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Psicoauditación - Walter |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión 12/08/2025 Gaela, Constantino Olazábal Sesión 15/10/2025 Gaela, Constantino Olazábal Sesión 22/12/2025 Gaela, Constantino Olazábal Sesión 23/12/2025 Gaela, Constantino Olazábal Sesión 24/12/2025 Gaela, Constantino Olazábal Sesión 12/02/2026 Sargón, Valsartán Sesión 09/06/2026 Lodal I, Doménico Fornato Sesión 10/06/2026 Lodal I, Doménico Fornato Sesión 11/06/2026 Lodal I, Doménico Fornato Sesión 12/06/2026 Lodal I, Doménico Fornato
Sesión 12/08/2025 Sorpresivamente fue visitado al despacho una joven con intención de plantearle unir estrategias para las líneas de especialidades que la empresa de cada uno fabricaba. En un momento dado se encontraron elaborando algo más específico.
Entidad: Como muchas otras veces Clayton me había dejado su despacho en el Náutico. Golpearon la puerta: -Adelante. -Entró un joven. -Mi nombre es Raimundo, Raimundo Peñaloza, me contacté con su hijo Andrés y me dijo que lo encontraría aquí. -Está bien -le dije-. En qué te puedo ayudar. -No es para mí, señor Olazábal, quería presentarle formalmente a la empresaria Karina Milano. -Se asomó la joven, bellísima, verdaderamente bellísima, ya la había visto con su familia. Me dirigí al joven: -Gracias, Raimundo. ¿Por ti puedo hacer algo? -No, no, solamente quería presentarle formalmente a la señorita Milano. El joven se retiró y Milano se acercó a mí: -¿Cómo está, Constantino? -Me sorprendió su confianza, su seguridad.
Sonreí: -Bien. ¿Cómo estás tú, Karina? -Perfectamente. -¿En qué te puedo ayudar? -En hacer negocios. -Tengo entendido que tu padre, que ya volvió con la delegación a Liziana, han hecho contactos con gerentes de mi empresa. -Sí, pero no es lo mismo. -Explícate, por favor -le pedí.
La joven, que me impactaba con sus ojos, su rostro, me dijo tuteándome: -¿Y sabes por qué? -No, dímelo tú. -Porque he montado una empresa aquí, en Plena, en Ciudad del Plata, no es independiente de la empresa familiar pero ésta la manejo yo. Y como tú, Constantino, tienes una gran empresa aquí podríamos de alguna manera ver cómo podemos complementarnos. -Explícate -le pedí. -Claro. Nuestras empresas se dedican a especialidades, por así llamarlo, pero en mi caso estoy trabajando en proyectos nuevos y sé que tú estás trabajando en proyectos nuevos distintos a los míos, ¿pero por qué no fortalecer los lazos de las empresas asociando ambos proyectos? -¿Y tú que ganas? -Lo mismo que vas a ganar tú, dinero. -Bien -le respondí-, tendríamos que hablar con nuestros técnicos, que se contacten entre ellos. De mi parte doy permiso a que mis técnicos develen lo que pueden develar. Y bueno, tú harías lo mismo, que den la información que puedan dar. Y si esos técnicos están de acuerdo, entonces mediante escribanos firmaríamos un contrato únicamente por estos nuevos proyectos. -No tengo problemas -me dijo la joven. -Bien. Pásame por favor todos tus datos yo te pasaré los míos. -Bien. Entiendo que tienes varios teléfonos en tu empresa y también tienes un teléfono personal, ¿podrías dármelo? -Sonreí. -¿Y el personal para qué, señorita Milano? -El personal para poder contactarme contigo, señor Olazábal.
Se acercó más a mí y me sorprendió enormemente, mi sillón por supuesto tenía ruedas, lo apartó un poco del escritorio y se sentó sobre mis rodillas, prácticamente se sentó sobre mis piernas. Acercó su rostro al mío y dijo: -Además, si vamos a ser socios en los nuevos proyectos, ¿por qué no podemos tener un mayor acercamiento?
En ese momento tenía unos deseos enormes de acariciarla, besarla, pero con toda mi fuerza de voluntad le dije: -Qué edad tienes, la edad de mi hijo mayor Andy. ¿Sabes qué edad tengo yo? Puedes tranquilamente ser mi hija. -O sea, no te gusto. -No te hagas la lista conmigo, me gustas muchísimo pero para ti soy una persona mayor, no me digas que yo te gusto más que cualquier chico del Náutico. -Son imberbes. Me gustan los hombres mayores que tienen más experiencia. -Me acarició el cabello, acercó su boca a mi oído y me dijo: -Y honestamente, lo que yo busco es experiencia en la parte laboral y también en la parte íntima.
Cogió con una mano mi rostro y me besó muy suavemente los labios, no apasionadamente, suavemente. Y me produjo, ¿cómo decirlo?, como que una electricidad recorriera mi cuerpo. Y obviamente, mi voluntad la deleteé y en ese momento le di un beso apasionado, muy apasionado.
Se separó de mí y se paró. Me sorprendí: -¿Te vas? -No. -Tomó el pestillo de la puerta y lo aseguró. -Aquí no va a entrar nadie. -Veo que el sillón tiene una palanca, ¿para qué? -Sabes para qué, tiene tres posiciones: sentado, reclinado y casi reclinado del todo. -Muy bien. -Ella misma tomó la palanca, con la otra mano presionó mi pecho y me hizo inclinar casi acostado y se puso encima mío-. ¿Entonces cómo seguimos? -¿Te das cuenta, Karina Milano, que esto es solamente un momento? -¿Por qué? -me preguntó ella. -Por la edad. -¿Qué es lo que te preocupa, que nos miren, que digan 'Mira este señor con la niña'?, no soy una niña. -Como dije antes, tienes la edad de mi hijo mayor. -¿Acaso él dirá algo? -Ellos se preocupan por mí en ese sentido, se preocupan sí, de que estén bien, pero no de lo que haga. El tema es... -¿Por qué no dejas de hablar? -Y dejé de hablar-. ¿Hay una luz más tenue? -Sí, aquella lámpara del costado. -Se iba a levantar-. No, no, la manejo del escritorio.
Presioné un botón, encendí la lámpara que apenas iluminaba el recinto y apagué la luz grande del techo, y en penumbras continuó la acción. En ese momento me vi completamente transportado y por momentos me paralicé. -¿Qué pasa, te sientes intimado o eres demasiado mayor para responderme? -¡Je, je! No, no es por eso, es porque no lo puedo creer, que estemos por hacer el amor. -Bueno, ¿qué pasa si dejas de pensar, Constantino, y te dedicas a la acción? Y fue lo que hice. Sesión 15/10/2025
Se encontraba bien con un amigo y se explayó con él conversando de temas muy particulares, muy personales, acerca del comportamiento que se puede tener con personas del sexo opuesto.
Entidad: Lo pasé a buscar a Rogelio Moreno a su casa, se sorprendió. Le digo: -Mira, tardarías desde aquí una hora y media por lo menos en bus, vamos en mi coche. -La verdad, Constantino, no te esperaba, me imaginaba que nos veríamos allí. -Quédate tranquilo, en el viaje conversaremos. -Tardó más o menos media hora en asearse y cambiarse. Y le dije-: ¿Te das cuenta? Ese traje te queda a medida. Te lo envié ayer. ¡Qué ojo que tengo! -Rogelio se reía. Me dice: -Por un lado me da pudor... Le digo: -Pudor es otra cosa. Aquí simplemente es un favor de amigo a amigo, aunque nos hayamos visto una sola vez aparte de hoy.
Y viajamos para el club Náutico en el norte. Me dijo Rogelio: -Había una tal Yáñez... -Sí, en realidad había dos. Una de ellas, como te había comentado, seguía no sé si queriendo o sometida, al exmarido. ¿Y para qué? Para que la siga sometiendo. Después me comentó que no se sentía segura conmigo, que había diferencia de clases. En fin, no... no congeniamos. -Y había otra señora. -Sí, más joven. Pero no quería. Eso me lo dijo a lo último, porque es como que dan vueltas y vueltas. -No entiendo, Constantino, vueltas y vueltas. -Claro, como que dicen una cosa, después te dicen otra y otra, hasta que al final dijo la verdad: "No estoy preparada para un compromiso serio". Y yo pienso que la espanté. -No entiendo. -Claro, Rogelio, soy uno de los tres empresarios más grandes de Plena y ella habrá pensado, "¿Por qué se va a fijar en mí?, a los pocos meses se cansará". -Entiendo -dijo Rogelio-, como si tuvieras a todas las mujeres a tu disposición. -Te lo había comentado, no... no soy una persona que... o sea, me gusta alguien y bueno trato de tener una relación seria. No, no soy como este Jean Lebreté que conoce a todas las mujeres. Bueno, a todas no, ¡je, je!, a casi todas las mujeres del Náutico. Lo que me pegó muy fuerte fue lo de Karina Milano. -¿Por lo que me has contado? -Por lo que te he contado de que me sorprendió que viniera al despacho que yo ocupaba cuando no estaba Clayton y prácticamente, si hubiera sido yo y ella hubiera sido la que estaba en el despacho, ¡je, je, je!, la sociedad lo hubiera tomado como acoso. En este caso obviamente la sociedad tiene otra manera de ver las cosas. De todas maneras me agradó "que me acosara", ¡je, je, je! Y bueno, llegamos a intimar y luego se fue. Y dijo: "Bueno, estamos en contacto, hasta podemos hacer negocios entre ambas empresas". Luís Alberto Démez y luego mi hijo Andrés me alertaron de que la habían visto con Lebreté y luego con otra persona fuera del Náutico. Y primero me resistía a creerlo, digo "No puede ser, no, no puede ser, no, no me imagino"-: Andy me dijo, mi hijo, ¿no?: "¿Por qué no le preguntas?". Me pasó algo muy raro... Rogelio me miró intrigado: -¿Raro, en qué sentido? -Puede ser una estupidez, pero es como que ella cometió, no digo adulterio, ¡je, je, je!, ni siquiera éramos pareja, tuvimos una relación ocasional, pero me dio como pudor preguntarle, como que yo hubiera sido pescado en evidencia y no ella, ¡je, je, je! Me dio como... como temor de escuchar su respuesta, me respondió de una manera muy calmada, como si estuviéramos hablando de comer afuera, de ver una película. -Exactamente qué te dijo. -Exactamente, Rogelio no me lo recuerdo, solo sé que dijo algo como que "¿Firmamos algún papel, nos prometimos amor eterno?". -¿Y qué le respondiste? -No, no le respondí, me la quedé mirando. "¡Ay, Constantino, Constantino!, con la edad que tienes y no has crecido". -¿Qué quiso decir? Lo miré a Rogelio, sin descuidar la vista de la calle: -Me quiso decir que reaccioné como un niño. -Bueno, pero si a mí me hubiera pasado lo mismo, Constantico, me hubiera molestado mucho. -No, no soy de molestarme, si supieras cuántos años aguanté con un matrimonio donde vivía torturado, donde la otra persona se hacía la víctima... Esto fue más que nada para mi ego. -¿Cómo? -Claro, imagínate, mi edad más cerca de los cincuenta que de los cuarenta y cinco y de repente una chica de poco más de veinte está contigo. Y bueno, tú te preguntas, "¿Pero vaya yo he logrado esto?". En realidad no he logrado nada, nada, es como que yo fui una persona más en su vida o a lo mejor quería probar, como dice ella, con un viejo. Rogelio me preguntó: -¿Acaso tú te consideras viejo? -Para nada, tengo un estado atlético envidiable, me siento bien. Pero la otra tarde en el club hablando es como que mi mente se descalibró, creo que eso se entiende. En un momento dado a Karina le dije Notari, que era la chiquitita esta de ojos verdes. -Pero eso le pasa a cualquiera -dijo Rogelio. -No, no, no le pasa a cualquiera, yo soy una persona muy cerebral. Pero evidentemente, no digo celos, porque celos se puede tener de una pareja de mucho tiempo, ¿pero de una relación ocasional? Pero sin embargo es como que pegó al hígado. -No entiendo. -Claro, como que me dio fuerte. -¿Pero acaso estabas enamorado? -No, nadie se enamora de un día para el otro, a la persona hay que conocerla. Sí, me había deslumbrado, tengamos en cuenta que es bellísima. Hay chicas lindas. Hay una chiquitita que es repeligrosa, que se llama Serena, es jovencita, bonitísima, jovencita como esta nueva Adriana Notari, la que tiene el hermano este que piensa que al Náutico va gente vulgar. -¿Por qué es peligrosa? -Porque Serena vendría a ser Jean Lebreté como mujer, y capaz que lo que voy a decir es una especie de machismo, pero no de Constantino Olazábal, de mi persona, de la sociedad, y la sociedad en general es machista, y honestamente uno se cría machista por la familia, por los amigos. -Explícate. -Te lo explico. Jean Lebreté muchos le envidian, es un ganador, es un winner a pesar de que muchas dicen: "Estuve con él y es un maestro en las relaciones, pero lo hace todo en forma automática". -¿Pero las deja conformes? -Sí, Rogelio, pero es como que estuviera actuando, no disfrutando, más de uno lo comentó. -¿Y él qué dice? -A él no le importa, a él no le importa. -Bueno, ¿pero por qué el caso de Serena es distinto? -Porque a ella no la aplauden como a Jean Lebreté, comentan por lo bajo otras chicas y varones también: "Mira, Serena se arrastra con uno, se arrastra con otro". -¿Qué es arrastrar?, ¿a qué le llamas arrastrar en el coloquial vuestro? -A que, no sé cómo explicarlo, a que se rebaja de categoría al estar con varios, como que dices, "Qué pena tan linda y va con uno y con otro". En cambio a Lebreté no le dicen: "¡Uy! Que apuesto, que pena que esté con una chica y después con otra". No, él es un ganador, en cambio a Serena la ven como algo que nadie se comprometería, algunos ni siquiera para una vez. Y eso es la sociedad machista en la que vivimos. Te voy a contar una confidencia; un amigo que hace mucho tiempo que no veía, más grande que yo, debe tener ahora como sesenta y cinco casi setenta años, ya tiene un varón y una mujer, dos hijos ya que le dieron nietos, pero cuando estos chicos eran chicos, llegaba el hijo a la casa: -¿Dónde estuviste? -Estuve con Isabelita, en el departamento de ella. -¿Y? -Bueno, tú sabes. -¡Ah, ese es mi hijo, un ganador! A la media hora llegaba la hermana, la hija de este señor: -¿Dónde estuviste? -En lo de