Índice

Psicoauditación - Sergio

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 02/06/2017

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Relata que tuvo una vida en Umbro, como guerrero del norte, y que uno de la tribu mató a sus padres. A sus dieciséis se enteró de que fue un gran guerrero sanguinario. Se enfrentó a él, vengándolos. Más tarde, descontento, se iría del poblado.

Sesión en MP3 (2.616 KB)

 

Entidad: ¡Je, je! siempre pensamos que nuestra apariencia, nuestra manera de ser, cómo nos ven los demás, lo que mostramos o lo que tratamos de mostrar es lo que nos da la identidad, que hace que otros nos respeten, nos desprecien, nos ignoren o nos tengan temor. Seguramente tengo mucho ego porque hay una de las cosas que nunca soporté. A veces me han tenido miedo, a veces me han despreciado, a veces me han traicionado, ¡je, je!, más de una vez, pero nunca me han ignorado. Cuando te ignoran es como si no existieras, como si fueras transparente o invisible, y eso me ha molestado en varias vidas, no cabe duda de que es ego. No, no, no; no es buscar la aprobación de los demás, no quiero lecciones, quiero volcar lo que siento, lo que pienso. No, no, no, lecciones no, no por ahora.

 

Y tengo como ejemplo la vida en Umbro. Mi nombre era Aksel, con "k" y "s", Aksel. Era un guerrero nórdico, manejaba bien la espada, yo diría muy bien, pero me gustaba usar un hacha en cada lado del cinto, entonces cuando luchaba tenía las dos manos ocupadas con ambas hachas.

Pero mi historia no es fácil, ni gratis, ni sencilla. Sí, nací en el norte, uno de los lugares más salvajes del planeta, las tribus nórdicas asolaban todas las aldeas.

Reconozco que mataban ancianos, hombres, a veces hasta accidentalmente hasta mujeres y niños aunque generalmente, por conveniencia, los niños eran tomados como esclavos y las mujeres... bueno, para pasatiempo de los guerreros, pero era tonto matarlas. ¿Que éramos bárbaros? Sí. ¿Que éramos salvajes? Absolutamente. Éramos así, y no soy el único que lo digo que cuando naces en un lugar o vives en un lugar o en una región, te adaptas, si no te adaptas, mueres. Y como dice un Excelso Maestro, y no soy el único que lo digo, "Adaptarse es sobrevivir, acostumbrarse es sucumbir". El borrego se acostumbra, el lobo se adapta y sobrevive y vence.

 

El hecho de que seamos nórdicos no significa que seamos todos legales.

Yo era pequeño, era muy chico, padre murió en una batalla, no era el jefe de la tribu ni mucho menos, pero era un buen guerrero. Pero bueno, una flecha le atravesó el cuello. ¿Casualidad, causalidad? No sé. Era único hijo, madre quedó sola. Había dos guerreros que la pretendían, pero claro, viuda con un hijo... Los guerreros la pretendían, pero no para ningún compromiso serio. Varios amaneceres después la encontraron muerta cerca de un arroyo con sus vestiduras desgarradas.

 

Bastante más tarde, pero mucho más tarde, mucho, ya tendría dieciséis de vuestros años, el anciano, el más anciano -era tan anciano que nunca sabíamos su nombre, le decíamos directamente el anciano-, me dijo:

-Luber.

Luber era un guerrero bueno, pero no me gustaba, no era leal a nadie sino a sí mismo. Cuando iba a aldeas mataba gente a diestra y siniestra y buscaba botines, ni siquiera mujeres; botines, metales dorados, plateados, cobreados. Podía yacer con una mujer y después la mataba.

Y el anciano me dijo:

-Es hora de que lo sepas, casi todos lo saben, acá, en la tribu, Luber fue el que injurió a tu padre muchas veces diciendo que era cobarde y ultrajó a tu madre y luego la mató. -Me quedé pálido.

 

Desde muy pequeño practicaba, ¡je, je!, de pequeño, con espadas de madera o con pequeñas hachas. Todavía no era tan fuerte a mis dieciséis años pero ya pesaba casi ochenta kilos, medía un metro... un metro ochenta. A veces había desafíos por ofensas, era normal en nuestra tribu -pero no de un crío, porque dieciséis años en nuestra tribu era considerado un crío-, desafiar a un hombre grande. Y yo lo desafié. Le dije:

-Me enteré de lo que has hecho con mi madre.

