Índice

Psicoauditación - Pedro F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 28/05/2020

 


Sesión 28/05/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Pedro F.

Era el rey y tenía poder sobre todo su reino y los que mediante guerra anexionaba. Sufría problemas psicológicos que le proporcionaban sufrimientos físicos y le marcaban una conducta atroz a seguir para con todos con quien se encontraba.

 

Sesión en MP3 (2.733 KB)

 

Entidad: Como thetán sé que repasando vidas pasadas puedo, de alguna manera, ir aliviando esos condicionamientos. Es cierto que mi parte física actual está teniendo síntomas causados por engramas pero que afectaron de alguna manera todo el aparato psicofísico. No trato de justificarme, pero recuerdo una vida pasada en el rol de Derian.

 

Mi madre le dijo a mi padre:

-Tú que eres el monarca de toda la zona, el nombre tiene que ser más de nobleza. Ponle Derian. -Y finalmente mi nombre definitivo fue Derian.

 

De pequeño tenía como lo que vosotros llamáis complejo de inferioridad. Las cosas no me salían bien, era un poco torpe con las manos, me enojaba y hasta golpeaba las paredes. No me gustaba practicar con espadas, es como que había una especie de lo que llamáis hoy bipolaridad en mí porque me daban como impresión las armas, pero sin embargo tenía un puñal, que era mi favorito.

 

Una vez tenía un amigo que se burlaba de mí y usé mi puñal. Mis padres eran nobles y me protegieron. Pero así como me protegieron me maltrataban de palabra. Jamás me pegaron, pero hay cosas que duelen más que un golpe: el desprecio, la burla. Y más de padres: "¿Dónde está tu aspiración?, vas a ser el heredero nuestro. ¡Qué esperas!".

 

Yo era muy teórico, planificaba todo con planos. Y a medida que fui creciendo sentía odio por... por distintas circunstancias, la misma tensión nerviosa me provocaba dolores en el cuerpo, en la espalda, en el cuello, en las manos, me costaba incluso hasta caminar. El médico de la corte me hacía baños en una tina con agua tibia y le ponía hierbas, quizás era mi mente que hacía que me sintiera mejor porque no... no sé si esa cura de verdad servía.

 

¿Qué papá sea belicoso? No, no me sorprendía, vivíamos en una época bárbara, oscura donde la guerra, las batallas era lo común, estaban a la orden del día. Pero que madre lo apoyara tanto, tanto...

 

Y mi orgullo egoico -porque era un orgullo egoico-, hizo que les demuestre quien era yo. Y como príncipe mandé a la tropa -nuestro reinado era humilde-, a miles de líneas, pero a media hora de viaje había otro reinado: el rey Brise, de puertas abiertas, afable con todo el mundo.

Y obviamente ideé una trampa, reunir nuestros reinos en fraternidad, no quitar la autonomía uno del otro, simplemente convivir, intercambiar mercadería. Pero cuando llegamos con nuestras tropas le mostré a mi padre quién era yo: arrasamos con todo, con todo.

El rey Brise pudo escapar con la mayoría de sus soldados derrotados y anexamos a nuestro reino el castillo de Brise. Es más; a los que colaboraban con él los despojamos de sus tierras, que las anexamos al doble reinado.

Sí, me sentía en la mayor de las glorias. Mi padre me elogió: "Eso esperábamos de ti".

 

Al invierno siguiente ambos cogieron demasiado frío, se enfermaron de los  pulmones y con treinta amaneceres de diferencia fallecieron. Me sentí huérfano en el sentido de que me había acostumbrado a ellos no por amor -¿amor? ¡ja, ja!, ¡qué es el amor!-, me había acostumbrado a ellos hasta que me criticaran, y ahora que empezaban a halagarme, a darse cuenta de quién era yo, los perdí.

 

No quise una feria feudal adentro de la fortaleza, no, no, no; no quería mezclarme con la gente común afuera, mandaba a los soldados a buscar mercadería y a recaudar los impuestos a cambio de mi protección.

