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Psicoauditación - Aerandor III Trement - Ra-El-Dan

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión 25/06/2019

 


Sesión 25/06/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Raeldan

La entidad relata sus primeros recuerdos en un mundo, Aerandor III, donde lo encontró abandonado el anciano Edwin. Crecía y aprendía números y letras, pero tenía temor a quedarse solo.

Sesión en MP3 (2.099 KB)

 

Entidad: Recuerdo la vivencia, recuerdo la vivencia como si fuera hoy, ¡y ha pasado tanto tiempo!, sólo puedo decir, como Raeldan, que el rol de Trement fue bastante sufrido, cambiante, convivencias oscuras, claras, grises y de colores, sufrimiento, amor, sentimiento, emoción, y si bien los engramas son implantes que te dejan marcado, a veces también hay emociones positivas, si bien la emoción abreva del ego, pero insisto que hay emociones positivas, reencuentros, descubrimientos agradables.

 

Era pequeño y tenía hambre. Estaba en el bosque, vi pasar un roedor bastante bastante grande, se me hizo agua la boca. Y tenía una pequeña onda y lancé una piedra y el pequeño roedor cayó. Ya estaba por hincarle los dientes cuando de atrás me dicen:

-Trement, ¿qué haces? -Me doy vuelta.

-¡Voy a comer!

-¡Te lo he dicho muchísimas veces, Trement! ¡Ven, ven antes de que te coja de la oreja y te lleve! ¿Pero dónde has estado? Estás lleno de barro, ¡tienes sangre!

-Estuve trepando por una colina y me resbalé.

-¡Ah! ¿Dónde están tus sandalias?

-Se rompieron.

-¡No te duran un solo día! -Me reía. Estaba acostumbrado de que el anciano Edwin me rete, era mi familia, lo quería. Yo sabía que no era mi padre. Le pregunté muchísimas veces:

-¿Dónde me encontraste?

-En una aldea abandonada, no había nadie más que tú. Llorabas, eras apenas un bebé.

 

 Llevamos al roedor y el anciano Edwin lo despellejó y le sacó las vísceras y puso una olla en los leños con fuego y lo cocinó. Me sentía protegido, digamos, vivíamos en un lugar donde prácticamente no se acercaban los extraños.

A poca distancia había una especie de ermita habitada por un monje llamado Huberto, la gente lo visitaba, decían que el monje Huberto era una herramienta de Dios, pero Huberto era más que eso, era un erudito, sabía muchas cosas. A medida que fui creciendo me enseñaba literatura, me enseñaba mitos...

Cuando llovía mucho había truenos y relámpagos, yo le decía al monje Huberto:

-Thor está enojado, desde lo alto del monte hace crujir sus manos.

-Trement -me decía el monje-, el mensaje es justamente eso, es uno de los mitos. Thor no existe, es una creencia.

-Pero en todas las aldeas se habla de…

-Sí, Trement, es una tradición también, aparte de un mito.

-¿Y entonces qué es lo que hace ese ruido tan tremendo como mi nombre?

-Son descargas eléctricas.

-¡Explícame! -Y el monje se tomaba toda la tarde para explicarme que era la electricidad.

-¿Y por qué no tenemos nosotros aquí?, ¿por qué no hacemos rayos y esas cosas para prender fuego?

-Eso es la naturaleza, nosotros no sabemos cómo manejar la naturaleza. Podemos construir diques, podemos hacer acequias, pero no mucho más que eso. , sigamos con la literatura. -Aburridísimo, pero me gustaba porque a la tarde me daba una leche con un polvo dulce que lo sacaba de una planta, y sólo por eso, sólo por eso me quedaba estudiando con el monje Huberto.

 

El anciano Edwin me decía:

-Me gusta que vayas del monje porque por lo menos vienes limpio, cuando vas por el bosque o las colinas o vienes lastimado o completamente sucio. Pareces un animal. -Me encogí de hombros.

-Edwin, todos somos animales, los humanos también somos animales, así me lo explicó Huberto. Aparte, estoy aprendiendo a sumar y a restar, ya se escribir. -Y seguíamos, y me sentía bien, pleno.