Mecha, estudiando, mañana tenemos que rendir examen. -Seguro, ¿no? ¿Seguro que estuviste en lo de Mecha? ¿No habrás estado por ahí, no? Y él mismo me lo contaba. -¿Y qué le respondiste? -Nada, no, no, no le respondí nada, pero en el fondo pensé, ¿por qué esa diferencia?, el hijo estaba con una chica y "¡Oh! Te felicito". La hija, pobre, estaba estudiando con una amiga y el padre dudaba si era cierto: "No sea cosa que te vayas por ahí con alguien". Bueno, eso es machismo puro, eso es machismo puro. Hace rato que no lo trato a ese hombre. Además, no..., no comparto su manera de ser, no no comparto, yo me siento cómodo con gente que piensa como yo. Pero no me mal interpretes, no me mal interpretes, Rogelio, yo puedo compartir mil cosas con gente que piensa distinto, soy amplio de criterio pero cuando son tan exacerbados en el tema del machismo, aclaro, lo mismo pasa con las mujeres ultra feministas; una vez el bus venía lleno, yo tendría la edad del más chico de mis hijos y viajé en bus, y había un pobre hombre todo con la cara sucia, un mameluco, se ve que sería algún electricista, algún plomero y llevaba una bolsa muy pesada y se sentó y vino una señora de compras, de estas que tienen dinero y compran cualquier tontería, y sube al bus y lo mira al obrero y dice: "¡Ay!, que poco galantes que son los hombres que no dan lugar a una dama". Y en ese momento pensé, y disculpa mi lenguaje grosero, esta tipa viene de hacer compras porque en la casa está aburrida con los dos perritos tontos que tiene y el obrero viene de trabajar ocho o diez horas molido, extenuado, ¿y por qué le va a dar el asiento, porque es mujer? Bueno ese tipo de feminismo no lo soporto, como tampoco soporto que si yo le abro la puerta para que una dama pase, lo menos que espero es un gracias y no que te ignoren como si fuera una princesa y tú su edecán, los dos extremos no me gustan. Y en mi caso no me gustó mi persona, en cuanto me enteré lo que hizo esta Milano de salir con otras personas. Yo digo "me transformé yo también en alguien que no me gusta, en un machista". Y eso es lo que me molestó, no el que yo me haya enterado. Después se lo aclaré a mi hijo mayor, que es el que más me debatía. -¿Y qué te respondió? -¡Je, je! ¡Ay! Andrés me respondió que gracias a él yo entré en razón. ¡Je, je! -¿Y fue así? -No no no, yo mismo me di máquina. -¿Cómo te diste máquina? No entiendo. -Claro, en el coloquial significa: empecé a trabajar la cabeza, la cabeza, una vez y otra vez hasta que superé la cosa. Pero el día que nos conocimos, que Clayton hacía de camarero, ¡je, je, je!, es como que me volvió todo el recuerdo y ¡uf!, y mi mente quedó un torbellino al punto tal de confundirme los apellidos, que a la Milano le dije Notari. Y entonces me di cuenta, "¿pero será posible?, todavía no se me pasó". O no es machismo o es pudor de que en el club se enteren de que esta chica me usó. Y después el machismo me jugó a favor mío, lo que también está mal. -¿Por qué? -Porque pensé, ¿de qué puedo quejarme?, fui yo el que la usé. -¿Y eso está bien? -No, Rogelio, eso está mal porque ninguno tiene que usar al otro, ninguno tiene que usar al otro. Ya estamos llegando así que disfrutemos, hay chicas nuevas, está Gema Torrent... -Constantino -me dijo Rogelio-, creo que tiene veintitrés, o sea, no sea cosa de que te vuelvas a encandilar. Lo miré, hice una mueca que parecía una sonrisa. -Yo no voy a decir de esta agua no he de beber, veremos cómo se presentan las cosas. Y si no se presenta nada por lo menos escuchamos buena música, tomamos unos tragos, medidos por supuesto. Te juró que jamás, jamás tomé de más como para que me tuvieran que llevar en otro coche, nunca. Ahora, si yo a la noche tomo un par de bebidas blancas ya no manejaría, me pediría un coche y mi coche lo dejo en el estacionamiento. En este caso son muy prudente, muy prudente. Ni siquiera con una medida chica de whisky manejaría. Y eso se lo digo a todos mis conocidos. -Eso está bien -me dijo Rogelio. -Bueno, estamos llegando. Prepárate, igual primero vamos a tomar algo. Tranqui, al mediodía casi no almorcé. Rogelio me dijo: -Yo tampoco, estaba nervioso por lo de la noche. -Bueno, comamos unos sándwiches tostados y disfrutemos.Sesión 22/12/2025
Todo fue urdido por una competidora empresarial que deseaba ser la primera fortuna en Saeta, supo que fue ella quien preparó todo. Quedó arruinado, perdió su patrimonio empresarial. Ahora se encontró con ella, quería saber cómo se podía ser tan malvada.
Entidad: Busqué la dirección, causalmente era un edificio enorme casi tan grande como el mío y quedaba solamente a diez calles de mi empresa. Entré me hice anunciar en recepción. Les dije: -Soy Constantino Olazábal, tengo tratados de comercio con la señorita Milano. -Un segundo. -No habló adelante mío, fue a otro mostrador, cogió el teléfono, asintió. Y me dijo-: Lo espera en el piso treinta.
Mientras iba en el ascensor pensaba: "No pensé que tendría el coraje de recibirme". La puerta del despacho estaba abierta, no golpeé, directamente entré y la vi. -¿Cómo estás Constantino? -No le respondí. De verdad era hermosa, pero era más venenosa que una víbora. Me senté frente a ella en el escritorio. -¿No tienes miedo que coja tu cuello con mis manos y apriete? -No, no te creo capaz, además tengo un botón y tengo cuatros guardias de seguridad en el piso, que no podría ni siquiera con uno de ellos y te harían pedazos, y yo alegaría que fue defensa propia. Además, te busca la policía de Costa Norte y también la de capital. Además, se contactó conmigo una jueza, se contactó también con Clayton y se contactó también contigo. -Conmigo no se contactó nadie. -¡Ja ja ja! ¡Ay, Constantino!, ¿de verdad te piensas que cuando estuve contigo y tú debajo de mí teniendo intimidad lo hice porque me interesas? -Eso ya pasó. Lo que no entiendo es..., yo no estaba en el club Náutico, Clayton tampoco estaba en el club Náutico. -¡Ja ja ja! ¡Ay los varones, los varones! Piensan que son superiores a nosotras, todos piensan que la inteligencia es hacer fórmulas matemáticas. Hay otras maneras de ejercer la inteligencia. -Sí, con maldad, como la tuya. -El tema es así: tú eras un estorbo para mí. -¿Por qué? -De verdad que no tenía ningún problema en hacer tratados contigo, no. En este momento estoy en cuarto lugar, sé que no voy a llegar el primero, y sé que Lebreté tiene más dinero que tú. Y mi idea era pasarte y lo hice, hay unos terrenos en el Delta, pasando Costa Norte, que me interesan muchísimo, e indagando por aquí, indagando por allá supe que hablaste con varios dueños, porque tu idea era poner un centro gastronómico enorme, no para competir con el club Náutico para nada, pero también pondrías piletas, también pondrías un gim con los nuevos aparatos... ¿Y qué cosa?, yo también había ofrecido una cifra pero que era inferior a la tuya. Y me puse a pensar, ¿cómo lo saco de encima a este tipo? Le pregunté: -¿Intimando conmigo?, ¿haciendo que me enganchara contigo? -No no no no, no me interesa eso. Al día siguiente estaba saliendo con Lebreté, que si bien es un autómata haciendo el amor es diez veces mejor que tú, tal vez por eso tu mujer se quiso divorciar. -No me ofendes, yo sé quién soy. -Además, me di el gusto de estar contigo, ¡bah!, por el tiempo que has durado... -Insisto, no me ofendes. La policía me vino a buscar a la empresa, tengo orden de captura por una jueza, el propio Clayton declaró en contra mía. Yo sé que él no estaba, él estaba cruzando el río en nuestro país hermano, en la república del Monte, una república pequeña prácticamente a trescientos kilómetros de Ciudad del Plata.
-Sin embargo todos, hasta su actual novia, Casandra, asegura que estaba Clayton. -¿Cómo es eso?, no puede estar en dos lados. -Está bien, podría ser que no hubiera ido al país vecino. -Yo no puedo hablar por Jorge Clayton, pero sí puedo hablar por mí, yo no estuve. -¿Tienes algún testigo, querido Constantino? -No, yo vivo solo, mis hijos están en la empresa y Pocho anda en otra cosa. -Yo ya sé en qué anda Pocho. -¿Ahora tienes sarcasmo? A Pocho déjalo tranquilo. -Mi amorcito Constantino... -No me afecta tu ironía. -Tosió. -¡Epa! Te has atragantado, se ve que la edad ya te pesa. -¿Edad? Tengo cuarenta y seis y honestamente físicamente estoy mucho mejor que alguno de los chicos de veinte que van al Náutico. -Te engañas a ti mismo. Y te voy a contar lo que hice, hay una zona en la parte vieja del centro que hay varios teatros incluso en subsuelos, son actores que trabajan por monedas, ¡je!, que no los conoce ni la madre, visité cuatro teatros me quedé viendo las obras, que honestamente eran una basura, hasta que fui al quinto teatro y ahí había dos personas, una que tendría tu edad y otra que rondaría los veintiocho años más o menos, esperé que terminara la obra y a uno de los acomodadores le dije, haciéndome la sensual: -Mi nombre es Karina, puedo visitar a los actores que me han deslumbrado y como yo soy una chica de fortuna, puedo contratarlos. -El acomodador viendo que podía tener parte de la mordida, como dicen en lenguaje coloquial de Plena me llevó.
El hombre era de tu estatura, cabello obviamente más oscuro, menos barba, y el joven era bastante apuesto pero con un cabello demasiado abultado, mal peinado con raya al medio, parecía un idiota. Y les dije: -¿Quieren ganar plata? -Los dos me miraron, pero no intrigados por la plata sino porque se deslumbraron por mi físico y mi rostro, reconozco que soy bonita. -Deja de alabarte. Sigue contándome. -Bueno, bueno, tranquilo, tranquilo, no te preocupes ya voy a llegar al tema. -¿Tienes alguna obra para darnos? -No, no en teatro, pero hay una pequeña fiesta sorpresa en el club Náutico. -Vaya, ¿Tú eres socia del Náutico? -Soy empresaria, mi nombre es Karina Milano. -¿La Karina Milano? -Sí, esa, la que vino de Liziana, y que es una de las mayores fortunas de Plena. Mi padre vino, pero como mi padre tiene pocas luces volvió a Liziana. Yo le dije: "Si quieres ir, yo mi dinero lo voy a traer para Plena porque estoy olfateando que hay problemas con la Orden del Rombo, ya han intervenido en Mágar, parece que también en Saeta y no quiero que en Liziana pase lo mismo", y traje mi platita para aquí. Y mi platita son miles de millones. -¿Qué tendríamos que hacer? -dijo el mayor. -Actuar, pero se van a tener que caracterizar. Tú -le dije al más joven-, ese peinado te hace más bobo de lo que eres. -Frunció el ceño. -No tienes porque insultarme. Abrí la cartera y saqué un fajo de billetes. -Mira, ¿te has quedado sorprendido? Bien. A partir de ahora sólo vas a abrir la boca para decir 'Sí' o 'No'. -Sí, señorita. -Muy bien. -Y lo miré al mayor-. Y tú lo mismo, salvo que la platita no les interese. -No no no, señorita Milano, nos interesa y mucho. ¿Qué hay que hacer? -Es una fiesta, y no es que sea de disfraces, va mucha gente de sociedad, pero muchísima, ¿eh? -¿Y nos va a contactar con ellos? -Parece que no han entendido, solamente digan 'Si' o 'No'. Y no, no los voy a contactar con nadie, solamente van a estar en contacto conmigo. -¿Y qué tenemos que hacer? -Bueno, hay un señor... -Y le di tu nombre al más grande y le mostré una foto tuya-. ¿Puedes imitarlo? -Sí. -Bien, tienes que... Yo te voy a recomendar un buen peluquero que te tiña más canas. Tienes una semana. No te toques la barba, el mismo peluquero después te la va a recortar como la imagen de la foto. -Y miré al menor-: Y tú, bueno, en estoy días evita comer, solamente verduritas porque estás pasado de kilos. El otro a quien tienes que imitar se llama Jorge Clayton y debe estar en los setenta y ocho kilos, tú debes estar arriba de los ochenta y cinco y se te nota la pancita, así que, querido, sólo verduritas. Ahora, si en cuatro días veo que no has bajado un kilo se pudrió todo, no van a ver ni un centavo. -No no no, perdón por hablar, pero yo me voy a ocupar de mi compañero, comemos juntos, vivimos en un cuartito chiquito juntos. -Espero que no sean pareja, ¿no? -No, no no no, nos gustan las chicas, y si son como tú mejor. -Bueno, soñad, soñad, quizá tengo alguna mucama atractiva que pueda también ofrecerles, porque el dinero mueve al mundo. -Le mostré al menor la foto de Clayton-. ¿Puedes imitar a Clayton? -¿Clayton es el señor Clayton?, lo vi un par de veces. Pero no, tiene la cara más delgada y es más atlético y además tiene un poco de entradas en la frente y su peinado es más achatado. -Bueno, irás a una sauna todos los días, yo te lo pagaré, te haré bajar de peso sí o sí, y de verdad que comerás solamente verduras. Y nada de bebidas edulcorantes, agua, menos alcohol. No, sé que les gusta, no sé por qué la gente más humilde toma más alcohol. -Señorita, nos estás prejuzgando. -Solamente digan 'Si' o 'No'. ¿Irás a la Sauna? -Sí, señorita. -¿Beberás alcohol? -No, señorita. -¿Sólo agua, niño? -Sí, señorita. Lo miré al mayor: -¿Y tú? -Igual, señorita. -¿Igual? Habla, habla. -No no, que yo también me cuidaré, no beberé ni una gota de alcohol. ¿Hay algún libreto? -Sí, tengo un libreto. Además tengo un joven que es ayudante mío que es vocalista, les va a enseñar a hablar mejor y a cada uno de ambos que pronuncien correctamente, y tú -al más joven-, hablarás como Clayton. De todas maneras hablarás lo justo. Y tú hablarás como Constantino, que como tiene pocas luces no te va a dar trabajo.
