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Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 20/03/2020

 


Sesión 20/03/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Explica donde aprendió el arte de la espada. Vuelve al poblado donde les enseñó a defenderse a la gente del lugar, acompañado de la Orden Blanca.

Es el mismo poblado donde está empleada como maestra la señorita Triana. Y obviamente hay un encuentro entre ellos.

Sesión en MP3 (3.529 KB)

 

Entidad: Me estaba habituando a la compañía de Omén y de su oficial Radón. Es más, con Radón día a día practicábamos con la espada, era muy muy bueno. Le enseñaba a no ser tan impulsivo.

Omén me decía:

-Entiendo de que en cualquier momento te irás, ¡pero qué falta hace una persona como tú en la Orden Blanca!, sin desmerecer a mi primer oficial Radón.

Le respondí a Omén:

-Mira, pienso igual que vosotros, creo en la justicia, me molesta el abuso, la deshonestidad, pero lo único que me puede hacer perder el control es ver esas pandillas que asolan aldeas, que violan niñas y niños, que matan ancianos. Creo en lo mismo que vosotros.

Omén me miró y me dijo:

-El hecho de que hayas perdido a tus padres a manos de soldados no compensa que luego o durante ese hecho los hayas matado. Has perdido a tus padres y entiendo que eso no se olvida.

Lo miré a Omén y le dije:

-No, no se olvida. Tampoco uno se resigna, nos adaptamos a las circunstancias.

-Siempre cambias de tema -me dijo Omén-, cuando te pregunto cómo has aprendido el arte de la espada.

-¡Je! Cuando era muy pequeño siempre ayudé a mis padres, pero de pequeño me sentía libre en el sentido de que a veces me iba a un arroyo cercano. Me alejaba de casa desafiando los peligros, en todas las épocas han cogido niños para tenerlos como esclavos o para vejarlos, pero no me gustaban las cadenas mentales.

-No entiendo.

-Claro, cadenas mentales significa como que tú no puedes hacer esto, no puedes hacer aquello, no puedes hacer lo otro. No, siempre me sentí libre en ese sentido. Aclaro; mis padres me trataban con cariño con amor, me daban toda la libertad, y si me decían que tenga cuidado o que no me aleje era por mi seguridad, porque me amaban tanto como yo los amaba a ellos. Y una tarde me encontré con un hombre, un hombre que se llamaba Ramón, moreno, venía de más allá del desierto y vi que tenía una espada lustrosa y me acerqué temerariamente. El hombre me midió con su vista y se dio cuenta de que no era un niño tímido. Me preguntó si me gustaba su espada, asentí con la cabeza. Si mis padres hubieran visto la escena se hubieran jalado de los cabellos: Tago hablando con un extraño. El extraño podía raptarlo o vejarlo, matarlo, porque sí, porque se le ocurriera. Pero no; tenía en sus alforjas una espada más pequeña. Y me enseñó.

Omén dijo:

-O sea, ¿no has aprendido con espada de madera, como otros niños?

-No.

-¿Pero cuánto tiempo te enseñó?

-No, la historia no es así. El hombre iba, venía, iba venía. Nos encontrábamos en un lugar que se llamaba La Roca, y hasta mis quince años practiqué con él.

-¿Día tras día?

-No, a veces faltaba una temporada, se iba a otras regiones. Yo iba de tanto en tanto a La Roca a ver si lo veía, a veces aparecía. Y la última vez que lo vi fue a los quince años. Yo ya lo superaba en destreza, lo cual a Ramón le parecía algo imposible porque en su región nadie lo vencía. Me decía: "Tú eres una especie de brillante en bruto, una obra de aquel que está más allá de las estrellas. Tu destreza, tu instinto es tremendo". Pero aprendía a no ser presa del halago y eso me sirvió para esta vida que llevo. Nunca caí presa del halago, siempre estaba alerta.

-¿Y qué sucedió?

-No apareció más. Ya siendo un poco más grande me entere en un pueblo cercano que lo habían matado entre varios. Pudo liquidar unos cuantos pero lo mataron, o por venganza o para robarle. Sí sentí esa pérdida, sentí mucho esa pérdida. Y después practicaba a solas en secreto, ayudaba a mis padres. Mi amo era el silencio, porque el hablar te vuelve esclavo.

-Por eso eres tan callado -argumentó Omén.

-Sí. -Seguimos galopando.

Radón se acercó y me dijo:

-Espero que te quedes mucho tiempo con nosotros, por la zona está la banda del calavera, o de la calavera, un sujeto de pómulos salientes que asola y quema aldeas, mata ancianos y veja niñas.

-A una persona así -exclamé-, le separaría la cabeza del cuerpo con un sólo movimiento de espada.

