Índice

Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Página anterior

Sesión del 06/11/2018

Sesión del 14/11/2019

Sesión del 19/12/2019

Sesión del 13/01/2020

 

 


Sesión 06/11/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

De repente se les presentó un ejército a las puertas del castillo. Miles de soldados. En la primera escaramuza quedaron igualados, pero sólo era el principio.

Sesión en MP3 (2.385 KB)

 

Entidad: A veces hay vivencias extrañas debido a los acontecimientos, pero también a eso que flota en el aire, a la intuición, al presentimiento.

 

Estaba recostado y sentía como una electricidad en el aire y el cielo estaba despejado, pero mis vellos de la nuca se erizaban como bestias salvajes, también los de los brazos, había como un magnetismo. Me levanté, me calcé las botas, me puse el cinto, la espada. Caminé por los pasillos todos dormían.

Llegué a la sala principal, había unos murmullos en el balcón, me asomé...

-¡Vosotros!

Donk se dio vuelta:

-¡Aranet!

La miré a Núria:

-¿No escuchas nada?, ¿no sentís como una electricidad en el aire? -Núria se miró las manos-. Siento que mis manos pican, como que quieren lanzar electricidad. ¡Ah! No estoy tranquilo.

Donk me miraba.

-¿Tú, Aranet, no estás tranquilo?

-No, no estoy tranquilo. -Salí para el patio de armas, Núria y Donk me siguieron. Afuera estaba Fondalar como escuchando, como al acecho. Me miró.

Y le pregunté:

-¿Tú también sientes como una electricidad?

-Siento... siento como voces en mi cabeza.

-¿Y qué piensas? -pregunté.

-Siento que se acerca gente.

Estaba Albano. Le dije:

-Toca la campana grande, la de la alarma. -La tocó tres veces, los soldados estaban bien entrenados.

Se asomó Anán.

-¿Qué sucede?

-Parece que viene gente hacia el castillo.

-Tradúceme gente.

-Un ejército.

Núria dijo:

-¡Randora! ¡Es Randora!

Anán dijo:

-¡Pero cómo se atreve! Por más que haya reclutado gente los vamos a aniquilar. Esta vez los vamos a aniquilar a todos.

 

Ya estaba casi amaneciendo, ordené que apagaran todos los faroles de aceite.

Luego le dije a Anán, sonriendo:

-Discúlpame por pasar por encima tuyo.

Anán sonrió.

-Era necesario y urgente.

 

Se prepararon arqueros en los muros. Se despertó toda la gente, incluso los civiles.

Marché para la feria feudal.

-Dejen guardada la mercadería y enciérrense en sus casas, parece que se acercan para atacarnos. Pero quedaros tranquilos, los rechazaremos.

 

Estábamos todos preparados rápidamente.

Vi dos vigías a lo lejos, vieron un ejército, un ejército que tanto Fondalar como yo lo habíamos presentido, Fondalar en su mente, yo en mi piel.

Se acercó Ezeven.

-Siento que me cosquillea todo el cuerpo.

-Sí, sí.

-Para vosotros es normal, pero yo no tengo esas habilidades vuestras, mi vello se erizó por mi instinto, mi instinto salvaje.

Fondalar era bastante más grande que todos nosotros pero su vista seguía siendo muy muy aguda y nos dijo:

-Es increíble.

Se acercó Émeris:

-¿Qué?

-¡Mira! -Y a Núria-. Mirad adelante del ejército. -Estaban todos los practicantes, todos los que estaban en la academia de mentos.

-No puede ser -dijo Fondalar.

 

Divisé al lado de Randora a un hombre que aparentemente los dirigía a todos los de la academia de la exfortaleza de Villareal.

-Me imagino lo que sucede -comenté.

-Yo también -dijo Fondalar-, el que está al lado de Randora debe ser un poderoso mento, y es tan astuto que no mató a nadie, los pone adelante, adelante del ejército que trae.

Me dirigí a Albano:

-Dad orden a los arqueros que no disparen.

-¡Pero Aranet!

-Adelante va gente inocente son estudiantes, estudiantes de Fondalar y de Émeris. -Me sentí desconcertado. Yo, el guerrero, desconcertado.

Le pregunté a Fondalar:

-¿Qué hacemos?, ¿qué podemos hacer?

Fondalar me miró.

-Vamos a hacer una cosa, abriremos el portón principal y saldremos con Ezeven, trataremos de dominar a los estudiantes.

-Iré con vosotros -exclamó Ciruela.

-No, eres muy pequeña -dijo Fondalar.

-No importa, no es para los estudiantes, si ese hombre es un mento poderoso lo incineraré.

-Me distraerás -dijo Fondalar-, estaría preocupado por ti, pequeña Ciruela.

-Déjala, déjala que venga -pedí yo-, estará detrás mío.

-Iré con vosotros -dijo Donk-, estaré detrás vuestro, pero alerta.

Albano dijo:

-Aunque sea, llevad una pequeña guardia de veinte soldados.

