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Psicoauditación - Oscar M.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 08/05/2018 Aldebarán IV, Orestes

Sesión 19/06/2026 Aldebarán IV, Orestes


Sesión del 08/05/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Oscar M.

La entidad recuerda una vida en Umbro donde como militar y esposo sufrió humillaciones. Comenta haber descargado bastantes engramas al comunicarse mediante canalización mediúmnica.

Sesión en MP3 (2.735 KB)

 

Entidad: Me da la impresión de que en distintas vidas pasé por temas similares. Obviamente, el hecho de encarnar en distintas épocas, en distintos mundos, distintas regiones, otras costumbres, otras maneras puede parecer que las circunstancias sean distintas, pero no, no es así. ¿Que cada vida es un calco a la otra? No, tampoco. No, no es un calco, pero las circunstancias son similares en algunos casos. Y el hecho de haberme implantado engramas en distintas vidas me repercute en la vida actual. Es más, hay engramas que están como desactivados y por una circunstancia similar a la que en algún momento pude haber pasado en alguna de las vidas, ese engrama vuelve a fluir, a condicionar, a tirarte abajo, a desmotivarte, a hacerte ver como que las circunstancias son más difíciles de lo que normalmente son.

 

Había encarnado como Orestes. Mi padre era soldado en el castillo del rey Sigmur, falleció joven. En el mismo ciclo que falleció mi madre también.

De joven es como que tenía mucha avidez, me formé oficial, avancé. Conocí a Ofelia, que era una noble con la que luego me casé y tuve dos hijos, Dabo y Miranda.

Llegué a escalar posiciones, hasta ya con treintaiséis ciclos llegué a ser segundo jefe de oficiales, solamente por encima mío estaban Gofredo, el primer jefe de oficiales y el general Andros. Obviamente, a toda la guarnición, a todo el castillo reinaba Sigmur, el rey.

Y no voy a cometer el error ni ser hipócrita de deslindar responsabilidades o echar culpas a otros de mis fracasos, pero llegué a escalar a segundo jefe de oficiales, era el tercer oficial en mayor importancia entre más de mil que formaban la tropa original. Incluso era popular entre la gente de la feria feudal que a veces me querían regalar mercadería. A ver, no lo hacían por afecto, en realidad lo hacían para quedar bien conmigo para que yo les pudiera deber un favor y el día de mañana me lo pedirían. Pero yo no aceptaba dádivas, les pagaba con metales la fruta, las hortalizas o la carne que me daban, no quería deber nada, no quería deber favores.

 

Mi mujer Ofelia era muy... demandante, nada la conformaba, nada le hacía bien. No trabajaba. Más de una vez se lo dije y me respondía:

-Vengo de familia noble. Tú no, tú has escalado posiciones por ser uno de los jefes de la tropa. -Y me refregaba en la cara eso.

A mí eso de la nobleza me tenía sin cuidado, al fin y al cabo yo tenía amor por Ofelia pero el amor también debe ser alimentado con el respeto, y de la misma manera que ella no me tenía respeto a mí, mi respeto por ella estaba muriendo.

 

Y empecé a cometer errores, me deprimí, me equivoqué en algunas tácticas de combate. No es que estuviéramos en guerra contra nadie pero permanentemente entrenábamos a la tropa y a veces me equivocaba en las tácticas, en las estrategias y me di cuenta de que muchas veces el general Andros me llamaba la atención. El jefe de oficiales, Gofredo, no; era una persona accesible, buena, pero es como que... relegaba su mando y dejaba que el general Andros se ocupara de mí. Y me di cuenta de que el general Andros no me respetaba, quizá por mis equivocaciones en las tácticas.

 

Me terminé separando de Ofelia. Ofelia siguió viviendo ya no en el cuartel sino que en un ala del palacio, ella tenía muy buena relación con la familia del rey Sigmur y el mismo rey escuchó la versión de Ofelia de que yo era un descuidado, de que no tenía hambre de progreso, lo cual no era cierto. Pero a ver, quizás ella misma me deprimió por su mal trato o por su indiferencia, por su desprecio, por pensar que los nobles son superiores, y si los cortas tienen la misma sangre roja bermellón como la que tengo yo y mueren como puedo morir yo. O sea, que eso de la nobleza es... qué comentarios voy a hacer.

