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Psicoauditación - Facundo F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 01/08/2020

Sesión del 03/09/2020


Sesión 01/08/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Estaba preocupado. Debía elegir salvar a un pueblo o salvar a otro. Se informaría y buscaría a alguien para ayudarle a decidir.

Sesión en MP3 (2.904 KB)

 

Entidad: Llegué al poblado agitado, bajé de mi hoyuman y en ese momento me cruzo con Chelsea.

-Dime, rápido, dónde está Figaret.

-No, no es momento.

-Es momento, tengo algo muy importante que comentarle, es una cuestión de vida o muerte. -Me tomó del brazo muy fuerte. Me sorprendí.

Me dijo:

-Es una cuestión de vida o muerte si lo interrumpes en este momento. -Me soltó y me calmé.

-¿Dónde está?

-En la taberna jugando a las barajas.

-¡Chelsea! -me quejé-, te estoy diciendo que es una cuestión de vida o muerte, tenemos que resolver algo, necesito el consejo de él.

-En este momento no se le puede interrumpir. Te acompaño, pero nos quedamos en la puerta.

Se asomó Caselda.

-¿Le has comentado?

-No, todavía no -dijo Chelsea.

-Pero que no pase.

-No va a pasar.

-¿Me podéis decir qué está sucediendo?

Caselda dijo:

-Está jugando a las barajas.

-¿Y cuál es el problema?, siempre gana...

-Ese es el problema.

-¿Podéis ser más claras?,  porque honestamente no entiendo nada, y esto es urgente.

-Urgente es lo que está pasando en este momento

 

Llegamos a la puerta. Adentro había como cincuenta personas de atavíos raros, de rostro pálido casi blanco, sus ojos casi no tenían color y el que estaba sentado a la mesa con Figaret era robusto, grande, macizo, cabello blanco blanco que le pasaba los hombros.

-¿Quiénes son?

-La raza de los blancos. Han llegado hasta aquí y el que está sentado con Figaret está ebrio y se encaprichó de querer jugar a las barajas con el mejor, y le dijeron que el mejor era Figaret.

-Está bien, hasta ahí entiendo. ¿Cuál es el problema?

-Si pierde. Esta gente no razona.

-Sé que Figaret tiene un espadín -exclamé-, pero puede dar cuentas de él en segundos.

-Edmundo -dijo Chelsea-, fíjate -me señaló a todos los demás-, están con él. Si el jefe pierde con Figaret, lo matan lentamente y después van a saquear todo el poblado. Ya tenemos los hoyumans preparados para escapar.

-¡Escapar! Pero hay cientos y cientos de personas aquí, y muchos saben defenderse.

-Tú no conoces la leyenda de los blancos.

-No.

-Ellos no se meten con nadie pero adonde se sienten presionados o traicionados arrasan con todo.

-Chicas, lo que decís es ilógico, el hombre sabía que Figaret es el mejor. ¿Por qué van a sentirse traicionados?

-Está ebrio, van a decir que se abusó.

-¿Y para qué aceptó la partida?

-Porque no tenía otra, no podía negarse. Hubiera sido un reto, un desafío si se negaba. -En ese momento el jefe de los blancos lanzó un alarido, golpeó la mesa. Me tomé la frente, digo "¡Listo!, ahora arrasan con todo". Se abrazó con Figaret y fueron todos a tomar bebida espumante.

 

Figaret salió con rostro compungido.

Chelsea dijo:

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar, perdí.

Lo miré.

-¿Perdiste con un ebrio?

-No me quedaba otra.

-¿Y qué apostaste?

-Toda mi bolsa de metales plateados.

-O sea, te quedaste sin metales.

-No, en mi bolsillo tengo más metales plateados y dorados.

 

En ese momento se acercó el jefe de los blancos, le puso la mano en el hombro a Figaret.

-No has tomado tu bebida espumante. -Sonrió y le puso una bolsa de metales en la mano-. Y te has olvidado esto.

-Pero he perdido...

