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Psicoauditación - Adriana

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 25/10/2018

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Sesión del 26/03/2019

Sesión del 03/07/2019

 


Sesión 25/10/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Adriana

Era dama de compañía y vivía resignada a la soledad por tener voto de castidad. Se ilusionó con un guerrero que también tenía el poder del rayo, pero ella estaba prisionera de aquella ley. Quedó con engramas.

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Entidad: Tenía como una doble percepción, por un lado la satisfacción que logramos de alguna manera frenar todo este caos, pero por el otro me sentía muy triste, cientos y cientos de muertos por una persona que se encaprichó en conquistar una región no entendiendo que el mismo poder te limita, porque no se trata de abarcar, se trata justamente de lo opuesto, de abarcase uno mismo, que es el verdadero amor.

 

Me quedé como maravillada de ver a Émeris con ese... ese tremendo don. Me sentía muy a gusto con ella conversando. Cuando terminó la batalla nos abrazamos, estábamos como tan nerviosas que nos pusimos a hablar de nuestros dones. Le expliqué que yo de pequeña tenía el don del rayo. Me contó que tenían una especie de escuela para niños con dones mentales así como este joven Ezeven y la niñita Ciruela, que tenía otro tipo de don y lo tiene que educar, ¿no?

Y vi que a lo lejos llegaban dos personas. Vi que a Émeris le brillaban los ojos, me di cuenta que era su esposo del que tanto habían hablado, Fondalar. Se acercó a Émeris, la abrazó y la besó. Se abrazó con Ligor también, muchos lo conocían. Hasta que me miró.

-¿Te acuerdas de mí?

-Sí, cómo olvidar. Tú, junto con Ligor y con Jonus ayudaron a rescatar a mi princesa, que después fue reina Samia, que ahora está con aquel que está más allá de las estrellas.

-Nos ayudó Borius.

-¡El que raptó a mi princesa!

-Tuve el impulso de causarle daño pero entré en razón, había mucho por hacer. Aranet y Ligor les dieron orden a los soldados que entierren a los muertos. En un principio se negaron a enterrar a los enemigos pero no iban a desobedecer a Aranet y a Ligor y los enterraron a todos.

 

Nosotros nos sentamos todos a comer algo. Aranet se dirigió a Donk, que estaba con Fondalar:

-¿Qué ha pasado? -Nos contó que una joven que había sido prometida -en realidad esposa- de Aranet había estado en peligro por unos seres muy difíciles de vencer, que incluso mi propio esposo no pudo. Tuvo que utilizar el rayo para vencerlo.

Aranet se dirigió a Fondalar:

-Mina fue al palacio de sus padres.

 

Le contó que estaba cuidando a un joven muy mal herido pero que mediante un polvo cicatrizante Fondalar lo había mejorado bastante. Miré disimuladamente la cara de Aranet y entiendo que por dentro algo le molestaba, él seguía amando a la que había sido su paraje pero aparentemente ella se estaba fijando en ese joven.

Me gustó cuando se pusieron a hablar Fondalar y Émeris, qué mejor que ayudar a jóvenes, niños, niñas con distintos dones para que los sepan utilizar sin sobrepasarse para bien, con amor, defendiendo al débil. En los últimos tiempos se anotó tanta gente con dones que el lugar les quedaba pequeño.

Ligor le dijo:

-Tienes la fortaleza de Villa Real.

Fondalar y Émeris miraron:

-¿Y los soldados?

-Les vamos a dar la opción -dijo Aranet-, de que se unan a nosotros. No vamos a tomar medidas contra los otros reinos. Que estén en paz.

Émeris y Fondalar se miraron:

-Sería muy bueno poder utilizar Villa Real como una enorme escuela para que los que tienen poderes mentales o similares, se críen en el amor, crezcan en armonía entendiendo de que no siempre la justicia es buena porque a veces para ser justo tienes que terminar con un mal. O sea, hipotéticamente estás cometiendo un acto hostil pero es para evitar males mayores.

Ezeven se dirigió a Fondalar, le pidió que le explique lo de la Escuela Fondalar. Le dice:

-¿Tú qué dones tienes?

-Soy un mento. Mis padres eran mentos pero aparte, por alguna alteración interna, tengo más poderes: puedo levitar, puedo lanzar rocas, al igual que esta niña Ciruela puede intencionar con su mente y hacer que una persona se prenda fuego.

-Les voy a enseñar algo -dijo Fondalar-. Mi amor... -Ciruela lo miró:

-Sí.

-¿Te animas a lanzarme llamas?

-Yo no lanzo llamas, yo cuando me molesto es como que sale instintivamente de mí.

-Bueno, te voy a enseñar a que lo puedas hacer sin molestarte, que lo puedas manejar con tu mente, con tu corazón.

 

Hablaron bastante tiempo mientras nosotros terminábamos de comer. Finalmente Fondalar le dice a la niña:

-Prueba de lanzarme ese fuego o de que yo me consuma por dentro.

-No, no quiero hacer daño.

-No me vas a hacer daño.

-¿Vas a hacer como Ezeven?

-¿Qué hizo Ezeven?

-Se puso como una especie de protección invisible para que el fuego mío no le llegue.

-Algo así pero distinto.

-¿De verdad puedo hacerlo? -La miró a Émeris y Émeris asintió con la cabeza.

La niña entonces intencionó, se vio como un resplandor que rodeaba a Fondalar, pero no le llegaba-. ¿Cómo has hecho? ¿Te has blindado, como Ezeven?

-No, directamente neutralicé eso instintivo que tienes. Te puedo enseñar un montón de cosas. ¡Tú!

-Qué.

-Extiende tu mano. -Extendí las manos.

