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Psicoauditación - Facundo F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 04/03/2019

Sesión del 21/05/2019


Sesión 04/03/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Tenía muchas inseguridades con él mismo y le producían vulnerabilidad al punto de que entidades suprafísicas le acosaban. No quería comentarlo con nadir por no ser entendido. Encontró a alguien que le dijo porque le ocurría esto, y que le ayudaría.

Sesión en MP3 (3.162 KB)

 

Entidad: Muchas veces he tenido situaciones repetidas en distintas circunstancias, como que inconscientemente sin darnos cuenta intentamos repetir situaciones conflictivas para quizá, tal vez, aprender de ellas y no volver a cometer los mismos errores, pero como es algo inconsciente volvemos a hacer hincapié en lo mismo una y otra y otra vez.

 

Mi nombre era Edmundo vivía con mis padres en la zona ecuatorial, ellos tenían un almacén de ramos generales. Vivíamos bien, como se dice comúnmente no nos sobraba los metales pero tampoco nos faltaba. Fui criado con amor, quizá de parte de mi madre un poco sobreprotegido y eso en lugar de hacerme bien me hizo mal porque por momentos me sentía vulnerable, falto de carácter, inseguro, de alguna manera.

En el momento del relato había tenido tres fracasos afectivos, la última relación se había alejado de mí sin darme ninguna explicación y la anteúltima buscando motivos para discutir, para pelear, y haciéndose la ofendida se alejó. Era inseguro, lo reconozco, pero nada tonto, entendía que la anteúltima había buscado una situación de conflicto para tener la excusa de alejarse y me preguntaba a mí mismo por qué se alejaban, qué era lo que no les gustaba. A la primera de las tres se lo pregunté:

-¿Qué es lo que no te conforma de mí? -Su respuesta era muy ambigua.

-Nada, soy yo.

 

El soy yo, era algo que me molestaba, pero sobremanera. ¿Qué significa soy yo? O sea, si era ella la que tenía el problema, ¿para qué comenzó a salir conmigo?, ¿quería llenar un vacío?, ¿un vacío que yo no podía llenar? No podía armar el rompecabezas.

Recuerdo que en mi habitación a veces escuchaba voces, ¿estaban en mi cabeza o las escuchaba de verdad? Lo comenté con un conocido, que era un señor grande, serio. Con los jóvenes no lo comentaba porque eran propensos a burlarse y para mí eso era intolerable. amén de que yo no era un joven predispuesto a la pelea. ¿Si sabía manejar una espada? Sí, pero la misma inseguridad que me daban las jóvenes me la daba el manejar una espada, entonces no era una persona que buscaba conflictos, todo lo contrario trataba de tener perfil bajo.

Le comenté mis experiencias a ese señor mayor y me dijo:

-¿Qué es lo que sientes?

-Como una energía en mi cuerpo, como si alguien me tocara. ¿Puede ser aquel que está más allá de las estrellas que se dirige a mí?

El hombre me respondió:

-No, Edmundo, está justamente más allá de las estrellas, nos ve, está con nosotros pero a su vez está tan lejos... Consulta con Astor.

-No, no me animo. -Astor tenía una especie de templo donde se hacían oraciones para agradar a aquel que está más allá de las estrellas.

-No pierdes nada, das un pequeño óvolo, una moneda de cobre, y es suficiente.

-Pero después él cobra para atenderte.

-No, no, está dedicado a la Luz.

-¡Ah!

 

Y esa tarde fui y estaba dando una especie de sermón. Astor tenía voz grave.

-Vosotros, cuyos pensamientos son oscuros, sois esclavos de esas pasiones que os impulsan a traicionar, a ser desleales, a cometer errores. Entregad vuestro ser a aquel que está más allá de las estrellas, todo lo que depositáis adelante en metales va para él, -Dejé de escucharlo y en ese momento me pregunté a mí mismo "Todo lo que la gente deposita va a aquel que está más allá de las estrellas... ¿Y cómo?". Es un embaucador, va a los bolsillos de Astor. Esperé a que terminara el sermón y cuando todos se marcharon le pregunté si podía contarle mi experiencia, le dije que escuchaba voces y que a veces sentía como que incluso me tocaban.

Me dijo:

-Estás poseído por el mal.

