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Psicoauditación - Sigma II Esper - Ra-El-Dan

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión 20/07/2018

Sesión 16/08/2018

 


Sesión 20/07/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: Raeldan

No era atendido por sus padres, se sentía solo. Después de su padre fue rey en Sigma II y a sus 18 y seguía en soledad aun teniéndolo todo y a todos.

Sesión en MP3 (3.008 KB)

 

Entidad: Antes de comenzar el relato de una vivencia difícil, distinta, pero en muchos detalles similar a tantas otras vidas, a tantas otras vivencias, donde he experimentado traiciones, lealtades, tristeza, alegrías, sorpresas, angustias y que me han marcado, me han dejado cicatrices...

 

El mundo donde comienza este relato es Sigma, queda a doce años luz de vuestro Sol. Es una estrella amarilla, un poco más pequeño que el Sol. A cincuenta y cinco millones de kilómetros orbita un mundo pequeño similar a vuestro Mercurio. A ciento diez millones de kilómetros orbita Sigma II, muy similar a Sol 3 y tiene 2 lunas.

La época donde desarrollaré esta vivencia es una época medieval.

Y bueno, en esa vida no me he llevado bien con mis padres, mi padre era autoritario, totalitario, vosotros diríais casi un dictador. Madre, ¡je! era una sombra, padre tenía muchísimas amantes, madre lo sabía y lo soportaba y se sometía. Todo eso porque padre era el Rey de la comarca y se hacía y se deshacía a su voluntad.

 

Mi nombre era Esper, hijo único, pero no fui criado de una manera cortés o sobreprotegido, no; estaba, ocupaba un lugar, por dentro tenía como cierto resentimiento porque tenía otros amigos en secreto porque padre no me permitía como príncipe tener amigos ni siquiera de la nobleza porque eran menos que nosotros para él, pero yo me trataba con ellos. Incluso como todo niño jugábamos a que éramos guerreros y espadeábamos.

Pero los envidiaba. Me preguntaréis ¿cómo un príncipe puede envidiar a otros, aun siendo nobles? ¿Una dignidad envidiar? Sí, les envidiaba el amor de su familia, el trato, los abrazos, ¡je, je! Creo que padre nunca me abrazó y madre, ¿cómo lo podría explicar mejor con palabras?, madre era una presencia ausente.

 

Cuando cumplí dieciocho de vuestros años padre murió a sus cuarenta y dos, demasiado obeso, demasiada comida, demasiada grasa y obviamente su corazón no resistió. Y madre con una enfermedad -no sé, en la sangre supongo, era demasiado delgada, al revés de padre-, un año más y lo acompañó.

 

Y quedé como rey, joven, muy joven. Tenía un consejero, pero era un hombre adusto, seco, seco como las hojas en otoño, hablaba lo justo, quizá no era culpa de él, quizás era porque padre tenía un consejero de adorno para exhibirlo igual como se exhiben las estatuas porque no hacía caso de nada ni de nadie. Pero de repente yo, con una corona real en mi cabeza, necesitaba una pequeña guía.

Tenía una ventaja, que ahora nadie me prohibía nada, y me hice muy amigo de Lerner, que era el hijo del consejero. Y mi primera medida fue nombrar a Lerner como mi consejero.

¡Pero Lerner cambió! Recuerdo cuando de pequeños jugábamos, más tarde corríamos por los pasillos, sin que nadie nos viera, nos contábamos cosas. Si bien como dije antes, su padre era seco como una hoja de otoño, a Lerner le brindaba cariño y yo eso, ¡ah!, nunca lo había tenido de mi padre, el difunto Rey. Pero ahora Lerner tenía como respeto por mi persona. Yo era el rey y le decía:

-Deja tu timidez de lado, háblame, coméntame, tú has abrevado de tu padre.