 

A veces para preparar una batalla se precisa estrategia, táctica, tiempo, pactan las partes, no se ponen de acuerdo, lo que sea, pero aquí fue todo tan tan sorpresivo...

Con nosotros también salieron las dos mujeres, Núria y Émeris. Y en ese momento cientos de flechas partieron de detrás de los jóvenes académicos.

Ezeven y Fondalar se pusieron delante: la mayoría de las flechas cayeron sin llegar a tocarnos.

Ya estaban cerca. Fondalar, lo primero que hizo fue mirar a los académicos que titubeaban, no sabían si seguir avanzando o no.

Miré al hombre que estaba al lado de Randora, ese era el mento.

Cogí de otro soldado un arco y una flecha y apunté: ¡Aaah! En ese momento sentí una flecha en el hombro. Miré para el costado: otra flecha a Núria. Otra flecha a Émeris y otra flecha a Fondalar.

Ciruela se asomó de detrás mío y dirigió una mirada al hombre que estaba al lado de Randora: el hombre titubeó, la miró a Ciruela y Ciruela cayó de rodillas.

Vi que entre los académicos se escurría Donk. En el tumulto no lo vieron. Se acercó detrás del hoyuman del mento y pegando un salto le clavó un puñal en la espalda.

De alguna manera, no sé cómo, pudo eludir el contraataque y se acercó hacia nosotros. Núria, herida y todo se acercó hacia Randora. Randora habló con el mento herido, dieron vuelta y marcharon a todo galope hacia atrás.

Desconcertados los jóvenes académicos, los estudiantes de la academia de mentos no sabían qué hacer.

 

Donk llegó, no estaba ileso, tenía una pequeña herida también en el hombro. Los jóvenes mentos recuperaron la conciencia fuera del poder del poderoso mento. Inmediatamente se percibieron de que su maestro Fondalar estaba herido y lo fueron a socorrer.

 

Los miré a todos.

-¿Estáis bien?

-Sí.

-¿Estáis conscientes?

-Sí.

-Venid adentro. Cargar a Fondalar, cargar a las damas, vamos a dentro del castillo. -Las heridas no eran graves, quizá la más dolorosa era la de Fondalar, al costado del estómago. La mía en el hombro, las de las damas también en el hombro.

Donk manaba sangre, pero dijo:

-No es nada grave. -Nos atendieron a todos.

Anán se dirigió a Donk:

-Ha sido muy heroico lo que has hecho.

-Hice lo que pude.

-Podías haber perdido la vida.

-Era una vida contra la de todos vosotros -respondió Donk.

 

Y tenía razón, porque Fondalar había llegado a dominar a sus alumnos que había estado bajo el control de ese mento, pero una vez herido, el mismo dolor hizo que el poder de su mente parara en ese momento y el mento hubiera aprovechado para arrojar hostilmente a los estudiante contra nosotros. El hecho de que Donk lo hiriera emparejó las cosas: el mento también en ese momento salió del trance mental y los estudiantes quedaron libres.

Todo ocurrió tan de repente, tan de repente... Muy astuto el dejar adelante los estudiantes para que no disparáramos nuestras flechas. Ahora habían perdido la ventaja, los jóvenes mentos estaban con nosotros y le relataron a Fondalar lo que había pasado en la fortaleza de Villareal.

 

Esto recién empezaba, pero sería momento de terminarlo de una vez por todas.

 

Gracias por escucharme.

 


 

Sesión 14/11/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La entidad relata que en Aerandor III estaba siendo perseguido por los soldados, pero que en un momento dado aceptó enseñar a defenderse a los habitantes de un pueblo, temerosos de los saqueadores y guerreros.

Sesión en MP3 (3.115 KB)

Sesión relacionada

 

Entidad: Siempre fui duro. Estaba absolutamente solo pero no sufría esa angustia como quizá puedan sufrir otros. Trataba de rehacer mi vida, no era fácil, no era fácil habiendo perdido a mis padres, no era sencillo.

 

Había cambiado mi vestimenta y me vestía todo de oscuro, a veces con una capucha. Me miraban de una forma extraña, como teniéndome miedo, pero prefería eso y no estar a rostro descubierto. Muchas veces en tres o cuatro poblados me crucé con soldados pero no tuve inconvenientes. En algunos pueblos habían puesto dibujos de mi rostro, pero que no se parecían a mí. Una vez sólo, una pequeña delegación de cuatro soldados me preguntó si yo era Tago.

Les dije:

-No.

-¿Cómo te llamas? -Me molestaba que me interrogaran.

-Mi nombre no importa, no soy Tago. -Me rodearon los cuatro tocando sus espadas. Les advertí-: No las saquen, no me hagan lastimarlos. -Lanzaron una carcajada.

-Eres muy presumido. Vendrás con nosotros.

