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Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión 05/05/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Regresando a casa pasó por el reino de su amigo Anán, quien vivía momentos de soledad. Aranet le habló de que no debemos privarnos de ser felices, pero respetando a todos. Hablaron de cómo resolverlo. Llegando a su palacio le avisaron que había una mujer dentro.

Sesión en MP3 (4.420 KB)

 

Entidad: Íbamos al paso. Demasiado calor, demasiada humedad. Habíamos parado tres veces a refrescarnos, ya no había más arroyos hasta llegar al palacio de Anán. No quería apresurar la marcha, no era necesario tampoco.

 

Salieron soldados de la guardia a recibirnos, dos de ellos me escoltaron. Dejé órdenes para que cuiden, por sobre todas las cosas, a Salvaje, mi hoyuman.

Me recibió Anán estrechándome en un fuerte abrazo. Me dijo:

-¡Tengo tantas cosas para contarte!, pero sé que no es el momento. Preparé comida y bebida para todos, en lo posible bebida liviana porque sé que al amanecer parten para la fortaleza Belicós.

-Así es -le respondí, bastante escueto. ¿Y Marga?

-En sus aposentos -me respondió.

¿Están bien? -Anán se encogió de hombros.

-¡Estamos!

-¡Ajá!, no están bien. Bueno, ya me contarás. ¿Me has preparado cien hombres de la exguardia Belicós?

-Sí. Yo también iré con vosotros.

-¿Para qué?

Levantó la mirada y me dijo:

-Necesito ir contigo, quiero despejar un poco la mente.

-¿Quién queda a cargo? ¿A quién dejas? No sabemos lo que va a pasar. -Pero no hubo caso, Anán quería venir conmigo.

 

De verdad que tenía bastante hambre, me comí dos platos hondos de guisado y también tomé bebida liviana con apenas una pequeña cantidad de alcohol, no teníamos que estar desatentos.

Conversamos hasta bastante tarde de cosas triviales, no me contó lo que le pasaba. Yo sí le puse al tanto de todo lo que pasaba con Snowza, que para mí fue un alivio que se fuera de las tierras Baglis porque de alguna manera me hacía perder autoridad y no era mi idea combatir contra ella mano a mano.

Apenas amaneció ya estaban los hoyumans ensillados, comidos y bebidos. Y marchamos, Anán y yo a la cabeza. El pequeño Gualterio nos saludó. Me contó Anán que nuestro conocido Donk lo había rescatado de una muerte segura, seguramente sería un gran guerrero más que un gran monarca cuando creciera.

 

Fuimos a una marcha apresurada, llevamos pocas mulenas, poca carga. La idea no era ir a la guerra, la idea era ir a ver qué pasaba. Mi cabeza era un torbellino, aún pensaba en Mina, la joven dulce, la joven por la que había organizado una batalla, la joven por la que estuve a punto de morir. La misma joven que luego me vio con otros ojos.

Y luego Snowza, indescifrable, incoherente, diría. Se justificaba por su niñez donde había sido raptada, del pueblo turanio, criada por los bárbaros del norte. No, no se justificaba, había sido bien instruida al punto tal de ser una de las mejores espadas del norte. No era excusa para su comportamiento tan errático, irónico, sarcástico, no, no lo era. Sí, yo me sentía descolocado también, me acuerdo cuando intimamos y que luego se fue como si hubiéramos tenido una conversación sobre... sobre el clima. He conocido posaderas, meseras, lugareñas, campesinas..., eran sencillas -no confundir con simples, yo no discrimino jamás a nadie-, cuando digo sencillas me refiero a una conversación normal, no complicada y si bien yo no soy un sabio de la zona ecuatorial, la misma vida me ha enseñado mucho, bastante, bastante.

 

Llegamos a la fortaleza Belicós, un paso liviano. Mi segundo me dijo:

-Deja que vaya con mi sobrino, tú y el rey quédense atrás, no os arriesguéis.

-Ve, adelántate, a ver si percibes algo, no veo ningún tipo de vigilancia en los alrededores, no veo que nadie nos esté esperando. -El resto de nosotros avanzó más lentamente.

Mi segundo volvió con su sobrino.

-No hay nadie en las torres, no veo a nadie.

-Algo no está bien, es una trampa. Vamos a dividirnos en tres. Vosotros, el grupo que está a mi derecha, avance. El grupo que está a mi izquierda vaya por atrás de la fortaleza. Cincuenta hombres sigan conmigo a la entrada principal.

 

Estaba abajo el puente levadizo, el gigantesco portón estaba abierto. Estaba desconcertado. Entramos, no se veía a nadie, el propio Anán estaba desconcertado. Finalmente entramos todos: mis hombres, los bárbaros y los cien hombres, los cien guardias de la misma fortaleza de donde estábamos ahora. Recorrimos todo. Nada, nadie. En el ante palacio donde estaba la feria con los campesinos estaba todo vacío.

Desmonté, Anán también, igual que mi segundo y su sobrino. Los cuatro, con precaución entramos al salón principal. Había un pergamino sobre la mesa. Yo sabía leer perfectamente, estaba escrito con una tinta de una planta oscura, la escritura era de Snowza.