-No me tomes por tonto -le dijo el hombre-, te has dejado ganar. No somos tan bestias, es la fama. -Figaret entró de nuevo a tomar cerveza con los blancos.

 

Corrí tras ellos y les digo:

-Disculpen, necesito hablar con Figaret, es algo de vida o muerte.

El hombre se dio vuelta; más alto que yo, rostro blanco, cabello blanco, ojos blancos.

-¿Quién eres?

-Me llamo Edmundo.

-¿Tomas bebida espumante?

-Me vendría bien, vengo galopando desde lejos. -Nos sentamos los tres a una mesa.

Figaret me presentó:

-Este hombre, así como lo ves, tiene una edad indefinida, se llama Undret. -Nos dimos la mano.

-Soy Edmundo.

-¿Qué pasó?

 

Le conté todo. Le conté que paseaba, que me encontré con un joven llamada Greta, que la acompañé hasta la aldea, que la aldea estaba en pánico porque una raza de seres más altos que los humanos, con mucho vello en el cuerpo asolaban aldeas, vejaban y mataban a las mujeres, y tenían otra aldea que era cómplice de estos seres llamados lomantes y que les llevaban mujeres humanas para que a esa aldea la dejen tranquila. -Me miraban los dos.

-Continúa -dijo Figaret.

-A la vuelta cambio de camino, voy con mi hoyuman por el bosque y me encuentro con un lomante que tenía una flecha clavada, estaba herido. Lo atendí, le saqué la flecha, lo vendé y me dio su versión. Que lo que me habían contado no era cierto, que querían eliminar a los lomantes, que apenas quedaban poco más de mil para quedarse con el único valle fértil que había en toda la zona desértica. Pero la joven Greta, la que me contó todo eso, era tan dulce y con una mirada tan sincera...

Figaret no habló, habló Undret el jefe de los blancos. Y me dijo:

-¿Y qué te pareció la mirada del lomante? -Me encogí de hombros.

-También me pareció sincera. Además dijo algo que me hizo dudar.

-Comenta.

-Claro. Dijo que si yo me cruzara con una mujer lomante, ¿tendría deseos de poseerla? Y le dije "No, no me atraería, me atrae la mujer humana". Y el lomante me respondió "Para mí una mujer lomante es lo más bello que hay, una mujer humana no me llama la atención a nivel sexual". -Figaret se miró con Undret, el blanco.

-¿Qué opinas?

Undret dijo:

-Yo le creo al Lomante.

Figaret dijo:

-Coincido contigo.

-Entonces tenemos que ayudarlos.

-¿Tenemos? -dijo Figaret-, ¿por qué nos vamos a involucrar?

-¿Por qué no habríamos de involucrarnos? -le dije-, sé que has ayudado a un montón de gente.

-Sí, pero acá estamos hablando de una batalla entre humanos y lomantes. Aparte, ¿quién se uniría a nosotros?

 

En ese momento se acercó Bardol. Bardol trabajaba en el teatro ecuatorial tocando la pandereta y haciendo papel de cómico. Muchas veces estaba con Figaret, acompañándolo. Figaret le hizo señas de que se calle y me miró.

-¿Qué quieres?

-Ayudarlos. Si los lomantes son inocentes tenemos que ir a defenderlos.

-Necesitaríamos por lo menos quinientos hombres, de dónde los vamos a sacar. ¿Quién nos va a ayudar?

Lo miré a Undret.

-Undret, no te conozco, pero entiendo que alguna vez vosotros habéis luchado por una causa noble.

-No. Estamos cansados, venimos de muchísima distancia. Me quise despejar la mente jugando a las barajas con este pillo, que me cae muy bien, pero no quiero involucrar a mis hombres en algo que no nos compete.

-¿No les compete la justicia?, ¿tenéis miedo de una batalla? -El hombre se paró, me cogió del cuello y me levantó un palmo del piso. Luego me soltó. Me sujeté del banco para no caerme.

-Repites eso de vuelta y te degüello. Nadie jamás ha vencido un ejército de los blancos. Pero como dije estamos agotados. -Terció Figaret.