-¿Cómo voy a estar poseído por el mal si evito confrontar, evito las peleas, ayudo a mis padres en el negocio?

-Sí, pero hay algo negativo que te posee, algo muy oscuro que anda de noche. ¿De día tienes esos arrebatos en tu mente?

-No, de día no.

-Ves los tienes de noche porque el señor oscuro te posee y te va a obligar a hacer mal. -Me asusté.

-¿Y cómo salgo de eso?

-Tienes que conseguir metales dorados.

-¡Dorados! A mis padres les cuesta muchísimo ganar un metal dorado por día.

-¿Quieres que te ayude? Deposita en el templo un metal dorado para aquel que está más allá de las estrellas.

-Eso le quería preguntar, Astor, ¿y cómo le llega a aquel que está más allá de las estrellas? Disculpe si lo ofendo, pero cómo sabemos que no va a parar a sus bolsillos.

-No me ofendes y te doy la explicación, con esos metales construiré otro templo y un ayudante mío se hará cargo. Pero ven, ven...

 

Asentí con la cabeza y me marché, no estaba para nada convencido. Honestamente no creía en Astor, sus feligreses eran no adeptos, adictos a sus sermones, yo no.

En el camino me crucé con un personaje extraño, en mi mano llevaba un metal cobreado. El personaje vestido de una manera extraña y portando una espada rara, redonda de punta, me dijo:

-¿Para qué llevas esa moneda, quieres apostarla?

-No, no apuesto.

-¿Ni siquiera sobre seguro?

-¿Cómo apostar sobre seguro?

-Claro, de repente ves muchas nubes en el cielo oscuras y tú apuestas que va a llover, ¿no es sobre seguro?

-Sí, pero ahora no puedo perder tiempo, estoy en otro tema.

-¿Cómo ves el cielo?

-Oscuro y va a llover, de eso estoy seguro.

-Bien, te apuesto otro metal a que no llueve por lo menos hasta el anochecer.

-No -negué-, no quiero quitarle un metal, en instantes va a llover, no va a esperar hasta el anochecer.

-Bien, hoy tengo ganas de perder un metal, apostemos. Dejo aquí el mío, arriba de la roca. Deja el tuyo. Mientras tanto conversemos.

-Nos vamos a mojar, me quiero marchar a casa.

-Sé que un metal cobreado no vale mucho, pero apenas caen las primera gotas lo tomas, tomas el tuyo y te marchas, si no llueve tomo tu metal y me marcho.

-¡Ah! Acepto.

-¿Cuál es tu nombre? -preguntó el personaje.

-Edmundo.

-El mío Figaret.

-¡Qué espada rara que tienes!

-Es liviana -me respondió-, es mejor que las espadas grandes.

-Pero es débil, es débil, te la pueden partir en dos con una espada de guerrero.

-Bueno, es tú opinión, nunca lo han hecho. ¿Qué es lo que te aflige, Edmundo?

-Me siento con mucha inseguridad, siento como que hay como sombras que me tocan y me hablan.

-¡Ajá! Entidades.

-No conozco esa palabra.

-Entidades invisibles -agregó Figaret.

-Sí, digamos que sí. Fui a consultar a un sacerdote que se llama Astor.

-¡Ja, ja, ja! ¡Ay Edmundo, Edmundo! Ese Astor no cree en sí mismo y la gente lo sigue.

-¿Tú dices que es un embaucador? -Figaret se encogió de hombros.

-No digo que sea un embaucador, digo que ni él mismo... ni él mismo entiende porque lo dice, capaz que lo crea, pero le depositan bastantes metales.

-Bueno, dijo que va a construir otro templo.

-Está bien, créelo, créelo cuando lo veas.

-¿Y con respecto a esas entidades?

-Estás pasando por muchas situaciones de estrés.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque el estrés te vuelve vulnerable.

-¿Pero tú, Figaret, crees que hay como entidades invisibles?

-Sí, por supuesto que creo, por supuesto.

-Pero entonces Astor tiene razón, son entidades oscuras, son entidades que me pueden transformar.

-No, no, no, Edmundo, no, nadie tiene potestad sobre ti si tú no quieres.

-¿Pero no se pueden apoderar de uno? A veces siento como que me hablan, como que me tocan.