"Aranet, en el momento en que estés leyendo esta misiva para ti, estaremos muy, muy al norte. Toda la gente del poblado fueron con nosotros en calidad de prisioneros, hombres, mujeres, niños. No matamos a nadie, nos serán más útiles en el norte. Nos llevamos todas las mulenas, cargamos toda la mercadería y bastante bebida para el camino.

No te esperabas esta sorpresa, te imaginabas una batalla. No es así, necesitamos fortalecernos. Los hombres que mandé llamar pasaron por tres poblados, poblados que estaban bastante indefensos así que junto con la gente que nos llevamos de aquí, de esta fortaleza, recogeremos más gente por el camino en calidad de prisioneros al punto tal de que al menos trescientos seres humanos entre hombres, mujeres y niños se sumaran como servidumbre en nuestra población del norte.

Ahora es verano, pero no significa que no acumulemos víveres para cuando llegue el invierno, y está bien que llevemos niños y mujeres, que serán útiles. Los hombres se utilizarán para trabajos forzados y si hay alguno que quiera servir como guerrero, será bienvenido.

En este momento yo soy la que coordino todo y en este momento soy la ama del norte. Si deseas visitarme no serás bien recibido, el norte no es mi tierra original, es mi tierra adoptiva, pero es mi tierra, y la pongo por encima de cualquier hombre. ¿Si has significado algo? Seguramente me has importado, me quedé con las ganas, con el deseo de sacarte de las casillas y combatir contigo, sé que te hubiera vencido. ¡Nadie me vence con la espada! ¡Ningún ser vivo en este mundo me vence con la espada!

No tengo más que decirte. Espero no vernos nunca o tendré que matarte. Snowza."

 

Le pasé la carta a Anán, la leyó.

-¡Ah!, es una delirante -me dijo-. Bueno, vuelve a ti.

-¿Qué cosa?

-Esta fortaleza.

-Yo me vuelvo a Baglis con mis hombres. La guardia que me has prestado, provisoriamente, déjala aquí.

-Se quedó pensando.

-Una moneda de cobre por tus pensamientos.

Anán rió. -Mis pensamientos valen más que eso. -Y luego agregó-: No tengo ganas de dividirme, prefiero abocarme a defender el palacio que fue heredado de mis padres.

-Yo estoy cómodo en Baglis, en el medio de la isla, tampoco sirve dejar la fortaleza Belicós abandonada. Déjame pensar -le dije-. Mira, hagamos una cosa, deja los hombres acá. Total, ya saben.

-El tema es que todas las fortificaciones son feudales, tienen gente que trabaja, que o bien paga sus impuestos o bien ayuda con el comercio, la feria, el pequeño poblado que está delante del castillo está vacío, y es cierto, los soldados solos no se van a poder abastecer.

-Hay un poblado -le comenté a Anán-, pasando el arroyo grande, apenas un poco al norte, un poblado bastante atestado de gente. Es más, hay comercios que compiten entre ellos y les va mal, es demasiada población para un lugar quizá no tan grande. Podrían establecerse aquí bajo las órdenes de tus soldados.

-Está bien -asintió Anán-, enviaré una pequeña tropa. De todas maneras esto tardará entre diez y veinte amaneceres en establecerse correctamente. Dejaré vigilancia para que no vengan intrusos. De todas maneras tenemos provisiones, tenemos velas, hoy acamparemos aquí, si te parece bien, Aranet.

-Correcto -asentí-. Mañana volverás a tu palacio y yo volveré a la isla. Y aprovecha para contarme cómo estás.

 

Y así lo hizo. Durante la cena me contó los problemas que tenía con Marga, que prácticamente lo ignoraba en la parte conyugal. Pero que había una joven que había sido acompañante de la anciana Belicós, una doncella, él sentía como que estaba enamorado de la joven y la joven le correspondía.

Me preguntó mi parecer.

Le dije:

-Mira, Anán, he conocido reyes de cerca, de lejos. Sé que muchos tienen amantes a la vista de todos y un rey no tiene porqué dar explicaciones. Sé de reyes que han matado a sus propios hijos por miedo a que les quiten la corona, como si fueran a vivir siempre. Obviamente tú no eres así, vienes de origen humilde y tienes conciencia, pero la conciencia también exige respeto, respeto por tu propia persona, el respeto no pasa solamente por portar una espada y mostrarte como el más fuerte, el respeto pasa también por tu dignidad. Si Marga está pasando por una crisis, le preguntas, lo tratas de solucionar, pero si no te da explicaciones no puedes hacer más nada y no te puedes privar de ser feliz.

Anán me dijo:

-¿Y qué le digo a Gualterio?

-En realidad, como rey, no tienes porque dar explicaciones, sí como padre. No tienes porqué decirle -si es todavía un joven-, la verdad cruda- le dices que tú y su madre están distanciados y que tú te has fijado en otra persona. Esto que te estoy diciendo no lo hace ningún monarca, pero tú tienes origen humilde, como dije antes, así que haz eso.

-Te haré caso, voy a abogar por mi felicidad. ¿Y tú que harás?