Constantino. La miré y le dije: -Entonces no me buscan a mí, los buscan a estos dos actores. -¿Qué actores? No hay ningún actor. -Me has dicho que has contratado. -Yo no dije nada. -Pero me enteré de que han atacado a Luís Alberto Démez. -Bueno, siempre hay alguna víctima en una telenovela. -¿Y Pocho cómo se prestó a eso? -¡Ah, ja ja ja! ¡Aaah, ja ja ja! Yo tengo mucha gente que investiga a mis conocidos, Pocho se hizo amigo de un joven que vino del país detrás de la cordillera, de Arrebedo, se llama Diego Ventura, y aparentemente es un joven que le gustan los jóvenes. Y tu hijo, Paulinito, que se hace llamar Pocho, siempre estuvo metido con Cuca o bajo las polleras de tu exesposa, y lo criaron débil, flojo, con baja estima y con ese carácter. Como vio que no tenía suerte con las chicas empezó a ver de otra manera a Diego Ventura, hasta que un detective amigo mío le sacó como quince o veinte fotos yendo al departamento de Pocho tomados de la mano y besándose en la calle. Obviamente lo amenacé a Pocho, le dije, "Si no haces lo que te digo no solamente se va a enterar de tu condición el Náutico sino también el Hípico, toda Costa Norte, y voy a mandar gente que en la empresa de tu padre sepan que tienes novio. -Eso es una crueldad extrema... Además, Pocho no tiene una inclinación homosexual. -Yo no digo de que la tenga, entiendo que él es una persona activa, pero hay un refrán que dice: "A falta de pan buena está la torta frita, que es más dura pero se puede comer igual". -¿Y eras capaz de hacer eso? -Por supuesto, por supuesto. Y le prometí a Pocho que una vez que cumpla su papel no sólo rompía las fotos sino que le daba la cámara del detective para que él mismo rompa el rollo o lo queme, y no habría habido más pruebas. Tu otro hijo Andrés no sabía nada. -¿Pero Andy cómo puede confundirme con un actor de segunda? -¡Ay, ay, Constantino! Estaba todo iluminado, era de noche. ¿Pero qué luces tenían las lámparas? Luces azules, luces rojas. ¿Qué iluminan si los rostros están casi en penumbra? Incluso como hacía calor todos en el jardín tranquilos cerca del embarcadero, es fácil confundirse. Y estos actores, no de segundas, de cuarta, hicieron su papel y les pagué, y les di bastante dinero. Y les dije: "Me firman antes de darles la plata, porque una vez tienen la plata se van". Me hicieron una declaración jurada con un escribano amigo mío. Obviamente la interrumpí: -También corrupta y también corrupto el escribano. -Sí, todo sea por ganar. En esa declaración jurada reconocían haber hecho ambos roles, el tuyo y el de Clayton, y ese papel no lo tengo aquí porque lo primero que van a buscar en el caso de que tú quieras denunciarme es una caja fuerte. Y no, el papel lo tiene el escribano, a quien le pago muy bien. Y a propósito, Constantino querido, no es de mi empresa porque es el primer lugar donde irían a buscarlo, no lo tengo ni siquiera en mis contactos, pueden ver mi agenda, los únicos dos escribanos que figuran son los que están en mi empresa. El otro, chi lo sa. Entonces, los tontos firmaron, se llevaron, como se dice en Saeta, su buena pasta y les dije que desaparezcan, que se vayan a algún lugar remoto de la provincia o que se vayan a Arrebedo o algún país del centro del continente. -Sí... ¿Y los pasaportes? -¿Cómo puedes tener cuarenta y seis años y ser tan tonto? Tengo contactos de todo tipo, gente que falsifica documentos de identidad y pasaportes con nuevos nombres y fotos actuales; pueden viajar donde sea que no los va a encontrar nadie. -¿Pero tú sí sabes cómo se llaman? -Sí, por supuesto. -Y me dio los nombres-. Pero esto lo sabes tú. -¿Pero el verdadero Clayton está enterado de todo esto? -Ahora sí. -¿Y no te vino a ver? -¿Y a mí por qué? -¿Y cómo no me llamó a mí? -¡Ah!, eso no lo sé. -No me dejes con la intriga. -Mira, tesoro, tengo mucho trabajo. -Se levantó, estaba con una minifalda. La miré-. No, Constantino, no pienses cosas raras, además en este momento me odias, no puedes desearme porque me odias. Además, si yo cediera a alguna tentación podrías ahorcarme y no tendría tiempo de apretar el botón de seguridad. -Pero la cosa siguió, cuéntame. -No, hoy no, hoy de verdad que tengo mucho que hacer y no aquí, en otro lado el cual no tengo por qué decirte. Pruebas no hay ninguna. Así que, queridito, ve a esconderte en algún hotel barato hasta que te encuentre la policía y te lleven al juzgado, seguramente la jueza ya habrá hablado con Clayton. -Pero además comentan que yo le debo mucho dinero a Clayton, lo cual no es cierto. -Bueno, eso es lo que dijo Clayton. -¿Qué Clayton?, el actor de cuarta. -No sé de qué estás hablando. Lo que yo sé es que tú querías matar gente. Además de que eres un fraude, además de que tu empresa van a entrar en quiebra. ¿Y quién va a salir ganando?, yo, la señorita Milano. Y ahora, por favor... -Apretó el botón, vinieron dos señores morenos de casi dos metros de estatura y ciento treinta kilos de peso cruzados de brazos-. Nos estamos viendo mañana, si te parece, o pasado. Tienes el teléfono de aquí, puedes llamarme de un teléfono público; porque evidentemente a tu empresa no puedes entrar, al Náutico menos y Andrés seguramente no querrá ni verte. Y Pocho avergonzado lamentablemente queda como cómplice tuyo. -Eso no es justo; ¿estás diciendo que Pocho también puede ir preso? -Pero mi amorcito, él fue tú cómplice. -Cerré los puños, vi los dos gigantes que estaban detrás mío, me levanté del sillón y me marché-. Espera -Me di vuelta-, ¿tienes mi número o quieres una tarjeta? -Tengo tu número.
Y me fui frustradísimo, era una diablesa. Y me ponía a pensar, ¿cómo puede ser que alguna vez tuve la idea de que podía llegar a algo con ella?, fría como un témpano, no sé si corre sangre por sus venas. Bajé, llegué a la calle y me mezclé entre la gente. Sesión 23/12/2025
Consiguió saber cómo había sido preparado y ejecutado el plan de quedarse con su patrimonio empresarial gracias a que también él había tomado precauciones temiendo que algo pasaría. El caso pasó a tribunales y la competidora detenida. Tanto él como Clayton como otros necesariamente usados por aquella persona en aquel caso quedaron exonerados.
Entidad: Pasaron tres días, Karina Milano se pensaba que era muy lista pero a veces, en estas tramas oscuras, siniestras hay detalles que se escapan y que son tan fáciles de descubrir que la propia persona que trama tantas cosas negativas está tan envuelta en su ego que los pequeños detalles pasan inadvertidos en su mente que no le permite ver más allá de ella misma.
Tres días pasaron hasta que fui a verla a Karina Milano por segunda vez. La puerta de su despacho estaba entre abierta, ni siquiera golpeé, entré. -Constantino, te esperaba. ¿Cómo sabes que esto no es una trampa y que te está esperando la policía? A propósito, tengo una duda, ¿cómo has logrado fugarte? -Sonreí. -¿Cómo sabes que soy culpable si tú misma has dicho que has contractado actores que se hagan pasar por mí y por Clayton? -¿Cómo sabes, querido Constantino -me dijo ella-, que no gozo con tu caída? Ya te he dicho que esos actores cambiaron su nombre, tienen pasaportes falsificados que no se les nota una mácula de error. No tienes cómo defenderte, para nada, y además me acuerdo perfectamente la cena cargada de tantas indirectas sobre las deudas que tienes con Jorge Clayton. Recuerdo que luego fuimos al extremo del muelle, lejos de las luces, habían pasado las veintitrés horas cuando hubo una especie de niebla y yo actuando, haciéndome la sorprendida pregunté: "Luís Alberto, ¿dónde está Luís Alberto?". -Todo eso lo sé, todo eso lo sé. Hipotéticamente Luís Alberto había ido a buscar una chaqueta al auto de Jorge diez minutos antes. -Él, supuestamente, me había entregado la llave frente a todos, te conté ya, ¿no?, de que cuando Jorge y Andy fueron a buscarte encontraron el auto abierto, las llaves estaban puestas pero no había rastro de Luís Alberto. Sí, un pequeño franco de sedante veterinario y al lado una mancha de sangre. -Lo tengo perfectamente claro, no hace falta que me cuentes. -Jorge automáticamente cerró todas las salidas hasta aclarar la supuesta desaparición del veterinario, ¡ja, ja, ja!, pero yo soy una gran actriz, yo fui la que engendré el misterio, Luís no se fue por su cuenta, le inyectaron un sedante, están las pruebas. -Lo tengo en claro también. -¿Por qué no pones cara de preocupado? -Porque quizá, querida Karina -le respondí-, el que está disfrutando de esta conversación soy yo. -Por un momento los ojos destilaron incertidumbre, pero al rato volvió a sonreír. -No no, conmigo no, mi plan es perfecto, estaba todo preparado. -¿Jean Lebreté también? -No no, él no. Él escuchó un golpe que venía del hangar número cuatro donde Clayton guardaba las motos de agua. Él no..., no tuve que hacer nada, fue un mero espectador de las circunstancias. Casi todos corrimos al hangar, al abrir la pesada puerta la linterna de tu hijo Andy iluminó el suelo, eras tú, estabas desmayado y atado con cabos náuticos, aparentemente tenías un golpe en la nuca. Tu hijo Pocho gritó, Jean Lebreté miró tu mano, tenías un trozo de tela de mi vestido. Obvio que todos me miraron. -¿Y qué has hecho? -¡Je, je, je! Me reí, los traté de tontos, les dije que tú habías intentado matarme porque descubrí que estabas vaciando una cuenta en común que tenías con Clayton, y como Luís Alberto Démez te vio trató de intervenir; obviamente lo golpeaste, lo subiste a un bote, pero no contabas con que yo sabía defenderme. -Sabes perfectamente que yo no estaba ahí. -Yo no sé nada. -Me contaste de los actores. -¿Yo? No te conté nada, eso es un invento tuyo. -Querida Karina, cuando vine la vez pasada tenía en mi bolsillo un grabador encendido, así que has perdido la partida. -La Milano, valga la redundancia, no se amilanó, sonrió. -¿Cómo sabe la justicia que era mi voz?, ¿cómo sabe que no era una imitadora que tú has contratado imitando mi voz? -Posiblemente la justicia pueda pensar eso. -Yo lo que recuerdo que Jorge Clayton te agarró de las solapas mientras fingías que recuperabas la consciencia, y dijiste "Ya es tarde, queríamos tu seguro de vida". Le dijiste a Clayton que firmaste a favor mío y en ese momento tu hijo desapareció, le cogió pánico y se metió en el río de la costa intentando arrancar un motor fuera borda y al lado llevaba un bulto envuelto en lona. Pero claro, yo ya había preparado eso, sabía que Pocho le iba a coger el pánico y obviamente desconecté el motor. ¿Quién estaba envuelto en la lona? Luís Alberto. No estaba muerto, estaba sedado. Pero tu hijo, tan tonto, tan débil, tan insuficiente trastabilló y cayó al agua del río de Costa Norte, Clayton y Andy saltaron para rescatarlos porque al inclinarse la embarcación Luís Alberto Démez también había caído. Luís Alberto jadeando, mareado, y tu hijo que para mí es una persona insignificante, sollozando. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hijo que tienes! -Eres una tramposa. -Y hay muchas cosas que no sabes, no te puedo decir lo que sé. Al amanecer estaba la policía de Costa Norte rodeando al club, tú y tu hijo fueron escoltados fuera del previo, todavía no sé cómo escaparon de la policía. Pero bueno, es lo que puedo decirte. Tienes que entregarte, contrata a un buen abogado, acepta tu culpabilidad y te rebajaran años de prisión.