¡Já! ¿Os pensáis que se arrepintió o que negó? Dijo:

-Al fin y al cabo no hubiera sobrevivido, le hice un favor. -En segundos tenía mis dos hachas en ambas manos.

-Puedes defenderte o morir.

Habló en voz alta:

-Gente, el crío me desafía, no soy responsable si le rebano el cuello.

 

Sacó una enorme espada y lo ataqué. Recibí un tremendo desgarrón en el estómago, prácticamente me dejó casi fuera de combate, pero mi instinto hizo que ambas manos, como aspas de molino volaran, y la derecha -de revés, ¿eh?, de revés-, le cortó el cuello y cayó sin vida.

Una mujer que sabía mucho de hierbas me dio a tomar una infusión caliente de hierbas y me dijo:

-Con esto te vas a dormir un poco. -Tenía un hilo vegetal y una aguja-. Te voy a coser el estómago.

-No necesito dormirme, soporto cualquier tipo de dolor.

 

Pero no, no lo soporté, me desmayé. Me dijeron que estuve por lo menos cuatro amaneceres, cuatro amaneceres con una altísima fiebre, no sabían si vivía o me iba con aquel que está más allá de las estrellas, pero viví, viví. De todas maneras, cuidado, ¿eh?, me costó un montón andar bien, caminar.

 

Los guerreros me miraban de otra manera, había vencido a un hombre grande y ducho en las armas. Sí, quizá revoleé los brazos al azar y el hacha le rebanó el cuello, no sé, pero lo hice, punto. No tengo porqué dar más explicaciones.

Estuve más de treinta amaneceres hasta que me sentí bien para volver a hacer ejercicios y el anciano me dijo:

-¿Te sientes orgulloso?

-Orgulloso, ¿por qué?

-Por haber matado a quien ultrajó a tu madre.

-Me siento tranquilo, por qué me voy a sentir orgulloso. ¿Pero acaso es un reproche? ¿Lo tenía que haberlo dejado pasar?

-No, pero hay muchos luego se la creen, creen que son grandes expertos guerreros.

-Yo no me considero nada.

-Mejor así, porque has luchado mal.

-¡Ja, ja, ja! ¿Mal? Lo vencí en segundos.

-Has tenido suerte, mucha suerte, mucha suerte. Primero porque él se confió porque eres un crío.

-Yo no soy ningún crío -le respondí.

-Has atacado ciegamente con las manos en alto, con las dos hachas, dejando todo el cuerpo expuesto. Si su metal hubiera entrado un poco más te sacaba todas las tripas afuera.

Me quedé pensando, seguramente el viejo tenía razón. Le argumenté:

-Pero de chico que vengo practicando.

-¿Con quién?

Con otros chicos.

¿Qué saben?, menos que tú. Practica con hombres.

-Los hombres no quieren practicar -negué, negué la situación-, los hombres quieren pelear directamente y me ven presa fácil seguramente.

-Te pueden entrenar, si tú se lo pides.

-No me gusta pedir, es como que después les debo un favor.

-¿Por qué eres tan crío? ¿Por qué eres tan tonto? -dijo el anciano-. A ellos les encanta enseñar porque se lucen, se sienten después maestros de la guerra.

 

Lo pensé, este viejo tiene razón. Y así fui pidiendo a uno y a otro, haciéndome el humilde, ¿eh?, porque en realidad no era humilde, yo en el fondo me la creía. Yo, no sé..., a ver cómo lo puedo explicar que se entienda, no me creía el gran guerrero, y sabía que era joven, pero me sentía fuerte, firme, había sido de suerte que había vencido a ese desgraciado, no sé, pero bueno, ya tenía una reputación. Y me fueron enseñando posturas, ejercicios, también practicar con espada. Con arco y flechas no me gustaba tanto. ¡Ah!, con las dos hachas me sentía..., no sé, el dios del norte -que me disculpe aquel que está más allá de las estrellas, que es el Invisible, el Eterno, el Creador-, pero bueno, aquí en el norte había leyendas de otros dioses en una cima de una altísima montaña que vivían y se mezclaban con los mortales, pero yo sabía que eso era un mito, un cuento, pero bueno, era una costumbre y la respetaba. Qué sé yo, qué quieren que les diga...