 

Bardol, el cómico de pocas luces del otro lo abrazó a Undret.

-¡Vamos Undret, tú puedes! -Undret lo tomó del cuello y lo tiró a tres líneas de distancia.

-Sácame a este payaso antes de que lo mate. -El problema de Undret es que tenía un genio terrible. Pero habló Figaret:

-Undret, tengo muy buena intuición. Edmundo es mi amigo, creo que vale el esfuerzo meternos en esa lucha. -El jefe de los blancos lo miró.

-¿Qué me estás pidiendo?

-Que descanses, que descansen tus hombres. Te devuelvo la bolsa de metales, les pago a todos el hospedaje y partimos mañana. -Rechazó la bolsa.

-Te la has ganado en buena ley, me llevabas mucha ventaja. No soy tonto, me di cuenta que te dejaste ganar, y eso me ofende más todavía. Podemos dormir a la intemperie, como hemos dormido casi siempre.

Le pregunté:

-¿Dónde queda vuestra aldea? -El jefe de los blancos me miró.

-En algún lado. -Y no dijo más nada- Luego lo miró a Figaret-. No me interesa.

-Vuestra gente está cansada. Mis amigas Chelsea y Caselda conocen a muchas jóvenes de esta aldea que podrían ser cariñosas con vuestros hombres. -Undret pegó una tremenda risotada.

-¿Pensáis comprarnos haciéndonos favores con aldeanas? Figaret, esperaba más de ti. -El arlequín se encogió de hombros.

-Hazlo por honor. -Fue al mostrador, trajo otra bebida espumante y se la tomó en segundos- Luego pegó un tremendo eructo.

-Descansaremos, por la mañana partiremos. -Y me miró a mí-. Espero que tengas razón, porque si matamos humanos defendiendo a los lomantes y resulta que los humanos eran inocentes te colgaremos a ti. ¿Qué dices?

-Me juego, acepto. -Me tendió la mano y se la estreché.

-Partiremos al amanecer. -Y se marchó a hablar con sus hombres.

 

Figaret me dijo:

-Espero que no te equivoques.

-¡Tú también apoyaste!

-Sí, pero espero que no te equivoques. Espero que no te equivoques porque conozco la fama de los blancos, son unos guerreros temibles. Y son justo quinientos guerreros, que equivalen a mil de cualquier otros soldados. Los mismos bárbaros del norte les tienen miedo, tienen fama de que no pueden morir.

-Figaret, obviamente eso es un mito.

-Yo lo sé, pero los bárbaros del norte no y la gente de las aldeas tampoco. A propósito, tengo hambre, ¿me acompañas a comer algo?

-Sí.

-Pero no aquí, vamos a una posada más tranquila y después me voy a acostar. Solo. Hoy no tengo ganas de compañía.

Quise hacer una burla:

-¿No hay ninguna mujer casada cerca?

-No, no bromeo, quiero estar lúcido y descansado, mañana tenemos bastante que hacer. Sólo digo que espero que sea cierto que los lomantes sean los inocentes.

 

Cenamos y me fui a acostar. Apenas podía dormir y me molestaba, porque al día siguiente estaría hecho una ruina y había que galopar bastante. Y luego enfrentarse a una batalla.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 03/09/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Conoció la raza de los lomantes. Se trataba de saber si eran responsables de los desmanes que un pueblo les acusaba y que por ello querían exterminarlos. Convenció a un ejército para que les acompañara.

Sesión en MP3 (4.251 KB)

 

Entidad: Íbamos por el camino con Figaret y Bardol, un cómico de pocas luces. Detrás Undred, el viejo guerrero de la raza de los blancos.

Llegamos a la aldea donde había acompañado a la joven Greta, los aldeanos se sintieron sorprendidos al ver un enorme ejército de una raza de blancos que prácticamente desconocían. Desmonté. Greta se acercó a mí y sin decir nada me tomó del cuello, me abrazó y me dio un beso largo en la boca. Me quedé totalmente sorprendido y la miré.