-Toma la mía, cualquiera de las dos. -Le tomé su derecha con mi derecha. Lánzame un rayo.

-¡No!

-Lánzame un rayo. -Intencioné.

-¿Qué pasó?: No, no salió nada.

-Porque mentalmente te lo corté.

Ezeven estaba asombrado:

-¿Se puede hacer eso?

-Lo has visto. Trata de levitar. -A Ezeven.

-¡No puedo!

-Trata de lanzar una pequeña roca.

-¡No puedo! ¡Qué has hecho!

-Te corté mentalmente. Te voy a enseñar cómo contrarrestar eso por si el día de mañana te topas con un mento muy negativo, para que no te derrote. Puedes contra restar esa fuerza practicando mentalmente.

Ezeven le dijo a Aranet y a Ligor:

-Mi camino, como un raro personaje de teatro, ha terminado. ¿Puedo ir a vuestra escuela?

-Claro que puedes.

-¿Cuántos metales se cobran?

-¿Metales? No, no se cobra nada. De todas maneras hay que trabajar, hay que cosechar, hay que construir. Por ejemplo, si nos quedamos en esa fortaleza hay mucho que modificar. Yo en treinta amaneceres volveré con todos los alumnos y alumnas.

 

Y miré a la niña, que se abrazó a Émeris:

-Yo quiero también estar con ustedes en la escuela.

 -Aranet dijo:

-Pero niña, te esperan en el castillo de Anán, tú estabas con la joven Marya.

-Yo quiero ir a la escuela, quiero que me enseñen a usar las cosas mejor y a no enojarme tanto, porque voy a crecer y no quiero ser un peligro. -Fondalar la levantó y la abrazó y la cubrió de besos.

-¡Ay, Ligor! -exclamé-, la tropa tiene mucho por hacer pero nuestro trabajo ha terminado. ¿Podemos volver a hacer una vida normal?

-Vuelve tú, yo no he terminado aquí.

-¿Cómo no has terminado?

-No, hay dos alimañas que se han escapado, Andahazi y Randora, y esto no va a terminar hasta que no acabemos con ellos. ¿Tú qué dices Aranet?

Aranet se encogió de hombros y dijo:

-Estoy cansado. No físicamente, estoy cansado de tanta muerte. Quiero volver, quiero volver a mi isla con los bárbaros. No, no quiero más lucha. Quedaron dos, ¿qué pueden hacer? No, me vuelvo, me vuelvo a la isla Baglis.

-¿Ves?, Aranet se vuelve. ¡Vamos a casa! Émeris y Fondalar ya encontraron un nuevo hogar que lo van a utilizar como escuela. Vamos a casa nosotros. Éramos felices estábamos bien.

-No, no, mujer.

-¡Mujer! Me decías mi amor, ahora me dices mujer. ¿A dónde los vas a encontrar? Qué sabes para adonde fueron. Vamos.

-Los buscaré con los dracons, todavía están conmigo los hombres alados.

-¿Y yo qué hago?

-¿Y tú qué haces? Sólo piensas en ti: "¡Y yo qué hago y qué hago yo!". ¿A quién vencimos?: El principal se escapó con su cómplice. ¿A quién derrotamos?: A nadie.

-Estás muy nervioso, estás muy reactivo. No eres así. ¿Qué pasó?

-Aranet, dile.

-Él es grande, yo no puedo decidir por él. Yo ya dije que me vuelvo.

-Y tú, Donk, ¿qué vas a hacer?

-No sé. Primero volveré para el castillo de Anán y después veré. No sé cuál es mi horizonte todavía. -Ezeven y Ciruela se quedaban con Fondalar y Émeris.

-No puedes hacerme esto, Ligor.

-¿Hacerte? Sólo piensas en ti.

-¿Yo pienso en mí, yo pienso en mí? Estás desvariando, no te conozco. ¿A dónde vas a buscar? Te consume esa sed de venganza, por dentro te quema, te quema más de lo que te quemaría Ciruela. Vamos a casa.

-No, mujer.

-¡Ah! Está bien -suspiré-. Supongamos que yo me voy para casa, ¿cuándo calculas que vendrías?

-No sé, hasta que los encuentre. Siete amaneceres, diez amaneceres... Pueden ser mil amaneceres, mujer.

-¿Me estás condenando a que me quede sola? ¿Cómo sé si vas a estar bien? Y yo en casa encerrada.

-Mujer, ¿ves que piensas en ti?

-¡No pienso en mí! A ver, pienso en mí; cuando Samia vivía yo le hice una promesa siendo su doncella, nunca estaría con ningún hombre. Tuve que esperar a que ella muriera para estar contigo, y ahora...

-¿Y ahora qué? ¿Quieres romper esa promesa?, rómpela.

-¿Por qué me insultas? Por qué me insultas... ¿Por quién me tomas?

 

Por un momento me sentí mal porque estaban todos: Aranet, Ezeven, Donk, Fondalar, Émeris. No es que nos miraran, no es que estuvieran pendientes de nuestra conversación pero escuchaban, escuchaban...

 

-¿Por quién me tomas? ¿Qué significa "Si quieres rompe la promesa", que no te esperaré?, ¿qué voy a encontrar otro hombre? ¿Sabes cuántos miles de amaneceres estuve en una alcoba por una promesa y ahora me condenas a eso?

-Mujer, estás haciendo rol de víctima. -Estuve unos segundos callada porque si no guardaba silencio hubiera dicho algo inconveniente.

-No estoy haciendo rol de víctima, simplemente estoy exponiendo los hechos.

-Mujer, ¿quieres decir que te equivocaste al elegirme?

