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Psicoauditación - Miriam

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 02/07/2019

Sesión 22/07/2019

Sesión 10/10/2019

 


Sesión 02/07/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Miriam

Era una niña. Con su hermano estaban solos. A su corta edad trataba de subsistir, buscar el sustento donde fuera.

Sesión en MP3 (2.797 KB)

 

Entidad: Hay situaciones que se repiten una y otra y otra y otra vez, entonces lo que buscas es resurgir, salir adelante, aprender de las experiencias. Pero confías y vuelves a confiar y vuelves a zozobrar, pero no te ahogas porque tienes esa fuerza interna que te hace llegar a la orilla y vuelves a salir adelante. Pero dentro tuyo... dentro tuyo tienes ese... ese creer, esa fe, el pensar que porque tú eres así los demás van a ser iguales, y no, no, no lo son. ¡Je, je! Y no es sólo en esta vida.

 

Hay un calco en una vida de Irina en Aerandor, junto con mi hermano Marcus, mi hermano mellizo. Éramos huérfanos, no conocimos a nuestros padres.

Nos criamos en una aldea, los vecinos siempre nos trataban bien, pero cuidado de que no nos pasemos con la confianza, de que intentemos quedarnos.

Nos decían:

-¡Ya está, niños!, pueden marcharse. -Entonces dormíamos en un corral, el dueño nos dejaba porque no le molestábamos, nos hacíamos amigos de los caballos.

 

Y había varias aldeas cercanas. Teníamos una inocencia tan pronunciada que no nos molestaba, no nos ofendía que otros aldeanos de otros lados nos dijeran: "Mirad, mirad, allí van Irina y Marcus, los niños mendigos".

Yo no creo en ese "No hay mal que por bien no venga", el mal es mal y punto. Sí, aprendes lecciones, sí, pero ¿a costa de qué? a costa de dolores, de abandonos, de traiciones, de desprecios. ¡Je, je!

No, no, no, no, no. A veces pensamos "¿Y no sería preferible tener una vida de color de rosa -como decís vosotros-, y no importa si no aprendemos?". No, no, no, porque allí seréis más vulnerables. De repente viene un viento de contra y te vuelca. ¿Entonces, qué? Entonces la Creación está hecha para que uno aprenda sufriendo. ¡Oh, qué maravilla, qué maravilla! Disculpad mi ironía pero estoy rozando el sarcasmo. ¡Je! ¡Qué maravilla de vida!, ¿no?

 

Habíamos cumplido seis años y Marcus a veces se juntaba con sus amigos y me dejaba de lado. Los amigos le decían:

-Irina es una niña, ¿qué tiene que hacer con nosotros una niña?

 

Ambos teníamos a la cintura atados un puñal, y a veces por un orgullo -el orgullo nunca es sano-, es decir, hay orgullos que de repente si tienes un ser querido que hace algo bueno te sientes orgullosa de ese niño o de ese ser, pero generalmente el orgullo es negativo, no hay sano orgullo, a mí que no me vengan con ese cuento, a mí no. No sé si soy tan lista, si fuera tan lista podría ver con más ojos, escuchar con más oídos, abrir más la mente para ver quién es quién, para saber las intenciones con la gente que trato. O de la gente que trata conmigo, estaría mejor dicho.

 

Pero bueno, una es como es y tampoco sé si eso es cierto, porque hipotéticamente en cada vida tendríamos que tener más experiencia. Bueno, el thetán, nuestro ser espiritual, que tiene memoria de todas las vidas, tiene el aprendizaje de todas las vidas, pero también tiene los roles del ego de todas las vidas y te ponen como un velo sobre los ojos, sobre la mente conceptual.

 

Entonces, en el rol de Irina evitaba, a veces, ir a pedir comida porque odiaba que me miraran con lástima, porque mucha gente, mucha gente se confunde la lástima con la piedad, con la compasión. La compasión y la piedad son de Dios, la lástima es como que viene del ego "Pobre, mira, mira en el estado que está. Lo abandonaron, pobre". ¿Pero por qué no se callan?, ¿porque me miran de esa manera? Entonces prefiero ir al bosque a cazar conejos, sé encender fogatas, sé cocinar un animal... O si no, puedo tomar frutas de los árboles. No preciso nada de nadie. Diréis "¡Ah, bueno!, pero eso es encerrarse en una misma, eso también es ego, eso también es orgullo".