 

Pero me sentía solo, me sentía... Me sentía mal, me sentía como que nadie me entendía y empecé a pensar, meditar "Es cierto que soy así, es cierto que tengo maltrato y es cierto que a veces cambio de manera de pensar abruptamente. Pero no es culpa mía, es por todo lo que pasé. Y aparte por los dolores crónicos".

 

Recuerdo que la última vez que el sanador me preparó una tina con hierbas el dolor no se me pasó. Y estaba tan molesto que había perdido casi la razón, y lo hice ejecutar. Después me arrepentí: "¡Qué tonto, quién me va a preparar ahora las hierbas!". Pero no me enojaba conmigo, me enojaba con el primero que pasaba.

 

Tenía un edecán que me seguía a todos lados.

Después pensé:

-¿Cuánto hace que estás conmigo?

-Desde siempre, mi rey.

-¿Y por qué me sigues tanto?

-Soy su consejero.

-No eres mi consejero, eres mi edecán, estás de adorno.

Y después pensé: "Este, este yo sé quién es, es un espía del rey derrocado de Brise. ¡Sí, sí, sí, claro!". Y lo hice ejecutar. Me sentí más tranquilo, me sentí más... como  aliviado.

 

El pueblo era religioso, amaba a aquel que está más allá de las estrellas. ¡Je, je, je! ¡Ay, ay, ay, ay! Y había un hombre que era ministro de sacerdocio, un hombre perverso pero que tenía mis mismos intereses: el doblegar al que se rebelara.

Alguna vez se me cruzó por la cabeza, levemente, "Cuidado con los que tienen apetitos de poder".

Pero hablé con él varias veces y le pregunté:

-A ver, dime, ¿cuál es tu ambición?

-Tener la mayor cantidad de feligreses posibles para mostrarles cuál es el reino que está más allá de las estrellas. -Y me quedé tranquilo. No tenía apetitos terrenales si bien cada vez que hacía reuniones religiosas le dejaban metales dorados. No me molestaba, al contrario, él me contaba las cosas que pasaban en el poblado y en la feria feudal, que estaba fuera de la fortaleza, y gracias a los cuentos que él me traía sofocamos dos rebeliones. Sí.

 

A veces me imaginaba como que estaba en una tierra perdida con llamas y salía ácido de unos pozos de fuego y animales que yo no conocía, con rostro desfigurado, con la piel quemada, y me rugían. Y no estaba soñando, estaba como dormitando en mi sillón. Y reforcé la guardia.

Hablé con el ministro religioso y le dije:

-Visualicé unos animales monstruosos de un pozo de fuego.

-Nuestro señor que está más allá de las estrellas no va a permitir que te pase nada.

-Pero entonces, ¿tú piensas que existen o que son mi imaginación?

Me respondió:

-Tú eres un rey, Derian, los reyes nunca imaginan, los reyes visualizan.

 

Si era un elogio por servilismo no me hacía bien, pero por otro lado me hacía sentir seguro; entonces yo no lo imaginé, porque seguramente él también visualizó eso. En las tierras perdidas debe haber ese tipo de monstruos con fuego, con ácido y rostros monstruosos.

Algunos me miraban como diciendo "¿De qué habla este rey?", pero cuando yo les miraba a ellos bajaban la vista, nadie se atrevía a decir nada. Pero me sentía contento que me tuvieran miedo.

Sé que al derrocado rey Brise lo aceptaban por amor, pero ¿qué es el amor?, una debilidad. Yo podía tener doncellas a mi disposición pero me permitiría amarlas. ¿Por qué? Porque hubieran tenido poder sobre mí, y nadie tiene que tener poder sobre mí, nadie. Cuando a veces podía sentir algo por alguna de las niñas ya en edad de merecer, sentía como una tremenda ansiedad que me carcomía el estómago y no me lo permitía. ¡Jamás me lo podría permitir la más mínima debilidad, la más mínima debilidad!