-No, no, no me equivoqué, sé que tú tuviste tus historias pero no me equivoqué. Me amabas, yo te amo, pero estoy dudando en este momento de tu amor, tu sed de venganza puede más.

-No, no sería justo que los deje ir.

-Los derrotamos, quedaron dos.

-Dos que causaron todas estas muertes -dijo Ligor.

Lo miré a Ezeven. Ezeven habló:

-Yo me quedo con Fondalar. Ya se lo dije, yo no quiero más violencia. -Donk lo mismo. Aranet volvía para Baglis.

-¿Entonces te vas?

-Me voy mujer. Voy a estar bien cuando los vea muertos a los dos.

Recurrí al que me parecía el más sabio:

-Fondalar, ¿qué dices al respecto?

-Mira Núria, es muy difícil. Cuando la mente está alborotada es muy difícil razonar. -Me sorprendió que Ligor se enojara con Fondalar.

-¿Estás diciendo, hombre, que yo no razono?

-Ligor, Ligor, tranquilo, estás muy excitado. Es verdad, en este caso pienso que Núria tiene razón.

-¡Ja, ja, ja! Así que todos se complotan contra mí. De ti no lo esperaba, Fondalar. -No sé qué pasaría por la mente de Ligor en ese momento, si tenía el impulso de atacar a Fondalar, Fondalar lo vencería enseguida con su poder mental. Le hizo una seña a sus hombres alados y remontó vuelo con los dracons, ni siquiera se despidió de mí.

 

Me sentía rara. Estaba como enfermo Ligor, algo le había hecho mal en su mente: las muertes, la batalla. Pero él era un hombre que había llegado al otro continente, nadie lo había logrado. Llegó hasta los apartados, en el sur... ¿Cómo esto le afectó tanto?

 

Émeris le dijo a Ezeven:

-Tú tienes una fuerza interior tremenda, quedarás a cargo de Villa Real hasta que volvamos. Mi esposo Fondalar va a ir a buscar a los chicos y los jóvenes para traerlos aquí, y yo acompañaré hasta su casa a Núria.

-No, no hace falta.

-Necesitas una compañía un tiempo. -Lo miré a Fondalar y Fondalar asintió. Era increíble lo bien que se llevaban ellos.

 

Y yo me sentí tan mal porque yo con Ligor me llevaba muy bien. No era el Ligor que yo conocía.

Me despedí de todos y me abracé con la niña:

-Espero volver a verte.

La niña me respondió de una forma muy inteligente:

-Lo harás, cuando vengas aquí.

La miré a Émeris.

-¿Qué quiso decir la niña?

-Bueno, tú tienes el poder del rayo, puedes venir aquí a trabajarlo. Y no estarás sola.

-No lo había pensado, de todas maneras tengo un montón de recuerdo y cosas en mi hogar, ropa...

-Bueno, si quieres te acompaño y volvemos juntas. Y te quedas aquí. Aquí eres no sólo bienvenida sino bien amada por todos nosotros.

-Es recíproco. Yo los amo a ustedes.

 

Pero me caían lágrimas porque no esperaba lo de Ligor. Honestamente, no lo esperaba.

 

Gracias por escuchar.

 


Sesión 09/01/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Adriana

Por una promesa, por un voto que hizo se le pasó media vida sin poder estar con su amado. Cuando fue liberada los tiempos ya eran otros y las personas habían cambiado. Albergaba un gran rencor a todo.

Sesión en MP3 (1.705 KB)

 

Entidad: -Me siento totalmente descolocada.

-Quédate tranquila. Quédate tranquila, Núria.

-Quisiera tener tu fuerza, Émeris, quizá ya no soy esa jovencita. Es como que no me arrepiento de mi vida, hice una promesa para quien fuera mi princesa y luego reina, Samia, y a medida que fui siendo más grande me di cuenta de que consciente o inconscientemente ella actuaba de manera egoísta. De un primer momento cuando... cuando conocí a Ligor supo que había un enlace, una conexión; nunca una palabra de liberarme de la promesa. Vio, vivió mis momentos de soledad. No era como una dama de compañía o su doncella, era como una hermana menor. Sí, la trataba con respeto, con deferencia, con obediencia. Nunca me exigía, jamás un mal trato. No puedo decir nada con respecto a eso. Pero Émeris, yo tengo que ser honesta no contigo, conmigo. Me quedó en la garganta como una angustia, me quedó en el pecho como un rencor, y es la primera vez que lo digo, un rencor que me carcome porque perdí casi la mitad de mi vida por una promesa, por una palabra.

-Son usos y costumbres, Núria. No... no podemos juzgar a quien fuera tu princesa, tu reina, porque es la manera.

-Sí, lo entiendo, Émeris, lo entiendo. Lo entiendo, pero no lo acepto. Ahora, ¿a qué viene todo esto?, ¿por qué digo "perdí casi la mitad de mi vida"?, ¿por qué si era feliz?, estaba bien atendida, vivía en un castillo, me bañaba con agua tibia, perfumada con flores. Es como si fuera una dama real, no la doncella de. Pero estaba encerrada, literalmente encerrada, hablo y me duele todo el cuerpo de pensarlo. Ahora, repito, para que mi mente no se vaya a otro lado, ¿a qué viene todo esto? Quedo librada de la promesa no porque ella me lo haya permitido si no porque murió. Quedo libre para estar con Ligor y ahora pasa esto, Ligor es como que entró en un estado de, cómo lo llamaría, inconsciencia, locura, una venganza inútil. ¿Qué alimenta su alma para tener tal rencor? Supongamos que los encuentra y los mata: ¿qué?, ¿cuál es la ventaja de decir "Me desquité"?

-Pero tú estás con nosotros ahora.