 

Pero bueno, falta algo más. A veces había pequeñas granjas que habían desollado animales y... o tenían tortillas cocinadas, y yo iba furtivamente y les robaba la comida. O de repente, como era pequeñita, seis años, ¿no?, entraba en una taberna y sobre el mostrador veía una moneda y disimuladamente me la guardaba en el bolsillo y me iba y después iba al almacén y me compraba algo. A veces discutía con Marcus.

-¡Irina! Te vi robando.

-Cállate. ¿Cuántas veces te visto sacar monedas a ti?, no me vengas ahora con eso. Aparte, ¿qué?, ¿porque eres varón piensas que me vas a cuidar? En el bosque cazo animales, el doble de lo que cazas tú. O te piensas que porque soy niña soy indefensa. No, no soy indefensa y cuando crezca tampoco voy a ser indefensa. Conozco varones grandes y mujeres grandes y los dos tienen errores. Las mujeres te miran con esa lástima que... que te da bronca, y los varones veo que a las niñas que ya están un poco crecidas las miran de una manera que me da escalofríos.

-No entiendo -me dijo Marcus.

-Sí que entiendes, tú tienes amigotes más grandes que tú, bastante más grandes que tú y vi en el campito que estaban con aquella niña grande, y estaban ahí.

-¿Y tú que sabes de eso? -me dijo Marcus.

-Por suerte nada, pero vi lo que hacen.

-La joven consentía -dijo mi hermano.

-La joven consentía con uno, pero después han ido todos y vi que la joven se molestaba y lloraba.

-Bueno, ella se lo buscó.

-No, Marcus, ella no se buscó nada, vosotros sois así.

-A mí no me compares con ellos.

-Eres niño como yo, todavía, pero tratas con ellos y vas a crecer y vas a ser igual que ellos.

-No me juzgues.

-Por qué, porque no te conozco; crecimos juntos, pensamos casi igual. O pensábamos, ahora ya no.

-¡Mira! -Nos apartamos del camino. Venía un jinete, un hombre todo vestido de cuero, con apenas una barba crecida, apenas, una mirada oscura, un rostro oscuro, pero no oscuro de maldad, oscuro de secretos, oscuro de misterio. Llevaba una enorme espada. No me di cuenta que en ese momento que los amigos de Marcus se habían acercado a nosotros, uno de ellos el más grande dijo:

-¿Sabéis quien es ese jinete?

-No -dijo Marcus.

-Se llama Tago.

-¿Quién es Tago? -dije yo.

-El mejor espadachín de todo Aerandor.

-¡Vaya! -Me aparté de los niños y de los no tan niños y me fui para el poblado.

 

Ese hombre, Tago, llevaba su caballo al paso, parecía cansado dentro de su gesto adusto. Dejó su caballo en la cuadra, le dio unas monedas al corralero y se marchó para la taberna. Lo seguí. Parece que el hombre tuviera ojos en la nuca porque se dio vuelta y me miró, vio que era una niña y no me dio más importancia, siguió caminando. Seguí a diez pasos detrás de él y entré también a la taberna. El hombre, Tago, se pidió una cerveza y comió una hogaza de pan. Yo lo miraba desde el mostrador y me llamó con un gesto con la mano. Me acerqué tímidamente.

-¿Cómo te llamas?

-Irina -respondí.

-¿Me estabas siguiendo? -Me encogí de hombros. No tenía miedo. le respondí:

-Sí, tenía curiosidad.

-Soy un viajero, conozco cientos de poblados. ¿Quieres un vaso de leche? -Asentí con la cabeza sin hablar. Llamó a la mesera y le pidió una hogaza de pan y un vaso de leche-. No te quedes parada (levantada), siéntate. -Me senté-. ¿Con quién vives?

-Con mi hermano Marcus, en la cuadra.

-Vaya, ¿no tienes hogar?

-Estamos solos.

-Pues no te veo mal alimentada.

-Bueno, a veces cazo en el bosque y a veces... y a veces...

-Continúa -Me encogí de hombros.

-Y a veces veo alguna comida suelta en un rancho y me la llevo.

-¡Ja, ja, ja! -Lo vi reír, por lo menos en su boca. Sus ojos no reían. Y me dijo-: Pequeña Irina, no existe la comida suelta, dejan la comida ahí pero es del rancho. O sea, que tú robas.

