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Psicoauditación - Nicolás

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 24/06/2016

Sesión 08/06/2017

Sesión 10/01/2018

Sesión 10/02/2018

Sesión 12/02/2018

Sesión 13/02/2018


Sesión 24/06/2016
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

La entidad relata cómo pueden cambiar las cosas en un corto espacio de tiempo y que no siempre son malas para uno aunque sí para otros. En Umbro luchó con el mítico Aranet, consejero del rey Anán, y presenció su muerte por un salvaje. Le vengó en el acto. El rey le pidió que fuera su nuevo consejero.

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Entidad: De repente te quejas, te lamentas porque estás rodeado de monotonía, todo es igual, sientes como que nada cambia en tu entorno y en tu propia persona. Por supuesto que tienes dudas, inquietudes, preguntas de por qué las cosas son así. Pero en esta vivencia que recuerdo, como thetán, las cosas cambiaron de un momento para el otro.

 

Me crié con mi padre y mi madre, ellos estaban en la cocina de palacio. Mi nombre era Albano.

Tenía un amigo, Historio, que su padre era un gran soldado. Por la mañana temprano, luego de desayunar me invitaba a practicar con él el arte de la espada al punto tal que siendo adolescente me consideraba muy bueno.

 

El jefe de la guarnición, Durbán, conversó con el padre de este joven, quien le había hablado de mí y me mandaron llamar. Mis padres se alarmaron pensando que algo habría hecho y me castigarían. Y no, hablé directamente con el jefe Durbán, me preguntó si quería formar parte de los soldados pero que el entrenamiento era duro. Le dije que sí. Y todo lo que yo había practicado con mi amigo era nada comparado con el entrenamiento actual. Los primero días estaba más que exhausto, me dolían todos los músculos del cuerpo, los brazos, las piernas, el cuello, la cervical. Prácticamente por la noche comía un guisado y me temblaban las manos del dolor que tenía.

 

Recién en diez amaneceres me acostumbré al rigor del entrenamiento y fue cuando comenzó el asedio, y fue cuando comenzó la batalla. Todo cambió, el jefe Durbán fue muerto, quedé a cargo de Oksaka. Nuestro rey, Anán, había huido, nos sentíamos todos consternados y más que preocupados, asustados, porque quien lo aconsejaba, un guerrero llamado Aranet, tampoco estaba, se había marchado. Y esperábamos el golpe final de quienes nos asediaban.

 

Mi primer cambio de destino fue cuando pasé de la cocina al fuerte. Mis padres orgullosos, yo pensando que la horda que se acercaba acabaría con todos nosotros. Hubo un primer combate, vi morir a mi amigo, a su padre y a decenas y decenas de compañeros. Yo mismo tuve una herida en una pierna pero me repuse. Soportamos un par de asedios más. El consejero del rey, ese gigante llamado Aranet, había hecho armar unas defensas que por ahora contenían a quienes nos asediaban. Y el tiempo pasó en calma, y la calma me corroía el estómago, sentía como un ardor de ansiedad, de nervios. Odiaba la calma, odiaba la incertidumbre. Hasta que un amanecer, a lo lejos se divisaba una horda de salvajes y dijimos "Bueno, la lucha final. Hombres, ancianos, niños exterminados, mujeres violadas". Eran muchos, era imposible contenerlos. Lo raro es que detrás de los salvajes había soldados y venían al paso. Y adelante, en un felino extraño con cuernos, montaba un gigante.

 

El jefe Oksaka abrió la compuerta y salió, habló con el gigante que montaba el felino y entraron todos, no ordenados, los salvajes gritando pero no era un grito de combate, era un grito de libertad. Me enteré después que todo se había solucionado y Aranet había quedado a cargo de la guarnición, del ejército, del palacio, de todo. Y no sé si era para mejor.

 

La horda de salvajes se comportaba bien, iba al poblado. Aranet distribuyó metales cobreados entre los feriantes, entre los ayudantes del palacio, los soldados, los salvajes. Nadie precisaba nada, todos los deseos satisfechos, las mujeres de las posadas prestas a satisfacer a los salvajes a cambio de dos o tres metales. Pero no todo terminaba ahí, Aranet salió con una guarnición buscando al rey, volvieron a los pocos amaneceres con las manos vacías. Una segunda y una tercera excursión. En la última volvieron con el rey y su familia.

 

El rey se adaptó finalmente a las costumbres. Yo era pequeño y me habían comentado que el rey había sido un gran guerrero y que ahora se estaba recuperando. Finalmente logró restablecerse la paz. Tuve el honor de que me presentaran a Aranet y el error de decirle señor, su rostro se puso serio:

-¿Cómo te llamas?

-Albano.

-Albano, si otra vez te diriges a mí y no me dices Aranet, ¿ves esta espada?, te cortaré el cuello en dos.

-Sí, se... Sí, Aranet. -Lanzó una risotada.

 

Me llevaba media cabeza de estatura pero veía que era una persona confiable y envidiado por muchos. Le caí en gracia, me llevó con parte de la guarnición, mitad salvajes mitad soldados, de cacería a cazar porcinos con cuernos. Lo hacía más por diversión o por no perder el entrenamiento porque en el poblado había cereales, frutas, verduras, hortalizas, incluso carne de animales herbívoros, pero le gustaba salir de cacería.

 

Y fui testigo. Llegamos a una zona montañosa, rara vez nos habíamos alejado tanto del palacio. Uno de los salvajes que nunca me había caído bien porque hablaba poco, su mirada era torcida, cuando hablaba bajaba la vista pero no de temor o de vergüenza sino para no mostrar sus intenciones. Vi que se apartó con Aranet buscando una presa. El salvaje se fue retrasando, era uno de los pocos que aparte de espada portaba un arco y flechas, vi su intención. Estaba a muchas líneas de distancia y fui galopando. El salvaje sacó una flecha apuntó y le dio en la espalda a Aranet que instintivamente se tocó la espalda del lado izquierdo, seguramente la flecha le había atravesado el corazón. Espoleó a su felino con cuernos y ambos cayeron al precipicio. Desenfundé mi espada y ataqué al salvaje, no le di tiempo a nada, le cercené el cuello. Desmonté, miré hacia abajo. Tanto el felino, a cientos de líneas hacia abajo, como el gigante yacían inertes sobre las rocas manando sangre, sus cuerpos destrozados. Le conté a mi jefe, me dio la peor misión: Que yo mismo le diga al rey que su amigo y consejero, Aranet, había muerto.

 

El rey echó a todos del salón, solamente se quedó su esposa y yo. Y lo vi llorar de impotencia, de rabia por haber perdido a un amigo, por haber perdido casi un hermano. El rey me pidió que deje la guarnición y que fuera su consejero, la idea me encantaba pero no quería despertar la envidia de otros y que me pasara el día de mañana lo mismo que a Aranet.

-¿Cómo te llamas?

-Mi rey, mi nombre es Albano.

-Me ayudarás, me aconsejarás y por la mañana practicaremos.

-¡Majestad! ¿Yo cambiar espadas contigo?

-Cambiar no, cruzar espadas. Así se dice.

-Pero ¿y si por error llegara a lastimarlo?

-No te preocupes, Albano, son riesgos de la practica. -Me palmeó el hombro y me dijo-: Y ahora ve con tus padres, ve a comer algo.

 

Me incliné ante él y ante la reina, y marché a la cocina. Les conté la buena nueva a mis padres.

-¡Así que consejero del rey!

-Está muy dolorido, perdió un gran amigo.

 

Así que pasé de ayudante de cocina, a soldado y a confidente del rey. No en todas las vidas suceden cambios tan drásticos, y en la mayoría de ellas -no por ser pesimista-, pero las cosas van para peor, no para mejor. De todas maneras aquí en ese rol de Albano, en ese palacio, en ese mundo llamado Umbro, todavía era joven y no sabía lo que me esperaba. A veces la ignorancia del futuro te hace sentir bien.

