cómo sabes que me tienen lástima?

-Porque conozco el mundo.

-¡No eres tan viejo!

-No Irina, no soy viejo, soy joven, pero tengo muchísima experiencia. Cuando las niñas crecen, que ya no son tan niñas, los varones las miran con otros ojos.

-¿Tú también?

-Seguramente, yo también -dijo Tago-, pero... pero sé separar la paja del trigo.

-No entiendo. ¿Cómo separar la paja del trigo?

-Claro, niña, eso es una expresión, como diciendo "Sé dónde está mi límite". Yo respeto a la mujer.

-Bueno, te felicito, porque toda la gente que conozco no es así, veo a los hombres cómo miran a las jóvenes con una mirada que me da como rechazo.

-¡Vaya, que eres madura, vaya que eres madura! Pasé por un pueblo donde las niñas se dedicaban a jugar con sus espadas de madera, en cambio veo que tú llevas un puñal, la vida te ha obligado a madurar.

-Será, pero ya estoy acostumbrada a esto y no, no...

-Entiendo lo que quieres decir, no tienes lástima de ti misma.

-¿Por qué habría de tenerla? Soy libre, voy donde quiero, nadie me manda.

-Es bueno y es malo, depende del momento, del estado de ánimo, de muchas cosas.

-No entiendo lo que quieres decir, Tago.

-Claro, yo también soy un ser solitario y tengo mi carácter, mi manera de ser. Me siento muy seguro porque nadie me ha vencido con la espada y te aseguro que he luchado contra tres o cuatro asaltantes y los he vencido a todos y no he recibido ningún rasguño. Pero hay algo que me puede, la soledad. Tú eres pequeña, pero el día de mañana tendrás que conseguir amigos leales. Pero para qué te cuento todo esto, aún eres muy niña para entender.

-Sí que te entiendo, hablas de gente que no te traicione o que no tenga motivos oscuros.

-Vaya, me sorprendes pequeña. Sí, eso es lo que quiero decir.

-¿Te quedarás por aquí?

-Un par de días seguramente -respondió Tago.

-¿Entonces me convidarás con otros vasos de leche?

-¡Je, je, je! -Volvió a reír, ya no se veía tan oscuro en su semblante, pero me respondió-: Sí, te convidaré, pero prométeme que nos vas a robar.

Me costaba mentir. Le respondí:

-Haré lo posible.

 

Y sí, intentaba hacer lo posible, intentaba no desengañarme, intentaba no frustrarme, intentaba lograr cosas. Intentaría tener proyectos cuando fuera más grande, pero claro, con seis años todavía ni siquiera sabía leer ni escribir, y había otros niños y niñas que a mi edad ya habían aprendido por lo menos las primeras lecciones. Pero claro, el que no sabe no se da cuenta de las cosas. Y si bien yo era madura para mi edad, todavía era una niña pequeña y todavía tenía mucho por pasar, mucho por aprender. Pero ahora, a la distancia me pregunto: "Y cuando creces, y cuando ya eres más grande, ¿por qué sigues tropezando?: Porque a veces no ves lo que es evidente".

Bueno, son lecciones a aprender. Y en el rol de Irina tenía muchas para aprender.

 

Gracias, por ahora, por escucharme.