-Y sí.

-¿Y qué pasa, pequeña, si te pescan? Te pueden castigar, te dejan la espalda desnuda y con una varilla te la marcan. Y hasta te pueden quebrar un hueso. Y nadie les va a decir nada porque así se trata a los ladrones.

-Bueno, eso hacen con los grandes, soy una niña.

-Pero si te acostumbras a eso, el día de mañana no vas a ser niña y cuando crezcas la gente no te va a tener lástima.

-¿Cómo sabes que me tienen lástima?

-Porque conozco el mundo.

-¡No eres tan viejo!

-No Irina, no soy viejo, soy joven, pero tengo muchísima experiencia. Cuando las niñas crecen, que ya no son tan niñas, los varones las miran con otros ojos.

-¿Tú también?

-Seguramente, yo también -dijo Tago-, pero... pero sé separar la paja del trigo.

-No entiendo. ¿Cómo separar la paja del trigo?

-Claro, niña, eso es una expresión, como diciendo "Sé dónde está mi límite". Yo respeto a la mujer.

-Bueno, te felicito, porque toda la gente que conozco no es así, veo a los hombres cómo miran a las jóvenes con una mirada que me da como rechazo.

-¡Vaya, que eres madura, vaya que eres madura! Pasé por un pueblo donde las niñas se dedicaban a jugar con sus espadas de madera, en cambio veo que tú llevas un puñal, la vida te ha obligado a madurar.

-Será, pero ya estoy acostumbrada a esto y no, no...

-Entiendo lo que quieres decir, no tienes lástima de ti misma.

-¿Por qué habría de tenerla? Soy libre, voy donde quiero, nadie me manda.

-Es bueno y es malo, depende del momento, del estado de ánimo, de muchas cosas.

-No entiendo lo que quieres decir, Tago.

-Claro, yo también soy un ser solitario y tengo mi carácter, mi manera de ser. Me siento muy seguro porque nadie me ha vencido con la espada y te aseguro que he luchado contra tres o cuatro asaltantes y los he vencido a todos y no he recibido ningún rasguño. Pero hay algo que me puede, la soledad. Tú eres pequeña, pero el día de mañana tendrás que conseguir amigos leales. Pero para qué te cuento todo esto, aún eres muy niña para entender.

-Sí que te entiendo, hablas de gente que no te traicione o que no tenga motivos oscuros.

-Vaya, me sorprendes pequeña. Sí, eso es lo que quiero decir.

-¿Te quedarás por aquí?

-Un par de días seguramente -respondió Tago.

-¿Entonces me convidarás con otros vasos de leche?

-¡Je, je, je! -Volvió a reír, ya no se veía tan oscuro en su semblante, pero me respondió-: Sí, te convidaré, pero prométeme que no vas a robar.

Me costaba mentir. Le respondí:

-Haré lo posible.

 

Y sí, intentaba hacer lo posible, intentaba no desengañarme, intentaba no frustrarme, intentaba lograr cosas. Intentaría tener proyectos cuando fuera más grande, pero claro, con seis años todavía ni siquiera sabía leer ni escribir, y había otros niños y niñas que a mi edad ya habían aprendido por lo menos las primeras lecciones. Pero claro, el que no sabe no se da cuenta de las cosas. Y si bien yo era madura para mi edad, todavía era una niña pequeña y todavía tenía mucho por pasar, mucho por aprender. Pero ahora, a la distancia me pregunto: "Y cuando creces, y cuando ya eres más grande, ¿por qué sigues tropezando?: Porque a veces no ves lo que es evidente".

Bueno, son lecciones a aprender. Y en el rol de Irina tenía muchas para aprender.

 

Gracias, por ahora, por escucharme.

 


Sesión 22/07/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Miriam

Con su hermano tuvieron que defenderse cuando se encontraron con unos que se les atravesaron en el camino.

Sesión en MP3 (2.911 KB)

 

Entidad: Hay dos vertientes, o sea, dos maneras de pensar: Una, la pesimista, que quedas marcada, quedas con huellas, cicatrices de heridas morales de cuando has sido pequeña o adolescente. Otra, la optimista, que tu interior es fuerte, que terminas superando todo.