-Me enteré después de que Jorge no confiaba en ti -le dije-. Obviamente que él no sabía en ese momento todo lo que planeabas pero sí sabías que si yo perdía mis activos de la empresa no podría hacerte competencia y tus terrenos de la costa se revalorizaban mientras los míos perdían activos, y claro te ibas a aprovechar de comprar desde Costa Norte hasta el Delta todos los terrenos. La verdad que era un juego tremendo. Y es cierto que para vos, Karinita, la reunión no fue social, todos disfrutaban del estatus, algunos tomaban alcohol, pero vos operabas con precisión quirúrgica. Yo lo sé. Ese supuesto fraude mío no fue casualidad, tu tesis, tu hipótesis mejor dicho, era que habías hecho un seguimiento meticuloso meses atrás en todas las notarías de zona Norte, incluso en el Náutico intentaste a acercarte afectivamente a mí. Si querías aprovecharte de mi dinero y apartarme como rival empresario, ¿por qué intimaste conmigo? -La Milano se encogió de hombros. -¿Y por qué no?, me daba igual. -Yo sé muy bien que aparte de tener empresa heredada de tu padre, que tenía en Liziana, aquí también has adquirido varias inmobiliarias de las más importantes, tenías registros de suelos en la zona del Delta y inventaste que estaban siendo utilizados todos los terrenos costeros hasta los de Clayton como garantía para préstamos privados de alto riesgo. No todo es mentira, existe la sociedad offshore que lava dinero: Brisa del Sur, pero sí inventaste lo de la cuenta espejo controlada por mí. Es más, los testigos dicen que abriste mi maletín y había borradores de una cesión de derechos donde la firma de Clayton falsificada me dejaba una gran fortuna. Todo eso es falso, no has encontrado nada, tú has implantado falsas pruebas. -¿Ah sí? -preguntó Milano-, ¿y cómo lo compruebas ante la justicia? Todo te acusa, todo todo todo. -Además, no hay más nada para decir.
Durante treinta segundos nos estuvimos mirando a los ojos, yo sonreía tanto como ella, pero ella no se daba cuenta de nada. -Tu actor que hizo de Jorge hablaba de planes de inversión a largo plazo y el falso Constantino sabía que el fraude saltaría a la vista, pero claro, los demás no sabían lo que pasaba, ni Jean Lebreté, ni Luís Alberto, Pocho temblando y tú llenándole la cabeza a Luís Alberto, porque Luís Alberto me aprecia, y tú le decías: "¿Te piensas que Constantino está quebrado? No es mucho peor, mucho peor, le estás robando el alma a Clayton mientras vos todavía crees que lo adora". -Y ahí apareciste tú con una llave cruz en la mano. -¡Ja, ja, ja! ¿Cuál 'yo', tu actor? ¡Je, je, je! ¿Y qué hice? -Intentaste atacarme en el hangar. Pero yo había activado la grabadora de voz y cada palabra tuya, tu odio por la suerte de Jorge, tu desprecio por Pocho, tu hijo menor, el plan para eliminar a Luís Alberto por haber visto demasiado, todo eso está grabado con tu voz. -Dirás con la voz del actor. -¿Qué actor? Eras tú, esos audios grabados no sólo eran una confesión, eran el retrato de la mente confusa, reactiva, que no sabía para donde ir. -¿Así me imaginas a mí? ¡Ja, ja, ja, ja! Capaz que se sobrepasó el actor, el rol que le diste fue demasiado para ese hombre. -Además de la misma manera que tú dices que si yo te grabé no eras tú, podía ser una chica cualquiera, también yo puedo argumentar ante la ley que tú contrataste a alguien. ¡Ay Constantino, Constantino! A veces estoy tan excitada, pero de placer, ¿eh?, que tengo ganas de poner trabas en la puerta y someterte a mis vicios, y tú los disfrutarías. -Pero si pones trabas, ¿cómo entran tus guardaespaldas si yo quiero ahorcarte? -Es cierto, a veces me dejo llevar por la pasión, es cierto. Yo pensaba que eras una persona mayor tonta, creída, con fortuna y ese supuesto actor que tú dices que contraté, lo cual niego, dijo que tu hijo mayor es un idiota y que no le interesa la empresa. -Bueno, ahí te equivocas, a Andrés le interesa la empresa más que a mí, yo quiero tomarme un descanso. -¡Ja, ja, ja! Me haces reís Constantino, un largo descanso te vas a tomar un largo descanso. ¿sabes que llamé a la policía? No, no lo sabes, en cualquier momento viene para aquí. -Me has ensuciado, le has hecho decir al actor que como Luís Alberto vio las transferencias yo lo quería matar para que no hable. Un accidente en el rio de la Costa y adiós Luís Alberto Démez. ¿Y quién era el culpable?, el otro yo. -Supongo que ahora me estás grabando de vuelta, no tengo problemas que me grabes no hay otro yo, no hay actores contratados, no hay nada de nada de nada. -¿Eso dices?, ¿eso dices? Le has hecho bien el libreto de malvado al contratado, pero te has olvidado de una cosa; Casandra, la novia de Clayton, si bien lo conoce hace poco, ¿cómo no se va a dar cuenta que el actor que lo imita no es él? Es como si alguien reemplazara a Andy, ¿cómo no me voy a dar cuenta por más parecido que sea?, los gestos, aunque tenga la voz parecida... -¿Y qué hizo Casandra? -Llamó del Náutico a la empresa, en la empresa le dieron el teléfono de República del Monte, donde había ido Clayton, el verdadero Clayton, y lo atendió Clayton. Casandra le contó todo todo. Hay pequeños buques que cruzan el río de la costa pero Clayton vino en avioneta, la avioneta privada y en menos de una hora llegó a Ciudad del Plata y me llamó a mí, al verdadero, y no se sorprendió que yo atienda el teléfono y fuimos ambos a ver a la amiga de Clayton, a la doctora Vallejas, es una doctora joven pero ya es jueza en lo penal, una doctora morena muy atractiva pero mucho más inteligente que atractiva, y le contamos detalladamente todo lo que Casandra nos comentó- Es más; disimuladamente le dijimos a Casandra que llame a Luís Alberto Démez, que todavía estaba un poco sedado, le dijimos que se haga el descompuesto -le dijo Casandra-, los demás ni se dieron cuenta, él iba a ir supuestamente al toilette pero cogió el teléfono y habló con la doctora. A todo esto Clayton tiene amigos en la policía federal, en la policía de la ciudad y en la policía de Costa Norte. Hay una policía privada que siguió a estos dos actores. Y te puedo dar los nombres; el que hacía de 'mí' se llama Rolando Montanés y no era tan parecido, tenía otra mirada, el cabello y la barba más oscuros... Está bien, pueden argumentar que me los teñí, pero la cuestión que fueron localizados, permitieron que les hagas los pasaportes. Y el joven parecido a Clayton se llama Jorge Gendler. Obviamente cuando se estaban yendo del país, la policía los llevó en un patrullero hasta el juzgado en lo penal y ahí nos encontramos todos. -Karina Milano estaba pálida. -Eso no es cierto. -Sí, Karina, es cierto, es cierto. El que le hayan quitado la membrecía a mis dos hijos y a mí, eso lo dijo el actor Jorge Gendler, no Clayton. Es cierto que Jean Lebreté tiene una gran empresa pero había hecho algunos negocios turbios. No había pruebas la policía no se metió, no era una persona de interés, pero se tomó un tiempo y se fue a Amarís. Pero no tiene los caminos cerrados para volver al club. ¿Quieres saber qué pasó con tus actores contratados, que ahora no puedes negarlo porque declararon ante le jueza Vallejos?, están en libertad. ¿Y sabes por qué?, porque ambos lo juraron por lo más sagrado, que ellos no sabían que la chica que los contrató, o sea tú, ibas a hacer una jugada criminal, ellos fueron contratados pensando que era una fiesta donde se iba a interpretar una obra de misterio, bastante bien actuada, pero si bien Rolando Montanes se parece a mí, cualquiera nota la diferencia aún en la niebla de medianoche. Lo mismo con Jorge Gendler, otro peinado, un poco más gordo. Él incluso le declaró a la jueza que tú le pediste por favor que en cuatro o cinco días baje de peso porque se iban a dar cuenta de que no era Clayton. Están golpeando a la puerta, es la policía..., y no viene por mí, viene por ti. Dos intentos de asesinato y casi una muerte accidental de Pocho. Que eso sí debo reconocerlo, le falta calle, muy mal criado por la madre, muy débil, muy poco carácter, y el hecho que puedas difundir que él tuvo una historia con el joven de Arrebedo, con Diego Ventura... Estamos en mitad de los años setenta, no estamos en la edad de piedra, ya hay más apertura en lo social.
Entró la policía federal: -Señorita Karina Milano...
Le leyeron las acusaciones, le dijeron que tenía derecho a guardar silencio, que todo lo que dijera podía en el juicio ser usado en su contra y la llevaron detenida. También llevaron detenidos a los cuatro guardaespaldas que estaban al tanto de toda la maniobra sucia. ¿Qué pasaría con la empresa? Yo no soy tan ambicioso como sí lo podía ser Lebreté o la propia Milano, pero le propuse después a Clayton que podíamos comprar la empresa a medias porque sin Karina Milano, cómplice de intento de asesinato, de robo, de lavado de dinero con la empresa Brisas del Sur que opera en la mitad del nuevo continente, la empresa quebraba. Y Clayton piensa como yo. Los empleados de la empresa, obviamente que fueron interrogados, pero ninguno sabía nada. ¿Y por qué dejarlos sin trabajo? Así que conversaría con Clayton y de acuerdo a los montos que cada uno tenga, compraríamos un cincuenta y un cincuenta, o Clayton un sesenta y yo un cuarenta. Lebreté no estaba en este momento, pero con un cuarenta por ciento de la empresa de Milano ya pasaría a ser la segunda fortuna de Plena.
Mi amistad real con Jorge Clayton, con Luís Alberto Démez y con todos los demás chicos del club, estaba más férrea que nunca. Con respecto a Pocho hablé con él, que haga su vida, lo que le haga feliz. Y con respecto a Andy, por momentos dudó si era yo o no era yo el actor Rolando Montanes.
Pasó una semana, la justicia absolvió de toda culpa a los dos actores, los interrogaron con polígrafo no hubo ninguna mentira, ellos estaban convencidos de que era una fiesta social donde iban a actuar. Con respecto a los accidentes de la motonáutica, de Démez anestesiado pensaron que eran otros actores contratados también por esta Milano.
Lo cómico fue cuando Jorge Clayton citó a su doble a Jorge Gendler. Le dije: -Espero que no lo hagas pasar por ti cuando viajes porque no sé si sabe leer y escribir siquiera, te va a hacer catástrofes en la empresa. -No, no, por lo menos para que tenga algo de dinero. En la empresa no pero que trabaje de jardinero en el Náutico. Le pregunté: -¿Y con el más grande, con mi doble? -No, el directamente tenía dinero de Karina, obviamente la justicia le ordenó a los dos que devolvieran ese dinero porque era dinero ilícito. Le pregunté: -¿Y entonces, Jorge? -Entonces yo mismo le di de mi dinero a Rolando Montanes, a tu doble, porque quería irse de Plena. Y a Jorge Gendler, a mi doble que en realidad tiene dos años menos que yo y no tiene mi carácter, es muy risueño, muy bromista, pero conmigo no se juega.
Le dije: -Aquí vas a ganar mucho mejor que en un teatro del centro donde te dan monedas. -Don Clayton, es una pena que perdí el dinero de la señorita Karina. -No era dinero bueno, pero aquí ganarás dinero bueno.
Le pasé una cifra, querido Constantino, y me dijo: -Esto es diez veces más de lo que gano en el teatro. -¿Entonces te quedas de jardinero? -Sí. -Acuérdate: educado, con buenos modos, si la gente te pregunta si está abierta la pileta y tú no sabes, le dices: "Permiso señora" o "Permiso señorita, voy a averiguar". Hasta que le vayas tomando la mano, hasta que vayas tomando experiencia.
Así que volví al Náutico. La Milano presa. Hablamos con la fiscalía, luego con el juzgado, la jueza en lo penal, doctora Vallejos, nos pasó con una jueza amiga en lo civil y comercial y nos dio carta blanca para que antes de que la empresa quebrara, la de Milano, la pudiéramos adquirir. Yo adquirí un cuarenta y Clayton un sesenta. ¿Cómo le pusimos de nombre a pesar de estar en el centro?: "Costa Norte", como recuerdo.
Y no veía la hora de volver al club Náutico, a lo cotidiano, a lo normal, libre de culpa y cargo. La pesadilla había terminado.
Sesión 24/12/2025
En Gaela ya existían ordenadores para grandes empresas pero quería darles un empujón y disminuir su volumen. Pondría a su hijo mayor a desarrollarlos.
Sesión para Walter, grabada el 24 del 12 del 2025 Gaela, las nuevas computadoras personales.
Entidad: Volví a respirar el aire en la cafetería del Club Náutico de Costa Norte, inspiraba profundamente, olía a salitre, a café recién molido y al barniz de los yates, era una mañana dorada de comienzos de 1974 y ahora conversaba con mi hijo Andrés, que era muy maduro para sus 25 años.
Todavía era temprano y la poca gente que había en el lugar me miraba con disimulo, seguro estarían pensando "que malos ratos que habrá pasado el señor Olazábal con la falsa acusación de Karina Milano". No les prestaba atención. Yo era el hombre que estaba intentando convencer a Plena de que el futuro podía caber en una caja de metal con circuitos.