 

Entonces es como que me guiaba, me hablaba de los impuestos, de cómo hacer para que la feria feudal funcione mejor que cuando estaba padre. A Lerner se le había muerto la madre años atrás y al poco tiempo que murió la mía falleció su padre, el viejo consejero, así que ambos teníamos algo en común, éramos huérfanos. Lerner llegó una mañana y me dice:

-Mi Señor. -Me molesté.

-Lerner, ¡dime Esper!, como cuando a hurtadillas nos escapábamos por los pasillos.

-Mi Señor, eres el Rey, no podría.

-¿Ni aunque te azote?

-Mi Señor, estoy a tu disposición, ¿quieres azotarme?

-¡Oh, pero tonto, nunca haría eso!, mi aprecio por ti es tremendo, ¿te acuerdas cuando mirábamos a las niñas?

-Mi señor, en eso no podría aconsejarlo, puedo aconsejar de la economía de palacio, puedo aconsejaros sobre la tropa, sobre quien debe de alguna manera ser el jefe de la guardia.

-¿Y tú piensas que Darel no es buen jefe de la guardia?

-Entiendo que le falta carácter.

-¿Y qué me dices de Brunei?

-Brunei me parece un buen hombre y diestro con las armas para ser el nuevo jefe de la guardia.

-Bien, dispondré eso entonces. Pero he visto que a ti a veces te molesta.

-¡Oh!, mi señor, es su forma de ser, burlón, pero no hay problema.

-¿Qué opinas de Dara?

-¿Señor?

-Lerner, ¿qué opinas de la dama Dara?

-Una excelente joven.

-¿Te agradaría como reina?

-Mi señor ¡eres tú a quien debe agradarte! Nadie manda por sobre ti, así que eres tú el que decides.

-¿No te parece un poco distante?

-Mi señor, me parecería una falta de respeto opinar sobre ello.

-¡Lerner, eres mi amigo!

-Mi Señor, ahora no, ahora soy vuestro consejero y esa distancia no la puedo perder, por favor.

-Está bien, ve a tus quehaceres, te llamaré.

 

Lerner se marchó. Ahora era el Rey Esper, tenía un enorme castillo, una fortaleza, una guarnición impresionante de hombres, tres mil hombres, todos muy bien entrenados, de eso sí padre se había ocupado. El palacio era inmenso y había varias familias nobles, todas a mi disposición. Afuera, detrás del primer círculo, una enorme feria feudal y detrás unos enormes muros, con una enorme vigilancia.

Y finalmente empecé a cortejar a Dara, a la joven noble, de cabello claro, mirada serena, pero de verdad que la notaba distante. Pero conmigo era accesible, claro, era el Rey, tenía, la primera y la última palabra, yo no pedía, yo ordenaba, yo mandaba, yo exigía, pero no tenía apuro.

 

Cuando cumplí veinte y dos de vuestros años me casé con Dara. La familia contentísima; su hija, de buenas a primeras, aun siendo noble, pasaba a ser la reina Dara. Y me recuerdo la primera noche, donde intimamos, donde nos amamos, donde nuestros cuerpos se juntaron en la oscuridad. ¡Qué frase poética! ¡Qué frase poética! En la realidad no era así, no digo que ella era un témpano, no, ella hacia todo lo que le pedía. Pero no nacía de ella, si yo le decía de repente "Dara, acaríciame como tú quieras, bésame como te salga", se quedaba esperando. Claro, pensaba, la inexperiencia, la timidez por, por estar ante el Rey, ¡ja, ja, ja!. No, no, no, porque pasaban los días, porque pasaban las noches, porque pasaban las semanas.

Recuerdo que salía al jardín, el viento me azotaba el rostro, miraba el cielo, veía las estrellas y justo bien arriba la luna más grande, a un costado la luna más pequeña, de mitad de tamaño. Me sentía solo, me sentía bastante, bastante solo. Entraba nuevamente a la alcoba, cerrando las ventanas y Dara dormía.