 

Nada más para contar por ahora. Toda la luz a mi 10% actual, Nicolás. 

 

 


Sesión 08/06/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

Es difícil estar siempre consecuente con todo, las presiones del entorno afectan a nuestra conducta. La entidad relata su prudencia como consejero real y que a veces no podía hacer lo conveniente por no perjudicar a otros y a él mismo. Estaba en una posición difícil.

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Entidad: En distintas vidas he tenido encrucijadas, el no saber qué decisión tomar, qué era mejor, qué era peor o qué era lo menos malo, en el caso de que no hubiera algo mejor en las elecciones.

Si a eso le sumamos desacuerdos, envidias, indiferencia de gente a la que tú consideras amiga y luego te viene la desazón porque entiendes que estaban contigo por algún interés, por sacar alguna ventaja, por obtener algo a cambio y te pones a pensar, ¿Pero cómo, es que nadie hace nada por que sí, digamos, como favor o porque directamente le es grato tender una mano al otro? ¿Todo se hace por interés? Y entonces es cuando tu círculo se estrecha y de repente tienes diez personas en las que confiabas y vas descartando, pero no egoicamente como diciendo este sí, este no, este no, este no, sino porque lo notas, lo ves, lo percibes, lo entiendes, lo razonas, lo digieres... ¿Pero será posible? Y quien no habla mal o quien habla a espaldas tuyas... O de repente -como decís vosotros en Sol 3-, depositas las fichas en alguien y las pierdes.

 

Yo sé -lo he aprendido en la encarnación actual-, tengo corta edad, no soy una persona madura como tampoco lo era en Umbro, como Albano, pero a veces las experiencias, independientemente de la edad que tengas, te enseñan. Algunos se preguntan ¿Por qué tienes que aprender con el dolor? ¿Por qué tienes que aprender con la indiferencia? ¿Por qué tienes que aprender con los reveses? ¿Por qué no se puede aprender de las alegrías, de los momentos gratos, placenteros? Bueno, supongo que porque los disfrutas y te dejas estar, te dejas llevar. En cambio, esos momentos de angustia son relativos, es como que cinco minutos fueran cinco horas, es como que no se terminan nunca. Claro, te quedas clavado.

 

Como Albano, era metódico -cada rol es distinto al otro-, era muy metódico, quizá por el puesto que tenía. Bueno, nada menos que asistente del rey Anán. En realidad hacía más de asistente; era asistente... ¿consejero?, sí, podría decir que sí. Era a quien más consultaba, salvo cuando Anán recibía a su amigo Aranet, a él le consultaba todo, todo. Y debo decir la verdad, Aranet, cada vez que lo aconsejaba o lo orientaba o le decía algo rara vez se equivocaba. Ya era innata su sabiduría o su experiencia de vida, Aranet prácticamente había vivido con el rey Anán cuando se llamaba Gualterio, como le puso ahora a su hijo.

 

Hay algo que Anán nunca menciona, disculpad que me vaya de un tema al otro, pero es como lo voy recordando, es como lo voy conceptuando y es como este receptáculo lo va decodificando y lo codifica al lenguaje hablado.

 

Yo sabía que Anán no estaba bien desde hace mucho tiempo atrás, en realidad es que una hija de Anán murió de pequeña, quizá en un crudo invierno le afectó los pulmones y no hubo manera de sanarla. Quizá fue ahí cuando la reina empezó a cambiar, empezó a alejarse del rey. Hay una cosa que aprendí: a observar y a callarme si no me preguntan nada. Aprendí a ser respetuoso, a no meterme a donde no me llaman, a no preguntar si nadie me preguntaba a mí primero y a hacer el rol de invisible. A veces estaba a un costado del rey, él discutía con su señora reina y yo imperturbable, parado, duro como si fuera una columna más del palacio, y traspiraba, me caían las gotas de sudor de la frente porque estaba incómodo. Por suerte la reina me ignoraba como si verdaderamente yo fuera una decoración hasta que se iba a su alcoba. ¡Ufff! Y Anán me decía:

-¿Qué tengo que hacer, Albano?

-Mi rey, yo no soy quien para aconsejarlo en ese sentido.

-Albano, Albano, te estoy dando la confianza -me respondía el rey.

 

Me sentía incómodo. Supongamos que le dijera algo: "Mi rey, le conviene esto o le conviene aquello o le conviene lo otro", y debido a mi opinión tomaba una decisión y luego le salía mal, ¿a dónde quedaba yo parado? No, yo eso lo evitaba, tenía pánico. A ver, Anán era accesible, he sabido de reyes que colgaban a sus asesores simplemente porque opinaron algo cuando no debían. No, Anán no era así, porque Anán venía de cuna humilde. Al contrario, su juventud, su niñez fue mucho más humilde que la mía; mi padre fue soldado, mi madre trabajaba en el poblado del palacio, en la feria, ella murió joven cuando yo era un niño, padre murió siendo yo adolescente en una de las batallas cuando aún no gobernaba Anán sino su padre, o sea, que siempre me crié entre el palacio y los cuarteles. Participé de algunas batallas, no me consideraba malo en el manejo de la espada, tampoco era el mejor, simplemente me cuidaba.

 

Habían ascendido a Oksaka, un hábil soldado como el actual jefe de la guarnición, pero Oksaka tenía lo que vosotros llamáis ego, un ego exacerbado, era bueno con la espada, era intolerante con la tropa, castigaba al soldado que se equivocaba, no con prisión, no con latigazos sino duplicando sus ejercicios o quitándole su ración de alimento.

Varias veces le decía a Oksaka:

-El palacio no necesita soldados débiles -me miraba con una mirada de fuego, o de hielo. Y me decía:

-Albano, tú ocúpate de lo que te corresponde. Ocúpate del rey, que está bastante desatendido, yo me ocupo de la tropa.

Pero bueno, capaz que yo no tenía tanto carácter, pero le decía:

-Si te ocupas de la tropa, tenla entrenada, pero para tenerla entrenada tienes que tenerla bien alimentada. Y de repente hay un soldado que hace algo mal y tú le mezquinas ración de alimento, y no va a rendir.

 

Pero pasaba muy seguido y yo no sabía qué hacer, y acá está la encrucijada, a veces elegir entre lo peor y lo menos peor, no hay mejor, como dije al comienzo.

Le contaba al rey Anán lo que pasaba, varios soldados estaban no desnutridos pero sí débiles porque Oksaka, con varios, se ensañaba de esa manera. Uno incluso se rebeló y lo desafió a duelo; murió con el pecho atravesado por la espada de Oksaka. El rey Anán preguntó qué pasó, Oksaka le explicó al rey:

-Era un traidor.

 

Pero no, no era un traidor. ¡Ah! Si yo me callaba, como dicen los maestros de Luz, era cómplice del mal. Si hablaba y le contaba al rey, era un soplón, un alcahuete, un correveidile. En la tropa los soplones eran considerados como traidores o poco hombres, generalmente las mujeres son las que andan en cotilleo, cuchicheando en la cocina, hablando de boca a oído, "Mira lo que pasó con fulana, con mengana", los hombres eran más reservados.

Pero acá estaba teniendo una lucha de egos dentro mío, un ego que me decía "Tú eres un hombre, tú no te puedes poner a la altura de una mujer, de andar contando cosas". Otro ego me decía "Eres igual a Oksaka, en el fondo disfrutas que castiguen a la tropa mientras a ti no te pase nada, porque tú comes en palacio, comes la misma comida del rey, no la de la tropa. En el fondo eres un mal criado". ¿Mal criado? Murieron mis padres, mi padre en batalla. Más de una vez por honor, por orgullo, por un orgullo mal entendido, por un orgullo estúpido, ese orgullo egoico que no razona, a veces hasta hubiese querido morir en batalla para honrar a mi padre. ¿Honrarlo, con qué? ¿Muriendo voy a honrarlo? Qué estúpido es eso. Y a veces hubiera querido tener la magia de Aranet, el guerrero, este guerrero ahora nombrado caballero.