Me dijo:

-Gracias, gracias. Han violado y matado a varias jóvenes en distintas aldeas y tú te has ocupado, has conseguido un ejército para acabar con los lomantes.

Le respondí:

-Mira, Greta, no es que vamos a atacar directamente, vamos a hablar con las autoridades.

-No hay autoridades. Gruñen, ni siquiera saben hablar, son como bestias.

La miré y le dije:

-Vamos a encontrar la mejor solución posible. Si vemos que con una solución pacífica no da resultado actuaremos de otra manera. -La joven me volvió a abrazar, sentí que todo mi cuerpo se estremecía. Era bellísima, hermosa, parecía frágil pero sé que no lo era.

Se acerca y me susurra al oído:

-Apenas nos vimos dos veces pero es como que estás cerca mío, Edmundo, y mi corazón late más fuerte.

 

Si bien yo había sufrido desengaños y empezaba a conocer un poco el mundo sentía como que Greta era distinta y es como que depositaba mi esperanza en ella. Es como que era distinta a Caselda, era distinta a Chelsea; era una persona humilde y entregaba su corazón. Me recordaba de Elisa, que era tan seria pero a su vez noble, pero ella había tenido una relación y no se iba a fijar en mí. Y Chelsea era tan cambiante, tan rara, tan... tan distinta a lo que yo deseo de una mujer...

Me interrumpió los pensamientos Figaret. Me dijo:

-¿Esta es la joven que me comentabas?

-Sí, fíjate como me ha recibido. -Me dijo..., me dijo algo.

-Mira, Edmundo, una mujer es vehemente de dos maneras. -Fruncí el ceño.

-No te entiendo.

-Claro. Así como es vehemente y te abrazó y te besó, puede ser vehemente para desapasionarse.

-¡Je, je! Te equivocas. Sé tu fama, te subes a los balcones de las mujeres casadas, eso no es amor.

Figaret me dijo:

-Escucho mal o tú me das lecciones a mí. ¿Te has enamorado alguna vez? Mira, supongamos que me subo a un balcón y me apasiono tanto con una de las mujeres y hasta me llego a enamorar, ¿tú te piensas ingenuamente que van a dejar a su marido por mí?

Lo miré y le dije:

-Si te buscan es porque tú las haces más feliz.

-Edmundo, ¿te piensas que de verdad les interesa solamente el sexo? Hay esposas de dueños de bancos, de dueños de grandes almacenes, ¿y lo van a dejar por un figurín disfrazado que toca la flauta y toca la mandolina y vive al día? No, el mundo no es así, Edmundo, el mundo es mucho más crudo.

Le dije irónicamente:

-Eso no te impide pasarla bien.

 

Marchamos hacia la región de los lomantes. Greta se acercó y me dijo:

-Suerte. Aquí te estaré esperando.

 

Marchamos. Undred -el líder de los blancos, serio, circunspecto pero de aspecto feroz y de mal genio-, y todo el ejército detrás. Tuvimos que acampar, comimos algo. Continuamos viaje y llegamos a la región de los lomantes.

Era distinto a todo lo que yo pensaba, había casas de madera muy muy bien construidas y vimos a varios lomantes sembrando, cosechando, otros en carpintería. Vimos niños lomantes, eran muy similares a nosotros, nos superaban en tamaño y su piel era casi tan peluda como los de un animal, un guilmo, un lobo, pero su mirada, sus ojos eran inteligentes. La sorpresa fue que se acercó a mí Somor, el lomante que había encontrado herido en el bosque.

Y me dice:

-Ven, te presentaré a un matrimonio. -Los blancos desmontaron, Figaret también.

Le dije a Figaret:

-La aldea me parece pacífica. Acompáñame.

Hablamos con Undred:

-Id tranquilos, yo estaré aquí con mis hombres.

 

Había un lomante un poco más alto que Somor, lo presentó:

-Este es Luomor. -Me estrechó la mano con firmeza pero sin apretar demasiado. Y había una mujer lomante, más baja, con menos pelo en el cuerpo, era su esposa, Landeres, su rostro era más lampiño.

