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Psicoauditación - Angélica

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 24/01/2019

Sesión del 07/02/2019

Sesión del 28/02/2019

Sesión del 25/04/2019


Sesión del 24/01/2019

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Carol-Ina, thetán de Angélica

Finalmente llegaron al castillo Valey y descansaron todos. Su salvador sentía algo por ella y ella sentía algo por quien le salvó, aunque no era amor. Ella recordaba a otro.

Sesión en MP3 (2.625 KB)

 

Entidad: Llegamos por fin. Me abracé con mis padres y ¿qué tonta, no?, qué tonta, rompí en llanto, no paraba de llorar, me sacudían espasmos emocionales hasta calmarme.

 -Tengo tanto para contarles -les decía.

Mamá dijo:

-Prepararemos algo.

-¿Pero por qué vosotros? ¿Y el personal?

-No, esto merece que lo prepare yo. -Nos preparó un pan un poco dulce y preparó una jarra de zumo. Nos sentamos a una mesa.

Rébel estaba un poco dolorido y madre le dijo:

-Ven, recuéstate en este sillón.

-Pido disculpas por dejar la mesa, pero aún estoy algo dolorido.

 

Padre y madre me escuchaban. Les conté lo de los urgos, les conté lo de un secuestro, un joven Donk que me rescató, Rébel aquí que casi da la vida por salvarme, Elefa y Axara grandes guerreras, les conté de Fondalar.

Me preguntaron por Aranet. Tenía que contarles toda la odisea que había pasado, la guerra que se estaba desarrollando con un hombre que quería apoderarse de, no de una comarca, de toda la región. Me sentí más distendida. Elefa y Axara dijeron:

-Donk se fue con este hombre mento, Fondalar. Nos toca irnos a nosotros.

-Salid por la mañana -pidió madre-, hay lugar para todos.

 

A la mañana los ánimos estaban más tranquilos y ya se hablaba con menos pesadumbre. Rébel caminaba mejor, se pudo sentar a la mesa, comió con muchas ganas. Yo lo miraba comer y me sentía feliz de que estuviera más repuesto.

Hablaban entre Elefa y Axara.

-¿Cómo puede ser -le dijo Elefa- que este joven te haya ganado? -Yo prestaba atención.

-Bueno, quizá me pasó lo mismo que a él.

-No entiendo -dijo Elefa.

-¡Claro! -exclamó Axara-, ¿te acuerdas que Fondalar le dijo que con el urgo se había desconcentrado?

-Es distinto -dijo Elefa-, se desconcentró porque lo clavó como seis veces y el urgo no caía, lo tuyo era a tocarse nada más y Rébel te venció.

Se ve que Rébel recuperó su buen humor y su vanidad porque dijo:

-Bueno, hubiera sido algo extraño que me ganara alguien, vencí nada menos que a Jonus.

Axara lo miró y le dijo:

-No creo que hubieras podido con Elefa.

-¿Por qué? -dijo en forma presumida Rébel.

-Elefa venció a quien casi mata a Aranet, una guerrera del norte. Elefa sabe dónde va a ir el golpe antes de que llegue. -Rébel se encogió de hombres.

-Me hubiera gustado medirme amistosamente con Elefa pero de verdad, todavía me duele todo el cuerpo y no intento reírme porque me duele bastante la herida. Agradezco esos polvos que me puso este hombre mento, Fondalar.

Les pregunté a las jóvenes:

-¿Iréis para la batalla?

-Sí.

 

Al mediodía se marcharon. Me quedé con Rébel, conversábamos de todo, pasaron como diez amaneceres, diez amaneceres. Sentía por él como un cariño raro, me hacía sentir bien. Ya estaba casi recuperado, dimos un paseo en hoyuman. ¡Vaya!, pensé.

-¿Probamos de galopar? -Galopamos, prácticamente la herida no le molestaba, se levantaba temprano por las mañanas y practicaba con su espada.

El amanecer once estábamos hablando y de repente me tomó de la nuca, muy suavemente, y me besó. Me dejé besar y luego me aparté sonriendo, pero mi mirada era triste y él se dio cuenta.

-¿Qué pasa? -me preguntó.

-No sé cómo decirlo, es como que estaba deslumbrada contigo, pero...

-No tienes afecto por mí -afirmó él.

-No, al contrario, tengo un afecto infinito pero es como que ¡je, je, je!, es como que es ternura.

-¡Vaya!, me ofendes, ternura se le tiene a un bebé... ¡Cómo ternura!, me tiras abajo mi autoestima.

-No creo que lo digas en serio -le dije-, pues eres bastante vanidoso y presumido, pero no siento amor... Me atraes, ¿cómo no me vas a atraer?, tienes un porte espectacular, una juventud que tantas envidiarían, pero ¡ah!, no sé cómo decirlo...

Rébel se encogió de hombros.

-Sigues pensando en el viejo.

-¿Viejo? -pregunté-, Aranet es capaz de golpear con su puño un vacuno en la frente y hacerlo caer de bruces. ¡Viejo! ¡Je, je, je! Mira, el mento Fondalar es mucho más grande en edad que Aranet y sin embargo se mantiene atlético. ¿Cuántos querrían llegar a la edad de Aranet, una edad madura, con la fortaleza que él tiene?

-Y lo amas -preguntó, casi afirmando, Rébel.

-Creo que sí.