-Sí, me enseñaréis a dominar más el rayo, me enseñaréis otras cosas, ayudaré en lo que pueda.

-Eres parte de nuestra familia, Núria.

-Sí, ¿pero tú me entiendes, Émeris?, ¡je!, me siento fracasada. Y no voy a ser hipócrita, ya te lo dije antes, quizá lo tenía guardado adentro bajo siete llaves y ahora con lo de Ligor salió todo ese rencor que siento por Samia, que debe estar allá con aquel que está más allá de las estrellas, pero el rencor está acá, acá, acá conmigo y me carcome. No me liberó de mi palabra nunca sabiendo que yo esperaba a mi amor. Lo encontré, lo disfruté, muy bien. ¿Y después qué? Después vino la guerra, una guerra sangrienta. Y Ligor no es mí Ligor, no lo digo en el sentido de propiedad, lo digo en el sentido de ese Ligor que yo conocía. ¡Je, je! ¿Qué hago, me lo saco de la cabeza? ¿Los mentos tienen poder para hacer olvidar?

-No, no lo tienen.

-¿Por qué me duele el cuerpo?

-Eso no es fácil Núria -me explicó Émeris-. Las emociones, principalmente las emociones fuertes afectan nuestro físico, a nuestro organismo, a nuestro interior; nos hace vulnerables, nos debilita, podemos hasta enfermarnos.

-Me duele la cervical, me duele muchísimo, no puedo en este momento moverme.

-Espera.

-¿Qué haces?

-Te paso mi mano por la nuca, por la espalda.

-¿Qué has hecho?

-Te he pasado una especie de vibración, una vibración que se podría definir como color, una vibración calmante.

-¿Y con eso ya está?

-No, no, Núria, no está, te quejabas de que te dolía demasiado pero tienes que sacarte todo ese veneno.

-¿Pero no tengo razón?

-A ver, Nuria, no se trata de si tienes razón, que sí, la tienes, se trata de que esa emoción te hacer mal, te hace mal a ti. Samia ya no está, el rencor quedó, y para qué.

-Supongo que lo tenía escondido y salió con la indiferencia de Ligor. Me dijo "Mujer", como si fuera una desconocida. Ahí viene la niña.

Émeris dijo:

-¿Qué sucede, Ciruela?

-Llegaron las invitaciones.

-¡Uf! Émeris, no tengo ganas de ir.

-Te hará bien.

-Por ahí es como que me comporto egoísta de ver a otros felices y yo... ¿Se entiende por qué no quiero ir?

-Vamos a ir todos. Va a ir Fondalar, Ezeven, la niña, ¡vamos! Yo estaré a tu lado permanentemente.

-Eres como una hermana, eres como una hermana Émeris. Voy a descansar un poco. Me pasó un poco lo... esa vibración que me has puesto, pero me siento cansada, no sé si física o mentalmente.

-Descansa, luego tomaremos algo y conversaremos de nuevo.

-Bien. Gracias Émeris, gracias por tus palabras, por tu compañía. Gracias.

 


Sesión 26/03/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Adriana

Llegaba al castillo acompañada de amigos. Sólo deseaba descansar. Mucho.

Sesión en MP3 (2.240 KB)

 

Entidad: Era hora de marchar. Me sentía muy contenida con Émeris, me sentía muy contenida con Fondalar, la pequeña niña Ciruela, Ezeven. Preparamos los hoyumans, una carreta grande con víveres y marchamos para el castillo de Anán donde se iba a festejar la boda.

                              

Paradójicamente las pocas tropas reales que quedaron estaban en la fortaleza con el resto de los estudiantes, nosotros no precisábamos ningún respaldo de seguridad, nos bastábamos; éramos Fondalar, Émeris, Ezeven, la niña Ciruela y yo. El paseo por el desierto fue una agonía, el calor quemaba. Deseaba llegar al bosque, sumergir la cabeza en un arroyo, es como que los rayos de este sol rojizo me traspasaban la ropa, me traspasaban la piel, me sentía como agotada, como sin fuerzas.

-¿Estás bien, Núria? -me preguntó la niña.

-Con calor, mi amor, como todos. Toma bastante agua de la cantimplora, por favor.

-Tomo a cada rato -respondió la niña.

 

Tenía ganas de desparramar sobre mi cabeza el agua de la cantimplora, pero racionábamos el agua. Al amanecer siguiente ya estábamos en el bosque.

-Ahora vayamos -dijo Fondalar-, para la derecha.

 

Y fuimos, pegué un respingo porque en el camino, a cien líneas de distancia había cerca de quince urgos enormes, bestiales, similares a los que mucho, pero mucho tiempo atrás como el que había peleado con Ligor. Fondalar se adelantó, los urgos nos dieron paso. Me adelanté y le pregunté a Fondalar:

-¿Les has hecho algo mentalmente?

-No, pero entiendo que se corrió la voz y me conocen, saben que puedo proyectar en sus mentes imágenes y escenas terribles.

 

Escuché el ruido de agua: un arroyo. Mi boca estaba seca, mi cuello me dolía. No podía más.

-¿Qué te sucede, Núria?

-Émeris, cuando lleguemos al agua descansemos un poco, no sé porque me encuentro tan débil, nunca me había pasado.

-Pienso que has comido algo que te cayó mal. Estuvimos hablando con Fondalar y había muchos soldados que se comportaban de manera extraña en la fortaleza, incluso buscaban pleitos unos con otros y algunos hasta tenían la mirada perdida.

-¿Y tú piensas que habré ingerido algo de eso?

-No, tu conducta es normal, pero hay muchas maneras de afectar al cuerpo.

-Ya no puedo más, me tiraría acá mismo a descansar.

