Índice

Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Página anterior

Sesión del 02/11/2021 Aldebarán IV, Aranet

Sesión del 03/11/2021 Aldebarán IV, Aranet

 


Sesión 02/11/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Por una suma de circunstancias un príncipe pasó a proscrito, cabalgando solo. Lo fue a buscar, quería saber qué pasó realmente.

Sesión en MP3 (3.083 KB)

 

Entidad: Rara vez suelo sorprenderme, pero estos acontecimientos, ¡je!, habían superado mi capacidad de asombro. Que el joven Gualterio, a quien le enseñé de alguna manera a practicar con la espada, que lo llevé a cazar por los bosques, se había propasado con la esposa del padre. No se justifica que el secuestro que haya sufrido por los esbirros de Malacara le hubiera afectado tanto. No, no. El mismo Fondalar cuando regresó y contó su victoria junto con Ezeven y la tierna Ciruela, también dio muestras de asombro.

 

Hablé con Aksel. Le dije:

-Voy a coger mi hoyuman y lo voy a alcanzar, para que recupere su sentido común, a ver qué fue lo que lo sacudió tanto.

Aksel me respondió:

-Hermano, con gusto iría contigo pero aún no estoy bien del todo.

-Quédate tranquilo, iré con Edmundo.

Se acercó el rey:

-¿Qué vas a hacer? -me preguntó.

-Lo voy a alcanzar a tu hijo.

-No es mi hijo.

-Ahora no estamos para corregir una palabra.

-¡No quiero que vuelva!

-No pienso traerlo de vuelta, quiero saber qué pasó por su mente para cometer esa... esa torpeza.

-¡Ja, ja! -Anán se rió-, ¿le llamas torpeza a una casi violación, a una atrocidad? ¿Sabes lo que me dijo Albano? Que se llevó su dote en dos alforjas llenas de metales dorados.

-Son suyas.

-No, no, Aranet, lo despojé de los títulos, lo expulsé. La dote la perdió, me la robó. Si lo alcanzas se la quitas.

-No puedo hacer eso. En este momento son de él, yo no soy ladrón.

-¿Te pones en contra mía Aranet?

-Déjate de tonterías.

-Soy el rey.

-Déjate de tonterías. Te conozco de cuando no eras nadie, conmigo no tengas ese tono. Lamento todo lo que pasó enormemente, lamento muchísimo lo que pasó, de verdad que estoy sorprendido, pero no me digas lo que tengo que hacer. -Anán se encogió de hombros.

-Estas en contra mía. -No le respondí, no tenía sentido, no estaba en sus cabales.

 

Ensillamos los hoyumans. Edmundo me dijo:

-¿Estás seguro?

-Estoy seguro. Nada más quiero hablar con él. Vamos a tener que galopar bastante.

Hablé con Fondalar:

-Me hubiera gustado escuchar los detalles de lo que pasó en Puerto Grande... Pero a la vuelta, a mi regreso.

 

Salimos hacia el norte por el segundo portón, atravesando toda la feria feudal. Por el camino casi ni hablamos. Llegó la noche y descansamos a un costado del camino.

Edmundo me dijo:

-¿Hacemos guardia?

-No, no, al menor ruido me despierto. No.

 

Apenas amaneció continuamos viaje. A lo lejos iba un jinete al paso, como si nada le importara.

Edmundo me dijo:

-¡Es el príncipe!

-¡Je, je! -Sonreí con una mueca, una mueca triste-. Ya no es el príncipe, es un proscrito. Su padre lo echó, le quitó todos los títulos. Ahora es simplemente un ser humano cualquiera.

-¿De verdad le piensas dejar ese oro?

-Yo no le voy a sacar nada. -Edmundo estaba con su rostro indescifrable-. Sé lo que estás pensando.

-No, no lo sabes -me dijo.

-Sé lo que estás pensando. Estás pensando que todos, hasta Rebel, han sufrido, cada uno a su manera. ¿Y por qué si a ti no te afectó y a Rebel tampoco, a Gualterio sí?

-Es cierto, pensaba eso.

-Y te doy la respuesta.

-Dímela.

-La respuesta, Edmundo, es que esto ya venía de antes.

-No, estábamos de buen humor. Recuerdo que practicábamos, nos reíamos incluso del figurín, de Figaret, con su pequeño espadín. Gualterio reía, estaba bien. Nos cogieron de sorpresa y pasó lo que pasó. Así que eso de que ya venía de antes...