Miré el río de la Costa por el ventanal, frente a mí mi hijo mayor, Andrés, removía el azúcar de su taza con una parsimonia que me ponía impaciente. -Andrés, esto no es sólo un juguete para ingenieros -comenté, golpeando suavemente la mesa con el dedo índice-. El Altair 880 acaba de salir en las revistas de Beta, en la propia Beta, y nosotros aquí en Plena con nuestra propia investigación estamos a un paso de poner una computadora personal en el despacho de cada abogado, de cada médico, de cualquier persona. Andrés levantó la vista: -Papá, sabes que la idea y el diseño original son de Jorge Clayton, que fue quien instruyó a sus técnicos informáticos. -Claro que lo sé, Andrés, pero Jorge necesitaba un socio para que trabajen más técnicos en el tema. -¿Y entonces? -Y entonces, Andy, me propuso unirme a su proyecto. Ahora ambas empresas trabajan en conjunto. ¿Te imaginas, Andy, que cada persona pueda usar un teclado basándolo en una máquina de escribir?, a ello le sumas un monitor... -¿Monitor? -Andrés, un monitor es un dispositivos de salida fundamental, que muestra datos o información de una computadora en forma gráfica permitiendo la interacción visual con el usuario. -Papa, me estás hablando de una pantalla. -Lo miré irónicamente. -Exacto. -Papa, la gente -con todo respeto-, apenas sabe usar una calculadora de bolsillo. -¿Me dices en serio? -Te lo digo en serio -me respondió Andrés con suavidad-. Me estás pidiendo que deje mi puesto en la parte de administración general de nuestra empresa principal para vender sueños de silicio. ¿Y si el mercado no está listo y si somos sólo un pie de página en la historia tecnológica de este país? -Suspiré. A veces me jodía que fuera tan maduro.
Saqué de mi maletín de cuero una placa de circuito impreso todavía con el aroma del estaño fresco, la puse sobre el mantel de lino blanco de la cafetería. -Observa esto -susurré-, no mires el cobre ni las soldaduras, mira la libertad. -¿La libertad? -pregunto Andrés-, ¿a qué te refieres? -¡Ah!, Andy, Andy... Hasta ahora, el cálculo pertenecía a las grandes instituciones que poseen enormes computadores -le expliqué-. Esta idea de Clayton, a la que me sumé, va a permitir que toda persona puede tener un pequeño ordenador. Quiero que me ayudes a democratizar la independencia, a democratizar la misma inteligencia humana. -¡Ja, ja, ja! -Rio Andrés-. ¿Democratizar la inteligencia? Parece que el tema de Karina Milano, y de verdad te lo digo, pa, de verdad, parece que el tema te afectó el cerebro. Estás conversando conmigo, papá, háblame normal, no me hables de democratizar la inteligencia, háblame normal, por favor... -Está bien -Concedí-, no te pido que te ocupes de todo, Andrés, sólo que seas el que entienda el lenguaje del mañana antes de que los demás aprendan siquiera a leerlo. -Y sigues, y sigues, ¿eh? ¿Me estás dando una cátedra?, háblame normal, no hagas que te consiga ansiolítico. Ahora fui yo el que reí: -Está bien -exclamé-, quizás estoy un poco acelerado. -¿Un poco?, vas a 100 por hora. A ver, déjame ver esos circuitos.
Nos quedamos sin silencio mientras el sol del medio día iluminaba más el interior de la cafetería, ya había pasado todo el problema de Karina Milano, esta tranquilidad me valía casi tanto como los computadores personales.
Miré los mástiles de los veleros mientras Andrés observaba la placa. Luego levantó la vista y me miró fijamente a los ojos, no dijo nada pero yo me daba cuenta que Andy reparaba en mi energía, que no la había visto en años. Y comentó: -Entiendo que no se trata sólo de dinero, sino de un legado de innovación. -Por fin me entiendes, a eso me refiero -dije.
Andrés extendió la mano y cubrió la placa de circuito atrayéndola hacia su lado de la mesa: -Está bien, la parte de administración me resulta aburrida, papá, pero si voy a entrar en este proyecto quiero que la interfaz sea más sencilla. Mi primera tarea será simplificar lo complicado. -Explícate -le pedí. -Claro, que cualquiera adolescente pueda entender esta máquina. -Sonreí de verdad por primera vez en meses.
Y llamé al camarero con un gesto decidido: -¡Ernesto! -exclamé-, trae por favor otra ronda de cafés y apunta bien la fecha, que hoy mi hijo y yo hemos decidido cambiar el mundo desde esta mesa. Ernesto me miró: -Si usted lo dice, señor Olazábal, lo apunto en serio -comentó el joven camarero, sonriendo.
Andrés también sonrió contagiado por la chispa que destilaba de mis poros. El futuro era incierto, sí, pero en aquel rincón del Club Náutico bajo el cielo de 1974, nos sentíamos con mi hijo más emocionados y cercanos que nunca. Sesión 12/02/2026
Una raza llamada "Los autómatas" estaba cerca, trataba de absorber los seres físicos convirtiéndolos en seres biogenéticos, ciborg. La entidad relata cómo con el capitán Alexis idearon un virus informático que disparado a sus naves les ocasionaría un caos en su red.
Entidad: Estaba tomando descanso en Torrens, un mundo que quedaba a catorce años luz de Sargón central. No me sentía bien, me había puesto en pareja con una teniente más joven.
Un día ella, Luciana, me dice: -Valsartán, ¿es cierto que te retiras? -Sí, por supuesto, ya tengo edad para retirarme. ¿Por qué? -Ella se encogió de hombros. -Porque mi idea era llegar al matrimonio con un aventurero, con alguien que recorra mundos, con un héroe. -Luciana, no entiendo, estuve años y años y años luchando, y nada menos que con el legendario capitán Alexis, desde que yo era teniente. -Pero ahora estás caduco. -Mira, mis sentimientos por ti son muy profundos pero tengo dignidad, los objetos son caducos no las personas. -Lo siento -dijo Luciana-, mi idea era casarme con un militar en activo, no inactivo. -Que me retire no significa que estaré inactivo, junté créditos, tengo nave propia, podemos recorrer sistemas. -Yo quiero ser la esposa de un héroe, no de una persona que se dedica a pensar en glorias pasadas. -No me voy a extender en eso. La relación se rompió y sentí como que yo ya era, no sé, de verdad una persona caduca.
Pero siempre hay algo que me vuelve a la realidad, y no era algo sencillo, era algo gravísimo, unos seres llamados los autómatas biogenéticos, informáticos como ciborg en naves Cubo habían destruido, en realidad no, se habían acoplado, y apoderándose de la vida de todos los tripulantes, la nave había dejado de ser una nave de Sargón y la tuvieron que destruir.
Viajé inmediatamente a Prima. Pregunté por Alexis, me dijeron que se fue a una cabaña tecnológica. Lo encontré: -Mi querido Alexis... -Me abrazó sonriendo. -Mi querido capitán, Valsartán, así que te retiras. ¡Cómo pasan los años! -No sé -le dije bromeando-, dímelo tú, que ya tienes un hijo adolescente. -Se puso serio. -Ven, te mostraré el lugar.
De verdad era una cabaña tecnológica autosuficiente. Lo acompañaba la capitana Mariana, yo no la conocía, la saludé. Una mañana mientras recolectaba datos de sus sensores atmosféricos notó que el pH de la lluvia había cambiado drásticamente en menos de seis horas, no era ácida por contaminación industrial, no había contaminación industrial ni en Prima ni en Sargón desde hacía siglos, era como una lluvia metálica. Alexis murmuró: -La condensación no debería tener este peso molecular.
Observando una gota en su recolector, al colocar la muestra bajo el microscopio no vio bacterias ni polvo, vio geometrías perfectas, los nanobots de los autómatas estaban lloviendo sobre el planeta pequeñas partículas que se confundían con el vapor de agua pero lo suficientemente complejos para empezar a tejer una red invisible.
Estábamos en el distrito de Horizon, el clima empezó a comportarse de forma errática, la nubes no se movían con en el viento, se agrupaban contra el viento formando patrones fractales que recordaban los circuitos de la extinguida nave Kimera. La capitana Mariana se había ido, la había llamado el primer ministro de Prima. -¿Qué es lo que miras, Alexis? -Fíjate, Valsartán, el aire empezó a aportar una carga eléctrica constante. Mira.
Lo miré a Alexis, notaba que su vello se erizaba, miré mis brazos, lo mismo. Los aparatos electrónicos sufrían microcortes, durante la noche el cielo no mostraba el verde natural de la ionosfera sino un violeta palpitante que coincidía con la frecuencia de la comunicación de la colmena de los autómatas. -Ven conmigo.
Salimos a un bosque cercano. Lo que encontramos nos dejó sin aliento, los árboles de ebonita, conocidos por su dureza, estaban "sangrando" un fluido plateado. Al tocar una hoja, ésta no se rompió, se sintió como una especie de plástico reforzado. La invasión de los ciborg no estaba atacando a las personas, estaba sustituyendo la biosfera. Los autómatas, en lugar de asimilar los cuerpos vivos estaban asimilando el planeta desde su base biológica convirtiendo el ecosistema en un gigantesco procesador orgánico.
-Ven. -Regresamos, con Alexis, a su terminal de comunicaciones-. ¿Sabes lo qué pasa? -me explicó-, si llamo a Kael, el general, pensaría que el aislamiento nos volvería locos a todos, la Federación lo que quería era atacar con naves, con disparos, con explosiones. -¿Y qué dices? -pregunté. -Ninguno está preparado para una guerra donde el enemigo es el aire que respiran, el agua que bebemos. No nos están invadiendo -susurró Alexis mientras activaba un protocolo de escaneo profundo en toda la red global-, nos están reemplazando átomo por átomo. Empezaron por las plantas -En la pantalla un mapa de la capital de Prima comenzó a parpadear-, el quince por ciento, quince, muchísimo de la infraestructura urbana ya presentaba firmas de optimización biogenética, la ciudad seguía viva, la gente seguía yendo a trabajar, pero los cimientos de su mundo ya pertenecían a la red. -¿Y qué podemos hacer? -Alexis me miró con los ojos profundos perforadores. -Ayúdame a pensar también, no podemos luchar contra esta invasión de ciberautómatas ni con misiles, ni con granadas neutrónicas, no sé qué hacer. -¿Y las bombas de vacío? -pregunté. -El vacío que generan esas bombas distorsionan el espacio-tiempo, eliminan toda la materia, pero ahora estamos enfrentando información biológica. Le dije: -Pero si los autómatas son una web perfecta su única debilidad es la misma de cualquier sistema operativo, ¿no lo vemos acaso en los ordenadores cuánticos? No sé si ellos piensan o son una mente unificada, pero tienen exceso de confianza en su propia lógica. -Alexis me miró: -Sí. Ven, bajemos.
Nos encerramos en un sótano blindado, Alexis comenzó a trabajar en lo que él llamó "El protocolo Caos", -¿Cuál es tu objetivo? -¡Je! Valsartán, no pienso destruir las células biogenéticas sino introducir una instrucción contradictoria en su ADN sintético. Piensa, si ellos buscan la optimización absoluta, les daré un bucle de individualidad infinita. -¡Vaya! O sea, piensas poner una especie de regalo con virus orgánico. -¡Je, je! -Alexis sonrió.
No usó el código informático tradicional, usó secuencias de proteínas corruptas diseñadas para imitar la estructura de los autómatas, pero con una bomba lógica oculta. -¿Me lo puedes explicar? -Valsartán, es una capa de mimetismo, voy a engañar a los nonobots ambientales para que lo absorban como si fuera una mejora del sistema y luego una vez dentro de la red de la colmena va a obligar a cada unidad asimilada a priorizar sus propios impulsos biológicos originales. -¿Y entonces? -Claro, impulsos biológicos originales sobre las órdenes de la colmena. El virus orgánico se va a transmitir a través de la misma frecuencia, la que tienen los autómatas que usan para sincronizarse. Mira. -Alexis capturó una hoja de las ebonitas metalizadas del bosque, la colocó en una cámara de contención y liberó el virus fabricado. -No veo que ocurra nada. -Espera. -De repente la hoja comenzó a vibrar, el color plateado uniforme se rompió en un patrón errático de colores naturales, los nanobots dentro de la hoja empezaron a luchar entre sí, la red estaba tratando de procesar una orden que no tenía sentido: "Sé tú mismo". Alexis observó como el sensor de la hoja estallaba, me puse contento: -¡El virus funciona! -Sí. Pero hay un problema grave, Valsartán, los autómatas van a detectar la anomalía en segundos y aislarían ese sector. -¿Y entonces? -Sí. La única forma de infectar a toda la colmena de una sola vez es usar la antena principal de Sargón capital, la misma que el general Kiel usaba para las transmisiones oficiales de la Federación.
Le grabó el mensaje al general Kiel. Con voz firme: -Si hago esto no sólo voy a infectar a los autómatas, existe la posibilidad de que cualquier humano que ya esté prácticamente asimilado, sufra un colapso mental total. Es una cura que podría matar a los que están parcialmente asimilados. -Está bien -dijo el general Kiel.
Me sorprendió y se lo dije a Alexis: -Te tiene un respeto tremendo. Alexis no me prestó atención solo dijo: -Bueno, tengo mi historia, los Langar, el imperio Mordon, los Fungos, los Lacerta y también tengo mucho complejo de culpa. -Has liberado un cuarto de galaxia. -Sí, pero he eliminado razas.
Alexis se frotó los ojos y cargó el virus en un dispositivo portátil y miró hacia el horizonte, donde las luces de la capital brillaban bajo la aurora púrpura. La ciudad ya no era de piedra y metal, era un organismo vivo. -¿Y entonces? -Vamos en una nave blindada a Sargón capital. Salgamos de aquí, tú me vas a ayudar, Valsartán.
Sesión 09/06/2026
La entidad vivió en un mundo donde estaba solo en la ciudad sin parientes ni familia, estaba con los de la calle después de un delito y una celda. Necesitaba trabajo pero con su presencia no había posibilidad.
Entidad: Lodal I es un planeta de la estrella Lodal, que en Sol III conocemos como Kepler-442.