-¿Creo?

-Sí, lo amo, lo amo.

-Y yo sólo te deslumbraba.

-No, no, no sé cómo explicarlo; me sentía mal, estuve a punto de morir, no quería saber más nada con esa vida en la isla Baglis con los bárbaros, pero ahora que pasó un tiempo me doy cuenta de que me gusta la vida de palacio. Si bien este palacio está casi vacío pero también me adapté a la otra vida; preparábamos bebida espumante y tomábamos directamente de la cantimplora.

Rébel apoyó mi pensamiento, exclamó:

-¿Acaso te piensas que porque bebas de una jarra metálica o bebas de una cantimplora te hace menos dama? Eres más dama que nadie y te respeto y respeto tu manera de pensar, pero tienes razón, soy presumido, no voy a decir envidio a Aranet, alguien se cruzará en mi camino que me verá como tú ves a Aranet.

Y pregunté:

-¿Y por qué me besaste?

-¡Je, je, je! Porque eres atractiva, la respuesta es obvia.

-¿Pero sientes algo por mí?

Rébel se encogió de hombros.

-No sé, hablar de amor es algo muy... algo muy profundo, uno tiene que conocerse.

-Bueno, ahí está mi respuesta -le dije-, a Aranet lo conozco, sé cómo es. A ti te debo mucho, me has ayudado más de una vez...

-Pero me ves como a un hermano.

-No, no voy a mentir, eres muy atractivo, muy muy atractivo, no te voy a mentir, no te veo como un hermano, quizá si no hubiera conocido a Aranet... quizá, no lo sé, hubiéramos llegado a algo, pero bueno, lo que pasó, pasó. Y es cierto y en eso estamos de acuerdo, el amor es algo más que encandilarse con una persona. ¿Que me gustas? Sí, por supuesto, sería hipócrita si dijera que no, eres buen mozo, quizá ser petulante y vanidoso te haga más atractivo. ¿Pero quizá tú te piensas que Aranet es serio?, yo le he visto jugar con una bestia, con un guilmo en el barro, un guilmo que quizá le arrancaría el brazo a otra persona. Lo he visto montar un bagueón como tú montas un hoyuman, lo he visto reírse, lo he visto serio, lo he visto triste, lo he visto alegre... ese es Aranet.

-¿Y qué harás -preguntó Rébel-, irás para donde está la batalla?

-No, quizá suena egoísta de mi parte pero no aportaría nada, al contrario, podría causarle problemas, podrían tomarme de rehén y extorsionarlo, ya lo intentaron, ya lo intentaron y gracias a Donk aquí estoy. No. Le pediré a aquel que está más allá de las estrellas que ganen los justos y esperaré. ¿Qué harás tú?

Rébel respondió:

-No me tomes por cobarde, pero no estoy en condiciones de ir a una batalla.

-Lo sé, lo sé. Estás bien, puedes trotar con el hoyuman, galopar, pero al primer golpe la herida te va a sangrar por dentro y no, no, te recomendaría que te quedes unos amaneceres más.

-No. Obviamente no participaré de combates por metales, iré a lugares tranquilos, descansaré. Pero sí, me siento un poco encerrado ahora que estoy repuesto.

-Seguramente si yo te hubiera prestado atención no estarías encerrado.

-Honestamente no, ¡je, je! Me hubiera quedado gustoso, tampoco soy hipócrita. Pero bueno -Me tendió la mano-, somos buenos amigos, ¿no?

Le apreté la mano.

-Somos buenos amigos. Y quiera aquel que está más allá de las estrellas que nos encontremos de nuevo. -Le estrechó la mano a padre, se abrazó con madre-. Llévate ese hoyuman pinto, aquí tienes un par de cantimploras, alforjas con ropa nueva.

 

Y se marchó. Pensé que se iba a dar vuelta para mirarme, pero no, no, no se dio vuelta ni una sola vez. ¿Orgullo? Quizá. Pero no, no, Rébel es demasiado petulante para tener ese orgullo de decir "Bueno no pude lograr nada, me voy enojado". No. No, en ese sentido es auténtico. Simplemente miraba para adelante, para su meta, sea cual fuere. Y yo esperaría acá, pidiendo de nuevo noche tras noche a aquel que está más allá de las estrellas, el poder ver de nuevo a Aranet en una región en paz.

Me sentía tranquila y sosegada, seguramente este hombre, Fondalar, con sus dones podría ayudar bastante con la batalla, si es que ya no había terminado, ¿no? Mañana sería otro día.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión del 07/02/2019

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Carol-Ina, thetán de Angélica

Cabalgando recordaba a su amado, a su héroe. Había estado dura con él y sentía que le necesitaba. Pero en palacio la esperaban gente mal intencionada.

Sesión en MP3 (2.685 KB)

 

Entidad: Por un lado, me sentía feliz, plena, tranquila. Pero por el otro me sentía inquieta, nerviosa, rara. Mis padres me preguntan qué me pasaba.

-No sé, que he pasado por muchas situaciones en tan poco tiempo...

 

Recuerdo que había estado al borde de la muerte y quise alejarme de esta vida, pero no digo que la extrañaba, no voy a mentirme a mí misma, a ver, no me gusta la brutalidad, pero eso de la quietud, de que los días pasen todos iguales, no, no me llena, no me siento plena conmigo misma.

Más de una vez discutí con mis padres:

-Tenéis muy poca seguridad.

