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Psicoauditación - Rosalinda

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 12/09/2025 Gaela, Josefina Giménez

Sesión del 22/06/2026 Gaela, Josefina Giménez


Sesión 12/09/2025
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Rosalinda.

La entidad relata que en su país natal ya no le ataba nada y fue a Plena, Gaela. Dominaba el oficio y confeccionaba vestidos. Un día le encargaron uno que iba a cambiarle la vida.

Sesión en MP3 (3.006 KB)

 

Entidad: Les comento que mi primera encarnación fue hace cien mil años en un mundo llamado Gaela, que es similar, prácticamente un mundo gemelo, a lo que es La Tierra, pero que a cien mil años luz de distancia.

 

En ese mundo mi rol era Josefina Giménez, había nacido en Valedor, en un país central del nuevo continente.

De pequeña era muy traumada, me sentía traumatizada porque mis sueños, mis anhelos, mis deseos eran distintos a las demás amistades que tenía, al punto tal de que no me llevaba bien con la mayoría de compañeras y compañeros, incluso en la misma escuela también me sentía incómoda. Pero tenía algo que se llamaba convicción, tenía algo que se llamaba temperamento, voluntad.

Pero con mi familia no tenía una buena relación, en Gaela imperaba una religión llamada la Orden del Rombo y mi familia era muy religiosa de esa basura fundamentalista, por así llamarlo.

 

Y ya siendo más grande estaba en pareja con Severino Ahumada. Al comienzo era un hombre comprensivo que entendía mi manera de pensar, mi manera de ser, pero con el tiempo se fue alejando, yo iba notando su indiferencia.

Hasta que un día él me dijo:

-Mira, Josefina, me tengo que ir a trabajar al interior, en carpintería, en una zona rural que vamos a construir casas de madera y voy a pasar mese sin verte.

 

Que no fueron meses pasaron dos años. Yo en mi mundo, porque mi país era lo único que conocía de Gaela, Valedor, aprendí a trabajar con confección textil, pude juntar algo de dinero y dije, "Me voy al sur del continente, hay un país llamado Plena que tiene una de las ciudades más grandes, Ciudad del Plata". Y alejándome de mis seres queridos, de todo lo conocido me aventuré y me fui a Ciudad del Plata en Plena.

Cuando bajé del avión lo primero que vi es todo campo.

Recuerdo que tomé un auto en el aeropuerto y le digo:

-¿Dónde está la ciudad?

-No no no, le explico, le explico, señora Giménez, la ciudad está más o menos a unos cuarenta y cinco minutos.

-¡Ah! Entiendo, entiendo.

 

Había traído dos maletas y nada más. Por supuesto el dinero. Y cuando llegamos a la ciudad me sorprendió la cantidad de tránsito, impresionante.

-¿Dónde tengo la reservación?

-En el hotel Dos Reyes, en zona céntrica.

 

Y yo veía que no llegaba nunca.

-Discúlpeme -le digo al conductor del coche-, ¿tan grande es la ciudad?

-Mire, señora, Ciudad del Plata es la segunda ciudad más grande del continente, la única que le gana es la del norte, esa que está llena de rascacielos, de edificios de sesenta, ochenta pisos. Aunque aquí en Ciudad del Plata también hay edificios de hasta doscientos metros de altura.

-Vaya.

 

Alquilé una habitación y me puse a buscar en "Avisos clasificados", y había una pequeña fábrica que precisaban personas.

Me presenté:

-Mi nombre es Josefina Giménez, vengo de Valedor, pero soy muy buena trabajando en confección textil.

 

La fábrica era pequeña, pero el trabajo lo dominaba a la perfección al punto tal que había chicas que trabajaban hace años y la terminación de mis prendas era superior. Obviamente me tomé la tarea de ayudar a otras chicas que recién iban aprendiendo, de manera que granjeé la amistad de la mayoría de las obreras. Y la supervisora al ver que yo trabajaba, a los seis meses me aumentó el sueldo.

Un día vino una clienta y dijo:

-Tengo un cumpleaños...

La supervisora le dijo:

-Hable con la señorita Giménez.

 

La chica vino a verme, era una belleza de joven, cabellos rubios, ojos claros.

Me dijo:

-¿Usted es la señorita Josefina Giménez?

-Correcto.

-¡Qué acento raro que tiene!

-Sí, vine de Valedor.

-Hermosa ciudad, estuve allí de vacaciones.

Le dije:

-Dígame en qué le puedo ser útil.