 

La cuestión es que como estaba muy cerca de la familia del rey y del propio Sigmur se alojó en un ala del palacio y yo seguía en el cuartel. Es más, como estaba separado ya me cambiaron de vivienda, tenía una pequeña habitación con lo justo, una mesa, un par de sillas y un camastro, como que me hubieran degradado, como que me hubieran bajado de categoría.

Y me da la impresión de que el general Andros me exigía más:

-A ver, Orestes, ¿qué pasa que los soldados están todavía esperando?

-Sí, mi general, ya voy a instruirlos.

-No se apure, los está instruyendo Gofredo, el jefe de oficiales. Vaya a la caballeriza y ocúpese de los hoyuman. Fíjese que todos los equinos tengan bebida y comida.

 

Y era obvio que no me respetaba el general. El segundo jefe de oficiales, ¿cómo lo verían los soldados que yo estuviera limpiando los equinos? Eso lo hace el último de la tropa. Claro que no me respetaba.

 

Ahora, como thetán en el plano 3 subnivel 9, como thetán deseaba seguir creciendo para llegar al plano 4 al plano Maestro, pero no por ambición porque la ambición es ego y el ego pesa en el plano suprafísico y obviamente uno no puede llegar nunca con ego al plano 4, era porque quería ayudar. Pero en el rol de Orestes en el palacio del rey Sigmur, mi misma depresión me tiraba para abajo. Y yo no puedo ser hipócrita, ya lo dije, ¿tanto poder tenía sobre mí Ofelia que me jalaba hacia abajo? ¿Tanto poder tenía su desprecio, sus palabras, su indiferencia para que yo me sintiera tan poca cosa?

 

Alguna vez pedí permiso al general Andros para ir a palacio a visitar a mis hijos, Dabo y Miranda, generalmente me negaba el permiso. En un día de franco me dio permiso y fui, la guardia real que estaba a mando del general Andros y del primer jefe Gofredo no me permitieron la entrada, pero no porque Andros o Gofredo dijeran algo.

-Discúlpeme subjefe Orestes, la... la dama Ofelia me dijo que no le interesa conversar con usted.

-No quiero conversar con ella, quiero ver a mis hijos. -Y nada.

Volví y me quejé al general Andros, y me dice:

-Mire, Orestes, el tema es así, su exmujer está respaldada por el rey y si sigue insistiendo hasta puede tener una sanción. -Nunca le falté el respeto a Andros y creo que levantar la voz puede tomarse como falta de respeto.

Y le levanté la voz. Le digo:

-¡Sanción por querer ver a mis hijos! ¿Pero qué pasa? -Un día de calabozo.

 

Y se enteró toda la tropa. En realidad me había dado una semana pero intercedió Gofredo, el jefe de oficiales, diciendo que se vería mal en la tropa que me sancionara por tanto tiempo, igual un día ya se enteraron todos. Los oficiales principales me saludaban en el patio de armas pero a veces me daba vuelta disimuladamente y veía que conversaban entre ellos mirándome sonriendo, hablaban a mis espaldas y me hacía sentir mal.

 

Nuevamente como thetán pareciera grave el relato que estoy contando en el rol de Orestes, en Umbro, en el palacio del rey Sigmur, pero el hecho de pasar mi concepto suprafísico a lenguaje hablado hace que yo, como thetán, tenga una tremenda catarsis y descargue enormemente los engramas de esa vida como Orestes. No tengo seguridad de que llegue a eliminar todos los engramas de esa vida pero es como si estás inflado a punto de explotar y de repente abren una válvula y ¡bufff!, te desinflas y baja la presión. Y baja la presión y te sientes mejor. Así me siento al relatar esto.

 

Pero la cosa no termina acá.

Pasaron treinta, sesenta, noventa amaneceres, ya había cambiado la estación. Empezaba a hacer un poco de frío cuando vino una crisis, se comentó que había un posible enfrentamiento armado, el rey Sigmur se había aliado a otros reyes para servir a un gran señor que estaba asentado en una enorme fortaleza llamada Villarreal, pero había otros reinos que se oponían a ese gran señor y se presumía que iba a haber un combate, choque de reinos. El rey Sigmur estaba tranquilo porque comentaba que había veinte reinos aliados contra cuatro reinos disidentes, o sea, que en número lo superaban.