 

Y fui creciendo y fui aprendiendo y fui defendiéndome. No me quiero hacer el bueno, el magnánimo, el piadoso, ni, muchos menos. A medida que fui creciendo participé con los guerreros de varios asaltos, a distintas villas, a distintas aldeas, a distintos poblados. Y a los dieciocho de vuestros años quizá he matado gente inocente, lo reconozco y he secuestrado mujeres. Me llevé una aldeana a la tribu y era dócil, y era la primera vez que poseía a una mujer. Y me sentí mal, molesto, incómodo porque ella no reaccionaba, estaba como muerta en el catre, ahí. No sé, me hubiera gustado que me abrace, que me acaricie, que me bese pero era un cuerpo. La tomé de los pelos y la tiré afuera de mi vivienda.

-Vete, búscate comida por ahí.

 

Pero nadie la quería. Al poco tiempo me pidió disculpas y volvió, pero yo era distinto, o sea, le di un lugar pero no quería estar con ella, no quería, en realidad no me..., como decís vosotros, sentimentalmente no me atraía. En realidad no me atraía ninguna. Mi idea era satisfacer mis instintos, punto. No tengo que dar explicaciones.

Y estuve así hasta veinticuatro de vuestros años.

 

Y estaba cansado de batallas, de guerras. Hasta tenía una pequeña cicatriz en la cara, cabello claro, apenas rojizo.

Y cogí mi hoyuman, mi cabalgadura. Puse el botín que había escondido en mis alforjas y avisé que iba a explorar los alrededores. Pero se dieron cuenta, vieron que tenía dos alforjas, el caballo bien puesto... Y marché, me marché para el sur. Pasaba por distintos poblados, tenía bastantes metales dorados, plateados, cobreados. Mi hoyuman lo dejaba en la cuadra, le daba una moneda cobreada al que cuidaba y le digo:

-Aliméntemelo.

 

Y comía en la posada un guisado, tomaba una bebida espumante, pero veía que la gente no se me acercaba, como que me temía. Pero yo era..., si bien era de pocas palabras también era una persona que preguntaba, y punto.

Le dije al posadero:

-Vi un par de lugareños que se fueron, que dejaron sus mesas y se fueron cuando entré, y otros me miran y hablan en susurros. ¿Qué pasa?

-Es por su ropa, señor.

-¿Qué tienen mis ropas, están sucias?

-Bueno, los lugareños también tienen sus ropas desaseadas. No, es por sus ropas norteñas, se nota que usted es un guerrero del norte y son conocidos por saquear aldeas.

-Yo estoy solo -le dije.

-Claro, pero muchas veces vienen guerreros solos para ver el lugar y luego en las montañas está el resto de la gente escondida y vienen a saquear.

-No, no, no; yo estoy solo, yo me fui de mi tribu y no tengo nada que ver con nadie.

 

Pero el hombre no quedó tranquilo y me di cuenta de que mis ropas me vendían. Capaz que no se entienda la expresión, quiero decir mi ropaje les mostraba a los demás que yo podía ser un peligro. Un poco me molestaba porque si bien por un lado el hecho de que me tuvieran miedo hacía que estuviera seguro, que nadie me incomodara, hay mucha gente que es traicionera o que es cobarde directamente, puede haber algún aldeano experto en arco y de cien líneas de distancia, a escondidas, me dispara una flecha y me atraviesa el cuello, como pasó con mi padre. Entonces tenía que tener cuidado, mirar con cuatro ojos, no con dos.

 

Bueno traté de contar un poco como era mi vida, pero si pensáis que eso todo, ¡ja, ja, ja, ja!, os quedáis cortos. He pasado muchísimas cosas más pero quiero dejar descansar a este receptáculo que me alberga, no lo quiero agotar tanto.

 

Hasta todo momento.