 

A Aranet lo vi caer a un desfiladero, lo dimos por muerto. Y nunca explicó, por lo menos no a mí, cómo volvió de la muerte. Luego en la batalla, en la gran batalla donde él quería rescatar a su amada Mina, Mina Valey, la gran batalla de la fortaleza Belicós. Pero antes de la gran batalla se contó, se dijo que lo habían matado en el camino porque él estaba secuestrando a la prometida de Belicós, y otra vez apareció vivo. Los soldados pensaban que tenía un pacto con aquel que está más allá de las estrellas. Los bárbaros, que eran acérrimos seguidores de Aranet, en su ignorancia eran más creyentes todavía de que algún tipo de brujería o de don o poder o vaya a saber qué, lo rodeaba a Aranet, y que tenía un pacto con la muerte, que no podía morir. Yo era más racional, yo sé que había una explicación, pero como dije antes era muy medido, no preguntaba si no me contaban. Con el tiempo me fui enterando de lo que pasó, cómo lo salvaron las dos veces. En un lugar lejano que Aranet jamás iba a contar ni siquiera aunque le quemaran los ojos, había unas plantas medicinales, quizá bendecidas por aquel que está más allá de las estrellas, que te sanaban de todo, de heridas, de quemaduras. Obviamente que si te cortabas un brazo no te lo iban a hacer crecer, seamos racionales, pero sí que te sanaban heridas internas y externas.

 

Y una tarde vi a un soldado, Orestes, tambaleante. Tenía la cara magullada, lastimada.

-¿Qué sucedió?

-Nada, señor Albano.

-¿Qué sucedió? -De alguna manera es como que yo tenía ascendencia sobre los soldados por ser asistente del rey.

-Me he peleado con un compañero que se ha burlado de mí diciendo que Oksaka me tenía como un peón de aquí para allí y yo le dije que no era peón de nadie y me golpeó.

-¿Y no te has defendido?

-Señor, hace dos días que no como, Oksaka tiene prohibido a los cocineros del cuartel que me den, y los compañeros por temor no me dan parte de su ración.

-Ven, ven a la cocina.

-Pero señor, ¿al palacio?

-Ven a la cocina, ahora. -Le dije a la cocinera principal que le prepare una buena ración. Había una joven que sabía de hematomas, de heridas, le puso unos ungüentos calientes en el rostro, le hizo sacar toda la ropa del torso donde también tenía magulladuras y una pequeña herida cortante, le tuvo que dar tres puntadas, lo cosió. Orestes ni se quejaba. ¿Y quién se asomo a la cocina? El rey.

El soldado se envaró y quiso pararse, lo sostuve de un hombro.

-No, quédate sentado.

-¿Qué pasa aquí?

-Mi rey -expliqué-, este soldado fue golpeado.

 

Y le expliqué toda la historia. Le expliqué lo de Oksaka, que lo tenía hace dos días sin ración porque simplemente había objetado su mando con razón. Le expliqué que hacía decenas y decenas y decenas de amaneceres que yo tenía encontronazos con Oksaka por la forma cómo que dirigía la tropa de una manera poco tolerante.

Y Anán se enojó conmigo.

-¿Por qué no me has contado antes? -Estaba con el ceño fruncido, rara vez lo veía enojado a Anán.

Le dije:

-Mi rey... -Le di mi planteo de que generalmente el hombre es mal visto si cuenta intimidades.

Me respondió:

-Eres un tonto.

-¡Mi rey!

-Eres un tonto. Está bien lo que dices, se trata de no contar tonterías, cosas cotidianas, pero acá estamos hablando de algo grave, entonces tienes que poner en tu balanza qué es lo que pesa más, la gravedad o tu estúpido orgullo de no querer contar para que no te consideren poco hombre. No sé si lo entiendes.

-Sí, mi rey -respondí. Me sentí humillado, pero no humillado desde el desprecio del rey, humillado por mi conducta estúpida.

El rey me puso una mano en el hombro.

-Albano, te conozco mejor que tú mismo, sé de tu valor interno, de tu lucha interna, de tu lealtad y a veces de esa dignidad mal entendida. Si Aranet se enterara, por ahí te daba un puntapié donde termina la espalda y luego hubiera bebido una bebida espumante contigo, pero tampoco se hubiera enojado. Y vosotras -a las cocineras-, alimentad bien a este soldado. Se quedará aquí, le daréis en la parte baja un aposento. Estará exento de ir al cuartel por lo menos por tres amaneceres. Ve a llamar a Oksaka.

-Mi rey...

-Ve a llamar a Oksaka, ahora.

-Sí, mi rey. -Marché, fui hasta el cuartel, hablé con Oksaka: -Te llama el rey.

-¿Qué le has dicho?

-Había un soldado en malas condiciones, le tuve que contar todo.

-Y seguramente has agrandado las cosas, como cobarde que eres. Eres tan cobarde que no eres capaz de aceptar un desafío. -Me dio una bofetada.

-No lo vuelvas a hacer -le dije.

-¿O qué?

Saqué mi espada.

-Ajá. Bien. Iré a ver al rey después de matarte -dijo Oksaka.

 

Luchamos. Me hirió en el brazo izquierdo, una pequeña puntada en el abdomen. Me sentía perdido, era un excelente espadachín y yo estaba muy reactivo, muy enojado, y caí al suelo en medio del barro. La tropa me respetaba pero al ver esa escena muchos soldados largaron la carcajada. En ese momento me subió la sangre al rostro y claro, me reactivé más. Y pensé en las palabras de Aranet que me dijo alguna vez: "Cuando te invada la ira estarás perdido, te cegarás y tu pecho será atravesado por la espada".

Tres segundos estuve hasta que aplaqué. Me serené, me levante, me lanzó una estocada, paré el golpe casi automáticamente sin pensar, paré otro golpe y le lancé un golpe al pecho. Apenas penetré el metal Oksaka cayó de rodillas desvanecido.

-Llévenlo a la enfermería. -Se quedaron todos parados-. ¡Ahora! ¡Llévenlo a la enfermería! ¡Ya! -Lo levantaron entre cuatro y lo llevaron a la enfermería.

 

Volví a palacio.

-¿Qué pasó? -dijo el rey.

-Mi rey, le di el recado de que venga y me desafió, me dio una bofetada, sacamos nuestras espadas y cruzamos metales. Me hirió en el brazo, en el abdomen. Lo herí en el pecho y cayó desvanecido, fue a la enfermería.

Me llevó a la cocina, habló con la joven, la que sabía atender hematomas y coser heridas.

-¡Atended a Albano! ¡Ahora!

Me senté al lado del soldado.

-¡Señor, qué le pasó?

-Oksaka.

-¿Se batió a duelo con él? ¿Lo mató?

-No, quedó herido.

-Usted también, señor.

-Me repondré.

 

Pasaron tres amaneceres, el soldado volvió a la tropa mejor alimentado, más fuerte. El propio Anán ordenó que el soldado subiera de rango. A Oksaka, directamente le sacó el mando. No lo desterró, pensé que lo iba a desterrar, quizá era más humillación para él el que quedara como un soldado raso porque había muchos soldados que lo odiaban por la intolerancia que tenía y seguramente en algún momento harían justicia, pero yo me desentendí del tema.