 

Cuando cumplí nueve de vuestros años ya sabía leer, escribía perfectamente sin faltas de ortografía, tenía una caligrafía muy buena y una de las cosas que me había enseñado el monje Huberto era modales. Le digo:

-¿Para qué quiero modales?, O sea, va a pasar un cervatillo por el bosque: "Adelante, señor ciervo". -Me daba con la mano abierta un pequeño golpe en la nuca.

-¡No te burles de lo que te enseño! -Lo tomaba como una caricia, me reía, me sentía, bien, me sentía bastante bastante bien.

 

Pero con el tiempo las cosas se terminan. Recuerdo que el monje Huberto enfermó. Había un pequeño monje adolescente, pero era bastante menos sabio que Huberto, era agradable también, pero no sabía casi nada.

Recuerdo que el monje no quiso dejar sus cuadernos, sus anotaciones en la ermita:

-¡La gente es buena, pero es ignorante, va a usar los papeles para encender fuego! -Y se los dio a mi padre adoptivo, el anciano Edwin. Cuando cumplí diez años el monje Huberto estaba muy muy mal.

Dijeron:

-Lo vamos a llevar a un palacio cercano que tienen médicos, aquí no hay nada en estos parajes. -Y se lo llevaron.

 

Me quede con el anciano Edwin. Me sentía como dolorido, con angustia porque me daba... no pena, sentía como ira de que la gente buena se enferme.

El anciano Edwin me decía:

-No depende de nosotros, depende de Dios.

-No -negué-, no, Dios no es cruel, aunque no sé, me crié en bosques, en estepas... Si tú no me hubieras encontrado no sé si estaría vivo. ¡La vida no es justa!

-¡Trement!, no me gusta que te quejes, debes ser agradecido de estar vivo. Aprende a ver las cosas a favor, aprende a percibir lo bueno, aprende a entender, aprende a... de cada cosa sacar lo positivo. Hay una fruta que es agria, muy agria, no la puedes comer, sin embargo te enseñé que su jugo puede sazonar las ensaladas. -Me encogí de hombros.

-Sí, pero una fruta no es la vida.

-¡Mírame, Trement! Hay situaciones que sazonan la vida también. -Me encogí de hombros.

-¿Cómo cuál?, ¿cómo la del monje Huberto que no se sabe si se va a salvar o se va a morir?

-¡Tan pequeño e irónico!

 

A los pocos días se enfermo el querido anciano Edwin.

Tenía apenas diez años. no quería quedarme solo. En otros parajes veía niños que combatían con espadas como un juego, yo no tenía amigos, mis amigos eran los animales del bosque.

A los diez años sabía trepar a los árboles, andaba casi desnudo con un taparrabos y cuando llegaba el anciano Edwin me retaba:

-¡¿Dónde está tu ropa?!

-La dejé en una piedra cuando me metí en el arroyo.

-¿Y te la has olvidado ahí?

-No, ¿quién la va a tomar?, ¿quién la va a coger?

-¡Ve a buscarla!, ¡vamos!

-¡Ja, ja, ja! -Y me reía.

 

Cogí paños, los sumergí en agua y se los puse en la frente. Estaba pensado en hablar con alguna gente de la aldea cercana y que lo lleven al anciano Edwin a ese palacio donde estaban los médicos, donde llevaron al monje Huberto.

Y en ese momento sentí miedo, miedo de la soledad, de la desprotección, de quedarme solo teniendo apenas diez años, y por primera vez en mucho tiempo me puse a llorar desconsoladamente encogido en mí mismo, poniendo la cabeza casi contra mis piernas. Mi espalda se sacudía de llanto, pero por dentro decía "Esto tiene que cambiar, de alguna manera todo esto tiene que cambiar".

Lo que ignoraba en ese momento, como una criatura que era, es que a veces los cambios pueden ser para mejor o pueden ser para peor, porque hubo un cambio, un cambio enorme, un cambio brutal, de verdad brutal, pero esa es otra historia.

 

Gracias por escucharme.