La lluvia en la capital de Malagua siempre tenía el mismo olor: a asfalto mojado, a olvido y a herrumbre. Para Doménico, de veinticuatro años, ese olor era el único recordatorio constante de que seguía vivo. Acurrucado bajo el alero de un antiguo edificio gubernamental -el mismo donde dos décadas atrás los burócratas de la dictadura firmaron la orden de desaparición de sus padres-. Doménico se ajustó la chaqueta raída. No conservaba ningún recuerdo de ellos, sólo un vacío del tamaño de un abismo y el frío institucional del centro de acogida donde creció. Un lugar de paredes descascaradas y comedores silenciosos donde la piedad se racionaba tanto como la comida. Al cumplir los dieciséis, la soledad se volvió insoportable. Cuando eres un fantasma para el Estado buscas desesperadamente pertenecer a algo, aunque ese algo sea una jauría herida. La pandilla del barrio norte le ofreció lo que el mundo le había negado: una mesa compartida y una falsa sensación de poder. Pero las calles de una postdictadura no perdonan los errores de los hijos de nadie. Un robo frustrado, el abandono de los que llamaba "hermanos" y seis meses en una celda hacinada dinamitaron lo poco que le quedaba de inocencia. Aquella prisión no fue sólo un castigo, fue la marca de Caín que la sociedad le estampó en la frente.
El laberinto invisible
Hoy, ocho años después de salir de la cárcel, el castigo continuaba. Doménico metió la mano en el bolsillo de su pantalón húmedo y sacó un fajo de hojas dobladas y gastadas: su currículum. Cada mañana seguía la misma rutina desesperada, un guion trágico que se repetía en bucle: • El rechazo sistemático: Entrar a un almacén, una obra en construcción o un restaurante de comida rápida. • La mirada de sospecha: El reclutador miraba sus zapatos rotos, sus manos curtidas por el frío y el inevitable vacío en su historial de antecedentes. • La mentira piadosa: "Nosotros te llamamos, muchacho". Una llamada que jamás llegaría. Para el sistema, Doménico era un residuo del pasado, un cabo suelto de una historia que el país prefería maquillar con luces de neón y discursos de progreso. Nadie quería mirar a los ojos al hijo de los ausentes, era más fácil asumir que su indigencia era una elección y no una condena social.
La última luz
La noche cayó por completo y el hambre comenzó a morderle el estómago con una familiaridad cruel. Doménico miró el reflejo de los autos de lujo que pasaban frente a él, salpicando el agua sucia de los charcos. En las ventanas de los edificios de enfrente, las luces cálidas se encendían, mostrando siluetas de familias cenando, riendo, existiendo. Se recostó sobre los cartones que le servían de colchón, abrazando sus rodillas para retener el último calor de su cuerpo. Cerró los ojos e intentó, como cada noche, imaginar la voz de su madre, el rostro de su padre, o al menos un mañana donde alguien pronunciara su nombre sin desprecio. Pero el silencio de la ciudad era absoluto, y la noche, como la justicia en su país, sumamente fría.
El encuentro con Paco fue el primer roce de calor humano que Doménico sentía en meses. Ocurrió en la plaza central, bajo la estatua de un general cuyo nombre ya a nadie le importaba. Paco, con sus manos permanentemente teñidas de betún negro y esa pierna izquierda que se había quedado en algún rincón olvidado del pasado, lo miró sin juzgarlo. Al ver los ojos apagados del joven, el viejo limpiabotas detuvo el trapo, se limpió el sudor de la frente y le soltó el dato como quien comparte un tesoro secreto. -En el Hotel Emperador buscan botones, muchacho -le dijo Paco, dándole un par de palmadas en la espalda-. El dueño es nuevo, no es de los que piden tantos papeles, sólo quiere gente que baje la cabeza y trabaje. Ve a probar suerte. Peor es quedarse aquí a ver cómo llueve. Esa noche, Doménico no durmió. Pasó las horas limpiando sus botas gastadas con un trozo de tela húmeda y alisando con las palmas de sus manos la única camisa limpia que guardaba en su mochila como un amuleto. El Hotel Emperador era un gigante de mármol y cristales ahumados en la zona alta de la ciudad, un lugar que parecía pertenecer a otro planeta.
La prueba del espejo
A las ocho de la mañana, Doménico cruzó las puertas giratorias del hotel. El contraste fue violento: el aroma a café recién molido y cera para madera lo envolvió de golpe, haciéndolo sentir más extranjero que nunca. El gerente de personal, un hombre de traje impecable y mirada clínica, lo recibió en una pequeña oficina en el sótano. Mientras examinaba el currículum arrugado de Doménico, el silencio se volvió denso, casi respirable. • La mirada: El gerente clavó sus ojos en las muñecas de Doménico, donde las cicatrices del frío de la calle eran evidentes. • La pregunta: -¿Tienes referencias de tu último empleo? Veo un vacío de varios años aquí. • La respuesta: -No, señor -respondió Doménico, con la voz un hilo más firme de lo habitual-. Pero sé lo que es el esfuerzo. Si me da una oportunidad, seré el primero en llegar y el último en irme. El hombre suspiró, miró el reloj de oro en su muñeca y, tras unos segundos que parecieron siglos, sacó un uniforme verde olivo con botones dorados de un armario. -Te daré tres días de prueba -dijo el gerente con frialdad-. Si un sólo huésped se queja o si descubro que me ocultas algo, estás fuera. Pruébate esto.
El peso del uniforme
Cuando Doménico se miró en el espejo del vestuario, casi no se reconoció. El uniforme le quedaba un poco holgado pero los botones dorados brillaban con una intensidad que encandilaba. Por primera vez en veinticuatro años, no parecía un fantasma, ni un expresidiario ni un chico de la calle. Parecía un ser humano con un propósito. Salió al majestuoso vestíbulo con el corazón latiéndole en la garganta. Sabía que caminaba sobre la cuerda floja y que su pasado era una sombra que podía alcanzarlo en cualquier momento si alguien rascaba un poco la superficie. Pero mientras sostenía la primera maleta de cuero de un cliente, sintió un destello de algo que había olvidado por completo: una pizca de esperanza. Tenía tres días para demostrarle al mundo, y a sí mismo, que su vida aún podía valer algo.
La habitación 304 estaba en el tercer piso, al final de un pasillo alfombrado que amortiguaba el sonido de los pasos y del mundo exterior. Doménico caminaba delante, cargando las pesadas maletas de cuero legítimo que delataban el estatus de la mujer que lo seguía. Al abrir la puerta, el aroma a un perfume dulce, excesivo y denso inundó el ambiente. Gina Lombardi entró pisando fuerte con sus tacones. Era una mujer madura; el exceso de polvo blanco en el rostro, el carmín corrido en las comisuras de los labios y las pestañas postizas ligeramente desprendidas intentaban, sin éxito, camuflar el paso de los años y el desgaste de un viaje largo. Tenía los ojos vidriosos, cargados de esa melancolía errante que suelen arrastrar los extranjeros que viajan solos. Doménico colocó el equipaje sobre el soporte de madera, colocó las llaves en la mesa y, manteniendo la postura rígida que le habían enseñado en su primer día de entrenamiento, hizo una leve reverencia. -¿Se le ofrece algo más, señora Lombardi? -preguntó, manteniendo la vista en el suelo. Gina no respondió de inmediato. Lo miró fijamente, con una mezcla de lástima y una profunda necesidad de calidez humana. Quizás vio en la juventud marchita de Doménico el reflejo de sus propias ausencias, o tal vez sólo arrastraba demasiada soledad acumulada en habitaciones de hotel idénticas alrededor del mundo. -Gracias, muchacho. Eres muy amable... de verdad -dijo ella, con una voz arrastrada por el cansancio. Antes de que Doménico pudiera dar un paso hacia la salida, Gina se acercó rápidamente. Rompiendo cualquier barrera de distancia profesional y etiqueta hotelera, rodeó el cuello del joven con sus brazos enjoyados y lo apretó contra su pecho en un abrazo espontáneo, desesperado y torpe. Doménico se quedó duro como una piedra. El contacto físico lo paralizó por completo. En su memoria, los abrazos no existían: el centro de acogida había sido un desierto de palmadas mecánicas; la pandilla, un pacto de golpes y palmadas bruscas en la espalda; y la cárcel, un lugar donde tocar a otro significaba peligro. El cuerpo de Doménico se tensó tanto que los botones dorados de su uniforme crujieron contra el abrigo de piel de la mujer. No supo qué hacer con sus manos, que quedaron suspendidas en el aire, temblando, incapaces de corresponder el gesto, pero temerosas de rechazarlo y arruinar su única oportunidad de salir de la calle. Por unos segundos que parecieron eternos, el pasillo del Hotel Emperador desapareció. Sólo quedó el tic-tac del reloj de la habitación y el perfume embriagador de una desconocida que se aferraba a él como si ambos estuvieran naufragando en el mismo mar de olvido.
Sesión 10/06/2026
Consiguió trabajo como botones en un distinguido hotel. Una cliente, mujer mayor, por causa de algún desespero de la vida se le abrazó. Pensaba que su mala suerte había desaparecido, pero esta situación podía traerle problemas.
Entidad: Lodal I es un planeta de la estrella Lodal, que en Sol III conocemos como Kepler-442.
El timbre estridente del teléfono de la habitación rompió el extraño silencio como un cristal estrellándose contra el suelo. El sonido hizo que Gina se apartara bruscamente, rompiendo el abrazo, y que Doménico diera un paso atrás, recuperando el aire que el shock le había robado. Gina caminó a trompicones hacia la mesa de noche, con los tacones tambaleándose, y levantó el tubo. -¿Hola? -dijo, con un hilo de voz. Doménico observó en silencio cómo el rostro de la mujer, bajo las capas de polvo y maquillaje mal puesto, perdía el poco color que le quedaba, tornándose de una palidez fantasmal. Los ojos se le agrandaron por el pánico y su mano libre comenzó a temblar, aferrando las sábanas de la cama. -Sí... sí, entiendo. Gracias -susurró antes de colgar el aparato de golpe.
Se giró hacia Doménico, con los ojos desorbitados por el miedo. Toda la melancolía que la envolvía hacía un momento se había transformado en pura desesperación. -Debes irte ya -le dijo, con la voz ahogada en un susurro urgente, mientras lo empujaba sutilmente por los hombros hacia la salida-. Me avisaron de recepción que llegó mi esposo. Viene subiendo... está de muy mal humor porque se aplazó una reunión importante. ¡Vete, por favor!
El peso del pasado
A Doménico se le heló la sangre. El uniforme verde olivo, que hasta hacía cinco minutos era su armadura y su orgullo, se sintió de repente como una trampa mortal. Sabía perfectamente cómo funcionaba el mundo para la gente como él: Si el esposo de una mujer rica lo encontraba a solas en la habitación, con ella visiblemente alterada y el maquillaje corrido, nadie se detendría a escuchar la verdad. Nadie creería en un abrazo inocente de soledad. • El prejuicio inmediato: Un botones con antecedentes penales y cara de hambre siempre sería el culpable definitivo. • La consecuencia: No sólo perdería el trabajo de prueba; volvería a la celda de la que tanto le había costado salir. Doménico asintió mecánicamente, con el corazón golpeándole el pecho como un animal enjaulado. Abrió la puerta de la 304 con cuidado, mirando hacia ambos lados del largo y alfombrado pasillo. El eco metálico del ascensor anunciando su llegada al tercer piso resonó al fondo del corredor. Sin mirar atrás, se deslizó hacia las escaleras de servicio, rezando para que la sombra de su mala suerte no lo hubiera alcanzado también en aquel palacio de mármol. * Para cuando Doménico llegó a la planta baja por las escaleras de servicio, el sudor frío aún le corría por la nuca. Se acomodó el cuello del uniforme en el baño de empleados, respiró hondo y regresó al vestíbulo intentando disimular el temblor de sus manos. El peligro de la habitación 304 había pasado, pero en el Hotel Emperador el engranaje no se detenía. Casi de inmediato, las puertas giratorias de la entrada principal se movieron para dar paso a dos nuevas clientas. Eran dos señoritas de etnia negra, vestidas con ropas llamativas de telas brillantes y abrigos vistosos que contrastaban con la sobriedad del hotel. Irradiaban una energía desbordante; reían a carcajadas mientras arrastraban varias maletas grandes y coloridas. El recepcionista les entregó la llave de la habitación 606 y, con una seña imperiosa, le ordenó a Doménico que se hiciera cargo del equipaje.
La propuesta en el sexto piso
El trayecto en el ascensor estuvo lleno de una jovialidad a la que Doménico no estaba acostumbrado. Las dos jóvenes hablaban rápido, bromeaban entre ellas y no tardaron en incluirlo en la conversación, fascinadas por la timidez del botones. Al entrar a la 606, una habitación amplia con vistas a la avenida principal, Doménico acomodó las maletas junto al armario. Mientras se disponía a retirarse, una de las jóvenes se sentó en el borde de la cama, mirándolo con una sonrisa pícara, mientras la otra se apoyaba en el tocador. -Trabajamos con clientes de mucha fortuna, ¿sabes? -dijo una de ellas, guiñándole un ojo con total desparpajo-, hombres de negocios, políticos... gente con los bolsillos llenos. Pero a ti, por ser tan joven y bonito, te podemos hacer un favor. Gratis, por ser tú. El ofrecimiento quedó flotando en el aire, directo y sin rodeos.
