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Psicoauditación - Steve M. |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión 20/04/2026 Sargón, Capitán Steve Cordell
Sesión 20/04/2026 Los Autómatas esperaban encontrar seres y naves tecnológicamente inteligentes para asimilarlos, pero la Federación consiguió organizar un paro tecnológico en todos sus mundos de manera que retrocedieron cientos o miles de años atrás, para no ser descubiertos.
La Despedida en el Hangar.
El ambiente olía a combustible de cohete y aceite, un aroma que la Federación había olvidado hacía siglos. El cadete Kael estaba frente a una de las naves, ajustándose un casco de presión que carecía de pantalla de visualización frontal. -No hay saltos de portal, Kael -le advirtió Steve, poniéndole una mano en el hombro-, vas a tener que navegar usando las corrientes gravitatorias y el empuje manual. Si un Cubo se cruza en tu camino, no intentes esconderte con sigilo electrónico; quédate quieto, apaga el oxígeno si es necesario, y conviértete en una piedra. -Kael asintió, aunque sus ojos reflejaban el terror de quien se lanza a un océano sin brújula digital. -Llevaré el mensaje al sistema Arris, Capitán. Conozco a los mineros de pequeño, fue mi hogar cuando era un niño. Si alguien sabe cómo vivir en la sombra, son ellos.
El Lanzamiento Silencioso.
A diferencia de los lanzamientos habituales, que eran coreografías perfectas de luces y sonidos sintéticos, la salida de los voluntarios fue brutal y ruidosa. 1. La Ignición: Los motores químicos rugieron, escupiendo fuego naranja y humo negro, algo que los sensores de la ciudad registraron como un "incendio accidental" y no como un despliegue militar. 2. El Enjambre de Chatarra: Cincuenta pequeñas naves salieron disparadas en diferentes direcciones. Eran tan pequeñas y emitían una firma energética tan errática que, para la IA de la Colmena, que vigilaba desde la órbita, parecían simples escombros espaciales o basura arrojada por la Capital. 3. La Ruptura del Cerco: Kael pilotaba su nave tirando de palancas que vibraban con la fuerza de un animal salvaje. A través de su ventanilla de cristal, vio cómo tres Cubos de la Colmena se desplazaban lentamente sobre la atmósfera de Sargón.
El Momento de la Verdad.
Justo cuando la nave de Kael cruzaba la termósfera, un pulso de escaneo verde barrió su posición. En el pasado, los sistemas de defensa de la nave habrían respondido automáticamente, revelando su posición, pero ahora, con los cables cortados y el ordenador central arrancado, no hubo respuesta. Kael se quedó sin aliento mientras veía el rayo verde pasar a centímetros de su cabina. El silencio en la radio era absoluto; solo se escuchaba el silbido del oxígeno manual y el latido de su propio corazón.
El Mapa de los 550.
Mientras los voluntarios se dispersaban por el vacío, en el Santuario de la Piedra, Alexis tachaba con una tiza blanca los sistemas en un mapa mural. -Ya están fuera -susurró Alexis-. Ahora, la Federación Sargón es una red de náufragos. Si logran llegar, en menos de una semana estándar, 550 sistemas estelares se quedarán a oscuras. Steve miró hacia arriba, como si pudiera ver a través de las millas de roca. -Y entonces, la Colmena morirá de hambre. Porque no se puede asimilar lo que no se puede encontrar.
La travesía de Kael hacia Arris se convirtió en un descenso a la locura sensorial. En la Federación Sargón, nadie pasaba más de unos minutos sin estar conectado a la "Corriente", la red de datos que proporcionaba compañía, música y telemetría constante. Ahora, dentro del "Saltamontes", Kael sólo tenía el sonido de su propia respiración y el chasquido del metal enfriándose.
La Soledad del Vacío.
El espacio profundo, sin los filtros de realidad aumentada de una nave moderna, no era negro, era de un vacío absoluto que parecía presionar contra el cristal de la cabina. • El Mapa y la Brújula: Kael pasaba horas bajo la luz de una pequeña linterna química, comparando el mapa de papel de Alexis con las estrellas fijas. "Triangulación", repetía para sí mismo, una palabra que antes era un concepto abstracto y que ahora era su única cuerda de salvamento. • El Silencio Psicológico: Sin la IA para filtrar el ruido del motor o ajustar la presión, cada vibración del casco le parecía el preludio de una catástrofe. La soledad empezó a jugar con su mente. A veces, juraba escuchar voces en la estática de la radio analógica, susurros de la Colmena llamándolo, invitándolo a volver a la luz de la red.
El Incidente en el Sector Calisto.
A mitad de camino, mientras navegaba por las sombras de un cinturón de asteroides para evitar ser detectado, Kael divisó algo que le heló la sangre. A través de su lupa, observó los restos de una nave de la Federación. No estaba destruida por láseres; estaba desmantelada con precisión quirúrgica. Los cables colgaban como nervios expuestos y el casco había sido "pelado" para extraer la tecnología. No había cuerpos, los tripulantes habían sido asimilados, llevados a algún Cubo para ser convertidos en procesadores biológicos. -Soy el último -susurró Kael, apretando el cilindro de metal de la orden. El miedo de ser el único mensajero que aún seguía con vida lo golpeó con más fuerza que la gravedad. Si él fallaba, Auriga caería sin siquiera saber que tenía una oportunidad.