-Aguanta, ya llegamos al arroyo.

-¿Tú piensas, Émeris, que Ligor ha ingerido algo de eso que le afectó a los soldados y por eso su comportamiento?

-Lo hablamos con Fondalar y estamos convencidos de que sí.

-Pero se fue con un dracon, estaba como poseído. Siempre me llama por mi nombre o me dice mi amor, pero me dijo mujer, como tomando distancia, como si fuera una desconocida.

-No lo tomes en cuenta, Núria, si verdaderamente fue afectado no era él.

-Yo tengo otra hipótesis, que cuando algo nos saca de nuestro interior es como que somos más auténticos, y mostró su verdadero ser, impaciente, vengativo.

-No, no es este el caso, entiendo lo que dices -comentó Émeris-, pero no, no, entiendo que no es este el caso.

-¿Y cómo llegó ese comestible o bebida o lo que fuera?

Émeris se encogió de hombros:

-Imagínate.

-¡Randora! ¿Pero en qué momento si terminó huyendo con Andahazi?, ¿en qué momento?

-Tal vez cuando percibió que la cosa iba mal y estaban perdiendo. Habrá envenenado las bodegas y los alimentos.

-Pero no les afectó a todos, a vosotros no, ni a Ezeven, ni a la niña, tampoco a la mayoría de los estudiantes, sólo algunos soldados.

-Se ve que los soldados cogieron determinadas provisiones y Ligor habrá probado.

 

Finalmente llegamos al arroyo.

¿Te vas a mojar la cabeza?

-No, quiero descansar. -Puse la cabeza en el césped-. No puedo más, me vence el sueño, me vence enormemente el sueño, estoy... ¡Ah! -En ese momento un chorro de agua me salpicó. Me levanté sobresaltada y era la niña que sonreía.

-Despierta.

-Gracias, Ciruela -Y ahí sí, sumergí la cabeza en el agua, bebí el agua cristalina, llenamos las cantimploras.

-Todavía sigo cansada.

-Bebe bastante agua, limpia tu cuerpo.

 

Pasaron más amaneceres. Salimos del bosque atravesamos un valle, una zona montañosa, vimos grupos de ocho o diez guerreros que acechaban a los viajeros pero no se metieron con nosotros, afortunadamente para ellos. Y allá a lo lejos se divisaba el castillo. Nos vieron venir, una tropa vino a nuestro encuentro y adelante de todos Aranet.

-Bienllegados.

-Gracias por recibirnos -dijo Fondalar-. ¿Cómo está todo?

-Ahora bien. Está Donk con nosotros, pero atacaron a la prometida del rey.

-¡Cómo! -pregunté yo.

-Es una historia larga, dejemos descansar a los hoyumans. Podéis cambiaros en los distintos cuartos de huéspedes, tenéis tinas con agua tibia. Y luego en el salón principal comeremos todos y os contaremos lo que pasó. -Nos saludamos todos.

 

Lo vi al rey Anán, estaba como pálido. Le dije:

-Lamento lo que le sucedió a tu prometida.

-Gracias. Ya está mejor, por suerte.

-Entiendo que está embarazada.

-Sí, así es. Por suerte la criatura también está bien.

 

Fondalar se abrazó con Donk. Donk le comentó que utilizó parte de los polvos de las plantas sanadoras.

-Has hecho bien, has hecho lo justo y necesario -le dijo Fondalar a Donk-. ¿Y el príncipe?

-No está.

Fondalar dijo:

-¿Dónde está?

Aranet le respondió:

-Aquí pasó algo, también.

 

Y contó lo que había sucedido con Marga, con los hongos venenosos que había puesto. De la misma manera que al rey le había afectado, también al príncipe le había afectado, de otra manera, perdiendo la memoria. Y había conocido a una joven guerrera y ahora había ido en su búsqueda. Un par de jóvenes, que me hicieron acordar a mí cuando era joven.

 

Me prepararon la tina con agua tibia con flores.

-No se molesten, está bien.

 

Me quedé con las dos jóvenes en la habitación, me saqué la ropa y me metí en la tina, y en ese momento el dolor de cabeza que tenía, el dolor de cervical que tenía no fueron suficientes para mantenerme despierta, me dormí. Tenía como un cansancio que no me parecía negativo, ¿si fue producido por algo que ingerí?

Sé que está mal, pero en este momento en el agua tibia, perfumada me dormí pensando en Ligor, en los peligros que correría si no era él. Y ¡oh! paradoja, en el mismo sueño sentía pinchazos, ¡ay!, tremendos pinchados en el cuello, en la cervical, en los dorsales y me desperté.

No sé cuánto tiempo había pasado, el agua ya estaba fría, apenas podía moverme. Las jóvenes me ayudaron a salir de la tina y me ayudaron a secarme. Me cambié de ropa, no me puse las botas, me puse unas sandalias cómodas.

Honestamente, no tenía ganas de bajar al salón principal, me hubiera quedado durmiendo hasta el día siguiente, pero a su vez quería compartir con los demás, aunque sea me quedaría un rato.

 

El esfuerzo que tenía que hacer por bajar no lo vais a poder entender, el deseo que tenía de quedarme en el lecho durmiendo, ¡ah!, pero pudo más mi voluntad y bajé como pude, pero bajé.

 

Gracias por escuchar.

 


Sesión 03/07/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Adriana

Eran hermanas pero distintas, había una difícil comunicación. Pero la cuidaba a hacerse mayor, a falta de padres.

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Entidad: Me sacaba de quicio mi hermana menor, Wolva.

-Siempre estás buscando pleitos. -Se encogía de hombros, me miraba como no viéndome, me hacía sentir ridícula.