-Te lo dije, volveré a Baglis. Seguramente vendrá más gente porque saben que todo el campo y toda la parte de la isla producen bastante, tanto alimento vacuno, porcino, peces... No hay problema con el sembradío, tenemos pan, y aparte en la misma isla desde la montaña caen dos arroyos con agua cristalina, de la más transparente que he visto, que nutren el lago.

Anán me miró y me dijo:

-Pero qué harás en la parte afectiva.

-Siempre estuve solo. La mayoría de mis hombres han conseguido pareja, las mismas mujeres de distintos poblados se han acercado y se sienten cómodas con ellos. Independientemente de eso, amanecer tras amanecer, salvo que llueva mucho o granice los hago practicar. No quiero que se achanchen y críen panza, quiero que sigan siendo los guerreros bárbaros que conocí en una oportunidad y no que se echen a reposar, y el ejemplo vivo soy yo que practico amanecer tras amanecer aún en el más crudo invierno. Y ya encontraré una pareja.

 

Al amanecer nos despedimos.

Le recordé:

-Cuida Belicós, cada tantos días que vaya y venga un hombre a ver cómo está todo. -Y marché con mi gente.

 

El encargado de las barcazas me dijo:

-Señor, hay una mujer que lo espera en la isla, dice que lo conoce.

 

Instintivamente toqué mi espada, no estoy de humor para soportar otra broma de Snowza. Si esta vez quiere combatir adelante de todos la lastimaré seriamente, no tendré contemplación. No, no esta vez, ya basta. Estaba ansioso y no sabía por qué.

Cuando llego hasta mi vivienda, se acerca un anciano, me pidió permiso para entrar.

-Está bien -le dije-, has hecho bien. -Abro la puerta-: ¡Mina, me sorprendes!, no te esperaba. -Se acercó a mí y me abrazó.

-Esperaba verte y el señor mayor me dijo que habías salido con tu gente. Me rogó que me quedara, que te esperara. Tenía temor de estar aquí... En realidad no estoy sola: ¡Mira! -Largué una carcajada, atrás estaba Dolencia, pero no estaba sola, conversaba con uno de los herreros.

-Mira tú. Mira, Dolencia, ten cuidado, Dolencia, con Rafael que es muy rápido de manos. -Sonrió y se sonrojó.

Volví a mirar a Mina: -Te escucho.

-¿Que quieres que te diga?

-Quiero que me digas qué pasa por tu cabeza, cuál es tu idea, qué proyectos tienes. En fin, a qué has venido.

-Si no te parece mal he venido a quedarme.

-¿A quedarte?

-Contigo.

-¿Y qué pasa con tu impresión?, ¿qué pasa con lo que has visto? Sabes cómo soy yo, sabes que la espada es parte de mi brazo.

-Lo sé, seguramente era algo que tenía dentro, no sé como describirlo, algo que me causó mucha impresión cuando vi esa cabeza arrancada de su tronco, me causó una tremenda impresión por algo que no sé definir, algo que tengo adentro, como si yo ya hubiera vivido eso en una vida distinta a esta.

-Entiendo lo que quieres decir, son como recuerdos de algo que nunca has vivido, lo entiendo. ¿Y ya pasó?

-Eh... Te seré sincera, me da como cierta aprensión o angustia la violencia, pero te amo y espero que no me rechaces porque me despedí de mis padres, les dije que me quedaría contigo.

-Bien, dentro de tres amaneceres haremos un festejo, comeremos bien, encenderemos una gran fogata y anunciaremos a todos nuestro compromiso. -Se quedó pálida.

-¿Mientras tanto estaré en otra vivienda?, ¿no contigo? -La miré y me reí.

-No, estarás conmigo, el compromiso es solamente una ceremonia para los demás, pero si has venido te quedas conmigo en mi vivienda. -Y acerqué mi boca a su oído-, y en mi lecho. -Sonrió, también se sonrojó-. Pero aquí, Dolencia, no va a estar, se quedará con Rafael, o hasta que se decida le daré una vivienda. Aquí son todos bárbaros, pero yo les enseñé a respetar a las mujeres. -Me abrazó-. ¿Tienes hambre?

-Le pregunté:

-Sí -me dijo, pero me miró a los ojos y me tomó de la mano-, pero no quiero comer ahora.

 

Y entramos a la vivienda cerrando la puerta, poniendo la tranca por dentro.

 

 


 

Sesión 29/05/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Era tiempo de paz en Baglis. Aranet siempre practicaba con los guerreros a la vez que enseñaba a luchar al hijo de su amigo, el rey Anán.

Sesión en MP3 (3.004 KB)

 

Entidad: Nosotros no elegimos las circunstancias, creo que es al revés, las circunstancias nos eligen a nosotros. La vida es impredecible, las acciones son impredecibles, las personas son impredecibles. Y muy pocos elegidos están excluidos del común denominador, de ese común denominador que por más conocimiento que tenga es imposible que pueda anticipar lo que va a hacer el otro.

 

Como Aranet disfrutaba una tranquilidad que hacía mucho tiempo que no gozaba. Es más, no sé si alguna vez, en lo que había pasado de vida, había tenido más de mil amaneceres de tranquilidad. Mi tranquilidad no era estar con Mina, yacer con ella en mi habitación, mirar el amanecer, no; para mi carácter, mi temperamento, mi manera eso era mediocridad. Salíamos con Mina a galopar con dos buenos hoyumans.

