Índice

Psicoauditación - Facundo F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Página anterior

Sesión del 01/08/2020


Sesión 01/08/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Estaba preocupado. Debía elegir salvar a un pueblo o salvar a otro. Se informaría y buscaría a alguien para ayudarle a decidir.

Sesión en MP3 (2.904 KB)

 

Entidad: Llegué al poblado agitado, bajé de mi hoyuman y en ese momento me cruzo con Chelsea.

-Dime, rápido, dónde está Figaret.

-No, no es momento.

-Es momento, tengo algo muy importante que comentarle, es una cuestión de vida o muerte. -Me tomó del brazo muy fuerte. Me sorprendí.

Me dijo:

-Es una cuestión de vida o muerte si lo interrumpes en este momento. -Me soltó y me calmé.

-¿Dónde está?

-En la taberna jugando a las barajas.

-¡Chelsea! -me quejé-, te estoy diciendo que es una cuestión de vida o muerte, tenemos que resolver algo, necesito el consejo de él.

-En este momento no se le puede interrumpir. Te acompaño, pero nos quedamos en la puerta.

Se asomó Caselda.

-¿Le has comentado?

-No, todavía no -dijo Chelsea.

-Pero que no pase.

-No va a pasar.

-¿Me podéis decir qué está sucediendo?

Caselda dijo:

-Está jugando a las barajas.

-¿Y cuál es el problema?, siempre gana...

-Ese es el problema.

-¿Podéis ser más claras?,  porque honestamente no entiendo nada, y esto es urgente.

-Urgente es lo que está pasando en este momento

 

Llegamos a la puerta. Adentro había como cincuenta personas de atavíos raros, de rostro pálido casi blanco, sus ojos casi no tenían color y el que estaba sentado a la mesa con Figaret era robusto, grande, macizo, cabello blanco blanco que le pasaba los hombros.

-¿Quiénes son?

-La raza de los blancos. Han llegado hasta aquí y el que está sentado con Figaret está ebrio y se encaprichó de querer jugar a las barajas con el mejor, y le dijeron que el mejor era Figaret.

-Está bien, hasta ahí entiendo. ¿Cuál es el problema?

-Si pierde. Esta gente no razona.

-Sé que Figaret tiene un espadín -exclamé-, pero puede dar cuentas de él en segundos.

-Edmundo -dijo Chelsea-, fíjate -me señaló a todos los demás-, están con él. Si el jefe pierde con Figaret, lo matan lentamente y después van a saquear todo el poblado. Ya tenemos los hoyumans preparados para escapar.

-¡Escapar! Pero hay cientos y cientos de personas aquí, y muchos saben defenderse.

-Tú no conoces la leyenda de los blancos.

-No.

-Ellos no se meten con nadie pero adonde se sienten presionados o traicionados arrasan con todo.

-Chicas, lo que decís es ilógico, el hombre sabía que Figaret es el mejor. ¿Por qué van a sentirse traicionados?

-Está ebrio, van a decir que se abusó.

-¿Y para qué aceptó la partida?

-Porque no tenía otra, no podía negarse. Hubiera sido un reto, un desafío si se negaba. -En ese momento el jefe de los blancos lanzó un alarido, golpeó la mesa. Me tomé la frente, digo "¡Listo!, ahora arrasan con todo". Se abrazó con Figaret y fueron todos a tomar bebida espumante.

 

Figaret salió con rostro compungido.

Chelsea dijo:

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar, perdí.

Lo miré.

-¿Perdiste con un ebrio?

-No me quedaba otra.

-¿Y qué apostaste?

-Toda mi bolsa de metales plateados.

-O sea, te quedaste sin metales.

-No, en mi bolsillo tengo más metales plateados y dorados.

 

En ese momento se acercó el jefe de los blancos, le puso la mano en el hombro a Figaret.

-No has tomado tu bebida espumante. -Sonrió y le puso una bolsa de metales en la mano-. Y te has olvidado esto.

-Pero he perdido...

-No me tomes por tonto -le dijo el hombre-, te has dejado ganar. No somos tan bestias, es la fama. -Figaret entró de nuevo a tomar cerveza con los blancos.

 

Corrí tras ellos y les digo:

-Disculpen, necesito hablar con Figaret, es algo de vida o muerte.

El hombre se dio vuelta; más alto que yo, rostro blanco, cabello blanco, ojos blancos.

-¿Quién eres?

-Me llamo Edmundo.

-¿Tomas bebida espumante?

-Me vendría bien, vengo galopando desde lejos. -Nos sentamos los tres a una mesa.

Figaret me presentó:

-Este hombre, así como lo ves, tiene una edad indefinida, se llama Undret. -Nos dimos la mano.

-Soy Edmundo.

-¿Qué pasó?

 

Le conté todo. Le conté que paseaba, que me encontré con un joven llamada Greta, que la acompañé hasta la aldea, que la aldea estaba en pánico porque una raza de seres más altos que los humanos, con mucho vello en el cuerpo asolaban aldeas, vejaban y mataban a las mujeres, y tenían otra aldea que era cómplice de estos seres llamados lomantes y que les llevaban mujeres humanas para que a esa aldea la dejen tranquila. -Me miraban los dos.

-Continúa -dijo Figaret.

-A la vuelta cambio de camino, voy con mi hoyuman por el bosque y me encuentro con un lomante que tenía una flecha clavada, estaba herido. Lo atendí, le saqué la flecha, lo vendé y me dio su versión. Que lo que me habían contado no era cierto, que querían eliminar a los lomantes, que apenas quedaban poco más de mil para quedarse con el único valle fértil que había en toda la zona desértica. Pero la joven Greta, la que me contó todo eso, era tan dulce y con una mirada tan sincera...