-Perdonad la indiscreción -les pregunté a la vez a Luomor y a Somor-, Landeres la veo como distinta.

Ella habló con voz suave y voz femenina:

-Es que no soy cien por ciento lomante.

Luomor tomó la palabra:

-Somor me adelantado algo. Nos han acusado de violaciones, de muertes; en realidad nada de eso es cierto. Mirad, tenemos herramientas: azadas, rastrillos, palas, todo para sembrar, para cosechar. Herramientas de carpintería, herramientas de herrería... El herrero no hace espadas, hace herraduras para los hoyumans. Somos pacíficos.

Figaret le dijo:

-Y entonces, ¿cómo es esa trama?

-Exactamente, es una trama. Nuestra tierra es rica, es como un oasis enorme en medio del desierto -dijo Luomor-. De la misma o de otras aldeas violan a las mujeres y nos echan la culpa a nosotros. Jamás hemos entrado en batalla, no nos interesa, creemos en aquel que está más allá de las estrellas, en la paz, en la prosperidad. Tratamos de no meternos con nadie. Además, como somos distintos, más altos, con más vello en el cuerpo nos miran como bestias. Os habrán dicho que ni siquiera hablamos, que nos comunicamos con gruñidos. Mirad, aquí pasa un niño, en la mano lleva un cuaderno. No solamente sabemos leer, escribir, sumar y restar sino que estudiamos las estrellas y hacemos pequeños mapas de la región. Somos más instruidos que incluso muchos aldeanos de la zona ecuatorial. No os dejéis llevar por nuestro aspecto.

Tenemos una gran carpa con mesas largas... Había escuchado hablar de los blancos, pero es la primera vez que los vemos. Decidle al líder que están todos invitados a comer.

 

Undred y los blancos, junto con Figaret y el cómico Bardol nos sentamos a comer. Hablamos de mil cosas. Tenían vino y bebida espumante.

El propio Luomor dijo:

-No toméis mucho, pues si tenéis que regresar conviene que estéis lúcidos.

En un momento dado un ayudante de Undred pensó:

-¿Y si nos envenenan?

Undred le dijo:

-Cállate, estamos comiendo todos de lo mismo y tomando de la misma fuente, del mismo barril.

Finalmente Undred se juntó con Figaret y conmigo, y dijo: -Esta gente es así no molesta a nadie.

 

Landeres, la esposa de Luomor, se acercó a nosotros.

-¿Alguno conoce a Fondalar?

Figaret dijo:

-Sí.

-Soy una amiga, casi una hermana, de su esposa Émeris, ella puede deciros quienes somos nosotros. -El propio Undred, el jefe de los blancos tan rudo, tan cerrado en sí mismo se sorprendió:

-Así que conocéis a Fondalar, es conocido en toda la región. Ha sido un gusto compartir comida y bebida con vosotros, y si verdaderamente hubo violaciones y muertes tienen que ser de otras aldeas humanas. Disculpad la intromisión.

-¡Por favor! -dijo Luomor-, ha sido un gusto atenderos.

 

Nos marchamos. Undred se dio vuelta, habló con Landeres y Luomor y les dijo:

-Cualquier cosa, ¿veis ese mapa que tiene el niño? -Marcó una 'X'-, en esta parte es donde estamos nosotros. Si precisas ayuda para algo estamos a vuestra disposición. -Me sorprendió ver a Undred tan dado pero se ve que los lomantes le cayeron bien.

Me despedí de Luomor, de Landeres y me abracé con Somor, al que había atendido en el bosque cuando estaba herido.

 

Marchamos de vuelta para la aldea. Tuvimos que acampar nuevamente, comer algo de nuestras provisiones. Y recién al día siguiente regresamos a la aldea.

 

La primera que se acercó a nosotros fue Greta, y se dirigió a mí. Figaret estaba al lado mío y nos miraba.

-¿Habéis acabado con esas bestias?