 

Apenas amanecía tomaba una jarra de agua cristalina y hacía mis ejercicios matutinos, que eran hablar con Otar y con el resto de los bárbaros y empezar la práctica, porque el hecho de que hubiera más de mil amaneceres de paz no significa que no tenga a la gente entrenada. Es más, yo los miraba, algunos regañaban porque los levantaba muy temprano pero luego disfrutaban de esa práctica. Al terminar la práctica le decía a Otar:

-Prepárense algo bien caliente, coman, alimenten a los animales, no sólo a sus hoyumans, que serían su mano izquierda porque la mano derecha es la espada o el hacha, sino también al resto de los animales, los animales de ordeñe.

Y a veces nos íbamos de la isla. Dejábamos, obviamente, guardias de seguridad en la fortaleza Baglis y nos íbamos de excursión o de caza. Nunca matábamos animales por matar, los llevábamos como presa para comer.

 

Recuerdo que el joven Gualterio, el hijo de mi amigo Anán, se quedó conmigo durante sesenta amaneceres. Ya había cumplido dieciséis de vuestros años, es más, había pasado casi medio de vuestros años diciéndole a su padre que quería venir conmigo, conocer lo que es el mundo de los bárbaros, la cacería, la vida fuera de palacio y el joven se adaptó bien. Lo único que le dije:

-Cambia de hoyuman, tienes un hoyuman pequeño, tú ya eres alto como tu padre.

Se trajo un hoyuman robusto. Gualterio me decía:

-Pero Aranet, es fuerte pero es lento.

-En batalla, únicamente precisas un hoyuman rápido si tienes que huir, necesitas un hoyuman fuerte para que en batalla te sostenga. Obviamente, si le clavan un par de flechas te deja tirado como cualquier montura.

 

No sólo le enseñé el arte de la espada, que conocía pero de manera primaria, le enseñé a luchar, lucha cuerpo a cuerpo. Se molestaba como todo crío porque quería ganarme. Vosotros les tiraríais de las orejas yo los amarraba de los hombros.

-No, Gualterio, no te empaques como un mulo. -Se molestaba más.

-¿Me comparas con una mulena?

-Sí, porque te empacas. No busques ganarme, busca aprender de tus fallas, de las debilidades que yo encuentro para vencerte. Tienes que tener la mente lúcida, fría, atenta porque te pones furioso y es una lucha amistosa. En una batalla de verdad la ira te cegará y el metal de la espada se clavará en tu pecho.

-Lúcido, atento, libre de emociones, ¿cómo hago? Tengo pasión por lo que hago.

-Esa pasión vuélcala, dirígela a que no te nuble la mente.

-¿Y cómo?

-¡Ay!, pequeño.

-¡No soy pequeño!

-Te lo digo a propósito, tienes que domar esa parte reactiva que tienes adentro, tienes que domarla, domarla,

 

Pero me costaba horrores, me costaba horrores. Era más fácil que me entendiera Otar, el jefe de los bárbaros, mi segundo, que el joven Gualterio. No porque no fuera inteligente, el hecho de que sea todavía un niño reaccionaba como tal, se empacaba como una mulena, exigía, pedía, necesitaba. Pero de apoco iba sacándose todas las costras, las bajas pasiones -bajas pasiones no le llamo al deseo, le llamo a sentir rencor, a sentir ira-. A veces le hacía practicar con otro bárbaro, que no eran sutiles, por ahí él era más hábil con la espada y le daban un puntapié en los genitales y lo golpeaban haciéndole sangrar la boca, y se quería levantar a combatir de verdad y ahí me metía yo, le ponía el pie haciéndole una zancadilla y caía de bruces en el barro. Se enojaba conmigo.

-Me humillas adelante de estas bestias -en voz alta. Los bárbaros no se ofendían, sabían que era un crío, o sea, eran bastante maduros en ese sentido.

Yo le decía:

-Tú no te puedes humillar, nadie te puede humillar, solamente tú puedes humillarte a ti mismo. Ellos saben que eres un aprendiz, saben todo lo que te falta recorrer, lo entienden. Es como si tú a un bebé le exigieras caminar, da sus primeros pasos y se da de bruces: ¿tú te burlarías?

-Obvio que no -dijo enojado Gualterio.

-Perfecto, por eso ellos no se burlan de ti.

-¿Y cómo se ríen?

-Es su manera, pero se ríen sanamente, no se están burlando, entienden todo lo que te falta.

-Ya verán cuando aprenda más.

-No tienes que demostrar nada a nadie, Gualterio, no tienes que demostrar, tienes que crecer.

-Estoy creciendo.

-No, no estás creciendo no, no estás creciendo, no estás entendiendo, me cuesta horrores hacerte entender. Mira que nadie me hace perder la paciencia, nadie me perturba, tú solamente. -Y sonrió, sonrió como diciendo "en algo le puedo". Pero claro, él no sabía con quien estaba-. Ven, te cambio de hoyuman.

-¿Me prestas tu hoyuman negro?

-Sí, te presto a Salvaje, yo me quedo con esta bestia tuya.