Ahora, ¿cuál es más fuerte de las vertientes, la pesimista o la optimista?

¿Qué es la que alimenta a la pesimista?: La memoria. Tenemos memoria, recordamos todas las vicisitudes que pasamos, las indiferencias, los rechazos.

 

Tanto mi hermano, Marcus, como yo, Irina, crecimos siendo mendigos.

Es cierto que yo tenía un carácter más arisco, reactivo, llamadlo como queráis.

Marcus era más analítico, más calmado, más manso. Tal vez es una palabra que a él no le guste, pero es como que era más sumiso, agachaba más la cabeza. Yo era más rebelde.

 

¿Si tengo recuerdos agradables de pequeña? Bueno, recuerdo cuando me encontré con mi hermano y estaba hablando con un hombre grande que decía que era un noble de la corte, un tal Adesio, que le daba consejos -recuerdo que cuando lo conocimos nos regaló monedas, y como yo tenía desconfianza de los hombres porque incluso de pequeña, no estoy hablando de adolescente estoy hablando de pequeña, me miraban de una manera vulgar, de una manera que no me gustaba y los despreciaba porque era una niña, no una adolescente-, entonces cualquiera que nos diera obsequios ya teníamos asumido que era a cambio de algo. Pero no, el noble lo hacía a cambio de nada.

Y lo fuimos encontrando varias veces, como que él a propósito tratara de encontrarnos como para guiarnos con sus consejos, con sus orientaciones.

Marcus le hacía más caso, yo es como que tenía un interior rebelde y luego me daba como... como bronca porque en el fondo sabía que el noble tenía razón en darnos sus consejos de cómo comportarnos, en mi caso de evitar hurtar. Pero ese orgullo infantil, como diríais vosotros ese orgullo egoico, impedía que le diera la razón al hombre. Siempre es como que negaba, siempre es como que contestaba mal. Y me sacaba de mis casillas, me irritaba que el noble se sonriera, pero no en son de burla, ¿eh?, en son como diciendo: "¡Ay!, esta niña, ¿cómo hago para que me entienda?". Sí, en realidad yo lo entendía, pero no lo iba a reconocer por ese orgullo tonto infantil.

Y el tiempo pasó y fuimos creciendo. Ya éramos adolescentes y tuvimos una experiencia muy muy mala.

 

Recuerdo que una vez íbamos, con Marcus, llevábamos arco y flechas y obviamente nuestro puñal que nunca ni para dormir lo dejábamos de lado.

Vinieron dos hombres muy mal entrazados a caballo y nos vieron, pero aparte su manera, su presencia, sucios, mal entrazados, mal vestidos, pero con esa mirada torva, esa mirada esquiva como de deseo, aparte. Desmontaron de sus caballos y no hizo falta que sacaran sus espadas, las tocaron.

-Estamos armados y vosotros no, apenas sabréis usar vuestras... vuestros arcos.

Me adelanté yo, como siempre, con ese carácter.

-No tenemos nada para daros, no tenemos monedas, somos mendigos.

-Pues vaya que estás crecidita -dijo uno de los dos-. Y bueno, hay que pagar peaje.

-El camino es libre -respondí.

-No, el camino no es libre. ¿Tenéis monedas?

-No -negué.

-Bueno, ya sabes cómo pagarme.

-¿Y qué hay de él? -señalé a mi hermano Marcus.

El otro hombre se tocó la barba y dijo:

-Bueno, no sería la primera vez que intime con un mozalbete. -Marcus retrocedió, su cara era de pánico.

Le apreté la mano muy muy fuerte a Marcus, y sonriendo les dije a los hombres:

-¿Prometéis que luego no nos haréis daño, nos dejarás con vida?

-No nos interesa mataros -dijo el primero-, solamente satisfacer nuestras necesidades.

-Bien... Pero estamos como incómodos. Acá hay un arroyo, ¿podemos bañarnos?

-Por supuesto -dijo el hombre-. Bañaros y dejad la ropa sobre el césped, no hace falta que os la volváis a poner.

 

Marcus me miraba como preguntándome si estaba loca. Solamente queríamos alejarnos diez, quince, veinte pasos caminando despacio tomados de la mano.

Los hombres nos seguían pero a distancia, muy confiados.