 

En la tribu que estábamos éramos las hermanas que más se fijaban todos, completamente distintas. Yo, Wildora, era alta, de cabello rubio. Desde pequeña me gustaba aprender el arte de la espada, la arquería, usar la lanza. Y los animales. Me encantaban los caballos y me encantaban los lobos.

 

La gente me decía:

-¿A dónde vas, otra vez vas al bosque? Te van a despedazar los lobos. -Los miraba con desprecio y les decía:

-¡Je, je! No es la primera vez, y nunca me hicieron nada. Soy la única que puede estar con los lobos, con los lobos adultos. Me olfatean y es como que fuera uno de ellos.

 

Mi hermana Wolva era distinta. Era un poquito más baja que yo, la piel oscura, el cabello negro, los ojos algo alargados. Porque cuando papá murió, mamá al muy poco tiempo tuvo otra pareja, un hombre muy moreno, el papá de Wolva.

Y mamá tuvo mala suerte porque al poco tiempo murió su segunda pareja y ya no quiso saber nada.

Wolva me sacaba de quicio, me enervaba. Era rebelde, totalmente rebelde. Era tan diestra como yo con las armas; con la espada, con el arco y flechas, con la lanza. Encima montaba tan bien a caballo... pero no me hacía caso.

Me decía:

-No eres mi madre.

 

Y cuando fuimos adolescentes mamá murió. Pero nadie se metía con nosotras, nadie se metía con nosotras. Peleábamos con la espada, con puñal, con lanza mejor que cualquier varón.

Una tarde voy al bosque, me sentía orgullosa, los lobos son mis amigos, no me molestan tanto como la gente. La gente me molesta, me molesta mucho: "¿A dónde vas?, ¿De dónde vienes?", pero no iba a responderles como Wolva, de mala manera, trataba de ser más condescendiente.

Y allá a lo lejos estaban mis amigos, los lobos. Hice un silbido, me miraron, pero se quedaron ahí. Yo digo "¿Pero qué están comiendo, una presa? No los voy a molestar, me voy a acercar pero sin molestarlos, tampoco es para molestarlos cuando comen". Pero no, no estaban comiendo, había alguien, alguien jugando con los cachorros. Y las lobas grandes, nada. Era Wolva.

-¿Qué haces aquí?

-¿Qué haces tú? -me responde.

-Yo vengo siempre.

-Yo también.

-No te he visto nunca, salvo hoy.

-Porque a veces vengo de mañana.

-No sabía que tú también eras amiga de los lobos.

-Yo tampoco sabía que tú eras amiga.

-Cien veces te lo dije. Tú vienes acá para acaparar lo que era mío.

-Los lobos no son tuyos -me dijo Wolva-, los lobos son libres y yo también soy libre. El bosque tampoco es tuyo. Nada es tuyo. -Tenía razón. Pero me sacaba de las casillas, me enervaba de tal manera que me contracturaba toda.

 

Me tenía que cortar o limar las uñas con una piedra afilada. Una tarde me sacó tanto de las casillas que me rasgué la cara con las uñas. En la tribu me dijeron:

-¿Te han atacado?

-Sí, un animal, alguno de estos bichos con uñas largas en los árboles que se me lanzó a lo mejor asustado y me rasguñó. -¡Que iba a decir!, ¿qué me lo hice yo? Primero que no tenía porque dar explicaciones...

Wolva se acercó y me dijo:

-Wildora, estás enferma.

-¿Por qué? ¿Porque hago las cosas mejor que tú?

-No, porque te lastimas.

-Es culpa tuya, porque me has sacado de las casillas. -Me molestaba que me daba la espalda y se iba, no me contestaba. Un día le dije-: Por lo menos me pides disculpas. -Ahí sí se dio vuelta.

-¿Y tú cuándo me las vas a pedir a mí? -Es que no era una cría, nos llevamos dos años nada más. Yo ya tenía dieciocho de vuestros años y ella dieciséis.

 

Un día íbamos a caballo, nos cruzamos con un viajero, un hombre de ropa de cuero muy bien puesto.

-¿De dónde sois?

-De una tribu de acá, cercana.

-¿Por qué vestís así? -Vestíamos con ropa liviana.

-Porque el clima es templado.

-Parecéis salvajes -dijo el hombre.

Le dije:

-Son nuestras costumbres. Se aceptan, se respetan o directamente no hay porque tratarnos, no hay ninguna obligación.

Pero Wolva no era diplomática, se acercó al hombre y le dijo:

-Tú dices que somos salvajes.

-No, que parecéis salvajes.

-¿Y tú de dónde eres?, Qué sabemos cómo es tu vida, con quien vives, con quién no vives, si tienes familia, si no tienes familia, si en el pueblo dónde tú vives matan gente, ¿qué sabemos de ti? Vas armado, ¿cómo sabemos que no eres un asaltante? -Lo apabullaba con palabras, Wolva. El hombre retrocedió con su cabalgadura.

-¡Parad, parad! Soy una persona que viaja, obviamente voy con la espada porque me protejo.

-¿Y la sabes usar? -dijo Wolva.

-¡Ya está Wolva, ya está!

-No, dice que somos salvajes la...

El hombre dice:

-No, yo dije que por su ropa parecen salvajes, no dije que lo sean.

-Es lo mismo -dijo Wolva-. ¿Sabes usar la espada? A ver, muéstrame.

-Wolva, ya está -le dije yo-. Buen hombre, ¿cómo se llama?

-Fermín.

-Mi hermana es muy... ¿cómo diríamos...?, impulsiva.

-¿Sois hermanas?, no os parecéis en nada.