-Quizá no en ese momento, Edmundo, pero varias veces discutió con su padre, que le dé permiso para ir a la isla Baglis con los bárbaros. Y se ponía rebelde.

 

Tú has practicado mucho con la espada.

-Ya me había enseñado Figaret -respondió Edmundo-. Y ahora contigo, con Aksel mejoré incluso mucho más.

-Pero nunca has exigido que se te enseñe más y nunca has dicho que te interesaba los combates a primera sangre.

-Me parece simplemente una exhibición, no son combates reales.

-Bueno, tanto el príncipe como Rebel lo tomaban como que sí, hasta que les dimos una lección. Un combate real no te tiene que temblar la mano.

-¿Cómo lo logras? -preguntó el joven.

Lo miré con una mirada muy dura.

-Lo logras no temiéndole a la muerte. No hay otra manera. Eso no significa que no te cuides, eso no significa que dejes de actuar por reflejo, por instinto, que defiendas tu vida hasta el último aliento. Pero no hay que dar cabida al miedo, el miedo paraliza, por eso a mí no me tiembla la mano.

 

El príncipe nos escuchó, o quien era príncipe hasta hace poco. Detuvo su hoyuman y se dio vuelta. Dio vuelta a su cabalgadura:

-¿Qué pasa, para qué me perseguís?

Me adelante yo y dije:

-Está todo bien contigo, todo bien en el sentido de que no queremos discutir ni pelear ni nada.

-¿Entonces qué queréis?

-Habla en singular. Edmundo me acompaña, nada más. Soy yo, quisiera saber qué pasó por tu mente.

-Nada, me dejé tentar. La vi en el lago y vi que estaba sin ropa. Se puso una ropa trasparente y me dejé llevar por mi instinto.

-¿Así porque sí? -pregunté-, ¿sabiendo que es la esposa de tu padre, sabiendo que fue madre, sabiendo que tu padre la ama?

-¿Que la ama? ¿Y cómo sabes, Aranet, que la ama, acaso la atiende?

-Creo que te desubicas.

-¿Yo me desubico? Está bien, yo no estoy en la alcoba nupcial, pero mi padre lo que menos le interesa es estar con su amorcito.

Habló Edmundo:

-Yo creo que le faltas al respeto a todos con tu actitud.

-¿Cómo? -dijo Gualterio-, ¿no era que tú venías de acompañante? Tú no te metas en esto, estamos hablando entre hombres. ¿O quieres que te dé una lección?

-Para -dije yo-, para. No veníamos a discutir ni a pelear.

-No, pero este bocazas merece una lección. -Se bajó de su hoyuman. Edmundo se bajó del suyo y sacó la espada. Yo bajé del mío.

Gualterio me miró:

-¿Vas a impedir el combate? ¿Tienes miedo por tu Edmundo?, lo cuidas como lo cuidaba el segundo de Malacara para que no maltraten. -Edmundo tuvo un impulso de atacar y se frenó, admiré su control.

 

Pero el que atacó fue Gualterio. Obviamente la estocada la paró fácilmente Edmundo

Dejé que combatieran. Estuvieron un tiempo combatiendo muy parejos.

En determinado momento el príncipe le cortó parte del hombro izquierdo.

Edmundo no perdió el control, le pegó un puntapié en la entrepierna. Cuando se arrodilló, un rodillazo en el rostro y el príncipe cayó. Edmundo le apoyó la espada en el pecho.

-¡Listo -dije yo-, ya está!

Edmundo enfundó su espada y dijo:

-Tú me has herido, pero yo te vencí.

El príncipe quiso abalanzarse y lo frené. Dije:

-¡Ya está! Acuérdate lo que te enseñé, en una lucha de verdad vale todo, no siempre gana el mejor espadachín. Déjame que te cosa la herida.

-No preciso ayuda vuestra.

-No seas estúpido.

Quiso tomar su espada. Lo miré irónicamente:

-¿Te quieres enfrentar a mí? ¿De verdad que eres tan estúpido? -Bajó la cabeza-. Déjame ver esa herida y después te dejaré ir.

 

 -Cogí un hilo con aguja de mi alforja, le puso un poco de licor en la herida y lo cosí. Ni un gesto de dolor hizo Gualterio, su cara era como de ira, pero contenida-. Déjame que te ponga una venda. -No dijo nada. Saqué de la alforja otra camisa-. Cámbiate, esa tírala o utilízala como trapo. -No dijo nada.