Una noche me enfurecí, la jalé de los cabellos, la tiré boca abajo y la poseí: no se quejó, no dijo nada. Yo estaba, tan enojado molesto, nervioso que entre estertores quedé rendido, me corrí encima de ella y me quedé tendido a un costado. La miré, seguía recostada boca abajo con los ojos cerrados, como, como si yo no hubiera estado. La tenía cuando quería, cuando se me antojaba. De repente una mañana, de repente una tarde, de repente a media noche, de repente a media mañana tenía su cuerpo. ¿Sus besos?, yo se los sacaba. ¿Pero conversábamos?, con monosílabos: Sí, no, tal vez, quizás... A veces salíamos en el carruaje con la guardia, a pasear por los jardines. Veía que miraba, que disfrutaba. Me pedía permiso para visitar en el otro lado del pasillo a sus padres con los cuales conversaba y conversaba y conversaba, como no lo hacía conmigo.

Y me sentía mal porque nos llevábamos mal. Jamás me decía que no, en realidad jamás me decía nada. Ella estaba para mi placer- ¿Pero eso es una esposa? No, no. Se me ocurren infinidad de palabras para decir, pero me abstengo de pronunciarlas.

 

A veces me levantaba temprano, me vestía una ropa vulgar, corriente, de cuero y me iba al patio de armas. Brunei, a quien había nombrado jefe de mi guardia se sobresaltaba:

-¡Mi Rey!

-¿Qué tal eres con la espada?

-¡Muy bueno, señor!

-Practiquemos.

-¡Pero mi Rey!

-Practiquemos, y donde yo veo que tú te frenas para no lastimarme te daré cien azotes.

-Pero señor ¿y se le llego a herir?

-Es mi orden y lo diré adelante de todos los soldados, si me hieres quedas disculpado, al fin y al cabo es una práctica. -La primera vez es como que se abstuvo, es como que se frenaba. Y paré el entrenamiento y le dije adelante de todos-. Te vuelves a frenar, te dejo la espalda al aire y con uno de los soldados te hago azotar.

 

Finalmente Brunei combatió con todas sus fuerzas y se asombró de lo bueno que yo era combatiendo con la espada al punto tal que en pocos minutos lo desarmé y lo herí en uno de los brazos. Claro, estaban acostumbrados a ver a mi padre obeso, sentado en el trono, jamás levantaba una espada, sólo levantaba una jarra para tomar bebida o bien una cuchara para comer.

Quizá eso era lo único que me desahogaba, el entrenar por las mañanas. Era alto, corpulento, fuerte, sano.

 

Pero me sentía solo, quizá la única compañía que me agradaba era la de Lerner, mi consejero, mi amigo aunque él ahora me respetaba, pero era en quien confiaba, de alguna manera, para disimular esa tremenda soledad.

 

Gracias por ahora. Con vosotros Raeldan, relatando el rol del Rey Esper, en la época medieval de Sigma II.

 


Sesión 16/08/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Raeldan

Yendo por los pueblos conoció a Una, ganadora de un torneo. Se las ingenió para coincidir con ella y probarla, con la espada. Quedó muy muy muy sorprendido.

Sesión en MP3 (1.975 KB)

 

Entidad: A veces planificamos algo y puede salir bien. He conocido personas que han tenido mala intención y han triunfado en sus proyectos, aunque los mismos sean negativos y puedan dañar gente. Y en la vida que relato me ha pasado al revés, he tratado de ser feliz y me ha costado mucho lograrlo.

 

Con mi consejero habíamos cambiado de personalidad para que no nos reconozcan. Nadie sabía -en la región donde estábamos- del rey Esper. Mi nombre era Duane y mi consejero, Beno.

Había quedado prendado de una joven que sabía disparar muy bien con el arco. Beno estaba molesto conmigo, porque había quedado deslumbrado con una posadera que resultó ser una joven que cambiaba favores por metales. No quise burlarme de él, intenté que modificara un poco su carácter tímido. Luego me confesó que era la primera vez que intimaba con una joven y le hubiera gustado que no fuera una joven de la vida sino alguna granjera o labradora -o noble, ¿por qué no?- que se hubiera enamorado de él.