Wolva:

-¿Por qué, porque soy morena? ¿Qué tienes con las morenas?

-Wolva, no tiene nada con las morenas.

-Que me conteste él.

-Señorita, no tengo nada con las morenas, digo que vosotras no parecéis hermanas porque ella es más blanca que tú y tiene el cabello rubio, pero no tengo nada ni con las morenas ni con las blancas, con ninguna.

-O tienes miedo de usar la espada.

El hombre desmontó y dijo:

-Si quieres intercambiar espadas conmigo lo acepto, pero no nos lastimemos. -Y Wolva desciende de su cabalgadura.

-¿Y entonces qué vamos a hacer, a jugar?

-Wolva, basta, basta.

El hombre dice:

-Bueno, le voy a dar el gusto a tu hermana.

 

Empezaron a intercambiar golpes con la espada, pero Wolva arremetió con todo y el hombre cayó, le puso la espada en el pecho.

Desmonté y saqué la mía y aparté con mi espada la de Wolva.

-Ya está.

-¿Te quieres tú enfrentar conmigo?

-Creo que ya era hora que te dé una lección.

 

El hombre retrocedió y se apoyó contra unas rocas, corrió a su cabalgadura.

Wolva me peleaba en serio y yo tenía que responderle en serio, pero me agotaba. Yo era muy buena en lo que hacía, pero veía que ella también. Y honestamente me sorprendía, tuve que poner lo mejor de mí para frenar los golpes. Pero era muy buena.

En determinado momento le dije:

-Basta, basta, ya está. -Guardé mi espada, Wolva enfundó la suya.

-Nadie puede conmigo -dijo.

-Wolva, una pregunta: ¿Por qué te enojaste con el señor?, ¿qué hizo el señor Fermín?

-Nada, estoy molesta yo.

-Y el señor, ¿qué culpa tiene de todo esto?

El hombre habló:

-Si no les molesta voy a seguir mi camino.

-Siga, siga tranquilo, por favor, siga tranquilo.

Cuando el hombre se fue le digo:

-No montemos.

Wolva me dice:

-¿Por qué?

-Llevemos de las riendas a nuestros caballos, vamos hasta el arroyo. -Nos refrescamos un poco, conversamos.

-¿Qué es lo que te tiene tan mal?

-Nada, es mi carácter. No soy dócil.

-Está bien. Si por dócil dices que no te dejas dominar por nadie, bueno, yo tampoco soy dócil, pero es como que hubiera algo infantil de tu parte, como que... como que todo te molestara, como que alguien te dice algo y tú lo tomas como que sea una ofensa para ti.

-¿Y no has visto cómo nos miró? -dijo Wolva-, ¿Sois hermanas? ¡Oooh! Porque mírate tú, presumes porque eres blanca, rubia, sin embargo los jóvenes de la aldea todos me miran desde la cabeza hasta la punta de los pies porque mi cuerpo es mejor que el tuyo.

-Esto no es una competencia, a las dos nos miran, pero no tenemos porque competir. ¿Qué tipo de hombres te gustan, Wolva?

-Ninguno.

-Está bien, ahora no te gusta ninguno, pero si conocieras a alguien, ¿cómo te gustaría que fuera físicamente?

-Depende, hay de todo. Por supuesto que sea musculoso y alegre, pero no burlón.

-¿Y tú que tienes para darle? Porque ese hombre, ese futuro hombre también va a querer una chica alegre, no burlona, pero alegre. ¿Dónde está tu alegría?

Y Wolva me dice:

-¡Y dónde está la tuya, cuándo te ríes!

-Bueno, reírse todo el día es de tonta. Pero... déjame descansar un poco, parece que si hubieras estado cinco minutos más...

Dijo Wolva:

-Te ganaba.

-No, no, no se trata del cambio de espadas, no se trata de ese pequeño combate que hicimos, mi cansancio es un cansancio interno, me duele muchísimo la espalda. Mal desde la mitad de la columna, un poco más arriba hasta la nuca, pero mal, mal, mal.

-Dentro de poco -me dice Wolva-, hay un torneo de lanza. Así como estás directamente ni te presentes.

-¡Ay! Está bien, si veo que no estoy bien no me presento, así te dejo ganar. -¡Para qué dije eso!

-Ahora presumes que eres la mejor.

-Bueno, años anteriores he ganado desde los quince. Hace tres años que gano.

-Porque no he participado yo. Pero tú me has visto, a cincuenta pasos ensarto un árbol con mi lanza. Creo que soy mejor que tú y soy mejor jinete. Y con la espada también.

-Somos hermanas, yo te quiero, Wolva, de verdad te quiero, no quiero competir, no me interesa competir, me alegro si ganas. ¿Tú te alegras si yo gano?

-No, yo me alegro si gano yo.

-Entonces eres egoísta.

-No, no soy egoísta, no soy hipócrita, ¿por qué me voy a alegrar si gana otro?

-Está bien, voy a hacer la pregunta de otra manera: Supón que tú no compitas y yo gane, ¿te alegrarías?

-No, porque me hubiera gustado competir.

-Claro. Pero supón que tuviste un problema y el brazo te duele    y no vas a competir, ¿te gustaría que ganara yo si tú no jugaras? -Se encogió de hombros.

-En ese caso sí.

-Porque me quieres.

-Y bueno, somos familia.

-Claro, lo dices de una manera como con resignación. Wolva, ¿me quieres?

-Sí, somos hermanas.

-Y no importa que tengamos distinto color de piel, las costumbres son parecidas -Se encogió de hombros-.Reconoce que a veces te comportas como una cría. Ese pobre hombre, Fermín, para que lo desafiaras con las espada me parece que fue demasiado. Ahora, supón que yo no te sacara la espada con mi espada y tú la ponías en el pecho del hombre, ¿que lo pensabas matar?

