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Psicoauditación - Nicolás

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 24/06/2016
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Nicolás

La entidad relata cómo pueden cambiar las cosas en un corto espacio de tiempo y que no siempre son malas para uno aunque sí para otros. En Umbro luchó con el mítico Aranet, consejero del rey Anán, y presenció su muerte por un salvaje. Le vengó en el acto. El rey le pidió que fuera su nuevo consejero.

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Entidad: De repente te quejas, te lamentas porque estás rodeado de monotonía, todo es igual, sientes como que nada cambia en tu entorno y en tu propia persona. Por supuesto que tienes dudas, inquietudes, preguntas de por qué las cosas son así. Pero en esta vivencia que recuerdo, como thetán, las cosas cambiaron de un momento para el otro.

 

Me crié con mi padre y mi madre, ellos estaban en la cocina de palacio. Mi nombre era Albano.

Tenía un amigo, Historio, que su padre era un gran soldado. Por la mañana temprano, luego de desayunar me invitaba a practicar con él el arte de la espada al punto tal que siendo adolescente me consideraba muy bueno.

 

El jefe de la guarnición, Durbán, conversó con el padre de este joven, quien le había hablado de mí y me mandaron llamar. Mis padres se alarmaron pensando que algo habría hecho y me castigarían. Y no, hablé directamente con el jefe Durbán, me preguntó si quería formar parte de los soldados pero que el entrenamiento era duro. Le dije que sí. Y todo lo que yo había practicado con mi amigo era nada comparado con el entrenamiento actual. Los primero días estaba más que exhausto, me dolían todos los músculos del cuerpo, los brazos, las piernas, el cuello, la cervical. Prácticamente por la noche comía un guisado y me temblaban las manos del dolor que tenía.

 

Recién en diez amaneceres me acostumbré al rigor del entrenamiento y fue cuando comenzó el asedio, y fue cuando comenzó la batalla. Todo cambió, el jefe Durbán fue muerto, quedé a cargo de Oksaka. Nuestro rey, Anán, había huido, nos sentíamos todos consternados y más que preocupados, asustados, porque quien lo aconsejaba, un guerrero llamado Aranet, tampoco estaba, se había marchado. Y esperábamos el golpe final de quienes nos asediaban.

 

Mi primer cambio de destino fue cuando pasé de la cocina al fuerte. Mis padres orgullosos, yo pensando que la horda que se acercaba acabaría con todos nosotros. Hubo un primer combate, vi morir a mi amigo, a su padre y a decenas y decenas de compañeros. Yo mismo tuve una herida en una pierna pero me repuse. Soportamos un par de asedios más. El consejero del rey, ese gigante llamado Aranet, había hecho armar unas defensas que por ahora contenían a quienes nos asediaban. Y el tiempo pasó en calma, y la calma me corroía el estómago, sentía como un ardor de ansiedad, de nervios. Odiaba la calma, odiaba la incertidumbre. Hasta que un amanecer, a lo lejos se divisaba una horda de salvajes y dijimos "Bueno, la lucha final. Hombres, ancianos, niños exterminados, mujeres violadas". Eran muchos, era imposible contenerlos. Lo raro es que detrás de los salvajes había soldados y venían al paso. Y adelante, en un felino extraño con cuernos, montaba un gigante.

 

El jefe Oksaka abrió la compuerta y salió, habló con el gigante que montaba el felino y entraron todos, no ordenados, los salvajes gritando pero no era un grito de combate, era un grito de libertad. Me enteré después que todo se había solucionado y Aranet había quedado a cargo de la guarnición, del ejército, del palacio, de todo. Y no sé si era para mejor.

 

La horda de salvajes se comportaba bien, iba al poblado. Aranet distribuyó metales cobreados entre los feriantes, entre los ayudantes del palacio, los soldados, los salvajes. Nadie precisaba nada, todos los deseos satisfechos, las mujeres de las posadas prestas a satisfacer a los salvajes a cambio de dos o tres metales. Pero no todo terminaba ahí, Aranet salió con una guarnición buscando al rey, volvieron a los pocos amaneceres con las manos vacías. Una segunda y una tercera excursión. En la última volvieron con el rey y su familia.