-No, no fueron ellos, son gente pacífica. -El rostro de Greta cambió, sus ojos se endurecieron, sus labios hicieron un rictus de desprecio.

-¿Para qué sirves?

-No entiendo -exclamé.

-¡No has hecho lo que te dijimos!

-Primero que yo no mando, aquel que se llama Undred manda a los blancos. Y todos vimos que eran pacíficos, los lomantes. Ha sido gente de una aldea humana, pero eso no quita que nosotros sigamos viéndonos.

-¿Contigo?, ¡ja, ja, ja, ja! ¡Ay, qué ingenuo qué eres, qué ingenuo que eres!

-No entiendo.

-No entiendes nada, Edmundo. No habéis acabado con los lomantes, ¿para qué me sirves? Tengo una pareja, que es el hijo del dueño de los grandes almacenes, es próspero.

-¿Lo quieres?

-¡Ja, ja, ja! ¿Lo quiero? ¡Qué me importa si me va a mantener toda la vida!

-Honestamente, no lo esperaba de ti.

-Qué me importa lo que esperabas si lo que yo esperaba de ti no lo has cumplido. -Se dio media vuelta con desprecio y se marchó.

Figaret me miró.

-¿Entiendes ahora?

-No.

-Te repito Edmundo, ¿entiendes cuando yo te digo que me cuelo por los balcones porque las mujeres casadas buscan placer y jamás, jamás me voy a enamorar de ninguna de ellas? Porque si cometiera ese error me diría lo mismo que te dijo Greta a ti. Greta lo que hizo fue usarte y no dio resultado, porque incluso aunque tú hubieras sido el líder de toda la tropa jamás hubieras hecho daño a esa gente que es tan buena. Porque los tontos, los ciegos de corazón solamente miran el aspecto, ven a los lomantes que tienen como casi dos líneas de altura y tienen mucho más vello que nosotros en el cuerpo y ya dicen: "No, son bestias, gruñen". Saben de astronomía, saben de matemáticas, son más instruidos que la mayoría de la gente humana que conocí.

Lo miraba a Figaret y le digo:

-Te tengo que dar la razón. Pero cada día estoy más desencantado de las mujeres. Por lo menos, Chelsea me dice lo que puedo esperar de ella y lo que no puedo esperar. Pero Greta..., pasó de ser la mujer más bella...

Me interrumpió Figaret y me dijo:

-Lo sigue siendo, pero lo importante es el interior. El interior lo tiene yermo, mustio, acabado, y cuando sea una persona más grande ya ni siquiera va a llamar la atención, y el hijo de ese señor de los grandes almacenes la va a traicionar por una mujer más joven.

 

Nos marchamos hacia el norte. Y ¡Oh, casualidad!, o mejor dicho, causalidad de aquel que está más allá de las estrellas, estaban atacando una aldea.

Inmediatamente nos metimos. Los agresores cogían del cabello a las mujeres jóvenes y las golpeaban.

Los blancos sacaron sus espadas y cercenaron la cabeza de la mayoría. Los aldeanos, las víctimas nos agradecieron. Habíamos acabado con el terror.

Le dije al que iba al frente de los aldeanos:

-¿De dónde son estos?

-De más al norte.

-Porque hay una aldea más al sur que le echaba la culpa a los lomantes.

-Jamás dijimos eso. Seguramente esa aldea quería que ustedes exterminen a los lomantes para quedarse con sus tierras. Pero gracias por habernos ayudado, gracias de todo corazón.

El jefe Undred le dijo al aldeano que estaba al frente:

-¿Estos eran todos o hay otras aldeas agresivas?

-El pueblo de esta gente está más al norte, y seguramente quedaron más.

 

En lugar de volver acampamos ahí, a pocas líneas del poblado. Conseguimos algunas provisiones, volvimos a comer y marchamos al otro pueblo. Era un pueblo distinto, salvaje, ya directamente había guardias armados en la entrada del poblado.

-¡Aquí no tenéis nada que hacer!