-Seguramente alguno de vosotros tendréis familia, hijos..., no hagáis que pese vuestra muertes en mi conciencia. -Se molestaron más con mis palabras. Sacaron sus espadas pero no alcanzaron a ver mis movimientos, en cuarenta segundos yacían los cuatros en el piso (suelo) sin vida.

 

Un hombre vio la escena, abrió los ojos con una tremenda sorpresa, pero no se alejó. Enfundé mi espada y me alejé. Vi que el hombre me seguía, me di vuelta y le dije:

-¿Qué quieres?

-Me llamo Juan, necesitaría hablar contigo.

-Dime directamente qué quieres -insistí.

-Bueno, yo vine a comprar unos materiales en mi carro, y donde vivimos siempre asolan la aldea, nos roban.

-Lo siento pero no... no sirvo para estar cuidando un pueblo por más que me paguen bien.

-No, no, no queremos que cuides, hace tiempo que estaba buscando a alguien muy bueno para que nos enseñe a defendernos.

-¿Y pensáis que el manejo de la espada es de un día para el otro? -argumenté.

-No -dijo el hombre-, por supuesto que no, pero algo es algo. Te daremos casa, comida, te quedas el tiempo que tú lo desees.

-No, no me interesa.

-Una moneda plateada al día, por favor.

-Vaya, pagáis bastante, estáis desesperados. -Se encogió de hombros.

-De verdad que estamos desesperados.

-Está bien. ¿A cuánto tiempo queda vuestro pueblo?

-Medio día de viaje, llegaremos casi al atardecer. ¿Tienes caballo?

-No -negué-, no tengo, voy a pie.

-¡A pie! Hay mediodía de distancia entre un pueblo y el otro. -Me encogí de hombros.

-No tengo hogar, no tengo familia. No tengo nada.

 

Y fui con este hombre llamado Juan a otro poblado, era más pequeño pero más agradable. Había bastantes granjas, un mercadito donde vendían aves, cerdos. Y bastante gente. Lo que no tenían era un almacén grande de ramos generales, por eso Juan había ido al otro pueblo.

Le dije a mi interlocutor:

-¡Pero aquí no hay riquezas para que puedan asolar la aldea! ¿Qué se pueden llevar unos corderos, unos puercos, unas aves?

El hombre me miró y me dijo:

-Y a veces pequeños jóvenes que los tendrán como esclavos. O niñas, que imagínate para qué las quieren.

-¡Ah! Ahora es tarde. ¿Dónde me alojo?

-Allí, en aquella casa, en la mitad del poblado.

-Normalmente me alojo al final de un poblado, pero está bien. ¿Y dónde como?

-En la taberna. Te presentaré a todos, los llamaré a todos.

 

Mientras comía fue apareciendo gente. La taberna era bastante grande pero no cabían todos, había como treinta personas.

-¿Cómo te llamas?

-Mi nombre es Tago. ¿Alguno tiene experiencia con la espada o con un hacha? -Dos levantaron la mano.

-Con la espada no, con el hacha podemos talar árboles.

-¡Je! No, estoy hablando en combate. El hacha también se usa para matar. En el norte incluso usan hachas de dos filos.

-No las conocemos.

-Me imagino que no. Bueno entiendo que tenéis trabajo pero a la mañana, un par de horas, les enseñaré. Y a los que se desocupen temprano, a la tarde, también.

 

Y al día siguiente desayuné y empecé a enseñarles a los torpes granjeros. Muy torpes, muy lentos.

Pero yo era exigente, muy exigente. El primer día los tuve como tres horas. Eran dieciocho jóvenes, apenas podían caminar.

-Lo siento -dijeron-, pero no podemos ir a trabajar en estas condiciones.

-Bueno. Entonces, a partir de mañana trabajaréis y a media tarde practicaremos. Tampoco quiero que faltéis al trabajo.

 

Al cuarto día eran como cuarenta personas practicando una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

-¿Cuándo nos darás espadas de verdad?

-No, no, que el herrero se quede tranquilo por ahora, no quiero que os lastiméis. Les voy a enseñar, aparte, lucha cuerpo a cuerpo.

-¿Cómo es eso?

-Tomarse, a ver quien vence al otro con las manos sin golpearse. No hablo de riña hablo de lucha.

-Pues aquí tenemos a uno que se llama Sam. -El hombre se acercaba, no parecía ser un hombre de muchas luces pero me llevaba una cabeza-. A Sam nadie lo vence. Así que muéstranos lo que sabes.

Me reí, rara vez me reía pero me reí: -¿Acaso me estáis probando?

 

Lo saludé a Sam. Le tendí la mano y me la apretó, tenía bastante bastante fuerza.

-¿Podemos mostrarle a tus amigos lo que es Lucha?

Sam me replicó:

-No sé luchar, sé pelear a puño limpio.

-Pero también sabes tomar del cuello.

-Sé tomar del cuello y levantar un hombre sobre mi cabeza y lanzarlo a metros de distancia.

-Bien, mostrémosles.

-¡Pero se van a quedar sin maestro!