-Padre me decía:

-¿Pero para qué quiero seguridad? Aquí estamos bien, apartados de todo.

-Claro, apartados de todo hasta que venga una cuadrilla ¿Y sí podemos tener más hombres que cuiden?

 

Padre se encogía de hombros, madre inclinaba la cabeza y no decía nada. ¿Sería yo la que había cambiado? No, yo no me veía una mujer de armas tomar o de que me gustara la aventura, como dije antes, estuve al borde de la muerte, me raptaron, me rescataron. El terror con esos urgos, tremendo. Y extrañaba a este joven espadachín, Rébel, pero de verdad que lo apreciaba como si fuera un pariente, no, no sentía ningún tipo de pasión en absoluto, en absoluto. ¿Qué había sido mi héroe? Sí. ¿Qué es un héroe?, alguien que salva a los demás. Y sí, pero no, pero mi amor estaba en otro lado.

 

Me había sumido en mis pensamientos mientras montaba por el bosque, todavía tenía como cierta aprehensión de alejarme, al menor ruido sentía como que el corazón se me paralizaba, pero no, había venados, algunos pequeños roedores, estaba todo calmo. Y así pasaba las tardes, montando en mi hoyuman, pero mi mente estaba pensando en Aranet. Que mis padres me disculpen, pero tanto que había odiado y despreciado esa vida, tenía que volver con él. ¿Estaría bien? Sé que lo hirieron varias veces, incluso por rescatarme a mí de un matrimonio arreglado. Me arrepiento de cómo le discutí. Me rescató y yo le recriminé por ser tan brutal.

Pero ¿por qué nosotras, las mujeres nos enamoramos de alguien y después lo queremos cambiar? Yo misma me pregunto: ¿De qué me enamoro, de una cualidad, de una virtud, de una manera de ser, o soy muy terrenal y me gusta la parte física? Me gusta su manera, sus modos, no importa si por momentos se comporta como un conde y después se comporta como un bruto, pero yo me enamoré de ese rol, ¿y por qué lo quiero cambiar? quisiera que fuera así, quisiera que fuera asá, quisiera que fuera mejor en tal cosa, pero no sería Aranet, no sería la persona de la cual me enamoré. Y no soy la única que piensa así, sé que hay otras mujeres que dicen:

-Si me quiere va a cambiar.

 

Entonces no te enamoraste, entonces es todo ficticio. Si lo quieres moldear a tu manera de ser has adquirido un títere, no un hombre. Y menos Aranet, con su carácter duro, de roca, no. Reconozco que no lo quiero cambiar, aunque mi parte reactiva dice que sí, pero mi parte reactiva sé que es tonta e infantil, lo reconozco, lo reconozco. No, ¿y si fuera al revés?  Él me ve como su amada y un día me dice "No me gustan tus modales, quisiera que fueras más así o menos así". ¿Y por qué, si yo soy de esa manera de ser? Ahora, si en lo que me corrige es para mí beneficio, está bien, pero nosotras las mujeres no lo decimos en ese sentido, queremos moldear al hombre a nuestro capricho. Y ahí está, la palabra está dicha, capricho, capricho infantil. ¿Y cómo lo vería yo a un Aranet sumiso? No, no, no me lo podría imaginar, pero ni por todos los metales del mundo me lo podría imaginar, no, no. A veces me acuso a mí misma y me digo: "¿Por qué del primer día no fuiste galopando a ver cómo estaba la batalla?". Pero no sé si eso es una excusa o no, confiaba en Fondalar y su don, o poder, o cómo queráis llamarlo.

 

Y si esa batalla terminó, Aranet ya se iría para su isla, la isla que le obsequió el rey Anán. No me molestaban los bárbaros, para nada, a mí me respetaban. Sé que tenían su modo, tomaban bebida espumante y la mitad se la volcaban por el cuerpo, porque era más grande lo que echaban que la boca al abrirla, pero bueno era su manera, el mismo Aranet hacía eso, pero cuando estaba conmigo tomaba de a sorbos, entonces sabía adaptarse. El mismo Aranet que se secaba la boca con una servilleta y al rato se revolcaba en el barro luchando amorosamente con el guilmo, una bestia que te arranca el brazo de un mordisco. O de repente hacia ronronear al bagueón, otros no se le acercaban a cincuenta líneas y este le rascaba el cuello y la nuca y lo hace ronronear a esa bestia. Sí, ese es mi hombre. No, no quiero que cambie.

 

Me había preocupado porque me quedé divagando, me quedé sumida en mis pensamientos y se había hecho tarde y de regreso no escuchaba nada, a nadie. Estaban los faroles de velas encendidos en el ante patio, en el portón. Vi dos hombres desconocidos.

-¿Quiénes sois?

-Adentro te esperan. -Corrí, desmonté y corrí. Una mujer.

-¿Dónde están mis padres? ¿Quién eres? -La mujer se dio vuelta: Randora.

-Necesito que me hagas un favor.

-¿Dónde están mis padres?

-Tus padres están bien custodiados.

-¿Qué les has hecho?

-Nada, ¿cómo les voy a hacer algo? Te dije que necesito un favor.

-¿Qué precisas de mí? No puedo hacer nada por ti.

-Yo creo que sí.

-¿Mis padres están bien?

-Están bien y los verás apenas me hagas el favor.