El Desafío del Oxígeno.
Para ahorrar energía y reducir la firma térmica al mínimo, Kael mantenía el soporte vital al borde de lo letal. El frío en la cabina era tal que sus dedos, cubiertos por guantes de tela gruesa, apenas podían sujetar el lápiz de grafito para anotar su bitácora. La Alucinación: En el tercer día de viaje, Kael creyó ver a Steve Cordell sentado en el asiento del copiloto. El "fantasma" de su capitán no hablaba, sólo señalaba el cronómetro mecánico. Kael entendió: si se dormía demasiado tiempo, la deriva gravitatoria lo alejaría del vector de Arris.
La Llegada a Arris.
Arris apareció como una pequeña canica de plata, pero no había luces. No había balizas de aterrizaje. El sistema ya parecía estar muerto. -Por favor, que no sea tarde -rezó Kael, activando manualmente los propulsores químicos para la maniobra de inserción. El "Saltamontes" comenzó a vibrar violentamente al entrar en la tenue atmósfera del satélite. Kael no tenía un ordenador que ajustara el ángulo de entrada; sólo tenía sus manos sobre las palancas y su ojo pegado a la mira óptica, buscando las coordenadas que Steve le había marcado en el mapa de papel: La Base Subterránea de los Mineros.
El aire en la base subterránea de Arris era pesado, estancado por el racionamiento de energía, y olía a ozono y metal viejo. Kael, con la cara cortada por el frío y los labios agrietados, fue escoltado por dos mineros veteranos que sostenían rifles de postas, armas que no habían salido de los armeros en dos siglos. Llegaron a la sala de transmisiones, un búnker dentro del búnker. No había pantallas táctiles ni proyecciones holográficas. En el centro de una mesa de hierro, descansaba una reliquia de latón y madera: el telégrafo.
El Lenguaje de los Pulsos.
Kael sacó el cilindro de metal y extrajo el mensaje de la Consejera Valerius. Sus manos temblaban, no sólo por el frío, sino por la responsabilidad. Si cometía un error en el código, los asentamientos vecinos podrían malinterpretar la señal, o peor aún, ignorarla. -¿Saben cómo usar esto? -preguntó Kael, mirando a los mineros. -Mi abuelo me enseñó -respondió uno de ellos, un hombre de hombros anchos llamado Garrick-, decía que era la única forma de hablar cuando las tormentas eléctricas de Crisel freían los repetidores. Pero hace cincuenta años que nadie toca esa llave. Kael se sentó frente al aparato. El silencio en la sala era sepulcral. Alexis le había hecho memorizar el Código de Emergencia Sargón en impulsos manuales durante el viaje en la nave insignia.
La Transmisión.
Kael puso el dedo sobre la llave de latón. Click clack. El sonido metálico resonó en la habitación como un martillazo. 1. El Inicio: Comenzó a pulsar. Punto, punto, punto, raya, raya, raya, punto, punto, punto. SOS. La señal universal de socorro, el preámbulo para captar la atención de cualquier operador que estuviera escuchando en las frecuencias bajas. 2. El Mensaje: Luego, procedió con la orden de Steve Cordell. Raya, punto, raya, punto... O-S-C-U-R-I-D-A-D-T-O-T-A-L. 3. La Respuesta: Kael soltó la llave y esperó. El segundero de un reloj mecánico en la pared parecía burlarse de ellos. Tic. Tic. Tic. -Nadie va a responder, muchacho -susurró Garrick-, todos están esperando una señal en sus terminales neuronales. Nadie escucha el metal. De pronto, un pequeño altavoz conectado a un cable de cobre emitió un sonido débil, casi enterrado en la estática de la atmósfera de Arris. ...Click... Click-Clack... Click... Kael contuvo el aliento. Sus ojos se llenaron de lágrimas. -Es el Asentamiento Minero del Sur -dijo Kael, con la voz quebrada-, están respondiendo. Dicen... "Recibido. Apagando reactores. Nos vemos en las sombras".
El Efecto Dominó.
A medida que Kael seguía pulsando, otros asentamientos empezaron a unirse. La red analógica de Arris, que los híbridos de la Colmena ni siquiera se habían molestado en mapear, estaba despertando para ordenar su propio sueño. • En la superficie, las grandes cúpulas de luz de las ciudades mineras comenzaron a parpadear y extinguirse. • Los ascensores espaciales se detuvieron en seco. • Las balizas de navegación que guiaban a las naves en la órbita del gigante gaseoso se apagaron una a una. Arris desapareció de la vista de los sensores infrarrojos de los Cubos de la Colmena que patrullaban el sistema Crisel.
El Silencio Final.
Kael terminó la transmisión y se dejó caer en la silla, agotado. Garrick se acercó a la palanca principal de la sala de transmisiones. -Has cumplido, cadete -dijo el minero-. Ahora nos toca a nosotros ser invisibles. Garrick bajó la palanca. La última luz de la habitación, una bombilla de filamento amarillento, se desvaneció. Kael se quedó en la oscuridad más absoluta que jamás había experimentado, pero por primera vez en días, se sintió a salvo. La Colmena buscaba una civilización tecnológica, y en ese momento, Arris acababa de dejar de serlo.
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