-No, por mí no te preocupes. -Me saqué el cinto, la espada y le dije a Juan-: Me la cuidas. -Armaron un círculo.

 

Sam arremetió: lo esquivé. ¡Buf! Se molestó. Arremetió de vuelta: lo esquivé. Sam dijo:

-¡Pero eso no es lucha, te escapas!

-No me escapo, te estoy esquivando. Tú eres más pesado que yo, eres fuerte, ¿por qué ir al encontronazo, por qué ir al choque contigo?, eso sería torpeza por mi parte. Pero está bien, no te voy a esquivar.

 

Arremetió de nuevo: me agaché, pasó por encima mío y me paré (levanté). Me paré (levanté) y con mi hombro, sobre su ingle, lo hice dar una vuelta en el aire y cayó de espaldas. Apenas podía levantarse.

-¿Cómo has hecho eso?, peso ciento cuarenta kilos.

-En realidad yo no te he levantado -le dije-, pienso que con mi físico puedo levantar ese peso, pero no te he levantado, fue tu impulso. Me agaché, me paré (levanté) y con mi hombro lo que hice es darte más impulso: diste una voltereta en el aire y caíste. Pero está bien. ¿Estás dolorido, puedes levantarte?

-Estoy dolorido, pero puedo levantarme y puedo tumbar un toro con mi puño.

-Bien. ¿Quieres intercambiar golpes?

-¡Si no se quedan sin maestro...!

-¡Je, je! -Volví a reír-. La verdad que la estoy pasando bien aquí. Intercambiaremos golpes.

-O sea, ¿dejarás que te pegue?

-No, lo de intercambiar -expliqué-, es una manera de decir; yo te golpearé.

-O sea, ¿que no permites que yo te golpee? -dijo Sam.

-No, no, no; tú intenta golpearme todas las veces que quieras, sólo que no podrás. -Lanzó uno, dos, tres golpes: un golpe mío seco a la parte hepática. Se puso de rodillas. Otro golpe al mentón y cayó de espaldas.

 

Se levantó hecho una furia: -Has tenido suerte. -Me encogí de hombros.

-Sigamos. -Arremetió de vuelta: lo esquivé una, dos, tres veces, golpe al estómago: otra vez cayó de rodillas-. Sam, estás muy mal preparado, tienes un cuerpo que muchos envidiarían por tu fortaleza, por tu altura, por tu peso. Puedes levantar un tronco y capaz sí puedas derribar un toro, pero no tienes estado físico, no pego tan fuerte y sin embargo te derribo.

-Pero un golpe en el estómago derriba a cualquiera.

-No, no es así.

-Claro que sí. -Y lanzó un golpe a mi estómago. Lo vi venir, no lo esquivé. Su mano me pegó, de verdad que me dolió pero no me movió. Quedó sorprendido, igual que toda la gente-. ¿Que tienes el estómago de hierro?

-No, hago algo que se llama abdominales, hago ejercicios con el estómago. Obviamente permití esta vez que me pegues pero tranquilamente podías haberme quebrado una costilla también. Eres muy fuerte, Sam, pero dejarás que yo te prepare para que seas más fuerte todavía.

-Con todo gusto, ahora también eres mi maestro.

 

Y siguieron los días. Veinte, treinta días, cuarenta días. El herrero ya había hecho algunas espadas, pero las hacía ir despacio para que no se lastimen entre ellos. También les hice practicar lucha cuerpo a cuerpo.

 

A Sam le decía:

-Ten cuidado con los demás, no los rompas en dos pedazos. -Se reía, me daba flor de palmada en la espalda que me hacía tambalear. Era una bestia pero era simpático, se asombraba más que nada de mi dureza, era el único de la aldea al que no podía doblegar, por eso me respetaba.

Un día me dice:

-¿Sabes lo que es Pulso?

Le digo:

-Sí, en mi región le llamaos pulseada, nos tomamos de la mano y a ver quien vence al otro.

-Ni dos a la vez pueden conmigo -me dijo Sam. Hice un gesto como diciendo "Ese no es mi problema"-. Te invito.

 

Sacó las cosas de una mesa con rudeza y clavó su codo. La gente me miraba. Sonreí, acepté el reto.

Juntamos las manos. Empezó a hacer fuerza, y traspiraba. Yo no hacía fuerza, yo tenía el codo clavado y me mentalizaba en tener el brazo recto, recto, recto, recto, recto. Cerré los ojos. Sentía que seguía haciendo fuerza, apenas respiraba. De repente abrí los ojos y vi la cara de sudor que tenía Sam, el agotamiento. Y empecé a hacer fuerza, fuerza, fuerza, fuerza, y lo llevé.

En el pueblo no lo podían creer, había vencido con la fuerza de brazo a una bestia de ciento cuarenta kilos y dos metros de altura.

 

Esa noche fuimos a tomar algo todos.

-Invito yo con mi moneda de plata, la que me gané ahora.

Me preguntaron.

-¿De dónde eres?