-Bueno, tengo un cumpleaños, quiero un vestido de color azul pero no chillón, un azul pálido, no muy entallado tampoco, que tenga volado. -Le hice un par de croquis con tiza.

Le digo:

-¿Algo así?

-Sí.

-¿Me permite tomarle las medidas, si no lo toma como abuso de confianza?

-Para nada -dijo la chica-, para nada.

-¿Cuándo es la fiesta?

-En quince días, pero necesito probar, ver si está bien la talla...

-Se lo puedo tener listo en seis días.

-¿De verdad? -dijo la joven asombrada.

-De verdad.

-¿Qué tipo de tela?

-Venga, por favor. -Le mostré seis o siete tipos de tela.

-Esta me encanta, pero me parece que va a ser muy traslúcida, muy transparente. Y ésta es muy rústica. -Le mostré la tercera-. Ésta, este tipo de tela. ¿Seis días?

-Sí, señorita. -Me estrechó la mano.

 

Habló con la supervisora.

-Tiene una joya con esta chica, Giménez, una joya. Le voy a decir la verdad, estuve en varias tiendas del centro buscando un vestido así y no encontré, y ahora me lo va a hacer a medida. En seis días vuelvo. De todas maneras le dejo mi tarjeta, también se la dejé a su empleada, Josefina Giménez.

 

Volvió a los seis días se probó la ropa. Me miró y dijo:

-No, no puedo creerlo...

-¿Hay algo que está mal?

-Todo lo contrario, me imaginé que habría que hacer algunos ajustes, algo más largo el vestido. No, está impecable.

-La supervisora le dará el precio. Y, bueno, espero tenerla de clienta.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

-Por supuesto -le respondí.

-¿Usted no se hace ropa de este tipo?

-No, honestamente no, soy un poquito más alta que usted, señorita, pero es ropa de confección y cara. -Mi tez era más morena que el de ella y mi cabello oscuro, que a veces lo tenía entreteñido, con claritos.

Y me dijo:

-Quizás a usted le venga bien un vestido similar al mío de color beige.

-Sí, pero prácticamente no salgo.

-No, no me entiende, la invito a mi fiesta.

-¡No!... -La chica frunció el ceño.

-¿Se va a sentir incómoda?

-No, todo lo contrario, para mí sería un honor señorita. Pero, cómo explicarlo, no estoy acostumbrada a tratar con gente de dinero, me parece que me iba a sentir...

-¿Qué tipo de calzado tiene?

-Bueno, aquí en ciudad del Plata sería número treinta y siete, pero quizá el treinta y siete me ajuste un poco, número treinta y ocho.

-Sí, está bien, porque yo calzo treinta y siete -dijo la joven-. Voy a venir mañana y le voy a traer de muestra cuatro pares de calzados de color beige o tirando a naranja para que hagan juego con su vestido. ¿Cuánto le puede llevar? usted conoce su medida.

-En tres días puedo hacer un vestido para mí, similar al suyo, pero tirando a beige, tirando a color crema.

-Perfecto. Mañana mismo vengo con los zapatos. Y un día antes, tengo una peluquera amorosa...

-¿Pero cuánto cobra?

-No, no, todo corre por mi cuenta, este vestido también.

-¿No tendré problemas con la supervisora?

-¿Por qué?, yo voy a seguir comprando aquí, en esta fábrica.

 

La joven habló con la supervisora, la cual no puso ningún 'pero'. A los tres días tenía el vestido, la joven lo vino a ver.

-Mira -Me tuteó, me trató de tú-, Josefina, te queda de maravilla. Pruébate los zapatos.

-¿Ya están?

-Sí. -Me calzaban los tres a la perfección.

-Elije dos que te gusten más.

-¿Dos?

-Elije dos. -Elegí dos-. Te quedas con los dos.

-¿Pero no es un abuso?

-No. Es un placer para mí serte útil. Y te encargaré más ropa, eres muy buena en lo que haces, muy muy buena, y esto que es una pequeña fábrica de confección textil. ¿Te tratan bien?

-Sí, sí, tengo muchas amigas.

-Bien. El día de mañana conversaremos sobre el tema.

-¿Por ejemplo?

-No no no, el día de mañana.

-¿Y dónde sería la dirección del cumpleaños?

-Yo te paso a buscar.

-¿Por aquí?

-No no no, pásame la dirección de dónde vives.

-Es una pequeña pensión, me da como cierto pudor.

-¿Pudor por qué?, eres una excelente trabajadora. -Le pasé la dirección-. A las cuatro de la tarde te paso a buscar con mi coche, pero un día antes vamos a mi peluquera.