-No. Estás vulnerable debido al estrés. ¿Por qué tienes el estrés?

-Primero, ¿cómo sabes, Figaret, que tengo estrés?

-Bien, ¿lo tienes o no lo tienes?

-Sí -admití-, tuve continuados fracasos afectivos, siento inseguridad, apenas se manejar una espada, no les cuento cosas a mis compañeros porque se burlarían y temo enfrentarlos porque me lastimarían.

-¿Te das cuenta?, tu inseguridad, tu miedo a pelear... las jóvenes que salen contigo luego te dejan; eso te produce estrés y te hace vulnerable.

-¿Vulnerable?, ¿hablamos de que me vuelven débil por dentro?

-Sí, totalmente, Edmundo, totalmente, y eso hace que esas entidades se acerquen.

-¿Con qué fin, de poseerme?

-Ya te dije Edmundo, no te pueden poseer si tú no las dejas, pero te quitan energía, se aprovechan de ti.

-Es cierto, me ha pasado que a veces me levanto por la mañana y es como que hubiera dormido una hora nada más, cansado, débil. ¿Cómo las enfrento, cómo las contrarresto?

-Primero y principal no dándoles importancia. Segundo, dándote importancia a ti y tercero, no te molestes por los fracasos, todos tenemos fracasos. Yo también tengo fracasos y sin embargo sigo adelante. Ocúpate de ti, de tu persona, eres importante. Si alguna joven te deja el problema es de ella, no sabe lo que se pierde.

-Pero Figaret, yo no me siento importante, la última joven me gustaba muchísimo y me dejó sin darme explicaciones. La anterior inventó una pelea para alejarse.

-No te merecen, les das demasiada importancia. Primero tienes que ganar tú en seguridad, trabajar tu propio interior, pulir tu propio interior.

-¿Cómo hago eso? No sé hacer nada, me gustaría saber manejar la espada.

-Puedo enseñarte.

-¿Con eso?, eso no es una espada, ¿qué es eso?

-Es un florete.

-Pero es débil, se dobla.

-Sí, pero te puedo traspasar con eso. Además, también se manejar una espada. ¿Quieres aprender?, ¿sientes que manejando una espada te sentirás más seguro?

-Totalmente, conseguiré el respeto de los demás.

-No, primero tienes que conseguir tu propio respeto.

-No entiendo, Figaret.

-Claro, ¿qué piensas de ti mismo?

-Que soy un fracaso.

-¿Qué haces de tu vida?

-Ayudo a mis padres en el almacén de ramos generales.

-¿Los quieres?

-Por supuesto.

-¿Te aman?

-Más que a nada en la vida.

-¿Eres bueno ayudándolos?

-Totalmente, la gente del pueblo quiere atenderse conmigo porque soy expeditivo.

-Ahí tienes, eres bueno, eres expeditivo, la gente del pueblo quiere atenderse contigo.

-Sí, pero no; quiero la aprobación de mis amigos, la aprobación de las relaciones de pareja.

-Todo va de a poco, pero ¿te das cuenta que te respetas?

-No valgo nada.

-¿Cómo no? Los que vienen a comprar quieren atenderse contigo, tus padres te aman, obviamente sabes leer y escribir y sabes hacer cuentas.

-Claro.

-Y bueno, Edmundo, sabes más que la mayoría de gente de todo Umbro. ¿Te parece que no veamos mañana a la tarde aquí en el mismo lugar en las rocas? Trae dos espadas.

-Las traeré. Ya está casi anocheciendo.

-Bueno, falló tu seguridad no ha llovido todavía te he ganado legalmente la moneda, ¿no?

-Si -asentí. Figaret cogió su moneda y cogió la mía y se las guardó en un bolsillo.

-Una apuesta es una apuesta.

-¿Siempre haces apuestas?

-Soy bueno jugando a las barajas.

-¿Y haces trampa?

-Jamás, ¿acaso hice trampa con el tiempo? Tú estabas seguro que iba a llover y no llovió. Nos vemos mañana. -El personaje se marchó y yo me fui para casa. En ese momento las primeras gotas cayeron sobre mi cabeza.

 

La asignatura pendiente era respetarme para que me respeten, pero si aprendía el arte de la espada me sentiría más seguro todavía. Paso a paso, paso a paso.