-¿Qué favor?

-Alguien, porque tengo infiltrados en todos lados, alguien de tu seguridad, que trabaja para mí, me ha dicho que tenéis escondidos una bolsa con metales dorados y plateados. -Empalidecí.

-Es toda nuestra fortuna.

-Bueno, ¿Qué vale más, eso o la vida de tus padres?

-¿Pero para qué queréis tanto dinero?

-¿Para qué va a ser?, para seguir comprando hombres.

-¿Dónde está mi guardia?

-Algunos muertos, otros desmayados y atados. No hacía falta matarlos a todos.

-¿Qué tramas?

-¿Qué tramo? Tramo una verdadera revolución, no lo que hizo ese pobre hombre llamado Andahazi, que se llamaba el señor de Villa Real, me terminaba molestando y lo tuve que matar. En fin.

 

La mujer se paró, me miró con unos ojos fríos, como el hielo del norte y me dijo:

-No espero más, los metales o doy la orden para que maten a tus padres.

-Acompáñame. -Una habitación llena de telarañas, en un piso alto que no se usaba, muebles viejos. Al fondo, en un hueco de la pared dos bolsas-. Ahí están. Te digo la verdad, es todo lo que tenemos. ¿Me puedes dejar algo?

-Está bien, les dejaré una moneda de plata a cada uno, ¡ja, ja, ja!

-¿Mis padres?

-Me iré, pero primero baja. -Bajamos-. Acerca el farol con la vela, toma una pluma y escribe tu nombre y que le cedes a Randora todo tu dinero para beneficio de la revolución. Y el papel me lo quedo para mostrárselo a los hombres, para que vean que gente noble avala lo que voy a emprender.

No sé cómo tuve coraje para decirle:

-¡Estás loca! -Se encogió de hombros.

-Quizá, tal vez. ¿Te piensas que me molesta que me digas eso? Me han dicho tantas cosas: asesina, perra... Para mí son halagos, no insultos. Dame el pergamino. -Lo cogió y lo guardó entre sus ropas. Vio que había firmado.

-¿Y mis padres?

-Atados en la hondonada.

-¿Cómo sé si es cierto? ¿Cómo sé si creerte?

-¡Ja, ja! No sabes. ¡Ja, ja! Tampoco tienes porque confiar. Si los hubiera matado te lo hubiera dicho, no tengo reparos. Busca en la hondonada, están atados a un árbol. -Pegó un silbido, un silbido casi masculino, y aparecieron como cuarenta hombres, todos mal entrazados, con sus hoyuman.

-Aquí tengo más metales -gritó Randora-. Vamos por más hombres. -Se dio vuelta y me miró-. Nos veremos

-Espero que no -le respondí. -Volvió a mirarme, iba a decirme algo y golpeó con las espuelas el vientre de su hoyuman y se fueron todos al galope.

 

Monté rápidamente, fui hasta la hondonada y ahí estaban mis padres, afortunadamente con vida, apenas golpeados. Era cerca, monté a madre en el hoyuman y yo caminé con padre. Luego fui a chequear a los hombres, solamente había seis que estaban muertos, el resto magullados, alguno que otro malherido. ¡Ah!

Les conté del dinero. Padre me miró y me dijo:

-Aquel que está más allá de las estrellas nos ha ayudado.

-¿Por qué padre? ¿Te parece?

-Hace unos amaneceres atrás decidí esconder en tres lugares distintos metales, les has dado solamente una tercera parte, que por supuesto es bastante, pero nos queda bastante para vivir. ¿Te irás? -me preguntó mi padre.

-No, espero que estén todos repuestos.

 

No me había olvidado de Aranet, pero esperaría a que todos estuvieran bien y luego me marcharía.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión del 28/02/2019

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Carol-Ina, thetán de Angélica

Viajando hacia Villa Real coincidió con un soldado que también iba y la custodiaría. Más tarde, súbitamente, el soldado cambió de parecer.

Sesión en MP3 (2.287 KB)

 

Entidad: A veces tenemos engramas inconscientes, como aprehensión o temor a que suceda algo, e ignoramos el motivo, porque esos engramas están grabados muy dentro nuestro y podemos llegar a tener incluso hasta conductas distintas por momentos y luego nos preguntamos por qué he hecho tal cosa o respondido de ese modo o de manera inesperada corté ese plan que tenía. Es obvio que cuando encarnamos en mundos oscuros nos arriesgamos a zozobrar aún sabiendo que nuestra tarea es templarnos. Y muchas veces no logramos el propósito.

 

Recuerdo la vivencia de Mina, cuando le dije a mis padres:

-Estoy convencida que Aranet es mi presente, mi futuro.

 

Y es cierto que en la cabeza tenía como esas imágenes de terror donde casi pierdo la vida. Y como decís vosotros en Sol III, medía a todos con la misma vara, cuando no debía ser así.

 

Hubiera sido demasiado lento ir en un pequeño carro tirado por hoyuman, así que directamente monté uno con un par de alforjas, me vestí lo más cómoda posible, con ropa de cuero y pantalones de cuero, botas. Y rogando que no sucediera nada en el camino y marché. Fue un viaje bastante difícil.

Al amanecer siguiente me cogió la lluvia intensa, fría. Había árboles aislados, pero sabía que atraían rayos, así que esperé hasta refugiarme en un espeso bosque, donde ya todo era parejo. ¿Si las copas de los árboles filtraban el agua? Apenas, apenas. Hasta que paró de llover y seguí viaje.