-No, por supuesto que no, me parecía inofensivo.

-¿Y no fue demasiado que caiga al piso y tú le ponías encima la espada en el pecho?

-Para demostrarle que las mujeres no somos menos que los varones.

-Pero no todo es lucha, no todo es combate, hay otras cosas, es como que te falta crecer.

-Es cierto -dijo Wolva-, me falta crecer en musculatura.

-No, no, está bien, me alegra que hayas hecho ejercicios todos los días, me alegra que estés con tus amigos los lobos, que también son mis amigos, me alegra todo eso.

-Y soy buena cazadora -dijo.

-Me alegra eso también, gracias a eso comemos muy bien. Ahora, ¿cuándo vas a madurar, a crecer, pero no a nivel físico, a nivel mental -Me toqué la frente-, conducirte como más adulta?, tienes dieciséis años, ya eres grande.

-Es que no quiero ser una amargada.

-Es que yo te estoy viendo que eres una amargada ahora con dieciséis años, todo te cae mal, todo te molesta. ¿Qué pasó?

-Pasó Rino.

-¿Qué tiene que ver Rino en todo esto? Rino es un amigo nuestro. Yo tengo dieciocho, Rino diecisiete, tú dieciséis. ¿Has tenido algo con Rino, con el labriego?

-¡Ah! Lo dices como con desprecio.

-No, no, quiero decir, ¿te ha dicho algo de que le gustas?

-Me ha mirado muchas veces. Y una vez se acercó y me dijo: -Me gustaría estar contigo.

-Vaya. ¿Y tú que has hecho?

-Le pegué un puñetazo en el mentón y lo senté en el barro.

-¿Se molestó?

-¿Molestarse?, ¡salió corriendo! O se iba a enfrentar a mí. ¿Tú piensas que tiene las agallas para enfrentarse a mí?

-Wolva... ¡Ay! No puedo más. ¡Ay! Me duele demasiado la espalda. ¿Era necesario que lo golpearas porque te dijo "Quiero estar contigo", o algo así?

-Pero no me respetó.

-Pero tampoco te manoseó. ¿O te manoseó?

-Si me hubiera manoseado le hubiera cortado el cuello con la espada.

-No sé.

-A ver, ponte en mi lugar. Un hombre de la aldea te dice "Quiero estar contigo", Wildora. ¿Y tú, qué haces?

-No sé, pero no creo que le dé un puñetazo en el mentón, a lo sumo le tomo del cuello le pongo un puñal en la garganta y le digo: "No me hables de ese modo".

-Y sí, tienes razón, tienes razón -Ahí la vi sonreír-, ¡ves que somos iguales!

-No, Wolva, no somos iguales. Pero está bien, entre el puñetazo en el mentón y yo que lo cogía del cuello y le ponía el puñal en la garganta, no sé que era peor. No discutamos entre nosotras.

-Espera. Yo estaba con la manada. Tú dijiste "¿Qué haces en mi bosque con mi manada, con mis árboles, con mi césped, con mis ramas, con mis animalitos?".

-¡Siempre eres tan exagerada! No fue tan así. Pero sí, es cierto, nada es de nadie, es cierto. Prometo ser más abierta. Pero Wolva, el día de mañana quizá tengamos enemigos en común. No discutamos entre nosotras, me hace mal. De noche no duermo, me doy vuelta en el catre, a veces agarro una pequeña rama me la pongo detrás de la nuca y la dejo correr sobre mi cuello y parte de mi espalda.

-Y ahora me echas la culpa.

-No, Wolva, nada más estoy diciendo lo que me pasa, nada más digo lo que me pasa. Ahora bien, si vamos a competir en el torneo de lanza, que no es un juego, ¿vamos a ser leales la una con la otra?, ¿la que gane va a felicitar a la otra? Por ahí ni figuramos, por ahí los varones nos ganan.

-No, no lo creo, somos mejores que ellos.

-En eso estoy de acuerdo -dijo Wolva.

-Volvamos, entonces.

-Tenemos que cazar algo. Fíjate en mi alforja.

-¡Un olor nauseabundo! ¿Qué has cazado?

-Un par de conejos, pero hace horas que los tengo.

-Bueno, hay que despellejarlos, sacarles la piel, limpiarlos y luego los cocinamos.

 

Montamos y volvimos para nuestra tribu. El día de mañana nos alejaríamos de la tribu porque tanto Wolva como yo queríamos vestir de otra manera, como en los poblados que visitamos, que nos miraban de una manera extraña. Este hombre, pobre Fermín, tenía razón, dijo "Parecéis salvajes". Y sí, y sí, era cierto, era la verdad, pero tanto Wolva como yo soñábamos con vestir con ropa de cuero, botas de cuero largas hasta la rodilla. ¿Por qué no?, ¿por qué no podríamos hacerlo?

-Wolva, tú tienes manos fuertes.

-¿A qué viene eso?, ¿a quién hay que pegarle ahora?

-Pegarle a nadie. ¿Te gusta cocinar?

-Me cansa.

-¿Puedo cocinar yo?

-Sí. ¿Qué me pides a cambio?

-¡Ja, ja! ¿Me harías unos minutos de masajes en la espalda y en el cuello?

-¿Me permites que te torture?

-Tortúrame todo lo que quieras, Wolva, todo lo que quieras.

-Mira que si te aprieto no vas a poder levantarte al día siguiente.

-Lo que sea. Tortúrame. Ahí me dejo torturar.

Wolva largó la carcajada: -¡Ja, ja, ja! -Y marchamos para casa.

 

Gracias por escucharme.