Seguía teniendo luchas con mi ego, pero por lo menos entendí que las circunstancias me ayudaron y de alguna manera, porque no voy a ser hipócrita, no voy a ser hipócrita, me alegré de haber combatido y haber vencido a Oksaka, me sentía más..., no sé, tenía más respeto por mí mismo, más digno, no digo con más orgullo porque no se trataba de ego, se trataba de respeto por mí persona, porque al fin y al cabo lo que buscamos en esa vida y en todas las vidas es el respeto por uno mismo, algo que no es fácil conseguir porque a veces el entorno te tira para abajo, y uno ayuda, lamentablemente a eso, lo cual no debe ser, no lo debemos permitir.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión 10/01/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

En Gaela, de chico crecía sin amor familiar, desubicado. Pero era soñador y con unos amigos pasaba el tiempo. Uno de ellos era especialmente querido por él. Entre los dos se cuidaban.

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Entidad: Si nos ponemos a pensar en el tiempo, hablamos de algo inconmensurable en comparación con nuestra vida física.

 

Hace milenios y milenos encarné como Héctor Alexandre en el siglo XX de Gaela, un mundo similar, casi idéntico a lo que hoy es Sol 3. Había nacido en la región de Plena. De pequeño fui medianamente feliz, inconsciente de lo que pasaba a mi alrededor, no había conocido la pobreza. Papá José era lo que vosotros llamáis abogado, había resuelto buenos casos, no éramos una familia rica, acomodada, pero nos podíamos dar el lujo de tener carro, de poder vacacionar quince días al año e incluso de tener una semana de vacaciones en invierno. Mamá Adana era más pendiente de sus actividades, ella tomaba el té con las amigas, hablaban de cosas vanas. Eso me fui dando cuenta a medida que iba creciendo.

Jugábamos en la calle, en la vereda. Mis amigos de la niñez eran Arturo Rosen, José -se llamaba igual que papá-, Manuel y el sordomudo Luis, un chico que seguramente por genética había tenido problemas. Se comenta que el papá en su juventud había sido alcohólico y eso afectó a Luis. Pero como decís vosotros eso es tocar de oído, es no saber, es lo que se dice, nada más.

 

Me llevaba muy bien con Arturo. Venía a casa, tomábamos un cuaderno blanco y dibujábamos historietas inventadas por nosotros. Podría decir que Arturo y yo nos llevábamos muy bien. A veces merendaba en casa, cuando pedía permiso para ir al baño, mamá Adana me decía al oído:

-¿No le dan de comer en la casa?, mira que flaco que está Arturo. Y claro...

-No entiendo, mamá.

-Claro, su padre es carpintero, debe ganar la cuarta parte de lo que gana papá, no deben tener ni para comer.

 

Pero yo era un niño, lo que me decía mamá era como que era la verdad. Y a medida que fui creciendo me di cuenta de que... de que papá era un engreído, un soberbio. Él pensaba que por ser abogado era alguien que tenía la jefatura de gobierno, y había miles como él. Y despreciar al papá de Arturo por ser carpintero... Creo que se llamaba Paul y creo que ganaba bastante bien, quizá no lo que ganaba papá José, pero eran ubicados.

Pero a mí me interesaba la amistad de Arturo. Insisto, éramos niños, los niños no catalogan, a veces somos crueles, decimos las cosas como las vemos, un niño no es diplomático, un niño habla, punto. Y a Arturo lo veía como..., a ver, no tonto, pero... ¿cómo podría decirlo?, lento, tímido, tímido hasta rozar la cobardía. A la vuelta había una bandita de unos chicos de nuestra edad y jugábamos a las batallas y Arturo se escondía y a mí me daba como bronca, ira. Una tarde lo empujé:

-¿Por qué no te defiendes?

-¿Por qué me voy a defender de ti si somos amigos?

Lo volví a empujar.

-Somos amigos, Héctor.

 

Tomábamos el cuaderno y seguíamos dibujando, salíamos de la realidad y nos sumergíamos en la fantasía de nuestra imaginación, inventábamos historias de piratas, de invasores de la antigüedad, incluso hacíamos historias del pasado, sí, éramos inquisidores del Rombo. Éramos niños, no sabíamos ni de qué estábamos hablando. De más grande me di cuenta de que el Rombo era una orden religiosa creada injustificadamente mucho tiempo después de la muerte de Axxón, en la región de Amarís, por eso se llamaba también la Orden de Amarís y durante siglos murieron miles de personas bajo la inquisición de Amarís o Inquisición del Rombo. Pero éramos tan inocentes en nuestros juegos que cogíamos espadas de madera y jugábamos a que éramos inquisidores.

A veces me invitaba Arturo a su casa, que tenía un pequeño patio, porque su casa era más pequeña, y nos vio la madre, Sara.

-¿Qué hacéis? -Arturo le dijo:

-Mamá, no te dirijas así a nosotros, somos inquisidores del Rombo. -La madre amagó con darle una bofetada y luego se metió dentro de la habitación.

 

Pero lo vuelvo a decir por enésima vez, éramos niños, ni siquiera entendí lo del amague de la bofetada, creo que Arturo tampoco, y éramos felices con nuestra inocencia.

Teníamos muñequitos -bueno, yo tenía-, que imitaban a emperadores de la antigüedad, a soldados de hace siglos y siglos que fueron los que apresaron a Axxón. Y le decía a Arturo:

-¿Y tú no tienes muñequitos?

-No, juego con pequeños palos de madera haciendo ver que son muñecos.

 

Y ahí sí, como decís vosotros en Sol 3, me cayó la ficha. La palabra "caer la ficha", la frase, mejor dicho, "caer la ficha", significa darse cuenta. Y me había dado cuenta que si bien su padre Paul era carpintero y ganaba bien, no ganaba tanto como papá José. Y sentía como una sensación de protección hacia Arturo, como que debía protegerlo si alguien en la calle quería pegarle. Varias veces discutió con José y yo me metí en el medio, incluso con Manuel. Con Luis no; Luis decía a todo que sí, él no entendía, sólo hablaba por gestos, pero veía que Arturo quizá por tener una madre sobreprotectora como Sara lo había criado demasiado tímido rozando, y disculpad la palabra, rozando lo cobarde. Sin embargo diréis ¿Qué absurdo, no?, pero yo anhelaba una mamá como Sara, sobreprotectora, ¡je, je! Mamá Adana apenas me prestaba atención, llegaba la hora del té y se iba a la casa de alguna de las veinte amigas que tenía, todas esposas de abogados, obviamente, y se quedaba hasta tarde jugando a las cartas mientras tomaba el té. ¿Si a papá le importaba? Papá llegaba tarde del despacho.

Yo tenía una pequeña institutriz, no le llamaría institutriz, una cuidadora, porque en realidad no me enseñaba nada de nada de nada; lo que aprendía, lo aprendía en la escuela. Me molestaba la institutriz porque -bueno institutriz, la cuidadora-, porque fumaba y a mí no me hacía bien el humo, me hacía toser.

Le comenté a papá:

-La que me dejas cuidando fuma.

-Bueno, bueno, bueno.

Agarraba su maletín, sacaba una carpeta y se ponía a hacer cuentas, y yo ahí invisible. Llegaba mamá, más invisible.

Entonces me sentía como que, y que no se me entienda mal, como que no tenía un lugar de pertenencia. Y de verdad que me sentía mal, por eso me aferraba a la amistad de Arturo Rosen de la misma manera que él se aferraba a la mía por otro motivo, yo era su amigo mayor, su protector. Uno se aferraba al otro por distinto motivo.

Y disculpad que lo diga otra vez, éramos niños, éramos crueles, nos decíamos las cosas pero no nos dolía porque si bien uno, como niño tiene ego, vive el momento, a la hora se olvidó de lo que pasó, nos podíamos tomar a golpe de puño y luego estábamos tomando una leche batida con chocolate. Y nada, pasaba.