 

A lo lejos divisé lo que había sido la fortaleza Villa Real, de ese tirano, y que ahora ocupaban Fondalar y su pareja Émeris. Escuché un galope y me puse tensa. Venía de la fortaleza, me tranquilicé, era un soldado.

Me presenté:

-Mi nombre es Mina Valley, soy la pareja de Aranet.

-Un gusto señorita. Casualmente pasaba por aquí, permítame escoltarla.

-Gracias.

 

De verdad agradecí, porque estuve intranquila todo el camino, por supuestos peligros que podía haber. El hombre casi no conversaba, iba un paso adelante, mirando para todos lados de que no hubiera riesgos. Se largó a llover nuevamente, no había donde refugiarse y verdaderamente estaba con las ropas completamente empapadas.

El hombre dijo:

-Señorita, allí hay una pequeña caverna entre las rocas. -Dejamos a todos los hoyuman, yo tiritando de frío. El soldado dijo:- Lamentablemente no tengo ninguna manta. Aunque no hubiera servido de nada porque estaría tan mojada como nuestras tropas.

 

Tiritaba y esperaba que pasara otra vez la lluvia. El hombre es como que cambió su mirada, modificó sus gestos, me miró de una manera distinta, es como que con su mirada me recorría desde mis ojos hasta mis pies, y se pasaba la lengua por los labios. Me intranquilizaba enormemente.

Le pregunté:

-¿Sucede algo soldado? -Me miraba y no me contestaba. Le dije:- No importa la lluvia, quiero llegar. ¿Viene conmigo soldado? -Y mi paré. Se paró y puso una mano en la pared de la roca impidiéndome el paso.

-No puede irse, señorita.

-¿Cómo no puedo irme?

-Eh, hay mucho riesgo afuera, yo la protegeré. - Intentó abrazarme.

-¿Qué hace soldado?

-Nadie la puede proteger mejor que yo.

 

La forma que me quiso tomar de los hombros me hizo entrar pánico y lo empujé. Me dio una cachetada tremenda que me atontó y me hizo caer de rodillas y se abalanzó encima mío queriendo besarme. Afortunadamente con mi mano derecha pude coger una roca y ¡Ah!, se la di en la sien izquierda, se atontó. ¡Ah!, un segundo golpe y cayó atontado. Me puse de rodillas y ¡¡Ah!! empezó a sangrar. El pánico que tenía hizo que cuatro, cinco, seis veces lo golpeara con la roca. Me tapé la boca con la mano, tirando la roca. Lo había matado, lo había matado.

Subí a mi hoyuman y cogí las riendas del otro equino. La lluvia ya había parado.

Tiempo después llegué a Villa Real, me recibieron unos soldados, vieron el estado en que estaba, parte de la ropa desgarrada. Me recibió Fondalar, corrí y me abracé a él. Llamó a Émeris, a su pareja:

-Lleva a la joven Mina -Émeris me llevó abrazándome, le conté lo que había pasado, no se extrañó. La miré.

-¿Por qué esa actitud?

-Ha pasado con algunos soldados. Por suerte estábamos nosotros, que tenemos dones, y los hemos podido frenar.

-¿Los han matado?

-No, no hizo falta, alteraron su manera de pensar, su manera de ser. Debe ser por algo que había en las bodegas y que tomaron.

-¡Vaya!, pero ese soldado que me encontré en el camino era muy atento, muy amable y de un momento para el otro es como que hubiera perdido la razón.

-Sí, es como un alucinógeno qué les ha afectado a muchos.

-¿Y a vosotros?

-No, parece que quienes tenemos dones no nos afecta eso. Enviamos a otros soldados a revisar víveres, el líquido de las bodegas, y aparentemente en algunas partes hubo bebida adulterada.

-¿Habrá sido de parte de la gente de Andahazi? -pregunté.

Émeris dijo, encogiéndose de hombros:

-Estoy convencida que sí, pero no lo pudimos ver a tiempo, imposible, porque cuando aparecieron las primeras conductas pensamos que era el estrés de la batalla.

Se acercó otra dama, también de gesto noble.

-¿Tú eres Mina? Soy Nuria. -Nos abrazamos.

 

Ya me había cambiado de ropa, había comido algo caliente, pero seguía tiritando ya no de frío sino de impotencia, de pánico y estaba reviviendo todo lo que me había pasado en la isla Baglis.

Me abrazaron las dos mujeres, me contuvieron.

Nuria me dijo:

-Es como que ahora entiendo la situación de lo que pasó con mi esposo, con Ligor. -La miré.

-¿Por qué?

-Porque Ligor tuvo una conducta extraña. Randora y Andahazi huyeron y mi esposo a toda costa quería vengarse, llegó a mostrarse distante, esquivo, como enojado. Y pensamos con Émeris que tal vez bebió algo de esa bodega, porque después de la batalla repartimos alimentos entre quienes tenemos dones y entre los soldados que quedaron. Pero obviamente se fue en un dracon, no hay manera de encontrarlo y no tenemos idea cuánto puede durar ese estado de alucinación o de locura.

Volvió Fondalar y me dijo:

-¿Seguirás viaje? ¿Iras a ver a Aranet?

-Pensaba, pero voy a esperar un poco, me recuerdo lo que me pasó.