Mi argumento fue: "Mientras esperas, practicas".

Siempre me tenía respeto, pero me respondió "Eso es muy ordinario, señor".

Y no me enojé por eso, lancé una carcajada, pero luego le dije: "¡Nada de señor!, soy Duane y tú eres Beno. ¡Grábatelo aquí!". -Y le toqué la frente con mi dedo índice-: Duane.

 

Veíamos que la joven que me gustaba se preparaba para marchar en su equino y dimos una vuelta y planifiqué un encuentro:

-Hola -La joven nos miró-, mi nombre es Duane y este es mi amigo... mi amigo Ben.

La joven preguntó:

-Vaya, ¿qué estáis haciendo por estos lares?

Le dije:

-Bueno, supimos que había un torneo y queríamos anotarnos.

La joven sonrió, una risa con unos dientes blanquísimos, y negó:

-Lo lamento, tendrían que haber llegado antes, el torneo ya finalizó.

-Vaya, mi curiosidad era porque tenía entendido que lo ganó una mujer. ¿Es tan así?

La joven dijo:

-Entonces hay algo que no concuerda, queríais anotarse en el torneo y luego me confiesas que sabias que terminó y lo ganó una mujer. -Titubeé. Era muy inteligente, era una joven muy inteligente.

Me corregí y dije:

-No, no, no, quería anotarme en el próximo.

-¡Ah! -dijo ella-, está bien. -Pero me miraba como desconfiada.

Agregué:

-Me gustaría conocer a esa mujer. ¡Mira, aquí tengo también mi arco!

-¡Ah, mira tú! ¡Pues aquí está la mujer! -Y se señaló a sí misma.

¿Tú? ¿Tú has ganado ese torneo?

-Así es. Me llamo Una.

-Pero vaya, ¡je!, tiene que haber algún lugar donde vives que se pueda practicar.

-Yo soy experta en lanzar la flecha al aro montada a caballo, pero por aquí hay un campo de tiro donde hay blancos a treinta pasos, a sesenta y a noventa, y si quieres practicar, ya sabes. -Dije que sí, asentí con la cabeza.

En ese momento Beno exclamó:

-¿Pero te parece, Duane, que podamos?

Le dije:

-¡Claro que podemos! -Quería que se callara, que no haga hincapié en cosas raras, a ver si me ponía mi verdadero nombre este Beno. ¡Ah!

 

Una nos observaba a uno y al otro, a uno y al otro. ¿Qué pensaría?

Le preguntó a Beno si sabía tirar con arco. Yo lo miraba.

Beno dijo:

-Sí, pero obviamente no soy tan bueno como Duane.

Me cogió de sorpresa la pregunta de la joven a Beno:

-¿Quisieras ver como venzo a tu amigo? -Beno quedó duro como una estatua. No respondió, me miró. Yo evité mirarlo, era un desastre disimulando.

La joven me miro a mí:

-¿Y? ¿Qué dices?

-Está bien. Sucede que tengo ganas de comer algo, tiene que haber algún par de posadas.

-Sí -dijo la joven-, podéis ir a la posada Álvez y luego si queréis, si os animáis vamos a practicar. -Y fuimos a la posada.

 

Luego nos encontramos con la joven, estaban sus padres y había un tío llamado Alino. Le estreché la mano firmemente. El tío se desconcertó, quizá por mi seguridad.

 

Beno no participó. Con la joven tiramos a treinta pasos, ambos en el centro.

-¿Te parece -dijo la joven- al doble de distancia? -Me encogí de hombros.

-¿Por qué no? -Sesenta pasos: acertamos los dos en el círculo central-. ¡Bien! Por hoy es suficiente.

-¡Espera!

La miré. -¿Qué?

-Hay un blanco un poco más lejos, a noventa pasos. -Me sentí como incómodo.