-De muchos lados. Mis padres eran granjeros, los acusaron injustamente por un robo y yo tengo la culpa de que los hayan matado, porque me enfrenté a los soldados.

-¿Los venciste?

-Los vencí. Eran como ocho, pero mientras yo luchaba con unos, los otros me dejaron huérfano. Pero bueno, es historia vieja.

-¿Y esos soldados de dónde eran?

-De un condado vecino a donde estábamos. Me buscaron y han puesto precio a mi cabeza. Saben que me llamo Tago. Pero rara vez pueden vencerme, tienen que ser muchos para lograr herirme.

-¿Pero dónde has aprendido el arte de la espada? -preguntó Sam.

-Es historia vieja. Sé que tengo instinto, sé que tengo reflejos, es como que hubiera nacido con la espada, como que fuera una extensión de mi brazo. No voy a quedarme mucho tiempo aquí, voy a seguir viaje, no me gusta estar en un lugar.

-¿No has tenido mujer nunca?

-¡Je! -Sonreí con pena-. Había una joven, una joven llamada Triana, nunca tuve nada con ella pero no me olvido nunca su rostro.

-¿Y qué pasó con ella?

-Sus padres, su madre mejor dicho, fue la que acusó a mis padres de robo.

-¿Y no los has matado?

-No, no. Triana, además, no tuvo nada que ver. Me pone mal recordarme ese capítulo. Estaré unos días más con vosotros y voy a seguir viaje, me molestan los abusos, las tiranías, me molesta mucho todo eso. Amo la justicia, pero la justicia de verdad, no las justicias oportunas de hombres con intereses espurios, oscuros.

-No te entendemos.

-No importa, lo importante es que aprendan a defenderse antes que me vaya. Vamos, sigamos tomando un poco más.

 


 

Sesión 19/12/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La entidad relata cómo cayó preso por unos asaltantes y obligado a trabajar como otros esclavos. Más tarde, una gente de una Orden acabó con los asaltantes. Él seguía sin armas.

Sesión en MP3 (2.496 KB)

 

Entidad: Estaba tan satisfecho de haber instruido a esa gente con las armas...

 

No me interesa formar guerreros, pensaréis que lo hablo con ironía pero detesto la violencia. ¡Je! Pensaréis "¡Qué dice este hombre, es una máquina de matar!". No, me interesa hacer justicia, me interesa que los vulnerables puedan defenderse. No, no me interesa la violencia, cuando ejercí la violencia perdí a mis padres. No era lo que yo quería, entendí que no podía hacer otra cosa y lo pensé una, dos, mil veces, y no, no podía hacer otra cosa.

 

La gente no quería que me fuera. Me despedí, tenía que seguir mi camino.

Siempre estuve alerta ante asaltantes del camino pero nunca me imaginé que de las alturas podían lanzar una piedra con una onda a tanta distancia y pegarme en la cabeza. Caí de mi montura, no llegué a perder el conocimiento pero estaba muy aturdido, muy muy aturdido. La piedra cayó de la altura con mucha velocidad, podía haberme abierto el cráneo. Dentro de todo, aquel que está más allá de las estrellas me ayudó, evidentemente mi misión no había terminado.

Estaba con una semiinconsciencia cuando recobre mis sentidos, estaba amarrado y me llevaban. Miré hacia los costados, había más de cincuenta prisioneros amarrados, y un hombre montado a los que quedaban rezagados les daba latigazos en la espalda.

Miré hacia mis costados y no tenía peso obviamente me habían sacado el cinto con las espadas, también mi puñal. En este momento me sentía bastante indefenso.

 

Llegamos a un costado del camino. No tenía sentido rebelarme, había más de cincuenta soldados, la misma cantidad que prisioneros. La diferencia que nosotros estábamos todos desarmados. Nos liberaron, nos desataron las muñecas de las cintas de cuero, que estaban muy apretadas. Nos sirvieron un guiso y comimos, nos permitieron beber agua.

Llegamos a un camino, había muchas mulas, gente que agarraba piedras de las canteras y las embolsaba en unas bolsas de cuero. Miré las piedras y vi que tenían un brillo como plateado, aparentemente era plata. No entendía el idioma, era similar al que yo hablaba pero no exactamente el mismo. Nos hicieron cargar las piedras.

Había hombres muy grandes, muy vulnerables, grandes en edad, y caían de rodillas, dos de ellos murieron a latigazos. Evitaba mirar fijamente a mis captores.

 

Las mulas estaban sobrecargadas de peso. Hombres y animales, ambos éramos esclavos de esa gente que no sabía quién era. ¿Si se me cruzó por la cabeza hablar con los otros esclavos para rebelarnos? No. Los veía, de los cuarenta y ocho que quedábamos, dos, tres a más tardar podían defenderse, los demás estaban muy débiles, y además no parecían guerreros; granjeros, gente de las estepas, algunos beduinos..., éramos una hilera silenciosa. Era tremendo.