Si me sentía seguro de mí mismo ni siquiera esas entidades invisibles me molestarían, pero no podía ser todo, todo de golpe, esto me llevaría tiempo, y Figaret me ayudaría.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 21/05/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Volvió a encontrarlo, pero no se fiaba de él, tenía mala reputación. Dialogando un rato empezó a confiarle temas personales en la confianza que le ayudaría a resolverlos.

Sesión en MP3 (2.840 KB)

 

Entidad: Estaba muy molesto, es como que la vida me jugaba malas pasadas. Yo no tenía frustraciones, la vida era una frustración, era una continuidad de la misma manera que una sucesión de puntos forman una línea, pero cuando tú ves una línea no ves la sucesión de puntos, ves un trazo. Mi vida era un trazo de frustraciones.

 

No podía quejarme, mis padres no me criaron mal, me decían "Edmundo, aquí tienes todo. Tenemos un almacén de ramos generales, vivimos bien". Pero había sufrido fracasos afectivos, muchas inseguridades.

Recuerdo que conocí a Astor, el sacerdote, y me dijo "Todos somos parte de aquel que está más allá de las estrellas. Tú eres uno de tantos, por ende importante". Pero no me sentía importante.

Recuerdo que después se me cruzó por mi camino un personaje estrambótico, extraño, ridículo en su vestimenta: Figaret. Y habré sido una de las tantas víctimas a las que les ha quitado metales.

 

Recuerdo que esa tarde caminaba por un sendero pensando. Padre me dice:

-Si vas por el lado del bosque llévate un hoyuman.

-No, quiero estirar las piernas, caminar, pensar. -Como si pensar me diera la solución. Era una manera de escapar de lo cotidiano, de lo común, de la rutina, de las circunstancias, de la monotonía, de la frustración y bla, bla, bla, bla.

 

Sentado en el borde del camino, en una roca Figaret. Estaba enojado y lo primero que le dije sin saludarlo:

-Yo sé que tú eres un pillo. -Figaret me dijo:

-¿En qué sentido?

-Embaucas a la gente.

-No, la gente se deja embaucar.

-¡Ah, pero tú te aprovechas de ello!

-El problema no es mío, el problema es de la gente.

-También me he enterado de cosas -argumenté.

-¿Por ejemplo?

-De que te subes a los balcones de las mujeres casadas.

-Pero estamos hablando de lo mismo, es un problema de ellas, no mío. Ellas me dejan pasar cuando sus esposos no están.

-Y como dije antes -repetí-, te aprovechas de las circunstancias.

-A ver, define que es aprovecharse. -Le dije:

-Te aprovechas del más débil.

-Vaya. -Comentó el arlequín-. O sea, que a ti esas mujeres te parecen débiles. -Me encogí de hombres.

-No sé, siempre fracasé afectivamente. Entiendo que quizás estas mujeres estén necesitadas de amor.

-Entonces no me aprovecho -argumentó Figaret-, simplemente le doy lo que no le dan sus esposos. A propósito, ¿y tú por qué estás mal afectivamente?

-¡Puf! No quiero hablar contigo.

-Sigue tu camino.

-Está bien. Tengo inseguridades, pienso que no valgo tanto.

-Lo que yo creo es que el polvo del camino te secó la garganta.

-¿Te estás burlando de mí, Figaret?

-No. ¿Edmundo, te llamabas, no?

-Te acuerdas de mi nombre, te estás burlando de mí.

-Para nada, veo como que estás a punto de toser. Tengo una cantimplora con bebida espumante, ¿quieres tomar un poco?

-No soy de tomar bebidas fuertes.

-Es bebida espumante suave, no te preocupes, no hay puesto ningún zumo de arbustos que te envenene o te maree. En mi bolsa -y se tocó-, tengo muchísimos metales, ¿o piensas que te voy a robar? -Me encogí de hombros.

-Alcánzame entonces. -Tomé la cantimplora y bebí-. Gracias.

-Bueno, cuéntame más.

-¿Ahora eres un confesor? ¿Me cobrarás por esto?

-¿Debería?

-Eres un caradura. No, no deberías. Es un comentario entre... -Figaret sonrió y dijo:

-¿Ahora somos amigos?

-Amigo tuyo, jamás.

