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Psicoauditación - Omar

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 23/06/2026 Gaela, Octavio Orejuela

 


Sesión 23/06/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Omar

No se encontraba bien, ni físicamente ni mentalmente, pensaba si podría ser por temas no resueltos de vidas pasadas, pero una psicóloga de dijo que sufría por la ludopatía de su hijo. Y recordó una frase "No puedes tender una mano a nadie si no estás tú de pie primero". Pensó que la mejor ayuda a su hijo sería levantarse él primero.

 

 

Relatado en tercera persona, gracias a la colaboración de Johnakan Ur-El, quien ayudó a este servidor haciendo de intermediario con los roles de ambos thetanes.

 

La noche en Ciudad del Plata, capital de Plena, no traía alivio, sólo un silencio denso, interrumpido apenas por el rugido lejano del río y el zumbido metálico del refrigerador. Octavio Orellano, a sus 49 años, sentía que su cuerpo era un mapa de deudas no saldadas.

Sentado al borde de la cama, cuidando de no despertar a su esposa, se presionó el pecho. Ahí estaba otra vez: esa opresión sorda, ese dolor punzante en el omóplato izquierdo que los médicos de San José habían catalogado rutinariamente como "estrés crónico" o "principios de fibromialgia". Pero Octavio sabía que la medicina occidental no tenía un nombre para lo que a él le dolía.

A él le dolía la injusticia.

 

El peso del cuerpo, el peso del alma

 

Octavio encendió un cigarrillo junto a la ventana, contemplando las sombras de las calles de Ciudad del Plata. ¿Era posible que el resentimiento acumulado tuviera una masa biológica? Llevaba años observando cómo los deshonestos prosperaban mientras él, tras una vida de trabajo transparente, veía su salud deteriorarse. Su mente, atrapada en un bucle obsesivo, intentaba descifrar la gran ecuación:

•          La hipótesis física: Sus dolores eran el resultado de décadas de tragarse la rabia, de callar ante los abusos laborales, de ser el esposo perfecto que jamás levantaba la voz. La injusticia del mundo exterior metabolizada en ácido láctico y contracturas.

•          La hipótesis metafísica: O tal vez... el malestar venía de mucho más atrás. Una tarde, un terapeuta alternativo le había sugerido que su fobia inexplicable a los espacios cerrados y ese dolor punzante en la espalda no eran de esta vida. ¿Y si la injusticia no era algo que le hacían hoy, sino una deuda que arrastraba su alma?

"Si en otra existencia fui traicionado, si morí con una lanza clavada en la espalda por defender una causa justa... ¿está mi cuerpo actual gritando el dolor de un fantasma?", se preguntó en un susurro, viendo el humo disiparse.

 

La encrucijada a los 49

 

A un paso de los cincuenta, Octavio sentía que el tiempo se le escapaba para resolver el enigma. Miró a su esposa dormir plácidamente. Ella representaba la paz, el ancla a la realidad; pero él habitaba un purgatorio mental.

Si la injusticia era un karma de una vida pasada, sufrirla hoy era un destino inevitable, una purga espiritual. Pero si era sólo el resultado de su incapacidad para poner límites en el presente, entonces él era el único culpable de su propio calvario físico.

Apagó la colilla contra el cenicero. El dolor en el omóplato le dio un latigazo, feroz, casi eléctrico. Octavio cerró los ojos y, por primera vez en años, no luchó contra el malestar. Lo abrazó, intentando escuchar qué idioma hablaba ese dolor: si el de la biología herida o el de un alma que aún recordaba un juicio antiguo e injusto del que nunca pudo defenderse.

 

El dolor en el omóplato de Octavio palidecía en comparación con la verdadera herida abierta en su vida: Alejandro. A sus 18 años, su hijo tenía toda la vida por delante, pero la mirada del muchacho ya no brillaba por el futuro, sino por el destello hipnótico de las pantallas y las apuestas en línea.

Para Octavio, ver a Alejandro sucumbir a la ludopatía era la mayor de las injusticias. ¿Cómo un chico tan noble, criado con tanto esfuerzo en Ciudad del Plata, podía transformarse en un extraño que mentía por unos billetes para volver a apostar?

Desesperado, y tras noches enteras de discusiones estériles donde las promesas de Alejandro se disolvían a las pocas horas, Octavio decidió buscar ayuda profesional. Sentado en el consultorio de una psicóloga, buscaba más que un tratamiento para su hijo; buscaba una explicación que calmara su propia mente torturada.