-Estoy enterado -dijo Fondalar-. Descansa, no hay prisa. En unos amaneceres iremos todos para la boda del rey Anán.

-Entonces esperaré e iré con ustedes, no quiero salir más sola. Si no hubiera cogido esa roca..., pero por otro lado quité una vida, ¡es una experiencia muy traumática! Émeris me abrazó.

-Era tu vida o la de él. Entiendo que no estaba en su sano juicio, pero tú tampoco tienes la culpa.

 

Me quedé con las dos damas, ambas hermosas a pesar de que eran de mayor edad que yo. Y me sentí tranquila. Aranet tendría que esperar unos días, pero por ahora tenía que reponerme física y mentalmente. Principalmente mentalmente, en mi interior.

 

 


Sesión del 25/04/2019

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Carol-Ina, thetán de Angélica

Coincidía en el camino con un viajero, pero estaba alerta a sus intenciones, no se fiaba de él. Pero en el camino también había otros con intenciones malas.

Sesión en MP3 (3.616 KB)

 

Entidad: Los pesimistas dicen que cuando algo va mal puede ir peor, pero... ¿El pero es siempre objeción?, o puede ser un cambio de rumbo.

 

Fue una vivencia que me dejó muchos engramas por la suma de las dificultades.

Mi idea era ir a la isla de Baglis, quería comenzar de nuevo, una nueva etapa, una nueva vida. Por supuesto teniendo la memoria de todo lo que había acontecido antes, que no fue nada sencillo, obviamente. No es que sea indecisa, originalmente iba a ir con una pequeña calesa para poder llevar algunos víveres, finalmente decidí irme solamente con un hoyuman, con un par de alforjas al costado. El clima estaba bueno hasta que dejó de estarlo. Sueno irónica, seguramente rozo el sarcasmo, tal es la ironía; como si el cielo se hubiera abierto y arriba de las nubes hubiera otro mar, como el mar del oeste, y toda el agua cayó sobre mí. Encima había bajado la temperatura y sí bien estaba abrigada, poca ropa o mucha ropa mojada es lo mismo, me dolía mucho la cabeza, los huesos, el cuerpo, todo. Estornudaba.

Y de repente paró de llover. Así, de golpe, como si el cielo se hubiera cerrado de inmediato.

 

Me bajé del hoyuman tiritando, quería hacer una fogata. Estaba con mucho, con mucho, mucho, mucho frío, era un malestar tan grande... Me sentía muy mal, muy mal. De repente es como que vomité un poquito, me dormité. Gracias a aquel que está más allá de las estrellas cuando abrí los ojos estaba claro, había salido el sol.

En una de las alforjas llevaba una muda de ropa. Miré para los costados, obviamente no me hubiera gustado alguna mirada indiscreta. Me quedé con la ropa mínima, pero también tenía un cambio de ropa mínima. Y hasta pudor de los animales que podían verme en el bosque tenía. Me cambié de ropa íntima de inmediato y cuando me estaba terminando de vestir escucho una risa.

-¡Ja, ja, ja! ¡Vaya, mira con lo que te encuentras en el bosque!

 

Sentí como un ramalazo de pánico en ese momento. A dos líneas tenía al hoyuman y al costado una cuchilla. Levanté la vista: Un hombre. No me miraba con esa mirada de ese apetito perverso, me miraba con una sonriente ironía.

-Bueno, te dejaré vestirte. -No sé si tenía adiestrado o amaestrado a su hoyuman, pero lo hizo deslizarse de costado. Mientras me vestía miraba de reojo al personaje vestido como raro, con ropas de colores raros; llevaba una especie de gorra con una pluma y una espada muy fina, botas largas.

Me terminé de vestir y me sentí más segura, entiendo que eso es algo mental porque estaba en sus manos, pero por lo menos me permitió vestirme, significa que sus intenciones no eran ultrajarme, aparentemente. Pero estaba molesta, se me había pasado el pánico y me vino como cierta ira.

-¿Aprovechas para mirar a todas cuando se cambian? -Imperturbable, el hombre dijo:

-Por supuesto que no, pero tampoco es normal ver en el camino al costado del bosque una mujer semidesnuda.

-¿Bueno, qué deseas? -pregunté.

-¡Yo, nada! Pasaba, te vi y me regocijé con el espectáculo, pero luego vi que te incomodaba y me aparté un par de líneas.

-Vaya, cómo si no hubieras dejado de mirarme.

-Bueno, qué hay de malo en mirar. -Suspiré. Fui hacia mi hoyuman, vi la cuchilla y tomé la cantimplora y tomé un poco de agua, muy poco. Monté mi hoyuman y le dije:

-Bueno, ¿ya ha visto el espectáculo?, ahora seguiremos nuestro camino.

-Está bien. -Espoleé mi cabalgadura y avancé. El hombre avanzó a mi lado.

-¿Qué dije?, que cada uno siguiera su camino.

-Por supuesto -dijo el hombre-, yo voy para allí. ¿Para dónde vas tú?

-¿Qué sabes dónde voy yo?

-No, no quise decir eso. ¿Vas hacia delante?

-Sí.

-Yo también, en algún recodo del camino nos separaremos. Mientras tanto te protegeré.

-Espero que no tengas intenciones negativas para conmigo, espero que seas un caballero.

-¡Mmm!, en realidad no lo soy.