Pero los engramas quedaban por dentro. En el caso de Arturo la timidez. En el caso mío la indecisión, el no sentir como que tenía un lugar de pertenencia.

Y ese era yo, Héctor Alexander.

 

Gracias, por ahora. Gracias.

 

 

 


Sesión 10/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

De pequeño no era feliz. No estaba atendido por su familia y sólo tenía a sus amigos. Pero aun siendo joven tenía claro qué futuro quería.

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Entidad: La calle donde vivíamos era lo que llamaríais una cortada, por el lado derecho terminaba dos cuadras pasando una avenida y unas diez, doce cuadras para el lado izquierdo, pero cuando yo era chico era inmensa, interminable. Siempre de pequeños vemos las cosas mucho más grandes.

 

Recuerdo que era una época donde jugábamos en la calle sin ningún problema, donde podíamos ser astronautas, soldados, guerreros en nuestra imaginación, y a veces venía Arturo Rosen a casa.

Le decía a mamá:

-Viene Arturo.

Mamá Adana me decía:

-Héctor ¿no tienes otros amigos más sociables? -De pequeño yo no entendía.

-¿Qué significa sociables?

Mamá me decía:

-Más presentables.

-Pero conversa mucho conmigo, es tímido pero conversa mucho.

-¡Ay! No entiendes Héctor, es de otra clase, no es como nosotros.

 

Y no, no le entendía. Tomábamos nuestros cuadernos y dibujábamos nuestras historias, cada uno por separado. Mamá nos dejaba la merienda preparada y se iba a jugar a un juego de cartas o a tomar el té con las amigas y papá José no venía en todo el día. No es que no me prestaran atención, en realidad era así, pero entre ellos no se prestaban atención tampoco. Papá cuando salía del despacho se quedaba en un bar habitué donde iba siempre con los amigos, a veces venía con olor a alguna bebida alcohólica fuerte pero no, no, no; no es que viniera beodo, no es que viniera alcoholizado no, no, no, venía normal, de alguna manera es como que tenía la coherencia de no estar alcoholizado pero se notaba que tomaba, y mamá no le decía nada. No tengo la seguridad de que entre ellos se engañaban, yo creo que mamá le ponía todo su énfasis en las amigas, en contar el último vestido de moda que se habían comprado. Y papá decía "Sería un convertible 1958". Pero después, de más grande, me preguntaba si entre ellos había intimidad, y es como que no, no me preocupaba.

 

Por ahí, por algún engrama grande que debo tener, es que no lo menciono como si fuera hijo único, pero no alcanzo todavía a dilucidar el por qué, pero tenía un hermano unos años mayor llamado Enrique, le decíamos Chiche. no se juntaba con nosotros: con Arturo, con el sordomudo Luís, con José, con Manuel. Él tenía otros amigos, un tal Rogelio era de su edad, a lo mejor un año más grande no sé, y otro que le decían Carlos Mirán, tres años más grande que nosotros, cuatro. Tres, cuatro años cuando eres pequeño es otra generación, cómo decirlo mejor.

Le preguntaba a Arturo qué quería estudiar el día de mañana.

Me decía: -Papá quería que estudie ingeniería.

-¿Te gusta?

Arturo se encogía de hombros. -Más o menos.

-Yo quiero estudiar medicina, quiero ser médico. -Arturo me miraba-. ¿Por qué me miras?

-Porque cuando éramos más pequeños ambos queríamos ser astrónomos.

-Sí, eso es un sueño, eso es un sueño, pero de verdad que quiero ser médico.

-Y por lo que me dices no te gusta la ingeniería. Yo quiero ser escritor -me dijo Arturo.

-¡Escritor! ¿Escritor de?

-De historietas. Sí. Cuando empecé en la escuela mi idea era hacer historietas pero después me di cuenta de que soy malo para el dibujo, así que escritor de aventuras, de cosas así.

 

No sé, por momentos lo veía como muy infantil a Arturo y por momentos yo me ponía a tono porque salíamos a jugar a la vereda y, no nos juntábamos con las chicas pero una vez vino a jugar con nosotros una chica morena vestida con un pullover verde, la verdad que nunca supe su nombre. Arturo le decía "la de verde, mira ahí vino la de verde". Jugábamos a que nos escondíamos detrás de los coches a ver si nos hallaban los demás compañeros, y la de verde era como un compañero más. En Sol 3 le dirían machona, pero no, no, no. Y a la vuelta, había una casa de tubos de oxígeno y en la vereda de enfrente, en un balcón en un primer piso una niña con un tapado azul en invierno y en verano con un vestido azul, siempre de azul. Se llamaba Lulú pero nunca bajaba. Arturo la miraba como si... como si fuera un espejismo.

Le decía:

-¿Qué te pasa?

-La voy a hacer mi novia.

-Salúdala, cuando mire para abajo salúdala con la mano.

-No, me da vergüenza -confesaba Arturo.

-¿Y entonces cómo la vas a hacer tu novia?

-Ya veré, ya veré como hago -Pero todos los días era igual, hasta le daba vergüenza mirarla, hasta le daba vergüenza levantar la vista y mirar al balcón.

-¡Te está mirando, Arturo!

-¡Ssss! No, disimula, disimula.

 

Cuanto más grande era Arturo más tímido se volvía, más tímido se volvía, tremendamente tímido. Pero de todas maneras yo me apoyaba mucho en él, en su amistad porque si bien me daba con... A ver, por ejemplo con Luís no podía hablar, Luís solamente balbuceaba, era sordomudo; José no estaba siempre y Manuel vivía casi llegando a la esquina. Era con Arturo con quien más me daba y más de una vez lo defendí, es como que era tan tímido que hasta le pegaban los compañeros. Un día lo agarré del cuello y lo sacudí.

-¿Por qué te dejas pegar?

-Tengo miedo que si les pego un puñetazo después me lo devuelvan.

-Sí, pero les pegas otro, pero de esa manera te estás dejando pegar. -Se encogía de hombros.

 

Cuando cumplí diez para once se mudaron, no lejos, se mudaron a unas diez, doce cuadras de distancia, lo que pasa que cuando tienes diez años, diez, doce cuadras de distancia, si alguien no te lleva -y mamá no me iba a llevar no iba a perder tiempo y papá a la hora que llegaba-, así es como perdí contacto y al perder contacto es como que me enclaustré en mí mismo porque dejé de ver a... dejé de ver a mis compañeros, y con mi hermano Chiche no, no teníamos trato, él estaba en otra cosa, él estaba en otra cosa, él era más grande pero a su vez más infantil, yo tenía puesto en mi cabeza que quería ser médico.

Una vez se lo dije a papá y me dijo:

-¡Eh!, mientras ganes plata no hay problema, un médico puede ganar tanto o más que un abogado.

 

La plata, la plata, la plata. Está bien. Si se ganaba plata, estaba bien, pero mi idea era hacer lo que me gustara. De todas maneras los engramas se me acrecentaban enormemente pero muy, muy fuertes eran, muy, muy fuertes. Por ahí no me daba cuenta de lo felices que éramos de chicos de poder jugar en la calle, de que éramos amigos del vigilante, él cuidaba toda la cuadra. Lo que pasa que en ese momento estaba tan solo que no..., ¡je, je, je!, es como que no sentía la felicidad, no sentía la felicidad, sentía la soledad y los engramas se nutren, se alimentan de esa soledad causándote una depresión tan grande, pero tan grande, tan grande, tan grande que no te das cuenta de que vas hundiendo en un pantano y no te das cuenta de que te estás ahogando en vida no, no te das cuenta, no te das cuenta. Y más que eres pequeño. Y cuando eres pequeño todo está bien, y hasta la propia angustia, es algo tan inconsciente, tan profundo, tan enraizado...

 

Los dejo por ahora.