Le dije a Marcus al oído:

-¿Te acuerdas que hemos practicado tirando flechas a los árboles? -asintió con la cabeza muy disimuladamente-. Bueno, cuando estemos a quince pasos, ¿cuánto tardas en sacar la flecha y ponerla al arco?

-Un segundo -me dijo.

-Bien. Tenemos un solo disparo. Si no, estamos muertos. Un solo disparo. Lo ideal sería apuntar al cuello pero es más seguro apuntar al pecho, un blanco más grande. ¿Te tiembla el pulso?

-No, hermana.

-Bien.

-Nos están acercando -dijo Marcus-. Estamos más o menos a quince pasos y ya llegamos al arroyo. Tiene que ser ya.

 

Los dos a la vez sacamos las flechas, cargamos. Los hombres se sobresaltaron.

Nos dimos vuelta y rápidamente disparamos: ambas flechas en ambos pechos.

El primer hombre, el que había hablado conmigo, es como que la flecha no dio en un lugar fatal. Disparé una segunda flecha directa al corazón.

Cayeron los dos muertos.

 

A Marcus le caían las lágrimas. Lo sacudí.

-¡Basta! Fue defensa propia. -Seguía lloriqueando. Le di una bofetada-. ¡Basta!

Marcus dijo:

-Nunca hemos matado gente.

-Esta no es gente, esta es de baja calaña, hubieran matado otras personas o violado otras personas. Te querían ultrajar a ti también, que eres varón, no les importa.

 

Yo era más práctica que Marcus.

-Ven, revisemos. -Les sacamos las espadas, tenían bastantes, bastantes monedas, carne seca salada en sus alforjas, cantimploras con agua...

-¿Qué hacemos con los cuerpos?

-Nada. Les sacamos las botas. Las de este parecen más pequeñas, me las quedo yo, las otras quédatelas tú.

-¿Y qué dirán en el poblado, que tenemos botas?

-Al poblado no le importa nada. A lo sumo, si preguntan, les decimos la verdad menos que les robamos las monedas. Fíjate cuantas tienen, deben haber robado a algún otro viajero.

Marcus me recriminó.

-¿No tienes conciencia, hermana?

-¡Conciencia! ¿Pero eres tonto o qué? ¡Nos iban a violar! Y de verdad, ¿de verdad piensas que nos iban a dejar con vida sabiendo que los podíamos acusar? Eres demasiado ingenuo o no has crecido. ¿Qué nos ha enseñado Adesio? Que no confiemos en nadie. Ni siquiera en él nos dijo la primera vez. Cuándo vas a crecer.

-Tienes razón.

-¿Ves? -le dije-, ¿nos ha servido o no nos ha servido practicar con el arco? Coge las espadas, yo cogeré los metales. ¡Pero mira cuánto hay acá! Al final del puedo hay un hombre viudo, quiere irse con otros familiares, quiere vender su pequeña casa. Con esto alcanza y sobra, no tendremos que dormir en un establo nunca más, ya tenemos más de dieciséis años.

 

Volvimos. En el camino nos encontramos con un conocido, Tarden. Tarden era un joven peculiar, bueno, ayudante del carbonero Saman, pero es como que era un soñador. Conoció a una joven a la que vimos varias veces llamada Serena.

Yo le dije a Tarden:

-Esa joven no me gusta. -Tarden se molestaba.

Me decía:

-Nunca vi un rostro tan hermoso, tan angelical.

-No -le dije-, yo tampoco, sé que es mucho más bella que yo, ¿pero te has fijado en sus ojos?

Tarden me decía:

-¿Qué tienen esos ojos?

-Son gélidos.

-¡Gélidos! No entiendo.

-Ojos fríos. Cuando un rostro sonríe, sonríe todo el rostro, sonríe la boca, sonríen los ojos. Cuando ésta conocida tuya, Serena, sonríe, sonríe solamente su boca, como si fuera un gesto provocado.

-Deliras, deliras, Irina -Tarden dijo-, o acaso tienes celos de Serena.

-¡Je, je, je! ¡Ay! Me haces toser... No, Tarden.

Tarden le preguntó a Marcus:

-¿Y tú qué dices?

-Mira -dijo mi hermano-, ¿qué relación tienes con ella?

-Somos amigos, no me animo a decirle nada, pero de verdad que me gusta muchísimo.

-¿Alguna vez te ha despreciado?