 

Lo miró a Edmundo, me miró a mí. Montó su hoyuman, y cuando se dio vuelta me dijo:

-Gracias por la sutura. -Después lo miró a Edmundo-. Estoy convencido que nos volveremos a ver.

Edmundo trató de apaciguar:

-Y espero que sea para conversar, no para pelear.

-¡Je, je! -Sonrió irónicamente Gualterio-. Eso lo veremos. -Espoleó su hoyuman y se marchó.

 

Edmundo me dijo:

-¿Qué pasó que nos dejaste pelear?

-No iba a dejar que ninguno de los dos se matara uno al otro. Pero te llegó a herir, y tú también lo heriste a él.

-Pensé que no te habías dado cuenta.

-Por eso le hice la sutura, por eso le hice la sutura. Ahora sácate la camisa, te coseré la parte del hombro a ti. -Edmundo se sacó la camisa y también lo suturé. Al igual que Gualterio no hizo ningún gesto de dolor. Lo vendé.

 

Le dije:

-Sois muy parejos. Soy muy rápido con la vista, en el momento que él te hirió en el hombro, tú, con la punta de tu espada lo tocaste en el brazo. Son heridas parejas. Pero le hubiera ido peor a él porque era su brazo de la espada. Tú eres diestro y él te tocó en el hombro izquierdo. Tu herida va a cicatrizar más rápidamente. -Lo terminé se suturar. Le digo-: Ahora regresemos.

-Edmundo estaba hosco. Me dice:

-Si sabes que los dos somos jóvenes, te pregunto de nuevo, ¿por qué nos dejaste combatir?

-Sois adultos, podéis elegir.

-No, uno elije, no el otro. Si uno ataca el otro se tiene que defender. Si tú te fijaste bien yo frené mi impulso, fue él el que atacó.

-No iba a permitir que se lastimaran más. Y lo que hiciste de golpearlo en la entrepierna y luego cuando se arrodilló de dolor le diste un rodillazo en el rostro y cayó, ya lo tenías vencido, por eso frené el combate. Y me has demostrado que sabes controlar tus impulsos, porque si hubiera sido él en tu lugar y él te hubiera tenido en el piso te atravesaba con la espada.

-Bueno, ahí hay una contradicción -me dijo el joven-, porque tú dices que no ibas a impedir el combate salvo que pasara a mayores y uno hiriera mortalmente al otro. Supongamos que hubiera sido yo el que hubiera caído...

-Paraba la pelea inmediatamente.

-¿Y cómo conmigo no?

-Porque sabía que podías dominar tus impulsos. Le apoyaste la espada y nada más.

 

Dimos vuelta a los hoyumans y marchamos de nuevo hacia el castillo de Anán.

 


 

Sesión 03/11/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

En Umbro poco se podía recorrer sin maleantes. Dieron cuenta de dos mientras recordaban los sucesos acaecidos con Gualterio, el príncipe.

Sesión en MP3 (1.733 KB)

 

Entidad: Regresábamos al paso hacia el castillo de Anán, el rostro de Edmundo reflejaba lo que sentía: desazón, malestar, decepción.

Y me lo dijo:

-No esperaba esa actitud de Gualterio, todos pasamos por lo mismo.

Le respondí:

-Ya me lo has dicho más de una vez, no hace falta repetirlo.

-Insisto. Si él me hubiera vencido no hubiera tenido piedad.

-No está bien -le comenté-, no prejuzguemos.

-¿Piensas que todo se acomodará?

-No -le respondí al joven-, no, hay cosas que no se acomodan nunca. Hay cosas que se rompen, hay cosas que jamás vuelven a arreglarse. Y así es la vida.

-Explícate, Aranet -pidió el joven.

-A ver. A veces confiamos en determinadas personas y nos fallan o nos mienten o nos traicionan o directamente forman una nueva sociedad contigo. De repente supón que tengas metales y pones una taberna en sociedad con un mejor amigo, y ese mejor amigo el día de mañana conoce a alguien que tiene más dinero y le ofrece un negocio mejor y te deja plantado y se lleva la mitad de la inversión, o sea lo que él puso, incluso sabiendo que tú solo no puedes llevar el negocio adelante. Y tú confiabas y te decepcionó. Pero no sólo eso, te deja en la ruina porque tú solo no puedes. Y si tu negocio se viene abajo, clientes dejan de venir, lo que has invertido no recuperas ni la mitad. Pero como eso pasa en todo, en el amor, en la amistad, en los afectos.