-¿A no? Vaya, que eres cara dura.

-Digo la verdad; adonde una mujer me da un poquito de permiso, yo ese permiso lo tomo y más. Pero por supuesto, la dama queda más que satisfecha.

-¡Vaya, vaya que eres humilde!

 

Me sentía como molesta, como irritada. Estuvimos hasta el mediodía, desfallecida de hambre. El hombre me dijo:

-Si no te incomoda yo tengo una hogazas de pan con un poco de carne seca, puedo compartirlo contigo sin ningún compromiso.

-¿Y qué seguridad tengo de que no quieras aprovecharte de mí? -pregunté.

-Mujer, ¿cuánto hace que venimos cabalgando?, ¿por qué habría de aprovecharme ahora?

-Porque tú has dicho que apenas te dan un poquito, tú te tomas el resto.

-¿Tú me has dado un poquito?

-Por supuesto que no -negué.

-Entonces quédate tranquila -Bajé de mi hoyuman, acepté y comí con ansias la hogaza de pan con la carne-. ¿Quieres un poco de bebida más fuerte?

-No, no, no.

-¿Acaso tienes miedo de que esa bebida fuerte te haga cambiar de idea y me des un poquito de chance?

-¿Tú te piensas que porque tome una bebida voy a aceptar a estar contigo? -Le tomé de la mano, de un sacudón, la pequeña botella y tomé un trago.

-¡Ah! -Fuertísima la bebida, era casi alcohol puro, me quemaba en el esófago-. Toma.

-¿Cómo te sientes?

-Con un calor ficticio porque sé que la bebida con alcohol no da calorías, no calienta de verdad. -El hombre dijo:

-Pero sí el... sí el sándwich que has comido.

-¿Sándwich?

-Claro, tú le llamas sándwich al..., cuando le pones carne y lo envuelves con dos panes.

-¡Ah, mira tú! -Me sentía mucho mejor, ya no tenía frío. Había atado en las grupas del hoyuman la ropa mojada que ya se estaba secando con el calor del sol. Llegamos al final del camino, donde se dividía. Me sentía como perdida, tal vez en lo espeso de la lluvia había tomado un camino que no era el que tenía que ir. El hombre me vio el rostro y me preguntó:

-¿A dónde vas?

-A ver a mi esposo.

-¡Ah! ¿Eres casada?

-¿Por qué?

-Porque son más interesantes.

-Eres un caradura, debes ser un tremendo mujeriego. -Escuché, esperando que lo negara. Al revés, el hombre se rió y dijo:

-Es verdad. ¡Ay!, es algo que no puedo conmigo mismo; a veces me enojo conmigo por ser tan mujeriego, pero yo no tengo la culpa, mujer, la culpa la tienen ellas; suelo subirme a los balcones y escaparme a hurtadillas cuando llegan los maridos.

-¡Vaya que eres atrevido! ¡Y todavía lo cuentas!

-¿Pero qué hay de malo en eso?

-¿Qué hay de malo? Los pobres maridos hay de malo.

-Pero dile eso a las mujeres -argumentó el hombre-. Yo no las fuerzo, jamás he forzado a nadie. Mujer, tú me estás ofendiendo.

-Pero tú mismo has dicho que no eres un caballero.

-Bueno, soy caballero con una dama, pero soy un poco pillo, lo reconozco.

-Bueno, yo cojo para la izquierda. ¿Y tú? -El hombre vio que había una bifurcación.

-Está bien, yo cojo para la derecha. Por lo menos dime tu nombre.

-Me llamo Mina. ¿Y tú? -Se sacó el sombrero, hizo un gesto cortés y dijo:

-Figaret, para servir.

-No, no, no, no quiero que me sirvas.

-Pero bueno, ya te he servido antes.

-¿En qué sentido?

-Te he convidado con comida y con un poquito de bebida con alcohol.

-¡Ah! Está bien, de verdad, lo agradezco. Y ahora seguiré la marcha.

 

Espoleé mi hoyuman y me marché hacia la izquierda, me sentía como un poco mareada todavía. No quise decir nada porque no quería parecer vulnerable ante ese tal Figaret, pero me dolía la cabeza, se ve que me había resfriado bastante con la lluvia de la noche. Y anduve y anduve y anduve.

Me había bajado la audición, es como que el mismo resfriado había taponado mis oídos. Por momentos sentí otro galope de hoyuman, miré para atrás, pero no se veía a nadie, y de repente sentí como unas risotadas de varios hombres, pero no era hacia atrás era hacia delante. Uno de los hombres salió del camino y cogió las riendas de mi equino.

-¡Vaya, qué tenemos aquí! ¡Ooooh!, una hermosa dama. -Tomé mi cuchillo del costado.

 

El hombre me tiró del brazo y me hizo caer de mi hoyuman, golpeé la cabeza y me sentí completamente aturdida, me sentí completamente aturdida.

El hombre era grande, fuerte sentí que me cargaba sobre su hombro y me llevaba. Podía ver que otro de los hombres cogía las riendas de mi hoyuman y avanzábamos. Ahora sí que no me salvaba nadie.

Vimos una casa, me dejaron en el piso.

-¿La atamos? -dijo otro.

-No, en breve ya nos ocuparemos de ella, ¡ja, ja, ja! -Miré, había tres hombres, el lugar me parecía conocido.