 

 


Sesión 12/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

Soledad, soledad y soledad sintió en cualquier edad pese a estar acompañado. Estaba acompañado y solo. Solo con sus engramas. La entidad relata una época en una encarnación en Gaela.

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Entidad: Me sentí raro cuando terminé la escuela primaria, hicieron una fiesta en la escuela, los adultos le llamaban un acto. Pero no era una fiesta como las que yo creía que sería, era un aburrimiento mortal, se cantaba, fueron todos los padres. Me sorprendió que papá faltó al despacho para venir a verme con mamá. Me entregaron un diploma y me anunciaron por el micrófono: ¿Héctor Alexandre? Fui con mi guardapolvo blanco, me entregaron un diploma. Tenía como cierta vergüenza de mostrarme delante de todos, no veía la hora de volver a sentarme. Después tomamos unas bebidas, comimos unas masas y pasó.

En el camino a casa papá me dijo:

-Te inscribí en una secundaria privada.

 

Ya no vería más a mis amigos de la escuela. Pero bueno, todavía seguiría viviendo en el mismo barrio. Me seguí juntando con José y con Manuel. Luís, el sordomudo, prácticamente es como que no salía, no sé si estaría enfermo o qué.

Y al año siguiente empecé la secundaria. Tenía mis propios amigos, era fácil hacer amigos. Recuerdo que íbamos al mediodía, porque comíamos en la escuela, salíamos a dos calles de allí, un puente que había un tren cerca y fumábamos o hacíamos que fumábamos porque yo no tragaba el humo, pero eso nos hacía más hombres, nos sentíamos tan adultos y éramos tan pavotes... ¡Je, je, je! Recuerdo que un fin de semana fui a un lugar de esparcimiento que vendían comidas y me encontré con Arturo Rosen, nos abrazamos:

-¿Cómo estás?

-Bien.

-¿Estás estudiando?

-Sí.

-¿Te preparas para ingeniería?

-No, me metí en cualquier escuela porque fallé en un examen.

-¿Y tienes amigos?

-Sí.

-¡Bueno, cuéntame!, ¿cuánto hace que no nos vemos? Cuéntame.

-Bueno, tengo algunos amigos de la secundaria, Armando, Alberto.

-¿Y quienes más?

-No, ellos.

-¿Y te llevas bien?

-Nos cargan.

-Explícame cargan.

-Bueno, una cargada significa se burlan.

-¡Ah, ah! ¿Por qué?

-Y nos dicen el trío "A": Arturo, Armando, Alberto.

-¿Y qué tal son?

-Bueno, Armando es medio cerrado, sus padres son directores de una filial de la Orden del Rombo, la orden religiosa.

-¿Y el otro?

-Alberto es... ¿cómo puedo decirlo?, más jocoso, más bromista, es como que para él todo está bien.

-¿Cómo todo está bien?

-Como que le da lo mismo todo, le da lo mismo todo.

-¿Y tú cómo estás?

-Bueno, bien, papá sigue trabajando, a veces los fines de semana lo ayudo porque él trabaja incluso los fines de semana, porque la plata no alcanza.

 

Claro, el papá de Arturo era carpintero y ganaba la mitad o menos de la mitad, seguramente menos de la mitad que papá José, por eso ellos despreciaban a la familia de Arturo Rosen.

Nunca le presté atención a las apariencias. Recuerdo que cuando era más chico mamá me decía que Arturo no era una persona sociable, pero lo decía en otro aspecto, como que no era presentable. Para mí se vestía bien, igual que yo; tenía zapatos con cordones, pantalón gris, un saco blazer azul con botones dorados. Sí, vestía bien, pero notaba que era tan tímido como cuando vivía en el viejo barrio donde yo sigo estando.

-¿Y estás bien en la casa que vives ahora?

-Sí -me decía Arturo-, tiene una terraza. Vivimos en la terraza, en dos habitaciones. Papá está por comprar un televisor.

-¡Ah! ¡Wow!

-¿Tú tienes televisor? -me preguntó.

Digo:

-Sí, papá lo compró el año pasado, vemos varios canales. -Le brillaban los ojos a Arturo.

-Espero que papá me compre rápido el televisor, lo va a poner en mi pieza.

 

Lo veía tan endeble, sin embargo era feliz. A ver, cómo puedo explicarlo, era más feliz que yo en el sentido de que su mamá, Sara, venía del viejo continente y su papá, Paul, siendo humilde le prestaban atención, quizá demasiado porque el mismo Arturo comentaba que mamá Sara era como sobreprotectora y desde mi corta edad de preadolescente me di cuenta de que al ser la mamá sobreprotectora le potenciaba la timidez.

-¿Te acuerdas -le decía-, cuando estabas enamorado de Lulú?

-¡Ah! No estaba enamorado, me gustaba, nada más.

-Decías que iba a ser tu novia y nunca, nunca, nunca le hiciste una seña.

-Bueno, ya pasó. Ahora hay un colegio de chicas a pocas cuadras de donde estamos nosotros y a veces las vemos y hablamos con ellas -Lo miré a los ojos.

-¿Y tú hablas, Arturo?

-Bueno, yo me quedo ahí y bueno, a veces hablo.

-No entiendo a veces hablo.

-Bueno, les digo hola.

-¿Y dónde vives no tienes ninguna vecinita?, ¿nada?

-Sí, tengo una vecinita -dijo Arturo-, se llama Axona. Sus padres son joyeros.

-¿Y? Dime que por lo menos sales con ella.

-Sí, salimos.

-¡Bien, bien! ¿Y te ha besado ya? -Negó con la cabeza.

-¿Cómo no?

-Fuimos al cumple de un compañero de cole mío, uno que se llama Paniza, y yo no sé bailar y ella bailó con un compañero mío llamado Caballero.

-Pero no importa que no bailes, hubieran tomado un jugo o se hubieran sentado en una mesa, hubieran conversado... ¿Nada de nada?

-Bueno, no.

-¿Y ella qué dijo después? ¿Cómo me dices que se llamaba?

-Axona.

-Y esa Axona, después qué.

-No, después no salimos más.

-Pero qué va a salir de vuelta si me dices que fueron a un cumpleaños y ni siquiera bailaste con ella? ¿Pero qué pasa contigo, Arturo?

-Te dije que no sé bailar, no sé bailar Héctor.

-Pero no hace falta saber bailar... Por ejemplo, mamá tiene una prima, vendría a ser una especie de tía segunda mía y tiene una hija que sería como una prima segunda mía que tiene amigas. Fuimos a un cumpleaños y me hice amigo como de cuatro o cinco chicas, tengo el teléfono de todas. A veces nos juntamos con un amigo de la escuela secundaria y con una amiga que ella trajo otra vez a otra amiga y fuimos los cuatro al cine.

Y Arturo me dice:

-¿Y pasó algo?

-No.

-¡Ah! ¡Entonces estás igual que yo!

-No, no estoy igual porque no es que no pasó nada por timidez directamente, ya está, salimos, conversamos y en cualquier momento podrá pasar algo. No, no es lo mismo, no compares, son cosas distintas. Pero aparte tú me dices que tienes amigos, que tienes a ese ¿cómo se llama?

-Armando.

-Y el otro, Alberto ¿no?

-Sí, Alberto, que el papá es panadero.

-Bien, todos los amigos de mi división son amigos, todos.

-No puedes ser amigo de todos, Héctor.

-A ver, por ahí salimos con tres o cuatro a tomar algo o fumamos a escondidas pero sí, nos hablamos con todos.

-¿Nadie se burla de ustedes?

-¿Por qué se habrían de burlar? -le dije.

-Porque de nosotros se burlan: "El trío A".

-A lo mejor porque ustedes son recortados.

-Explícame -dijo Arturo-, qué significa recortado.

-Recortado significa como que ustedes se quedan aparte y no hablan con nadie, ustedes se cortan solos, eso significa recortado.