-¿Para?

-Vamos a hacer una carrera, pequeña, desde aquí hasta aquella roca, son más o menos doscientas líneas.

-Despídete de mí, Aranet.

 

Y arrancamos. Y me ganaba, obviamente. Salvaje era la mejor montura, era rápido y fuerte a la vez. Cuando estaba llegando a la roca lanzo un silbido: Salvaje se para en dos patas, Gualterio cae al piso, se golpea el hombro.

Llego trotando a la roca.

-Te gané.

Se levanta furioso, arremete contra mí, choca su rostro contra mi puño, cae otra vez sentado. Se toca, tenía sangre.

-¡Me has lastimado!

-Niño, te preocupas por un golpe. He visto cuerpos abiertos con las tripas afuera en batalla y tú te preocupas por un golpe que te sangra un poco el labio.

-¡Has hecho trampa!

-Sí, he hecho trampa. ¿Cómo te crees que uno gana?

-Pero tú no eres así, tú no precisas eso, eres el mejor con la espada, el mejor guerrero, no precisas hacer trampa.

-¿Por qué no? Si estoy perdiendo voy a hacer trampa.

-¿Me explicas, por favor, Aranet, esa lección?

-La lección es que no siempre se gana con el mejor caballo.

-No es cierto, tu hoyuman es invencible pero tú lo tienes amaestrado, has silbado y él me ha derribado.

-Sí, ya sabía.

-Entonces sabías que así no podía ganar. Vuelvo a insistir: ¿Y cuál es la lección?

-La lección es que nunca te confíes en nadie.

-¿Qué, tampoco en mis amigos? ¿Y dónde está la lealtad?

-¡Ay, Dios! Mira, Gualterio, el tema es así, tú puedes confiar en mí, puedes dejar tu vida en mis manos, pero cuando estoy practicando contigo, cuando te estoy enseñando hazte cuenta que no soy yo, no confíes en nadie.

-¿Tú no confías en nadie? ¿No confías en mi padre?

-Depende.

Se puso pálido.

-¿No confías en mi padre?

-Depende cómo esté. Tiene altibajos, tiene altibajos con tu madre, dice que tu madre lo descuida.

-Es cierto -dijo el muchacho-, ahora está deslumbrado con una joven muy bella. -La he visto.

-¿Para ti también es bella?

-Sí.

-¿Y no es bella tu pareja?

-Sí.

-¿Pero la engañarías?

-No, no tengo necesidad.

-Entonces por qué te parece bella la otra.

-El que me parezca más linda o menos linda no tiene que ver con engañar a nadie, yo digo lo que es. Escaleras de mármol de color beige son de color beige, tierra de color rojo es de color rojo, el cielo tirando a color naranja es tirando a color naranja. Estoy describiendo algo.

Me salió con una pregunta extraña:

-¿Y cuándo tendrás hijos? -Me dejó por unos segundos asombrado.

-No sé, cuando aquel que está más allá de las estrellas lo disponga.

-¿Y tu pareja se adapta con los bárbaros?

-Se lleva bien. Entendió. Al comienzo era como tú, no quería comer con ellos, que no le gustaba el guisado, que quería que le cocinara un ave con semillas y un poco de verdura... Aprendió a comer guisado, aprendió a tomar bebida espumante.

-¿Y a mí por qué no me das?

-Porque todavía eres un crío. Aparte, la bebida espumante te nubla la razón.

-¿Y cómo los bárbaros toman?

-No les permito tomar demasiado, siempre tienen que estar alerta.

 

Y seguíamos día tras día practicando y practicando con la espada, al galope con los hoyumans. Me pedía de vuelta a Salvaje. Le digo:

-No ya está, fue simplemente mostrarte algo. Mi hoyuman no lo presto.

 

Fuimos de cacería y en medio del bosque nos encontramos con dos gigantescos lobos, pero en medio había una hembra, una hembra que no era loba, era de raza guilmo, era incluso más corpulenta, negra -los lobos eran grises-, más grande que ellos, amenazantes. Los salvajes prepararon sus arcos y dispararon.

Gualterio me preguntó:

-Han muerto los tres, pero acá te contradices.

-¿Por qué? -le pregunté al muchacho.

-Porque dices que cazas animales para comer, ¿vas a comer los lobos, la guilmo?

-Sí, no desperdiciamos nada y utilizaremos la piel.

-¿Los salvajes comen todo tipo de animal?

-Y te enseñaré a ti también, hasta reptiles puedes comer, bien cocidos.

-¡Es un asco!

-¡Ay! Te has criado en palacio, no has pasado hambre nunca ¿No extrañas la tina con agua tibia?

-Quizá no porque es temporada de calor, me baño en el lago, pero en invierno sí, obviamente. Quisiera ya estar en palacio.

-Me gustaría que estuvieras un invierno aquí, verías lo que es, no te alcanzaría con un par de abrigos de piel. Tienes que curtirte por fuera y por dentro, hasta que no entiendas eso no vas a ser un hombre.

-Yo soy un hombre.

-¿Has estado acostado con alguna mujer?

Se puso colorado, me dijo:

-Hay una ayudante de cocina que le gusto.