Y de repente en el piso:

-¿Qué habéis hecho con la mujer?

-Si está muerta mejor, así no molesta. -¡Era la querida Areca!

-¿Qué estáis haciendo?

-Mujer, hemos encontrado un tesoro y lo venderemos, pero aquel que está más allá de las estrellas nos ha mandado otro tesoro, tú. O sea la pasaremos bien contigo y luego te mataremos, así en lugar de un cadáver habrá dos. -Y se escuchó una voz.

-Eso en tanto y en cuanto yo lo permita.

 

Me senté, estaba un poco más recuperada. Vi la figura del personaje, el del sombrero con la pluma y la pequeña espada, pero no me sentí contenta, los otros eran tres, eran mucho más corpulentos con espadas más grandes, era imposible que pudiera hacer algo.

Se olvidaron de mí, corrí a donde estaba la anciana y le toqué el pecho, por suerte respiraba. Le revisé la cabeza, tenía un poco de sangre. La acomodé como pude, le puse una almohada debajo de su cabeza, no podía hacer más nada por ahora. Igual lo que nos esperaba no era nada agradable, nos... nos iban a matar.

Me asomé y vi que los tres rodeaban al personaje que se llamaba Figaret.

-Supongo que tú traerás metales, viene bien. Tenemos las plantas mágicas, la mujer y encima un tonto que con una espada pequeña nos desafía, y seguro que debe traer metales.

-Voy a impedir que hagan lo que vais a hacer.

-¿De llevarnos las plantas?

-De ultrajar a la dama.

Uno de ellos dijo:

-Te conozco, tu eres Figaret.

-¡Ah, vaya! Mi fama se ha propagado.

-¡Y tú hablas de impedir de ultrajar a la dama si tienes fama de haber estado con cien damas en distintos poblados!

-Así es, lo reconozco, pero no forcé a ninguna, todas me llamaban por el balcón.

 

Sacaron los tres sus espadas. El más grande dijo:

-Aquí te pongo mi pecho, a ver qué puedes hacer con ese espadín.

 

No alcancé a ver el movimiento de la mano de Figaret, pero con su espadín le hizo un tajo en la garganta que prácticamente el hombre estaba muerto sin darse cuenta. Los otros dos asombrados vieron como el más grande de ellos caía. El segundo se abalanzó hacia Figaret encontrándose con el acero puntiagudo atravesando su corazón. El tercero, asombrado, no tuvo tiempo de nada otro tajo en la garganta como al primero acabó con su vida. En pocos instantes había matado a los tres. Guardó su espadín y dijo:

-¡Vaya, Mina, hice bien en seguirte!

-Ocupémonos por favor de la señora.

 

Gracias a aquel que está más allá de las estrellas, había un vaso con un líquido que lo olí, era perfumado, sería algún jugo de las plantas. Y levanté a la anciana que apenas había recuperado poco el conocimiento y se lo di a beber. Se tocaba la cabeza, estaba muy, muy aturdida, abrió los ojos.

-Mina, querida Mina, ¿eres tú?

-Mi hermosa Areca, has llegado justo.

-No, no, yo no; este señor, Figaret, nos ha salvado. ¿Quiénes eran estos hombres? -La anciana me dijo:

-Le he salvado la vida al primero, luego vio que tenía plantas sanadoras y trajo a sus dos esbirros, compañeros o quienes sean, y este caballero los ha matado.

-No estoy arrepentido, anciana, no estoy arrepentido, para nada, las iban a matar a las dos y previo iban a ultrajar a la señorita, o señora. ¿Pero es verdad que tenéis plantas mágicas? -inquirió Figaret. La anciana lo miró.

-Sí, es cierto. ¿Qué piensas hacer ahora?

-Nada, evidentemente veo que ayudas a muchos, pero debes tener más cuidado, que no todos son buenas personas. -La anciana se levantó, había recuperado un poco de fuerzas y preparó una especie de caldo con plantas, le puso unas legumbres, preparó una especie de guiso. Impertinentemente Figaret se acercó a la olla y exclamó:

-No es el aroma de las posadas, pero supongo que debe ser más sano. -La anciana le dijo:

-¡Vaya, que eres impertinente! Pero tienes razón, no tendrá el gusto del guisado de las posadas pero es más sano, y a mí me hará muy bien, y por lo que veo a la joven también porque tiene el rostro que se nota que tiene un enorme resfriado.

-Anciana, no me digas que estas plantas también curan el resfriado.

-Es como tú dices, estas plantas son mágicas.

-En realidad no son mágicas -aclaré yo-, tienen unas propiedades curativas.

-¿Entonces estoy invitado?

-Toma asiento -le dijo la anciana a Figaret.

 

Nos sentamos, comimos. El primero en levantarse fue el hombre, un personaje tan extraño y exclamó:

-Me ocuparé de los cadáveres, los enterraré. Primero les revisaré si hay metales y me los llevaré conmigo los metales, si no tenéis objeción.

-No, no tenemos objeción -exclamé yo.

 

Más tarde el hombre se marchó, me abracé con la anciana Areca, que me preguntó:

-¿Qué haces por aquí?

-Iba para la isla Baglis, pero me he perdido, me extraviado.

-Te ha guiado aquel que está más allá de las estrellas. Al haberte perdido lo has traído atrás a este personaje tan raro.

-Es cierto. Todo es por algo.

 

Gracias por escucharme.