Figaret no habló, habló Undret el jefe de los blancos. Y me dijo:

-¿Y qué te pareció la mirada del lomante? -Me encogí de hombros.

-También me pareció sincera. Además dijo algo que me hizo dudar.

-Comenta.

-Claro. Dijo que si yo me cruzara con una mujer lomante, ¿tendría deseos de poseerla? Y le dije "No, no me atraería, me atrae la mujer humana". Y el lomante me respondió "Para mí una mujer lomante es lo más bello que hay, una mujer humana no me llama la atención a nivel sexual". -Figaret se miró con Undret, el blanco.

-¿Qué opinas?

Undret dijo:

-Yo le creo al Lomante.

Figaret dijo:

-Coincido contigo.

-Entonces tenemos que ayudarlos.

-¿Tenemos? -dijo Figaret-, ¿por qué nos vamos a involucrar?

-¿Por qué no habríamos de involucrarnos? -le dije-, sé que has ayudado a un montón de gente.

-Sí, pero acá estamos hablando de una batalla entre humanos y lomantes. Aparte, ¿quién se uniría a nosotros?

 

En ese momento se acercó Bardol. Bardol trabajaba en el teatro ecuatorial tocando la pandereta y haciendo papel de cómico. Muchas veces estaba con Figaret, acompañándolo. Figaret le hizo señas de que se calle y me miró.

-¿Qué quieres?

-Ayudarlos. Si los lomantes son inocentes tenemos que ir a defenderlos.

-Necesitaríamos por lo menos quinientos hombres, de dónde los vamos a sacar. ¿Quién nos va a ayudar?

Lo miré a Undret.

-Undret, no te conozco, pero entiendo que alguna vez vosotros habéis luchado por una causa noble.

-No. Estamos cansados, venimos de muchísima distancia. Me quise despejar la mente jugando a las barajas con este pillo, que me cae muy bien, pero no quiero involucrar a mis hombres en algo que no nos compete.

-¿No les compete la justicia?, ¿tenéis miedo de una batalla? -El hombre se paró, me cogió del cuello y me levantó un palmo del piso. Luego me soltó. Me sujeté del banco para no caerme.

-Repites eso de vuelta y te degüello. Nadie jamás ha vencido un ejército de los blancos. Pero como dije estamos agotados. -Terció Figaret.

 

Bardol, el cómico de pocas luces del otro lo abrazó a Undret.

-¡Vamos Undret, tú puedes! -Undret lo tomó del cuello y lo tiró a tres líneas de distancia.

-Sácame a este payaso antes de que lo mate. -El problema de Undret es que tenía un genio terrible. Pero habló Figaret:

-Undret, tengo muy buena intuición. Edmundo es mi amigo, creo que vale el esfuerzo meternos en esa lucha. -El jefe de los blancos lo miró.

-¿Qué me estás pidiendo?

-Que descanses, que descansen tus hombres. Te devuelvo la bolsa de metales, les pago a todos el hospedaje y partimos mañana. -Rechazó la bolsa.

-Te la has ganado en buena ley, me llevabas mucha ventaja. No soy tonto, me di cuenta que te dejaste ganar, y eso me ofende más todavía. Podemos dormir a la intemperie, como hemos dormido casi siempre.

Le pregunté:

-¿Dónde queda vuestra aldea? -El jefe de los blancos me miró.

-En algún lado. -Y no dijo más nada- Luego lo miró a Figaret-. No me interesa.

-Vuestra gente está cansada. Mis amigas Chelsea y Caselda conocen a muchas jóvenes de esta aldea que podrían ser cariñosas con vuestros hombres. -Undret pegó una tremenda risotada.

-¿Pensáis comprarnos haciéndonos favores con aldeanas? Figaret, esperaba más de ti. -El arlequín se encogió de hombros.

-Hazlo por honor. -Fue al mostrador, trajo otra bebida espumante y se la tomó en segundos- Luego pegó un tremendo eructo.

-Descansaremos, por la mañana partiremos. -Y me miró a mí-. Espero que tengas razón, porque si matamos humanos defendiendo a los lomantes y resulta que los humanos eran inocentes te colgaremos a ti. ¿Qué dices?

-Me juego, acepto. -Me tendió la mano y se la estreché.

-Partiremos al amanecer. -Y se marchó a hablar con sus hombres.

 

Figaret me dijo:

-Espero que no te equivoques.

-¡Tú también apoyaste!

-Sí, pero espero que no te equivoques. Espero que no te equivoques porque conozco la fama de los blancos, son unos guerreros temibles. Y son justo quinientos guerreros, que equivalen a mil de cualquier otros soldados. Los mismos bárbaros del norte les tienen miedo, tienen fama de que no pueden morir.

-Figaret, obviamente eso es un mito.

-Yo lo sé, pero los bárbaros del norte no y la gente de las aldeas tampoco. A propósito, tengo hambre, ¿me acompañas a comer algo?

-Sí.

-Pero no aquí, vamos a una posada más tranquila y después me voy a acostar. Solo. Hoy no tengo ganas de compañía.

Quise hacer una burla:

-¿No hay ninguna mujer casada cerca?

-No, no bromeo, quiero estar lúcido y descansado, mañana tenemos bastante que hacer. Sólo digo que espero que sea cierto que los lomantes sean los inocentes.

 

Cenamos y me fui a acostar. Apenas podía dormir y me molestaba, porque al día siguiente estaría hecho una ruina y había que galopar bastante. Y luego enfrentarse a una batalla.

 

Gracias por escucharme.