-No, me mantiene a distancia, pero jamás me ha dicho palabras ofensivas. -Mi hermano se encogió de hombros.

-Y bueno, Tarden, mientras no te rechace no pierdas las esperanzas.

-¡Ay, hermano, hermano, hermano! Esa niña no es para Tarden. -Tarden se molestó.

-O sea, que soy poca cosa. Cuántas veces dijeron en el poblado de tú, Irina, y de Marcus, que también son poca cosa y se han molestado.

Me enfrenté a Tarden.

-Tarden, te tengo afecto, eres un buen joven, trabajador, respetuoso, no me enojo contigo. Es cierto lo que dices, que muchísimas veces hasta de niños nos han despreciado y a mí cuando era niña me miraban de una manera lasciva, pero en tu caso no. Sin embargo, ésta joven, no sé... siento algo dentro mío, como que no me cae bien. Nada más por afecto te digo que cuídate, cuídate.

Tarden me dijo:

-¿Y por qué habría de hacerme daño? No tengo monedas que me pueda quitar, no soy un bruto que intento abusarme de nadie. ¿Por qué habría de hacerme daño?

Le respondí:

-Hay muchas maneras de hacer daño. -En ese momento Tarden reparó en lo que llevábamos.

-¿Y eso?

-En el camino nos quisieron vejar, por suerte teníamos nuestro arco y flechas.

-Vaya. ¿Y los han matado?

-Sí -dijo Marcus. -Otra vez quería lloriquear.

-Basta -le dije-. Marcus está mal porque es la primera vez que matamos a alguien, pero eran ellos o nosotros, y si hubieran sido ellos no nos hubieran dejado con vida y hubieran seguido vejando a más gente. Aparte, tenían demasiadas monedas que le habrán robado a otro.

-¿Y las tenéis vosotros?

-Sí, ¿por qué no si están muertos? ¿Por qué? ¿Quieres alguna?

-No -dijo Tarden-, estoy trabajando bien con el carbonero Saman, aunque mi idea es cambiar de trabajo, no sé, ser herrero o algo.

-Bueno, Marcus se empleó en una carpintería, el herrero todavía precisa gente. Pero, ¿acaso el carbonero Saman te paga mal?

-No, pero trabajar con carbón, ¡je, je!, estoy siempre sucio.

-Bueno, tienes el arroyo.

-No es por eso -dijo Tarden. Y se marchó.

 

Fuimos caminando para el poblado con Marcus y pensaba. No montamos, llevábamos los caballos de las riendas.

-Tuvimos suerte. Tenemos dos espadas, muchísimas monedas plateadas, dos caballos, alforjas con comida, pero podíamos haber perdido la vida. A veces nos quejamos por tonterías, a veces nos quejamos por cosas pequeñas solamente por el gusto de quejarnos, es como que somos egoístas con nosotros mismos, porque no tenemos la vida comprada. Hoy podría haber sido nuestra última tarde y aquí estamos.

-Gracias a Dios -agregó Marcus.

-Gracias a que hemos practicado con arco y flecha -lo corregí yo-. En la vida siempre debemos estar atentos.

-Bueno -dijo mi hermano-, eso es lo que nos enseñó el noble Adesio, el que está siempre en la corte y tú nunca quieres reconocer que tiene razón.

-Porque no quiero que se envanezca.

-Hermana, este noble es una de las personas más humildes que conozco. ¿Alguna vez hizo alarde de su ropa o de su conocimiento?

-No -negué.

¿Entonces?...

-Quizá mi tonto orgullo -le dije-, no me permite dar la razón a quien la tiene.

-Entonces la infantil eres tú -me dijo mi hermano-. Y tú me dices a mí que yo tengo que crecer.

-Son dos cosas distintas -le dije-, son dos cosas distintas -le dije-. Ambos tenemos que seguir creciendo de una manera o de otra, pero no creciendo físicamente, creciendo de acá -Y me toqué la frente-, y de acá -Y me toqué el corazón.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 10/10/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Miriam

Aquel joven recién conocido la martirizaba con temas y  preguntas relacionadas con su baja estima. Le aconsejaba como podía, pero de cada respuesta salían más preguntas. Necesitaba airearse.