 

Fuimos a la peluquera, me miré al espejo y no podía creer lo que veía. Es más, me había maquillado el rostro, me había pintado los ojos, parecía otra persona, parecía una mujer de las más bellas del planeta.

Y la joven me lo dijo:

-Mírate, pareces otra persona, eres bellísima.

-Gracias.

-Bueno, duerme con una red para que no se te desarme el cabello. Mañana te paso a buscar.

-¿Dónde es el cumpleaños?

-En el Club Náutico.

-¿Náutico? El único Club Náutico que conozco queda en las afueras de Ciudad del Plata, pero es de gente de muchísimo dinero.

-Sí, ¿y qué tiene?

-Pero yo soy una humilde empleada.

-Pues con ese peinado hermoso, con esos zapatos, con este vestido de color beige vas a parecer una princesa.

-No..., me da vergüenza retribuir esa galantería, pero tú con esos ojos claros y ese cabello rubio eres una reina.

-¡Je, je, je!, nunca me habían dicho eso. Ya sabes, te paso a buscar a las cuatro y conocerás el Náutico, hay muchos chicos y chicas amistosos.

-¿De verdad?, porque siempre pensé, por los menos donde yo vivía, en Valedor, en mi país de origen, la gente de dinero era creída, vanidosa... ¿Aquí no?

La chica me miró frunciendo el ceño y me dijo:

-Mira, Josefina, hay de todo. Es más, el dueño del club se llama Clayton, es el que más fortuna tiene en Ciudad del Plata y sin embargo es el más humilde de las personas, te aseguro que te vas a sentir cómoda. ¿Te gusta la música?

-Sí, sí, depende de qué música.

-Bueno, a la noche hay un grupo musical muy muy bueno que toca todo tipo de temas, lentos, rápidos, del centro del continente, de Valedor también y también puedes bailar si lo deseas.

-No, soy un poco tímida para eso, tengo que vencer mi timidez.

-Y lo harás, y lo harás. Sé que nos conocimos hace nada de tiempo, pensar que vine a por un vestido y en este momento te tengo un tremendo aprecio.

Me atreví a tratarla de tú:

-Yo también a ti.

-Bien, te haré sentir cómoda. -Le iba a estrechar la mano y me dio un beso en la mejilla-. Acuérdate, somos amigas. No contemos cómo nos conocimos, tú eres de mi pandilla.

-¿Pandilla?, porque no entiendo... -Le expliqué a la joven-: En mi país, en Valedor, pandilla se le llama a los jóvenes que van de diez o de quince y roban a la gente.

-¡Ah, ja, ja, ja! No no no, aquí pandilla se le llama a los chicos y a las chicas que se juntan para divertirse, para pasarla bien, para escuchar música, es el lenguaje coloquial de Plena es distinto al de otros países. No tengas miedo, ¡je, je, je!, son pandillas para divertirse, o sea, grupos de diversión.

-¡Ah!, me quedo más tranquila. Te estaré esperando el sábado con todas las ganas, y espero poder vencer esa timidez que tengo y esa baja estima, quiero seguir creciendo en todos los aspectos.

-Y lo harás, confía en mí.

 


 

Sesión 22/06/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Rosalinda.

Cambió de trabajo y encontró una amiga que viéndola triste y tímida la puso al día respecto a cómo se vivía en Ciudad del Plata. La presentó en sociedad habiéndola engalanado para la ocasión, para que perdiera el miedo y aumentara su estima. La entidad comenta que se sitió que se recuperaba de la vida llevada.

 

La entidad continúa relatando su vida en Plena, Gaela.

 

El zumbido de los cánticos de la Orden del Rombo todavía resonaba en la cabeza de Josefina Giménez como un eco lejano y molesto. Durante toda su infancia, sus padres habían sido devotos implacables de aquella secta geométrica y puritana, donde el libre albedrío era un pecado y las líneas rectas de la doctrina lo gobernaban todo. Crecer ahí fue como respirar aire denso; una constante batalla silenciosa contra las oraciones obligatorias y las miradas de desaprobación.

En cuanto tuvo la edad suficiente, Josefina huyó de ese hogar asfixiante buscando su propio norte. Fue entonces cuando conoció a Severino Ahumada. Con él creyó haber encontrado un refugio, un remanso de paz lejos del fanatismo de su familia. Pero el amor, al igual que los dogmas de sus padres, resultó ser una estructura frágil. Sin dar demasiadas explicaciones, con una frialdad que a Josefina le partió el alma, Severino comenzó a distanciarse hasta que un día, simplemente, se alejó por completo, dejándola varada en la monotonía de su desamor.