Y me fijé en algo. Los últimos, mirando disimuladamente hacia atrás, con ramas con hojas espesas iban borrando nuestros rastros, parece que querían eliminar las huellas. ¡Ajá, ja, ja! O sea, que alguien nos seguía. Lo ideal sería que nos alcanzaran... o acaso estaríamos peor.

Seguimos caminando, más gente siguió cayendo, no podían con el peso.

Miraba de reojo hacia todos los captores y había uno de piel negra que era uno de los que mandaba también, que portaba mis espadas. Yo miraba hacia el piso, cargaba la piedra que me tocó sin quejarme, evitaba llamar la atención.

 

En mi vida muy pocas veces he tenido momentos de paz, de armonía: Gente seguía cayendo, mucha gente seguía cayendo.

 

Anduvimos prácticamente hasta cuando el sol se estaba poniendo. Descansamos de vuelta. A ellos no les importábamos nosotros, quedábamos cuarenta y dos esclavos vivos. Mis palabras sonarán muy fuertes, pero había dos o tres viejos que prácticamente reventaron por dentro del esfuerzo que les imponían, otros vomitaban sangre. Muchos cayeron extenuados.

Nos dieron de vuelta de comer. Comí toda mi ración aunque sabía a rancio y bebí el líquido que me dieron, que era agua con alguna planta con un olor extraño, a menta, pero comí y bebí todo, se trataba de no debilitarme. Nos permitieron descansar y antes de que saliera el sol salimos nuevamente.

 

A lo lejos se escuchó un griterío, galope, más griterío. Me di vuelta y muchos guerreros desconocidos se abalanzaron sobre nuestros captores, una lucha tremenda. Me quedé como encogido esperando, agazapado, pero con nosotros no se metieron. Pasó lo que tenía que pasar, ganaron los atacantes. Acabaron con los cincuenta captores y ellos no eran muchos más, sería sesenta, setenta hombres, pero muy bien entrenados. Hablaban mi idioma.

Uno preguntó:

-¿De dónde sois? -Los cuarenta y dos sobrevivientes bajaban la cabeza. Me puse de pie, le comenté que me habían golpeado con una piedra lanzada con una onda desde lo alto y me atraparon-. ¿Quién eres?

-Mi nombre es Tago, y ese cadáver tiene mis armas.

-¿Sabes quienes somos?

-No -negué.

-Somos de la Orden Blanca.

-No conozco la Orden Blanca -comenté.

-Tratamos de combatir todo tipo de tiranía.

-¡Je!

-¿Te ríes?

-No, simplemente hice un sonido irónico. Justamente yo soy una persona que busco justicia por todos lados.

-¿Cómo sabemos que no eres de los que matamos y que te has camuflado de esclavo?

-¡Je! Les puedes preguntar a los demás. Además, no tengo porque mentir.

-¿Quién tenía tus armas?

-Aquel de piel morena, ese cadáver.

-Cógelas. -Me calcé el cinto con mis espadas, busqué entre la ropa del hombre y tenía también mi puñal, que me lo calcé. Y mis botas. Le saqué mis botas y me las calcé. Y el abrigo de cuero con la capucha. Ahora sí, era nuevamente yo.

Mis ojos acerados miraron al hombre.

-Puedo hacer dos cosas: Seguir mi camino o unirme a vosotros.

El hombre que llevaba la palabra me dijo:

-¿Qué tan bueno eres?

-No puedo hablar por mí. Mis vencidos tampoco pueden hablar por mí.

Repitió:

-¿Qué tan bueno eres?

-Nunca nadie me ha vencido en combate con espada.

-¡Vaya! Parece que hemos encontrado a alguien valioso.

-Si tus palabras son irónicas guárdatelas. No soy presa de halagos, también me resbalan las críticas. -El hombre miró hacia atrás.

-¡Radón! -Miré hacia atrás, un hombre joven de cabello muy corto, musculoso con dos espadas. Se bajó de su montura-. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

-Mi nombre es Tago.

-¿Te animas a cruzar espadas con Radón?

-Espero que sea un intercambio de golpes no quiero dejarte sin hombres.

Lanzó una carcajada:

-No, será a primera herida.

 

Saqué mis espadas. Radón sacó las suyas, lazó dos golpes de prueba. Los frené sin esfuerzo.

Los golpes fueron ganando en intensidad y en velocidad, lo seguí frenando sin esfuerzos. Estuvimos varios minutos así hasta que el hombre dijo:

-Listo, basta. -Radón frenó. El hombre me miró-: ¿Qué pasa contigo?

-No entiendo...

-Te ha lanzado como cien golpes, Radón.

-Lo sé y los he frenado todos, eso te ha demostrado que soy diestro.

-Pero no has lanzado ninguno.

-No quería herir a tu hombre.

 

Radón hizo un gesto de furia y se lanzó contra mí con toda la fuerza: Lo esquivé, puse el pie y cayó al piso. Quiso levantarse y mi espada estaba en su cuello.