La salida elegante
Doménico sintió que las mejillas se le encendían. El cumplido y la propuesta habrían tentado a cualquiera, pero el miedo que había pasado hacía apenas unos minutos con la señora Lombardi seguía muy vivo en su pecho. Además, el recuerdo de sus meses en prisión y las noches de frío en la calle le recordaban que un sólo paso en falso en este trabajo de prueba lo devolvería directo al fango. Con una madurez forjada a golpes, Doménico forzó una sonrisa amable y mantuvo una postura de total educación, bajando levemente la cabeza en señal de respeto. -Se lo agradezco mucho, de verdad, son muy amables -respondió con voz suave pero firme-, pero no puedo. El mánager me controla el horario de forma muy estricta y ya debo estar abajo para el próximo ingreso. Que tengan una excelente estancia en el hotel. Las jóvenes soltaron una carcajada limpia, sin ofenderse por el rechazo. Una de ellas sacó un billete de propina y se lo extendió. Doménico lo tomó, les agradeció nuevamente con una reverencia y caminó hacia la salida. Al cerrar la puerta de la 606 detrás de sí, soltó un suspiro de alivio. Había esquivado otra bala; el uniforme seguía limpio, su dignidad intacta, y los tres días de prueba continuaban su curso.
A las dos de la tarde, el estómago de Doménico emitió un rugido sordo que el uniforme ya no podía ocultar. Siguiendo las indicaciones de Paco, bajó por las escaleras grises hasta el sótano más profundo del hotel, lejos del lujo, el mármol y las luces cálidas de los pisos superiores. Allí, donde las tuberías de agua caliente zumbaban sin descanso, se encontraba el comedor del personal. Era un espacio pequeño, iluminado por tubos fluorescentes parpadeantes, con una larga mesa de tablones de madera desvaída. Alrededor de ella ya estaban sentados los verdaderos motores del Hotel Emperador: tres cocineras de brazos fuertes y delantales manchados de salsa, dos mucamas de uniforme gris que estiraban las piernas cansadas, y el viejo encargado de la limpieza, un hombre de manos callosas y mirada noble. Una de las cocineras, al ver la silueta flaca y dubitativa de Doménico en la puerta, le dedicó una sonrisa maternal y le hizo un gesto con la cabeza. -Pasa, muchacho, siéntate antes de que se enfríe -le dijo, sirviendo una porción generosa en un plato de loza descascarada.
El sabor de la dignidad
El almuerzo era un sencillo guiso de patatas, legumbres y algunos trozos de carne dura; la clásica comida que se prepara con los descartes de la alta cocina del piso de arriba. Pero para Doménico, aquello era un banquete sagrado. Mientras los demás hablaban del cansancio del día, de las quejas de los huéspedes o de los caprichos del mánager, Doménico clavó la mirada en su plato. El vapor caliente le entibió el rostro, y al dar el primer bocado, sintió un nudo en la garganta que casi no le permitió tragar. • El contraste: Hacía apenas veinticuatro horas, su almuerzo había sido un trozo de pan duro y un poco de agua de una fuente pública, devorados con la prisa de quien teme ser ahuyentado por la policía. • La calidez: El guiso no sólo le calentó el estómago; la cercanía de esa gente humilde, el sonido de las cucharas chocando contra los platos y las risas espontáneas le devolvieron, aunque fuera por media hora, la sensación de no estar solo en el mundo. En ese sótano, rodeado de trabajadores que cargaban sus propias historias de esfuerzo, Doménico no era el hijo de los desaparecidos, ni el expresidiario, ni el vagabundo. Era simplemente un compañero más ganándose el pan. El encargado de la limpieza le pasó la panera con una palmada silenciosa en el antebrazo. Doménico asintió, agradecido, saboreando cada cucharada como si en ese guiso sencillo se concentrara toda la esperanza que necesitaba para resistir los días de prueba que aún le quedaban por delante.
Sesión 11/06/2026
Hubo un robo en una de las habitaciones que la gerencia inmediatamente se la imputó a él, y perdió el trabajo. Volvía a estar solo, sin nada, pero tendría que hacer algo, no quería quedarse como estaba ahora, en la calle.
Entidad: Lodal I es un planeta de la estrella Lodal, que en Sol III conocemos como Kepler-442 Nos hallamos en Malagua, un país al sur de Lodal I, un mundo con cuatro continentes.
Doménico vivía en la capital de Malagua y había encontrado un trabajo de botones en el Hotel Emperador.
Cuando Gina y el esposo, de la habitación 304 salieron a almorzar, una mucama nueva, aprovechó y luego de cambiar las sábanas, hurtó unas valiosas joyas. Al regresar el matrimonio, se dieron cuenta de la falta e hicieron la denuncia en recepción. El primer sospechoso fue Doménico. De todos modos, al no tener pruebas no fue detenido, pero igual lo despidieron sin abonarle los días de prueba.
El despido injusto y la mancha en su honor fueron el motor perfecto para transformar a Doménico. Sin dinero, sin trabajo y con la reputación bajo sospecha, sabía que la única forma de recuperar su vida era haciendo el trabajo que la policía (y la gerencia del hotel) no quiso o no pudo hacer.
El rastro de la codicia
Doménico no conocía el nombre completo de la mucama nueva -en el hotel apenas la habían registrado como "Marta" el día anterior-, pero recordaba un detalle crucial: el acento y una pequeña cicatriz en forma de media luna en su muñeca derecha. Además, sabía que alguien con prisa por deshacerse de un botín tan caliente no viajaría lejos. Con los pocos billetes que le quedaban en el bolsillo, Doménico empezó a recorrer el barrio. Sabía que las joyas de Gina no eran bisutería barata; requerían un comprador con suficiente efectivo y pocos escrúpulos.
El primer indicio
Tras visitar tres casas de empeño y recibir sólo miradas de desconfianza, Doménico entró en "Joyería y Antigüedades El Progreso", un local lúgubre a pocas calles del hotel. El dueño, un hombre mayor de ojos astutos tras unos lentes gruesos, se mostró reacio a hablar. -No sé de qué me habla, pibe. Acá todo lo que se compra es legal y con documento -dijo el joyero, limpiando un reloj de bolsillo. Doménico cambió de estrategia. No apeló a la ley, sino a la empatía y a la verdad: "Esa mujer me robó el futuro. Me echaron del hotel acusándome a mí. Sólo quiero saber si una chica con una cicatriz en la muñeca vino hoy a vender un collar de esmeraldas y un anillo de oro blanco". El joyero guardó silencio, miró hacia la trastienda y, finalmente, soltó un suspiro pesado. La culpa o el temor a quedar involucrado en algo más turbio lo hicieron ceder. -Vino hace dos horas. Estaba nerviosa, aceptó la mitad de lo que valían esas piezas. Dijo que se iba a tomar un micro hacia el norte esta misma tarde. Las joyas están ahí atrás... pero si las quieres vas a tener que traer a los dueños o a la policía con una orden. Yo no pierdo mi plata.
La encrucijada de Doménico
Dominico salió de la joyería con una mezcla de triunfo y urgencia. El reloj corría: Marta estaba a punto de escapar con el dinero en la terminal de micros, y las joyas seguían atrapadas en el local. El orgullo herido duele, pero Doménico sabía que la inteligencia es su mejor arma. Una acusación de la policía en la terminal de ómnibus podría terminar mal o dar tiempo a que Marta descarte el dinero; en cambio, recuperar las joyas en la propia joyería es la prueba irrefutable que necesita para limpiar su reputación. Doménico regresó a los alrededores del hotel con el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que no podía entrar por la puerta principal, ya que el conserje llamaría a seguridad de inmediato. Esperó en un café de la esquina opuesta, con la mirada fija en los ventanales de la habitación 304. Cuando vio que Gina y su esposo regresaban de la comisaría con rostros de frustración y cansancio, Dominico actuó. Sabía que la línea interna del hotel no era una opción, así que decidió abordar al botones que solía cubrir el turno de la tarde, un compañero con el que se llevaba bien. Tras convencerlo de que él no era el ladrón, le entregó una nota doblada en cuatro con una instrucción clara: “Entrégasela en mano a la señora de la 304. Es sobre sus joyas. Que llame al bar de la esquina”. Y escribió el número de teléfono.
El encuentro secreto
A los diez minutos, el teléfono del bar sonó y el barman dijo: Preguntan por un tal Doménico. El joven, que esperaba al lado, atendió de inmediato. Era la voz temblorosa de Gina: -¿Doménico? ¿Sois vos? La nota dice que sabes dónde están... ¿Es una trampa? -Señora Gina, juro por mi vida que yo no les robé nada -respondió el joven con voz firme pero baja-. La culpable fue la mucama nueva. Ya vendió las joyas en un local a pocas cuadras de acá. El joyero las tiene guardadas en la trastienda. Si ustedes van ahora mismo con el oficial que les tomó la denuncia, las van a recuperar y van a ver que yo decía la verdad. El esposo de Gina, que escuchaba por el tubo, intervino, con la sospecha mutando rápidamente en asombro: -¿Cómo sabemos que no nos estás engañando para sacarnos más plata? -No les pido un solo peso. Sólo quiero mi nombre limpio y que esa mujer no se salga con la suya. Los espero en la esquina de la "Joyería El Progreso" en quince minutos. Si no vienen con la policía, el joyero va a esconder todo.
La verdad sale a la luz
Gina y su esposo decidieron creer en la desesperación genuina del joven. Movilizaron al inspector que llevaba el caso y se presentaron en la dirección indicada. Doménico los esperaba oculto tras un puesto de diarios. Al ver llegar el patrullero, se acercó con cautela y guió al grupo hacia el interior del local lúgubre. El joyero, al ver entrar a la policía junto al matrimonio y al joven que lo había visitado antes, palideció. No tuvo margen para mentir. -¡Oficial, yo no sabía que eran robadas! -exclamó el comerciante, levantando las manos-. Una chica vino hace unas horas, me dijo que eran de su abuela... Bajo la presión del inspector, el joyero abrió la caja fuerte de la trastienda y colocó sobre el mostrador el collar de esmeraldas y el anillo de oro blanco. Gina ahogó un grito de alivio y abrazó a su esposo. Las joyas estaban intactas. El inspector miró a Doménico, asintiendo con respeto: -Tuviste agallas, pibe. Esto te desvincula completamente. El joyero nos va a dar la descripción exacta y el nombre falso que usó la mujer para el recibo.
El cierre del círculo
El inspector no perdió un segundo. Con el testimonio del joyero confirmando el botín y la advertencia de Doménico sobre el micro, el oficial transmitió una alerta radial inmediata a la división de la terminal. Doménico, Gina y su esposo subieron al patrullero que cruzó la ciudad con las sirenas apagadas para no alertar a la sospechosa. Para el joven, ver las calles pasar a toda velocidad a través del vidrio del auto policial era una sensación surrealista: hacía apenas unas horas era un acusado sin futuro, y ahora viajaba junto a las víctimas para hacer justicia.
Emboscada en la terminal
La Terminal de Ómnibus era un caos de pasajeros, valijas y gritos de plataformas. El inspector guió al grupo rápidamente hacia la zona de las plataformas de larga distancia orientadas hacia el norte del país. Doménico aguzó la vista, recorriendo las filas de personas que esperaban para despachar su equipaje. De repente la vio. Marta estaba en la fila de la plataforma 14, aferrando un bolso de mano mediano contra su pecho. Llevaba una campera oscura y anteojos de sol para intentar pasar desapercibida, pero la tensión en su postura la delataba. Miraba constantemente hacia los lados, ansiosa por subirse al micro que ya estaba encendiendo los motores. -Es ella, oficial -susurró Doménico, señalándola-. La del bolso azul. Dos oficiales de civil que ya patrullaban la terminal se posicionaron estratégicamente. Cuando Marta dio un paso adelante para entregar su pasaje al chofer, los agentes le cortaron el paso con firmeza. -Buenas tardes. Policía Federal. Por favor, acompáñenos y muéstrenos su documentación -dijo uno de los oficiales de civil, exhibiendo su placa.
El final del escape
Marta palideció, dando un paso atrás con la intención de correr, pero al darse vuelta se chocó de frente con el inspector, Gina, su esposo y un Doménico que la miraba con los brazos cruzados y la frente en alto. Al verse acorralada, la soberbia de la mujer se desmoronó por completo. En presencia de los testigos, los oficiales procedieron a requisar el bolso de mano. Al abrirlo, encontraron los fajos de billetes en efectivo que el joyero le había entregado pocas horas antes, junto con el documento de identidad real de la mujer, que no coincidía con el nombre falso que había usado en el hotel. Mientras le colocaban las esposas, Marta miró a Doménico con una mezcla de odio y asombro. No podía entender cómo el eslabón más débil de la cadena, el joven a quien pretendía usar como chivo expiatorio, la había rastreado tan rápido. -Te equivocaste de hotel -le dijo Doménico con voz tranquila pero firme, mientras los oficiales se la llevaban detenida por hurto y estafa.