Con el corazón roto pero el orgullo intacto, Josefina entendió que no le quedaba nada en ese pueblo de fantasmas. Tomó una decisión radical: armó una sola maleta y compró un boleto hacia Ciudad del Plata, la imponente y ruidosa capital de Plena. Si iba a reinventarse, tenía que ser en un lugar donde nadie supiera su nombre ni el de sus padres.

La capital la recibió con luces de neón, un ritmo frenético y una mezcla de soledad y libertad que nunca antes había experimentado.

Pero no fue fácil para Josefina buscar un buen trabajo. Llevaba en la mano una libreta donde anotaba posibles lugares donde contrataban obreras, en lo posible del gremio textil.

 

Un bache de suerte la llevó a coincidir en la empresa textil donde trabajaba con una joven rubia de sonrisa magnética y ojos chispeantes. Su nombre era Mariela.

 

A diferencia de cualquiera que Josefina hubiera conocido en su pasado, Mariela destilaba una generosidad desinteresada y genuina. Al notar la timidez de Josefina y adivinar la tristeza que arrastraba en los ojos, Mariela la tomó bajo su ala sin pedir absolutamente nada a cambio.

"La vida es demasiado corta para andar de gris, Josefina", le dijo una tarde con total naturalidad.

 

Casi como un hada madrina moderna, Mariela no sólo le encargó ropa en la textil, sino que la llevó de compras por las avenidas más exclusivas de Ciudad del Plata. Ante el asombro de Josefina, le compró lujosos vestidos de seda que se amoldaban a su figura y deslumbrantes zapatos de tacón que la hacían caminar con una seguridad que creía perdida. Josefina intentó negarse, abrumada por el gasto, pero la joven rubia sólo soltó una carcajada y le guiñó un ojo. Luego la llevó a uno de los mejores peinadores del centro.

El broche de oro de aquella transformación llegó esa misma noche. Mariela extendió una elegante tarjeta de invitación dorada: asistirían a la fiesta del año en el exclusivísimo Club Náutico de Costa Norte.

Tal como lo había prometido, la joven la pasó a buscar.

Mientras el auto las conducía hacia el club, bordeando el agua iluminada por el reflejo de la luna, Josefina se miró en el espejo del coche. Con su vestido nuevo, sus zapatos perfectos y el peso del pasado finalmente disolviéndose en el mar, supo que la Orden del Rombo y el fantasma de Severino se habían quedado atrás para siempre. Su verdadera vida estaba por comenzar.

 

El contraste no pudo ser más brutal. Al cruzar el umbral del Club Náutico de Costa Norte, el peso del lujo le cayó a Josefina encima como una losa de mármol. El brillo de las arañas de cristal, el tintineo de las copas de champaña fina y el murmullo de conversaciones sobre viajes y negocios la hicieron sentirse de inmediato como una impostora. Se quedó estática, paralizada en el salón, con los dedos aferrados a su bolso nuevo y el miedo ridículo de que, en cualquier momento, alguien la descubriera y la echara a patadas por no pertenecer allí. Trataba de sonreír para disimular su tremenda inseguridad.

Con la visión de tanto lujo, Josefina no se daba cuenta de lo bonita que estaba con ese vestido azul brillante, los zapatos color perla y el peinado alto que resaltaba su porte.

 

Mariela, en cambio, se transformó por completo. Aquella joven rubia que un rato antes le sonreía con sencillez en las tiendas, se desenvolvía en ese entorno como pez en el agua.

Con una gracia natural y una seguridad envidiable, Mariela avanzó entre la multitud:

•          Saludaba con soltura: Repartía besos en la mejilla a empresarios y figuras de la alta sociedad de Ciudad del Plata.

•          Dominaba el espacio: Caminaba sobre sus tacones como si el suelo del club fuera una extensión de su propia casa.

•          Llamaba la atención sin esfuerzo: Su risa resonaba fresca, atrayendo miradas de admiración a cada paso.

Al darse cuenta de que Josefina se había quedado atrás, petrificada como una estatua de sal entre el mármol y las luces, Mariela regresó sobre sus pasos. No había rastro de burla en sus ojos, sólo una calidez infinita. Le tomó la mano -que Josefina tenía helada- y le dedicó una sonrisa cómplice.

"¿Ves a toda esta gente, Josefina?", le susurró al oído, inclinándose un poco. "Ninguno de ellos nació sabiendo cómo sostener una copa. Esta noche estás aquí, tu vestido es hermoso y tienes tanto derecho a pisar este lugar como cualquiera de ellos. Camina conmigo".