 

Y volví a fortalecer las torres para que los vigías vean si viene gente en las cuatro direcciones. Claro, más vale prevenir. Como el tonto rey Brise, que tenía todas las puertas abiertas en señal de amor, de amistad. ¿Y de qué le sirvió, de qué le sirvió?, de nada, no le sirvió de nada. Brise cayó casi sin luchar. Lo despreciaba, despreciaba su amor, su solidaridad. ¿Para qué?, si el amor es mentira. La gente te palmea la espalda y luego te critica de atrás. ¡Ja, ja! Y no en esa vida, en todas las vidas, porque es así la gente, falsa, traicionera. Depositas en ellas tu expectativa y te frustras, o si no te siguen la corriente. No me gustaba que me siguieran la corriente, tampoco me gustaba que me contradijeran, no me gustaba nada.

 

Y a veces escuchaba voces. Se lo dije al ministro religioso.

-Hay unas voces que me torturan.

-Sí, las escucho yo también, mi rey. Son de figuras invisibles que están en contra de aquel que está más allá de las estrellas.

-¡Aaah! ¿Y cómo las podemos vencer?, porque me torturan la mente, me vuelven loco esas voces.

-Hay que rezar a esa entidad de luz que está muy muy arriba en el cielo.

-¿Y por qué tengo que rezarle?, yo soy el rey, yo mando sobre toda la región. ¿Quién es aquel que está más allá de las estrellas para yo depender de él? ¿No hay alguna manera, alguna arma para protegerme de esas voces?

-Sí. -Llamaron a otro sanador, pero no le permitía que me preparara la tina con agua.

-Y tú, ¿a qué te dedicas?

-Tengo unas hierbas que tranquilizan y llegan a dormir. -¡Ajajá!, pensé, me quieren dormir para ejecutarme.

-¿Dónde estás esas hierbas? -Me trajo un manojo grande de hierbas y luego lo hice ejecutar. -¡Qué a mí me durmieran...! ¿Pensaban que era tonto? Pero me preparé un té de hierbas, me lo preparé yo, no dejaba que me lo prepararan las cocineras, ¡qué sé yo qué me iban a poner adentro de la taza! Y sí, me relajé, me relajé y ya no sentía tanto esas voces en mi mente.

 

Por un lado pensaba que había nacido con mala suerte, con unos padres que me despreciaban y que solamente me empezaron a tratar bien cuando derroqué a Brise. Pero lo que más me molestaba era la parte física, el dolor que tenía en el cuello, en la cintura, en las piernas, en las manos, que se me agarrotaban y apenas las podía cerrar. ¡Ah, qué molesto que me sentía! Y a veces las voces volvían.

En invierno me cogía la tos, una tos tremenda que no podía parar, apenas podía respirar. Me habían alcanzado unas hierbas mentoladas que las tenía que poner en agua hirviendo y aspirar el vapor para que me despejara los pulmones. Sí, y me los despejó. Y ahora quería otro sanador que me preparara otras hierbas para que me despejara la mente, de las voces que habían vuelto.

E intimé a todos los sanadores del reino:

-Tenéis treinta amaneceres para buscarme una hierba, si no los iré ejecutando de a uno por día. -Temblaban.

 

Algunos con la excusa de ir a comprar a la feria feudal, que quedaba fuera de la fortaleza, se escaparon.

El capitán de la guardia me dijo:

-Voy con varios soldados y les doy caza, y los ejecutamos en el patio central de armas.

-No, no, no dejemos el palacio desguarnecido, que se vayan, pero el resto me va a conseguir esas plantas para aclarar mi mente. -No quiero más las voces, no quiero más el cambio de ánimo.

 

Me siento más relajado por haber expresado todo esto, pero estoy agotado. Avisé que no me molesten porque me siento con un sopor tremendo. Y voy a descansar un rato porque no puedo más,  voy a descansar un rato porque no puedo más.