Sesión en MP3 (1.896 KB)

 

Entidad: Llega un momento en que quieres alejarte de todo, llega un momento que no soportas ni siquiera a tu propio hermano porque no quieres quejas, porque te molestan las lamentaciones, porque no quieres saber nada con los roles de víctima porque ya bastante pasó una para que vengan otros, encima, a llorar en tu hombro. ¿Pero cómo, acaso no soy tolerante? Sí, soy tolerante, pero la tolerancia también tiene límites, o tal vez quizá no sea tan tolerante como lo fueron conmigo muchas veces. ¿Qué arrastro fracasos? Quizá.

 

También he obtenido triunfos, también yo he logrado cosas y quizá no las veo o irónicamente no las quiero ver. Quizá yo también lastimé a alguien. Entonces no me gusta hacer rol de víctima ni soportar que otros lo hagan, como en el caso de mi hermano.

 

Y me tomé un tiempo. Me fui de la aldea caminando, pensando en nada, solamente respirando el aire, disfrutando del sol y intentando despejar mi mente tratando de que las cosas me afecten lo menos posible. Pero ¡je, je!, ¿somos nosotros los que decidimos o a veces somos títeres del destino, títeres sin hilos?, y el destino nos empujan a situaciones que pueden resultar a veces extrañas.

 

A cien pasos de distancia había un hombre al costado del camino, no me preocupé, primero porque me considero mucho más mujer que muchos hombres, segundo porque lo veía inofensivo. Cuando estaba a treinta pasos de distancia lo reconocí, era Petre.

Recién cuando estaba al lado levantó la vista.

-¡Qué sorpresa Irina! -me dijo.

-Bueno, depende, la sorpresa es mía verte aquí en el camino sentado al costado en una roca. ¿Qué pasó ahora?

-Nada. -Una de las cosas que más me molesta es cuando veo a alguien que tiene cara de afligido, le pregunto qué pasa y me dice "nada". Me saca de las casillas. Tengo la experiencia con mi hermano, que es un quejoso.

-¿Qué sucede?

Petre me miró y me dijo:

-Hay situaciones que no comprendo.

-Somos dos -le dije-, pero yo no me aflijo por tonterías.

Me respondió:

-¿Y por qué asumes que lo mío son tonterías?

Le dije:

-¿Y por qué te atajas?, porque te estás escudando, simplemente te pregunté. A ver, cuéntame tu problema.

-Mi problema es que nadie me toma en serio.

-¿A qué le llamas tomarte en serio? -le pregunté.

-¿Y me lo dices tú? Tú no te ocupas de nada. Tu mismo hermano dice que tú, antes, de repente, ibas por el poblado y veías una presa de pollo y te la ponías en la alforja y te ibas sin dejar una moneda a cambio.

Le dije:

-Dos cosas: Una, era niña, no tenía para comer. Dos, esos tiempos pasaron. Y una más, tres, ocúpate de tus problemas.

-Perfecto -dijo Petre-, entonces no te cuento.

-Voy a seguir caminando, haz lo que quieras.

-Espera...

Me senté al lado.

-¿Qué pasa?

-¿Tú qué piensas de mí?

-¿Yo qué pienso de ti?, ¿cuántas veces nos vimos, una, dos?, en la aldea no te conozco. ¿Te piensas que porque una mujer de repente ve a un varón, intercambia un beso corto y ya conoce a la persona?, no la conoce, es simplemente un impulso. Entonces cuéntame, Petre, qué pasa.

-¿Tú, por ejemplo, me tomas en serio?

-Insisto, ¿a qué le llamas tomar en serio, a que te preste atención?, ¿a que halague lo que haces?: "¡Oh, pero qué bueno tu trabajo de herrería, que maravilla! No te preocupes si tienes piel cobriza, la piel no hace a la persona". ¿Quieres ese halago?

-No, no me estás halagando, te estás burlando.

-No, Petre, no me estoy burlando, estoy siendo irónica. Estoy siendo irónica porque si te maltrato y te digo cosas vas a decir "Yo tengo razón, nadie me tiene en cuenta". Si te digo bueno, no te preocupes, eres buena persona, te molestas, ya me lo has dicho que no te gusta que las mujeres te digan que eres bueno.

-Es verdad -asumió Petre-, no me gusta porque buenos son los amigos.

-¿No quieres que yo sea tu amiga?

-No pasa por ahí, pasa que para todas las chicas yo soy buenito, pero nadie me toma en serio.