El calor de la mano de Mariela y la firmeza de sus palabras rompieron el hechizo del pánico. Josefina respiró hondo, ajustó los hombros y, aunque las piernas todavía le temblaban un poco dentro de sus zapatos nuevos, dio el primer paso hacia la pista de baile, dispuesta a dejar que su nueva amiga la guiara en ese mundo desconocido.

 

No alcanzaron a dar tres pasos hacia la pista cuando un hombre interrumpió su camino. Tendría unos treinta años, era innegablemente apuesto y vestía de manera elegante, aunque el ojo atento de Josefina -entrenado esa misma tarde por el despliegue de alta costura de Mariela- notó de inmediato los pequeños detalles: el saco le quedaba sutilmente ancho de hombros y el pantalón acusaba un dobladillo apurado. Su traje, definitivamente, no era hecho a medida.

-Buenas noches, señoritas. Qué gusto ver caras nuevas por el club -dijo el hombre, exhibiendo una sonrisa ensayada pero magnética. Se inclinó levemente.

-Luis Alberto Démez, veterinario. Un placer.

Démez se integró a la conversación con una soltura que pretendía ser encantadora, saltando de un tema a otro mientras hablaba con ambas mujeres. Sin embargo, el lenguaje corporal no miente. Aunque intentaba mantener la cortesía con Josefina, sus ojos volvían una y otra vez, de manera casi magnética, hacia la joven rubia.

Josefina no tardó en sentir cómo la incomodidad se le instalaba en la boca del estómago por varias razones:

•          La mirada fija: Démez dirigía sus preguntas más interesantes y sus comentarios ingeniosos exclusivamente a Mariela.

•          La postura corporal: El veterinario se había inclinado sutilmente hacia el lado de la rubia, dejando a Josefina casi en la periferia del grupo.

•         El contraste evidente: Mientras Mariela respondía con su habitual frescura y ligereza, Josefina se sentía como un decorado de fondo, reviviendo por un instante esa vieja y familiar sensación de no ser la prioridad de nadie.

La atención desmedida de Démez hacia Mariela no sólo rompió la burbuja de confianza que Josefina venía construyendo, sino que la hizo consciente, una vez más, de las invisibles pero implacables jerarquías de esa noche.

 

El rechazo, aunque fuera sutil, tenía en Josefina un impacto físico inmediato. Desde su infancia bajo el yugo de la Orden del Rombo, cada vez que la ansiedad o la baja autoestima la dominaban, su cuerpo reaccionaba de la misma manera: con punzantes dolores abdominales. En medio de aquel salón lujoso, sintiéndose invisible ante los ojos de Luis Alberto Démez y eclipsada por la atención que recibía su acompañante, el dolor despertó con una fuerza agudizada por la humillación. El estómago se le contrajo en un nudo insoportable.

Incapaz de seguir disimulando, Josefina interrumpió la charla. Con la voz apagada, explicó que no se sentía nada bien y que su único deseo en ese momento era irse del lugar.

La reacción de la joven rubia, sin embargo, enfrió un poco el ambiente. Mariela, encandilada por la atmósfera de la fiesta y la conversación, no se ofreció a llevarla personalmente ni a abandonar la velada. En su lugar, actuó con la practicidad ejecutiva de quien está acostumbrado a resolver la vida con dinero. Caminó con paso firme hacia la recepción del club, cogió el teléfono del mostrador y marcó el servicio de transporte.

Con voz clara y autoritaria, Mariela dio las instrucciones al operador:

•          El servicio: Solicitó un coche de alquiler de inmediato para la entrada principal del Club Náutico.

•          El pago: Dejó explícitamente aclarado que el viaje no debía cobrársele a la pasajera.

•          La cuenta: Ordenó que todos los gastos del traslado fueran cargados directamente a su nombre completo, revelando por fin su apellido de cuna: Mariela Irazábal.

Al escuchar ese apellido, el recepcionista del club enderezó la espalda con notable respeto; los Irazábal eran una de las familias más influyentes de la alta sociedad de Plena.

A pesar de la generosidad del gesto económico, Josefina sintió una punzada de soledad mientras esperaba el coche. Mariela le dio un rápido abrazo de despedida antes de regresar al calor de la fiesta junto al veterinario. Mientras el automóvil se alejaba de Costa Norte, Josefina miró por la ventanilla, lidiando con el dolor de su cuerpo y la amarga certeza de que, aunque vistiera de seda, seguía estando profundamente sola.