-Sí, me habías comentado, me habías comentado. Le hablé a una de ti.

-¿Y?

-Quería acostarse conmigo.

-¿Ves?, ¿ves?, y hablas de lealtad.

-Oye crío, dije que quería acostarse conmigo. Obviamente que me negué. Yo respeto a Mina. -Se quedó tranquilo.

 

Se escuchó como un pequeño gemido.

-¡Esperad, quietos todos! -Una cría de guilmo que apenas caminaba-. Esperad.

Lo alcé, era un pequeño guilmo, un guilmo cachorro. Lo miré bien, un macho. Todavía era pequeño, pero ya se había destetado. Monté mi hoyuman y lo puse adelante, entre mis piernas.

-¿Qué haces? -me preguntó el joven Gualterio.

-Me lo llevo.

-Son salvajes cuando crecen.

-Ya tengo experiencia con guilmos, desde antes de que tú nacieras tengo experiencia con guilmos, desde antes de que tu padre fuera rey, desde antes de que tu padre fuera príncipe. ¡Je! Ya tengo experiencias.

 

Y volvimos al paso, los guerreros y el joven Gualterio, hacia la isla Baglis.

 


 

Sesión 01/08/2017-1-
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Asaltaron su palacio y su amada quedó mal herida. Sintió que perdió la serenidad, la cordura. El odio y la venganza se apoderaron de él.

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Entidad:

-Señor...

Lo miré.

-¿Qué?

-Nos aseguráramos... Usted dijo que nos aseguráramos que el príncipe llegara al castillo.

-¿Llegó bien? ¿Quién le ha cosido?

-Creo que la señora Herminia.

-Llámala.

-Sí, señor.

 

Estaba cansado, agotado mentalmente, molesto conmigo mismo, desganado.

Quería bajar los brazos. Biológicamente era joven, pero me sentía viejo como las rocas de la isla.

-Señor, aquí está la señora.

Estaba sentado y me di vuelta. Y la vi a la señora, una señora mayor de ojos bondadosos, pero que me miraba con temor.

-Acércate. ¿Todo bien? ¿Tú has cosido a la señora?

-Sí, señor, he detenido la hemorragia, he cosido sus heridas. Pero señor, está muy débil y...

-Quiero agradecerte. Ya di orden de que a ti y a tu familia los alimenten bien.

-Señor, no lo hice por...

-Sé que lo has hecho por piedad y serás recompensada con lo más valioso, que es abrigo y alimento. Puedes marcharte.

 

-¿Ya está preparada la barca?

-Sí, señor.

-¿Del otro lado del lago está preparada la carreta?

-También, señor.

-Ayúdenme con la esterilla.

-Ayúdenlo, cojan uno de cada lado.

 

Levantaron la esterilla con el cuerpo de Mina, agonizante diríamos. La señora Herminia la había cosido pero había perdido demasiada sangre.

Mi mente estaba en otro lado, mis ojos estaban en el cuerpo de la mujer que amaba pero mi mente no, mi mente recorría el reciente pasado, disfrutar la casa, la instrucción de Gualterio junior, como le decíamos al hijo de Anán.

Mi amigo, el rey, había ofrecido toda su tropa para perseguir a los bárbaros comandados por Snowza que habían atacado la isla cuando yo no estaba. No soy de distraerme, pero había dejado poca defensa en la isla.

Mi mente estaba en otro lado, me sentía incoherente, desganado, con ira, mi mente estaba en contra de lo que yo había aprendido de la vida, de las circunstancias: la ira enceguece, los impulsos obnubilan. No podía evitarlo, no podía evitar sentir ira, furia, emociones incontroladas, un dolor en el pecho agudo que estaba a punto de arrancar mi corazón o quizás era yo que quería meter la mano en mi pecho y arrancarlo para dejar de sentir todo tipo de dolor y malestar y furia y agonía y todo eso.

Me molestaba la ingratitud, la traición. Dicen que alimentas a un canino y luego te muerde la mano. Conmigo jamás ha pasado eso, los guilmos que he criado me lamían la cara. Son los humanos los que te muerden la mano, son los humanos los que te arrancan los ojos, no las aves negras con sus picos amarillos, no, los humanos.

 

Sentía que no valía el esfuerzo pelear, pero también me consumía la venganza. Me consumía la venganza, pero minaba mis energías, o sea, que era ilógico, era incoherente, era absurdo. Apretaba mis manos, tenía las uñas cortas porque si no, hubiera sacado sangre en mis manos con mis uñas, pero me las cortaba para poder manejar bien la espada. Y me imaginaba la escena, dos escenas, dos muertes en una misma persona: atravesar el pecho de Snowza con mi espada, meter mi mano dentro y arrancar su corazón y comerlo. Luego revivirla. Sí, revivirla con el poder que está en aquel que está más allá de las estrellas y volverla a matar cercenándole el cuello con mi espada, en semicírculo. Sí, sí.

 

Llegamos con la barcaza. La carreta estaba cubierta de heno, pusimos la esterilla con el cuerpo de Mina, no tenía esperanzas de nada.

-Iremos contigo, señor.

-No, iré yo.

-¡Pero señor!