-Vamos a aclararlo, Petre, ¿qué es tomarte en serio, que una mujer diga "Me has eclipsado, eres el amor de mi vida y se entregue, vayan a un granero y tengan una intimidad?

-Te estás burlando.

-No, no me estoy burlando, ¿qué es tomarte en serio?, ¿por qué todo tiene que ser una obligación de que todas las mujeres tengan que ser una pareja tuya? ¿Por qué no pueden ser amigas?

Petre me dijo:

-¿Y porque no alguna de tantas puedo interesarle como pareja?

-Y sí -exclamé-, por qué no, ya llegará el momento.

Me miró.

-¿Y tú como me ves?

-No, no, no, para, para, para, tú eres una persona buena.

-Entiendo -dijo Petre-, a las mujeres le interesan las personas un poquito más perversas.

-No, esas son las tontas, las irracionales. Si de repente un varón me maltrata, y supongamos que sea más fuerte que yo, a la noche lo apuñalo, le corto el cuello. Pero de a uno te digo, de una, no me va a remover la conciencia. A mí no me interesan las personas perversas, me gustan las personas sanas. Tú eres una persona sana, pero eres bastante quejoso y las personas quejosas no me gustan, porque no me das motivos para que puedas atraerme. Generalmente el hombre es protector, pero aclaro, yo tampoco preciso un hombre protector porque tengo una espada y tengo atrás un puñal, no preciso que un varón me defienda, pero no quiero tampoco un varón que llore sobre mi hombro, quiero una persona que sea equilibrada, que pueda de alguna manera contenerme cuando yo estoy mal y no que yo lo tenga que contener a él. Ahora, supongamos que ese varón tiene algún drama, una pérdida de un ser querido, no va a ser menos hombre por llorar, no va a ser menos varón por romper en llanto, esas son tonterías, pero de ahí a quejarse porque le duele el pié o porque tiene una pequeña herida no, no, eso no.

-Yo no soy así -dijo Petre-, cuando empecé a trabajar en la herrería me sangraban las manos antes de que se formaran callosidades, y cuando era joven exterminaron a casi toda mi raza, a toda la raza cobriza; no hago el rol de víctima por tonterías. ¿El perder a mi gente o casi toda mi gente te parecen tonterías?

-No, no me parecen tonterías. Pero no me has dicho ahora qué hacías en esa roca con cara de afligido.

-Había hablado con una joven, Dimela, y era una persona, cómo diríamos...

-No titubees, ¿cómo era?

-Una persona que le gustaba divertirse con los varones.

-¿Y?

-Y bueno, intenté abrazarla y me dijo "¿Pero qué haces?" y me dio una bofetada.

-Tienes el tacto de una cabra.

-No entiendo.

-Claro, Petre. O sea, está bien, te encuentras con una joven, te dice "Me gusta disfrutar con los varones, me gusta divertirme", y vas y te abalanzas. No es así; conversas, ves, tanteas... ¿Has ido a la región de las ciénagas?

-Sí, por supuesto que he ido, soy de piel cobriza.

-Bien. ¿Cómo andas en la región de las ciénagas?

-Cuidando con el pié, donde veo que hay una parte muy fangosa retrocedo.

-Bueno, hazte cuenta de que esa mujer que conoces es una ciénaga, vas andando paso a paso, despacio, ¿entiendes?

-Entiendo. Lo probaré contigo.

-No, no, no, conmigo no pruebes nada. Quiero seguir despejando mi mente, voy a seguir andando. Pero nos veremos, me gustó conversar contigo. Pero no te estoy dando ninguna chance por ahora. Espera, tómate tu tiempo. -Sonrió Petre-. Bien, bien. Eso es lo que quiero, que sonrías, déjate de lamentarte por la cosas.

-¿Me estás diciendo que me vas a dar una oportunidad?

-No, te dije vamos a ver cómo van las cosas, no cambies las palabras de mi boca. Le acaricié la cabeza y seguí caminando.

A lo lejos Petre me dijo:

-¿Se le acaricia la cabeza a los amigos?

Me di vuelta y le dije:

-Por favor, basta, porque si de regreso te golpeo el mentón con mi puño, no te voy a acariciar la cabeza. -Largó una carcajada. Me di vuelta y seguí caminando para seguir despejando mi mente.

 

Gracias por escucharme.