Pero de todas maneras, todos los metales que distribuía entre la tropa lo aumentó. Habló con el jefe de los herreros, destinó más metales para la herrería para que hagan más espadas, destinó más metales a los artesanos para que fabriquen más armas, armas importantes como catapultas, armas pequeñas, arcos, flechas. Y subió los impuestos en la feria feudal, se fortaleció la tropa y se debilitó la feria feudal. La gente empezó a pasar hambre, la gente empezó a quejarse, ya se veían chicos desnutridos y el general Andros, obsecuente al rey Sigmur, mandó la tropa a reprimir a quienes se quejaban. Incluso había muertos entre los reprimidos. Yo me negué a reprimir.

-No es justo -le dije a Andros-, no es justo.

El general me dijo:

-Me imaginé que responderías así.

 

Y adelante de toda la tropa me degradó, pasé a ser un oficial común y nombró a otro segundo jefe de oficiales. El único que me miraba con rostro compasivo era Gofredo, el primer jefe de oficiales, que siempre me pareció una excelente persona.

Y debo ser honesto, obvio que me molestó ser degradado y más delante de toda la tropa que ya siempre hablaban a espaldas mías y ahora hasta se burlaban de mi posición, de ser el último de todos.

 

Quise ver a Ofelia.

Directamente, dice -por medio de un joven emisario-: Dijo la dama que no quiere tener contacto con fracasados. -Un joven de dieciséis ciclos me mira a los ojos y me dice de frente que yo era un fracasado. Bajé la vista, al fin y al cabo era un mensajero, pero me miraba de una manera descarada, como que yo fuera un cero a la izquierda.

 

Lamento que le hago doler tanto el pecho a este receptáculo que me alberga porque no solamente visualiza todo lo que mi rol Orestes visualiza sino que siente toda la angustia que mi rol, como Orestes, siente. Lamento que le haga doler tanto el pecho de una manera tremenda.

En breves instantes me retiro pero antes quiero decir que he descargado bastante. Y si esto me ha dejado un aprendizaje puedo decir que la nobleza no pasa por un título, como tenía la familia de Ofelia, la nobleza pasa por el interior de cada uno. Puedes ser el más humilde de los labradores y ser noble, y el más poderoso de los reyes y ser una lacra. Eso me hacía sentir orgulloso, pero no orgulloso desde el ego, sanamente orgulloso. Pero como dije antes, si bien me sentía bien de que había sido degradado por negarme a reprimir a la pobre gente de la feria feudal, más me preocupaba lo que se avecinaba, un enfrentamiento armado donde iba haber muchas muertes, muchas. Y no faltaba mucho.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión del 19/06/2026

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Oscar M.

Consiguió hacer justicia por las traiciones que su general cometió en su persona. También recuperó a sus dos hijos que su esposa le había apartado.

 

 

La entidad sigue recordando la vida en Umbro con el rol de Orestes, donde como militar y esposo sufrió humillaciones.

 

Las lunas gemelas de Umbro arrojaban un fulgor violáceo sobre las almenas de piedra negra. En este mundo de tinieblas perpetuas y caballeros de armadura sombría, la lealtad se pagaba con sangre y el honor era tan frágil como el vidrio.

Orestes había sido, durante años, el segundo jefe de oficiales de la guardia de la alta fortaleza. Su espada era rápida y su mente, estratega. El primer oficial, Gofredo, un guerrero veterano de cicatrices profundas, lo apreciaba como a un hermano de armas. En la taberna del cuartel y en el fragor del entrenamiento, Gofredo siempre decía que no había mejor retaguardia que la custodiada por Orestes.

Sin embargo, el veneno de la corte no tardó en filtrarse en la vida de Orestes. Su esposa, Ofelia, una dama de alto rango obsesionada con el estatus y el favor de los reyes, despreciaba la posición inferior de su marido. Para ella, ser el "segundo" no era más que una humillación pública. Las discusiones se volvieron tan frías como las noches de Umbro, hasta que la cuerda se rompió. Ofelia, usando sus influencias familiares, abandonó a Orestes. Se marchó portando un desprecio absoluto y se llevó a sus dos hijos al resguardo y la opulencia del Palacio Real, prohibiéndoles volver a ver a su padre.