Los miré con mis ojos de fuego: -Iré yo.

-Es que apenas respira la señora, señor.

 

Cogí las riendas, azucé a los dos hoyumans, enormes percherones, ruedas grandes de la carreta. Trataba de ir por un camino no pedregoso para que no se sacuda la carreta.

Y anduve. Perdí la noción del tiempo, paraba de vez en cuando, levantaba el cuerpo de la... de la amada moribunda y le daba de beber de mi cantimplora. Hacía movimientos su garganta, apenas tenía fuerzas para toser pero trataba de que tomara agua, luego tomaba yo. Cuando se vaciaba volvía a cargar en un arroyo.

Hasta que llegué. A un costado del camino, una vivienda antigua. Una señora más antigua todavía con unos ojos indescifrables que me miró, apenas podía caminar la mujer. Me reconoció, miró la carreta, miró el cuerpo.

-Bájala. -La tomé en mis brazos, sin la esterilla-. -Tráela. -La entré en la casa, la acosté en un camastro.

La miré a la anciana:

-No puedo más, no puedo más.

 

 


 

Sesión 01/08/2017-2-
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Mientras atendían a Mina preparó un ejército. Se pusieron en camino.

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Entidad: ¡Ahhh! Es difícil repasar una vivencia dolorosa donde tu sentido común se hunde en un pozo, oscuro, profundo, inconmensurable y sientes que pierdes parte de tu esencia, de tu ser, de tu todo; tu energía, tu coherencia, tu experiencia.

 

La anciana me tomó la cabeza:

-Aranet, haré lo posible, pero me tienes que dejar sola.

-¿Por qué?

-Porque no voy a poder trabajar estando tú.

-Está bien -acepté-, a mí me has vuelto a la vida, me has resucitado.

-No, no te he resucitado, estabas al borde de la muerte pero no, no habías muerto.

-Mi amada Mina tampoco.

-Pero está muy mal, las posibilidades son muy, muy pocas, no puedo darte esperanzas.

 

Sentía lágrimas que corrían por mi mejilla. El gran guerrero Aranet, el gigante rubio, pero mis lágrimas no eran de debilidad, eran de impotencia, de no tener el poder de hacer algo. Es como que la anciana leía mis emociones.

-El hecho de que me la hayas traído ya es... ya es mucho para ti, déjalo en mis manos. Te ayudará aquel que está más allá de las estrellas, Él siempre ayuda -me respondió la mujer-, pero seamos conscientes, es muy delicado el tema, está muy debilitada ella, apenas respira. ¿Quién la ha cosido?

-Una mujer del clan, una señora grande.

-Lo ha hecho bien y evidentemente sabe algo porque le ha puesto una especie de pasta de hierbas que ha evitado la infección. Eso es bueno, ha adelantado un poco el trabajo, pero yo tengo mis plantas, las que tú ya sabes, las del valle, las de ese valle que está en el olvido. -Asentí con la cabeza.

 

Le di un beso en la frente, la anciana sonrió. Me invitó a que me marche. Subí a mi carreta, azucé los hoyumans y me marché. Volvería en siete amaneceres, pactamos eso.

 

Voy a obviar el relato de mi regreso. Preparé a los bárbaros, pero esta vez dejé la mitad de ellos en la isla Baglis, evitando que si fuéramos por un lado que no ataquen por otro. Se unieron a mí soldados del rey Anán. El propio rey y el príncipe querían venir conmigo.

-No, no. Es mi tarea. Dejadme a mí. -Y me marché con más de quinientos hombres hacia el norte.

 

Esta vez no iba montado en mi hoyuman Salvaje, iba montado en Koreón, mi bagueón, encabezando la marcha. Anduvimos dos amaneceres hacia el norte.

Uno de los vigías me avisa:

-Se acerca un hombre en un hoyuman, es uno solo pero está vestido como un bárbaro.

-No hagáis nada -ordené. Me acerqué adelante, el hombre se impresionó al ver al Koreón. Inclinó la cabeza para saludarme, lo saludé haciendo el mismo gesto.

Me preguntó:

-¿Qué animal es ese?

-Un bagueón, un felino con cuernos.

-No pensé que existían, pensé que eran una leyenda. Y encima lo montas.

Obvié las explicaciones.

-¿Quién eres?

-Me llamo Dexel, dejé mi tribu.

-¿Tienes que ver con Snowza, la guerrera del norte? -Me miró e hizo un respingo.

 

Bajé de mi Koreón.

-Desmonta -le dije.

El hombre desmontó. Era bastante alto. Por supuesto, yo le llevaba media cabeza.

-Cuando te pregunté vi en tus ojos que la conocías.

-No, no la conozco, pero amaneceres atrás me crucé con una legión de gente del norte que eran vecinos a mi clan y estaban como asustados, como preocupados.

-Tengo tiempo -le dije-. Cuéntame. Cuéntame primero de ti. ¿Quién eres?