-A eso me refiero. Radón es bueno, pero es muy arrebatado. -Le tendí la mano y me la dio.

-Eres muy bueno, vi que por lo menos en siete ocasiones pudiste haberme cortado y no lo has hecho.

-Para qué lastimarte, no tiene sentido. -Miré al hombre que dirigía la palabra-: ¿Cómo te llamas?

-Omén.

-Omén, ¿voy con vosotros o sigo mi camino?

-Puedes unirte a nosotros.

-A propósito, ¿quiénes eran mis captores?

-Unos rebeldes que asolan aldeas y explotan una mina de plata.

-¿Qué hacemos con estos esclavos?

-Nada.

-Dejémosles raciones.

-Están libres -dijo Omén-, que sigan su camino. No digo que se unan a nosotros, no son valiosos.

 

Tomé una montura buena y me uní a esta Orden Blanca. Algo haríamos si es cómo decían, que combatían tiranos. Me sería útil. Lo único que le dije a Omén es:

-Siempre fui muy independiente, no... no sirvo para estar sometido a las órdenes de nadie.

Se encogió de hombros.

-Entiendo que todos luchamos por lo mismo, así que quédate tranquilo, Tago.

 

Espoleamos las monturas y seguimos viaje.

 

Gracias por escucharme.

 


 

Sesión 13/01/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La entidad relata una vida en Umbro, que ya de niño, de huérfano estaba como rechazado por el pueblo y que había tenido atentados. Se hacían sacrificios al volcán. Un anciano le contaría por qué.

Sesión en MP3 (2.833 KB)

 

Entidad: Qué puedo decir de mis padres, ¡je, je!... Mi padre era muy alto, de cabello oscuro, se llamaba Vernet, con la 'V'. Mi madre Alcira, alta, de cabello claro casi dorado, una mujer bellísima. Pero prácticamente no los conocí. Me contó de ellos el anciano Matías -que quería que le dijeran Mati-, era prácticamente mi confidente. No es que me crié con él pero las veces que iba al poblado él me confiaba cosas.

 

De niño me sentía incómodo, la gente me miraba con recelo, trataba de no tener contacto conmigo. Y después me di cuenta por qué. El brujo Mubiro no quería que me hablen, decían que yo era una abominación, que no tendría que estar vivo. Y no entendía por qué.

 

Recuerdo que una vez caminando a orillas del bosque, mis oídos, muy agudos escucharon una jabalina deslizándose. Me agaché instintivamente y la jabalina se clavó en un árbol.

Otra vez durmiendo en un granero -porque la casa de mis padres, la casa de mis padres la habían incendiado-, abrieron muy despacio en portón y me lanzaron varias víboras venenosas en un canasto. Instintivamente rodé hacia un costado escapando por segunda vez de la muerte.

Y la tercera también en el granero: Trabaron la puerta con unos maderos y por la ventana lanzaron varias antorchas. Me trepé por una cuerda a la parte alta del granero, seguí trepando por unos maderos que había y me asomé por el techo; la distancia al suelo era bastante alta, como de veinte líneas y a seis o siete líneas de distancia un gran árbol. Tomé impulso como si fuera a emprender una carrera y pegué un salto cayendo entre las ramas del árbol. No me pude sostener, caí de rama en rama hasta llegar al suelo. Mi piel acerada en algunas partes sangrando... Por suerte no pasó de raspones, no se produjo ninguna herida grande, ningún tajo en la espalda, en el pecho o en los brazos. Sí rasguños por las ramas.

 

Tres veces intentaron matarme. Me refugié provisoriamente en el bosque y por la noche deslizándome entre las sombras llegué a la vivienda del anciano Mati.

Le golpeé suavemente y abrió, se puso el dedo índice en la boca me tomó del brazo y me hizo pasar. Apagó un par de velas, solamente dejó una vela encendida.

-No te tienen que ver, el brujo Mubiro quiere matarte.

-¿Pero por qué, Mati?

-Aranet, siéntate, te prepararé una sopa nutritiva. Y tendrás que marcharte, ahora no es época para que pases para el continente, pero más al verano bajan las aguas y hay como un brazo de tierra y puedes pasar de Krakoa al gran continente del norte. -Tomé con ansias la sopa con hogazas de pan y le pregunté:

-¿Por qué me odia?

-No sé si te odia, quizá te tenga miedo. Él decía que tus padres eran demonios de la oscuridad.

-¡Pero Mati, tú me los has descrito! Padre era muy alto de cabello oscuro y madre prácticamente como una enviada del cielo.

-Aranet, sabes que el brujo Mubiro hace sacrificios para calmar el volcán.

-Soy pequeño, Mati, pero esas son tonterías, no creo que aquel que está más allá de las estrellas esté contento con los sacrificios.

-¡Ah! Qué te puedo decir Aranet, no conozco muy bien por qué el brujo Mubiro mató a tus padres, Vernet y Alzira, pero se corre el rumor de que cuando una pareja tiene mellizos, uno de los dos tiene que ser sacrificado.