-Mira, Una, tendría que practicar un poco más, hace rato que no tiro.

Me miró como... con una mirada rara y dijo irónicamente:

-¿Pero cómo? ¿Qué dices? ¿No era que venías a practicar en el torneo a caballo con aro y ahora dices que no estás acostumbrado porque hace rato que no tiras?

-¡Oh! Sucede que el tiempo está muy ventoso.

-¿Así que ahora te preocupa el viento que pueda haber estando de pie? ¿Cómo sería entonces si estuvieras montado en un equino?

-Está bien -dije.

 

Y disparamos, dio en el centro. Yo pegué en el blanco pero casi en el borde. Mi orgullo dijo:- Bueno, empatamos.

La joven respondió:

-¡Ja, ja, ja! ¿Así que tú le llamas empate?

-Mira, he dado en el centro.

-Tú casi fallas. –Sonreí. ¡Ah, qué difícil que era esa joven! Pero que atractiva, ¡por favor!

 

Nos quedamos unos días, fuimos a la posada de Álvez. Nos vimos varias veces más. Tres veces.

Me preguntaba ella:

-¿De verdad vosotros sois amigos?

-¿Por qué? ¿Acaso no lo presenté como amigo?

-¡Ja, ja, ja! No sé, parece que fuera tu lacayo. -Y le pidió disculpas a Beno. Era muy muy muy inteligente y Beno demasiado poco disimulado. ¡Ah!

 

De verdad que comenzamos una amistad. Era una joven tan hermosa, tan hermosa, una piel tan... tan linda... Pero quizá no me creáis, me atraía su físico, su risa, sus dientes blancos, esos ojos que te perforaban, pero me atraía su interior, a diferencia del de mi esposa, la reina, que era un témpano. No es que esta joven fuera un volcán, era calidez, una calidez simpática.

Recuerdo que una de las veces me miró mi espada y tocó la suya. No quise decir nada, pero pareció que ella estuviera tentada en cruzar espada conmigo, pero no, no le dije nada en ese momento.

 

Al día siguiente le dije a Beno que se quede en la posada, tenía metales, no había problemas. Salí yo solo con Una y allí sí, no pude y le dije:

-Habías mirado mi espada, ¿pensabas en cruzarla conmigo? -La joven se encogió de hombros.

-Sí, ¿por qué no? Para practicar.

-¿Y qué gano si te venzo?

-No sé, pide.

Y ella dijo:

-¿Y qué gano yo?

-No sé, pide tú.

La joven sacó su espada y dijo:

-Está bien, pero que el que gane pide cosas... sencillas.

-Quédate tranquila, soy un caballero.

 

Cruzamos espadas y era muy muy buena con la espada, muy muy buena. Me costó trabajo vencerla. Estuve a punto de dejarme ganar pero ese orgullo masculino pudo más que yo.

-¡Eres bueno, me has sorprendido! ¿Qué pides?

-Soy un caballero, espero que pedirte un beso no te ofenda. -Sonrío, se acercó, enfundó su espada y con la mano derecha me tomó de la nuca, acercó mi boca a la suya y me besó, pero de una manera que me derritió, como si… como si yo fuera una gelatina.

Separé sus labios de los míos y le dije:

-¿Qué hubieras pedido tú si me ganabas?

-Lo mismo que tú.

 

Me sorprendió su... honradez, o sea, era frontal, no sé si por inocente o porque directamente no tenía nada que ocultar. No se sonrojó, dijo "Lo mismo que tú". O sea, que cualquiera de los dos que hubiera ganado hubiera existido el beso.

Entonces me animé y le dije:

¿Habrá que buscar otro cambio de espadas para un segundo beso?

Y ella, que era más joven que yo, me dijo:

-¡Duane, no seas niño! -Se acercó y me besó de vuelta.

Esta vez la besé más apasionadamente y más apasionadamente y más apasionadamente.

Y, honestamente, no me quería ir, no me quería ir.

 

¡Ah! Gracias por escucharme.