 

El rey se adaptó finalmente a las costumbres. Yo era pequeño y me habían comentado que el rey había sido un gran guerrero y que ahora se estaba recuperando. Finalmente logró restablecerse la paz. Tuve el honor de que me presentaran a Aranet y el error de decirle señor, su rostro se puso serio:

-¿Cómo te llamas?

-Albano.

-Albano, si otra vez te diriges a mí y no me dices Aranet, ¿ves esta espada?, te cortaré el cuello en dos.

-Sí, se... Sí, Aranet. -Lanzó una risotada.

 

Me llevaba media cabeza de estatura pero veía que era una persona confiable y envidiado por muchos. Le caí en gracia, me llevó con parte de la guarnición, mitad salvajes mitad soldados, de cacería a cazar porcinos con cuernos. Lo hacía más por diversión o por no perder el entrenamiento porque en el poblado había cereales, frutas, verduras, hortalizas, incluso carne de animales herbívoros, pero le gustaba salir de cacería.

 

Y fui testigo. Llegamos a una zona montañosa, rara vez nos habíamos alejado tanto del palacio. Uno de los salvajes que nunca me había caído bien porque hablaba poco, su mirada era torcida, cuando hablaba bajaba la vista pero no de temor o de vergüenza sino para no mostrar sus intenciones. Vi que se apartó con Aranet buscando una presa. El salvaje se fue retrasando, era uno de los pocos que aparte de espada portaba un arco y flechas, vi su intención. Estaba a muchas líneas de distancia y fui galopando. El salvaje sacó una flecha apuntó y le dio en la espalda a Aranet que instintivamente se tocó la espalda del lado izquierdo, seguramente la flecha le había atravesado el corazón. Espoleó a su felino con cuernos y ambos cayeron al precipicio. Desenfundé mi espada y ataqué al salvaje, no le di tiempo a nada, le cercené el cuello. Desmonté, miré hacia abajo. Tanto el felino, a cientos de líneas hacia abajo, como el gigante yacían inertes sobre las rocas manando sangre, sus cuerpos destrozados. Le conté a mi jefe, me dio la peor misión: Que yo mismo le diga al rey que su amigo y consejero, Aranet, había muerto.

 

El rey echó a todos del salón, solamente se quedó su esposa y yo. Y lo vi llorar de impotencia, de rabia por haber perdido a un amigo, por haber perdido casi un hermano. El rey me pidió que deje la guarnición y que fuera su consejero, la idea me encantaba pero no quería despertar la envidia de otros y que me pasara el día de mañana lo mismo que a Aranet.

-¿Cómo te llamas?

-Mi rey, mi nombre es Albano.

-Me ayudarás, me aconsejarás y por la mañana practicaremos.

-¡Majestad! ¿Yo cambiar espadas contigo?

-Cambiar no, cruzar espadas. Así se dice.

-Pero ¿y si por error llegara a lastimarlo?

-No te preocupes, Albano, son riesgos de la practica. -Me palmeó el hombro y me dijo-: Y ahora ve con tus padres, ve a comer algo.

 

Me incliné ante él y ante la reina, y marché a la cocina. Les conté la buena nueva a mis padres.

-¡Así que consejero del rey!

-Está muy dolorido, perdió un gran amigo.

 

Así que pasé de ayudante de cocina, a soldado y a confidente del rey. No en todas las vidas suceden cambios tan drásticos, y en la mayoría de ellas -no por ser pesimista-, pero las cosas van para peor, no para mejor. De todas maneras aquí en ese rol de Albano, en ese palacio, en ese mundo llamado Umbro, todavía era joven y no sabía lo que me esperaba. A veces la ignorancia del futuro te hace sentir bien.

 

Nada más para contar por ahora. Toda la luz a mi 10% actual, Nicolás.