Edmundo me preguntó:

-¿Y a ti te ha pasado?

-Yo reconozco que tuve suerte en conocer a Mina, y la conocí de una manera, ¡je!, extraña. La salvé de un ultraje, quizá de la muerte. Y más de una vez. Pero también, tal vez por inconsciencia, más de una vez la he puesto en peligro. Y por inconsciencia más de una vez me he puesto en peligro yo. Estuve tres o más veces al borde de la muerte y una por mi propia negligencia. Así que mal puedo enseñar a veces a alguien a no estar reactivo. -El joven me miró asombrado.

-¡Pero a ti no te ha pasado nada como eso!

-Te equivocas. Me ha vencido nada menos que una mujer, una norteña, y estuve al borde de la muerte.

-¿Y qué pasó?

-La elfa llamada Elefa acabó con ella. Entonces es muy difícil depositar la confianza en la gente. Pero la parte buena es que dentro del castillo todos los que conozco son gente buena, pueden estar perturbados, como le pasó al rey con su hijo, pero son gente buena.

 

Estábamos hablando distraídos y a un costado del camino no nos dimos cuenta que había dos guerreros bien armados.

-Cuidado -le dije al joven-, no tengo ninguna duda de que son maleantes.

-Daremos cuenta de ellos. Somos dos, ellos son dos.

-No, estás herido en el hombro.

-Es el hombro izquierdo, Aranet, no me impide manejar una espada.

-Estás dolorido.

-No.

 

Nos acercamos, nos cortaron el paso.

-¡Vaya, ja, ja, ja! Justo estábamos esperando viajeros con metales.

Les respondí.

-Habéis acertado, tengo metales.

-Bueno, eres dócil, muéstrame tus metales. -Saqué mi espada.

-Aquí lo tengo. -Y descendí de mi hoyuman. Miré a Edmundo-. Te quedas atrás, no intervienes. Es una orden.

 

Los dos se acercaron a mí espada en mano. Fue un combate difícil, tuve una herida en un muslo, en el muslo izquierdo, pero acabé con los dos.

Le dije a Edmundo:

-Revisemos las alforjas, si tienen metales o algo que nos sirva. -Edmundo estaba callado. Tenían algunos metales.

-¿Qué hacemos con los cuerpos?

-Nada, que queden para las alimañas.

-¿Y los hoyumans?

-Los llevamos con nosotros, no falta tanto para llegar al castillo. ¿Qué te has quedado pensando, Edmundo?

-En tu destreza. Eran muy buenos. No sé si incluso de a uno y aún sin mi herida en el hombro los hubiera podido vencer, y tú has vencido a los dos. ¿Me permites que esta vez yo te cosa la herida a ti, la del muslo? -Lo miré.

-¡Je! Está bien, así aprendes algo. Porque habrá muchas batallas y tendrás compañeros heridos. Siempre tienes que llevar en tu alforja aguja e hilo, y obviamente licor para desinfectar la herida.

-¡Vaya, el tajo es bastante grande!

-Preocúpate por que alcance el hilo. -Me cosió, no tenía la habilidad mía pero el joven hacía lo que podía.

-Déjame vendarte.

-No, iremos al paso. Si se abre la herida, cuando lleguemos le pediré al gnomo que me cosa bien. ¿Qué te quedaste pensando?

-Debo reconocerlo, eres excelente con la espada.

-No te confundas, Edmundo, siempre hay alguien mejor.

-Pero va a pasar tiempo para que te venzan a ti.

Lo miré y le dije:

-Y esa es la clave, Edmundo, esa es la clave, el tiempo.

-Explícate.

-El tiempo es el que te vence. Lo he visto en Ligor. Yo no lo he conocido de muy joven pero era muy bueno y ahora lo veo muy lento. Sé que Elefa lo ha vencido dos veces, amistosamente, pero lo ha vencido.

Edmundo me dijo:

-Me doy cuenta todo lo que me falta y a su vez estoy pensando en Gualterio. A él también le falta, pero él es más inconsciente. Y si se sigue comportando así puede encontrar la muerte en cualquier recodo del camino.

Lo miré al joven y le dije:

-Es su elección. Esperemos que recobre el sentido común.

 

Seguimos marchando al paso, en breve llegaríamos al castillo. Llevábamos dos hoyumans y habíamos dejado atrás dos cadáveres, porque así es la vida en este mundo salvaje llamado Umbro.