-Mati, ¿yo...yo tuve un hermano y Mubiro lo sacrificó para calmar al volcán?

-No, no hubo sacrificio, tampoco hubo pruebas de que tus padres tuvieran otro hijo.

-Pero si en la aldea hay rumores por algo será.

-Quizá... quizá sí has tenido un hermano y tus padres para salvarlo lo habrán lanzado en una pequeña barca al mar.

-Pero... hay una enorme tormenta siempre cuando no está el brazo para ir al continente.

-No, hay una isla más pequeña, Laskar. Pero Aranet, nadie sobrevive, son miles de líneas hasta Laskar, y una pequeña barca con una criatura, un bebé, es imposible que llegara a la otra orilla.

Yo era pequeño pero razonaba:

-¿Pero entonces, Mati, piensas que el brujo Mubiro los mató a mis padres por haber evitado el sacrificio? -El anciano se encogió de hombros.

-Quizá. Pero decían que era una abominación. Primero por su altura, tu padre medía casi dos líneas de altura y tu madre era apenas un poco más baja y tú cuando crezcas seguramente vas a tener la altura de tu padre Vernet. Fíjate en todos los de la aldea.

-Yo los veo normales.

-Claro, porque no conoces otros. A tu padre le llegaban por el hombro, yo mismo si me pongo de pié mido apenas un poco más de una línea y media.

-¡Lo mataré, cuando crezca lo mataré!

-¿De quién hablas?

-Del bujo Mubiro. Te agradezco, anciano Mati, porque has enriquecido mi infancia, no me has criado pero me has instruido, me has llenado de cuentos, de anécdotas, me has hablado de historias extrañas, de otras tierras.

-Lamento no haberte criado, pero... fui cobarde, fui cobarde, Aranet, no quería estar como punto de mira del brujo Mubiro. Pero mi cariño por ti es como si fueras, no digo un hijo porque soy muy grande, como si fueras un nieto.

-Yo también te tengo aprecio Mati. -Y me abracé a él-. Sé que muchas noches invernales, más en Krakoa, que tú me has enseñado que al estar tan al sur hace más frío que en otras zonas. Sé que muchas veces me has traído canasta con comida al granero, sé que has sido tú.

-Descansa un rato pero te tendrás que ir antes de que amanezca, te han intentado matar dos veces.

-No, Mati, tres veces. Aparte del incendio y las víboras me lanzaron a las orillas del bosque una jabalina que me hubiera atravesado el cuerpo y me hubiera matado al instante.

 

Y ya de mañana, apenas empezó a clarecer, escondido entre las casas, me marché para el bosque. Había muchas leyendas de que quien se internaba en el bosque oscuro no salía con vida, había animales extraños y había seres que no eran humanos, eran más grandes que los humanos y comían gente. Se ha visto en las orillas del bosque restos humanos, restos óseos. Pero aún era pronto para ir al continente grande y aún yo era muy pequeño.

 

Y entré al bosque. Por lo menos no me iba a morir de hambre, nunca vi árboles con tantos frutos y con tantas ramas. Y había otro tipo de árboles, tipo arbustos, con infinidad de raíces que eran más fáciles para trepar, pero no tenían frutos. Y vi un montón de animales extraños, pequeños roedores, algunos animales con pequeños cuernos pero inofensivos. Aprendí que los animales que tienen los ojos hacia los costados no son depredadores, pero también vi de los predadores, un animal pequeño parecido a un zorro, pero escapaban de mi presencia. Había también aves extrañas, un ave como de media línea de tamaño, predadora, porque tenía los dos ojos al frente, pico pequeño, pero vi sus patas, las garras eran casi tan grandes como mis manos, se alimentaría de roedores o de otros pequeños mamíferos. Y vi sombras, pero no se acercaban a mí, sombras extrañas.

 

Mi vista se fue agudizando, podía observar entre los árboles y veía como un animal enorme de dos líneas de altura y caminaba en dos patas, no llegaba a tener pelo pero tenía bastante vello y la piel muy oscura, muy, muy oscura, ¿serían esos los seres espantosos que comían a gente de la aldea? Recuerdo que el anciano Mati me decía "A veces uno tiene que adaptarse a las circunstancias", ¡je, je, je! Pero yo era un niño, un niño, ¿cómo iba a adaptarme en un bosque de predadores y de una raza de seres que decían que se comían a los humanos?

 

Finalmente llegué a un claro. A pesar de tener un oído tan fino no escuché, me di vuelta y detrás de mío uno, dos, tres, cuatro..., como diez seres de dos líneas de altura, imponentes. Pero no tenían rostro de bestia, tenían rostro humano, pero muy peludos, tenían una pequeña ropa encima y un tapa rabos, y en su mano lanzas, no parecían tan feroces.

El más grande se acercó a mí y habló en mi idioma:

-¿Quién eres? -No tenía miedo, tampoco respondí con voz desafiante.

Respondí normalmente:

-Aranet.