-Pero estamos conversando, me estás contando tus secretos.

-Tienes una manera tan fácil de sacar a la gente de las casillas.

-Mira, vamos a apostar. Si tú me cuentas tus cosas, pero que sean ciertas, te doy una moneda de oro. -Abrí los ojos.

-¿Y si no?

-Tú me das una cobreada. O sea, yo tengo mucho más que perder, vale cien veces más la dorada.

-Está bien, diré la verdad. Pregunta.

-¿Crees en aquel que está más allá de las estrellas?

-Sí. Absolutamente creo.

-¿Crees que eres especial? No dudes. ¿Crees que eres especial?

-No, no lo creo.

-¿Crees que afectivamente tienes fracasos porque te ven una persona del montón?

-Sí, supongo que sí.

-¿Crees que tienes mala suerte?

-¡Uff! Creo que sí, que tengo mala suerte. ¿Qué más?

-Has perdido.

-No he perdido, te he dicho la verdad. Así que me debes una moneda de oro.

-No, has perdido Edmundo. Primero: Eres especial porque no hay otro como tú. Si tienes fracasos es porque tú mismo fomentas ese fracaso, no porque las demás te consideren menos. En cuanto a la mala suerte... no existe, hay casualidades y hay causalidades, pero no mala suerte. Así que lo que has dicho es falso.

-No te debo nada -argumenté-, porque yo te he dicho que yo te iba a decir lo que yo pensaba, lo que yo sentía, lo que yo creía.

-No, dijimos que me ibas a decir la verdad. Me debes una moneda cobreada.

-Con una moneda cobreada apenas puedes comprar una bebida pequeña y dices que tienes la alforja llena de monedas. ¿De qué te sirve mi moneda?

-Satisfacción de mostrarte que soy más listo que tú.

-¡Ah! ¡Ja, ja, ja! Me debes una moneda de oro.

-¿Por qué?

-Porque si tú me demuestras que yo no soy tan listo como tú, me consideras menos.

-¿Entonces?

-Entonces una cosa de las que dije fue cierta, tú me consideras menos. Puede haber jóvenes que me consideren menos. -Figaret me miró.

-¿Ves Edmundo que no eres tan tonto? -Metió la mano en la alforja y con el dedo pulgar sobre el índice revoleó una moneda en el aire que la cacé al vuelo. La abrí: una moneda dorada.

-¿Te he ganado? ¿De verdad te he ganado, Figaret? -Se encogió de hombros.

-Considéralo así. -La guardé orgulloso.

-¿De verdad que piensas que soy menos listo que tú?

-No.

-¿Entonces por qué me has dado la moneda?

-Porque tu misma inseguridad hace que las afirmaciones de otros tú te las creas, tú creas que es cierto. Tú eres listo, eres importante, eres especial porque eres único. ¿Mejor, peor?, eso depende de cada óptica. He conocido hombres que no saben siquiera tomar una espada, pero quizá salven vidas porque con un pequeño filo pueden sacar cosas negativas del cuerpo, ponerles un zumo de una planta que evita infección y volver a coserlos con hilos de liana, y un guerrero eso no lo sabe hacer. Mientras un guerrero mata, ese médico salva vidas. ¿Quién es más especial?

-El médico -argumenté.

-¿Y en una batalla?

-El guerrero.

-Y en invierno, en el norte, ¿un abrigo o una cantimplora con agua?

-Seguramente si hace mucho frío puedo derretir la nieve y tomar de allí el agua... Me va a ser más fácil elegir el abrigo.

-¿Y en verano en pleno desierto?

-Obviamente el agua. Pero no entiendo a qué vas, Figaret.

-A que en cada caso, en cada región, en cada época, en cada circunstancia, en cada momento tanto las personas como los objetos podemos ser importantes o no, de acuerdo a cómo se dé la cosa.

-Hablas medio difícil, Figaret.

-¿Pero más o menos me entiendes?

-Sí, obviamente en el desierto el agua, en el invierno del norte el abrigo, en la batalla el guerrero, en las heridas el médico. Y volviendo a mí, ¿en qué momento puedo ser útil?

-Depende. Te encuentras con una persona que precisa ayuda, le puede tender una mano. Te encuentras con alguien que precise auxilio y lo auxilias.

-¡Ja, ja!, apenas sé manejar una espada.