-Y porque nosotros nos entendemos -dijo Arturo.

 

Habían pasado años y seguía siendo la misma persona pero ya no había entre nosotros como... A ver, a mí ya no me interesaba dibujar en los cuadernos historietas, esas cosas, o pensar en ser astronauta. O sea, yo ya tenía en mi mente que cuando termine la secundaria iba a estudiar medicina. En cambio, Arturo, ni sabía lo que iba a hacer, a él todavía le interesaba ser escritor, es como que su mente estaba en el delirio, no sabía ni lo que quería todavía. Pero bueno, por lo menos su papá Paul, el carpintero, estaba presente. Papá José, que ganaba el doble en su despacho de abogacía, era un papá ausente.

Entiendo que Arturo tendría engramas de timidez, yo tenía engramas de ausencia.

 

Es tanta la agonía, angustia que tengo que a este receptáculo que alberga a mi ser conceptual le estoy haciendo doler enormemente el pecho. Pero yo prácticamente en casa estoy solo, papá José llega tarde, mamá Adana por ahí, llega más temprano pero conmigo no conversa, habla de vestidos, habla de moda. ¡Qué me importa a mí la moda! Bueno, por lo menos tengo la tele en el comedor y la prendo y miro alguna película de aventuras. Cuando llega papá no le gusta, él pone canales de música yo me recontra aburro, me acuesto a mi cama a leer. Chiche prácticamente llega cuando yo estoy durmiendo. O sea, que a mi hermano prácticamente no lo veo. Tengo con mi hermano un engrama tan grande que es como si fuera hijo único, a veces parece como que... como que mi mente lo borra de mi memoria a Enrique. Sí, la soledad me produce angustia, una angustia tremenda.

 

Una vez un hombre vino a dar una especie de charla en la división, un hombre invitado. Era del gobierno pero pertenecía a la Orden del Rombo, era un gran directivo del grupo de la Orden del Rombo u Orden de Amarís, y él comentaba que puedes estar en una multitud y sentirte solo y a veces puedes estar en soledad y sentirte acompañado por tu ser interno. Honestamente, no entendía. ¿Acompañado por tu ser interno? ¡Él creía en duendes! ¿Qué es un ser interno? Yo ya iba a cumplir catorce años... ¿Qué es un ser interno?... ¡Acompañado de un ser interno!... Este hombre estaba loco. O yo no lo entendía o estaba loco.

Cuando era chico -cuando era chico que tenía cuatro, cinco años, por ahí-, me imaginaba que veía duendes y esas cosas ¿pero un hombre grande que hable de un ser interno?, no entendía nada, de nada, de nada. Incluso lo comenté con mamá, "¡Ah! no me vengas con esas cosas complicadas". ¿Con quién lo iba a hablar, con papá? Papá habría su maletín, hacía cuentas... ¿Con quién iba a hablar, con mi hermano Chiche? Chiche no me pasaba importancia. A veces le hablaba, me decía: -Bueno, bueno, bueno, Héctor, bueno, ya está. Por eso lo borraba de mi mente, por eso lo borraba de mi mente.

 

Y ahora, después de años verlo de nuevo a Arturo Rosen es como que quería aferrarme como cuando éramos chicos pero él ya tenía otros amigos, ese Armando, ese Alberto. Me da la impresión que eran raros como él y él mismo lo dice "En la división nos dicen los raros". Pero no tenía tiempo de tener lástima, no tenía tiempo de sentir compasión porque yo mismo me sentía ahogado en mi agonía, en mi soledad, entonces me refugiaba en el estudio. Era bueno, era bueno. En eso sí me parecía con Arturo, porque él era bueno, se sacaba mejores notas que sus amigos. Él decía que se sacaba mejores notas porque como nunca se portaba mal porque tenía miedo a los castigos o a las malas notas, se volcaba a estudiar. En mi caso no era por esto, en mi caso me refugiaba en el estudio para evadirme de la soledad, y me sacaba buenas notas y pensaba que el día de mañana iba a ser un gran médico, un supermédico. Y sí, tenía una vida social más importante que la de Arturo, porque salíamos con las amigas de mi prima segunda. Recuerdo que me besé con una, después con otra, que entre ellas se pusieron a discutir y entonces directamente me alejé de las dos y las dos se hicieron muy cómplices, y yo era el culpable porque dijeron que me había besado con las dos, o que las había traicionados a las dos cuando fueron ellas las que avanzaron sobre mí besándome.

Eso se lo conté a papá. Me dijo:

-Son tonterías, son cosas de niñas y de niños.

 

¡Ah! Me encantaban sus consejos, unos consejos pragmáticos, como dirían los adultos. Hubiera preferido que directamente no me diga nada o directamente me ignore, como lo hace mi hermano Chiche. ¡Cosas de niños y de niñas! ¿Y qué éramos, no éramos niños? A los catorce años ¿qué eres?, ya no eres un bebé, no eres un niño de la primaria pero tampoco eres adulto, estás en el medio. En el medio los adultos no te hacen caso y los niños te ven como un tipo grande. ¿Entonces qué eres?, no eres nada. Y eso es un engrama de no sentirte nada y de tener un rencor acumulado y echar culpas a los demás.

Pero yo no quería eso, yo no quería eso para nada, yo quería que pasara el tiempo y poder empezar a estudiar en la facultad. Y ese era un gran error, ese era un gran error porque después cuando fui grande muchas veces me reproché, la vida no es para desperdiciar ni un solo día, la vida es como un viaje que no puedes dormirte en el bus, tienes que disfrutar el panorama, mirar por la ventanilla y disfrutar el paisaje, y en el camino de la vida no puedes anhelar que los días vayan pasando rápido para hacer otras cosas porque el día de mañana te arrepientes. Cuando los años pasan vas a decir: -¿Pero será posible lo que no hice? Y el tiempo no se puede volver atrás, lo que no hiciste, no hiciste. Y te vas a insultar mirándote al espejo: -Estúpido, estúpido, estúpido, mira las oportunidades que te has perdido, mira las cosas que te has perdido. ¡Je!

 

¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay! Pobre receptáculo, espero que pueda calmar su dolor de pecho.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 13/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

La entidad comenta que quedó muy afectado por un accidente del que salió bien pero que duró muchísimo tiempo. Después de ello cambió su carácter a más prudente. El recuerdo doloroso en su inconsciente ha pasado a neutro con la Psicoauditación.

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Entidad: ¿Quién dijo que todo era negativo? A medida que fui creciendo las cosas fueron mejorando. Cumplí veinte y dos años y es como que la relación con mi padre mejoró. A ver, papá José siguió siendo engreído, soberbio y su título de abogado lo hacía como si fuera un emperador, pero conversaba más conmigo.

 

Recuerdo que de pequeño tenía un sueño, conocer Beta, el país de norte y su enorme capital, Jorbic. Y había noches que soñaba que caminaba por las veredas de Jorbic, los enormes edificios, esos edificios que veía en películas, pero luego fui adaptándome a la realidad, una realidad que sí me gustaba, ¿eh?, ¡cuidado!, me gustaba.

Después de mucho, mucho tiempo había visto de vuelta a Arturo Rosen, ya no se trataba tanto con los compañeros de la secundaria, ahora tenía un amigo nuevo, Donato Pieri y empecé a salir con ellos. Íbamos a los cines del centro, había un enorme, gigantesco parque de diversiones en la zona norte, no es verdad que los juegos son para chicos, los juegos los disfrutan tanto los chicos como los adultos. Uno se sentía por instantes transportado a una irrealidad y volvía a ser chico. Lo hablo como si yo fuera un hombre grande. No, no, no; tenía veintidós años pero a veces extrañaba esos juegos en la calle. Ya no deseaba ser astronauta, mi carrera de medicina no me llevaba ninguna materia, iba bien preparado, bien afilado, aparte me gustaba. Y había libros que no conseguía en Plena y me los hacía traer de afuera.