La desgracia de Orestes no terminó ahí. Poco después, el frío y calculador general Andros asumió el mando supremo de las fuerzas de la región. Andros, que prefería a los nobles aduladores antes que a los soldados de verdad, vio en el deshonor familiar de Orestes la excusa perfecta: lo degradó de rango de forma humillante, despojándolo de sus galones ante la mirada impotente de Gofredo.

 

La Gran Alianza y la Traición

 

La paz en Umbro implosionó cuando todos los reinos se unieron para ayudar al Emperador Andahazi, cuya ambición era apoderarse de todo Umbro. Pero los reinos, tan ambiciosos como el Emperador al que servían, no tuvieron en cuenta que del otro lado venía una marea de pesadilla -un enemigo colosal, apoyado por Dracons, que lanzaban vapor hirviendo, y por miles de guerreros que pelaban por la libertad, amenazando con devorar cada reino conocido. Ante la magnitud del peligro, los reinos rivales no tuvieron más opción que unirse en una frágil coalición y se refugiaron en la enorme fortaleza del tirano Andahazi para protegerse de los Dracons, jineteados por los rebeldes.

 

El general Andros vio en esta guerra la oportunidad perfecta para deshacerse de los "estorbos". Con una sonrisa gélida, ordenó a Orestes -ahora un simple soldado de vanguardia- marchar en la primera línea del frente de batalla.

"Si tu espada es tan buena como el orgullo que te queda, Orestes, tú y tus hombres sostendrán la primera oleada", sentenció Andros desde su tienda de seda.

Gofredo intentó interceder, exigiendo ir con él, pero fue retenido a la fuerza en la retaguardia por órdenes directas del general.

 

La Masacre en el Valle de las Sombras

 

El choque de acero fue ensordecedor. Orestes y su batallón fueron enviados a un desfiladero estrecho, sin apoyo, sin arqueros y con armas insuficientes. Era una trampa de carne y hueso.

El enemigo avanzó como una muralla de hierro y furia. Orestes luchó como un demonio herido, su espada tiñéndose del fluido espeso de sus adversarios, pero la disparidad numérica era absurda. A su alrededor, los hombres que alguna vez lo habían seguido como oficiales comenzaron a caer uno a uno, destrozados por la maquinaria de guerra enemiga.

•          La infantería ligera fue aplastada en los primeros minutos.

•          Los gritos de agonía de su gente se oían en las frías rocas de Umbro.

•          La traición de Andros se consumó en el silencio de la retaguardia, que jamás envió los refuerzos prometidos.

Fue una masacre absoluta. Orestes, cubierto de la sangre de sus camaradas y viendo los cuerpos inertes de aquellos que consideraba su familia de armas, comprendió el peso de la crueldad de Andros. Mientras el enemigo avanzaba sobre los pocos supervivientes, el antiguo segundo jefe miró hacia el horizonte, donde el palacio real brillaba a lo lejos, sabiendo que la verdadera batalla acababa de comenzar.

 

Las cenizas de la Fortaleza de Andahazi aún humeaban cuando el destino del planeta Umbro dio un vuelco definitivo. Aquel bastión, considerado inexpugnable, se convirtió en la tumba de la tiranía. Los miles de guerreros que habían sobrevivido a las masacres se alzaron bajo el estandarte de la libertad y, en un acto de magnanimidad que nadie esperaba, perdonaron la vida a aquellos reinos que, de rodillas y con las espadas bajas, decidieron rendirse y pactar la paz.

Sin embargo, el orgullo y la soberbia son vicios difíciles de erradicar. Sólo dos reinos en todo el planeta se negaron rotundamente a firmar el tratado. Uno de ellos era el más oscuro y altivo: el reino gobernado por el implacable rey Sigmur, el mismísimo hogar del general Andros.

Sigmur y Andros, confiados en las imponentes murallas de su Palacio Real y en su guardia de élite, despreciaron la oferta de clemencia. Para ellos, los rebeldes no eran más que escoria sobreviviente.

Pero los guerreros de la libertad ya no eran el ejército desorganizado del pasado. Impulsados por los fantasmas de sus hermanos caídos, marcharon hacia las tierras de Seymur con la fuerza de una tormenta de invierno. Orestes, quien había sobrevivido al infierno del frente de batalla y ahora lideraba con el cuerpo cubierto de cicatrices y el alma templada en fuego, encabezaba la marcha junto a Gofredo, quien finalmente había logrado romper sus cadenas para unirse a la causa justa.