 

Hay un refrán vuestro que dice: "A veces paga justo por pecador". Y seguramente en ese poblado habría gente buena también. Pero los blancos arrasaron con todo, el pueblo quedó lleno de cadáveres y le prendieron fuego a todas las casas.

Undred se justificó diciendo:

-Una sola semilla que quede negativa y la planta que va a crecer va a ser negativa.

Hablé en un costado con Figaret.

-Seguramente habría mujeres y niños.

Figaret me dijo:

-Tú sabes a lo que te exponías. Querías ayuda, la única ayuda era Undred y la raza de los blancos. ¿Si se extralimitaron? Bueno, yo no mando sobre ellos. Ni lo haría.

 

Recién al tercer amanecer volvimos a nuestro poblado. Los blancos no se quedaron, se despidieron de nosotros y se fueron directamente para sus tierras.

Me quedé toda la noche conversando con Figaret, sin dormir, hablando de mil temas, principalmente de la conducta de algunas mujeres.

La frase de Figaret fue:

-Edmundo, ni tanto ni tan poco.

-No me hables en difícil, explícate.

-Seguramente la mujer que sea para ti va a ser la que menos esperas, no las Gretas, esas Gretas que fingen dulzura porque buscan algo de ti y luego te escupen en la cara, que están saliendo con alguien superior.

-¿Superior por qué, porque tienen metales plateados, metales dorados?

-Un sólo día, uno sólo que juegue a las barajas en uno de los garitos puedo tener hasta cien piezas de oro. De oro, que sería el equivalente a mil piezas de plata y a diez mil piezas de cobre, en un solo día, ¿y te piensas que eso va a cambiar mi vida? No. La calidad de un ser humano no se mide por el dinero. Eso habla de quien era Greta, una persona vacía por dentro. O peor, llena de impurezas. En cambio, mira los lomantes, todo amor, todo dulzura, se desvivían por atendernos. Y no es porque tuvieran miedo de los blancos, estaban tranquilos, vivían de su trabajo, se respetaban entre ellos y respetaban a los demás. En muy pocos poblados he visto esto, en muy pocos poblados, querido Humberto.

Miré para el costado.

-¿Quién es Humberto?

-¡Ah!...

-¿Quién es Humberto?

-Mi mente estaba en otro lado. Hace mucho tiempo atrás había tenido un amigo como tú, Edmundo. Enamoradizo, ingenuo, apostaba al amor pero apostaba mal, apostaba ciegamente y siempre se frustraba. Un día se peleó con un guerrero que había insultado a la que él decía que era su novia y el guerrero lo atravesó con su espada, matándolo. No me olvido de él.

-¿Y qué pasó? -pregunté.

-Con mi espadín, que es bastante más chico que vuestras espadas lo degollé. Acabé con su vida pero eso no me devolvió a mi amigo Humberto. Y ahora, hablando contigo, que veo que tienes una manera parecida de conducirte como que te encandilas con una mujer sin estudiarla primero, me has hecho acordar a él. Por eso ese acto reflejo de decirte Humberto. Discúlpame.

-No, por favor, Figaret, me doy cuenta que eres mucho más profundo de lo que la gente cree que eres.

-¡Ja, ja! No, no soy profundo, soy una persona divertida.

-Aparentas ser superficial pero yo sé que no lo eres.

-O sea, que ahora me conoces.

-No, a veces lleva toda una vida conocer a una persona. No me voy a jactar de conocerte a ti cuando ni siquiera conozco cómo es Chelsea o cómo era Greta. Ni siquiera sé cómo es Elisa, parece una joven despechada, engañada. ¡Ah! Es difícil la vida, Figaret.

 -Figaret me dijo:

-Mira, Edmundo, a veces la vida la hacemos complicada nosotros, a veces la vida la hace complicada el entorno que nos rodea, a veces nuestras elecciones, a veces nuestros proyectos. Pero no hablemos mal de la vida, disfrutémosla, pero que eso no nos impida ayudar a quien lo desee.

 

Lo miraba al figurín asombrado, por primera vez Figaret se abría y desnudaba su interior.

 

Gracias por escucharme.