 

En realidad padre se admiraba de mi empeño por el estudio, entonces es como que me daba -je, je-, rienda suelta para salir porque sabía que eso no me impediría seguir estudiando. La verdad, me decía:

-Héctor, me has sorprendido.

-Padre, desde pequeño te dije que me gustaba la medicina.

-Y ganarás más dinero que yo. -Y dale con el dinero, desde pequeño me decía eso.

Yo le respondía:

-Pa, está bien, es importante el dinero, pero mi ilusión es salvar vidas de la misma manera que tú también ayudas a los inocentes con tu trabajo.

Padre desfachatadamente me respondía:

-¡Je! Mientras a mí me paguen defiendo a cualquiera.

 

No, no iba a empezar una discusión de decirle "Dónde está tu conciencia, defiendes a cualquiera, por ahí es un delincuente", no, no, no, no estaba para eso, asentía con la cabeza y entonces se terminaba la conversación. Él se iba satisfecho y yo evitaba un conflicto que no tenía sentido, mis principios eran otros. Es decir, los principios son solamente principios. La bondad, el amor y el no prejuzgar. Obvio, tenemos mente reactiva, como decís vosotros en Sol 3, y la mente reactiva hace de las suyas, los roles del ego hacen de las suyas, los engramas hacen de las suyas, entonces uno por un impulso dice o hace algo y después otro rol del ego sobreprotector o acusador lo señala, y uno se siente culpable por haber hecho algo impulsivamente. Como dicen los Maestros, los roles del ego somos nosotros mismos, nuestros propios impulsos que están en el decodificador. Tenemos un hipocampo, tenemos una amígdala que nos hace rehenes de nosotros mismos.

 

Pero me sentía feliz. El amigo de Arturo Rosen, Donato Pieri, era un joven bueno, humilde, sus padres fabricaban calzado. A veces se sentía como encerrado, Donato, porque de la escuela se iba a la fábrica, luego cenaba, dormía, al día siguiente la escuela y luego a la fábrica. Pero no se quejaba porque le gustaba en el fondo el armar calzado, ya incluso sabía hacer costuras, incluso sabía armar la parte de las botas, pero bueno, está bien, era lo que le gustaba. Yo no me daba maña para hacer eso, a mí me gustaba la medicina y punto.

Tenían distintos amigos, íbamos a todos lados. Los fines de semana me iba a una plaza en la zona norte cerca del parque de diversiones donde habían pistas de patín, era algo que de pequeño siempre me había gustado pero no me animaba. Hacíamos piruetas, malabarismos. A padre mucho no le gustaba pero compensaba con la satisfacción que yo le daba con el estudio. Tenía un hijo sano, estudioso, ¡qué más podía pretender! Y yo aprovechaba ya que padre no me tenía las riendas cortas. Y en el fondo me lucía, incluso hasta con las chicas, que admiraban cómo yo iba y venía dando pequeños saltos, giros de ciento ochenta grados en el aire y volviendo otra vez a caer con los patines, eran patines más difíciles de dominar pero no para el que sabía, porque eran patines de dos ruedas.

 

Pero bueno, siempre hay alguna mala maniobra, seguramente por exceso de confianza o por mirar a los que supuestamente te admiran y no presté atención a la caída y resbalé. Golpeé con la cadera y con la espalda en el cemento, quedé inmovilizado casi sin respirar. Llamaron de un teléfono público a la ambulancia que habrá tardado doce, quince minutos y llamaron a papá al despacho. Estuve internado cuarenta y ocho horas, estuvieron trabajando conmigo. O sea, de querer ejercer la medicina ahora era un paciente. Veía la cara de los médicos adusta, seria, me miraban y conversaban entre ellos. ¡Ay! Era una cosa que me golpeaba el hígado, lo digo de una forma figurativa. A quién no le molesta que de repente está en una camilla o en una cama, dos médicos te miran seriamente, hablan entre ellos en secreto, te vuelven a mirar... ¡Pero ni que estuviera en mis últimos momentos, che!

Y no, no sentía las piernas. Me dieron un alta provisoria, estaba en silla de ruedas. Padre me dice:

-Te has lastimado la columna.

-¿Y por qué no me operan, pa?

-Porque la medicina especializada está en Jorbic, la capital de Beta. -Beta, el país con el que yo soñaba de pequeño-. ¿Te das cuenta Héctor?, gracias a mi trabajo de abogado te puedo llevar a Beta, ahí te van a operar.

 

Sí, iba a conocer Beta pero no para disfrutar, no para pasear, no para caminar por esas veredas en Jorbic, no para mirar esos edificios tan altos no, iba a internarme en una clínica especializada donde tampoco había ninguna garantía de nada, pero no voy a entrar en detalles.

No sé como habrá arreglado padre con los médicos de allá, pero en once días viajamos. Mamá Adana se quedó con sus amigas con las que después de tantos años seguía tomando el té y jugando a las cartas. Estuve cerca de un mes en Jorbic, no disfruté nada, me operaron dos veces, me dijeron que la rehabilitación me iba a llevar un tiempo, que no era necesario pasarlo en Jorbic, podía volver a Plena. Al mes y medio volvimos a Plena, iba a una especie de residencia, era una residencia de rehabilitación para volver otra vez a caminar y me llevó más de cuatro meses. La operación había salido bien, me había quedado un engrama más grande que la montaña más alta de oriente, sentía psicológicamente como un dolor pero en realidad ya no me dolía nada, no era un dolor físico, era un dolor mental, no me atrevía a dar pasos.

Estuve seis meses sin estudiar, era la primera vez que me retrasaba. Como dije antes, padre, que era tan soberbio, padre, que era tan engreído tuvo el tacto, la delicadeza de no reprocharme nada, yo ya me imaginaba en mi mente "¿Has visto Héctor?, te doy un poco de cuerda y mira lo que te pasa". No, nunca me reprochó, me apoyó. Me decía:

-Vas a salir adelante, vas a poder. -Nunca me reprochó nada, nunca.

 

Y Arturo Rosen siempre firme, siempre me venía a visitar, era el único. Con quien nos habíamos criado de pequeños, el que venía a casa a dibujar en los cuadernos, al que papá despreciaba. Ahora papá le hablaba y lo miraba de una manera, podría decir, más cariñosa, con más empatía. O papá estaba cambiando o mi mirada era otra.

Pasó casi un año. En mi cumpleaños veinte y tres estuvo Arturo, y yo estaba otra vez bien y en breve lapso retomaría la carrera. Ahora más que nunca la medicina me salvó la vida, no de morir, de ser un paralítico. No dejaría de hacer deporte pero gobernaría en mí la prudencia. Y aquel que compara prudencia con cobardía es un necio, son dos cosas absolutamente distintas. Tardé mucho en volver a hacer deportes, en caminar de manera suelta, siempre sentía como que algo me dolía donde me había golpeado. Padre tenía temor de que me quedara alguna secuela. Me hacían estudios y los médicos decían:

-Señor Alexandre...

Él les corregía: "Doctor Alexandre".

-Doctor Alexandre, su hijo Héctor no tiene nada, es psicológico.

 

Y sí, era psicológico. Había pasado tiempo y la operación en Jorbic había salido más que bien. Las dos operaciones, porque fueron dos. Pero me había quedado algo dentro como una herida no física, una herida en mi inconsciente y eso me costaría mucho más, me costaría mucho más transformarla en un recuerdo neutro, pero de eso se trataba.

 

Y ahora volviendo al presente le agradezco a este receptáculo el haber permitido decodificar mi concepto al lenguaje hablado para permitirme hacer catarsis. Y gracias, gracias, gracias por permitirme este momento.