Cuando el ejército de la libertad rodeó el Palacio Real, no hubo espacio para la diplomacia. Las trompetas de guerra sonaron con un tono lúgubre y el ataque comenzó.

Esta vez, la piedad se quedó fuera de los muros. Los guerreros atacaron el palacio con una furia implacable:

•          Las defensas externas del general Andros fueron demolidas en cuestión de horas por la marea de hombres sedientos de justicia.

•          Las puertas de bronce del palacio real cedieron ante los arietes, desatando un combate cuerpo a cuerpo en los lujosos salones de mármol.

•          El miedo cambió de bando; los gritos que antes se burlaban de los caídos ahora suplicaban clemencia en los pasillos de la corte.

Mientras el palacio ardía y los guerreros avanzaban sin piedad destruyendo el régimen de Sigmur, Orestes se abría paso entre el caos con un solo objetivo en mente. En medio del estruendo de las espadas y el crujir de las maderas incendiadas, sabía que en algún lugar de ese laberinto de opulencia que ahora caía pedazo a pedazo, se encontraban el general que lo traicionó, el rey que lo permitió... y la familia que alguna vez lo abandonó por ambición.

 

El humo negro flotaba pesado sobre las ruinas de lo que alguna vez fue el salón del trono. Entre los escombros calcinados y las cenizas que caían como nieve maldita, Orestes y Gofredo avanzaron con las espadas desenvainadas, contemplando el fin de una era.

Allí, tirados sobre el mármol agrietado, yacían los cadáveres de ambos reyes -el orgulloso rey Seymur y el monarca del segundo reino rebelde-. Su poder político y sus coronas de oro no habían podido salvarlos de la furia de los oprimidos. A pocos pasos, envuelta en telas finas ahora manchadas de hollín, descansaba Ofelia. Aquella dama de alto rango que alguna vez había mirado a Orestes con desprecio, buscando la falsa seguridad de la corte, descubrió demasiado tarde que los títulos no protegen del acero. Su propio rango e inclinación por la aristocracia le habían servido, al final, únicamente de tumba.

Orestes desvió la mirada de los muertos, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, buscando desesperadamente entre el caos. Fue entonces cuando, detrás de una columna derruida, aparecieron dos pequeñas figuras. Eran ellos. Dabo y Miranda.

Estaban asustados, con las ropas rasgadas y los rostros sucios de ceniza, pero estaban a salvo. Al reconocer la silueta de su padre, el miedo desapareció de sus ojos. Orestes dejó caer su arma, rompiendo en un llanto de profunda alegría, y se arrodilló con los brazos abiertos. Los dos niños corrieron con todas sus fuerzas y se fundieron en un abrazo eterno con su padre, uniendo sus lágrimas tras tanto tiempo de separación y dolor.

Mientras la familia se reunía, Gofredo inspeccionaba los alrededores. Un quejido ahogado llamó su atención. Cubierto de polvo y sangre, arrastrándose entre los escombros, el general Andros intentaba escapar. Había sobrevivido al asalto, pero su arrogancia se había esfumado.

Lleno de una ira contenida por la traición del pasado y la masacre de sus soldados, Gofredo rugió y levantó su pesada espada a dos manos, listo para partir al tirano en dos. Sin embargo, justo antes de que el acero descendiera, una mano firme detuvo su brazo.

Era Orestes. Había dejado a sus hijos un momento al resguardo y se había puesto en pie, con una mirada fría y severa que heló la sangre del moribundo general.

-No, Gofredo -dijo Orestes con voz calmada, pero implacable-. Él me mandó al frente para que muriera. Él destruyó a nuestra gente por pura soberbia.

Orestes recogió su espada del suelo y caminó lentamente hacia el hombre que le había arrebatado todo.

-Seré yo quien acabe con este déspota.

Gofredo asintió respetuosamente y dio un paso atrás, custodiando a Dabo y Miranda para que no tuvieran que ver la escena. Bajo el cielo purpúreo del planeta Umbro, Orestes alzó su arma, ejecutando la justicia que el destino le había negado durante tanto tiempo y cerrando para siempre el capítulo de la tiranía de Andros.