Lo miré a Omén y le digo:

-¿Estamos yendo hasta donde yo pienso?

-Sí, sí, estamos yendo para el noreste.

-¡Vaya!

-Es más, hubo muchos hombres de mi gente que se han adelantado hasta el poblado a avisar que íbamos. Uno de ellos ha vuelto y dice que van a organizar una fiesta porque dicen que te conocen.

-Sí, sí, he estado en ese poblado, me trae buenos recuerdos.

-Cuéntame -pidió Omén.

-¡Ah! Los ayudé a luchar.

-¿Cómo?

-Estuve muchos días y los instruí, les di lecciones básicas con la espada, lucha cuerpo a cuerpo para que se puedan defender, y los recuerdo con mucho afecto. Hay un hombre muy grande que mide más de dos metros, que pesa como ciento cuarenta kilos, se llama Sam y lo he vencido, ¡je, je, je! Pero me tomó mucho efecto y yo le tengo un cariño tremendo, es una persona sencilla no simple, no básica sino sencilla. Una persona capaz de abrazarte y hasta quebrarte las costillas con afecto. Leal, jamás te traicionaría. Lo mismo Juan, que fue al que encontré primero, que fue el que me llevó al poblado.

-¿Y aprendieron bien?

-No, no, Omén, no son como tus hombres, pero a estos que asolan aldeas, a estos guerreros depredadores así como buitres, rastreros, sí los pueden enfrentar. No a gente bien entrenada pero tampoco podía hacer milagros en tan poco tiempo. Además, es lo que hay.

-No entiendo.

-Claro; el arte de la espada tiene que ver con la constancia pero también tiene que ver con tu lucidez, con tus reflejos, con tu frialdad, con no enojarte cuando peleas, con estar alerta, tu vista en ese momento tiene que tener 360º.

-¿Cómo lo logras?

-Es una cuestión de práctica y seguramente que viene con uno. Y a eso me refiero, viene con uno, y no de todo el mundo puedes sacar esa templanza, esa lucidez, pero bastante he hecho.

 

Finalmente ese atardecer llegamos al poblado. Me sentí emocionado, honestamente no soy de emocionarme porque he pasado por tanto en la vida, pero había una doble fila en la calle principal del poblado, un poblado pequeño pero mucho más grande que las aldeas que estaban en los alrededores. Para el que recién conocía ese poblado le parecía muy grande, yo he conocido otros mucho más grandes, pero ese poblado tenía calidez.

Desmonté. Juan vino a mi encuentro.

-¡Tago! Esta noche haremos una fiesta, beberemos, comeremos, hemos preparado varios corderos. -Le presenté a Omén y a su oficial Radón.

-Es un honor tener aquí la Orden Blanca. Quisiera que ahora viniera la gente de la calavera a ver si se atreven.

-No, no los llames -pedí-, porque a veces el destino es tan cruel que nos vamos y después aparecen. Y si bien estáis entrenados..., es muy difícil. -Juan se rascaba la nuca, no entendía muy bien mis palabras.

Y apareció el gigante. Me abrazó que casi me dejó sin aire.

-Maestro...

-No, Tago. ¡Qué maestro? -El grandote Sam.

-Te extrañábamos.

-Yo también a vosotros.

-Vamos a hacer un pulso para mostrarles a todos cómo eres de fuerte.

-No, vengo cansado de estar a caballo, no. Quiero comer algo, beber algo, ¡je! Mañana en todo caso podemos hacer un pulso, ahora no, no.

Juan me dijo:

-¿Sabes qué tenemos maestra nueva? La señora Elisa falleció y ahora tenemos una joven, los chicos están encantados.

-Bien.

-Le dije que venga a la fiesta. Dice que no sabe.

-¿Cómo se llama?

-La señorita Triana.

-Triana... Conocí una joven, Triana.

 

Nos hospedamos. La mayoría de los hombres de la Orden Blanca acamparon en una esquina del poblado. Yo me alojé en una posada, me cambié de ropa previo darme una baño en una tina ¡Ah! Después de tanto galopar me cambié de ropa. El posadero me dijo:

-Por cinco monedas de cobre mañana tienes la ropa limpia, tengo quien lo haga.  -Le di las monedas y le agradecí.

 

Y fuimos al salón principal. Lo habían remodelado, le habían agregado mesas, bancos, cabía bastante bastante gente. Había músicos que tocaban un instrumento de cuerdas, había quienes cantaban mientras bebíamos. No quería una bebida blanca fuerte, no, no, no; prefería una bebida a base de malta, más suave y que me quitaba mucho más la sed. Y allí en la puerta de entrada apareció ella. La miré y me miró. Desvió la vista, seguí mirándola. Me miró de nuevo y se acercó.