El honor recuperado
Con la delincuente bajo custodia y el dinero recuperado, el inspector palmeó el hombro de Doménico. Gina y su esposo se acercaron al joven con una profunda expresión de gratitud y, sobre todo, de remordimiento por haber dudado de él en un principio. La verdad estaba sobre la mesa y el nombre de Doménico quedaba completamente limpio. El ruido ensordecedor de la terminal fue quedando atrás a medida que salían a la vereda. Doménico respiró hondo el aire de la tarde; sentía como si se hubiera quitado un peso enorme de encima. Su honor estaba intacto, pero el sabor amargo de la injusticia que había vivido en el hotel todavía permanecía. Gina y su esposo se detuvieron junto a él antes de subir al taxi que los llevaría de regreso. El hombre miró al joven con un profundo respeto y le extendió la mano, estrechándola con firmeza. -Doménico, queremos pedirte disculpas una vez más -dijo el esposo-. Nos dejamos llevar por los nervios y cometimos una injusticia tremenda con vos. Si no fuera por tu astucia y tu decencia, esa mujer ya estaría lejos y nosotros habríamos perdido recuerdos de toda una vida. -No se preocupe, señor. Lo importante es que recuperaron lo suyo -respondió Doménico con una sonrisa modesta. -Hablamos con el inspector -intervino Gina, visiblemente conmovida- Queremos volver al hotel y exigirle al gerente que te devuelva el puesto, que te pague los días de prueba y que te pida perdón de rodillas si es necesario. Tienes derecho a reclamar lo que es tuyo. Doménico lo pensó por unos instantes. Miró hacia las avenidas de la ciudad y luego a sus propias manos. Trabajar en un lugar donde la primera reacción ante un problema era culpar al eslabón más débil ya no encajaba con el futuro que quería para sí mismo. -Se los agradezco de corazón, señora Gina -dijo el joven con tranquilidad-. Pero decidí que no voy a volver a ese hotel. Un lugar que te suelta la mano de esa manera no vale la pena. Prefiero buscar un nuevo rumbo. El matrimonio se miró, asintiendo en silencio ante la dignidad del muchacho. El esposo abrió su abrigo, sacó una chequera y firmó un documento. Luego, sacó también un sobre con el efectivo que acababan de recuperar en la terminal y se lo entregó a Doménico junto con una tarjeta personal. -Entiendo perfectamente tu postura, pibe, y la respeto -afirmó el hombre-. Esto no es un pago, porque tu honestidad no tiene precio. Tómalo como una recompensa económica y un impulso para ese nuevo rumbo que quieres emprender. Además, ahí tienes mi teléfono. Si alguna vez necesitas una recomendación laboral o un empleo de confianza en mis empresas, no dudes en llamarme. Te ganaste nuestra total confianza. Doménico miró el sobre. La cifra era importante, mucho más de lo que hubiese ganado en meses de trabajo en el hotel. Era el capital necesario para estudiar, encarar un proyecto propio o mudarse a un lugar mejor. Se despidió del matrimonio con un sincero agradecimiento y los vio alejarse en el taxi. Con el sobre seguro en su bolsillo y la frente en alto, Doménico caminó hacia la avenida. El día había empezado como una pesadilla, pero terminaba con la certeza de que su integridad le había abierto las puertas a un destino mucho mejor.
Sesión 12/06/2026
En varios años consiguió graduarse como Licenciado en Economía en la nocturna y se ofreció gratuitamente a los comercios del barrio desde un pequeño despacho. No se haría rico pero podría vivir. Se trataba de no darse nunca por vencido.
Entidad: Lodal I es un planeta de la estrella Lodal, que en Sol III conocemos como Kepler-442
El aire de Malagua siempre tenía un leve gusto a sal y a promesas postergadas. Situado en el talón indómito del continente, este país del sur sabía tanto de inviernos crueles como de crisis económicas recurrentes. Para Doménico Fornato, el frío de la región se sentía un poco más intenso cada vez que miraba el título colgado en la pared de su sala. A sus 27 años, finalmente lo había logrado. El pergamino decía, en letras cursivas y elegantes, "Licenciado en Economía". Había sido un camino largo, labrado noche tras noche en una escuela nocturna para adultos, rodeado de trabajadores cansados, madres solteras y almas que, como él, buscaban una segunda oportunidad con el destino. Mientras sus contemporáneos habían terminado las carreras universitarias tradicionales a los veintidós, Doménico había tenido que pedalear el doble, repartiendo mercancías de día y devorando libros de microeconomía de noche. El problema no era la falta de voluntad, el problema era la realidad de Malagua.
El laberinto de las ofertas vacías
A las pocas semanas de recibirse, el entusiasmo inicial de Doménico chocó de frente contra un muro invisible pero implacable. Su rutina matutina se había convertido en un ciclo monótono: • 08:00 AM: Filtrar portales de empleo (donde todas las vacantes de "Analista Junior" exigían cinco años de experiencia previa). • 11:00 AM: Enviar hojas de vida adaptadas, destacando su madurez y resiliencia. • 04:00 PM: Revisar una bandeja de entrada donde el silencio era la única respuesta constante. Para las empresas locales, Doménico representaba una paradoja incómoda: era demasiado viejo para ser un pasante moldeable al que pagarle con "experiencia", pero demasiado novato en el ámbito corporativo para ocupar un puesto de toma de decisiones. "Estás sobrecalificado en teoría, pero subcalificado en la práctica, Doménico", le dijo una tarde un reclutador con una mueca que pretendía ser una sonrisa de disculpa.
La chispa del cambio
Una tarde de otoño, mientras tomaba un café amargo en la cocina, Doménico miró el cuaderno de anotaciones que usaba en la escuela de adultos. Se detuvo en una vieja lección sobre el principio de la economía clásica que postulaba que "toda oferta crea su propia demanda". Hizo una triste mueca pensando en el equilibrio de los mercados, sonrió con amargura, en Malagua, la oferta de sus ganas de trabajar no estaba creando su propia demanda. Sin embargo, en lugar de hundirse en la autocompasión, algo cambió en su enfoque. Si el mercado laboral tradicional de Malagua no lo quería como empleado, tendría que aplicar la economía desde las trincheras. Comenzó a caminar por su barrio, un distrito de pequeños comerciantes, panaderos y mecánicos que luchaban día a día contra la inflación del país. Doménico notó que muchos de ellos quebraban, no por falta de clientes, sino por una pésima gestión de costos y una nula planeación financiera.
El consultor de la noche
Doménico no encontró trabajo; lo creó. Empezó ofreciendo asesorías gratuitas a Don Carlos, el almacenero de la esquina, reorganizando sus inventarios mediante un modelo matemático simple de optimización. En menos de un mes, Don Carlos redujo sus pérdidas un 20%. La noticia corrió rápido por las calles empedradas de Malagua. Pronto, el joven que se había recibido a los 27 años en la nocturna se convirtió en el "médico de los negocios" del vecindario. Cobraba tarifas modestas, pero el flujo era constante. Doménico siguió sin trabajar en una de las grandes corporaciones de la capital financiera del sur. No lo necesitaba. En la entrada de su pequeño despacho local se leía un cartel que él mismo había pintado: Fornato - Economía para la Vida Real. Al final del día, el mercado de Malagua resultó ser complejo, pero Doménico demostró que la persistencia es una variable que ninguna crisis puede devaluar.
Un fin de semana distinto
El sol le daba a Malagua una tregua inusual, tiñendo las calles de un dorado cálido que Doménico disfrutaba a paso lento el fin de semana. Caminaba con las manos en los bolsillos, saboreando el éxito de su última asesoría y desconectado por unas horas de los balances y las proyecciones financieras. Era un día perfecto para no pensar en nada. Hasta que el chirrido seco de un motor lo hizo volver a la realidad. A unos cincuenta metros, en el cruce ferroviario que dividía el barrio comercial de la zona residencial, un coche gris había quedado varado justo en medio de las vías. Las ruedas patinaban sin avanzar, atrapadas en el desnivel del metal. Doménico apresuró el paso, intuyendo el peligro, pero la situación pasó de preocupante a crítica en un parpadeo: a lo lejos, el silbato de la locomotora del sur rasgó el aire con un eco estremecedor. El tren ya venía en camino.
Segundos de adrenalina
Al acercarse corriendo al vehículo, Doménico vio la escena a través de los cristales: • Al volante: Un hombre joven, completamente desvanecido sobre el manubrio, víctima de un desmayo repentino. • En el asiento del acompañante: Un hombre mayor, con el rostro desencajado por el pánico, forcejeando inútilmente con el cinturón de seguridad y una puerta trasera que se había trabado por la inclinación del coche. El suelo comenzó a vibrar. El tren, una mole de acero de varias toneladas, asomaba ya tras la curva a menos de trescientos metros, activando los frenos de emergencia con un estruendo ensordecedor que, sin embargo, no bastaría para detenerlo a tiempo. -¡Sálvenos, por favor! -gritó el anciano, golpeando el vidrio. Doménico no era un joven de gran contextura física; sus manos estaban más acostumbradas a sostener bolígrafos y libros de contabilidad que a realizar trabajos de fuerza bruta. Pero en ese instante, la adrenalina anuló cualquier cálculo de riesgo. No había tiempo para sacar a los ocupantes uno a uno. La única opción era mover el coche.
La fuerza de la desesperación
Apoyó la espalda contra el capó del vehículo, clavó los talones en el balasto de piedra de las vías y exhaló todo el aire de sus pulmones. -¡Vamos, carajo, muévete! -rugió para sí mismo. Sacando una fuerza que no sabía que poseía, nacida del puro instinto de supervivencia ajena, empujó con las piernas. Los neumáticos chirriaron contra el metal de la vía. El coche se movió apenas unos centímetros. El silbato del tren volvió a sonar, esta vez tan cerca que el viento que precedía a la máquina empezó a azotarle la cara. Con un último esfuerzo supremo, donde sintió que los músculos de la espalda se le tensaban al límite, Doménico dio un empujón final. El coche saltó el último riel y rodó por la pendiente de asfalto, quedando a salvo a un lado del camino. Una fracción de segundo después, el tren pasó como una exhalación de viento, hierro y chispas, ocupando el espacio exacto donde el vehículo había estado varado un instante antes.
El verdadero valor de los recursos
Doménico cayó de rodillas sobre la calzada, respirando agitadamente, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Mientras los vecinos que habían presenciado la escena corrían a auxiliar al chofer desmayado y al anciano conmocionado, el joven economista miró sus manos temblorosas. El hombre mayor, logrando finalmente salir del coche, se acercó a Doménico con lágrimas en los ojos y le tomó las manos en señal de infinito agradecimiento. Le dejó una tarjeta dorada y le dijo al joven: -Por favor, llámame mañana. Segundos después se escuchaba la sirena de una ambulancia. Esa tarde, de regreso a casa con el cuerpo adolorido pero el alma intacta, Doménico Fornato entendió algo que ningún manual de economía le había enseñado en la escuela de adultos: el valor más grande y la fuerza más imprevista de un país no se miden en sus reservas monetarias, sino en el capital humano dispuesto a entregarlo todo cuando el tiempo apremia.
La sorpresa
El lunes por la tarde, con los músculos todavía adoloridos por el esfuerzo del día anterior, Doménico se armó de valor y marcó el número telefónico que el anciano le había anotado en un papel antes de que se lo llevara la ambulancia. Al segundo timbrazo, una voz temblorosa pero firme respondió. Al reconocer al joven, la gratitud del hombre fue tal que no aceptó un "estoy bien" por respuesta: lo citó de inmediato para el día siguiente en su residencia, ubicada en las exclusivas colinas residenciales al norte de Malagua. Cuando el taxi dejó a Doménico frente a las enormes rejas de hierro forjado, el joven economista tragó saliva. La propiedad no era una casa grande, era una auténtica mansión de arquitectura clásica, rodeada de jardines perfectos y custodios discretos. Un mayordomo lo guió a través de salones de techos altos hasta una biblioteca forrada de madera noble, donde el anciano lo esperaba sentado en un cómodo sillón, vistiendo una bata elegante y un semblante mucho más recuperado.
Un giro del destino
-Pasa, muchacho, pasa -dijo el hombre, extendiendo una mano-. Mi nombre es Don Aurelio Valenzuela. El domingo salvé la vida gracias a ti. Mi chofer sufrió una baja de presión súbita, y si no apareces... bueno, no estaríamos hablando hoy. Doménico se sentó, abrumado por la opulencia del lugar. Durante la conversación, Don Aurelio, intrigado por el joven que había mostrado tanta templanza y fuerza, comenzó a indagar sobre su vida. Fue entonces cuando Doménico le contó su historia: las noches en vela en la escuela de adultos, el título de Licenciado en Economía obtenido a los 27 años, las puertas que se le cerraron en la cara por "falta de experiencia corporativa" y cómo había tenido que rebuscarse la vida asesorando a los pequeños comerciantes de su barrio. Don Aurelio lo escuchaba en silencio, asintiendo lentamente, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y astucia empresarial. Lo que Doménico no sabía era que estaba hablando, ni más ni menos que con el fundador y principal accionista de AETHEL Partners, el conglomerado logístico y financiero más grande de toda Malagua.
La verdadera meritocracia
-Así que los grandes gerentes de este país te dijeron que no tenías experiencia -comentó Don Aurelio con una sonrisa irónica-. Qué miopes. Buscan robots con currículos idénticos y no ven el valor del carácter. Alguien que estudia de noche mientras trabaja de día tiene más disciplina que la mitad de mi directorio. Y alguien que toma una decisión ejecutiva en un segundo para salvar a dos extraños... ese tiene las agallas que necesito. El anciano se levantó, caminó hacia su escritorio y tomó una pluma. -Quiero que asumas como Director de Análisis de Riesgo y Nuevos Proyectos en mi corporación. Necesito ojos frescos, alguien que conozca la economía real de la calle, no solo los gráficos de Excel. Cuando Don Aurelio mencionó la cifra del salario, a Doménico se le cortó la respiración. Hizo un cálculo mental rápido, propio de su profesión: la propuesta multiplicaba por diez los ingresos mensuales que lograba reunir juntando todas las asesorías de los comercios del barrio. Era una cifra que no sólo le daba estabilidad, sino que transformaba su futuro para siempre.
El nuevo despacho
Una semana después, Doménico Fornato entraba al moderno edificio de cristal de AETHEL Partners en el centro financiero de Malagua. Su nueva oficina tenía ventanales que daban al microcentro y un escritorio de diseño.
Sin embargo, antes de acomodar su nuevo portafolios, Doménico sacó un objeto muy específico y lo colocó en el lugar más visible del despacho: el viejo cuaderno cuadriculado con el que había tomado apuntes en la escuela nocturna. Sabía que el dinero y el éxito corporativo acababan de llegar a su vida de golpe, pero la verdadera riqueza que lo había llevado hasta ahí seguía estando en el esfuerzo de aquel joven de 27 años que nunca se dio por vencido.
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