 

La sesión: Dos formas de ver la tragedia

 

Frente a la terapeuta, Octavio no pudo evitar conectar el drama de su hijo con sus propias teorías sobre el destino y el dolor:

La perspectiva de la Psicóloga (La Realidad Clínica)

 

La profesional le explicó que la ludopatía es una adicción conductual compleja, un mecanismo de escape que altera los circuitos de recompensa del cerebro de un joven de 18 años.

Le advirtió que la voluntad sola no basta; el cerebro adicto no razona bajo la lógica común, y la confrontación constante sólo generaba más aislamiento.

 

La perspectiva de Octavio (El Karma y la Injusticia)

 

Octavio sentía que la ludopatía de Alejandro era un castigo divino, una extensión de ese "trauma de vidas pasadas" o una injusticia cósmica que venía a destruir su paz familiar.

Creía que debía haber una forma mágica o un argumento racional definitivo para "convencer" a su hijo de parar.

 

El laberinto de Octavio

 

La Psicóloga le comentó: "Usted no puede cargar con la culpa de la adicción de su hijo, señor Octavio. Ni por lo que hizo en esta vida, ni por supuestas vidas anteriores", le dijo la terapeuta, clavando la mirada en sus ojos cansados. "Alejandro necesita límites firmes y un proceso terapéutico, no que usted se destruya el cuerpo intentando descifrar por qué".

 

Octavio salió de la consulta caminando despacio bajo el gris cielo de Ciudad del Plata. El peso en su pecho se sentía más denso que nunca. Se dio cuenta de que la ludopatía de Alejandro era otra manifestación de esa gran injusticia que tanto lo obsesionaba: la dolorosa verdad de que, a veces, por más que ames a alguien y hagas todo bien, no puedes controlar su destino. Su hijo estaba atrapado en su propio infierno, y Octavio, con sus 49 años y su cuerpo dolorido, debía aprender la lección más difícil de todas: salvarse a sí mismo para poder, tal vez, ser el faro que Alejandro necesitara cuando decidiera tocar fondo.

 

La frase de Jorge Clayton golpeó la mente de Octavio con la fuerza de una revelación. A sus 28 años, Clayton representaba todo lo que Octavio no entendía del mundo moderno: un mecenas millonario, pragmático, que parecía moverse por la vida sin las cadenas del pasado ni los dolores que a él lo asfixiaban. Sin embargo, en esa única oración -"No puedes tender una mano a nadie si no estás tú de pie primero"- había una lucidez aplastante que Octavio no podía ignorar.

Sentado en la penumbra del comedor, el dilema moral comenzó a desgarrarlo. ¿Era el momento de pensar en sí mismo? ¿O dar un paso atrás y priorizar su propia cordura era el acto de egoísmo definitivo de un padre?

 

La paradoja del salvavidas

 

Para un hombre como Octavio, educado en el altar del sacrificio personal, la idea de "pensar en sí mismo" se sentía casi como un pecado. Toda su vida en Ciudad del Plata se había cimentado sobre el peso del deber: ser el esposo proveedor, el padre protector, el hombre que absorbe los golpes del entorno para que los suyos no sufran.

Pero la realidad le estaba devolviendo una imagen brutal en el espejo:

•          Su cuerpo estaba colapsando bajo el peso de una injusticia que intentaba resolver a solas.

•          Sus noches se diluían en teorías metafísicas y dolores crónicos.

•          Y lo peor de todo: su entrega absoluta no estaba salvando a Alejandro de las garras de la ludopatía. Al contrario, un Octavio debilitado, ansioso y al borde del colapso era un blanco fácil para las manipulaciones y mentiras que la adicción de su hijo sembraba en la casa.

 

Si un hombre se está ahogando en el mar, no puede rescatar a otro que también se hunde; sólo conseguirá que ambos se vayan al fondo.

 

¿Egoísmo o preservación?

 

Octavio comprendió, con una dolorosa claridad, que la línea entre el egoísmo y la salud mental es la capacidad de poner límites.

Cuidar de su omóplato herido, buscar su propia paz, aceptar que no podía controlar las elecciones de Alejandro a sus 18 años... nada de eso era egoísmo. Era, irónicamente, el único camino para serle útil a su hijo. Si Alejandro alguna vez decidía pedir ayuda de verdad y empezar su tratamiento, iba a necesitar a un padre entero, firme y lúcido, no a un espectro consumido por el dolor y el reproche cósmico.

Miró el reloj. La madrugada avanzaba. Octavio respiró hondo, sintiendo la opresión en el pecho, pero esta vez dejó ir el aire con una determinación nueva. Mañana empezaría por él. No por desamor a su hijo, sino por el absoluto convencimiento de que, si quería rescatar a su familia, primero tenía que aprender a sostenerse sobre sus propios pies.