-¡Qué sorpresa!

-Señorita Triana...

-Por favor, Tago, no me digas señorita, dime directamente Triana.

-No tengo esa confianza, señorita -Me tomó de la mano-. Sabía que venía, nos avisaron.

-Por favor, trátame de tú. Me fui, me alejé de mis padres. Conseguí un empleo, nadie sabe que soy noble. Además, ¿qué es la nobleza?, un título,  ¿y qué es un título?, nada. Puedes coger igual una enfermedad, puedes morirte mañana. ¿Qué separa un rey de un labrador?

-Bueno, el rey todos los días come aves y el labrador a veces come césped. ¡Je! Pero sí es cierto, es cierto, Triana, ambos pueden morir, pero es más fácil que muera el labrador.

-No es tan así, Tago -argumentó ella-, a los reyes también los traicionan, les clavan un puñal en la espalda quizá sus propios hijos para heredar el trono.

Se acercó Omén.

-Con respeto... ¿Me presentas a la señorita?

-La señorita Triana. Omén, el jefe de la Orden Blanca.

-Un gusto -dijo Triana.

Omén me miró y exclamó:

-Me está llamando Radón, me quiere comentar algo. -Y me guiñó el ojo. Quedamos solos en la mesa.

-¿Sabes bailar? -Fruncí el ceño.

-¿Perdón?

-Si sabes bailar...

-No, nunca he bailado en mi vida, me parece que es algo... no sé... absurdo, una pérdida de tiempo.

-¿Por qué? ¿Nunca has bailado con una mujer?

-No. -Me tomó de la mano y tiró de ella, la sujeté y tiré yo de ella.

-No, no, quedémonos sentados.

-No, por favor... -Me pidió.

 

A duras penas me paré. Nunca temí hacer el ridículo porque no precisaba de la aprobación de los demás, pero honestamente, era tan bueno con la espada que igual de malo para bailar. Pero me animé. Estaban tocando una música rápida y era casi un salto tras otro lo que había que hacer, en ronda. Luego nos cogíamos del brazo y girábamos, luego nos tomábamos de la mano y nos volvíamos a girar. Sería por reflejo o por instinto o vaya a saber por qué, pero a la tercera canción ya casi me sabía los pasos.

Pero le dije a Triana:

-Sentémonos, en realidad tengo hambre. Pidamos algo de comer.

Me miró y dijo:

-¿Ves que no era tan difícil?

-¿De verdad eres maestra?

-Sí, sí. Es una nueva vida, no soportaba estar... No quiero recordar esa escena porque me hace mal, y menos hablándolo contigo, que eres la persona que estaba ahí. Lo lamento tanto...

-Basta, no hace falta que me expliques nada, Triana. Es la primera vez que hablamos tanto y es como que sé quién eres. Quien eres en el buen sentido. Se puede heredar un color de piel, de ojos, de cabello, pero el interior no se hereda. Sé que no tienes nada que ver con tu madre en forma de ser. Con respeto lo digo, Triana.

-Lo acepto, porque pienso de la misma manera. ¿Te quedarás? -Me encogí de hombros.

-Ahora estoy con la Orden Blanca, pero me gusta ser libre, no quiero formar parte de algo.

-Pero algún día formarás pareja.

-Aún soy joven.

-Eres raro.

La miré.

-¿Por qué?

-Eres distinto; eres educado, pero no eres galante.

-¿Es un defecto?

-No, no, no; algunos son galantes en función de obtener algo, el afecto de una joven o algo más. Tú eres cortés, pero evitas el halago.

-Sí, no me interesa halagar a nadie. Ahora, si tengo que describirte físicamente, eres la mujer más bella que conozco.

-¿Pero no era que no te gustaba hacer halagos?

-Es que no es un halago. De repente afuera llueve y te diré está lloviendo, de repente se apaga la vela y te digo quedamos a oscuras. Nada más estoy diciendo algo.

 

Comimos.

La joven me dijo:

-Me retiro, mañana me tengo que levantar temprano para educar a los niños.

-Te acompaño hasta donde vives.

-No, no te molestes.

-Te acompaños hasta dónde vives, si bien el poblado está tranquilo. Pero en este caso sí, mi cortesía va más allá. -La acompañé hasta su vivienda. Me cogió de la nuca y me dio un beso en la mejilla.

-Hasta mañana. -No respondí.

 

Esperé a que cerrara la puerta y me toqué la mejilla, sentía sus labios cálidos y húmedos en mi piel. Me volví otra vez al salón, bebí otra copa grande más de la bebida con malta.

Y esa noche, entre sueños, me quedé pensando en Triana.

 

Gracias.