-Puedo enseñarte.

-¿Acaso tú sabes manejar una espada?

-Muy bien, la manejo muy bien. -Miré su costado.

-¡Pero eso es una espada pequeña, es un espadín!, nada que ver con las que portan los guerreros, que son casi el doble de tamaño. ¿Podrías vencer a un guerrero?

-Ya me ha pasado. Sí, he vencido guerreros maleantes.

-¿Y dónde consigo otro espadín?

-Tus padres, ¿qué tienen?

-Qué tienen, ¿cómo?

-¿Qué negocio tienen?

-Ramos generales.

-¿No hay un lugar donde tengan armas?

-Sí, por supuesto.

-¿Y deben tener espadines?

-Sí. Y de no, hay un herrero a cuarenta líneas de distancia de nuestro almacén que fabrica espadas.

-Bueno, hazte hacer un espadín y yo te enseñaré.

-¿Y dónde te encuentro?

-Por ahora no. En un par de amaneceres pasaré por tu pueblo. ¿Estás contento?

-No.

-¿Y ahora por qué no?

-Está bien. Supongamos que el aprender espada contigo me quitara la inseguridad, ¿pero y la parte afectiva, la seguridad con las damas?

-Eso se va solo.

-¿Cómo?

-Te daré clases.

-No, no me interesa, sigo insistiendo que eres un pillo. Yo creo en el amor, yo creo en la verdadera conquista. Tú no amas a las mujeres con las que sales.

-¡Tampoco les hago daño!, las satisfago.

-Satisfaces tu propio deseo.

-No las lastimo.

-Pero no es lo que yo anhelo, yo quiero un amor de verdad.

-Conversando conmigo puedo volverte más seguro también en ese aspecto.

-¿Cómo?

-¡Es fácil! ¿Qué has dicho que deseas?

-Una pareja, un hogar, sentirme importante ante la persona.

-¿Y qué piensas que desea la mujer?

-¿Cómo?

-Claro. A ver, Edmundo, ¿qué piensas que desea esa mujer ideal? -Me encogí de hombros.

-Pienso que lo mismo, alguien que le sea sincero, alguien que no le mienta, alguien que la quiera.

-Bueno, ahí tienes la respuesta.

-Pero yo veo muchas mujeres que son soberbias.

-Descártalas, encontrarás quien no sea soberbia.

-¿Alguna parecida a mi manera de ser?

-No, no, Edmundo, no necesariamente, no necesariamente. Hay distintos tipos de amores, distintos tipos de afectos, distintos tipos de verdades, distintos tipos de lealtades...

-Te voy a pedir ahora, antes de irme, otro trago de tu cantimplora, tenías razón en lo del polvo. No eres tan pillo, eres un poco pillo y un poco aprovechador, pero no pareces mal tipo.

-¿Ves? -dijo Figaret-, ahora me estás halagado y cuando me viste estabas molestísimo, muy molesto y tuvimos una pequeña charla nada más. En un par de amaneceres te veo. Encarga apenas puedas el espadín. -Me tendió la mano y le estreché la mano. Me alejé tres pasos de él. Y por cábala, por suerte quería tocarme la moneda y puse la mano en el bolsillo y no estaba.

-¡Pero sí serás...! -Y me doy vuelta y lo veo a Figaret riéndose. Y me lanza la moneda, la cojo en el aire, la miro: la moneda dorada. Y la guardo en mi bolsillo-. ¿En qué momento me la sacaste? Eres, eres...

-¡Ja, ja!

-¿Y qué hubiera pasado si no me hubiera tanteado el bolsillo y llegaba al pueblo?

-En dos amaneceres te la devolvía. Pero tienes que ser más cuidadoso.

-No, el problema eres tú, que eres rápido de mano. Por eso ganas con las cartas, por eso desvalijas a la gente.

-Nunca hice trampas.

-¡Cómo creerte! -Estaba ya como a seis líneas de él y volví a tocar el bolsillo. Y sí, tenía la moneda. Me di vuelta y me dijo, como adivinándome el pensamiento:

-No, no hago magia, pero me gustaría. -Lanzó una carcajada.

 

Y me marché para el poblado. En dos días me enseñaría esgrima con el espadín.

 

Gracias por escucharme.