-Me crié en el norte, mi nombre es Dexel. Mi padre siempre tuvo un carácter débil y de pequeño fui maltratado por el jefe de mi clan. Me enseñaba a combatir desde muy pequeño, desde que aprendí a caminar, pero era tan cruel que me hacía practicar con espadas de madera con chicos mucho más grandes que yo. Creo que nadie recibió tanto castigo de pequeño como yo. El jefe decía: "O te fortaleces o te mueres en el intento". Evidentemente me fortalecí, pero creo que no era la manera. Y reconozco que he participado, ya siendo adolescente, de ataques a aldeas, pero jamás he matado a un inocente a propósito, siempre me he defendido de los que me atacaban creyendo que yo era malvado como la gente de mi clan. Nunca violé a nadie, nunca maté mujeres y me fui de mi clan porque no soportaba estar con ellos, eran tan o más salvajes que el clan vecino del que tú hablas, de la tal Snowza.

Le pregunté:

-¿Y cuál es tu anhelo?

-Seguir practicando con la espada, volver al norte, desafiar al jefe de mi clan y matarlo. Dirás "Es un contrasentido, porque tú eres amante de la paz", pero mi odio por el jefe del clan me consume.

-Está bien, Dexel, nada más quería saber quién eres, cómo eres, qué piensas para saber si lo que te pregunto ahora, es para entender si me dices la verdad. -Dio un respingo, pero esta vez como de enojo, no de incomodidad.

-¿Por qué habría de mentirte?, no tengo nada que ocultar. Me crucé con estos bárbaros que son de la tribu vecina a mi clan, estaban como preocupados porque su jefa que siempre era autoritaria y muy buena con la espada se había juntado con tres nornas, aparentemente las nornas la hechizaron, la embrujaron y había perdido la razón, la joven guerrera.

-A ver, no entiendo. Explícate -le pedí.

-Claro, las nornas trabajan con brebajes, con cosas raras. Le dieron algo y le manejaron la mente. Prácticamente la obligaron a saquear aldeas indefensas para repartir los botines, a las nornas no les interesaban los esclavos, las mujeres adolescentes sino el botín de monedas doradas, pero los vecinos de mi clan, salvajes, así como son, hasta ellos mismos se impresionaron de la avidez de sangre que tenía su jefa y en el momento que pudieron la abandonaron y regresaron para el norte.

Le pregunté a Dexel:

-¿Y qué te han dicho? ¿Dónde estaba ahora esta guerrera y las nornas?

-Para el lado del desierto, no para donde van ustedes ahora. Para el oeste.

-¿Podrías acompañarnos?

-No tengo problema en acompañarlos -dijo Dexel-, lo que no quiero que me pidas que te acompañe porque piensas que te haya mentido y que apenas se vayan me escaparé, no tengo de qué huir. Pero no me tengáis desconfianza, me hace sentir incómodo que me tengas desconfianza. No soy uno de vosotros pero no soy vuestro enemigo tampoco.

-Está bien. Mírame a los ojos. -Me miró fijo sin parpadear, sus ojos negros con mis ojos indescifrables se cruzaron, ninguno parpadeó-. Te creo, entiendo que no tienes nada que ver con... con lo que ha pasado.

-¡Espera! -me dijo Dexel-, antes de juntarnos con los demás tengo derecho a preguntarte qué pasó, así como tú me has preguntado todo.

-Tuve una relación con esa guerrera -le expliqué-, luego se marchó. Dejé mi feudo indefenso -me culpo de haberme distraído-, y esta guerrera atacó y dejó moribunda a mi amada, a mi mujer, que la dejé bajo el cuidado de una señora. Y deseo vengarme.

-Entiendo. No tengo rumbo, así que en lo que te pueda ayudar... ¿Tú nombre es?

-Aranet. Únete a nosotros, Dexel, le diré a mi gente que eres un amigo.

-Te agradezco la deferencia -dijo Dexel-. Iré con vosotros y en lo que pueda ayudar, ayudaré, pero de verdad, soy un amante de la paz, si me involucro en un combate y veo que los demás son crueles los ejecutaré, pero no me hagáis matar a inocentes.

-Quédate tranquilo -le dije-, yo no mato inocentes, yo mato culpables. Me corrijo, -Lo miré fijo-, yo ejecuto culpables.

 

Gracias por escucharme.

 

 


 

Sesión 23/08/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

En Umbro. Tuvo que encontrarse a alguien parecido a él para relajar la furia que sentía mientras viajaba con sus guerreros.

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Sesión 04/09/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

La ira lo consumía hace tiempo e iba de menos. Estaba en bajas condiciones físicas y mentales. Lo notó cuando unos mentos les atacaron.

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Sesión 07/09/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Encontró a quien buscaba, pero quizá por la única vez en su vida no estaba sereno sino reactivo. Terminó en el suelo, atravesado por una espada.

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Sesión 13/09/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

Como en un sueño le venían recuerdos de que donde se encontraba ya había estado, algo le era familiar, siempre antes de morir estaba allí.

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Sesión 12/10/2017
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

La entidad relata cómo sanó y encontró a su esposa. Pero el desenlace fue nada esperado, escuchó la decisión de ella y quedó muy maltrecho anímicamente.

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Sesión 30/01/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar

No siempre un guerrero está atento al entorno, afuera suyo. A veces inspecciona adentro y descubre que hay falencias al entenderse a sí mismo y a los demás. Aprendió de un anciano, muy anciano.

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